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martes, 31 de marzo de 2009

HOMBRES y DRAGONES -- JACK VANCE

JACK VANCE

HOMBRES y DRAGONES




***


1


Los aposentos de Joaz Banbeck, excavados en lo profundo de un risco de piedra caliza, constaban de cinco cámaras principales, a cinco niveles distintos. En la parte superior estaban el Relicarium y una sala de juntas oficial: el primero era una estancia de sombría magnificencia que albergaba los diversos archivos, trofeos y recuerdos de los Banbeck; la segunda, un vestíbulo largo y estrecho, con artesonado oscuro hasta la altura del pecho de una persona y una bóveda blanca estucada; abarcaba toda, la extensión del risco, de modo que los balcones daban al Valle Banbeck por un lado y al Camino Kergah por el otro.

Debajo, estaban los aposentos privados de Joaz Banbeck: un gabinete y una cámara-dormitorio, luego su estudio y al fondo un cuarto de trabajo donde Joaz no permitía entrar a nadie.

A los aposentos se entraba a través del estudio, una gran habitación en forma de L con un barroco techo aristado del que colgaban cuatro candelabros con incrustaciones granate. Ahora estaban apagados. En la habitación había sólo una luz de un gris acuoso procedente de cuatro placas de cristal ahumado en las que, a modo de una cámara oscura, aparecían vistas del Valle Banbeck. Las paredes estaban revestidas de unos paneles de caña lignificada. Cubría el suelo una alfombra con adornos marrones, castaños y negros, formando ángulos, cuadrados y círculos.

En medio del estudio había un hombre desnudo.

Unicamente cubría su desnudez su pelo largo, fino y castaño, que descendía por su espalda, y el torc dorado que rodeaba su cuello. Era de rasgos finos y angulosos y de cuerpo delgado. Parecía escuchar, o meditar quizás. De cuando en cuando contemplaba un globo amarillo de mármol que había en un anaquel próximo, y entonces sus labios se movían, como si encomendase a la memoria alguna frase o alguna serie de ideas.

Al fondo del estudio se abrió una pesada puerta.

A través de ella, atisbó una joven de florido rostro, con una expresión pícara y maliciosa. Al ver al hombre desnudo se llevó las manos a la boca, ahogando un gemido. El hombre desnudo se volvió... pero la pesada puerta se había cerrado ya.

Por un instante permaneció concentrado en ceñuda reflexión, y luego, lentamente, se acercó a la pared situada en el lado inferior de la L. Movió una sección de los estantes de la biblioteca y pasó a través de la abertura. Después la abertura se cerró. Descendiendo por una escalera de caracol, fue a dar a una cámara excavada en la roca, de paredes sin desbastar: el cuarto de trabajo privado de Joaz Banbeck. En un banco de trabajo había herramientas, moldes y fragmentos de metal, un equipo de células electromotrices e instrumentos eléctricos diversos: los objetos que actualmente atraían el interés de Joaz Banbeck.

El hombre desnudo contempló el banco. Cogió uno de los objetos y lo inspecciono con un aire como de condescendencia, aunque su mirada era tan clara y directa como la de un niño.

Llegaron al cuarto de trabajo voces apagadas procedentes del estudio. El hombre desnudo alzó la cabeza para escuchar, y luego se metió bajo el banco. Alzó un bloque de piedra, se deslizó por la abertura y penetró en un oscuro vacío. Colocó de nuevo la piedra, alzó una varilla luminosa, y avanzó por un estrecho túnel que iba a dar a una caverna natural. A intervalos regulares, tubos luminosos exudaban una luz mortecina, que apenas si traspasaba la densa oscuridad.

El hombre desnudo avanzaba prestamente, el sedoso pelo flotando tras él como una aureola.

En el estudio, la juglaresa Phade y un viejo senescal discutían:

-¡Pues claro que lo vi! - insistía Phade -. Con estos ojos; era un sacerdote, y estaba ahí de pie, tal como te he dicho.- Y tiraba furiosa de la manga al senescal -. ¿Te crees que he perdido el juicio, o que estoy histérica?

Rife, el senescal, se encogió de hombros, sin comprometerse a nada.

- Yo ahora no lo veo. - Subió la escalera y miró en la cámara-dormitorio. No hay nadie. Las puertas de arriba están cerradas. - Miró receloso a Phade -. Yo estaba sentado en mi puesto a la entrada.

- Sí, durmiendo. ¡Si cuando pasé a tu lado roncabas!

- No señor, estás muy equivocada; tosía.

-¿Con los ojos cerrados y cabeceando?

Rite se encogió de hombros de nuevo.

- Da igual que estuviese dormido o despierto. Suponiendo que ese tipo lograse entrar, ¿cómo salió? No me negarás que cuando me avisaste estaba despierto.

- Entonces quédate aquí vigilando. Voy a buscar a Joaz Banbeck.

Phade corrió por el pasillo que iba a dar al Paseo de los Pájaros, así llamado por la serie de fabulosos pájaros de lapislázuli, oro, cinabrio, malaquita y marcasita incrustados en el mármol. Cruzando una arcada de jade gris y verde con columnas espirales fue a salir al Camino Kergan, un desfiladero natural que formaba la principal vía pública de Ciudad Banbeck. Al llegar al pórtico, llamó a un par de muchachos de los campos.

-¡Corred al criadero y buscad a Joaz Banbeck! Que venga aquí enseguida. Tengo que hablar con él.

Los muchachos corrieron hacia un cilindro bajo de ladrillos negros situado a un kilómetro de distancia, hacia el norte.

Phade esperó. El sol Skene estaba en la mitad de su recorrido y el aire era cálido. Los campos de arvejo, bellegarde y sfárgano despedían un agradable olor. Phade fue a apoyarse en una valía. Ahora empezaba a preguntarse si sus noticias serían tan urgentes e incluso si su experiencia había sido real.

-¡No! - se dijo enérgicamente -. ¡Lo .! ¡Lo vi!

Se alzaban a ambos lados altas escarpaduras blancas que llegaban hasta la Linde de Banbeck, con montañas y riscos más y, cubriéndolo todo, el cielo oscuro moteado de plumas de cirros. Skene brillaba deslumbrador y luminoso, una minúscula mota de brillantez.

Phade suspiró, casi convencida de haberse equivocado. Pero, una vez más, aunque con menos vehemencia, rechazó las dudas. Ella nunca había visto a un sacerdote. ¿Por qué se iba a imaginar uno ahora?

Los muchachos, cuando llegaron al criadero, desaparecieron entre el polvo de los corrales de entrenamiento. Las escamas brillaban y parpadeaban; mozos de establo, domadores de dragones, artilleros vestidos con ropas de cuero negro andaban de un sitio a otro trabajando. Enseguida apareció Joaz Banbeck.


Montaba un alto araña de finas patas, y espoleándolo en un cabeceante galope, descendía por el sendero hacia Ciudad Banbeck. La inseguridad de Phade aumentó. ¿Se enfadaría Joaz, rechazaría sus noticias con un gesto de incredulidad? Inquieta, le vio aproximarse. Había llegado al Valle Banbeck solo hacía un mes y aún se sentía insegura de su status. Sus preceptores la habían preparado diligentemente en el estéril vallecito del sur donde había nacido, pero la disparidad entre las enseñanzas: teóricas y la realidad práctica la desconcertaba a menudo. Le habían enseñado que todos los hombres obedecían un pequeño grupo de normas de conducta idénticas. Pero sin embargo Joaz Banbeck no se ajustaba a tales límites, y a Phade le parecía totalmente imprevisible su conducta. Sabía que era un hombre relativamente joven, aunque su apariencia no proporcionaba indicio alguno de su edad. Tenía la cara pálida y austera, en la que sus ojos grises brillaban como cristales, y una boca larga y fina que sugería flexibilidad, pero que jamás se alejaba demasiado de la línea recta. Se movía con languidez y hablaba sin vehemencia; parecía no presumir de habilidad ni con el sable ni con la pistola. Y parecía eludir deliberadamente los actos que pudiesen despertar la admiración o el efecto de sus súbditos. Sin embargo, contaba con ambas cosas.

En principio Phade lo había considerado frío, pero había cambiado de idea. Era, había concluido al fin, un hombre aburrido y solitario, de humor plácido, que a veces parecía más bien hosco. Pero la trataba sin descortesía, y Phade, al probarle con todas sus mil y una coqueterías, creía con cierta frecuencia detectar una chispa de interés.

Joaz Banbeck se bajó de su araña y lo envió de nuevo a los corrales. Phade se acercó a él con respeto, y Joaz la miró quisquillosamente.

-¿Qué asunto es, tan urgente como para exigir mi presencia inmediata? ¿Has recordado la locación 19?

Phade se ruborizó, confusa. Había descrito torpemente los laboriosos rigores de su formación; Joaz se refería ahora a un elemento de una de las clasificaciones que ella había olvidado.

Phade habló con rapidez, sintiéndose nerviosa de nuevo.

- Abrí la puerta de tu estudio, suavemente. ¿Y qué dirás que vi? ¡Un sacerdote desnudo! No me oyó. Yo cerré la puerta y corrí a avisar a Rife. Cuando volvimos... ¡la cámara estaba vacía!

Joaz frunció el ceño; miró hacia el valle.

- Extraño - dijo, y tras un instante preguntó -: ¿Estás segura de que él no te vio?

- No, no me vio. Creo que no. Sin embargo, cuando volví con ese viejo estúpido de Rife, había desaparecido... ¿Es verdad que saben magia?

- Respecto a eso, nada puedo decir - contestó Joaz.

Regresaron subiendo por el Camino Kergan, atravesando túneles y pasillos de paredes rocosas, hasta que llegaron a la cámara de entrada.

Rife dormitaba de nuevo en su mesa. Joaz hizo una seña para que se quedara atrás y, avanzando silenciosamente, abrió la puerta de su estudio. Miró a un lado y a otro, con las aletas de la nariz palpitando.

La estancia estaba vacía.

Subió las escaleras, revisó la cámara-dormitorio y regresó al estudio. A menos de que hubiese magia por medio, el sacerdote disponía de una entrada secreta. Con esta idea, abrió la puerta de la biblioteca, descendió hasta el taller de trabajo y olisqueó de nuevo el aire buscando el olor agridulce de los sacerdotes. ¿Había rastro de él? Posiblemente.

Joaz examinó la habitación centímetro a centímetro, revisando todos los rincones. Al final, descubrió debajo del banco, en la pared, una fisura apenas perceptible, de forma oblonga.

Joaz asintió con hosca satisfacción. Se puso en pie y volvió a su estudio. Revisó los anaqueles: ¿qué había allí que pudiese interesar a un sacerdote? ¿Los libros, los folios, los folletos? ¿Habían llegado a dominar el arte de la lectura? La próxima vez que encuentre a un sacerdote, he de preguntarle, pensó vagamente Joaz. Al menos me dirá la verdad. Al pensarlo detenidamente, se dio cuenta de que sería una pregunta ridícula; los sacerdotes, pese a su desnudez, no eran bárbaros ignorantes y de hecho le habían proporcionado sus cuatro placas visuales, una obra de ingeniería técnica que exigía notable pericia.

Inspeccionó el globo amarillo de mármol que consideraba su posesión más valiosa. Era una representación del Edén mítico. No había en él alteración alguna. En otro anaquel había modelos de los dragones de Banbeck. El termagante de color rojo orín; el asesino cornilargo y su primo, el asesino zancudo; el horror azul, el diablo, muy bajo, inmensamente fuerte, con una especie de palanqueta de gimnasia de acero en la punta de la cola; cl formidable jugger, con el cráneo pulimentado y blanco como un huevo. Un poco separado estaba el progenitor de todo el mundo, una criatura de un color perla pálido alzada sobre dos patas, con los versátiles miembros centrales, y un par de brazuelos multiarticulados a la altura del cuello.

Aunque aquellos modelos eran sin duda muy bellos y detallados, ¿cómo podían atraer la curiosidad de un sacerdote? No tenía ningún sentido, pues podían estudiar la mayoría de los originales en cualquier momento sin ningún estorbo.

¿Qué objeto del cuarto de trabajo podía atraerles, entonces? Joaz se rascó la larga y pálida barbilla. No se hacía grandes ilusiones sobre el valor de su trabajo. Era un puro entretenimiento y nada más. Desechó las conjeturas. Lo más probable era que el sacerdote hubiese ido allí sin ninguna misión concreta, y que la visita fuese quizás parte de una inspección regular. Pero, ¿por qué?

Una llamada en la puerta: los nudillos irreverentes del viejo Rife. Joaz le abrió.

- Joaz Banbeck, un mensaje de Ervis Carcolo de Valle Feliz. Desea conferenciar contigo, y espera en este momento tu respuesta en la Linde de Banbeck.

- Está bien - dijo Joaz -. Iré a parlamentar con Ervis Carcolo.

¿Aquí? ¿O en la Linde de Banbeck?

- En la Linde, dentro de media hora.




II


A quince kilómetros de Valle Banbeck, tras una ventosa extensión de serrijones, riscos, picachos, inmensas grietas, páramos desnudos y extensiones cubiertas de rocas desprendidas, se encontraba Valle Feliz. Tan ancho como Valle Banbeck pero con sólo la mitad de su longitud y de su profundidad, su lecho de tierra depositada por el viento tenía solo la mitad del grosor y, en consecuencia, era menos productivo.

El Primer Canciller de Valle Feliz era Ervis Carcolo, un individuo corpulento y piernicorto de vehemente expresión, boca grande y temperamento alternativamente jocoso e iracundo. A diferencia de Joaz Banbeck, Carcolo gustaba sobre todo de sus visitas a los establos de los dragones, donde trataba a domadores, mozos de establo y dragones de modo similar, prodigándoles sartas de obscenos insultos.

Ervis Carcolo era un hombre enérgico que pretendía que Valle Feliz recuperase el poder y el dominio de que había disfrutado unas doce generaciones antes. En aquellos arduos tiempos, antes del advenimiento de los dragones, eran los hombres quienes libraban sus propias batallas. Los hombres de Valle Feliz se habían distinguido por su osadía, su destreza y su crueldad. Tanto Valle Banbeck como la Gran Cañada del Norte, como Clewhaven, como Valle Sadro, como el Desfiladero de Fósforo, reconocían la autoridad de los Carcolo.

Pero un día llegó del espacio una nave de los básicos o grefs, como se les llamaba entonces. Estos mataron o aprisionaron a toda la población de Clewhaven. Intentaron lo mismo en la Gran Cañada del Norte, pero sólo lo lograron en parte; luego bombardearon los restantes poblados con proyectiles explosivos.

Cuando los supervivientes regresaron a sus asolados valles, la autoridad de Valle Feliz era una ficción. Una generación después, durante la Edad del Hierro Húmedo, desapareció incluso esta ficción. En una decisiva batalla, Kergan Banbeck cogió prisionero a Goss Carcolo y le obligó a castrarse con su propio cuchillo.

Transcurrieron cinco años de paz, y luego volvieron los básicos. Tras acabar con la población del Valle Sadro, la gran nave oscura aterrizó en Valle Banbeck, pero sus habitantes estaban sobre aviso y huyeron a las montañas. Al oscurecer, veintitrés básicos salieron tras ellos precedidos por sus guerreros especialmente entrenados: varios pelotones de tropas pesadas, un escuadrón de artilleros (apenas diferenciables éstos de los hombres de Aerlith) y un escuadrón de rastreadores (éstos notablemente distintos). Cayó sobre el valle la tormenta del crepúsculo, haciendo imposible el uso de los planeadores de la nave, y esto permitió a Kergan Banbeck realizar la asombrosa hazaña que hizo su nombre legendario en Aerlith. En vez de huir aterrado con el resto de su pueblo a las montañas, reunió sesenta guerreros y les infundió coraje con befas y vituperios.

Era una aventura suicida... Pero se ajustaba a las circunstancias.

En una emboscada, desbarataron un pelotón de tropas pesadas, y capturaron a los veintitrés básicos sin darles tiempo a reaccionar. Los artilleros quedaron paralizados, llenos de frustración, incapaces de utilizar sus armas por miedo a destruir a sus amos. Las tropas pesadas se reagruparon para atacar, pero hubieron de detenerse al ver a Kergan Banbeck dispuesto a liquidar inmediatamente a los básicos en caso de ataque.

Entonces, las tropas pesadas retrocedieron confusas. Kergan Banbeck, sus hombres y los veintitrés cautivos se perdieron en la oscuridad.

Pasó la larga noche de Aerlith. La tormenta del amanecer surgió por el Este, atronó sobre ellos y se desvaneció majestuosa hacia el Oeste. Salió Skene cual flameante átomo.

De una nave de los básicos salieron tres hombres: un artillero y un par de rastreadores. Subieron por los riscos hasta la Linde de Banbeck, mientras por encima volaba un pequeño planeador, poco más que una plataforma flotante, girando y ondeando en el viento como una cometa mal equilibrada. Los hombres avanzaron hacia al sur, hacia las montañas, hacia los Altos Jambles, una zona de caóticas sombras y luces, rocas fisuradas y escarpados riscos, donde peñas y rocas desprendidas se amontonaban. Era el tradicional refugio de los fugitivos.

Deteniéndose frente a los Jambles, el artillero llamó a grandes voces a Kergan Banbeck, pidiéndole que bajase a parlamentar.

Kergan Banbeck bajó. Y se produjo entonces el coloquio más extraño de la historia de Aerlith. El artillero hablaba con dificultad el lenguaje de los hombres, pues sus labios, su lengua y sus conductos glóticos se adaptaban más al lenguaje de los básicos.

- Estás reteniendo a veintitrés de nuestros reverendos. Es necesario que los liberes, humildemente.

Hablaba con sobriedad, con un tono de suave melancolía, ni afirmando, ni ordenando, ni urgiendo. Sus hábitos lingüísticos habían sido conformados de acuerdo con las normas de los básicos, al igual que sus procesos mentales.

Kergan Banbeck, que era un hombre alto y enjuto, de cejas de un negro brillante, pelo negro recortado en una especie de cresta con cinco altas espigas, lanzó un ladrido de amarga risa.

-¿Y la gente de Aerlith asesinada, y la gente que habéis encerrado en vuestra nave?

El artillero se inclinó hacia adelante afanosamente; era también un hombre impresionante de noble y aguileño perfil. No tenía más pelo que unos pequeños rizos de lana amarilla. Su piel brillaba como si estuviese cubierta de algún barniz. Sus orejas, y en ello difería notablemente de los hombres no adaptados de Aerlith, eran lengüetas pequeñas y frágiles. Llevaba una sencilla vestidura de color azul oscuro y blanco, y no portaba más arma que un pequeño eyector multifuncional. Con total compostura y tranquila ecuanimidad, respondió a la pregunta de Kergan Banbeck:

- La gente de Aerlith que ha sido matada, está muerta. Los que están a bordo de la nave serán fundidos en el substrato, donde resulta valiosa la infusión de sangre fresca.

Kergan Banbeck miró al artillero con despectiva minuciosidad. En algunos aspectos, pensó Kergan Banbeck, aquel hombre modificado y cuidadosamente modelado se parecía a los sacerdotes de su propio planeta, sobre todo por aquella hermosa piel clara, los rasgos acusados y las piernas y los brazos largos.

Quizás actuase la telepatía, o quizás fue un rastro del olor característico agridulce lo que le hubiese llegado: volviendo la cabeza vio a un sacerdote de pie en las rocas a menos de quince metros de distancia. Estaba desnudo, salvo por el torc dorado y el largo pelo castaño que ondeaba tras él como una llama. De acuerdo con la vieja etiqueta, Kergan Banbeck miró a través de él, fingiendo que no existía. El artillero, tras una rápida mirada, hizo lo mismo.

- Exijo que liberéis a la gente de Aerlith que tenéis en vuestra nave - dijo Kergan Banbeck llanamente.

El artillero movió la cabeza sonriendo, y se esforzó al máximo por intentar que Kergan le comprendiese:

- No cabe discusión sobre esas personas. Su - se detuvo, buscando las palabras - su destino está... parcelado, cuantificado, ordenado. Establecido. No cabe decir más al respecto.

La sonrisa de Kergan Banbeck se convirtió en una mueca cínica. Permanecía sordo, indiferente y silencioso, mientras el artillero continuaba hablando. El sacerdote avanzó lentamente.

- Debes comprender - dijo el artillero - que los acontecimientos se ajustan a una norma. La función de los seres como yo es conformar los acontecimientos para que se ajusten a la norma. - Se inclinó, y con un gracioso giro de su brazo cogió una piedrecilla aristada -. Lo mismo que puedo pulir esta piedrecita para que se ajuste a un hueco redondeado.

Kergan Banbeck avanzó, cogió la piedra y la tiró por encima de las rocas.

- Nunca podrás ajustar esa piedra a un hueco redondeado.

El artillero meneó la cabeza en una suave súplica.

- Siempre hay más piedras.

- Y siempre hay más agujeros - replicó Kergan Banbeck.

- Vayamos a la cuestión - dijo el artillero -. Yo pretendo que esta situación se amolde a la norma correcta.

-¿Qué me ofreces a cambio de los veintitrés grefs?

El artillero hizo un gesto de impaciencia con el hombro. Las ideas de aquel hombre eran tan disparatadas, bárbaras y arbitrarias como las espigas barnizadas de su pelo.

- Si lo deseas, te daré instrucción y consejo, para que...

Kergan Banbeck hizo un gesto brusco y áspero.

- Pongo tres condiciones. - El sacerdote estaba ahora a sólo tres metros de distancia, el rostro impasible, la mirada vaga -. Primero - dijo Kergan Banbeck -, exijo una garantía contra futuros ataques a los hombres de Aerlith. Deben quedar bajo nuestra custodia como rehenes, para siempre, cinco grefs. En segundo lugar, para asegurar mejor la validez perpetua de la garantía, debéis entregarme una nave espacial, equipada, con carga energética suficiente y armada. Y debéis instruirme en su uso.

El artillero echó hacia atrás la cabeza y lanzó por la nariz una serie de balidos.

- Tercero - continuó Kergan Banbeck -, debéis liberar a todos los hombres y mujeres que tenéis a bordo de vuestra nave.

El artillero pestañeó y dirigió rápidas y ásperas palabras de asombro a los rastreadores. Estos se agitaron, inquietos e impacientes, mirando de reojo a Kergan Banbeck como si fuese no sólo un salvaje sino también un loco. Arriba acechaba el planeador; el artillero miró hacia él y pareció animarse ante su visión. Volviéndose a Kergan Banbeck con nueva y firme actitud, habló como si la charla anterior no hubiese tenido lugar.

- He venido a decirte que los veintitrés reverendos deben ser puestos en libertad inmediatamente.

Kergan Banbeck repitió sus propias exigencias.

- Debéis proporcionarme una nave espacial, no debéis hacer más incursiones y debéis liberar a los cautivos. ¿Estás de acuerdo, sí o no?

El artillero parecía confuso.

- Es una situación extraña... indefinida, indeterminable.

-¿Es que no puedes entenderme? - ladró Kergan Banbeck exasperado.

Luego miró al sacerdote, acto un tanto indecoroso, y dijo violando todas las convenciones:

- Sacerdote, ¿cómo puedo tratar con este cabeza cuadrada? Parece como si no me oyera.

El sacerdote se acercó más, su expresión era suave y vacía, como antes. Dado que ajustaba su vida a una doctrina que prohibía la interferencia activa o intencional en los asuntos de otros hombres, sólo podía dar una respuesta concreta y limitada a cualquier pregunta.

- El te oye, pero vuestras ideas no pueden encontrarse. Su estructura mental se deriva de la de sus amos. No tiene una relación directa con la vuestra. En cuanto a cómo debes tratar con él, no puedo decírtelo.

Kergan Banbeck se volvió al artillero.

-¿Has oído lo que pido yo? ¿Has entendido mis condiciones para poner en libertad a los grefs?

- Te oí con toda claridad - contestó el artillero -. Tus palabras no tienen ningún sentido, son absurdos, paradojas. Escúchame cuidadosamente. Es algo complejo, programado, un quantum de destino, el que tú nos entregues a los reverendos. Y el que tu tengas una nave, o el que se cumplan el resto de tus condiciones, es irregular, no está programado

Kergan Banbeck se puso rojo. Miró de soslayo a sus hombres pero, conteniendo su cólera, habló lentamente, con cuidadosa claridad.

- Yo tengo algo que tú quieres. Tú tienes algo que yo quiero. Negociemos.

Durante veinte segundos, los dos hombres se miraron fijamente a los ojos Luego, el artillero hizo una profunda inspiración.

- Lo explicaré con tus palabras, para que puedas comprenderlo. Existen certezas... No, no certezas: exactitudes... - existen exactitudes. Son unidades de certeza, quanta de necesidad y orden. La existencia es la firme sucesión de estas unidades, una tras otra. La actividad del universo puede expresarse respecto a estas unidades. La irregularidad, el absurdo... son como... la mitad de un hombre, con medio cerebro, medio corazón, con la mitad de todos sus órganos vitales. Eso no puede existir. El que tengas cautivos a esos veintitrés reverendos es un absurdo del mismo género: un ataque al racional funcionamiento del universo.

Kergan Banbeck alzó las manos y se volvió otra vez al sacerdote.

-¿Cómo puedo acabar con este absurdo? ¿Cómo puedo hacer que entre en razón?

El sacerdote reflexionó.

- No es que él diga absurdos, sino que parece que habla un idioma que tú no logras comprender. Para hacerle comprender tu lenguaje tendrías que borrar de su mente todo conocimiento y toda educación, y reemplazarlo por tus propias reglas.

Kergan Banbeck reprimió una inquieta sensación de frustración e irrealidad. Para obtener respuestas exactas del sacerdote, uno debía formular preguntas exactas; de hecho, era notable el que aquel sacerdote siguiese allí y permitiese más preguntas. Meditando detenidamente sus palabras, preguntó:

¿Cómo me sugieres que trate con este hombre?

- Libera a los veintitrés grefs. - El sacerdote tocó las borlas gemelas de la parte anterior de su torc dorado: un gesto ritual que indicaba que, aunque fuese con mayor renuncia, había realizado un acto que podría alterar el curso del futuro; tocó de nuevo su torc y salmodió -: Libera a los grefs. Entonces se irán.

Kergan Banbeck gritó con incontrolable cólera:

-¿A quién pretendes ayudar tú? ¿A los hombres o a los grefs? ¡Di la verdad! ¡Habla!

- Por mi fe, por mi credo, por la verdad de mi tan, sólo me sirvo a mí mismo.

El sacerdote volvió la cara hacia el gran risco de Monte Gethron y se alejó lentamente. El viento ladeaba su largo y delicado cabello.

Kergan Banbeck le contempló alejarse y luego, con fría decisión, se volvió al artillero.

- Tu explicación sobre certezas y absurdos es interesante. Creo que confundes ambas cosas. Te diré una certeza desde mi punto de vista: no liberaré a los veintitrés grefs a menos que cumplas mis condiciones. Si volvéis a atacarnos, los partiré en dos, para ilustrar y poner en práctica tu comparación de antes, y quizás te convenzas así de que los absurdos son posibles. No tengo más que decir.

El artillero movió la cabeza lenta, conmiserativamente.

- Escucha, te explicaré. Determinadas condiciones son inconcebibles. No están cuantificadas, no corresponden a un destino...

- Vamos - atronó Kergan Banbeck -. ¡Lárgate si no quieres ir a hacer compañía a tus veintitrés reverendos grefs, para que te enseñen lo reales que pueden ser las cosas inconcebibles!

El artillero y los dos rastreadores, gruñendo y murmurando, se volvieron, retrocedieron de los Jambles a la Linde de Banbeck y descendieron al valle. Sobre ellos flotaba el planeador como una hoja desprendida.

Observando desde su refugio entre los riscos, los hombres de Valle Banbeck presenciaron una escena notable. Media hora después del retorno del artillero a la nave, éste salió de ella una vez más saltando: danzando, haciendo cabriolas. Y luego le siguieron otros (artilleros, rastreadores, tropas pesadas y ocho grefs más) todos saltando, contorsionándose, corriendo de un lado a otro al azar. Las portillas de la nave lanzaron luces de varios colores, y se alzó un lento y creciente rumor de maquinaria torturada.

¡Se han vuelto locos! - murmuró Kergan Banbeck; tras un instante de duda, dio una orden -: ¡Que se reúnan todos los hombres! ¡Vamos a atacarles ahora que están indefensos!

Los hombres de Valle Banbeck bajaron a la carga por las laderas de los Jambles. Mientras descendían, unos cuantos de los capturados de Valle Sadro salieron tímidamente de la nave, y sin que nadie se lo impidiese, corrieron hacia la libertad cruzando Valle Banbeck. Les siguieron otros...

Y entonces, los guerreros de Banbeck llegaron al valle.

Junto a la nave, la locura se había calmado. Los invasores se agruparon tranquilamente junto al casco. Se produjo una súbita y atronadora explosión y brotó un claror de fuego amarillo y blanco. La nave se desintegró. En el suelo del valle se abrió un gigantesco cráter. Entre los atacantes comenzó a caer una lluvia de fragmentos metálicos.

Kergan Banbeck contempló aquella escena de destrucción.

Lentamente, con los hombros hundidos, se unió a su gente y encabezó la marcha hacia su arruinado valle. Al final, en fila india, atados con sogas, iban los veintitrés grefs, mortecinos los ojos, dóciles, separados ya por completo de su existencia anterior.

La trama del destino era inevitable. Las circunstancias presentes no podían aplicarse a veintitrés reverendos. Debía ajustarse, en consecuencia, el mecanismo, para asegurar el tranquilo desarrollo de los acontecimientos. Los veintitrés reverendos pasaban a ser, en consecuencia, algo distinto, un tipo de criaturas totalmente diferentes.

Si esto era verdad, ¿qué eran ellos? Preguntándose entre sí esto, con tristes y quejumbrosos tonos, descendían ladera abajo hacia Valle Banbeck.




III


A lo largo de los extensos años de Aerlith, las fortunas de Valle Feliz y de Valle Banbeck fluctuaban según la capacidad de los correspondientes Carcolo y Banbeck. Golden Banbeck, abuelo de Joaz, se vio obligado a liberar de su dominio a Valle Feliz cuando Utern Carcolo, un diestro criador de dragones, produjo sus primeros diablos. Golden Banbeck, por su parte, desarrolló los juggers, pero permitió que el incierto pacto continuase.

Pasaron los años. Ilden Banbeck, el hijo de Golden, hombre frágil e ineficaz, murió al caer de un araña enfurecido. Joaz era aún un niño desvalido y Grode Carcolo decidió probar fortuna atacando Valle Banbeck. No contó con Handel Banbeck, tío-abuelo de Joaz y primer domador de dragones.

Las fuerzas de Valle Feliz fueron derrotadas en Pico Starbreak. Grode Carcolo resultó muerto y el joven Ervis herido víctima de un dragón asesino. Por varias razones, entre ellas la vejez de Handel y la escasa edad de Joaz, el ejército de Banbeck no sacó una ventaja decisiva de su triunfo. Ervis Carcolo, aunque agotado por la pérdida de sangre y el dolor, logró retirarse con cierto orden, y en los años siguientes se acordó un receloso pacto entre los valles vecinos.

Joaz se convirtió en un melancólico joven que, si bien no provocaba un amor entusiasta en su pueblo, tampoco provocaba ninguna violenta aversión. El y Elvis Carcolo compartían un mutuo desprecio. Cuando se mencionaba el estudio de Joaz, con sus libros, pergaminos, maquetas y planos, su complicado sistema de observación de Valle Banbeck (el material óptico había sido proporcionado, según rumores, por los sacerdotes), Carcolo alzaba las manos enfurecido.

¿Estudios? ¡Bah! ¿De qué sirve ese escarbar en las tonterías del pasado? ¿A qué conduce eso? Debería haber nacido sacerdote. ¡Es un canijo bocazas lo mismo que ellos!

Un itinerante llamado Dae Alvonso, que combinaba los oficios de juglar, comprador de niños, psiquiatra y quiropráctico informó a Joaz de los comentarios de Carcolo.


- Ervis Carcolo debería aparearse con uno de sus juggers dijo Joaz, encogiéndose de hombros -. Quizás pudiese producir así una criatura invulnerable con la armadura de los juggers y su propia inquebrantable estupidez.

El comentario llegó a oídos de Ervis Carcolo, a su debido tiempo, y le afectó de modo particularmente doloroso. Había estado intentando secretamente producir un nuevo tipo de dragón: un dragón casi tan corpulento como el jugger, con la salvaje inteligencia y la agilidad de los horrores azules. Pero Ervis Carcolo trabajaba con un enfoque intuitivo y superoptimista, ignorando los consejos de Bast Givven, su domador jefe.

Una vez empollados los huevos, sobrevivieron unas doce crías. Ervis Carcolo las alimentó con dosis alternativas de ternura y reprensión. Con el tiempo, los dragones se hicieron adultos.

La combinación prevista por Carcolo de furia e invulnerabilidad no se cumplió, y en vez de eso los nuevos dragones resultaron criaturas irritables y perezosas, de torsos hinchados, delgadas piernas y apetito insaciable.

- Como si uno pudiese crear un nuevo tipo de dragón simplemente ordenándole: ¡Existe! - se burlaba Bast Givven hablando con sus ayudantes, y les aconsejaba -: Tened cuidado con esos animales; sólo son hábiles para atraer a la gente al alcance de sus garras.


El tiempo, los esfuerzos, los materiales y el forraje gastados en aquel híbrido inútil, debilitaron el ejército de Carcolo. Carcolo tenía suficiente número de los fecundos termagantes, y bastantes asesinos cornilargos y asesinos zancudos; pero no tenía, ni mucho menos, el número suficiente de otros tipos más pesados y más especializados, sobre todo de juggers, para poder realizar sus planes.

El recuerdo de la antigua gloria de Valle Feliz acosaba sus sueños. Primero debía someter a Valle Banbeck; y solía planear con frecuencia la ceremonia en la que reduciría a Joaz Banbeck a la condición de aprendiz de mozo de establos.

Las ambiciones de Ervis Carcolo se veían obstaculizadas por una serie de dificultades básicas. La población de Valle Feliz se había duplicado, pero, en vez de ampliar la ciudad allanando nuevos picachos u horadando túneles, Carcolo construyó tres nuevos criaderos de dragones, una docena de establos y un enorme complejo para maniobras. La gente del valle podía elegir entre amontonarse en los fétidos túneles existentes o construir míseras viviendas al pie de las paredes rocosas. Criaderos, establos, campo de maniobras y cabañas se amontonaban cercando los campos, ya insuficientes, de Valle Feliz. Se desviaba agua de la laguna para mantener los criaderos. Enormes cantidades de productos tenían que destinarse a alimentar a los dragones. Los habitantes de Valle Feliz, subalimentados, míseros y macilentos, no compartían ninguna de las aspiraciones de Carcolo, y su falta de entusiasmo enfurecía a éste.

Lo cierto es que cuando el itinerante Dae Alvonso repitió el consejo de Joaz Banbeck a Ervis Carcolo sobre su apareamiento con un jugger, Carcolo montó en cólera.

-¡Bah! ¿Qué sabe Joaz Banbeck de la cría de dragones? Dudo que conozca siquiera su propia jerga dragonil. - Se refería al idioma mediante el cual se transmitían órdenes e instrucciones a los dragones: un lenguaje secreto distinto en cada ejército. Descubrir la jerga dragonil del contrario era el primer objetivo de todo domador de dragones, pues podía así obtener un cierto control sobre las fuerzas de su enemigo.

- Yo soy un hombre práctico, que valgo por dos como él - continuó Carcolo -. ¿Es capaz él de proyectar, alimentar, criar y adiestrar dragones? ¿Sabe él acaso imponer disciplina, enseñar ferocidad? No. Todo eso se lo deja a sus domadores, mientras él se tumba en la cama a comer golosinas, luchando sólo con la paciencia de sus juglaresas. Dicen que es capaz de predecir por adivinación astrológica la vuelta de los básicos, que anda siempre con el cuello torcido, mirando al cielo. ¿Acaso un hombre así merece el poder y una vida próspera? ¡Yo creo que no! ¿Y lo merece Ervis Carcolo de Valle Feliz? Yo digo que sí. ¡Y lo demostraré!


Dae Alvonso alzó prudentemente la mano.

- No tan deprisa. Es más listo de lo que crees. Sus dragones están en excelente forma; y los visita a menudo. En cuanto a los básicos...

- No me hables de los básicos - bramó Carcolo -. ¡No soy ningún niño para que me asusten con fantasmas!

Dae Alvonso alzó de nuevo la mano.

- Escucha. Yo hablo en serio, y mis noticias pueden serte de provecho. Joaz Banbeck me llevó a su estudio privado...

- Vaya, ¡el famoso estudio!

- Sacó de un armario una bola de cristal colocada sobre una caja negra.

-¡Aja! - gritó Carcolo -. ¡Una bola de cristal!

Dae Alvonso continuó, sosegadamente, ignorando la interrupción:

- Examiné ese globo, y realmente parecía contener todo el espacio. Dentro flotaban estrellas y planetas, todos los cuerpos del espacio. «Mira bien», dijo Joaz Banbeck, «no verás nada como esto en ningún sitio. Fue construido por los hombres antiguos y traído a Aerlith cuando llegó aquí por primera vez nuestra gente».

«De veras», dije yo. «¿Y qué es este objeto?»

«Es un armamsntarium celeste», dijo Joaz. «En él aparecen todas las estrellas próximas y sus posiciones en cualquier periodo de tiempo que yo elija. Ahora», y me señaló con el dedo, «¿ves esta mancha blanca? Este es nuestro sol. ¿Ves esta estrella roja? En los viejos almanaques se la llama Coralina. Pasa cerca de nosotros a intervalos regulares, pues tal es el movimiento de las estrellas en esta parte del cielo. Estos intervalos han coincidido siempre con los ataques de los básicos». Yo entonces manifesté mi asombro. Joaz insistió en ello. «La historia de los hombres que habitamos Aerlith registra seis ataques de los básicos o grefs, como se les llamaba al principio. Al parecer, mientras Coralina gira por el espacio, los básicos exploran los mundos próximos buscando restos ocultos de humanidad. La última de estas incursiones se produjo hace mucho tiempo, en la época de Kergan Banbeck, con los resultados que conoces. Por entonces, Coralina pasó muy cerca. Y, por primera vez desde entonces, Coralina se acerca de nuevo».

- Esto - dijo Alvonso a Carcolo -, es lo que me explicó Joaz Banbeck, y lo que yo vi.

Carcolo, a su propio pesar, estaba impresionado.

-¿Pretendes decirme -preguntó- que dentro de ese globo nadan todas las estrellas del espacio?

- En cuanto a eso, no puedo jurarlo - contestó Dae Alvonso -. Pero el globo está colocado sobre una caja negra, y sospecho que un mecanismo interno proyecta imágenes, o quizás puntos luminosos que simulan estrellas. De cualquier modo, es un objeto maravilloso, que me enorgullecería poseer. Le he ofrecido a Joaz varias cosas de valor a cambio. Pero nunca ha aceptado cedérmelo.

Carcolo frunció la boca con irritación.

- Tú y tus niños robados. ¿No te da vergüenza?

- No más que a mis clientes - dijo Dae Alvonso sin inmutarse -. Si no recuerdo mal, he comerciado contigo provechosamente en varias ocasiones.

Ervis Carcolo desvió la vista, fingiendo observar a un par de termagantes que practicaban con cimitarras de madera. Los dos hombres estaban junto a un muro de piedra, tras el cual grupos de dragones hacían prácticas de lucha, combatían con venablos y espadas y fortalecían sus músculos. Brillaban las escamas. Sus pies alzaban nubes de polvo del suelo. Empapaba el aire el olor acre del sudor de dragón.

- Es listo, ese Joaz - murmuró Carcolo -. Sabía que ibas a contármelo todo con detalle.


Dae Alvonso asintió con un gesto.

- Exactamente. Sus palabras fueron... pero quizás deba guardar discreción. - Miró tímidamente a Carcolo, bajando sus tupidas cejas blancas.

- Habla - dijo Ervis Carcolo agriamente.

- Muy bien. No te enfades, cito a Joaz Banbeck: «Dile a ese insensato de Carcolo que está en grave peligro. Si los básicos vuelven a Aerlith, como muy bien pudiera ser, Valle Feliz es absolutamente vulnerable y quedará destruido. ¿Dónde pueden ocultarse sus habitantes? Los meterán como a ganado en la nave negra y los trasladarán a un nuevo y frío planeta. Si Carcolo estima en algo a su pueblo, debe construir nuevos túneles, disponer avenidas ocultas. Si no...

-¿Si no, qué? - dijo Carcolo.

-«Si no, dejará de existir Valle Feliz, y también Ervis Carcolo».

- Bah - dijo Carcolo con voz contenida -. Macacos jóvenes ladran con tonos agudos.

- Quizás sea una advertencia honrada. Después dijo... pero temo ofender tu dignidad.

-¡Continúa! ¡Habla!

- Estas fueron sus palabras... pero no, no me atrevo a repetirlas. Básicamente, considera ridículos tus esfuerzos por crear un ejército. Compara tu inteligencia con la suya desfavorablemente. Predice que...

-¡Basta! - bramó Ervis Carcolo, agitando un puño -. Es un adversario astuto, pero ¿por qué te prestas tú a sus trucos?

Dae Alvonso movió su cabeza cana.

- Yo sólo repito, y no de buena gana, lo que tú quieres oír. Y ahora, ya que me has hecho decir todo esto, proporcióname algún beneficio. ¿Quieres comprar drogas, elixires, vomitivos o pociones? Tengo aquí un bálsamo de juventud eterna que robé del cofre personal del Demie Sacerdote. En mi recua tengo niños y niñas, bellos y amables, a un precio justo. Escucharé penas, curaré tu tartamudeo, te garantizo un ánimo alegre y plácido... ¿O preferirías comprar huevos de dragón?

- No necesito eso - gruñó Carcolo -. Especialmente esos huevos de dragón que luego dan lagartijas. En cuanto a los niños, hay de sobra en Valle Feliz. Tráeme una docena de buenos juggers y puedes llevarte cien niños a tu elección.

Dae Alvonso movió la cabeza con tristeza y se alejó. Carcolo se acodó en el muro, mirando los establos de los dragones.

El sol descendía sobre los riscos de Monte Despoire. Se acercaba el crepúsculo.

Era el periodo más agradable del día en Aerlith, pues cesaban los vientos y sobrevenía una calma amplia y aterciopelada. El brillo cegador de Skene se suavizaba en un amarillo humoso, con una aureola de bronce. Se agrupaban las nubes de la próxima tormenta del anochecer, elevándose, descendiendo, girando y arremolinándose; brillando y adquiriendo los diversos tonos de oro, marrón, naranja, dorado-castaño y violeta-pardo.

Skene se hundía; los oros y naranjas se hacían marrón-roble y púrpura. Los relámpagos hendían las nubes y caía la lluvia en una negra cortina. En los establos, los hombres estaban vigilantes, pues la conducta de los dragones era a aquella hora imprevisible, alternativamente belicosa y torpe. Con el paso de la lluvia, el crepúsculo se convertía en noche y una brisa fresca y suave recorría los valles. El cielo oscuro comenzaba a arder y relumbrar con las estrellas. Una de las más refulgentes destellaba: rojo, verde, blanco, rojo, verde.

Ervis Carcolo estudió aquella estrella pensativo. Una idea llevó a otra, y luego a un plan de acción que pareció disolver su vida.

Carcolo torció la boca en una mueca amarga. Debía iniciar negociaciones con aquel presuntuoso de Joaz Banbeck. ¡Pero si no había posibilidad de negociaciones, tanto mejor!

Así pues, a la mañana siguiente, poco después de que Phade, la juglaresa, descubriese al sacerdote en el estudio de Joaz, apareció en Valle Banbeck un mensajero invitando a Joaz Banbeck a subir a la Linde de Banbeck a conferenciar con Ervis Carcolo.




IV


Ervis Carcolo esperaba en la Linde con su dragonero jefe, Bast Givven, y un par de jóvenes alféreces. Detrás, alineadas, estaban sus monturas: cuatro resplandecientes dragones araña con los brazuelos plegados y las piernas arqueadas en ángulos idénticos.

Eran los ejemplares más flamantes de Carcolo. Estaba inmoderadamente orgulloso de ellos. Las púas que rodeaban sus córneos rostros iban adornadas de cabujos de cinabrio; llevaban al pecho un escudo redondo barnizado en negro y con una espiga en el centro. Los hombres vestían los tradicionales calzones negros de cuero, con largas lengüetas sobre las orejas y hasta los hombros.

Los cuatro hombres esperaban, pacientes o inquietos, según dictasen sus naturalezas, oteando las cuidadas tierras de Valle Banbeck. Hacia el sur se extendían campos con diversos cultivos: arvejo, bellegarde, pastel de musgo, un bosquecillo de lokuates. Directamente enfrente, junto a la boca de la Hendidura de Clybourne, Podía verse aún la forma del cráter que se formara al explotar la nave de los básicos. Al norte se extendían más campos, donde estaban los edificios de los dragones, que eran barracas de ladrillo negro, un criadero y un campo de maniobras. Más allá estaban los Jambles de Banbeck, una zona desierta donde mucho tiempo atrás se había desprendido un macizo rocoso, creando una extensión salpicada de piedras y rocas desprendidas, semejantes a los Altos Jambles bajo el Monte Gethron, pero de menor extensión.

Uno de los jóvenes alféreces comentó, con escasa prudencia, la evidente prosperidad de Valle Banbeck. Ervis Carcolo escuchó sombrío unos instantes y luego lanzó una hosca y terrible mirada al imprudente.

- Hay que ver esa presa - dijo el alférez -. A nosotros se nos va la mitad del agua en filtraciones.

- Desde luego - dijo el otro -. Ese paramento de roca es una buena idea. Me pregunto por qué no hacemos nosotros algo similar.

Carcolo iba a empezar a hablar, pero pensó mejor. Ahogó un gruñido y se volvió. Bast Givven hizo una señal; los alféreces se apresuraron a callarse.

Unos minutos después, Givven anunció: - Ya viene Joaz Banbeck.

Carcolo miró hacia el Camino de Kergan.

-¿Dónde está su escolta? ¿Ha preferido venir solo?

- Eso parece.

Unos minutos después apareció Joaz Banbeck en la Linde, cabalgando un araña con gualdrapa de terciopelo gris y rojo. Joaz llevaba una capa suelta y holgada de suave tela marrón sobre una camisa gris y unos pantalones del mismo color, con un sombrero muy picudo de terciopelo azul. Alzó la mano a modo de saludo.

Ervis Carcolo devolvió con brusquedad el saludo, y con un cabeceo ordenó a Givven y a los alféreces que se alejaran para dejarles hablar.


- Me enviaste un mensaje por el viejo Alvonso - dijo ásperamente Carcolo.

- Confío en que te haya transmitido mis palabras con exactitud - dijo Joaz.

Carcolo esbozó una sonrisa lobuna.

- A veces se sintió obligado a parafrasear.

- Es astuto y hábil el viejo Dae Alvonso.

- Entiendo por lo que me refirió - dijo Carcolo - que me consideras un atolondrado y un inútil, indiferente a los intereses de Valle Feliz. Alvonso me confesó que utilizaste la palabra «insensato» para referirte a mí.

Joaz sonrió cortésmente.

- Los sentimientos de este tipo es mejor transmitirlos por intermediarios.

Carcolo hizo una gran exhibición de digno control.

- Al parecer consideras inminente otro ataque de los básicos.

- Esa es exactamente mi teoría, si es que es cierto que habitan en las proximidades de la estrella Coralina. En cuyo caso, como le dije a Alvonso, una grave amenaza pesa sobre Valle Feliz.

-¿Y por qué no también sobre Valle Banbeck? - exclamó Carcolo.

Joaz se le quedó mirando sorprendido.

- Creo que es evidente... Yo he tomado precauciones. Mi gente vive en túneles, no en cabañas. Disponemos de varias vías de escape, por si necesitásemos huir, que conducen hacia los Altos Jambles y hacia los Jambles de Banbeck.

- Muy interesante - dijo Carcolo esforzándose por suavizar su tono -. Si tu teoría es exacta, y no emito ningún juicio inmediato al respecto, yo debería tomar medidas similares. Pero pienso de otro modo. Yo prefiero el ataque a la defensa pasiva.

-¡Admirable! - dijo Joaz Banbeck -. Hombres como tú han realizado grandes hazañas.

Carcolo se ruborizó levemente.

Dejemos esta cuestión - dijo -. Vine a proponerte un plan conjunto. Es algo totalmente nuevo, pero cuidadosamente meditado. He considerado los diversos aspectos de este asunto durante varios años.

- Te escucho con sumo interés - dijo Joaz.

Carcolo hinchó sus mejillas.

- Tú conoces las leyendas tan bien como yo, quizás mejor. Nuestra gente llegó a Aerlith en exilio, durante la Guerra de las Diez Estrellas. La Coalición Pesadilla había derrotado, al parecer, al Viejo Orden, pero nadie sabe, en realidad, cómo terminó la guerra...

- Hay un indicio significativo - dijo Joaz -. Los básicos vuelven a Aerlith y nos destrozan a placer. No hemos visto que viniesen más hombres que los que sirven a los básicos.

-¿Hombres? - dijo Carcolo burlonamente -. Yo les llamaría otra cosa. Sin embargo, esto no es más que una deducción, y en realidad no sabemos cuál ha sido el curso de la historia. Quizás los básicos dominen este sector del universo; quizás nos ataquen porque somos débiles y estamos indefensos frente a ellos. Quizás seamos nosotros los últimos hombres. Quizás esté resurgiendo el Viejo Orden. Y no olvides nunca que han pasado muchos años desde la última vez que aparecieron en Aerlith los básicos.


- También han pasado muchos desde la última vez que Aerlith y Coralina estuvieron situadas a una distancia tan adecuada.

Carcolo hizo un gesto de impaciencia.

- Una suposición que puede ser válida o no serlo. Permíteme explicarte el punto esencial de mi propuesta. Es bastante simple. Yo considero que Valle Banbeck y Valle Feliz son demasiado pequeños para albergar a hombres como nosotros. Nosotros merecemos un territorio mayor.

- Me gustaría - dijo Joaz asintiendo - que fuese posible ignorar las dificultades prácticas implícitas.

- Yo puedo sugerir un medio de vencer esas dificultades - afirmó Carcolo.

- En ese caso - dijo Joaz -, el poder, la gloria y la riqueza estarán en nuestras manos.

Carcolo le miró inquisitivamente, golpeó sus calzones con la borla de cuentas doradas de la vaina de su espada.

- Reflexiona - dijo -. Los sacerdotes habitan Aerlith desde antes que nosotros. Nadie sabe exactamente desde cuándo. Es un misterio. En realidad, ¿qué sabemos nosotros de los sacerdotes? Casi nada. Intercambian su metal y su vidrio con nuestra comida. Viven en cavernas profundas. Su credo es la disociación, el ensueño, el distanciamiento, como quieras llamarlo... algo totalmente incomprensible para una persona como yo. - Lanzó una mirada desafiante a Joaz; Joaz se limitó a acariciarse la larga barbilla -. Ellos se presentan como simples seguidores de un culto metafísico. En realidad son una gente muy misteriosa. ¿Ha visto alguien alguna vez a un sacerdote del género femenino? ¿Qué significan las luces azules? ¿Y las torres de relámpagos, y la magia de los sacerdotes? ¿Y esas extrañas idas y venidas por la noche, y esas formas extrañas que cruzan el cielo, quizás hacia otros planetas?

- Todo eso se cuenta, no hay duda - dijo Joaz -. En cuanto al crédito que debe dársele...

-¡Ahora llegamos al meollo de mi propuesta! - exclamó Ervis Carcolo -. Las creencias de los sacerdotes les prohiben, al parecer, temer o preocuparse por las consecuencia de los actos. Por lo tanto, se ven obligados a contestar cualquier pregunta que se les plantee. Sin embargo, pese a sus creencias, oscurecen totalmente cualquier información que un hombre persistente logra sacarles.

Joaz le examinó con curiosidad.

- Evidentemente, lo has intentado. Ervis Carcolo asintió con un gesto.

-¿Por qué habría de negarlo? He interrogado a tres sacerdotes con decisión y persistencia. Contestaron todas mis preguntas con gravedad, calma y reflexión, pero no me dijeron nada. - Meneó la cabeza ofendido -. Por tanto, sugiero que utilicemos la coerción.

- Eres un hombre valiente.

Carcolo movió la cabeza con modestia.

- No me atrevería a tomar ninguna medida directa. Pero ellos tienen que comer. Si Valle Banbeck y Valle Feliz cooperan, podemos aplicar la persuasión, bastante convincente, del hambre. Así puede que respondan mejor a nuestras preguntas.

Joaz consideró el asunto uno o dos instantes. Ervis Carcolo volvió a golpear sus calzones con la borla dorada de la vaina de su espada.

- Tu plan - dijo al fin Joaz- no es frívolo, sino ingenioso... al menos a primera vista. ¿Y qué tipo de información esperas obtener? Resumiendo, ¿Cuales son tus objetivos finales?

Carcolo se aproximó más y tocó a Joaz con su dedo índice.

- No sabemos nada de los otros mundos exteriores. Estamos encerrados en este planeta miserable de piedra y viento mientras la vida pasa. Tú supones que los básicos gobiernan este sector del universo. Pero, ¿y si estuvieses equivocado? ¿Y si hubiese vuelto al Viejo Orden? Piensa en las ciudades opulentas, los alegres lugares de descanso, los palacios, las placenteras islas. Contempla el cielo nocturno. ¡Piensa en los tesoros que podríamos conseguir ¿Me preguntas cómo podríamos satisfacer esos deseos? Yo te contesto que el proceso puede ser tan simple que los sacerdotes nos lo revelen sin resistencia alguna.

¿Quieres decir...?

-¡Comunicación con los mundos de los hombres! ¡Liberarnos de este mundillo solitario perdido en un rincón del universo!

Joaz Banbeck asintió dubitativamente.

- Una hermosa visión. Pero los datos sugieren una situación totalmente distinta, es decir, la destrucción del hombre y del Imperio Humano.

Carcolo alzó sus manos en un gesto de liberal tolerancia.

- Quizás tengas razón. Pero, ¿por qué no preguntarles a los sacerdotes? Yo propongo exactamente lo siguiente: que tú y yo nos unamos para la mutua causa que he perfilado. Luego, pedimos una audiencia al Demie Sacerdote. Le planteamos nuestras preguntas. Si contesta sin más, excelente. Si elude nuestras preguntas, nosotros actuamos en consecuencia conjuntamente. No más alimentos para los sacerdotes hasta que nos expliquen lo que queremos saber.

- Existen otros valles - dijo Joaz pensativo.

Carcolo hizo un brusco gesto.

- Podemos impedir ese comercio por persuasión o con el poder de nuestros dragones.

- Básicamente tu idea me atrae - dijo Joaz -. Pero me temo que no es todo tan simple.

Carcolo se golpeó elegantemente en el muslo con la borla.

-¿Y por qué no?

- En primer lugar, Coralina brilla mucho últimamente. Ese es nuestro principal problema. Si Coralina pasa y no atacan los básicos, podremos entonces seguir tratando esta cuestión. Por otra parte, dudo que podamos reducir por hambre a los sacerdotes y obligarles a someterse. En realidad, me parece imposible.

-¿En qué sentido? - preguntó Carcolo con un pestañeo.

- Ellos se pasean desnudos entre ventisqueros y tormentas; ¿crees que van a temer al hambre? Y siempre pueden recoger líquenes silvestres. ¿Cómo podríamos prohibirles eso? Tú quizás te atrevieses a ejercer sobre ellos algún tipo de coerción, pero yo no. Las historias que se cuentan sobre los sacerdotes pueden ser simple superstición... O pueden ser verdad en parte.

Ervis Carcolo lanzó un profundo e irritado suspiro.

- Joaz Banbeck, te creí un hombre decidido. Pero no haces más que buscar pegas a todo.

- No son simples pegas. Son errores capitales que nos llevarían al desastre.

- Bueno, dime entonces, ¿se te ocurre a ti alguna sugerencia?




Joaz se acarició la barbilla.

- Si Coralina se aleja y aún seguimos en Aerlith, en vez de en la bodega de la nave de los básicos, ya planearemos cómo descubrir los secretos de los sacerdotes. Entretanto, te recomiendo encarecidamente que preparen Valle Feliz contra una nueva incursión. Estáis excesivamente dispersos, con vuestros nuevos criaderos y establos. ¡No os ocupéis de eso y construid túneles seguros!

Ervis Carcolo miro por encima de Valle Banbeck.

- Yo no soy un hombre para la defensa. ¡Yo ataco!

-¿Vas a atacar con tus dragones a los rayos caloríficos y a los proyectores de iones?

Ervis Carcolo se volvió y miró a Joaz Banbeck.

-¿Puedo considerar que somos aliados en el plan que he propuesto?

- En sus principios generales, de modo amplio, desde luego. Sin embargo, no deseo cooperar para asediar por hambre o presionar de cualquier otro modo parecido a los sacerdotes. Podría ser peligroso, además de inútil.

Por un instante Carcolo no pudo controlar la aversión que sentía por Joaz Banbeck. Frunció los labios y cerró los puños.

- ¿Peligro? ¡Bah! ¿Qué peligro puede venir de un puñado de desnudos pacifistas?

- No estamos seguros de que sean pacifistas. Sabemos que son hombres.

Carcolo se mostró de nuevo amable y cordial.

- Quizás tengas razón. Pero al menos, esencialmente, somos aliados.

- Hasta cierto punto.

- Bien. Sugiero que en caso de que se produjese el ataque que tú temes, actuemos conjuntamente, con una estrategia común.

Joaz asintió distante.

- Eso podría ser eficaz.

- Coordinemos nuestros planes. Supongamos que los básicos desembarcan en Valle Banbeck. Sugiero que tu gente se refugie en Valle Feliz, mientras el ejército de Valle Felix se une al vuestro para cubrir la retirada. Y del mismo modo si ellos atacan Valle Feliz, mi gente sé refugiará de forma temporal en Valle Banbeck, con vosotros.

Joaz se echó a reír, divertido.

- Ervis Carcolo, ¿por qué clase de lunático me tomas? Vuelve a tu valle, abandona esas absurdas manías de grandeza y procura hacer obras de protección. ¡Y deprisa! ¡Coralina brilla cada vez más!

Carcolo se irguió tenso.

¿Debo entender que rechazas mi oferta de alianza?

- En modo alguno. Pero no puedo protegerte ni proteger a tu pueblo si no os ayudáis vosotros mismos. Sigue mis consejos para que me convenza de que eres un aliado digno Entonces ya hablaremos con detalle de nuestra alianza.

Ervis Carcolo giró sobre sus talones, e hizo una seña a Bast Givven y a los dos jóvenes alféreces. Sin una palabra ni una mirada más, montó en su espléndido dragón araña y lo espoleó, haciéndole emprender tan brusca carrera a saltos a lo largo de la Linde, ladera arriba hacia el Pico Starbreak. Sus hombres le siguieron aunque con menos precipitación.

Joaz les vio alejarse, y meneó la cabeza presa de un triste asombro. Luego, montando su propio dragón araña, descendió por el camino que llevaba a Valle Banbeck.




V


El largo día de Aerlith, equivalente a seis de las antiguas Unidades Diurnas, pasó.

En Valle Feliz había una nerviosa actividad, una sensación de inminencia y de decisiones próximas. Los dragones maniobraban en apretada formación. Alféreces y cornetas daban órdenes con rudas voces. En la armería se preparaban proyectiles, se mezclaba pólvora, se afilaban y aguzaban las espadas.

Ervis Carcolo cabalgaba con teatral fanfarronería, agotando un araña tras otro mientras dirigía a sus dragones en complicadas maniobras. En el caso de las fuerzas de Valle Feliz, éstos eran principalmente termagantes, dragones pequeños y activos de escamas rojo-orín, estrechas y aguzadas cabezas y garras afiladas como cinceles. Tenían unos brazuelos fuertes y bien desarrollados. Usaban lanzas, alfanjes y mazas con igual destreza. Un hombre enfrentado a un termagante no tenía ninguna posibilidad, pues las escamas rechazan las balas y los golpes que pudiese asestar un ser humano por muy fuerte que fuese. Por otra parte, un sólo zarpazo de aquellas garras afiladas como guadañas significaba la muerte para cualquier soldado.

Los termagantes eran fecundos, robustos y se desarrollaban bien aun en las condiciones que existían en los criaderos de Valle Feliz, de ahí su predominio en el ejército de Carcolo. Esta situación no era del agrado de Bast Givven, dragonero jefe, un hombre enjuto y seco de rostro liso y nariz ganchuda y ojos tan negros e inexpresivos como gotas de tinta en un plato. Habitualmente seco y callado, se había mostrado casi elocuente en su oposición al ataque a Valle Banbeck.

- Escúchame, Ervis Carcolo. Nosotros podemos desplegar una horda de termagantes, junto con un número suficiente de asesinos zancudos y asesinos cornilargos. Pero no disponemos de suficientes horrores azules, diablos y juggers... ¡Si nos atrapan en los riscos, estamos perdidos!

- No pienso pelear en los riscos - replicó Carcolo -. Obligaré a Joaz Banbeck a combatirnos desde abajo. Así de nada servirán sus diablos y sus juggers. En cuanto a los horrores azules, estamos casi igualados.

- Te olvidas de un problema - dijo Bast Givven.

-¿De qué problema se trata?

- Es muy poco probable que Joaz Banbeck piense permitirte todo eso. Lo considero más inteligente que todo eso.

-¡Dame pruebas! - gritó Carcolo -. ¡Lo que yo sé de él indica indecisión y estupidez! ¡Así que atacaremos... con toda firmeza! - Carcolo golpeó la palma de su mano izquierda con el puño derecho -. ¡Acabaremos así de una vez con esos engreídos Banbeck!

Bast Givven se volvió para irse. Carcolo le hizo volverse, colérico.

-¡No muestras ningún entusiasmo por esta campaña!

- Sé lo que puede hacer nuestro ejército y lo que no puede hacer - dijo ásperamente Givven -. Si Joaz Banbeck es el hombre que tú crees que es, podemos triunfar. Pero con que tenga la sagacidad de un par de mozos de establo a los que oí hablar hace diez minutos, esta expedición resultará un desastre.

- Vuelve a tus diablos y a tus juggers - dijo Carcolo con voz colérica -. Quiero que se alineen rápidamente con los termagantes.

Bast Givven se alejó. Carcolo saltó sobres un araña próximo y lo espoleó con los talones. El animal dio un salto hacia adelante, se detuvo bruscamente, y giró su largo cuello para mirar a Carcolo a la cara.

-¡Vamos, vamos! - gritó Carcolo -. ¡Adelante, deprisa! ¡Demuestra a esos patanes lo que es energía y vigor!

El araña se lanzó hacia adelante con tal vehemencia que Carcolo saltó hacia atras, cayendo de cabeza, y quedó tendido en el suelo entre gemidos.

Los mozos de establo llegaron corriendo y le ayudaron a alcanzar un banco, donde se sentó soltando maldiciones en voz baja y firme. Un médico le examinó, le auscultó, y recomendó que se acostase y que tomase una poción sedante.

Carcolo fue trasladado a sus aposentos situados bajo la pared rocosa occidental de Valle Feliz, y allí quedó al cuidado de sus mujeres. Durmió veinte horas seguidas. Cuando despertó había transcurrido ya la mitad del día.

Quiso levantarse, pero estaba demasiado agarrotado para moverse y se tendió de nuevo con un gemido. Llamó inmediatamente a Bast Givven, que apareció y escuchó sin comentarios las impresiones de Carcolo.

Llegó el anochecer. Los dragones volvieron a los establos. Nada se podía hacer ya sino esperar a que amaneciera.

Durante la larga noche, Carcolo recibió una serie de tratamientos: masajes, baños calientes, infusiones y emplastos. Hizo ejercicio diligentemente, y cuando noche llegaba a su fin se declaró repuesto. En el cielo, la estrella Coralina vibraba con venenosos colores (rojo, verde, blanco), siendo con mucho la más brillante de todo el firmamento. Carcolo se resistía a alzar los ojos hacia la estrella pero su resplandor le hería por el rabillo del ojo siempre que salía al valle.

Se aproximaba la aurora. Carcolo pensaba salir en cuanto los dragones fuesen manejables. Un resplandor que comenzaba a asomar por el Este indicaba la proximidad de la tormenta del amanecer, invisible aún al fondo del horizonte. Sacando a los dragones con toda precaución de los establos para situarlos en columna de marcha. Había casi trescientos termagantes, ochenta y cinco asesinos zancudos, un número igual de asesinos cornilargos un centenar de horrores azules, cincuenta y dos achaparrados diablos inmensamente poderosos, con bolas de acero con púas en el extremo de la cola, y dieciocho juggers. Gruñían y resoplaban malévolamente enseñándose los dientes unos a otros, atentos a cualquier oportunidad de darse una patada o de morder la pierna de un mozo de establo descuidado. La oscuridad estimulaba el odio latente que sentían hacia la humanidad, aunque nada les habían enseñado de su pasado, ni de las circunstancias que habían conducido a su esclavitud.

Resplandecieron los relámpagos de la aurora, perfilando las escarpaduras verticales y los asombrosos picos de los Montes Maiheur. Por encima pasaba la tormenta, con lúgubres ráfagas de viento y de lluvia, avanzando hacia Valle Banbeck. El Este brillaba con una palidez gris-verdosa, y Carcolo dio la señal de partida.

Aún torpe y dolorido, montó sobre su araña e impulsó al animal una espectacular y peculiar corveta. Carcolo había calculado mal. En la mente del dragón aún se agazapaba la malicia de la noche. Terminó su corveta con un estirón del cuello que lanzó una vez más a Carcolo al suelo, donde quedó tendido medio loco de dolor y frustración.

Intentó levantarse; se derrumbó; lo intentó de nuevo; se desmayó.

Estuvo cinco minutos inconsciente, y luego pareció levantarse por pura fuerza de voluntad.

- Subidme - susurraba hoscamente -. Atadme a la silla. Tenemos que partir.

Al ser esto manifiestamente imposible, nadie hizo movimiento alguno. Por último, Carcolo, enfurecido, llamó con aspereza a Bast Givven.

- Adelante; no podemos detenernos ahora. Debes mandar tú las tropas.

Givven asintió lúgubremente. Era un honor que no le agradaba lo más mínimo.

- Tú ya conoces el plan de batalla - masculló Carcolo -. Bordear por el norte el Fang, cruzar el Skanse a toda velocidad, desviarse hacia el Norte bordeando la Hendidura Azul, seguir luego hacia el Sur a lo largo de la Linde de Banbeck. Razonablemente allí es donde te descubrirá Joaz Banbeck. Debes desplegarte de modo que cuando lance sus juggers tú puedas derribarlos con los diablos. No debes emplear nuestros juggers. Acósale con termagantes; reserva los asesinos para cuando llegue al borde. ¿Comprendes?

- Tal como lo explicas, la victoria es segura - murmuró Bast Givven.

- Y así ha de ser, si es que no cometes algún disparatado error. ¡Ay, mi espalda! No puedo moverme. Mientras se desarrolla la gran batalla, yo debo permanecer sentado junto al criadero viendo empollar los huevos. ¡Ahora vete! ¡Lucha con firmeza por Valle Feliz!

Givven dio la orden de partida. Las tropas salieron.

Los termagantes iban a la cabeza, seguidos por los sedosos asesinos zancudos y los más pesados asesinos cornilargos, con sus fantásticas púas pectorales revestidas de acero. Detrás iban los poderosos juggers, gruñendo, resoplando y rechinando los dientes con la vibración de sus pisadas. Flanqueando a los juggers iban los diablos, con pesadas cimitarras, blandiendo sus bolas de acero terminales como un alacrán su pinza. Luego, en retaguardia, iban los horrores azules, que eran a la vez corpulentos y rápidos, buenos escaladores y no menos inteligentes que los termagantes. A sus flancos cabalgaban un centenar de hombres: dragoneros, caballeros, alféreces y cabos. Iban armados de espadas, pistolas y trabucos de amplia boca.

Carcolo contemplaba la salida de las tropas desde unas parihuelas. Allí se quedó contemplándoles hasta que se perdieron de vista por completo, y luego ordenó que le llevasen al pórtico que daba acceso a las cuevas de Valle Feliz.

Nunca habían parecido las cuevas tan sucias y miserables. Carcolo contempló con amargura las hacinadas cabañas que se alineaban al pie de la pared rocosa, hechas con piedras, masas de liquen impregnadas de resma, latas ligadas con alquitrán Cuando terminase la campaña de Banbeck, haría excavar nuevas cámaras y salas en la roca' Las espléndidas decoraciones de Ciudad Banbeck eran famosas. Las de Valle Feliz serían incluso más esplendorosas. Los salones brillarían con ópalos y nácar, plata y oro... Sin embargo, ¿para qué? Si los acontecimientos se desarrollaban según sus planes, estaba en perspectiva aquel gran sueño suyo. Y entonces... ¿de qué valían unos cuantos viles adornos en los túneles de Valle Feliz?

Dejó que le echaran, entre gemidos, en su cama, y se entretuvo imaginando el avance de sus tropas. Deberían estar ya bajando por el Serrijón de Dangle, bordeando el Pico Fang, de más de un kilómetro de altura.

Extendió cautelosamente los brazos, movió las piernas. Sus músculos protestaron. El dolor recorrió su cuerpo; pero parecía como si sus dolencias fuesen menores que antes... Ahora el ejército debería estar ya subiendo las lomas que rodeaban aquella amplia zona de sierras llamada el Skanse. . - El médico llevó a Carcolo una poción. Este la bebió y se durmió, para despertar con un sobresalto. ¿Que hora era? ¡Sus tropas quizás hubiesen trabado ya combate!

Ordenó que le llevasen al pórtico exterior; luego, insatisfecho aún, mandó a sus criados que le llevasen al otro lado del valle, al nuevo criadero de dragones, desde el que se dominaba todo el valle. Pese a las protestas de sus mujeres, le llevaron hasta allí, y le instalaron con la mayor comodidad que sus heridas y golpes permitían.

Se dispuso a una indeterminada espera. Pero no tardaron en llegar noticias.




Por el Sendero del Norte descendió un cabo montando un araña con una barba de espuma. Carcolo envió un mozo de establo a interceptarlo y, a pesar de dolores y quebrantos, se levantó de su litera. El cabo se arrojó de su montura, subió tambaleándose la rampa y se derrumbó exhausto contra el pretil.

-¡Una emboscada! - jadeó -. ¡Un terrible desastre!

-¿Una emboscada? - gruñó Carcolo con voz hueca -. ¿Dónde?

- Cuando coronábamos las lomas del Skanse. Esperaron hasta que llegaron arriba los termagantes y nuestros asesinos, y entonces cargaron con sus horrores, sus diablos y sus juggers. Nos dividieron, nos hicieron retroceder y luego echaron a rodar piedras sobre nuestros juggers... ¡Han destrozado nuestro ejército!

Carcolo se derrumbó en la litera, mirando fijamente al cielo.

-¿Cuántos dragones hemos perdido?

- No lo sé. Givven ordenó la retirada. Nos replegamos lo mejor que pudimos.

Carcolo parecía en estado de coma. El cabo se derrumbó en un banco.

Apareció por el norte una columna de polvo, que luego se disolvió y se disgregó dejando aparecer una serie de dragones de Valle Feliz. Todos estaban heridos. Avanzaban a saltos, cojeando, arrastrándose desordenadamente, gruñendo, mirándose con ferocidad. Llegaba primero un grupo de termagantes, que lanzaban sus feas cabezas de lado a lado; luego un par de horrores azules, que hacían girar y palmear sus brazuelos casi como brazos humanos; luego un jugger, inmenso, como un sapo, con las piernas arqueadas por el cansancio. Cuando estaba ya próximo a los establos, se desplomó, y se quedó rígido en el suelo tras un estremecimiento, con las patas en el aire.

Por el Camino del Norte descendía, cubierto de polvo y macilento, Bast Givven. Bajándose de su araña, subió por la rampa. Con un penoso esfuerzo, Carcolo se alzó una vez más.

Givven informó con voz tan monótona y suave como para parecer indiferente, pero ni siquiera el insensible Carcolo se dejó engañar. Preguntó desconcertado:

-¿Dónde se produjo exactamente la emboscada?

- Subíamos las lomas por el Desfiladero de Chioris. Donde el Skanse desciende en una quebrada en que hay un saliente de pórfido. Allí nos esperaban.

- Asombroso - silbó Carcolo entre dientes.

Bast Givven cabeceó en un levísimo asentimiento.

- Suponiendo que Joaz Banbeck - dijo Carcolo saliese durante la tormenta del amanecer, una hora antes de lo que yo juzgaría posible. Suponiendo que forzase a sus tropas a una marcha muy rápida, ¿cómo pudo llegar allí antes que nosotros, de todos modos?

- Según mis comprobaciones - dijo Givven - no hubo amenaza de emboscada hasta que cruzamos el Skanse. Yo había planeado patrullar Barchback, bajando hasta Páramo Azul y a través de la Hendidura Azul.

Carcolo asintió sombríamente.

-¿Cómo llegó entonces Joaz Banbeck tan pronto a las lomas con sus tropas?

Givven se volvió, miró hacia el valle, donde aún descendían por el Camino del Norte hombres y dragones heridos.

- No tengo ni idea.

-¿Una droga? - dijo Carcolo -. ¿poción para pacificar a los dragones? ¿O habrá estado acampado en el Skanse la noche?

- Eso último es posible - admitió Givven hoscamente -. Bajo el Pico Barch - hay cuevas vacías. Si acuarteló allí sus tropas durante la noche, sólo tuvo que cruzar Skanse para rodearnos.

Carcolo soltó un gruñido.

- Quizás hayamos subestimado a Joaz Banbeck. - Se hundió en su litera gimiendo. Bueno, ¿cuáles son nuestras pérdidas?




El recuento arrojó lúgubres resultados. Del ya insuficiente escuadrón de juggers, sólo quedaban seis dragones. De una fuerza de cincuenta y dos diablos, sobrevivían cuarenta, y de éstos, cinco estaban gravemente heridos. Entre los termagantes, los horrores azules y los asesinos, había grandes pérdidas. Un gran número habían sido destrozados en el primer choque. Muchos otros se habían despeñado por las lomas destrozándose los cascos armados entre los detritus. Entre los cien hombres, doce hablan perecido alcanzados por balas, otros catorce por ataques de dragones. Algunos más estaban heridos en diversos grados.

Carcolo yacía con los ojos cerrados moviendo la boca débilmente.

- El terreno fue lo que nos salvó - dijo Givven -. Joaz Banbeck no quiso descender con sus tropas hasta la quebrada. Si hubo algún error táctico de alguno de los ejércitos, fue suyo. Llevó un número insuficiente de termagantes y de horrores azules.

- Magro consuelo - gruñó Carcolo. Donde está el grueso del ejército?

Tenemos una buena posición en Sierra Dangle. No hemos visto ningún explorador de Banbeck, ni hombres ni termagantes. Debe creer que hemos retrocedido hasta el valle. En cualquier caso, sus fuerzas principales aún están agrupadas en el Skanse.

Carcolo, con un inmenso esfuerzo, se puso de pie.

Cruzó tambaleándose el camino para observar el dispensario. Había cinco diablos metidos en tanques de bálsamo, resoplando y gimiendo. Un horror azul gemía sujeto mientras los cirujanos cortaban fragmentos rotos de armaduras de su carne gris. Mientras Carcolo miraba, uno de los diablos se alzó sobre sus patas delanteras, las branquias llenas de espuma. Lanzó un agudo y peculiar bramido cayó muerto en el tanque de bálsamo.

Carcolo se volvió a Givven.

- Esto es lo que has de hacer: Joaz Banbeck ha enviado sin duda patrullas e avanzada. Retírate a lo largo de Sierra Dangle. Luego, ocultándote de las patrullas, introdúcete en uno de los Collados Despoire. El Collado Tourmaline servirá. Mi idea es ésta: Banbeck supondrá que te retiras a Valle Feliz, así que se dirigirá rápidamente al sur por detrás del Fang para atacarte cuando bajes de Sierra Dangle. Cuando él pase por debajo del Collado Tourmaline, tú tendrás ventaja. Quizás puedas destruir perfectamente allí a Joaz Banbeck con todas sus tropas.

Bast Givven movió la cabeza con decisión.

-¿Y si sus patrullas nos localizan pese a nuestras precauciones? No tienen más que seguirnos el rastro y embotellarnos en el Collado Tourmaline, donde no tendríamos más escape que a través de Monte Despoire o por el Páramo de Starbreak. Y si nos aventuramos por el páramo, sus juggers nos destruirán en cuestión de minutos.

Ervis Carcolo se derrumbó de nuevo en su litera.

- Que las tropas regresen a Valle Feliz. Nos reagruparemos y esperaremos otra ocasión.




VI


Excavada en la pared rocosa situada al sur de la cañada donde estaban enclavados los aposentos de Joaz, había una gran cámara conocida como Sala de Kergan. Las proporciones de la estancia, su sencillez y falta de adornos, los muebles inmensos y antiguos, contribuían a proporcionarle una acusada personalidad. Dicho aroma lo exhalaban las paredes desnudas de piedra, el artesonado de musgo petrificado, la vieja madera... Era una fragancia áspera y madura que Joaz siempre había detestado, junto con los demás aspectos del lugar. Las dimensiones daban una sensación de magnificencia y arrogancia. La falta de adornos impresionaba por su rudeza, e incluso tenía un cierto aire brutal. Un día, Joaz pensó que no detestaba aquella estancia sino al propio Kergan Banbeck, junto con todas las leyendas que le rodeaban.

Sin embargo, la estancia tenía ciertos aspectos agradables. Había tres altas ventanas aristadas que miraban al valle. Disponían éstas de pequeños paños cuadrados de cristal de color verdeazulado, con montantes de palo de hierro negro. El techo iba cubierto de paneles de madera, y se desplegaba en él cierta dosis del típico estilo barroco de Banbeck. Había falsos capiteles de columnas con gárgolas, un friso tallado con hojas de helecho esquematizadas. Tres piezas componían el mobiliario: dos altas sillas talladas y una inmensa mesa, todo ello de madera oscura pulida, y todo de gran antigüedad.

Joaz había encontrado un uso a aquella estancia. Sobre la mesa se extendía un mapa en relieve, cuidadosamente detallado, del distrito, a una escala de uno por diez mil. En el centro estaba Valle Banbeck, a la derecha, Valle Feliz, separado por una masa de cañadas, escarpaduras, barrancos, picachos, serrijones y cinco titánicas crestas: Monte Gethron al sur, Monte Despoire en el centro, Pico Barch, el Fang y Monte llalcyon al norte.


Frente a Monte Gethron estaban los Altos Jambles, luego el Páramo de Starbreak se extendía hasta Monte Despoire y Pico Barch. Pasado Monte Despoire, entre las Laderas de Skanse y Barchback, se extendía el Skanse hasta las atormentadas barrancas y escarpaduras de basalto de las faldas de Monte Halcyon.

Cuando Joaz se puso a estudiar el mapa, entró en la estancia Phade. Avanzó con maliciosa cautela. Pero Joaz sintió su proximidad por el olor a incienso de humo en que se había introducido antes de ir a buscar a Joaz. Llevaba el traje de fiesta tradicional de las doncellas de Banbeck: una especie de ajustada funda de intestino de dragón, con adornos de piel marrón en el cuello, los codos y las rodillas. Un alto sombrero cilíndrico, dentado en el borde superior, se asentaba sobre sus hermosos rizos castaños, y en la parte superior de este sombrero brillaba una pluma roja.

Joaz fingió no advertir su presencia. Ella se le acercó por detrás y rozó su cuello con la piel que adornaba el de su vestido. Joaz aparentó absoluta indiferencia. Phade, en absoluto engañada, hizo una mueca de dolida preocupación.

-¿Vamos a perecer todos? ¿Cómo va la guerra?

- Para Valle Banbeck la guerra va bien. Para el pobre Ervis Carcolo y para Valle Feliz, la guerra va realmente mal.

- Tú planeas su destrucción - Exclamó Phade con un tono cómicamente acusatorio -. ¡Le matarás! ¡Pobre Ervis Carcolo!

- No se merece otra cosa.

- Pero, ¿qué será de Valle Feliz?

Joaz Banbeck se encogió de hombros con indiferencia.

Mejorará de situación.

-¿Pretendes gobernarlo tú?

- No, yo no.

¡Piensa! - murmuró Phade -. Joaz Banbeck, tirano de Valle Banbeck, Valle Feliz, Desfiladero de Fósforo, Glore, El Tarn, Clewhaven y la Gran Cañada del Norte.

- No - dijo Joaz -. Pero, quizás quieras tú gobernar en mi lugar...

-¡Oh! ¡Claro que sí! ¡Qué cambios habría! Vestiría a, los sacerdotes con cintas rojas y amarillas. Les obligaría a cantar y a bailar y a beber vino de mayo. Envían a los dragones al sur, a Arcadia, y dejaría solo a unos cuantos dóciles termagantes para que cuidaran a los niños. Y se acabarían esas furiosas batallas. Quemaría la armería y destruiría todas las armas; haría...

- Mi querida amiga - dijo Joaz riendo -. ¡Qué poco tiempo conservarías el poder!

¿Por qué? ¿Por qué no iba a conservarlo para siempre? Si los hombres no tienen medios de luchar...

Y cuando llegaran los básicos... ¿les pondrías guirnaldas alrededor del cuello?

- Bah. Nunca volverán. ¿Qué ganan ellos con molestar a los habitantes de unos valles remotos?

-¿Quién sabe lo que ganan? Nosotros somos hombres libres. ¡Quizás los últimos hombres libres del universo! Quién sabe. ¡Y quién sabe si volverán! ¡Coralina brilla cada vez más en el cielo!

Phade pareció interesarse de pronto por el mapa en relieve.

-¿Cómo va tu guerra actual? ¿Atacarás o te defenderás?

- Eso depende de Ervis Carcolo - dijo Joaz -. Sólo tengo que esperar a que muestre sus intenciones. - Mirando el mapa añadió, pensativo -: Es lo suficientemente listo para hacerme daño, si no actúo con cautela.

-¿Y si llegan los básicos mientras tú y Carcolo os peleáis?

Joaz sonrió.

- Quizás tengamos que huir todos a los Jambles. Quizás debamos luchar todos.

- Yo lucharé a tu lado - declaró Phade, adoptando una postura belicosa -. Atacaremos la gran nave espacial de los básicos, desafiando los rayos de calor, esquivando los dardos energéticos. Llegaremos hasta las mismas escotillas. ¡Le arrancaremos la nariz al primer invasor que asome!

- Tu sabia estrategia falla en un punto - dijo Joaz -. ¿Cómo encontrarle la nariz a un básico?

- En ese caso - dijo Phade -. Nos apoderaremos de su...

Phade volvió la cabeza al oír un ruido en el vestíbulo. Joaz cruzó la habitación y abrió la puerta. El viejo Rife, el senescal entró.

- Me dijiste que te avisara si la botella se volcaba o se rompía. Bueno, pues han sucedido ambas cosas.

Joaz apartó a Rife y salió corriendo pasillo adelante.

-¿Qué significa esto? - preguntó -. Rife, ¿qué le has dicho para alterarle así?

Rife meneó la cabeza displicente.

- Yo estoy tan perplejo como tú. Me asignó una botella y me dijo: «Vigila esa botella día y noche»... Eso me dijo. Y también: «Si la botella de vuelca o se rompe, avísame inmediatamente». Pensé que se proponía tenerme ocupado en algo, simplemente. Me pregunté si Joaz me consideraba ya tan viejo como para encomendarme el trabajo de vigilar una botella... Soy viejo, me tiemblan las mandíbulas, pero no soy ningún inútil. ¡Ante mi sorpresa la botella se rompió! La explicación, desde luego, es muy simple: se cayó al suelo. Sin embargo, aunque no sé en absoluto lo que significa, seguí las órdenes e informé a Joaz Banbeck.

-¿Y dónde está esa botella? - preguntó Phade, impaciente.

- En el estudio de Joaz Banbeck.

Phade corrió a toda prisa, con la máxima velocidad que su estrecho vestido le permitía, cruzó un túnel transversal, pasó por el Camino de Kergan, por un puente cubierto, y luego subió por un declive hacia los aposentos de Joaz.

Cruzó luego el gran vestíbulo, atravesó la antecámara donde estaba la botella rota en el suelo y entró en el estudio. Se detuvo asombrada. No pudo ver a nadie. Vio una parte de las estanterías que hacían ángulo. Suave, cautelosamente, avanzó por la habitación y atisbó en el cuarto de trabajo.




La escena era bastante extraña. Joaz estaba de pie y sonreía con frialdad a un sacerdote desnudo que al otro lado de la habitación intentaba alzar una barrera que había brotado de una zona de la pared. Pero la, barrera estaba hábilmente encajada, y los esfuerzos del sacerdote eran vanos.

Se volvió, miró brevemente a Joaz y luego se dirigió hacia la salida, hacia el estudio.

Phade contuvo el aliento y se hizo a un lado.

El sacerdote salió al estudio y lo cruzó hacia la puerta.

- Un momento - dijo Joaz -. Quiero hablar contigo.

El sacerdote se detuvo y volvió la cabeza en un suave gesto de interrogación.

Era joven, su cara blanda y pálida resultaba casi bella. Tenía la piel delicada y transparente bajo la que se acusaban los pálidos huesos. Sus ojos (grandes azules, inocentes) parecían no fijarse en nada. Era de delicada constitución y bastante delgado. Tenía las manos finas, sus dedos temblaban en una especie de nervioso desequilibrio. Su cabello largo era castaño claro y le llegaba casi hasta la cintura.

Joaz se sentó con ostentosa parsimonia, sin apartar los ojos del sacerdote. Habló con una voz aguda y bastante alta:

- Tu conducta me parece muy poco correcta.

Se trataba de una afirmación que no exigía respuesta alguna, y el sacerdote nada repuso.

- Siéntate, por favor - dijo Joaz, señalándole el banco -. Tienes muchas cosas que explicarme.

¿Era pura imaginación de Phade? ¿O realmente había brillado una chispa de burla, y muerto casi instantáneamente, en los ojos del sacerdote? Pero tampoco esta vez tuvo respuesta. Joaz, ajustándose a las normas peculiares por las que había de regirse la comunicación con los sacerdotes, preguntó:

¿Te importa sentarte?

- Me es indiferente - dijo el sacerdote -. Puesto que estoy de pie ahora, seguiré de pie.

Joaz se levantó e hizo algo sin precedentes. Arrastró el banco junto al sacerdote, le golpeó en las corvas y le empujó con firmeza, obligándole a sentarse.

- Puesto que estás sentado ahora - dijo Joaz -, podrías muy bien quedarte sentado.

Con suave dignidad, el sacerdote se levantó de nuevo.

- Estaré de pie.

- Como quieras - dijo Joaz encogiéndose de hombros -. Quiero hacerte algunas preguntas. Espero que cooperes y contestes con precisión.

El sacerdote pestañeó como un mochuelo.

-¿Lo harás? - preguntó Joaz.

- Desde luego. Prefiero, sin embargo, regresar por donde vine.

Joaz ignoró la observación.

- Primero - preguntó -, ¿por qué vienes a mi estudio?

El sacerdote habló cuidadosamente, con el mismo tono que los adultos emplean con los niños.

- Hablas sin precisión. Me siento confuso y no debo responder, puesto que he prometido decir únicamente la verdad a todo el que me pregunte.

Joaz se acomodó en la silla.

- No hay ninguna prisa. Estoy dispuesto a una larga discusión. Permíteme entonces que te pregunte: ¿Existen motivos que puedas explicarme a mí, que te movieran o te forzaran a venir a mi estudio?

- Sí.

-¿Cuántos de esos motivos identificaste?

- No lo sé.

-¿Más de uno?

- Quizás.

-¿Menos de diez?

- No lo sé.

Vaya... ¿por qué estás tan inseguro?

- No estoy inseguro.

-¿Por qué no puedes concretar entonces el número tal como yo te pido?

- No hay tal número.

- Comprendo... Puede que quieras decir que hay varios elementos de un motivo único que dirigieron tu cerebro para que indicase a tus músculos que te trajese aquí, ¿no?

- Posiblemente.

Los finos labios de Joaz se curvaron en leve sonrisa de triunfo.

-¿Puedes describirme un elemento de posible motivo?

- Sí.

- Entonces hazlo.

Había un imperativo contra el cual el sacerdote estaba protegido. Todas las formas de coacción conocidas por Joaz (el fuego, la espada, la sed, la mutilación), no eran para un sacerdote más que pequeños inconvenientes; podían ignorarlas como si no existiesen. El único mundo de realidad era su mundo personal interno. El intervenir en los asuntos de los hombres o el reaccionar contra ellos les resultaba degradante. Su invariable conducta era la pasividad absoluta y la sinceridad absoluta. Teniendo en cuenta esto, Joaz formuló de nuevo su orden:

-¿Puedes pensar en un elemento del motivo que te impulsó a venir aquí?

- Sí.

-¿Cuál es?

- Un deseo de vagar.

-¿Puedes pensar en otro?

- Sí.

-¿Cuál es?

- El deseo de ejercitarme caminando. Comprendo... Una cosa, ¿estás intentando no contestar a mi pregunta?

- Yo contesto a las preguntas que me haces. Si las contesto, si abro mi mente a todo el que busque conocimiento (tal es nuestro credo) no puedo estar evitando contestar a tu pregunta.

- Eso es lo que tu dices. Sin embargo, no me has dado una respuesta que yo considere satisfactoria.

La respuesta del sacerdote a este comentario fue un ensanchamiento casi imperceptible de las pupilas.

- Muy bien entonces - dijo Joaz Banbeck - Puedes concretar otro elemento de este complejo motivo de que hemos hablado?

- Sí.

-¿Cuál es?

Me interesan las antigüedades. Vine a tu estudio a admirar tus reliquias de otros mundos

- ¿De veras? - Joaz enarcó las cejas -. Tengo la suerte de poseer esos fascinantes tesoros. ¿Qué antigüedades te interesan mas de todas las que tengo?

- Tus libros. Tus mapas. Tu gran globo del mundo Arch.

-¿Del mundo Arch? ¿El Edén?

- Ese es uno de sus nombres.

Joaz frunció los labios.

- Así que vienes hasta aquí a estudiar mis antigüedades. Está bien, ¿y qué otros elementos componen tu motivación?

El sacerdote vaciló un instante.

- Se me sugirió que viniese aquí.

-¿Quién lo hizo?

- El Demie.

-¿Y por qué lo sugirió?

- No estoy seguro.

-¿No puedes imaginarlo?

- Sí.

- ¿Qué es lo que supones?

El sacerdote hizo un suave gesto con los dedos.

- El Demie quizás desee convertirse en hombre utter, y pretenda aprender los principios de vuestra existencia. O quizás el Demie desee cambiar de artículos de intercambio. El Demie podría estar fascinado por mis descripciones de vuestras antigüedades. O podría sentir curiosidad por el foco de tus paneles de vi.........

- Basta ya. ¿Cuál de esas conjeturas, y de las otras que no has revelado aún, consideras más probable?

- Ninguna.

Joaz volvió a enarcar las cejas.

-¿Cómo justificas esto?

- Dado que se puede formar cualquier número deseado de conjeturas, el denominador de cualquier relación de probabilidad es variable, y todo el concepto resulta aritméticamente absurdo.

Joaz río entre dientes.

- De todas las conjeturas que se te han ocurrido hasta el momento, ¿cuál consideras más probable?

- Sospecho que el Demie puede haber considerado deseable el que yo viniese aquí y permaneciese aquí.

- Pero ¿qué adelantas con eso?

- Nada.

- Entonces el Demie no te envía aquí simplemente para que estés.

El sacerdote no hizo ningún comentario a la afirmación de Joaz.

Joaz estructuró la pregunta con sumo cuidado:

-¿Qué crees que espera el Demie que logres viniendo aquí?

- Creo que desea que yo aprenda cómo piensan los hombres utter.

-¿Y tú aprendes cómo pienso yo viniendo aquí?

- Estoy aprendiendo mucho.

-¿Y para qué te sirve?

- No lo sé.

-¿Cuántas veces has visitado mi estudio?

- Siete veces.

-¿Por qué fuiste elegido tú concretamente para venir?

- El sínodo ha aprobado mi tand. Puede que yo sea el próximo Demie.

Joaz habló a Phade por encima del hombro.

- Prepara té. - Luego se volvió al sacerdote -. ¿Qué es un tand?

El sacerdote inspiró profundamente.

- Mi tand es la representación de mi alma.

- Vaya. ¿Y qué aspecto tiene? La expresión del sacerdote era inescrutable.

- No puede describirse.

-¿Tengo yo uno?

- No.

Joaz se encogió de hombros.

-¿Así que puedes leer mis pensamientos?

Silencio.

-¿Puedes tú leer mis pensamientos

- No muy bien.

-¿Por qué podrías querer leer mis pensamientos?

- Los dos vivimos en el mismo universo. Dado que no nos está permitido actuar, estamos obligados a saber.

Joaz sonrió con escepticismo.

-¿Y de qué puede servirte el conocimiento si no vas a actuar en consecuencia

- Los acontecimientos se ajustan a la Razón Esencial, lo mismo que el agua que cae en la cavidad forma un pozo.

-¡Bah! - exclamó Joaz, con súbita irritación -. Tu doctrina te obliga a no interferir en nuestros asuntos, y sin embargo, tú permites que tu Razón Esencial cree condiciones a través de las cuales influyes en los acontecimientos. ¿No es así?

- No estoy seguro. Nosotros somos un pueblo pasivo.

- Aun así, tu Demie debía tener algún plan cuando te envió aquí. ¿No es cierto?

- No puedo decirlo.

Joaz pasó a orientar en otro sentido sus preguntas.

¿Adónde lleva ese túnel que hay detrás de mi taller de trabajo?

-A una caverna.

Phade puso la jarra de plata ante Joaz. Este se sirvió el té y bebió pensativo. Había muchas clases posibles de enfrentamientos. El y el sacerdote estaban entregados a un juego de búsqueda y ocultamiento de palabras e ideas. El sacerdote había sido educado en la paciencia y esgrimía evasivas, frente a las cuales Joaz desplegaba orgullo y decisión. El sacerdote se veía obstaculizado por su necesidad innata de decir la verdad. Joaz, por otra parte, debía actuar como un hombre con los ojos vendados, al no saber el objetivo que buscaba, e ignorar el premio que podía obtener. Muy bien, pensó Joaz, continuemos. Veremos quién pierde el control primero. Ofreció té al sacerdote, que lo rechazó con un movimiento de su cabeza tan rápido y tan leve que pareció un estremecimiento.

Joaz hizo un gesto indicando que le daba igual.

Si deseas alimento o bebida - dijo - comunícamelo, por favor. Me agrada tanto la conversación que temo que pueda prolongarla más allá de los límites de tu paciencia. ¿No prefieres sentarte?

- No.

- Como quieras. Bueno, volvamos entonces a nuestra charla. Esa caverna de que hablaste, ¿está habitada por sacerdotes?

- No comprendo tu pregunta.

-¿Usan los sacerdotes la caverna?

- Sí.

Poco a poco, Joaz consiguió enterarse de que la caverna se comunicaba con una serie de cámaras, en las que los sacerdotes fundían metales, fabricaban cristal, comían, dormían y practicaban sus rituales. En tiempos, existía una abertura que daba a Valle Banbeck, pero había sido bloqueada hacia ya mucho. ¿Por qué? Hubo guerras en el firmamento; grupos de hombres derrotados se refugiaron en Aerlith, asentándose en valles y cañadas. Los sacerdotes preferían llevar una vida retirada y ocultaron sus cavernas de la vista de los hombres. ¿Dónde estaba aquella abertura? El sacerdote respondió de modo indefinido. En el extremo norte del valle. ¿Detrás de los Jambles de Banbeck? Posiblemente. Pero el comercio entre hombres y sacerdotes se realizaba a la entrada de una cueva que había en la falda de Monte Sethron. ¿Por qué? Simple costumbre, declaró el sacerdote. Además aquel emplazamiento resultaba más accesible desde Valle Feliz y desde la Cañada de Fósforo. ¿Cuántos sacerdotes vivían en aquellas cuevas? No estaba seguro. Unos podrían haber muerto, podrían haber nacido otros. ¿Cuántos aproximadamente aquella mañana? Quizás quinientos.

Para entonces, el sacerdote comenzó a tambalearse y Joaz estaba ronco.

- Volvamos al motivo (o a los elementos que lo componen) de que vinieras a mi estudio. ¿Es algo relacionado de algún modo con la estrella Coralina, y con la posibilidad de una nueva incursión de los básicos, o los grefs, como se llamaban antiguamente?

El sacerdote pareció dudar de nuevo.

- Sí - dijo por fin.

-¿Nos ayudarán los sacerdotes contra los básicos, si éstos desembarcan?

- No. - La respuesta fue escueta y definida.

- Pero supongo que los sacerdotes desean que los básicos se vayan...

Ninguna respuesta.

Joaz formuló la pregunta de un modo distinto:

-¿Desean los sacerdotes que los básicos sean rechazados de Aerlith?

- La Razón Esencial nos obliga a mantenernos al margen de los asuntos de los hombres y de los no hombres.

Joaz frunció el ceño.

Supongamos que los básicos invaden vuestra cueva y os llevan prisioneros al planeta de Coralina. ¿Qué haréis entonces?

El sacerdote casi pareció reír.

- No se puede contestar a esa pregunta.

- ¿Os resistiríais a los básicos si intentasen eso?

- No puedo contestar a tu pregunta.

- Pero la respuesta es no, ¿verdad? - dijo Joaz, riendo.

El sacerdote asintió.

-¿Tenéis armas, entonces?

Los suaves ojos azules del sacerdote parecieron vacilar. ¿Secreto? ¿Fatiga? Joaz repitió la pregunta.

- Sí - dijo el sacerdote. Sus rodillas temblaban, pero las enderezó de nuevo.

-¿Qué clase de armas?

- De una variedad sin número. Proyectiles, como rocas. Armas punzantes como cañas rotas. Armas cortantes, como los utensilios de cocina.- Su voz comenzó a desvanecerse como si estuviese alejando - Venenos: arsénico, azufre, triventidum, ácido, esporas negras. Armas incendiarias, como antorchas y lentes para concentrar la luz del sol. Armas para ahogar: cuerdas, sogas. Cisternas, para ahogar al enemigo...

Siéntate. Descansa - le instó Joaz -. Tu inventario me interesa, pero su efecto total parece inadecuado. ¿Tenéis otras armas que pudiesen servir para rechazar a los básicos de modo definitivo si os atacasen?

Esta pregunta, por designio o azar, nunca fue contestada. El sacerdote fue arrodillándose, lentamente, como para rezar. Luego se desplomó, cayendo de bruces. Después se derrumbó de costado. Joaz se acercó y alzó la colgante cabeza cogiéndole del pelo. Los ojos, entreabiertos, revelaban una horrible extensión blanquecina.

- ¡Habla! - clamó Joaz -. ¡Contesta mi última pregunta! ¿Tenéis armas para repeler un ataque de los básicos?

Los pálidos labios se movieron.

- No sé.

Joaz frunció el ceño, contempló aquella cara cerúlea, y retrocedió desconcertado.

- Este hombre está muerto murmuró.




VII


Phade despertó de su desmayo en una litera, colorada, con el pelo revuelto.

¡Le has matado! - gritó en un horrorizado susurro.

- No. Ha muerto... O se ha provocado la muerte.

Phade avanzó tambaleándose por la habitación, y se acercó a Joaz, que la apartó con aire ausente. Phade frunció el ceño, se encogió de hombros, y luego, al ver que Joaz no la prestaba la menor atención, salió de la estancia.

Joaz, sentado en su silla, contemplaba aquel cuerpo exánime.

- No se canso - murmuró - hasta que me aproximé a los secretos.

Se levantó bruscamente, se acercó al vestíbulo de entrada y dijo a Rife que avisara a un barbero. Una hora después, el cadáver, trasquilado, yacía tendido en un jergón de madera cubierto con una sabana, y Joaz tenía en sus manos una tosca peluca cíe largo cabello.

El barbero se fue. Unos criados se llevaron el cadáver. Joaz se quedó solo en su estudio, tenso pero con la cabeza despejada. Se quitó la ropa, para ponerse desnudo como el sacerdote. Se puso la peluca y se miró en un espejo. Sin un examen detallado, no se advertiría la diferencia. Pero le faltaba algo: el torn. Joaz se lo colgó al cuello. Examinó una vez más su imagen en el espejo, no satisfecho del todo.

Entró en el taller, y, tras vacilar unos instantes, abrió la trampilla y alzó cuidadosamente la losa de piedra. Arrodillado, atisbó en el túnel y, como estaba oscuro, introdujo un pomo de cristal de algas luminiscentes. A su desvaída luz el túnel parecía vacío.

Desechando definitivamente sus temores, Joaz entró por la abertura. El túnel era estrecho y bajo, Joaz avanzó cautelosamente, con los nervios tensos. Se detenía de cuando en cuando a escuchar, pero no oía más que el palpitar de su propio pulso.

Tras recorrer unos cien metros, el túnel se abría formando una caverna natural. Joaz se detuvo indeciso, aguzando los oídos en la oscuridad. Pomos luminiscentes, fijados a las paredes a intervalos regulares, proporcionaban la suficiente luz para indicar la dirección de la caverna. Parecía seguir la dirección norte, paralela al valle. Joaz continuó su marcha, deteniéndose cada pocos metros a escuchar.

Por lo que sabía, los sacerdotes eran una gente pacífica, pero eran también sumamente misteriosos. ¿Cómo reaccionarían ante la presencia de un intruso? Joaz no podía estar seguro, y actuaba con grandes precauciones.

La caverna subía, bajaba, se ensanchaba, se estrechaba. Joaz descubrió pruebas de su uso: pequeños cubículos, excavados en las paredes, iluminados con candelabros, de los que colgaban grandes pomos de materia luminosa. En dos de los cubículos Joaz vio sacerdotes, el primero dormido en una alfombra roja, y el segundo sentado, con las piernas cruzadas, mirando fijamente un aparato de retorcidas varillas metálicas. No prestaron la menor atención a Joaz, y éste siguió su camino con paso más seguro.

La cueva comenzó a descender notoriamente, y se ensanchó como una cornucopia, desembocando de pronto en una caverna tan enorme que Joaz, desconcertado por un instante, pensó que había salido al exterior, a una noche sin estrellas.

El techo quedaba fuera del alcance del resplandor de la infinidad de lámparas, hogueras y resplandecientes pomos. Ante él, a la izquierda, había fundiciones y fraguas en plena actividad. Luego un giro de la pared de la caverna oscurecía algo a la vista. Joaz atisbó una construcción tubular en capas que parecía una especie de taller, pues había allí gran cantidad de sacerdotes ocupados en complicadas tareas. A la derecha había una pila de fardos, una hilera de recipientes que contenían artículos de naturaleza desconocida.

Joaz vio por primera vez sacerdotes hembras: no eran ni las ninfas ni las brujas semihumanas de la leyenda popular. Parecían, como los hombres, pálidas y frágiles, de rasgos muy acusados; se movían, al igual que los hombres, con parsimonia y calma, y como los hombres iban desnudas, sólo con sus torcs y sus cabelleras hasta la cintura. Se oían pocas conversaciones y ninguna risa. Parecía haber más bien una atmósfera de concentración y de placidez sin desdicha. La caverna exudaba una sensación de vejez, uso y costumbre. El suelo de piedra estaba pulido por la constante caricia de pies desnudos. Los efluvios de muchas generaciones habían empapado las paredes.

Nadie reparaba en Joaz.

Este avanzó lentamente, procurando no salir de la sombra, y se detuvo bajo la pila de fardos. Hacia la derecha, la caverna menguaba en proporciones irregulares hasta convertirse en un gran túnel horizontal que retrocedía, giraba y se prolongaba, perdiendo toda realidad en la luz difusa.

Joaz inspeccionó toda la extensión de la inmensa caverna. ¿Dónde estaba la armería, con las armas de cuya existencia le había convencido el sacerdote con el hecho mismo de su muerte? Joaz dirigió una vez más su atención hacia el lado izquierdo, esforzándose por percibir todos los detalles del extraño taller que se alzaba unos quince metros sobre el suelo de piedra. Extraño edificio, pensó Joaz, estirando el cuello. No podía comprender del todo de qué se trataba. Pero todos los aspectos de la gran caverna (tan próxima a Valle Banbeck, y tan remota) resultaban extraños y maravillosos. ¿Armas? Podrían estar en cualquier parte. No se atrevió, sin embargo, a buscar más.

Nada podía descubrir ya sin arriesgarse a que lo desenmascararan. Regresó por donde había llegado: subió por el pasadizo en penumbra, pasó ante los cubículos laterales, donde los dos sacerdotes seguían en la misma posición en que los viera antes, uno dormido y el otro mirando fijamente aquel artilugio de metal retorcido. Joaz siguió avanzando sin detenerse.

¿Tanto había andado? ¿Dónde estaba la fisura que le permitiría salir a sus aposentos? ¿Había pasado ante ella sin verla? Debía buscar. El pánico se apoderó de él, pero continuó, observando cuidadosamente. Allí estaba, no se había equivocado. Allí, a su derecha, había una fisura que le resultó casi entrañable y familiar. Se introdujo por ella, caminando a grandes zancadas, como un hombre debajo del agua, llevando delante su pomo luminoso.

De pronto surgió ante él una aparición, una figura alta y blanca.

Joaz se quedó rígido. La figura fantasmal cayó sobre él. Joaz se apretó contra la pared. La figura avanzó y bruscamente se redujo a escala humana. Era el joven sacerdote al que Joaz había trasquilado y dejado por muerto. Se enfrentó a Joaz, con un brillo de reproche y desprecio en sus suaves ojos azules.

Dame mi torc.

Con dedos torpes, Joaz se quitó el collar dorado. El sacerdote lo cogió, pero no hizo ademán alguno de colocárselo. Miró el pelo firmemente asentado en la cabeza de Joaz. Con una mueca de desconcierto, Joaz se quitó la desgreñada peluca y se la ofreció. El sacerdote se echó hacia atrás de un salto como si Joaz se hubiese convertido en un duende. Pasó junto a él, apartándose lo máximo que el estrecho pasadizo le permitía, y se alejó rápidamente por el túnel. Joaz dejó caer al suelo la peluca, contempló el revuelto montón de pelo, se volvió y miró al sacerdote, una pálida figura que pronto se fundió con la oscuridad. Lentamente, Joaz continuó subiendo por el túnel.

Allí estaba la oblonga ranura de luz, la abertura que daba a su taller. La cruzó, regresando al mundo real. Furiosamente, con todas sus fuerzas, asentó de nuevo la losa y cerró la trampilla que había servido para cazar al sacerdote.

La ropa de Joaz estaba amontonada donde él la había dejado. Cubriéndose con una capa, salió a la puerta exterior y miró en la antecámara, donde Rife dormitaba. Joaz chasqueó los dedos.

- Que vengan albañiles, con mortero, hierro y piedra.

Joaz se bañó con presteza, frotándose una y otra vez con emulsión, enjabonándose meticulosamente. Al salir del baño, condujo a los albañiles que le esperaban al taller y les ordenó que sellasen la abertura.

Luego se acostó en su litera. Bebiendo una copa de vino, dejó que su mente errara y vagara...

El recuerdo se convirtió en ensueño. El ensueño en sueño. Joaz atravesó una vez más el túnel, y descendió con pies ligeros a la larga caverna, y los sacerdotes alzaron ahora sus cabezas en los cubículos para mirarle. Por fin llegó a la entrada del gran vacío subterráneo, y una vez más miró a derecha e izquierda asombrado. Esta vez cruzó por el centro, pasó ante los sacerdotes que trabajaban afanosamente con fuelles y yunques. Brotaban chispas de las retortas, y sobre el metal fundido flotaba un gas azul.

Joaz avanzó hasta una pequeña cámara excavada en la roca. Había allí un viejo sentado, flaco como una vara, con una cabellera blanca como la nieve que le llegaba hasta la cintura. Aquel hombre examinó a Joaz con insondables ojos azules. Y habló, pero su voz era apagada, inaudible. Volvió a hablar; las palabras repiquetearon sonoras en la mente de Joaz.


- Te hice venir aquí para prevenirte, para que no nos hagas daño sin ningún provecho para ti. El arma que buscas es inexistente y al mismo tiempo queda más allá de tu imaginación. No deposites tus ambiciones en ella.

Con gran esfuerzo, Joaz logró tartamudear:

- El joven sacerdote no lo negó. ¡Esa arma tiene que existir!

- Sólo dentro de los estrechos límites de una interpretación especial. Ese muchacho no puede decir más que la verdad literal, y sólo puede actuar con sinceridad y desinterés. ¿Cómo puede extrañarte que procuremos mantenernos apartados? A vosotros los utters os resulta incomprensible la pureza. Pensáis en vuestro propio interés, pero no lográis más que una existencia de ratas cautelosas. Para que no vuelvas a intentarlo debo descender a sentar claramente las cosas. Te aseguro que esa supuesta arma queda totalmente fuera de tu control.

Joaz se sintió invadido primero por la vergüenza y luego por la indignación.

-¡Es que no comprendes mi necesidad! - gritó - ¿Cómo puedo actuar de otro modo? Coralina está cerca; los básicos se aproximan. ¿Es que no sois hombres? ¿Por qué no queréis ayudarnos a defender el planeta?

El Demie movió la cabeza, y su pelo blanco se agitó con hipnótica lentitud.

- Te cito la Razón Esencial: pasividad, completa y absoluta. Esto implica soledad, santidad, aceptación y paz. ¿Puedes imaginarte acaso la angustia a que me arriesgo hablando contigo? Intervengo, interfiero, con gran dolor del espíritu. Dejemos zanjada esta cuestión. Nos hemos tomado la libertad de entrar en tu estudio, pero no te hemos hecho ningún daño ni te hemos ofendido. Tú has hecho una visita a nuestro salón, degradando para ello a un noble joven. ¡Dejemos así las cosas! Que no haya más espionaje por ninguna de las dos partes. ¿Estás de acuerdo?

Joaz oyó que su voz respondía, tranquila, sin ningún esfuerzo consciente por su parte. Su tono era más agudo y nasal de lo que a él le gustaba.

- Me ofreces este acuerdo ahora que has descubierto mi secreto, pero yo no conozco ninguno de los vuestros.

La cara del Demie pareció retroceder y vacilar. Joaz leyó en su expresión desdén, y se agitó en su sueño. Hizo un esfuerzo para hablar en un tono de razonable calma:

- Escucha, todos somos hombres. ¿Por qué hemos de estar tan distanciados? Compartamos nuestro secreto, prestémonos ayuda. Examina mis archivos cuanto quieras, y luego permíteme que estudie esa arma existente pero no existente. Te juro que sólo se utilizará contra los básicos, para nuestra mutua protección.

- No - dijo el Demie; sus ojos relampagueaban.

-¿Por qué no? - replicó Joaz -. Supongo que no nos desearás ningún mal.

- Somos seres desapegados y sin pasiones. Esperamos vuestra extinción. Vosotros sois los hombres utter, los restos de la Humanidad. Y cuando vosotros desaparezcáis, también desaparecerán vuestros oscuros pensamientos y vuestras horrendas maquinaciones. Desaparecerán el asesinato y el dolor y la malicia.

- No puedo creer eso - dijo Joaz - Quizás no haya ningún hombre más en este sistema planetario, pero ¿y en el resto del universo? ¡El Viejo Orden llegó muy lejos! Tarde o temprano, los hombres volverán a Aerlith.

La voz de Demie se hizo vibrante.

- ¿Crees que hablamos sólo basándonos en la fe? ¿Dudas de nuestros conocimientos?

- El universo es grande. El Viejo Orden llegó lejos.

- En Aerlith habitan los últimos hombres - dijo el Demie -. Los utters y los sacerdotes. Vosotros pereceréis. Nosotros mantendremos la Razón Esencial como una bandera de gloria, y la llevaremos por todos los mundos del firmamento.

- ¿Y cómo viajaréis de un mundo a otro para esta misión? - preguntó maliciosamente Joaz -. ¿Podréis volar hasta las estrellas desnudos, tal como camináis por los páramos?

- Habrá un medio. El tiempo es largo.

- El tiempo necesita ser largo para vuestros propósitos. Incluso en los planetas de Coralina hay hombres. Esclavizados, modificados en cuerpo y en mente, pero hombres. ¿Qué me dices de ellos? Parece que estás equivocado, que realmente te guías sólo por la fe.

El Demie guardó silencio. Su rostro pareció crisparse.

- ¿No son eso hechos? - preguntó Joaz -. ¿Cómo puedes reconciliarlos con tu fe?

- Los hechos - dijo suavemente el Demie - no pueden reconciliarse con la fe. Según nuestra fe, también esos hombres si existiesen, perecerían. El tiempo es largo. ¡Los mundos luminosos nos esperan!

- Es evidente - dijo Joaz - que tenéis una alianza con los básicos y que os proponéis destruirnos. Esto quizás cambie nuestra actitud hacia vosotros. Me temo que Ervis Carcolo tenía razón y que era yo quien estaba equivocado.

- Nosotros nos mantenemos pasivos - dijo el Demie; su cara vaciló y pareció inundarse de abigarrados colores -. Sin emoción, presenciaremos la extinción de los hombres utter, sin ayudar ni interferir.

- Vuestra fe - gritó furioso Joaz -, vuestra Razón Esencial, o como la llaméis, os confunda. Te aseguro que si no nos ayudáis, sufriréis lo que nosotros suframos.

- Nosotros somos pasivos. Somos indiferentes.

-¿Y vuestros hijos? Los básicos no hacen ninguna distinción. Os meterán en sus corrales como a nosotros. ¿Por qué habríamos de luchar nosotros para protegeros?

La cara del Demie se desvaneció tras una niebla transparente. Sus ojos brillaron como carne podrida.

- Nosotros no necesitamos protección - respondió -. Nosotros estamos seguros.

- Sufriréis nuestro mismo destino - gritó Joaz -. ¡Te lo prometo!

El Demie se derrumbó bruscamente en una pequeña cáscara seca, como un mosquito muerto. Con increíble velocidad, Joaz huyó a través de las cuevas y de los túneles, regresando a su cuarto de trabajo, su estudio, y a su cámara-dormitorio, donde se incorporó estremecido, con los ojos muy abiertos, el cuello hinchado y la boca seca.

Se abrió la puerta. Asomó la cabeza de Rife.

-¿Me llamabas, señor?

Joaz se incorporó apoyándose en los codos y contempló la habitación.

- No, no llamé.

Rife desapareció.

Joaz volvió a tenderse en la cama, mirando fijamente al techo.

Había tenido un sueño muy extraño. ¿Sueño? ¿Una síntesis d sus propias imaginaciones? ¿O realmente una confrontación, y un intercambio de dos mentes? Era imposible determinarlo, y quizás él hacerlo no tuviese importancia. El suceso tenía en sí mismo su propia validez.

Joaz sacó las piernas de la cama y pestañeó mirando al suelo. Sueño o coloquio, daba igual. Se levantó, se puso unas sandalias y una túnica de piel amarilla, se dirigió lentamente a la sala de juntas y salió a la soleada terraza.

Habían pasado ya dos tercios del día. En los riscos del oeste se alzaban densas sombras. Valle Banbeck se extendía a derecha e izquierda. Nunca le había parecido más próspero o más fértil, y nunca hasta entonces le había parecido irreal: como si fuese un extraño en aquel planeta. Miró hacia el norte siguiendo el gran macizo pétreo que se alzaba en vertical hasta la Linde de Banbeck. También aquello era irreal. Una fachada tras la cual vivían los sacerdotes. Examinó la pared rocosa, dibujando sobre ella mentalmente la gran caverna. ¡La zona del extremo norte debía ser poco más que una cáscara!

Joaz volvió su atención al campo de maniobras, donde evolucionaban los juggers. Qué extraño era el tipo de vida que había producido a los básicos, a los juggers, a los sacerdotes y a él mismo. Pensó en Ervis Carcolo, y sintió una súbita cólera. Carcolo era la preocupación menos oportuna en aquel momento. Cuando hubiera de pedirle cuentas a Carcolo, no tendría ninguna tolerancia con él.

Una ligera pisada tras él, el roce de la piel, la caricia de manos alegres, el aroma de incienso. Las tensiones de Joaz se desvanecieron.

Si no existiesen las juglaresas, sería necesario inventarlas.


Debajo de la Linde de Banbeck, en las profundidades, en un cubiculo iluminado por un candelabro de doce pomos, había un hombre desnudo de pelo blanco tranquilamente sentado. En un pedestal al nivel de sus ojos estaba su tand, un complicado aparato compuesto de varillas doradas y alambres plateados, tejidos y doblados aparentemente al azar. Pero este azar era sólo aparente. Cada una de las curvas y dobleces simbolizaba un aspecto de la Conciencia Ultima. La sombra que arrojaba sobre la pared representaba la Razón Esencial, siempre cambiante y siempre la misma. El objeto era sagrado para los sacerdotes y servía como fuente de revelación.

El estudio del tand jamás acababa. Se derivaban constantemente nuevas intuiciones de las relaciones antes pasadas por alto entre ángulos y curvas. La nomenclatura era complicada: cada pieza, junta, tramo y ángulo tenía su nombre; todas las relaciones entre las diversas partes estaban clasificadas en todos sus aspectos. Así era el culto del tand: abstruso, exigente, sin compromiso. En sus ritos de pubertad, el joven sacerdote podía estudiar el tand original durante tanto tiempo como quisiese. Luego cada joven debía construir un duplicado del tand, guiándose por su memoria. Luego llegaba el acontecimiento más significativo de su vida: la inspección de su tand por un consejo de ancianos.

En sobrecogedora inmovilidad, durante horas y horas, analizaban su creación, determinaban las variaciones infinitesimales de proporción, los radios, tramos y ángulos. Descubrían así el carácter del iniciado, juzgaban sus atributos personales, y determinaban su comprensión de la Conciencia Ultima, la Razón Esencial y el Principio.

En ocasiones, el testimonio del tand revelaba un carácter tan ruin como para considerarse intolerable. El mal tand se arrojaba al horno, el metal fundido se destinaba a una letrina, el desdichado iniciado era expulsado al exterior del planeta y debía vivir por sus propios medios.

El desnudo Demie de blancos cabellos suspiraba y se agitaba inquieto contemplando su bello tand. Había sido visitado por una influencia tan ardiente, tan apasionada, tan simultáneamente cruel y tierna que su mente se sentía oprimida. De modo espontáneo brotaba en ella una oscura fuente de duda.

¿Podría ser, se preguntaba, que nos hayamos apartado sin darnos cuenta de la verdadera Razón Esencial? ¿Estaremos estudiando nuestros tands con ojos cerrados? ¡Cómo saberlo, oh, cómo saberlo! Todo es relativamente cómodo y fácil en la ortodoxia, pero ¿cómo puede negarse que el bien es en sí mismo innegable? Los absolutos son las formulaciones más inciertas, mientras que lo incierto es lo más real...


A treinta kilómetros de distancia, pasadas las montañas, a la pálida y prolongada luz de la tarde de Aerlith, Ervis Carcolo trazaba sus propios planes.

-¡Con audacia, golpeando fuerte, puedo derrotarle! ¡Soy superior a él en resolución, en valor y en resistencia! ¡No volverá a engañarme, ni a matar a mis dragones y a mis hombres! ¡Oh, Joaz Banbeck, pagarás todos tus trucos! - alzó los brazos lleno de cólera -. ¡Ay de ti, Joaz Banbeck, coneja asustada! - Carcolo golpeó el aire con su puño -. ¡Te aplastaré como un tepe de musgo seco!

Frunció el ceño y se rascó la redondeada y roja barbilla. Pero, cómo, dónde, ¡él tenía todas las ventajas! Carcolo cavilaba las posibles estratagemas.

- Me esperará para golpearme. Eso es seguro. No hay duda de que volverá a esperarme, tendiéndome una emboscada. Así que debo vigilar el terreno palmo a palmo; aunque también él esperará esto y estará preparado a menos que caiga sobre él de improviso. ¿Se ocultará detrás del Despoire o en Northguard para atacarme cuando cruce el Skanse? Si es así, habré de seguir otra ruta... ¿A través del Paso de Maudlin por la falda de Monte Gethron? Así, si se retrasa en su marcha me encontré con él en la Linde de Banbeck. Y si llega pronto, le perseguiré por picachos y quebradas...


VIII


Con la fría lluvia de la aurora cayendo sobre ellos, y el camino iluminado tan sólo por el resplandor de los relámpagos, avanzaban Ervis Carcolo, sus dragones y sus hombres. Cuando el primer resplandor de la aurora brilló en Monte Despoire, habían atravesado ya el Paso de Maudun.

Hasta aquí, todo va bien, se ufanaba Ervis Carcolo. Se alzó en los estribos para otear el páramo de Starbreak. No había el menor rastro de las fuerzas de Banbeck. Esperó, escudriñando el borde extremo de los serrijones de Northguard, que se recortaban negros contra el cielo. Pasó un minuto, dos minutos. Los hombres comenzaron a batir palmas, los dragones a rugir y a rezongar inquietos.

Carcolo comenzó a sentir un hormigueo de impaciencia. Se afanaba y maldecía. ¿Es que no podían llevarse a efecto sin error ni siquiera los planes más simples? Pero al fin vio el resplandor de un heliógrafo en Pico Barch y otro hacia el sudoeste, en las laderas de Monte Gethron. Carcolo dio la orden de avance a su ejército; el camino por el Páramo de Starbreak estaba despejado. El ejército de Valle Feliz comenzó a cruzar el Paso de Maudlin: primero los asesinos cornilargos, con sus púas y sus crestas de acero; luego la rodante masa roja de los termagantes moviendo al correr sus cabezas como dardos, y, detrás, el resto de las fuerzas.

El Páramo de Starbreak se extendía ante ellos, una ondulada planicie sembrada de fragmentos meteóricos de pedernal que brillaban como flores entre el musgo verde-gris. Se alzaban por todas partes majestuosos picos, en los que la nieve resplandecía a la clara luz de la mañana:

Monte Gethron, Monte Despoire, Pico Barch y, lejos, hacia el sur, Clew Taw.

Los exploradores llegaron por la derecha y por la izquierda. Traían idénticos informes: No había rastro alguno de Joaz Banbeck ni de sus tropas. Carcolo comenzó a barajar una nueva posibilidad. Quizás Joaz Banbeck no se hubiese dignado siquiera ocupar el campo. La idea le enfureció y le llenó al mismo tiempo de una gran alegría: en ese caso, Joaz pagaría muy cara su negligencia.

Cuando habían atravesado la mitad del Páramo de Starbreak, descubrieron un establo ocupado por doscientas crías de diablos de Joaz Banbeck. Cuidaban de ellos dos viejos y un muchacho, que contemplaron con manifiesto horror el avance de la horda de Valle Feliz.

Pero Carcolo pasó ante ellos sin molestarles. Si ganaba la batalla, aquello sería parte de su botín. Si perdía, las crías de diablos no podían hacerle ningún daño.

Los viejos y el muchacho se subieron al tejado de su cabaña de turba, observando el paso de Carcolo y de sus tropas: los soldados, con uniformes negros y gorros negros y picudos con orejeras; los dragones saltando, arrastrándose, avanzando a zancadas, según su especie; las escamas resplandeciendo: el rojo mate y el marrón de los termagantes, el brillo ponzoñoso de los horrores azules, los demonios verdinegros, los grises y castaños juggers y asesinos. Ervis Carcolo cabalgaba por el flanco derecho, Bast Givven en la retaguardia. Y entonces, Carcolo aceleró la marcha, acuciado por la ansiedad al pensar que Joaz Banbeck pudiese subir con sus diablos y juggers hasta la Escarpadura de Banbeck antes de que él llegase y hacerle retroceder... Suponiendo que Joaz Banbeck se hubiese dormido.

Pero Carcolo llegó a la Linde de Banbeck sin encontrar oposición.

Lanzó un grito de triunfo y agitó su sombrero.

-¡Que intente ahora ese zángano de Joaz Banbeck subir por la Escarpadura de Banbeck!

Y Ervis Carcolo contempló Valle Banbeck con la mirada de un conquistador.




Bast Givven no parecía compartir la sensación de triunfo de Carcolo y constantemente miraba inquieto hacia el norte, hacia el sur y hacia la retaguardia.

Irritado, Carcolo le observaba por el rabillo del ojo, y por último exclamó:

-¡Bueno, bueno! ¿Qué pasa?


- Quizás mucho. Quizás nada - dijo Bast Givven, oteando el campo.

Carcolo se sopló los bigotes. Givven continuó con aquel tono frío que tanto irritaba a Carcolo.

- Joaz Banbeck parece que está engañándonos como la otra vez.

-¿Por qué dices eso?

- Juzga por ti mismo. ¿Por qué iba a darnos tanta ventaja si no esperase cobrarse un buen precio?

-¡Absurdo! - murmuró Carcolo -. Ese zángano se ha dormido en los laureles de su última victoria.

Pero se rascó la barbilla y atisbó in quieto Valle Banbeck. Desde allí parecía extrañamente tranquilo. Había una sospechosa inactividad en campos y establos. Un escalofrío estremeció el corazón de Carcolo.

- Mira en el criadero: ¡Allí están los dragones de Banbeck! - gritó.

Givven miró al valle y miró luego de reojo a Carcolo.

- Tres termagantes, en el huevo. - Se irguió, abandonó todo interés por el valle y escrutó los picachos y riscos del norte y el este -. Supón que Joaz Banbeck saliera antes del alba, subiera por la Linde, por los Slikenslides, cruzara el Páramo Azul con todas sus fuerzas. -

-¿Y qué me dices de la Quebrada Azul?

- Pudo rodearía por el norte, avanzar por Barchback, cruzar el Skanse y rodear la Escarpadura de Barch.

Carcolo miró la Cordillera de Northguard con nueva e inquieta curiosidad. ¿Un indicio de movimiento? ¿Un reflejo de escamas?

-¡Retirada! - bramó Carcolo -. ¡Vamos hacia la Escarpadura de Barch! ¡Los tenemos detrás!

Su ejército, desconcertado, rompió filas, huyendo por la Linde de Banbeck, hacia las ásperas estribaciones de la Escarpadura de Barch. Joaz, descubierta su estrategia, lanzó escuadrones de asesinos para interceptar al ejército de Valle Feliz, entretenerle y a ser posible impedirle que llegara a las estribaciones de la Escarpadura de Barch.

Carcolo hizo un rápido cálculo. Consideraba a sus asesinos lo mejor de sus tropas, y los estimaba en mucho. Se retrasó a propósito, esperando chocar con las avanzadillas de Banbeck, destruirlas rápidamente y obtener aún las posiciones protectoras de los declives de Barch.

Los asesinos de Banbeck, sin embargo, se negaron a enfrentarse a ellos y prefirieron ganar altura en los declives. Carcolo envió por delante a sus termagantes y a sus horrores azules.

Con un terrible estruendo chocaron los dos ejércitos. Los termagantes de Banbeck hubieron de enfrentarse a los asesinos zancudos de Carcolo, viéndose obligados a huir atropelladamente.

El cuerpo principal de las tropas de Carcolo, alentado por la retirada de las tropas enemigas, avanzó incontenible. Se apartaron de la Escarpadura de Barch y penetraron en el Páramo de Starbeak. Los asesinos zancudos alcanzaron a los termagantes de Banbeck, se subieron sobre ellos, chillando y pateando, los voltearon y les desgarraron luego sus rosados e indefensos vientres.

Los asesinos cornilargos de Banbeck avanzaron rodeando y cargaron por un flanco contra los asesinos zancudos de Carcolo, hiriéndolos con sus cuernos de punta de acero y empalándolos con sus lanzas.

Pero no contaron con los horrores azules de Carcolo, que cayeron inmediatamente sobre ellos. Con hachas y mazas abatieron a los asesinos, entregándose a la poco agradable diversión de encaramarse sobre ellos, agarrarlos por el cuerpo y arrancárselo junto con piel y escamas, desde la cabeza al rabo. Así perdió Joaz Banbeck treinta termagantes y unas dos docenas de asesinos. Sin embargo, el ataque cumplió su objetivo, permitiéndole bajar de Northguard con sus caballeros, diablos y juggers antes de que Carcolo pudiese llegar a las alturas de la Escarpadura de Barch.

Carcolo retrocedió en diagonal subiendo por las irregulares laderas, y entretanto envió seis hombres a través del páramo hasta el corral donde se agitaban las crías de diablos asustadas por la batalla. Derribaron las puertas, pusieron fuera de combate a los dos viejos y lanzaron a las crías de diablos páramo adelante hacia las tropas de Banbeck. Las histéricas crías siguieron sus instintos. Se agarraron al cuello de los primeros dragones que encontraron, que se vieron así gravemente obstaculizados en su tarea, pues sus propios instintos les impedían apartar a las crías por la fuerza.

Este ardid, una brillante improvisación, creó gran desorden entre las tropas de Banbeck. Ervis Carcolo cargó entonces con toda su fuerza directamente contra el centro de Banbeck. Dos escuadras de termagantes se abrieron en abanico para hostigar a los hombres. Sus asesinos (el único tipo de dragones en que superaba a Joaz Banbeck) fueron enviados contra los diablos, mientras los diablos de Carcolo, gordos, fuertes y relucientes, avanzaron hacia los juggers. Bajo sus grandes cascos marrones avanzaron como flechas, esgrimiendo las bolas de acero de veinte kilos de los extremos de sus colas contra las patas traseras de los juggers.

Se produjo entonces una estruendosa confusión. Las líneas de batalla se difuminaron. Hombres y dragones son destrozaban, herían y machacaban. Cantaban en el aire las balas, silbaba el acero, retumbaba la trompetería, los silbidos, los gritos, los chillidos y los rugidos.

El impetuoso avance de Carcolo logró resultados que no guardaban relación con sus fuerzas. Sus diablos hacían estragos entre los enloquecidos, casi desesperados, juggers de Banbeck, mientras los asesinos y los horrores azules de Carcolo mantenían a raya a los diablos de Banbeck. El propio Joaz Banbeck, atacado por termagantes, salvó la vida huyendo hacia retaguardia, donde recibió el apoyo de un escuadrón de horrores azules. En la confusión, hizo una señal de retirada, y su ejército se lanzó lomas abajo, dejando el campo sembrado de cuerpos que sé agitaban y debatían.

Carcolo, prescindiendo de toda precaución, se alzó en su silla y ordenó que entrasen en combate sus propios juggers, que hasta entonces había atesorado como las niñas de sus ojos.

Chillando e hipando, avanzaron éstos, arrancando grandes bocados de carne a derecha e izquierda, destrozando dragones más pequeños con sus brazuelos, pisoteando a los termagantes, agarrando a los horrores azules y a los asesinos, y arrojándolos entre berridos y manoteos por el aire. Seis caballeros de Banbeck intentaron detener el avance, disparando sus mosquetes a quemarropa contra aquellas cabezas demoníacas.

La batalla se desplazó al Páramo de Starbreak. El núcleo del combate se hizo más confuso. La ventaja de las tropas de Valle Feliz se disipó. Carcolo tuvo un largo instante de vacilación.

El y sus tropas se sentían llenos de entusiasmo; la emoción del inesperado éxito embargaba sus cerebros... pero allí, en el Páramo de Starbreak, ¿podían contrarrestar la superioridad numérica de las fuerzas de Banbeck? La prudencia obligaba a Carcolo a retroceder hacia la escarpadura de Barch, para aprovechar al máximo su limitada victoria; ya se había reagrupado un potente pelotón de diablos y maniobraba para lanzarse sobre los escasos juggers de Carcolo. Bast Givven se aproximó, claramente esperando la señal de retirada. Pero Carcolo aún esperaba, complaciéndose en el estrago que causaban sus seis juggers.

Pero el melancólico rostro de Bast Givven estaba tenso.

- ¡Retirada, retirada! ¡Cuándo nos rodeen sus flancos nos aniquilarán!

Carcolo le agarró por un brazo.

- ¡Mira! ¡Mira dónde se agrupan esos diablos, mira dónde va Joaz Banbeck! Tan pronto como ataquen, envía seis asesinos zancudos por cada lado; ¡que les rodeen y que le maten!

Givven abrió la boca para protestar, miró luego adonde señalaba Carcolo y se alejó para obedecer sus órdenes.

Llegaron entonces los diablos de Danbeck, avanzando con firmeza y seguridad hacia los juggers de Valle Feliz. Joaz, erguido en su silla, observaba su avance. De pronto cargaron sobre él, por ambos lados, los asesinos zancudos. Cuatro de sus caballeros y seis jóvenes alféreces, dando gritos de alarma, se alzaron a protegerle. Hubo un estruendo de acero contra acero y de acero contra escamas. Los asesinos combatían con espadas y mazas. Los caballeros, sin poder utilizar sus mosquetes, respondían con alfanjes, pero iban cayendo uno tras otro.

Retrocediendo sobre las piernas traseras, el dragón asesino cabo de escuadra se abalanzó sobre Joaz, que desesperadamente esquivó el golpe. El asesino alzó espada y maza a la vez... Pero a unos cincuenta metros, una bala de mosquete le alcanzó en el oído. Enloquecido de dolor, soltó sus armas y se desplomó sobre Joaz, retorciéndose y pateando. Los horrores azules de Banbeck se lanzaron al ataque; los asesinos asediaron al abatido cabo, acuchillando para alcanzar a Joaz, pateándole, y finalmente huyendo de los horrores azules.

Ervis Carcolo lanzó un gruñido de frustración. Por medio segundo, se le había escapado la victoria. Joaz Banbeck, magullado, golpeado, quizás herido, había escapado con vida.

Sobre la cresta de la colina, se perfiló un jinete: un joven desarmado que espoleaba a un vacilante araña. Bast Givven se lo indicó a Carcolo.

- Un mensajero del valle, parece que es urgente.

El muchacho descendió a la llanura y se dirigió hacia Carcolo, dando voces, pero su mensaje quedaba ahogado por el estruendo de la batalla. Al final llegó junto a él.

- ¡Los básicos! ¡Los básicos!

Carcolo se arrugó como una vejiga medio vacía.

- ¿Dónde?

- Una gran nave negra, tan grande como la mitad del valle. Yo estaba arriba en los campos, logré escapar. - Señalaba, sollozando.

- ¡Habla, muchacho! - farfulló Carcomo. ¿Qué están haciendo?

- No lo vi; corrí a avisarte.

Carcolo contempló el campo de batalla; los diablos de Banbeck habían alcanzado casi a sus juggers, que retrocedían lentamente, con las cabezas bajas y las garras extendidas.

Carcolo alzó las manos al cielo con desesperación.

- ¡Ordena una retirada inmediata! Ordenó a Givven.

Agitando un pañuelo blanco bordeó el escenario de la lucha dirigiéndose a donde Joaz Banbeck aún yacía en el suelo. Acababan de alzar al asesino, que aún se estremecía, para liberar sus piernas. Joaz alzó los ojos, la cara blanca como el pañuelo de Carcolo. Al ver a éste, abrió aun más los ojos, le miró sombrío y su boca se inmovilizó.

- Los básicos han vuelto - masculló Carcolo -; han descendido en Valle Feliz. Están destruyendo a mi pueblo.

Ayudado por sus caballeros, Joaz Banbeck se puso en pie. Se quedó tambaleándose, los brazos caídos, mirando silenciosamente a Carcolo a la cara.

Carcolo volvió a hablar:

- Tenemos que acordar una tregua. ¡Esta batalla es un desperdicio inútil de energías! ¡Debemos marchar con todas nuestras fuerzas a Valle Feliz y atacar a los monstruos antes de que nos destruyan a todos! ¡Ay, piensa lo que podríamos haber logrado con las armas de los sacerdotes!

Joaz seguía silencioso. Pasaron otros diez segundos.

- Vamos, ¿qué dices? - gritó Carcolo enfurecido.

- Digo que no hay tregua - Contestó Joaz con voz áspera -. Rechazaste mi advertencia. Querías arrasar Valle Banbeck. No tendré ninguna misericordia contigo.

Carcolo lanzó un gemido, su boca era como un agujero rojo bajo los bigotes.

- Pero los básicos...

- Vuelve con tus tropas. Tú eres tan enemigo mío como los básicos. ¿Por qué habría de preferirte a ellos? Dispónte a defender tu vida. No te daré tregua.

Carcolo retrocedió, con la cara tan pálida como la de Joaz.

- ¡Te acosaré siempre! Aunque ganes esta batalla, no conocerás nunca la victoria. ¡Te perseguiré hasta que pidas clemencia!

Banbeck se volvió a sus caballeros.

- Echad de aquí a este perro a latigazos.

Carcolo hizo retroceder a su dragón ante la amenaza, se volvió y se alejó al galope.

La batalla había dado un giro en favor de las fuerzas de Banbeck. Los diablos de éste se habían adelantado a los horrores azules de Carcolo. Uno de sus juggers había muerto; otro, acosado por tres diablos, abría sus grandes mandíbulas y esgrimía su monstruosa espada. Los diablos esquivaban sus golpes y acosaban con sus bolas de acero, avanzando. El jugger destrozaba su espada sobre la armadura de pétrea dureza de los demonios; éstos le atacaban por abajo lanzando sus bolas de acero contra sus monstruosas piernas. Intentó saltar sobre ellos, pero se derrumbó majestuosamente. Los diablos le abrieron el vientre, y ya sólo le quedaron a Carcolo cinco juggers.

-¡Atrás! - grito. - ¡Retroceded!

Condujo sus tropas desordenadamente escarpadura de Barch arriba. El frente de batalla era una masa estruendosa de escamas, armaduras y relampagueante metal. Afortunadamente para Carcolo, retrocedía hacia arriba, y tras diez terribles minutos, logró montar una retirada en orden.

Habían caído dos juggers más. Los tres restantes estaban a salvo. Enarbolaban rocas y las arrojaban contra los atacantes, que, tras una serie de arremetidas, abandonaron la persecución. De todos modos Joaz, tras oír las noticias de Carcolo, no estaba en disposición de continuar luchando.

Carcolo, agitando su espada en un desesperado desafío, condujo sus tropas bordeando la escarpadura de Barch, y se lanzó a cruzar el Skanse. Joaz regresó a Valle Banbeck. La noticia de la incursión de los básicos se había extendido por todas partes. Los hombres cabalgaban silenciosos y tensos, mirando hacia atrás y hacia el cielo. Hasta los dragones parecían afectados, y murmuraban entre sí inquietos.

Cuando cruzaban el Páramo Azul, el casi omnipresente viento amainó. Esto agudizó aun más la atmósfera opresiva.

Los termagantes comenzaron a escudriñar el cielo. Joaz se preguntaba cómo podrían saber, cómo podrían percibir la llegada de los básicos. El también escrutaba el cielo, y cuando su ejército descendía por la escarpadura, creyó ver sobre Monte Gethron un pequeño rectángulo negro, que desapareció inmediatamente tras un picacho.




IX


Ervis Carcolo y el resto de su ejército descendieron atropelladamente del Skanse, a través del desolado paisaje de barrancas y quebradas de las estribaciones de Monte Despoire, y salieron a los eriales del oeste de Valle Feliz. Habían prescindido de cualquier pretensión de orden militar.

Carcolo dirigía a las tropas; su araña jadeaba de fatiga. Detrás avanzaban desordenadamente los asesinos y los horrores azules, con los termagantes detrás. Luego iban los diablos, casi arrastrándose, con sus bolas de acero golpeando en las rocas y levantando chispas. Al final de la retaguardia iban los juggers y sus auxiliares.

En el límite de Valle Feliz, Carcolo saltó de su araña y corrió hasta el borde, desde donde contempló el valle.

Esperaba ver la nave, pero la realidad de ésta fue tan inminente e intensa que le desconcertó. Era una mole fusiforme, negra y brillante, y estaba posada en un campo de legumbres no muy lejos de la destartalada Ciudad Feliz. Discos pulimentados de metal relumbraban y resplandecían en ambos extremos de la nave con flotantes películas de color. Tenía tres escotillas de entrada (anterior, central y posterior) y de la central salía una rampa que llegaba hasta el suelo.

Los básicos habían trabajado con feroz eficiencia. Desde la ciudad se extendía una cola de personas, vigiladas por las tropas pesadas. Antes de llegar a la nave pasaban por un aparato de inspección controlado por dos básicos. Una serie de instrumentos y los ojos de los básicos valoraban a cada hombre, mujer y niño, clasificándolos por algún sistema que no se apreciaba claramente, y luego los cautivos o bien eran empujados rampa arriba al interior de la nave, o introducidos en una cabina próxima.

Curiosamente, por muchas personas que entrasen, la cabina nunca parecía llenarse.

Carcolo se rascó la frente con temblorosos dedos y bajó la vista al suelo. Cuando la alzó otra vez, Bast Givven estaba a su lado y ambos contemplaron el valle.

De detrás llegó un grito de alarma. Volviéndose rápidamente, Carcolo vio un planeador negro y rectangular que se deslizaba silenciosamente desde el Monte Gethron.

Agitando los brazos, Carcolo corrió hacia las rocas, gritando órdenes de que se cubriesen todos. Dragones y hombres se refugiaron en la quebrada. Sobre ellos se deslizaba el planeador. Se abrió en éste una compuerta y cayó una carga de proyectiles explosivos. Estos alzaron un gran estruendo, levantando en el aire fragmentos de piedras, esquirlas de rocas, huesos, escamas, piel y carne. Los que no lograron ponerse a cubierto fueron destrozados.

Los termagantes se las arreglaron bastante bien. Los diablos, aunque magullados y arañados, habían sobrevivido todos. Dos de los juggers habían quedado ciegos y no podrían luchar hasta que les crecieran nuevos ojos.

El planeador pasó una vez más. Varios soldados dispararon sus mosquetes, acto de desafío aparentemente inútil, pero el planeador resultó alcanzado y dañado. Dio un vuelco y giró sobre si yendo a dar contra la ladera de la montaña y explotando con una brillante llamarada color naranja. Carcolo lanzó locos gritos de alegría, y se puso a dar saltos y corrió hasta el borde de la escarpadura, agitando un puño hacia la nave. Enseguida se tranquilizó y volvió a sentirse apesadumbrado y tembloroso.

Luego, volviéndose al castigado grupo de hombres y dragones que una vez más habían salido del desfiladero, Carcolo gritó ásperamente:

-¿Qué decís? ¿Debemos luchar? ¿Debemos caer sobre ellos?

Hubo un silencio.

Bast Givven contestó con voz sin matices:

- Estamos indefensos frente a ellos. No podemos conseguir nada. ¿Por qué suicidarnos?

Carcolo se giró, demasiado acongojado para poder hablar. Givven había dicho algo que era evidente. Les matarían o les meterían también en la nave. Y luego, en un mundo demasiado extraño para poder imaginárselo, los utilizarían para tareas insoportables.

Carcolo cerró los puños y miró hacia el oeste con amargo odio.

- ¡Tú me trajiste esto, Joaz Banbeck! ¡Cuando yo podría haber combatido aún por mi pueblo, tú me detuviste!

- Los básicos ya, estaban aquí - dijo Givven con desagradable lógica -. No podríamos haber hecho nada porque no había nada que hacer.

- ¡Podríamos haber luchado! - bramó Carcolo -. ¡Podríamos habernos lanzado desde el Cruce y caer sobre ellos con toda nuestra fuerza! Un centenar de guerreros y cuatrocientos dragones... ¿Consideras eso una fuerza desdeñable?

Bast Givven consideró inútil seguir discutiendo.

- Ahora están examinando nuestros criaderos - indicó.

Carcolo se volvió a mirar y lanzó una salvaje carcajada.

- ¡Están asombrados! ¡Están sobrecogidos! Y tienen buenas razones para ello.

- Supongo - aceptó Givven - que la visión de un diablo o de un horror azul, y no digamos de un jugger, no les debe dejar mucho espacio para la reflexión.

Abajo en el valle, parecían haber terminado los trámites. Las tropas pesadas regresaban a la nave. Un par de hombres enormes, de más de tres metros y medio de altura, salieron de la nave, alzaron la cabina, y la subieron por la rampa a la nave. Carcolo y sus hombres miraban con Ojos desorbitados.

- ¡Gigantes!

Bast Givven se rió secamente.

- Los básicos se, asombran con nuestros juggers y nosotros con sus gigantes.

Los básicos regresaban ya a la nave. Retiraron la rampa, cerraron las escotillas. De una torreta de proa brotó un haz de rayos energéticos que tocó los tres criaderos, uno tras otro, haciéndolos explotar con una gran erupción de ladrillos negros.

Carcolo lanzó un apagado gemido, pero nada dijo.

La nave retembló y se elevó. Carcolo lanzó una orden; hombres y dragones se pusieron a cubierto. Ocultos tras peñas y masas rocosas vieron elevarse el negro cilindro sobre el valle y dirigirse hacia el oeste.

- Van a Valle Banbeck - dijo Bast Givven.

Carcolo lanzó una carcajada, un cacareo de triste alegría. Bast Givven le miró de lado. ¿Se había vuelto loco Ervis Carcolo? Se apartó de él. No era el momento más adecuado.

Carcolo tomó una súbita resolución. Se acercó a uno de los arañas, montó y se volvió hacia sus hombres.

- Yo voy a Valle Banbeck. Joaz Banbeck ha hecho todo lo posible para destruirme; yo haré todo cuanto pueda contra él. No quiero dar órdenes. Venid o quedaos según vuestro; deseo. ¡Pero no olvidéis que Joaz Banbeck nos impidió venir a luchar contra los básicos!

Dicho esto, se alejó cabalgando. Los hombres miraron el asolado valle y luego volvieron los ojos a Carcolo. La nave negra pasaba entonces sobre Monte Despoire. No quedaba ya nada en el Valle que les interesase. Gruñendo y murmurando, reunieron a los agotados dragones y comenzaron a ascender por la ladera.


Ervis Carcolo espoleó a su araña forzándole a correr a través del Skanse. Había por todas partes grandes barrancas y el deslumbrante sol colgaba en medio del negro cielo. Detrás quedaban los declives del Skanse; ante ellos Barchback, la Escarpadura de Barch y la Cordillera de Northguard.

Indiferente a la fatiga de su araña, Carcolo continuaba espoleándolo. Los inseguros pies del dragón iban despidiendo fragmentos de musgo verdegris, su estrecha cabeza colgaba abatida, la espuma manaba de sus branquias. Carcolo no se preocupaba por nada. En su mente no había más que odio... hacia los básicos, hacia Joaz Banbeck, hacia Aerlith, hacia el hombre, hacia la historia humana.

Cerca de Northguard, el dragón araña se tambaleó y cayó. Quedó tendido gimiendo, con el cuello estirado, pataleando. Carcolo desmontó irritado. Miró hacia atrás, hacia la larga y ondulada planicie del Skanse, para ver las tropas que le habían seguido. Un hombre que cabalgaba un araña a un modesto galope resultó ser Bast Givven, que se acercó a él e inspeccionó al araña caído.

- Aflójale el cíngulo. Se recuperara.

Carcolo le miró irritado, creyendo percibir un nuevo tono en su voz. Sin embargo, se inclinó sobre el dragón y soltó la ancha hebilla de bronce. Givven desmontó, estiró los brazos y se dio un masaje en sus flacas piernas.

- La nave de los básicos desciende en Valle Banbeck.

Carcolo asintió ceñudo.

- Me gustaría presenciar el desembarco. - Dio una patada al dragón -. Vamos levántate, ¿es que no has descansado bastante? ¿Quieres que vaya andando?

El dragón araña gimió de fatiga, pero sin embargo logró ponerse de pie laboriosamente. Carcolo se dispuso a montar, pero Bast Givven le sujetó por el hombro impidiéndoselo. Carcolo volvió la vista colérico: ¡Qué impertinencia era aquella!

- Ajusta otra vez el cíngulo - dijo Givven sosegadamente -. Si no te caerás entre las rocas y volverás a romperte los huesos.

Mascullando maldiciones por lo bajo, Carcolo volvió a cerrar la hebilla. El dragón lanzó un grito de desesperación. Sin hacerle caso, Carcolo montó, y el dragón partió con pasos vacilantes.

La escarpadura de Barch se alzaba ante ellos como la proa de una blanca nave, dividiendo Northguard y Barchback. Carcolo se detuvo a contemplar el paisaje, retorciéndose las puntas del bigote.


Givven guardaba prudente silencio. Carcolo volvió la vista hacia el Skanse, contemplando su disperso ejército, y luego miró hacia la izquierda.

Pasando cerca de la falda de Monte Gethron bordeando los Altos Jambles, descendieron por un antiguo torrente hasta la Linde de Banbeck. Aunque necesariamente tenían que avanzar a poca velocidad, la nave de los básicos no había viajado más deprisa. Acababa de aterrizar en el valle, y los discos de proa y popa lanzaban agresivos chorros de color.

Carcolo masculló un amargo gruñido.

- Espero que Joaz Banbeck tenga su merecido. ¡No hay ni un alma a la vista! Se han metido todos en los túneles, han metido incluso a los dragones. - Torciendo la boca, hizo una afectada parodia de la voz de Joaz -: «Ervis Carcolo, mi querido amigo, sólo hay una respuesta al ataque: ¡Cavar túneles!» Y yo le contesté:

«¿Soy acaso un sacerdote para vivir bajo tierra? Cava y horada tú, Joaz Banbeck, hazlo si lo deseas. Yo soy un hombre anticuado; sólo me meto bajo las rocas cuando bebo».

Givven correspondió a esto con un levísimo encogimiento de hombros.

- Tengan túneles o no continuó Carcolo - los atraparán. Si es necesario, reventarán todo el valle. No les faltan medios.

Givven río entre dientes sardónicamente.

- Joaz Banbeck conoce algunos trucos... como sabemos muy bien nosotros, para nuestro pesar.

- A ver si captura hoy a dos docenas de básicos - replicó Carcolo -. Entonces pasaré a considerarle un hombre listo.

Se acercó al borde mismo de la pared rocosa, exponiéndose a que lo viesen desde la nave de los básicos. Givven observaba inexpresivo.

- ¡Ajá! ¡Mira allí! - señaló Carcolo.

- Yo no - dijo Givven -. Tengo demasiado respeto a las armas de los básicos.

- ¡Bah! - escupió Carcolo; sin embargo se apartó un poco del borde -. Hay dragones en el Camino de Kergan. Con todo lo que hablaba Joaz Banbeck de túneles.

Miró hacia el norte del valle unos instantes y luego manoteó en un gesto de frustración.

- Joaz Banbeck no subirá hasta aquí por mí. Yo no puedo hacer nada. A menos que baje hasta la ciudad, le busque y le destruya, se me escapará.

- A menos que los básicos os capturen a los dos y os encierren en el mismo establo - dijo Givven.

- ¡Bah! - murmuró Carcolo, y se apartó a un lado.

X

Las placas de visión que permitían a Joaz Banbeck observar Valle Banbeck en toda su amplitud y extensión tenían por primera vez una utilidad práctica.

Había planeado aquel sistema mientras se entretenía con una colección de viejas lentes, y había desechado rápidamente el proyecto. Luego, un día, cuando comerciaba con los sacerdotes en la caverna del Monte Gethron, les había propuesto que diseñaran y fabricaran para él los elementos ópticos del sistema.

El viejo sacerdote ciego que dirigía la operación de intercambio dio una respuesta ambigua. Quizás pudiesen considerar la posibilidad de aquel proyecto, en determinadas circunstancias. Pasaron tres meses. Joaz Banbeck casi se olvidó de su proyecto. Luego, el sacerdote de la cueva de intercambio preguntó a Joaz un día si aún seguía pensando instalar su sistema.

Joaz aceptó el trato que el sacerdote le propuso y regresó a Valle Banbeck con cuatro pesados cestos. Dio órdenes para que se construyesen los túneles necesarios, instaló las lentes y descubrió que con el estudio a oscuras podía observar toda la extensión de Valle Banbeck.

Ahora, con la nave de los básicos oscureciendo el cielo, Joaz Banbeck observaba en su estudio el descenso del gran casco negro.

Al fondo de la cámara, los cortinajes marrones se repararon. Sujetando la tela con rígidos dedos apareció la juglaresa Phade. Estaba pálida y sus ojos brillaban como ópalos.

- La nave de la muerte - dijo con voz áspera -. ¡Ha venido a recoger almas!

Joaz le dirigió una mirada pétrea y se volvió luego a la pantalla de cristal ahumado.

- La nave se ve con toda claridad.

Phade avanzó hacia Joaz, le cogió del brazo, y le hizo volverse para mirarle a la cara.

- ¿Por qué no intentamos escapar a los Altos Jambles? ¡No permitamos que nos atrapen tan pronto!

- Nada te retiene - dijo Joaz con indiferencia -. Huye hacia donde quieras.

Phade le miró con los ojos en blanco. Luego miró la pantalla. La gran nave negra se posaba con siniestra lentitud; los discos de proa y popa relumbraban ahora con tono opalino. Phade miró a Joaz y se mordió los labios.

- ¿No tienes miedo?

- ¿De qué serviría correr? - dijo Joaz con una leve sonrisa -. Sus rastreadores son más rápidos que los dragones asesinos y más astutos que los termagantes. Pueden olerte a un kilómetro de distancia, localizarte en el centro mismo de los Jambles.

Phade se estremeció con supersticioso terror.

- Entonces prefiero que me cojan muerta - murmuró -. No quiero que me lleven viva.

Joaz soltó una brusca maldición.

- ¡Mira dónde aterrizan! ¡En nuestro mejor campo de bellegarde!

- ¿Y qué importa eso?

- ¿Qué importa? ¿Vamos a dejar de comer porque ellos nos visiten?

Phade le miró desconcertada, incapaz de comprenderle. Fue arrodillándose lentamente e inició los gestos rituales del culto teúrgico. Colocó las manos a los lados, con las palmas hacia abajo, y fue subiéndolas lentamente hasta que el dorso de la mano rozó la oreja y simultáneamente sacó la lengua; lo repitió una y otra vez mirando con fijeza hipnótica al vacío.

Joaz ignoró sus gesticulaciones hasta que Phade, con la cara convertida en una fantástica máscara, comenzó a suspirar y a gemir. Entonces la golpeó en la cara con las haldas de su chaqueta.

- ¡Déjate de locuras!

Phade se derrumbó en el suelo gimiendo. Joaz frunció los labios con irritación. Con ademán impaciente la obligó a ponerse de pie.

- Escucha, esos básicos no son ni vampiros ni ángeles de la muerte. No son más que pálidos termagantes, el tronco genético básico de nuestros dragones. Así que déjate de tonterías, o mandaré a Rife que te saque de aquí.

- ¿Por qué no te preparas? Les observas sin hacer nada.

- Ya no puedo hacer nada más.

Phade lanzó un profundo y estremecido suspiro, y contempló hoscamente la pantalla.

- ¿Vamos a combatirles?

- Naturalmente.

- ¿Cómo podemos enfrentarnos a poderes tan milagrosos?

- Haremos lo que podamos. Aún no se han encontrado con nuestros dragones.

La nave se posó en un campo de vides púrpura y verde al otro lado del valle, junto a la boca del Desfiladero de Citybourne. Se abrió la escotilla y de ella salió una rampa.

- Mira - dijo Joaz -. Ahí los tienes.

Phade contempló aquellas extrañas y pálidas formas que se asomaban a la rampa.

- Parecen extraños y retorcidos como los rompecabezas de plata de los niños.

- Son los básicos. De sus huevos salieron nuestros dragones. Ellos han hecho lo mismo con los hombres; mira, allí están sus tropas pesadas.

De cuatro en fondo, con ritmo preciso, desfilaron rampa abajo las tropas pesadas, y se detuvieron a unos cincuenta metros de la nave. Eran tres escuadrones de veinte soldados cada uno: bajos y corpulentos, con anchos y poderosos hombros, cuellos gruesos y expresiones torvas y rígidas. Vestían armaduras hechas con escamas superpuestas de metal negro y azul, y llevaban a la cintura un ancho cinturón del que colgaban la pistola y la espada. Sobresalían de sus hombros charreteras negras de las que colgaban unas cortas haldas ceremoniales de tela negra que les caían por la espalda. Sus cascos iban coronados de una cresta de afiladas púas. Sus botas, que les llegaban hasta las rodillas, estaban provistas de cuchillas.

Salieron luego los básicos. Sus cabalgaduras eran seres que sólo remotamente se parecían a los hombres. Caminaban apoyados en manos y pies, con la espalda curvada hacia arriba. Sus cabezas eran largas y peladas, y sus labios colgaban fláccidos. Los básicos les controlaban con leves golpes de látigo, y cuando llegaron al suelo comenzaron a galopar con viveza entre los cultivos. Entretanto, un equipo de tropas pesadas empujó un mecanismo de tres ruedas rampa abajo, enfocando la compleja embocadura de su cañón hacia la ciudad.

- Nunca se habían preparado tan cuidadosamente - murmuró Joaz -. Ahí salen los rastreadores. ¿Sólo dos docenas? Quizás sean difíciles de criar. Las generaciones de los hombres se desarrollan lentamente; los dragones en cambio ponen un montón de huevos al año...

Los rastreadores se desviaron a un lado y se agruparon en un inquieto y móvil equipo: era delgadas criaturas de unos dos metros de altura, grandes ojos saltones y negros, narices ganchudas, pequeñas bocas fruncidas como para dar un beso. De sus estrechos hombros pendían largos brazos que se balanceaban como sogas. Mientras esperaban flexionaban las rodillas, escrutando el valle, en constante e inquieta movilidad. Tras ellos, salió un grupo de artilleros, hombres no modificados que vestían blusas de tela sueltas y largas y sombreros también de tela, verdes y amarillos. Llevaban consigo otros dos aparatos de tres ruedas, que inmediatamente comenzaron a ajustar y probar.

De pronto, todo el grupo pareció quedarse inmóvil y tenso.

Las tropas pesadas avanzaron con paso firme y rotundo, las manos prestas a empuñar pistolas y espadas.

- Ahí vienen - dijo Joaz. Phade lanzó un brusco y desesperado gemido, se arrodilló e inicio una vez más las gesticulaciones teúrgicas. Joaz, irritado, ordenó que saliera del estudio. Se acercó a un panel equipado con un tablero de transmisión, cuya construcción había supervisado personalmente. Habló por tres de los teléfonos, cerciorándose de que sus defensas estaban dispuestas, y luego volvió a las pantallas de cristal ahumando.

Las tropas pesadas cruzaban el campo de bellegarde, los rostros firmes, duros, marcados con profundas arrugas. En ambos flancos los artilleros arrastraban sus aparatos de tres ruedas, pero los rastreadores esperaban junto a la nave. Una docena de básicos aproximadamente cabalgaba tras las tropas pesadas, llevando a la espalda bulbosas armas.

A unos cien metros de la entrada del Camino de Kergan, fuera del alcance de los mosquetes de Banbeck, los invasores se detuvieron. Uno de los soldados de las tropas pesadas se acercó a una de las máquinas de los artilleros, metió los hombros bajo un arnés y se irguió, arrastrando una máquina gris de la que brotaron dos globos negros. El soldado avanzaba hacia la ciudad como una enorme rata, mientras brotaba de los globos negros un gas, destinado a paralizar las corrientes neurológicas de los defensores de Banbeck e inmovilizarlos.

Sonaron explosiones. De entre las rocas surgieron nubecitas de humo. Las balas dieron en el suelo sin alcanzar al soldado. Varias rebotaron en su armadura.

Inmediatamente, brotó de la nave un haz de rayos caloríficos que fue a dar contra las paredes rocosas. Joaz Banbeek sonrió desde su estudio. Las nubecitas de humo eran una treta. Los auténticos disparos llegaron de otras zonas. El soldado esquivó una lluvia de balas y corrió a refugiarse en el pórtico sobre el cual esperaban dos hombres. Afectados por el gas, se movían rígidamente, pero lograron empujar una gran piedra que cayo sobre el soldado, alcanzándole en el cuello y derribándole.

Moviendo brazos y piernas, se revolcó en el suelo. Luego, levantándose de un salto, corrió de nuevo hacia el valle, tambaleándose, y por fin cayó y quedo tendido pataleando y estremeciéndose.

El ejército de los básicos observaba sin aparentar la menor preocupación o interés.

Hubo un momento de inactividad. Luego surgió de la nave un campo de vibración invisible, que llegó basta las paredes rocosas. En el punto donde les alcanzó, se alzaron nubes de polvo y comenzaron a desprenderse fragmentos de rocas. Un hombre que estaba apostado en un saliente cayó al vacío, descendió contorsionándose al caer a plomo desde sesenta metros de altura, y fue a estrellarse contra el fondo del valle. La vibración, al pasar por uno de los orificios de observación de Joaz Banbeck, penetró en su estudio, donde alzó un aullido que destrozaba los nervios. Pero por fin pasó y Joaz se frotó la dolorida cabeza.

Entretanto, los artilleros disparaban una de sus máquinas. Primero se produjo una explosión apagada, luego cruzó el aire una esfera gris. Mal dirigida, fue a chocar contra la pared rocosa, y estalló en una gran llamarada de gas blanco-amarillo. La máquina disparó una vez más, y en esta ocasión el proyectil cayó exactamente en el camino de Kergan, que estaba ahora desierto. No produjo efecto alguno.

Joaz, en su estudio, aguardaba ceñudo. De momento, los básicos sólo habían dado pasos de tanteo, no habían iniciado ninguna acción seria, pero no tardarían en hacerlo.

El viento dispersó el gas; la situación estaba como al principio. No había más víctimas, de momento, que aquel soldado de las tropas pesadas de los básicos y un escopetero de Banbeck.

Brotó de la nave un haz de llamas rojas, áspero y firme. Las rocas del pórtico se fragmentaron. Las tropas pesadas reemprendieron su avance.

Joaz habló por teléfono, recomendando precaución a sus capitanes, diciéndoles que no contraatacasen para no exponerse a una nueva bomba de gas.

Pero las tropas pesadas penetraron por el Camino de Kergan, lo cual para Joaz constituía un acto de imprudencia. Dio una escueta orden.

De los pasadizos y zonas próximas salieron sus dragones: horrores azules diablos, termagantes.

Los corpulentos soldados de las tropas pesadas contemplaron boquiabiertos a los dragones. ¡Aquellos eran adversarios inesperados! El Camino de Kergan retumbó con sus gritos y órdenes. Primero retrocedieron pero luego, con el valor de la desesperación, lucharon ferozmente. Por todo el Camino de Kergan se encendió la batalla.

Enseguida se hicieron evidentes ciertos hechos. En el estrecho desfiladero ni las pistolas de las tropas pesadas ni las colas con bolas de acero de los diablos resultaban eficaces. Las espadas eran inútiles contra las escamas de los dragones, pero las garras de los horrores azules, las dagas de los termagantes, las hachas, espadas, garras y uñas de los diablos causaban estragos entre las tropas pesadas. Si un soldado de éstas y un termagante se enfrentaban, sus fuerzas quedaban más o menos equilibradas; sin embargo, si un soldado apresaba, a un dragón con sus corpulentos brazos, podía arrancarle los brazuelos, romperle el cuello, y superaba generalmente a los termagantes. Pero si dos o tres termagantes se enfrentaban a un solo soldado, éste estaba perdido. Cuando intentaba atacar a uno, otro le 'destrozaba las piernas, le cegaba o le degollaba.

Así que los soldados tuvieron que retroceder hacia el valle, dejando a veinte de sus compañeros muertos en el Camino de Kergan. Los hombres de Banbeck abrieron fuego otra vez, pero con escaso resultado.

Joaz observaba desde su estudio, preguntándose qué táctica adoptarían ahora los básicos. Pronto lo supo. Las tropas pesadas se reagruparon y se detuvieron jadeantes, mientras los básicos iban y venían recibiendo información, asesorando, advirtiendo, dando órdenes.

Brotó de la nave negra un ramalazo de energía que golpeó la pared rocosa situada sobre el Camino de Kergan. El impacto hizo tambalearse el estudio.

Joaz se apartó de las placas de visión. ¿Y si un rayo alcanzaba una de sus lentes de captación? ¿Se reflejaría la energía de una lente a otra cayendo directamente sobre él?

Abandonó su estudio cuando éste se estremeció con una nueva explosión.

Corrió a través de un pasadizo, bajó por una escalera, y salió a una de las galerías centrales, donde parecía haber gran confusión. Pálidas mujeres y niños retrocedían hacia las profundidades de las montañas, empujando a dragones y hombres que, con arreos de combate, penetraban por uno de los nuevos túneles. Joaz observó la escena durante unos instantes para convencerse de que se trataba de confusión y no de pánico. Y luego se unió a sus guerreros en el túnel que seguía en dirección norte.

En alguna era anterior, todo un sector del acantilado rocoso de la cabecera del valle se había desprendido, creando toda una selva de piedras y rocas: los Jambles de Banbeck. Allí se abría, a través de una hendidura, el nuevo túnel; y allí salió Joaz con sus guerreros. Tras ellos, al fondo del valle, retumbaban las explosiones: la nave negra había empezado a destruir Ciudad Banbeck.

Joaz, tras una roca, observaba furioso, mientras comenzaban a desprenderse de la pared rocosa grandes fragmentos de tierra.

Luego observó asombrado que las tropas de los básicos habían recibido un refuerzo extraordinario: ocho gigantes de estatura doble a la de un hombre normal, monstruos con pechos como barriles, brazos y piernas nudosos, ojos pálidos y greñas de leonino pelo. Llevaban armaduras marrones y rojas con charreteras negras y espadas, mazas y cañones de rayos a la espalda.

Joaz consideró la situación. La presencia de los gigantes no le obligaba a variar su estrategia básica, que de todos modos era un tanto vaga e intuitiva. Debía prepararse para sufrir pérdidas, y lo único que podía esperar era infligir pérdidas aún mayores a los básicos. Pero ¿acaso se preocupaba por la de sus dragones? Y si destruían Ciudad Banbeck y arrasaban el valle, ¿cómo podía él causarles un daño equivalente?

Miró por encima del hombro hacia las altas escarpaduras blancas, preguntándose hasta qué punto había acertado en sus cálculos sobre la posición de la caverna de los sacerdotes. Pero tenía que actuar. Había llegado el momento.

Señaló hacia un niño, uno de sus propios hijos, que inspiró profundamente y se lanzó a ciegas fuera de su cobijo entre las rocas y comenzó a correr atropelladamente por el valle. Un instante después su madre corrió tras él, logró atraparle y arrastrarlo de nuevo a los Jambles.

- Bien hecho - dijo Joaz, felicitándoles -. Muy bien.

Cautelosamente, volvió a mirar por entre las rocas. Los básicos miraban también detenidamente en aquella dirección.

Durante un largo instante, mientras Joaz temblaba de ansiedad, pareció como si no hubiesen advertido su maniobra. Conferenciaron, llegaron a una decisión, y golpearon con sus látigos las ancas de sus monturas. Estas cabriolearon y se lanzaron al galope hacia la parte norte del valle. Los rastreadores siguieron detrás, y tras ellos comenzaron a avanzar las tropas pesadas. Los artilleros fueron tras éstas con sus máquinas de tres ruedas, y cerrando la marcha, imponentes, iban los ocho gigantes.

A través de los campos de bellegarde y arvejo, sobre vides, setos, campos de fresas y plantíos de vainas de aceite, avanzaban los invasores, destruyéndolo todo a su paso con malévola satisfacción. Los básicos se detuvieron prudentemente ante los Jambles de Banbeck, y los rastreadores se adelantaron corriendo como perros, subiéndose a las primeras rocas, olisqueando el aire para detectar algún olor, atisbando, escuchando, señalando, moviéndose inquietos de un lado a otro y haciéndose entre sí dudosos gestos. Las tropas pesadas avanzaron con precaución, y su proximidad espoleó a los rastreadores.

Abandonando su cautela, se adentraron en el corazón de los Jambles, lanzando chillidos de aterrada consternación cuando cayeron sobre ellos una docena de horrores azules. Sacaron sus pistolas caloríficas, quemando en su nerviosismo a amigos y enemigos. Los horrores azules les destrozaron con sedosa ferocidad, mientras ellos chillaban pidiendo ayuda, pataleaban y se debatían, y algunos lograron huir tan precipitadamente como habían avanzado.

Sólo doce de los veinticuatro volvieron al valle; y cuando lo hicieron, cuando incluso gritaban ya llenos de alivio al verse lejos de la muerte, cayó sobre ellos un escuadrón de asesinos cuernilargos, que acabó definitivamente con ellos.

Las tropas pesadas avanzaron con ásperos gritos de rabia, apuntando con sus pistolas, agitando sus espadas; pero los asesinos cornilargos retrocedieron buscando el cobijo de las rocas.

Dentro de los Jambles, los hombres de Banbeck se habían apropiado de las pistolas caloríficas abandonadas por los rastreadores. Avanzando cautelosamente, intentaron alcanzar con ellas a los básicos. Pero, no familiarizados con su uso, no supieron graduar adecuadamente el foco y condensar la llama. Los básicos sólo quedaron levemente chamuscados. Espolearon sus monturas y retrocedieron rápidamente, situándose fuera de su alcance. Las tropas pesadas, deteniéndose a menos de treinta metros de los Jambles, lanzaron una andanada de proyectiles explosivos que mataron a dos caballeros de Banbeck y obligaron a los demás a retroceder.




XI


A una discreta distancia, los básicos valoraban la situación. Los artilleros se adelantaron y, mientras esperaban instrucciones, conferenciaban en voz baja con las cabalgaduras.

Uno de los artilleros fue llamado por los básicos y recibió órdenes de éstos. Se despojó de todas sus armas y alzando las manos vacías avanzó hasta el límite de los Jambles. Eligiendo un paso entre dos rocas de unos tres metros de altura, penetró resueltamente en el pedregal.

Un caballero de Banbeck le escoltó hasta Joaz. Había allí casualmente también media docena de termagantes. El artillero Se detuvo dubitativo, hizo un reajuste mental y se acercó a los termagantes. Tras hacer una respetuosa inclinación, comenzó a hablar. Los termagantes escuchaban con indiferencia, hasta que uno de los caballeros condujo al artillero hasta Joaz.

- En Aerlith los dragones no gobiernan a los hombres - dijo Joaz secamente -. ¿Qué mensaje traes?

El artillero miró indeciso a los termagantes y luego se volvió sombríamente a Joaz.

- ¿Tienes autoridad tú para hablar en nombre de todos? - pronunciaba las palabras lentamente, con voz suave y seca, eligiendo los términos con sumo cuidado.

- ¿Qué mensaje traes? - repitió Joaz secamente.

- Traigo una integración de mis amos.

- ¿Una integración? No te entiendo.

- Una integración de los vectores instantáneos de destino. Una interpretación del futuro. Desean que te transmita su sentido en los siguientes términos: «No debemos desperdiciar vidas, ni vuestras ni nuestras. Sois valiosos para nosotros y os trataremos de acuerdo con este valor. Someteos al Orden. Cesad esta inútil destrucción de empresa.

- ¿Destrucción de empresa? - respondió Joaz ceñudo.

- Se hace referencia al contenido de vuestros genes. Ese es el fin del mensaje. Os aconsejo que accedáis. ¿Por qué desperdiciar vuestra sangre? ¿Por qué destruiros a vosotros mismos? Venid ahora conmigo. Será mucho mejor.

Joaz soltó una áspera carcajada.

- Tú eres un esclavo. ¿Cómo puedes juzgar lo que es mejor para nosotros?

El artillero pestañeó.

- ¿Qué otra elección os queda? Todos los residuos de vida desorganizada tienen que ser eliminados. El camino de la docilidad es el mejor. - Inclinó la cabeza respetuosamente hacia los termagantes. Si dudáis de mí, consultad a vuestros propios reverendos. Ellos os aconsejarán.

- Aquí no hay reverendos - dijo Joaz -. Los dragones luchan con nosotros y para nosotros; son nuestros compañeros de lucha. Pero yo también tengo una proposición. ¿Por qué no os unís tú y tus compañeros a nosotros? ¡Sacudid vuestro yugo y convertios en hombres libres! Nos apoderaremos de la nave y buscaremos los viejos mundos de los hombres.

El artillero mostró sólo un interés formulario.

- ¿Los mundos de los hombres? No queda ninguno. Los escasos residuos como vosotros se encuentran en regiones desoladas. Todos deben ser eliminados. ¿No preferís servir al Orden?

- ¿No prefieres tú ser un hombre libre? El artillero adoptó una expresión de ligero desconcierto.

- No me comprendes. Si decides...

- Escúchame bien - dijo Joaz -. Tú y tus compañeros podéis ser vuestros propios amos, vivir entre otros hombres.

El artillero frunció el ceño.

-¿Y quién puede querer convertirse en un salvaje? ¿A quién acudiríamos para que impusiese la ley, el control, la dirección y el orden?

Joaz hizo un gesto de irritación, pero de todos modos lo intentó por última vez.

- Yo me cuidaré de todo esto; yo asumiré esa responsabilidad. Vuelve allí, matad a todos los básicos... los reverendos, como tú les llamas. Esas son mis primeras órdenes.

- ¿Matarles? - La voz del armero tenía un tono de horror.

- Matarles - dijo Joaz como si hablase con un niño -. Luego nosotros, los hombres, tomaremos posesión de la nave. Iremos a buscar los mundos donde los hombres son poderosos...

- No existen tales mundos.

- ¡Claro que tienen que existir! En otros tiempos, los hombres recorrían todas las estrellas del cielo.

- Ya no.

- ¿Y el Edén?

- No sé nada de eso.

Joaz alzó las manos.

- ¿Te unirás a nosotros?

- ¿Qué podría significar un acto como ése? - dijo suavemente el artillero -. Vamos, entregad vuestras armas, someteos al Orden. - Miró indeciso hacia los termagantes -. Vuestros reverendos recibirán también un tratamiento adecuado No tenéis que temer por eso.

- ¡Imbécil! ¡Esos «reverendos» son esclavos, lo mismo que tú eres un esclavo de los básicos! Los criamos para que nos sirvan, lo mismo que os crían ellos a vosotros para que les sirváis... ¡Ten al menos la honradez de reconocer tu propia degradación!

El artillero pestañeó.

- Hablas en términos que no comprendo en absoluto. ¿No os rendiréis entonces?

- No. Os mataremos a todos, si nuestras fuerzas nos lo permiten.

El artillero hizo una inclinación, se volvió y se alejó entre las rocas. Joaz le siguió y escudriñó el valle.

El artillero informó a los básicos, que escucharon con su característico distanciamiento. Dieron una orden, y las tropas pesadas, abriéndose en líneas de combate, avanzaron lentamente hacia las rocas.

Detrás iban los gigantes, con sus cañones de rayos dispuestos, y unos veinte rastreadores, supervivientes de la primera incursión. Las tropas pesadas llegaron a las rocas y atisbaron entre ellas. Los rastreadores escalaron las primeras, comprobando la posibilidad de una emboscada, y al no ver nada sospechoso hicieron una seña. Las tropas pesadas penetraron con grandes precauciones en los Jambles, y, al hacerlo, inevitablemente rompieron su formación. Avanzaron diez metros, veinte, treinta. Los vengativos rastreadores, envalentonados, se lanzaron hacia adelante sobre las rocas... Y de pronto surgieron los termagantes.

Chillando y maldiciendo, los rastreadores retrocedieron a toda prisa, acosados por los dragones. Las tropas pesadas se reagruparon, enarbolaron sus armas e hicieron fuego. Dos termagantes resultaron alcanzados bajo los brazuelos, su punto más vulnerable. Se derrumbaron entre las rocas. Otros, enloquecidos, cayeron sobre las tropas pesadas. Se alzó un estruendo de chillidos, rugidos y gritos de sorpresa y pánico. Avanzaron los gigantes y se lanzaron sobre los dragones, retorciéndoles la cabeza y arrojándolos sobre las rocas. Los termagantes que lograron retroceder dejaron tras de sí a media docena de soldados heridos y a dos degollados.

Las tropas pesadas avanzaron de nuevo; los rastreadores comprobaban el terreno desde las rocas, pero con más cautela. Los rastreadores se detuvieron de pronto y lanzaron gritos de advertencia. Los soldase detuvieron también, avisándose unos a otros y esgrimiendo nerviosos sus armas. Los rastreadores corrían hacia atrás por entre las rocas y sobre ellas. Aparecieron de pronto docenas de diablos y de horrores azules.

Las tropas pesadas dispararon su armas y el aire se llenó de un olor acre de escamas quemadas y vísceras fragmentadas. Los dragones cayeron sobre los hombres y entonces se inició una terrible batalla entre las rocas, donde pistolas, mazas incluso espadas resultaban inútiles por falta de espacio.

Avanzaron los gigantes, que fueron atacados a su vez por los diablos. Asombrados ante la presencia de éstos, la mueca estúpida y burlona se desvaneció de su rostro; retrocedieron torpemente ante las colas con bolas de acero de los dragones, pero entre las rocas también los diablos estaban en desventaja, pues sus bolas de se acero se estrellaban contra la piedra con más frecuencia que contra la carne del adversario.

Los gigantes, recuperándose, dispararon con sus proyectores pectorales contra la masa de combatientes. Sus disparos destrozaron a diablos, horrores azules y a los soldados de las tropas pesadas de los básicos sin distinción. A los gigantes no parecía importarles hacer distinción alguna.

Surgió de entre las rocas otra ola de dragones: horrores azules. Cayeron sobre las cabezas de los gigantes, destrozándolos con sus garras, acuchillándolos y desgarrándolos. Los gigantes, con frenética cólera, echaban al suelo a los dragones y los pisoteaban y los soldados los quemaban con sus pistolas.

Pero de pronto, sin razón aparente, se hizo la calma. Pasaron diez segundos, quince segundos, sin que se oyese más que los gemidos y lamentos de los dragones y soldados heridos. El aire se llenó de una sensación de inminencia, y aparecieron imponentes entre las rocas los juggers.

Por un breve espacio de tiempo, gigantes y juggers se miraron cara a cara. Luego, los gigantes enarbolaron sus proyectores de rayos mientras los horrores azules se lanzaban una vez más contra ellos. Los juggers avanzaron rápidamente. Se enzarzaron con los gigantes; silbaron en el aire clavas y mazas y chocaron armaduras de dragón contra armaduras de hombre. Hombres y dragones se debatieron y se derribaron, ignorando el dolor, los golpes y la mutilación.

La lucha se hizo más sosegada. Resuellos y gemidos reemplazaron a gritos y rugidos, y ocho juggers, superiores en masa y en armamento natural, se apartaron de ocho destruidos gigantes.

Entretanto, los soldados de las tropas pesadas se hablan agrupado, espalda con espalda, en unidades defensivas. Paso a paso, abrasando con rayos caloríficos a los rugientes horrores, termagantes y diablos que les acosaban, retrocedieron hacia el valle, y finalmente lograron salir de entre las rocas a terreno abierto. Los enardecidos diablos, deseosos de luchar en terreno despejado, cayeron sobre ellos, por el centro, mientras por los flancos avanzaron asesinos cornilargos y asesinos zancudos. Llenos de impetuoso júbilo, una docena de hombres a lomos de arañas, arrastrando un cañón de rayos de uno de los gigantes caídos, atacaron a básicos y artilleros que aguardaban junto a las máquinas de tres ruedas colocadas en una posición poco estratégica. Los básicos, sin el menor pudor, dieron vuelta a sus monturas humanas y huyeron hacia la nave negra.

Los artilleros dispusieron sus máquinas, las enfocaron y dispararon chorros de energía. Cayó un hombre, dos, tres... pero los demás estaban ya entre los artilleros, que pronto fueron liquidados... incluido aquel persuasivo sujeto que había hecho de mensajero.

Varios de los hombres, entre alaridos y gritos, se lanzaron en persecución de los básicos. Pero las monturas humanas, saltando como monstruosos conejos, transportaban a los básicos tan deprisa como los arañas a los hombres.

Llegó de los Jambles el trompeteo de un cuerno. Los hombres que perseguían a los básicos se detuvieron y volvieron grupas; todas las fuerzas de Banbeck retrocedieron y se refugiaron rápidamente en los Jambles.

Las tropas pesadas dieron unos cuantos pasos desafiantes en su persecución, pero se detuvieron agotadas.

De los tres escuadrones originales, no sobrevivían hombres suficientes para formar un solo escuadrón. Los ocho gigantes habían perecido, y también todos los artilleros y casi todos los rastreadores.

Las fuerzas de Banbeck lograron refugiarse en los Jambles justo a tiempo. Unos segundos después llegó de la nave una andanada de proyectiles explosivos que destrozó las rocas situadas en la zona por donde desaparecieron.


Desde un saliente rocoso pulido por el viento situado sobre Valle Banbeck, Ervis Carcolo y Bast Givven habían contemplado la batalla.

Las rocas ocultaron la mayor parte del combate. Los gritos y el estrépito de la lucha llegaban hasta ellos desmayados y leves como un rumor de vuelo de insectos. Percibían el brillo de las escamas de los dragones, veían pasar corriendo hombres, sombras y destellos, pero hasta que las fuerzas de los básicos no salieron de entre las rocas no pudieron conocer el resultado de la batalla. Carcolo movió la cabeza con amargo desconcierto.

- ¡Es listo ese diablo de Joaz Banbeck! Los ha hecho retroceder. ¡Ha hecho una buena escabechina!

- Al parecer - dijo Bast Givven -, los dragones con sus garras, sus espadas y sus bolas de acero, son más eficaces que los hombres con pistolas y rayos caloríficos... Al menos a corta distancia.

Carcolo soltó un gruñido.

- Yo podría haber hecho lo mismo, en las mismas circunstancias. - Miró a Bast Givven con recelo -. ¿No estás de acuerdo?

- Desde luego. Eso no hay ni que discutirlo.

- Claro - continuó Carcolo -. Yo no tenía la ventaja de la preparación. Los básicos me sorprendieron. Pero Joaz Banbeck no tuvo ese obstáculo. - Miró hacia Valle Banbeck, donde la nave de los básicos bombardeaba los Jambles, destrozando las rocas -. ¿Se proponen arrasar los Jambles? En ese caso, Joaz Banbeck no tendría ya donde refugiarse. Su estrategia es evidente. Y como sospecho, está reservando fuerzas.

Otros treinta soldados de las tropas pesadas descendieron por la rampa y se alinearon inmóviles ante la nave, en el pisoteado campo.

Carcolo se dio un puñetazo en la palma.

- Bast Givven, ¡ahora escúchame atentamente! ¡Tenemos medios para realizar una gran hazaña, para hacer cambiar nuestra suerte! Fíjate en la Cañada de Clybourne. Sale al valle directamente detrás de la nave de los básicos.

- Tu ambición nos costará la vida.

Carcolo rompió a reír.

- Vamos, Givven, ¿cuántas veces muere un hombre? ¿Qué mejor modo de perder la vida que en pos de la gloria?

Bast Givven se volvió, contemplando los tristes restos del ejército de Valle Feliz.

- Podríamos ganar gloria dando una zurra a una docena de sacerdotes. Pero no veo la necesidad de que nos lancemos contra la nave de los básicos.

- Sin embargo - dijo Ervis Carcolo - eso es lo que debemos hacer. Yo iré primero y tú irás después al mando de las fuerzas. ¡Nos encontraremos en la boca de la Cañada de Clybourne, en el lado oeste del valle!


XII


Pateando nervioso, mascullando maldiciones, Ervis Carcolo esperaba en la boca de la Cañada de Clybourne.

Posibilidades de desastre iban desfilando una tras otra por su imaginación. Los básicos podrían ceder ante las dificultades que ofrecía Valle Banbeck y marcharse. Joaz Banbeck podría atacar cruzando el valle por terreno abierto para salvar Ciudad Banbeck de la destrucción y perecer así. Bast Givven podría ser incapaz de controlar a los desalentados hombres y a los inquietos dragones de Valle Feliz. Podría darse cualquiera de estos hechos; y cualquiera de ellos acabaría con los sueños de gloria de Carcolo y le convertiría en un hombre destrozado.

Paseaba arriba y abajo por el suelo de granito. Miraba cada pocos segundos hacia Valle Banbeck. Y se volvía cada pocos segundos ansioso por ver perfilarse las formas oscuras de sus dragones y las siluetas más altas de sus hombres.

Junto a la nave de los básicos esperaban los restos de dos escuadrones de tropas pesadas: los que habían sobrevivido al primer ataque y las reservas. Se agrupaban silenciosos, observando la destrucción de Ciudad Banbeck. Fragmento a fragmento, los picos, torres y paredes rocosas que habían albergado a la población de Banbeck se desmoronaban en un creciente montón de escombros. Y contra los Jambles caían incluso descargas más fuertes. Las rocas se rompían como huevos. Sus fragmentos de desparramaban por el valle.

Pasó medio hora. Ervis Carcolo esperaba sombrío, sentado en una roca.

Un rumor, un roce de pasos: Carcolo se incorporó de un salto. Recortándose en el horizonte avanzaban los tristes restos de su ejército, los hombres desalentados, los termagantes malhumorados e inquietos, y sólo un puñado de diablos, horrores azules y asesinos.

Carcolo se sintió abatido. ¿Qué se podía conseguir con fuerzas tan escasas como aquéllas? Respiró con firmeza. ¡Hay que mostrar coraje! ¡No hay que rendirse nunca! Adoptando su actitud más optimista y bravucona, avanzó hacia ellos y gritó:

- ¡Hombres y dragones! Hoy hemos conocido la derrota, pero la jornada no ha terminado aún. La hora de la redención ha llegado; ¡nos vengaremos tanto de los básicos como de Joaz Banbeck!

Escudriñó las caras de sus hombres, buscando un brillo de entusiasmo. Ellos le devolvieron la mirada sin interés. Los dragones, que comprendían menos, resoplaban suavemente, silbaban y suspiraban.

- ¡Hombres y dragones! - bramó Carcolo. Supongo que me preguntaréis cómo podremos alcanzar esa gloria. Y yo os contesto: ¡seguidme a donde me dirijo! ¡Luchad donde yo luche! ¿Qué nos importa ya la muerte si nuestro valle ha sido arrasado?

Miró de nuevo a sus tropas, descubriendo una vez más sólo indiferencia y apatía. Ahogando la frustración que sentía, se volvió e inició la marcha.

- ¡Adelante! - gritó ásperamente por encima del hombro, y sobre su bamboleante araña comenzó a descender por la Cañada de Clybourne.

La nave de los básicos castigaba los Jambles y Ciudad Banbeck con la misma vehemencia. Desde un saliente situado en el borde Oeste del valle, Joaz Banbeck contemplaba la destrucción de su ciudad. Viviendas y cámaras excavadas laboriosamente en las rocas, alisadas y pulimentadas por generaciones. - - Todo destruido, pulverizado. Ahora el objetivo sería el picacho que contenía los aposentos privados de Joaz Banbeck, con su estudio, su taller de trabajo y el Relicarium de los Banbeck.

Joaz agitó los puños, enfurecido por su propia impotencia. El objetivo de los básicos era evidente. Se proponían destruir Valle Banbeck, exterminar en la medida de lo posible a los hombres de Aerlith. -. ¿Y quién podía impedírselo?

Joaz estudió los Jambles. El antiguo talud había sido prácticamente arrancado de la pared rocosa. ¿Dónde estaba la abertura que daba a la gran caverna de los sacerdotes? Sus meditadas hipótesis se desvanecían en la inutilidad. Antes de una hora no quedaría nada de Ciudad Banbeck.

Joaz procuraba controlar la enfermiza sensación de fracaso que le dominaba. ¿Cómo detener aquella destrucción? Se obligó a si mismo a hacer cálculos y a planear posibles maniobras. No había duda de que un ataque cruzando el valle por terreno abierto equivalía al suicidio. Pero detrás de la nave negra se abría un paso similar a aquél en que estaba oculto Joaz: la Cañada de Clybourne. La entrada de la nave estaba abierta, los soldados de las tropas pesadas se agrupaban despreocupadamente junto a ella. Joaz meneó la cabeza con una mueca amarga. No era posible que los básicos no advirtieran una amenaza tan evidente.

De todos modos... ¿no podrían pasar por alto, en su arrogancia, la posibilidad de un acto tan insolente?

Joaz vacilaba indeciso. Y entonces, una andanada de proyectiles explosivos hendió el picacho que albergaba sus aposentos. El Relicarium, el antiguo tesoro de los Banbeck, iba a ser destruido. Joaz hizo un gesto desesperado, se levantó de un salto y llamó al más próximo de sus dragoneros:

- Reúne a los asesinos, a tres escuadrones de termagantes, a dos docenas de horrores azules, diez diablos y todos los caballeros. Vamos a subir hasta la Linde de Banbeck. Bajaremos por la Cañada de Clybourne. Atacaremos la nave.

Partió el dragonero. Joaz se entregó a la sombría contemplación del desastre. Si los básicos pretendían tenderle una trampa, lograrían sus propósitos.

Regresó el dragonero.

- Las tropas están dispuestas.

- Vamos pues.

Hombres y dragones fueron subiendo hasta la Linde de Banbeck. Desviándose luego hacia el sur, llegaron a la boca de la Cañada de Clybourne.

Un caballero de los que encabezaban la columna hizo de pronto la señal de alto. Cuando Joaz se aproximó, indicó las señales que se veían en el lecho de la cañada.

- Hace poco han pasado por aquí dragones y hombres.

Joaz examinó las huellas.

- Y han descendido por la cañada.

- Sí, no hay duda.

Joaz envió a un grupo de exploradores que pronto regresaron al galope.

- ¡Ervis Carcolo está atacando la nave con hombres y dragones!

Joaz espoleó su araña y se lanzó por el sombrío paso, seguido por su ejército.

Cuando se aproximaba a la desembocadura de la cañada, llegaron a su oídos los gritos de la batalla. Irrumpiendo en el valle, Joaz se vio ante una escena de desesperada carnicería: Los dragones de Carcolo y los soldados de las tropas pesadas de los básicos se acuchillaban y se destrozaban. ¿Dónde estaba Ervis Carcolo? Joaz galopó apresurado hasta la escotilla de la nave. ¡Estaba abierta de par en par! ¡Entonces Ervis Carcolo había logrado abrirse paso hasta el interior de la nave!

¿Una trampa? ¿O había puesto en práctica Carcolo el plan del propio Joaz de apoderarse de la nave? ¿Y las tropas pesadas? ¿Sacrificarían los básicos a cuarenta soldados para capturar un puñado de hombres? No parecía razonable... Pero las tropas pesadas parecían rehacerse. Hablan formado una falange y concentraban la energía de sus armas en los dragones que aún les hacían frente. ¿Una trampa? Si así era, había resultado eficaz... A menos que Ervis Carcolo hubiese logrado ya apoderarse de la nave. Joaz se irguió en su silla e hizo una seña a sus tropas.

- ¡Al ataque!

Los soldados de las tropas pesadas estaban sentenciados. Los asesinos zancudos les atacaban por encima, los asesinos cornilargos por debajo, los horrores azules desgarraban, destrozaban, desmembraban. La batalla estaba decidida; pero Joaz, con hombres y termagantes, había irrumpido ya rampa arriba. Del interior de la nave llegaban un rumor y una palpitación de motores y también sonidos humanos... Alaridos y gritos de furia.

La imponente masa de la nave paralizó a Joaz. Se detuvo y atisbó indeciso el interior. Tras él aguardaban sus hombres, murmurando por lo bajo.

Joaz se preguntó a sí mismo: «¿Soy yo tan valiente como Ervis Carcolo? ¿Qué es el valor, de todos modos? Estoy muerto de miedo: no me atrevo a entrar. Pero tampoco me atrevo a quedarme aquí fuera». Desechó toda precaución y se lanzó al interior, seguido por sus hombres y por una horda de ansiosos termagantes.

En cuanto penetró en la nave, Joaz se dio cuenta de que Ervis Carcolo no había logrado sus propósitos. Las pistolas aún cantaban y silbaban sobre él. Los aposentos de Joaz saltaban en fragmentos. Otra tremenda andanada se abatió sobre los Jambles, dejando al descubierto la piedra desnuda de la pared rocosa y lo que se ocultaba tras ella: el borde de una gran abertura.

Joaz, dentro de la nave, se encontró ante una antecámara. La escotilla interna estaba cerrada. Avanzó con cautela y atisbó por la abertura rectangular que había, observando lo que parecía un gabinete o una sala de recreo. Ervis Carcolo y sus caballeros estaban acuclillados junto a la pared del fondo, vigilados con indiferencia por unos veinte artilleros. Un grupo de básicos descansaba en una alcoba contigua, relajados, tranquilos, en actitud contemplativa.

Carcolo y sus hombres no estaban completamente derrotados. Joaz veía a Carcolo lanzarse furiosamente hacia adelante. Un estallido púrpura de energía le golpeó, lanzándole contra la pared.

Uno de los básicos de la alcoba miró a través de la cámara interna y advirtió la presencia de Joaz Banbeck. Movió uno de sus brazuelos y accionó una varilla. Sonó un timbre de alarma y la puerta exterior se cerró. ¿Una trampa? ¿Un sistema de emergencia? Daba igual. Joaz hizo una seña a cuatro hombres que arrastraban un pesado objeto. Estos se adelantaron, se arrodillaron y emplazaron cuatro de los cañones de rayos que los gigantes habían llevado a los Jambles.

Joaz bajó el brazo. Un cañón retumbó; el metal se astilló, se fundió; la atmósfera se llenó de olores acres. El agujero era aún demasiado pequeño.

- ¡Otra vez! - Flameó el cañón; la escotilla interna desapareció.

Por la abertura salieron los artilleros, disparando sus pistolas energéticas. En las filas de Banbeck se abrió una franja de fuego púrpura. Los hombres se doblaron, cayeron con las manos crispadas y los rostros contorsionados. Antes de que el cañón pudiese responder, unas masas de escamas rojizas avanzaron: los termagantes. Silbando y rugiendo, cayeron sobre los artilleros y penetraron en la cámara. Frente a la alcoba ocupada por los básicos se detuvieron, como dominados por el asombro. Los hombres que había allí guardaron silencio. Hasta Carcolo contemplaba la escena fascinado.

Los básicos contemplaban a aquellos seres de su mismo linaje, y tanto unos como otros vieron en los contrarios su propia caricatura. Los termagantes avanzaron con siniestra parsimonia. Los básicos agitaron sus brazuelos, silbaron, chillaron. Los termagantes penetraron en la alcoba.

Se alzó un horroroso estruendo de golpes y gritos. Joaz, sintiendo repugnancia a un nivel elemental, se vio obligado a desviar la vista. La lucha acabó muy pronto.

En la alcoba se hizo el silencio. Joaz se volvió a mirar a Ervis Carcolo, que le miró a su vez, inmovilizado por la cólera, la humillación, el dolor y el miedo.

Por último, Carcolo recuperó el habla y tras hacer un torpe gesto de amenaza y cólera, rezongó:

- Lárgate de aquí. Esta nave es mía. ¡Si no quieres morir a mis manos, déjame lo que he conquistado!

Joaz rió despectivamente y dio la espalda a Carcolo, que contuvo el aliento y, mascullando una maldición, se lanzó hacia adelante. Bast Givven le sujetó y le hizo retroceder. Carcolo se debatía. Givven le habló al oído con vehemencia, y Carcolo por fin, medio gimiendo, se tranquilizó.

Entretanto, Joaz examinó la cámara. Las paredes eran pálidas, grises; el suelo estaba cubierto con una espuma oscura.

No se veía ningún foco de luz, pero la luz parecía brotar de todas partes, como si se desprendiese de las paredes. El aire despertaba un hormigueo en la piel y tenía un olor desagradablemente acre: un olor que Joaz no había advertido hasta entonces. Tosió. Notó un zumbido en los tímpanos.

La aterradora sospecha se convirtió en certeza. Pesadamente se lanzó hacia la escotilla, haciendo señas a sus tropas.

- ¡Salid, nos envenenan! - Salió tambaleándose a la rampa y aspiró una bocanada de aire fresco. Le siguieron sus hombres y los termagantes, y luego, en una tambaleante riada, Ervis Carcolo y sus hombres. El grupo se detuvo bajo el casco de la gran nave, jadeando y saltando con las piernas rígidas y los ojos turbios y lacrimosos.

Sobre ellos, indiferentes a su presencia o sin advertirla, los cañones de la nave lanzaron otra andanada. El picacho que albergaba los aposentos de Joaz vaciló y se derrumbó. Los Jambles no eran ya más que una masa da fragmentos de rocas amontonadas bajo una gran abertura. Dentro de la abertura, Joaz divisó una forma oscura, un brillo, un resplandor, una estructura. . - Luego le distrajo un horrible Sonido que retumbó a su espalda. De una escotilla del otro extremo de la nave había salido una nueva unidad de tropas pesadas. La componían tres nuevos escuadrones de veinte hombre cada uno, e iban acompañados de una docena de artilleros, con cuatro proyectores móviles.

Joaz retrocedió descorazonado.

Contempló sus propias tropas. No estaban en condiciones de atacar ni de defenderse. Sólo quedaba una alternativa. La fuga.

Retirémonos por la Cañada de Clybourne - dijo ásperamente.

A tumbos, agotados, los restos de los dos ejércitos huyeron por la parte delantera de la gran nave negra. Tras ellos avanzaban con paso vivo las tropas pesadas, pero sin precipitación.

Rodeando la nave, Joaz se detuvo. En la boca de la Cañada de Clybourne esperaba un cuarto escuadrón de tropas pesadas, con otro artillero y su arma.

Joaz miró a derecha e izquierda, arriba y abajo del valle. ¿Hacia donde huir, adónde dirigirse? ¿A los Jambles? Ya no existían. De pronto, captó su atención algo que se movía, lenta y poderosamente, en la abertura que antes ocultaban las rocas. Un objeto oscuro avanzó hacia el exterior. Joaz vio cómo se corría un paramento y resplandecía un brillante disco. Casi instantáneamente, una radiación de color azul lechoso brotó de él y penetró por el disco terminal de la nave de los básicos.

Dentro de la nave se oyó un estruendo de torturada maquinaria que superó la escala por arriba y por abajo, hasta la inaudibilidad por ambos extremos. El brillo de los discos terminales se apagó. Se hicieron grises, opacos; el rumor de motores y vida que antes desprendía la nave cedió el paso a una calma letal. La nave estaba muerta, y su masa, sin ningún apoyo ya, se desmoronó.

Los soldados de las tropas pesadas contemplaron consternados la nave que les había transportado hasta Aerlith. Joaz, aprovechándose de su indecisión, gritó:

¡Retirada! ¡Hacia el norte del valle!

Las tropas pesadas obedecieron dócilmente. Los artilleros, sin embargo, les dieron orden de detenerse. Montaron sus armas apuntando hacia la caverna que había tras los Jambles. Dentro de la abertura se movían con fantástica rapidez formas desnudas. Hubo un lento cambio de voluminosa maquinaria, una alteración de luces y sombras, y el haz de radiación azul-lechoso brotó de nuevo.

Los artilleros con sus armas y dos tercios de las tropas pesadas se desvanecieron como polillas en un horno. Las tropas pesadas supervivientes se detuvieron, retrocediendo vacilantes hacia la nave.

En la desembocadura de la Cañada de Clybourne esperaba el otro escuadrón de tropas pesadas. El artillero estaba tendido sobre su artefacto de tres ruedas.

Hizo sus ajustes con nefasta precisión. Dentro de la abertura negra los desnudos sacerdotes trabajaban furiosamente, y la tensión de sus músculos, sus corazones y sus mentes se transmitía a todos los hombres del valle. La radiación de luz azul-lechosa brotó de nuevo, pero con demasiada precipitación: deshizo la roca que había a unos cien metros al sur de la Cañada de Clybourne, y (leí artefacto de los artilleros brotó un haz de llamas verdes y anaranjadas. Segundos después, la boca de la caverna de los sacerdotes explotó en una violenta erupción. Saltaron por el aire rocas, cuerpos, fragmentos de metal, cristal y goma.

El sonido de la explosión retumbó en el valle. Y el objeto oscuro de la caverna estaba destruido, no era más que esquirlas y fragmentos de metal.

Joaz resopló profundamente, expulsando el resto del gas narcótico a base de pura fuerza de voluntad. Hizo una seña a sus asesinos.

- ¡A la carga! ¡Matad!

Los asesinos cargaron.

Las tropas pesadas se echaron al suelo, apuntando con sus armas, pero pronto perecieron. En la boca de la Cañada de Clybourne, el último escuadrón se lanzo a un ataque desesperado, siendo atacado instantáneamente por termagantes y horrores azules que se habían deslizado a lo largo de la pared rocosa. Un asesino degolló al artillero. No había ya resistencia alguna en el valle, y la nave quedaba desvalida ante cualquier ataque.

Joaz subió el primero por la rampa y cruzó la entrada penetrando en la cámara ahora en penumbra. El cañón capturado a los gigantes estaba donde sus hombres lo habían dejado.

Había tres accesos a la cámara, cuyas puertas fueron rápidamente derrumbadas. El primero daba a una rampa en espiral. El segundo a un gran salón vacío en el que se alineaban literas. El tercero a otro salón similar en el que las literas estaban ocupadas. Desde ellas les miraron pálidos rostros, y pálidas manos les hicieron señas. Recorrían el pasillo central corpulentas matronas de grises batas. Ervis Carcolo se lanzó hacia adelante, golpeando a las matronas y atisbando en las literas.

-Fuera- gritaba -. Estáis rescatados, estáis salvados. Salid rápidamente, mientras tengáis oportunidad de hacerlo.

Pero sólo tuvieron que vencer la escasa resistencia de media docena de artilleros y de rastreadores, y ninguna de los veinte mecánicos (unos hombres bajos y delgados de rasgos agudos y pelo oscuro) ni de los dieciséis restantes básicos.

Todos ellos salieron de la nave como prisioneros.




XIII


La calma inundó el valle. El silencio del agotamiento.

En los campos pisoteados descansaban hombres y dragones. Los cautivos permanecían abatidos y amontonados junto a la nave. De vez en cuando, se oía un ruido aislado que parecía subrayar aun más el silencio imperante: El crujir del metal al enfriarse, la caída de una roca suelta de las fisuradas escarpaduras, el murmullo ocasional de los habitantes liberados de Valle Feliz, que se sentaban en un grupo aparte de los guerreros supervivientes.

Sólo Ervis Carcolo parecía inquieto. Durante un tiempo estuvo dando la espalda a Joaz, y golpeándose el muslo con las borlas de la vaina de su espada. Contemplaba el cielo donde Skene, un deslumbrante punto, colgaba próximo a los picachos del oeste, luego se volvió, contempló la destrozada pared rocosa del norte del valle, a cuyo pie estaban los retorcidos restos de la máquina de los sacerdotes. Se dio un golpe final en el muslo, miró a Joaz Banbeck, se volvió y se puso a caminar entre los grupos de supervivientes de Valle Feliz, haciendo bruscos ademanes sin ningún significado particular, deteniéndose aquí y allá para dirigir arengas o adulaciones, aparentemente con el propósito de inspirar ánimos y decisión a su derrotado pueblo.

Fracasó en este intento. Por fin, dio la vuelta con brusquedad y se dirigió adonde yacía tendido Joaz Banbeck.

Carcolo le miró desde arriba.

- Bueno - dijo engoladamente -. Se acabó la batalla. La nave está ganada.

Joaz se incorporó apoyándose en un codo.

- Cierto.

- No quiero que haya ninguna mala interpretación respecto a un punto - dijo Carcolo -. La nave y su contenido me pertenecen. Según una antigua regla, tiene derecho a ello el primero que ataca. Y en esa regla me baso.

Joaz le miró sorprendido, y casi divertido.

- Por una regla aún más vieja, yo he tomado ya posesión de ella.

- No estoy de acuerdo con eso - dijo Carcolo acaloradamente -. Quien...

Joaz alzó una mano con gesto cansino.

- ¡Cállate, Carcolo! Si aún sigues vivo es porque estoy harto de sangre y de violencia. ¡No pongas a prueba mi paciencia!

Carcolo se volvió, retorciendo con furia contenida la borla de la funda de su espada. Miró hacia el valle y luego miró de nuevo a Joaz.

- Ahí vienen los sacerdotes, que fueron los que en realidad destruyeron la nave. Te recuerdo mi propuesta, con la que podríamos haber impedido esta destrucción y esta carnicería.

Me hiciste esa propuesta hace sólo dos días - dijo Joaz sonriendo -. Además, los sacerdotes no tienen armas.

Carcolo miró a Joaz como sí éste hubiese perdido el juicio.

- ¿Entonces cómo destruyeron la nave?

- Sólo puedo hacer conjeturas - dijo Joaz, encogiéndose de hombros.

-¿Y a qué te llevan esas conjeturas? - preguntó Carcolo sarcásticamente.

- Pienso que quizás hayan construido la estructura de una nave espacial. Y que quizás hayan enfocado el rayo de propulsión contra la nave de los básicos...

Carcolo frunció los labios en un gesto de duda.

- ¿Y por qué habrían de construir los sacerdotes una nave espacial?

- Se acerca el Demie. ¿Por qué no le haces a el esa pregunta?

- Desde luego que se la haré - dijo Carcolo con dignidad.

Pero el Demie, seguido por cuatro sacerdotes más jóvenes y caminando con el aire de un hombre en un sueño, pasó ante ellos sin hablar.

Joaz se puso de rodillas y le observó. El Demie pretendía, al parecer, subir la rampa y entrar en la nave. Joaz se levantó de un salto y le siguió, impidiéndole el acceso a la rampa.

- ¿Qué buscas, Demie? - preguntó cortésmente.

- Quiero subir a la nave.

-¿Con qué fin? Lo pregunto, desde luego, por pura curiosidad.

El Demie le estudió un momento sin responder. Su cara estaba tensa y macilenta. Sus ojos relucían como estrellas de hielo. Por último, respondió con una voz quebrada por la emoción:

- Quiero comprobar si la nave puede repararse.

Joaz caviló un momento y luego respondió con tono cortés y mesurado:

- Esa información no puede ser de gran interés para ti. ¿Pensáis los sacerdotes poneros a mis órdenes?

- Nosotros no obedecemos a nadie.

- En ese caso, difícilmente os llevaré conmigo cuando me vaya.

El Demie se hizo a un lado y por un instante pareció como si fuese a marcharse. Sus ojos se posaron en la destrozada abertura del fondo del valle, y luego se volvió a Joaz.

Habló, no con el tono mesurado de un sacerdote sino en un estallido de cólera y pesar.

- ¡Esta es tu hazaña! Dispusiste bien las cosas, debes considerarte muy listo. ¡Nos obligaste a actuar, y violamos así nuestros propios principios y nuestra promesa!

Joaz asintió con una tenue y hosca sonrisa.

- Sabía que la abertura tenía que estar situada detrás de los Jambles. Me preguntaba si estaríais construyendo una nave espacial; esperaba que pudieseis protegeros contra los básicos, y ayudarme así en mis objetivos. Admito tus acusaciones. Os usé a vosotros y a vuestra máquina como un arma, para salvarme yo y salvar a mi pueblo. ¿Hice mal?

- ¿Quién puede medir el bien y el mal? ¡Has echado a perder todos los esfuerzos que hemos realizado durante más de ochocientos años de Aerlith. Destruiste más de lo que nunca podrás reemplazar!

- Yo no destruí nada, Demie. Vuestra nave la destruyeron los básicos. Si hubieseis cooperado con nosotros en la defensa del Valle Banbeck, nunca se habría producido este desastre. Preferisteis la neutralidad. Os creíais inmunes a nuestro dolor y nuestra desgracia. Como ves, no es así.

- Y entretanto, nuestro trabajo de ochocientos doce años ha quedado reducido a la nada - dijo el Demie.

Joaz preguntó con fingida inocencia:

- ¿Para qué necesitabais una nave espacial? ¿Adónde pensabais ir?

Los ojos del Demie despedían llamas tan intensas como las de Skene.

- Cuando la raza de los hombres haya muerto, entonces, nosotros nos iremos. Viajaremos por la galaxia. Repoblaremos los terribles mundos antiguos, y a partir de entonces se iniciará la nueva historia universal, y el pasado quedará borrado por completo, como si nunca hubiese existido. ¿Qué nos importa a nosotros que los grefs os destruyan? Nosotros esperamos tan sólo que muera el ultimo hombre del universo.

- ¿No os consideráis hombres?

- Nosotros estamos, como tú sabes, por encima de los hombres.

Alguien río groseramente por encima del hombro de Joaz. Joaz volvió la cabeza y vio a Ervis Carcolo.

-¿Por encima de los hombres? - se burló Carcolo -. ¡Miserables sabandijas desnudas de las cuevas! ¿Qué podéis alegar vosotros para probar vuestra superioridad?

El Demie abrió la boca, las líneas de su cara se hicieron más acusadas.

- Nosotros tenemos nuestros tands. Tenemos nuestro conocimiento. Tenemos nuestra fuerza.

Carcolo lanzó otra grosera carcajada.

- Siento más piedad por vosotros que la que vosotros hayáis sentido nunca por nosotros.

-¿Y dónde aprendisteis vosotros a construir una nave espacial? - dijo Carcolo, volviendo a la carga -. ¿Por vuestro propio esfuerzo? ¿O por el trabajo de hombres de otras épocas anteriores a la vuestra.

- Nosotros somos los hombres definitivos - dijo el Demie -. Nosotros conocemos todo lo que puedan haber pensado, dicho o ideado los hombres. Nosotros somos los últimos y los primeros. Y cuando los subhombres hayan desaparecido, renovaremos el cosmos inocentes y frescos como lluvia.

- Pero los hombres nunca han desaparecido y nunca desaparecerán - dijo Joaz -. Puede producirse un retroceso, si, pero ¿no es grande el universo? Hay mundos de los hombres en alguna parte. Con la ayuda de los básicos y de sus mecánicos repararé la nave y saldré a buscar esos mundos.

- Pues buscarás en vano - dijo el Demie.

- ¿No existen esos mundos?

- El Imperio Humano desapareció. Hay sólo pequeños y débiles grupos aislados de hombres.

-¿Y el Edén, el viejo Edén?.

- Un mito, nada más.

- ¿Y mi globo de mármol, que me dices de eso?

- Un juguete. Un invento de la imaginación.

- ¿Cómo puedes estar seguro? - preguntó Joaz, turbado a su pesar.

- ¿No he dicho que nosotros conocemos toda la historia? Podemos mirar en nuestros tands y ver en las profundidades del pasado, hasta que los recuerdos son nebulosos e imprecisos, y nunca pudimos ver el planeta Edén.

Joaz meneó la cabeza tercamente.

- Tiene que haber un mundo primero del que llegaran los hombres. Llámese Tierra o Tempe o Edén, existe en algún sitio.

El Demie empezó a hablar, luego, en una rara muestra de vacilación, contuvo su lengua.

- Quizás tengas razón - dijo Joaz -. Quizás seamos los últimos hombres. Pero debo salir a comprobarlo.

- Yo debo ir contigo - dijo Ervis Carcolo.

- Puedes considerarte afortunado si te encuentras vivo mañana - dijo Joaz.

Carcolo se irguió enfurecido.

- ¡No menosprecies tan a la ligera mis reclamaciones sobre la nave!

Joaz se esforzó por encontrar palabras, pero no pudo hallar ninguna. ¿Qué hacer con el ingobernable Carcolo? No podía encontrar en su interior la suficiente dureza y resolución para hacer lo que sabía que era necesario hacer. Contemporizó, volvió la espalda a Carcolo.

- Ahora ya conoces mis planes - dijo al Demie -. Si no interfieres en mis asuntos, yo no lo haré en los tuyos.

El Demie retrocedió lentamente.

- Está bien. Somos una, raza pasiva. Sentimos desprecio por nosotros mismos por nuestra actividad de hoy. Quizás fue nuestro mayor error... Pero vete, busca tu mundo perdido. Perecerás en algún sitio entre las estrellas. Nosotros esperaremos como ya hemos esperado. - Dio la vuelta y se alejó seguido por los cuatro sacerdotes más jóvenes, que habían permanecido todo el tiempo a su lado serios y graves.

Joaz le dijo, sin embargo:

-¿Y si vuelven los básicos? ¿Lucharéis con nosotros? ¿O contra nosotros?

El Demie no contestó. Siguió caminando hacia el norte, la larga cabellera blanca balanceándose sobre los finos omoplatos.

Joaz le contempló un instante, miró luego el destrozado valle, meneó la cabeza con asombro y desconcierto y se volvió a estudiar la gran nave negra.




Skene rozó los picachos del oeste. Hubo un instante en que la luz se oscureció, un súbito escalofrío.

Carcolo se aproximó a él.

- Esta noche tendré que quedarme con mi gente aquí en Valle Banbeck. Les enviaré a casa mañana. Entretanto, te propongo que subas a la nave conmigo para hacer una revisión preliminar.

Joaz lanzó un suspiro. ¿Por qué tendría que resultarle tan difícil? Carcolo había intentado matarle dos veces y, si las posiciones se invirtieran, no habría mostrado la menor compasión por él. Se obligó a sí mismo a actuar. Era su deber para consigo, para con su pueblo y para su gran empresa, no había duda.

Llamó a aquellos de sus caballeros que llevaban las pistolas caloríficas capturadas. Se aproximaron.

- Llevad a Carcolo a la Cañada de Clybourne - dijo Joaz -. Ejecutadle inmediatamente.

Gritando y protestando, Carcolo fue arrastrado hasta la cañada. Joaz volvió la vista acongojado, y buscó a Basf Givven.

- Te considero un hombre sensato.

- Por tal me tengo.

- Te pongo al cargo de Valle Feliz. Llévate a casa a tu gente, antes de que oscurezca.

Bast Givven se dirigió adonde estaban los suyos. Estos se agruparon y salieron de Valle Banbeck.

Joaz cruzó el valle hasta el montón de escombros que cubrían el Camino de Kergan. 5 sentía furioso al contemplar toda aquella destrucción, y por un instante casi vaciló en su resolución. ¿No sería mejor dirigirse con la nave a Coralina y vengarse de los básicos? Rodeó los escombros hasta llegar bajo el picacho donde habían estado sus aposentos, y por extraño azar, encontró un fragmento redondeado de mármol amarillo.

Sopesándolo en su palma alzó la vista hacia el cielo, donde Coralina relumbraba ya con tonos rojizos, e intentó poner en orden sus pensamientos.

La gente de Banbeck había salido de los profundos túneles. Phade, la juglaresa, vino a buscarle.

- ¡Qué terrible día! - murmuró -. Qué terribles acontecimientos. Y qué gran victoria.

Joaz tiró el trozo de mármol amarillo otra vez entre los escombros.

- Pienso igual - dijo -. ¡Pero Sé menos que nadie en que acabará todo esto!

FIN

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