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AUTOR DE TIEMPOS PASADOS

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domingo, 9 de noviembre de 2008

13 CUENTOS DE FANTASMAS

13 CUENTOS DE
FANTASMAS
E. F. Benson

1 3 Cuentos- De Fantasmas

E . F. Benson
_
LA HABITACIÓN DE LA TORRE
Es probable que todo aquel que fuera sobre todo un constante soñador, haya tenido
al menos una experiencia de un evento o una secuencia de circunstancias que, luego de
haber sido visionada en el sueño, se convirtiera en realidad en el mundo material. Pero, en
mi opinión, no sería esto tan raro; más extraño sería si el cumplimiento no ocurriera
inmediatamente, ya que nuestros sueños son, como regla, concernientes con gente que
conocemos y lugares que nos son familiares, tales como los que estamos durante la vigilia.
En verdad, estos sueños son casi siempre interrumpidos por algún incidente absurdo y
fantástico, que los pone en una tapete de espera para su subsiguiente cumplimiento, pero
en el mero cálculo de posibilidades, parecería improbable que al menos un sueño
imaginado por alguien que constantemente sueña, de manera ocasional se hiciese
realidad.
No hace mucho, sin embargo, experimenté el cumplimiento de un sueño que me
pareció nada remarcable y no tener significancia psíquica alguna. Esta es la historia.
Un cierto amigo mío, que vive en el extranjero, es tan afecto que me escribe casi cada
quincena. Así, que cuando han pasado catorce o quince días desde la última vez que tuve
noticias de él, mi mente, probablemente, tanto consciente como inconscientemente, está
expectante de una carta de él.
Una noche, durante la semana pasada, soñé que subía para vestirme para la cena y
escuchaba, o creí escuchar, el golpe del cartero en la puerta de calle. Así que en vez de
subir, bajé y me encontré con, entre la correspondencia, una de sus cartas. Aquí es donde
lo fantástico entra a jugar, ya que al abrir su carta, encontré dentro el as de diamantes, y
escrito con su letra característica: "Te lo envío para que lo custodies, ya que como tu sabes,
corro un gran riesgo si guardo ases en Italia." A la noche siguiente, me estaba preparando
para ir arriba y cambiarme, cuando escuché el típico golpe del cartero, e hice precisamente
lo que en mi sueño. Por supuesto, entre otras cartas, estaba la de mi amigo. Solamente que
la suya no contenía el as de diamantes. No tengo duda alguna sobre que yo esperaba,
conciente o inconscientemente una carta de él, y esto me fue sugerido a través del sueño.
Lo mismo que el hecho que mi amigo no hubiera escrito por espacio de dos semanas, me
sugestionó a esperar su misiva.
Pero no siempre es tan sencillo encontrar una explicación, y la siguiente historia no
parece tener explicación posible. Me vino desde la oscuridad, y hacia la oscuridad se ha
ido de vuelta. Toda mi vida he sido habitualmente un soñador: pocas fueron las noches,
debo decir, que no propiciaron a la mañana siguiente haberme despertado con el recuerdo
de alguna experiencia mental. Algunas veces, durante toda la noche, en apariencia, vivía
una serie de apasionantes aventuras. Casi sin excepción, estas aventuras fueron
placenteras, y a menudo meras trivialidades. La única excepción es el hecho que voy a
narrar.
Fue cuando tenía unos dieciséis años que comencé a tener cierto sueño. Comenzaba
conmigo sentado a la puerta de una gran casa de ladrillos rojos, donde sabía que tenía que
estar. El sirviente que me abrió la puerta, me dijo que el té sería servido en el jardín y me
llevó a través de un vestíbulo de paneles oscuros, con una gran chimenea sobre un alegre
césped en todo el alrededor. Había un pequeño grupo de personas en torno a la mesa del
té; pero todos me eran por completo extraños, a excepción de uno, que era un ex
compañero del colegio, llamado Jack Stone, que me pareció era el chico de la casa, y él me
presentaba a sus madre y padre y a un par de hermanas. Recuerdo que yo estaba algo así
como sorprendido por encontrarme en ese lugar, ya que al muchacho en cuestión apenas
lo conocía, y me era desagradable; era más, él había abandonado la escuela hacia cosa de
un año. Hacía bastante calor, y reinaba una intolerable opresión en el lugar. A un lateral
del jardín había una pared de ladrillos rojos, con una puerta de hierro en su centro, fuera
se veía un nogal. Nos sentamos a la sombra de la casa, frente a una hilera de largas
ventanas, dentro de las que pude ver una mesa con un mantel, llena de objetos de plata y
de cristal. Este jardín frente a la casa era muy largo, y al final del mismo se erguía una
torre que tenía tres pisos, que me pareció mucho más antigua que la casa.
Mrs. Stone, que, como el resto de los concurrentes, estaba sentada en absoluto
silencio, me dijo: "Jack te mostrará tu cuarto: yo te di el cuarto en la torre."
Inexplicablemente, con sus palabras, el alma se me fue al piso. Me sentí si ya hubiera
conocido el cuarto en la torre, y como que allí había algo espantoso. Jack se paró
instantáneamente, y yo comprendí que tenía que seguirlo. En silencio pasamos a través del
vestíbulo, y subimos una gran escalera de roble, con muchas esquinas, llegando por fin a
un pequeño pasillo con dos puertas. Él abrió una de las puertas para mí, y yo entré, luego
de lo cuál, él la cerró. Fue entonces que me di cuenta que la anterior conjetura estaba
correcta: había algo desagradable en la estancia, y con el terror de la pesadilla que me
envolvía, desperté en espasmos de pánico.
Este mismo sueño, o variaciones del mismo, fue el que experimenté con
intermitencias, durante quince años. Muy a menudo sucedía exactamente de esta manera:
el arribo, el té en el jardín, el silencio mortal quebrado por una sentencia mortal, la subida
con Jack Stone hacia el cuarto en la torre, donde estaba el horror, y, al final, siempre
llegaba a acercarme al terror, aunque nunca pude ver que era con exactitud. Otras veces
experimentaba variaciones sobre el mismo tema. Ocasionalmente era que estábamos
sentados a una mesa, la misma que se veía a través de la ventana por el jardín. Sin
embargo el silencio sepulcral era siempre el mismo, la misma sensación de opresión y
aburrimiento. Y el silencio siempre era roto por Mrs. Stone que me decía: "Jack te mostrará
tu cuarto: te di el cuarto de la torre." Luego de esto (esto era invariable), tenía que seguir a
Jack a través de la escalera de roble, con muchas esquinas y entrar en ese mismo lugar, que
cada vez odiaba más y más. O, de nuevo, podía ser que estaba jugando a las cartas en un
cuarto con inmensos candelabros, los que daban una iluminación lúgubre. Qué juego era,
no tenía idea; lo que si recuerdo, con una sensación de miserable anticipación, que es que
pronto Mrs. Stone se pararía y me diría su "Jack te mostrará tu cuarto: te di el cuarto en la
torre". Esta estancia donde jugábamos a las cartas era la habitación siguiente del comedor,
y siempre estaba iluminado, aunque el resto de la casa permanecía siempre en penumbras.
Y aún, a pesar de estos bouquets de luces, no podía darme cuenta de las cartas que me
habían tocado, ya que por alguna razón no podía distinguirlas. Sus diseños, también, me
eran extraños: no había colores rojos, sino que todas eran negras, y entre ellas había ciertas
cartas que eran todas negras. Odiaba y temía aquello.
A medida que el sueño se hacía recurrente, iba conociendo la mayor parte de la casa.
Más allá del cuarto de juegos, al final de un pasillo tras una puerta revestida de paño
verde, había un salón de fumar. A los personajes que poblaban este sueño también le
pasaban curiosos acontecimientos, como si fueran gente viva. Mrs. Stone, por ejemplo,
que, cuando la vi por primera vez, ten ía cabello oscuro, se había encanecido, y su voz, al
principio enérgica, se había debilitado, como si la fuerza abandonara sus labios. Jack
también creció, y se convirtió en un tipo enfermizo, con un bigote marrón, mientras una de
sus hermanas dejó de aparecer, y comprendí al tiempo que se había casado.
En un momento pasó que no tuve este sueño por un lapso de unos seis meses o un
poco más, y comencé a esperar, inexplicablemente, que lo había superado, y que se había
ido para siempre. Pero una noche, luego de este intervalo, nuevamente regresé al jardín
del té, y Mrs. Stone ya no estaba allí, mientras todos los demás estaban vestidos de negro.
Al momento adiviné la razón, y mi corazón dio un brinco, ya que tal vez en esta ocasión,
no tendría que ir a dormir al cuarto de la torre. Como era usual, todos estaban sentados en
silencio, pero en esta ocasión, el sentimiento de alivio me hizo hablar y reír como nunca
antes lo había hecho. Pero los demás no se sentían igual, ya que nadie habló, limitándose a
mirarse entre ellos en forma furtiva. Y cuando el raudal de mi conversación enmudeció,
paulatinamente me fue asaltando una aprehensión peor que cualquier otra que
previamente hubiera experimentado en aquella casa, hasta que la luz se extinguió.
Súbitamente una voz rompió la quietud, era la voz de Mrs. Stone, diciendo:
"Jack te mostrará tu habitación: te di el cuarto en la torre." Pareció como si surgiera
desde algún lugar cercano a la puerta de hierro en la pared de ladrillos rojizos, y mirando
hacia allí, vi entre la hierba la presencia de unas tumbas. Una curiosa luz gris emanaba de
cada sepulcro, y pude leer el epitafio de la lápida más cercana, que decía: "En maldita
memoria de Julia Stone." Y como era usual, Jack se levantó, y nuevamente lo seguí a través
del vestíbulo y por la escalera con muchas esquinas. En esta ocasión todo estaba mucho
más oscuro que lo habitual, y al entrar en el cuarto, solo pude ver los muebles, la posición
de aquellos que me eran familiares. También había un aroma a descomposición en la
estancia, y esa noche me desperté gritando.
El sueño, con algunas variaciones y circunstancias, como las que he mencionado,
siguió, con intervalos, por quince años. Algunas veces lo soñaba durante tres noches
seguidas; otras veces, como narré, había recesos de seis meses, sin embargo, para tomar un
promedio, podría decir que lo soñé tan periódicamente como una vez al mes. El sueño
siempre terminaba en pesadilla, ya que la entrada en el ominoso cuarto me provocaba
cada vez más temor. Había algo, también, una extraña y pavorosa coherencia sobre ello.
Los personajes, como he mencionado, iban envejeciendo, y la muerte y el matrimonio
visitaban a esta silenciosa familia. Jamás volví a ver en el sueño a Mrs. Stone. Pero siempre
era su voz la que me informaba que el cuarto en la torre estaba preparado para mí, y tanto
la escena estuviera en un té en el jardín, o en cualquiera de las otras habitaciones de la
casa, siempre veía su tumba junto a la puerta de hierro. Pasaba lo mismo con la hija que se
casó; usualmente ella no estaba presente, pero cada tanto, regresaba acompañada por un
hombre, que supuse sería su marido. Él, al igual que los demás, permanecía siempre en
silencio. Debido a la constante repetición del sueño, le comencé a restar importancia.
Nunca volví a ver a Jack Stone durante todos aquellos años, y jamás vi ninguna casa que
me diera la impresión de parecerse a la temible casa del sueño. Hasta que algo pasó.
Este año estuve en Londres hasta fines de julio, y durante la primer semana de
agosto me instalé con un amigo en una casa que había rentado por el verano, en el bosque
de Ashdown, en el distrito de Sussex. Partí de Londres temprano, ya que John Clinton me
esperaba en la estación Forest Row, para ir a jugar al golf, y marchar a su casa por la
noche. Él estaba con su automóvil, y alrededor de las cinco de la tarde, luego de un día
esplendoroso, partimos ya que teníamos que recorrer unas diez millas. Como llegamos tan
temprano, no tuvimos el té en el club, así que esperamos a llegar a casa. A medida que
íbamos por la carretera, el clima, que hasta el momento estaba si bien cálido, con brisas
frescas, comenzó a estancarse y a darme una sensación de opresión, tal y como la
ominosidad que siento antes de un trueno. John, sin embargo, no compartía mi sensación,
atribuyendo mi pérdida de claridad a que había caído derrotado en el juego. Los
siguientes eventos probaron que yo tenía razón, aunque no creía que los nubarrones que
hubo esa noche fueran la única causa de mi depresión.
Nuestro camino a través de poco transitadas sendas, me indujo a una somnolencia y
posterior sueño, del que solo desperté cuando John detuvo el motor del automóvil. Y con
súbita emoción, mayormente de temor, pero también de curiosidad, me encontré parado
frente a la puerta de la casa de mi sueño. Entramos y yo me preguntaba si esto no sería
también un sueño, mientras caminaba a través del vestíbulo con grandes paneles de roble,
y al llegar al jardín, donde el té había sido servido a la sombra de la casa. Al fondo estaba
la pared de ladrillos rojos, con una puerta en ella, y también estaba el nogal erguido en
una parte del césped. La fachada de la casa era muy larga, y al final de la misma se veía la
torre con los tres pisos, que parecían ser más antigua que el resto de la construcción.
Aquí cesaban todas los parecidos con el sueño tantas veces repetido en mi mente. No
había ninguna silenciosa familia, sino en cambio una gran asamblea de excitadas y alegres
personas, todas las cuales me eran conocidas. Además no sentía ninguna opresión ni
temor, como la que en el continuo sueño me asaltaba. Sin embargo estaba con mucha
curiosidad acerca de lo que iba a pasar.
El té prosiguió su alegre curso, y en determinado momento Mrs. Clinton se paró. Y
en ese momento yo supe que era lo que me iba a decir. Ella me habló y me dijo:
"Jack te mostrará tu cuarto: te di el cuarto en la torre."
Y por medio segundo, el horror del sueño me atacó de nuevo. Pero esta aprehensión
pasó rápidamente, y de nuevo no sentí más que una intensa curiosidad. Y no pasó mucho
hasta que esta fue totalmente satisfecha.
John se volvió a mí.
"Justo en el techo de la casa," me dijo, "pero creo que estarás cómodo. Estamos con
todas las habitaciones ocupadas. ¿Te gustaría ir a verla ahora? Por Dios, creo que tenías
razón, vamos a tener tormenta eléctrica. Qué oscuro se está poniendo."
Me levanté y lo seguí. Pasamos a través del vestíbulo, y por la ya perfectamente
familiar escalera. Entonces él abrió la puerta, y entré. Y en ese momento un terror
puramente irracional se apoderó de mí. Y no sabía a que le temía: simplemente temía. Fue
como un recuerdo súbito, cuando uno recuerda un nombre que hacía tiempo se le había
escapado de la memoria, y supe a que le temía. Le temía a Mrs. Stone, cuya tumba tenía la
siniestra inscripción "En maldita memoria", tantas veces había visto en sueños, casi sobre
el césped que yacía justo bajo mi ventana. Y entonces, una vez más, el temor se esfumó por
completo, a tal punto que me estaba preguntando que era a lo que temía, y me sentía
tranquilo y calmado, en el cuarto de la torre, el nombre que tantas veces había escuchado
en mi sueño, y la escena que ya me era familiar.
Miré alrededor con cierto derecho de propiedad, y me di cuenta que nada había sido
cambiado del sueño nocturno que conocía tan bien. A la izquierda de la puerta estaba la
cama, longitudinalmente con la pared, con la cabeza apuntando al ángulo. Alineada a la
misma estaba la chimenea y un pequeño armario de libros; opuesta a la puerta, la otra
pared estaba atravesada por dos ventanas enrejadas. Entre las mismas había una mesa de
tocador, en tanto que alineada con la cuarta pared había una cubeta para lavarse. Mi
equipaje ya había sido desempacado, ya que mis prendas estaban ordenadas sobre el
cobertor de la cama. Y entonces, con un súbito e inexplicado desfallecimiento, vi que había
dos objetos conspicuos que no había visto antes en mi sueño: uno era una gran pintura al
óleo de Mrs. Stone, y el otro era un dibujo en blanco y negro de Jack Stone,
representándole tal y como se me apareció en la última serie de estos sueños recurrentes
que había tenido la pasada semana, un hombre de unos treinta años con apariencia
maligna. Su retrato colgaba entre las ventanas, mirando derecho a través de la habitación
hacia el otro cuadro, que colgaba a un costado de la cama. Y nuevamente volví a
experimentar el horror de la pesadilla que me atenazaba.
Representaba a Mrs. Stone como la había visto por última vez en mi sueño: vieja con
el cabello encanecido. Pero en vez de la evidente debilidad del cuerpo, la pintura mostraba
una espeluznante exuberancia y la vitalidad brillaba a través de la cobertura de la carne,
una exuberancia por completo maligna, una vitalidad que burbujeaba con inimaginable
maldad. El mal resplandecía desde esos angostos ojos; y en su boca tenía una sonrisa
demoníaca. El rostro entero estaba llevado por una horrorosa y sobrecogedora hilaridad;
las manos, una encima de la otra sobre la rodilla, parecían conmocionadas con una
inenarrable jovialidad. Entonces vi la firma del cuadro, en la esquina inferior izquierda, y,
preguntándome quien habría sido el artista, me acerqué más para poder echar un vistazo,
y leí la inscripción: "Julia Stone por Julia Stone."
Hubo un golpe en la puerta, y John Clinton entró.
"¿Necesitas algo más?" me preguntó.
"Mucho menos que lo que tengo," dije, apuntando al retrato.
Se rió.
"Una vieja y severa señora," dijo, "de cualquier manera, ella no puede estar muy
halagada."
"¿Pero, no lo vés?" cuestioné. "Apenas es un rostro humano. Es la cara de alguna
bruja o algún demonio."
Él miró el cuadro de más de cerca.
"Si, no es muy agradable," dijo. "Al lado de la cama, ¿eh? Si; me imagino la pesadilla
que voy a tener si llego a dormir con esto tan cerca de mi cama. Lo bajaré si quieres."
"Realmente deseo que lo hagas," dije. Él tocó la campana, y con la ayuda de un
sirviente, removimos el retrato y este fue llevado fuera, al pasillo, y puesto el rostro contra
la pared.
"Por Dios, la vieja señora es bastante pesada," dijo John, secándose la frente. "Me
pregunto si ella tendría algo en mente."
El extraordinario peso del cuadro también me había molido. Estaba a punto de
replicar, cuando me miré la mano. Había una considerable cantidad de sangre, que me
cubría toda la mano.
"Me corté con algo," dije.
John pegó una pequeña exclamación.
"¿Cómo puede ser? Yo también," dijo.
Simultáneamente el sirviente sacó su pañuelo y le vendó la mano. Vi que también la
mano del lacayo estaba sangrando.
John y yo salimos del cuarto y fuimos a enjuagarnos la sangre; pero ni en su mano ni
en la mía había rastros del menor raspón. Me pareció que, habiéndonos cerciorado de ello,
ambos, por una especie de tácito consentimiento, no nos referimos al hecho de nuevo. En
mi caso, algo se me había ocurrido y no deseaba pensar sobre ello. Era solo una conjetura,
pero supuse que la misma cosa le había ocurrido a él.
El calor y la opresión del aire, por la tormenta que esperábamos y que aún no se
había desencadenado, se incrementó mucho luego de la cena, y luego la concurrencia,
entre los que nos contábamos John Clinton y yo, nos sentamos fuera, en el jardín, donde
habíamos tomado el té. La noche estaba absolutamente oscura, y no había estrellas o luna
que pudiera penetrar el paño mortuorio que opacaba el cielo. Paulatinamente, nuestra
reunión se fue despejando, las mujeres se fueron retirando a dormir, los hombres se
dispersaron hacia el salón de fumar o al cuarto del billar, y a eso de las once de la noche mi
anfitrión y yo quedamos solos. Toda la noche estuve cavilando que él tendría algo en
mente, y en cuanto estuvimos solos, habló.
"El hombre que nos ayudó a cargar el cuadro, tenía sangre en su mano, ¿lo notaste?"
dijo.
"Le pregunté había sido él quien se había cortado, y me dijo que supuso que sí, pero
al final no pudo encontrarse ninguna herida. Ahora bien, ¿de dónde provino la sangre?"
De golpe al decirme esto, echaba por tierra todos mis propósitos de no acordarme del
tema, especialmente justo antes de ir a dormir.
"No lo se," dije, "y realmente no quiero averiguarlo en tanto que el cuadro de Mrs.
Stone no esté cerca de mi cama."
Él se paró.
"Pero es raro," dijo. "¡Ha! Ahora verás otra cosa extraña."
Su perro, un terrier irlandés de raza, había salido de la casa cuando estábamos
hablando. La puerta detrás nuestra, hacia el vestíbulo, estaba abierta, y una luz iluminaba
el jardín hasta la puerta de hierro que daba afuera, donde el nogal estaba plantado. Vi que
el perro estaba encrispado y con todos sus pelos erizados, sus labios doblados hacia afuera
de su dentadura, como si estuviera listo para brincar sobre algo, gruñendo solo. Fue como
no se diera cuenta de la presencia de su amo o la mía, y se quedó tensamente dando
vueltas en torno al césped frente a la puerta.
Luego se detuvo por un momento, mirando a través de los barrotes, aunque continuó
gruñendo. Después pareció como si su coraje lo abandonara: pegó un largo aullido, y
corrió de nuevo a la casa con un curioso paso.
"Lo hace una media docena de veces por día." dijo John. "Parece que ve algo que odia
y teme."
Caminé hacia la puerta y miré a través de ella. Algo se movía fuera, entre las matas
de pasto, y pronto llegó a mis oídos un sonido que no pude identificar inmediatamente.
Luego recordé que era: el ronroneo de un gato.
Prendí una linterna y vi que era lo que ronroneaba: un gran gato persa que daba
vueltas alrededor de un pequeño círculo frente a la puerta, con la cola flameando como
una bandera. Sus ojos estaban brillantes, y a cada rato bajaba su cabeza y olisqueaba el
césped.
Me reí.
"El fin del misterio, me temo." Dije. "Aquí está este gato enorme, el origen de todas
las noches de Walpurgis."
"Si, este es Darius," dijo John. "Se pasa medio día y el resto de la noche ahí. Pero este
no es el fin del misterio del perro, ya que Toby y él son los mejores amigos. Aquí comienza
el misterio del gato. ¿Qué es lo que hace ahí? ¿Y porqué Darius está complacido y Toby
aterrorizado?"
En ese momento recordé aquel horrible detalle en mi sueño, cuando veía la puerta,
justo donde el gato estaba ahora, la blanca lápida con la siniestra inscripción. Pero antes
que pudiera responder a mi pregunta, comenzó el aguacero, súbita e intempestivamente,
como si se hubiera destapado el cielo, y simultáneamente el gran gato saltó a través de las
rejas de la puerta de hierro, y corrió por el jardín hasta la casa en busca de refugio. Luego
se sentó en el portal y se quedó mirando ansiosamente a la oscuridad.
De alguna manera, con el retrato de Julia Stone fuera, en el pasillo, el cuarto en la
torre no me alarmaba en absoluto, y cuando fui a la cama, me sentía con mucho sueño y
cansancio.
No sentía más que curiosidad por el incidente de las manos manchadas de sangre, y
por la conducta del gato y del perro. La última cosa que vi antes de apagar la luz fue el
rectángulo de espacio vacío, a un lado de mi cama, donde había estado el retrato. En esa
porción el empapelado poseía su tinte original, que era rojo: sobre el resto de las paredes
este color se había desgastado. Luego apagué mi vela y quede dormido casi
instantáneamente.
Mi despertar fue igual de instantáneo, y me senté recto sobre la cama bajo la
impresión fuerte que una luz brillante me había alumbrado la cara, a pesar que estaba
todo muy oscuro. Sabía perfectamente en donde estaba, en el cuarto que tantas veces había
temido en sueños, pero ningún horror que hubiera sentido en sueños se comparaba al que
ahora me atenazaba y congelaba mi mente. Inmediatamente después el bramido de un
trueno sacudió toda la casa, pero la probabilidad que esto hubiera sido el origen de la luz
que me despertó no fue consuelo para mi agitado corazón. Sabía que había algo más,
conmigo, en la habitación, e instintivamente saqué mi mano derecha, que era la que estaba
m ás cercana a la pared, y palpé el borde de un marco, como de un cuadro, colgando cerca
mío.
Salté de la cama, volcando la mesita de luz, y escuché mi reloj, vela y fósforos
cayendo contra el piso. Pero por el momento, no había necesidad de luces, ya que otro
enceguecedor relámpago iluminó la estancia y me mostró que sobre mi cama colgaba de
nuevo el cuadro de Mrs. Stone. Otra vez el cuarto quedó sumido en la penumbra. Pero en
este relámpago pude ver otra cosa, particularmente una figura que estaba apoyada a los
pies de la cama, que me miraba. Estaba vestida con una suerte de vestimenta blanquecina,
manchada con musgo, y su rostro era el del retrato.
Más arriba, bramió el trueno y cuando cesó y regresó la mortal quietud, escuché un
susurro como de movimiento, que se me acercaba, más y más, horriblemente, percibiendo
al mismo tiempo un olor a corrupción y putrefacción. Entonces una mano se colocó a un
lado de mi cuello, y muy cerca de mi oído pude escuchar una ansiosa y acelerada
respiración. Y supe que esa cosa, a pesar que podía ser percibida por el tacto, el olfato, la
vista y el oído, no era de este mundo, sino que era algo había podido transponer al cuerpo
y que tenía el poder de manifestarse a sí misma.
Entonces una voz, que ya me era familiar, se dejó oir:
thing, though it could be perceived by touch, by smell, by eye and by ear, was still not of this
earth, but something that had passed out of the body and had power to make itself manifest.
Then a voice, already familiar to me, spoke.
"Supe que vendrías al cuarto en la torre," dijo. "Te he estado esperando por mucho
tiempo. Al final has venido. Esta noche cenaré; en breve cenaremos juntos."
Y la respiración entrecortada se acercó un poco más; la podía sentir sobre mi cuello.
Y este terror, que yo creía me había paralizado por el momento, derivó en un salvaje
instinto de auto preservación. Manoteé el aire salvajemente con ambos brazos, pateé al
mismo momento, y escuché un chirrido bestial, y algo blando cayó frente mío con un
ruido sordo. Di unos pasos hacia adelante, esquivando lo que fuera que yacía ah í, y por
casualidad encontré el picaporte de la puerta. Al siguiente instante salté al pasillo, y azoté
estrepitosamente la puerta tras mío. Casi al mismo momento escuché una puerta que se
abría en algún sitio, abajo, y John Clinton, candelabro en mano, acudió corriendo escaleras
arriba.
"¿Qué pasa?" preguntó. "Dormía justo aquí abajo, y escuché ruidos como sí... Dios
santo, hay sangre en tu hombro."
Me quedé parado ahí, según me contó después, moviéndome de un lado a otro,
pálido como una hoja de papel, con la marca sobre mi hombro como si una mano cubierta
de sangre se hubiera apoyado ahí mismo.
"Está ahí dentro," dije, apuntando. "Ella, tu sabes. El retrato está dentro, también,
colgando del mismo lugar de donde lo sacamos."
A esto contestó con una sonrisa.
"Mi querido amigo, esta ha sido meramente una pesadilla," me contestó.
Abrió la puerta, y yo quedé parado inerte, presa del terror, incapaz de detenerlo,
incapaz de moverme.
"¡Phew! Huele horrible," dijo.
Luego hubo un silencio; desapareció de mi vista. Al siguiente momento salió tan
pálido como estaba yo mismo, y cerró rápidamente.
"Sí, el cuadro está ahí," dijo, "y sobre el piso hay una cosa, una cosa manchada de
barro, como las que hay en los sepulcros. Vamos, rápido, vámonos de aquí."
Como bajamos las escaleras difícilmente lo supe. Un estremecimiento y unas náuseas
m ás espirituales que carnales me apresaron, y más de una vez él me tuvo que ayudar a
poner el pie en el escalón, mientras a cada momento echaba miradas de terror y
aprehensión hacia atrás. Pero al final, cuando llegamos a su habitación, en el piso de abajo,
le conté todo lo que aquí he descripto.
La segunda puede ser corta, ciertamente como muchos de mis lectores quizás ya lo
hayan adivinado, si recuerdan el inexplicable asunto de la iglesia en West Fawley, hace
unos ocho años atrás, donde se en tres oportunidades se trató de enterrar el cuerpo de
cierta mujer que se había suicidado. En cada ocasión el ataúd fue encontrado salido de su
sitio, como emergiendo del suelo. Luego del tercer intento, con el objetivo de que la cosa
no trascendiera, el cuerpo fue incinerado en algún lugar sobre tierra no consagrada. ¿Y
dónde había sido enterrado? Justamente frente a la puerta de hierras del jardín de la
misma casa en que la mujer había vivido. Ella se había suicidado en el cuarto superior de
la torre, su nombre era Julia Stone.
Subsecuentemente el cuerpo fue desenterrado en secreto, y el ataúd fue hallado
repleto de sangre.
_
NINGÚN PÁJARO CANTA

Las chimeneas rojas de la casa a la que me dirigía eran visibles desde el exterior de la
estación en la que me había apeado, y según me dijo el chófer la distancia no llegaba a un
paseo de dos kilómetros si se tomaba un sendero por entre los campos. Iba en línea recta
hasta llegar a la linde de un bosque que pertenecía a mi anfitrión y por encima del cual se
veían las chimeneas. Encontraría una puerta en la valla que rodeaba el bosque, desde la
que salía un camino que lo atravesaba y desembocaba cerca del jardín. Por eso, en aquella
adorable primera hora de la tarde de un día de principios de mayo, me pareció una
pérdida de tiempo hacer otra cosa que no fuera pasear cruzando prados y bosques, y partí
a pie mientras el vehículo llevaba mi equipaje.
Era uno de esos días dorados que ocasionalmente se salen del paraíso y caen sobre la
tierra. La primavera había llegado tarde, pero ahora había explotado y el mundo entero
hervía con la sabia de la vida. Jamás había visto tal riqueza de flores primaverales, ni tal
fuerza del verde, ni había escuchado cantos tan melodiosos de los pájaros que había en los
setos; ese paseo por los prados fue un jubileo de éxtasis festivo. Y lo mejor de todo, me
prometía a mí mismo, sería cruzar el bosque que tenía delante y que hacía poco que se
había cubierto de un verde lechoso. Encontré la puerta delante de mí y al cruzarla entré en
el moteado de sombras y luces del camino cubierto de hierba.
Viniendo de la brillante luz del sol era como entrar en un túnel oscuro; se tenía la
sensación de haber subido repentinamente del brillo de la primavera para entrar en una
caverna subacuática. Por encima, las copas de los árboles formaban un techo verde que
excluía la luz en un grado notable. Había entrado en un mundo de oscuridad movediza.
Después, conforme se fueron distanciando más, su lugar era ocupado por espesos
avellanos arbustáceos que irrumpían en el camino, y finalmente el terreno descendía y me
condujo hasta un claro cubierto de helecho y brezo y tachonado de abedules. Pero aunque
volvía a caminar bajo el cielo luminoso, desde el que se derramaba la luz del sol, el brillo
parecía haber perdido su fulgor. El resplandor estaba velado —¿se trataba de alguna
extraña ilusión óptica?—, como si brotara desde detrás de un crespón. Y sin embargo allí
estaba el sol, muy por encima de las copas de los árboles, en un cielo sin nubes; no
obstante la luz era la de un día invernal tormentoso, sin calidez ni brillo. Había además un
extraño silencio; había previsto que los arbustos y los árboles resonarían con el canto de
apareamiento de los pájaros, pero aunque presté atención no pude oír ninguna nota, ni el
aflautado del zorzal o el mirlo, ni el alegre run run del pinzón, ni el arrullo de la paloma
torcaz, ni el clamor estridente del arrendajo. Me detuve para verificar ese silencio extraño;
no había ninguna duda. Resultaba fantástico y misterioso, pero supuse que los pájaros
sabían bien lo que hacían, y si estaban demasiado atareados para cantar era asunto de
ellos.
Al avanzar me sorprendió que desde que había entrado en el bosque no había visto
ningún tipo de pájaro; y ahora, al cruzar el claro, mantuve la mirada alerta, pero en vano,
y poco después crucé el círculo espeso de árboles que lo rodeaba. Me di cuenta de que en
su mayor parte eran hayas que crecían muy cerca unas de otras, y en el suelo sólo había
una alfombra de hojas caídas y algunas zarzas delgadas. Con esa curiosa oscuridad y con
el espesor de los árboles era imposible ver muy lejos a derecha o izquierda del camino, y
por primavera vez desde que salí del claro escuché algún sonido indicativo de que había
vida. No lejos oí un crujido de hojas, y pensé que se estaba moviendo algún conejo. Pero
no sé por qué me dio la impresión de que no transmitía la pauta de movimiento de un
animal pequeño; tenía una pesadez sigilosa, como si algo mucho más grande se estuviera
deslizando y deseara que no le oyeran. Me volví a detener para ver qué podía surgir de la
maleza, pero en ese instante cesó el sonido. Simultáneamente me di cuenta de que llegaba
hasta mí un olor débil pero pestilente, un olor sofocante y corrupto, y sin embargo acre,
más semejante al olor de algo vivo que de algo podrido. Resultaba especialmente
vomitivo, y como no quería acercarme más a su origen seguí mi camino.
Al poco llegué a la linde del bosque; directamente delante de mí había una extensión
de prado y tras éste una puerta de hierro situada entre dos muros de ladrillo, a través de la
cual pude vislumbrar un prado bien cuidado y lechos de flores. A la izquierda se
levantaba la casa, y sobre la casa y el jardín se derramaba el brillo sorprendente de las
últimas horas de la tarde.
Hugh Granger y su esposa estaban sentados fuera, sobre la hierba, con el grupo
habitual de perros de diversas razas: un collie galés, un perdiguero amarillo, un foxterrier
y un pequinés. Sus protestas al entrar yo dieron paso a la bienvenida cuando me
reconocieron y fui admitido en el círculo. Teníamos muchas cosas que contarnos, pues
había estado fuera de Inglaterra en los últimos tres meses, durante los cuales Hugh se
había mudado a esta pequeña finca que le había dejado un tío de costumbres solitarias, y
Daisy y él habían estado atareados durante las vacaciones de Pascua mudándose a la casa.
Se trataba ciertamente de una herencia muy atractiva; la casa, que me estaban enseñando
en ese momento, era una deliciosa y pequeña mansión de la época de la Reina Ana, y su
situación junto a la estribación de la cordillera de Surrey, recubierta de brezo, era soberbia.
Tomamos el té en un pequeño salón entablado que daba al jardín, y al poco tiempo los
temas generales fueron reduciéndose a los del día y el momento. Daisy me preguntó si
había llegado caminando desde la estación: ¿lo había hecho a través del bosque o
siguiendo el camino que lo rodeaba? Planteada así, la cuestión resultaba bastante trivial;
no había en su voz indicio alguno de que le importara en absoluto el camino por el que yo
había llegado. Pero me pareció evidente que no sólo ella, sino también Hugh, prestaron
una atención intensa a mi respuesta. Él acababa de encender una cerilla para el cigarrillo,
pero la mantuvo en alto hasta que oyó la respuesta. Cierto, había cruzado el bosque; pero,
aunque hubiera tenido en él algunas impresiones extrañas, me pareció ridículo
mencionarlas. No podía decir seriamente que la luz del sol era de muy mala calidad, y que
en un punto de mi travesía había olido algo horrible. Había cruzado el bosque; eso era lo
único que tenía que decirles.
Hacía muchos años que conocía a mis anfitriones, y entonces, cuando pensé que sólo
podía ofrecer de las experiencias que allí había tenido un material puramente imaginario,
observé que intercambiaron una rápida mirada que pude interpretar con facilidad. Cada
uno de ellos miró al otro con expresión de alivio; tal como deduje de las miradas, se decían
que en todo caso yo no había encontrado nada inusual en el bosque, y se sentían
complacidos de ello.
Pero entonces, antes de que se hubiera producido una verdadera pausa a mi
respuesta de que había cruzado el bosque, recordé la extraña ausencia de pájaros y sus
cantos, y me pareció una observación inocente de historia natural que pensé podría
mencionar.
—Me sorprendió algo extraño —empecé a decir, y al instante vi que la atención de
ambos volvía a clavarse en mí—. No vi un solo pájaro ni escuché a ninguno desde que
entré en el bosque hasta que salí de él.
—También yo había observado eso —dijo Hugh encendiendo el cigarrillo—. Y
resulta bastante notable. Se trata ciertamente de un bosque antiguo, y cabría pensar que
los pájaros habrían anidado en él desde época inmemorial. Pero lo mismo que tú no he
visto ni oído a ninguno en él. Y tampoco he visto un conejo.
—Creí oír uno esta tarde —añadí yo—.Se movió algo entre las hojas de haya caídas
en el suelo.
—¿Lo viste? —preguntó él.
Recordé entonces que había decidido que el ruido no era el de un conejo.
—No, no lo vi; y quizás no fuera un conejo. Recuerdo que sonaba como si fuera algo
más grande.
De nuevo Hugh y su esposa cruzaron una mirada inequívoca, y ella se levantó.
—Debo irme —dijo—. El correo sale a las siete y he pasado toda la mañana sin hacer
nada. ¿Qué vais a hacer vosotros?
—Algo al aire libre, por favor —dije yo—. Quisiera conocer la propiedad.
Hugh y yo salimos a pasear con la cohorte de perros. La finca era realmente atractiva;
al otro lado del jardín había un pequeño lago con un juncal del que brotaban múltiples
trinos, y unos márgenes cubiertos de matas por los que al llegar nosotros se alejaron
velozmente fochas y pollas de agua. En el extremo se elevaba un montículo cubierto de
brezo y lleno de madrigueras de conejo, que los perros olfatearon con placenteras
expectativas, y ahí nos quedamos sentados un rato, observando el bosque que cubría el
resto de la finca. Incluso entonces, bajo el destello del sol cercano a su puesta, parecía
hallarse en sombras, mientras el resto de la vista reflejaba el brillo, pues ni una sola nube
moteaba el cielo y los rayos envolvían el mundo en un esplendor carmesí. El bosque, en
cambio, estaba gris y oscurecido. Me di cuenta de que también Hugh lo estaba mirando, y
en ese momento, con aire de estar abordando un tema desagradable, se volvió hacia mí.
—Cuéntame, ¿te sorprende algo de ese bosque?
—Así es, parece yacer en la sombra.
—Pero no puede ser, entiéndeme —replicó frunciendo el ceño—. ¿De dónde viene
esa sombra? No del exterior, pues cielo y tierra están encendidos.
—¿Del interior, entonces? —pregunté.
—Hay algo extraño en ello —dijo por fin tras guardar un momento de silencio—. Allí
hay algo y no sé qué es. Daisy también lo percibe; nunca va al bosque, y parece ser que
tampoco lo cruzan los pájaros. ¿Será sólo el hecho de que por alguna razón inexplicable no
haya pájaros en él lo que pone en marcha nuestra imaginación?
—Bueno, todo eso son tonterías —contesté poniéndome en pie de un salto—.
Entremos ahora en él y encontraremos un pájaro. Te apuesto a que lo encontramos.
—Seis peniques por cada uno que veas —añadió Hugh.
Bajamos la colina y rodeamos el bosque hasta encontrar la puerta por la que había
entrado aquella tarde. La sostuve abierta después de haberla cruzado para que lo hicieran
los perros. Pero se quedaron allí, aproximadamente a un metro, sin que ninguno de ellos
se moviera.
—Vamos, perros —dije, y Fifi el foxterrier, se adelantó un paso, pero luego, lanzando
un pequeño gemido, volvió a retroceder.
—Siempre hacen lo mismo —dijo Hugh—. Ninguno de ellos pondrá una pata dentro
del bosque. ¡Fíjate!
Les silbó y les llamó, les halagó y les reprendió, pero fue inútil. Los perros
permanecían allí, moviendo la cola y lanzando pequeños gemidos de excusa, pero
absolutamente decididos a no entrar.
—Pero, ¿por qué? —pregunté.
—El mismo motivo que tienen los pájaros, supongo; sea el que sea. Fíjate por ejemplo
en Fifi, la perrita de temperamento más dulce; una vez intenté cogerla para entrar con ella
en brazos, y me mordió. No quieren tener ninguna relación con el bosque; lo rodean al
trote y regresan a casa.
Los dejamos allí y bajo la luz del crepúsculo, que empezaba ahora a desaparecer, nos
pusimos en marcha. Usualmente la sensación de algo fantástico desaparece cuando se
tiene un compañero, pero entonces, aunque Hugh caminaba a mi lado, el lugar me pareció
más extraño todavía que aquella tarde, y me obsesionó una sensación intolerable de
inquietud que fue aumentando hasta convertirse en una especie de pesadilla en estado de
vigilia. Antes había pensado que el silencio y la soledad habían engañado a mis nervios;
pero con Hugh a mi lado no podía ser eso, y me di cuenta de que ciertamente no era esa la
idea que estaba en la raíz del miedo, sino más bien la convicción de que acechaba allí
alguna presencia, todavía invisible, pero que invadía la oscuridad que allí se reunía. No
podía hacerme ni la más ligera idea de qué podía ser, o de si se trataba de algo material o
fantasmal; lo único que podía diagnosticar, basándome en mis sensaciones, era que se
trataba de algo maligno y antiguo.
Cuando llegamos al claro de la mitad del bosque Hugh se detuvo, y observé que
había sudor en su frente, aunque la tarde era fría.
—Realmente desagradable —dijo—. No me extraña que a los perros no les guste.
¿Qué opinas de esto?
Antes de que pudiera responder levantó la mano señalando con ella el anillo de
árboles que había más allá.
—¿Qué es eso? —preguntó con un susurro.
Seguí la dirección de su dedo y por medio segundo pensé haber visto sobre el bosque
una vaga vibración, gris o débilmente luminosa. Se agitó como si hubiera sido la cabeza o
la parte delantera de una serpiente enorme que se alzara sobre la parte posterior, pero
desapareció al instante y mi visión había sido tan momentánea que no pude confiar en mi
impresión.
—Ha desaparecido —dijo Hugh, mirando todavía en la dirección que había
señalado; y mientras estábamos allí en pie escuché de nuevo lo mismo que aquella tarde,
un crujido entre las hojas caídas. Pero allí no había viento ni se movía brisa alguna.
Hugh se volvió hacia mí.
—¿Qué diablos fue eso? —preguntó—. Parecía como una enorme babosa
irguiéndose. ¿Lo viste?
—No estoy seguro de si lo vi o no —contesté—. Creo que simplemente capté una
visión fugaz de lo que dices.
—¿Pero qué podía ser? —volvió a preguntar—. ¿Un ser material y real, o...?
—¿Algo fantasmal, quieres decir? —pregunté.
—Algo a medio camino entre los dos. Más tarde, cuando hayamos salido de aquí, te
diré a qué me refería.
Aquella cosa, fuese lo que fuese, había desaparecido entre los árboles situados a la
izquierda de donde estaba nuestro camino, y en silencio cruzamos el claro hasta que
llegamos a la zona en la que los árboles formaban una especie de túnel. Sinceramente,
odiaba y temía pensar en sumergirnos en esa oscuridad con la conciencia de que no lejos
de allí había algo de la naturaleza acerca de lo cual yo no podía ni siquiera tener la más
débil conjetura, pero que no me cabía duda que era lo que llenaba el bosque con un terror
innombrable. ¿Era algo material, algo fantasmal, o (y entonces comenzó a formarse en mi
mente un atisbo de lo que Hugh quería decir) un ser que estaba en la línea fronteriza entre
ambas cosas? De todas las posibilidades siniestras, ésa parecía la más aterradora.
Cuando volvimos a entrar en los árboles, percibí de nuevo ese hedor, vivo y sin
embargo corrupto, que ya había olido antes, pero que resultaba ahora mucho más
poderoso, y apresuramos el paso, sofocados por el olor que, me daba cuenta ahora, no era
el de la putrefacción de la decadencia, sino la sustancia viva de aquello que se arrastraba y
se erguía en la oscuridad del bosque en el que ningún pájaro buscaría abrigo. En algún
lugar entre aquellos árboles acechaba aquel ser reptiliano que desafiaba toda capacidad de
credibilidad, y sin embargo obligaba a ella.
Fue un bendito alivio salir del oscuro túnel hacia el aire sano del claro y la luz de la
tarde. Cuando regresamos vimos las cortinas corridas, y lámparas encendidas dentro de la
casa. Había un principio de helada y Hugh encendió con una cerilla el fuego de su
habitación, donde los perros, todavía con actitud de querer excusarse, nos saludaron con
grandes movimientos de cola.
—Y ahora hablemos y tracemos nuestros planes —dijo Hugh—. Pues sea lo que sea
lo que hay en el bosque, tenemos que llegar al final. Y si quieres saber lo que creo que es,
te lo diré.
—Adelante —contesté.
—Puedes reírte de mí, si quieres, pero creo que es un elemental. A eso me refería
cuando dije que era un ser a medio camino entre lo material y lo fantasmal. Nunca había
visto uno hasta esta tarde; sólo sentí que había allí algo horrible. Pero ahora lo he visto y es
tal como los espiritualistas y esas personas describen a un elemental. Una babosa enorme
y fosforescente nos dicen de él, que puede rodearse de oscuridad a voluntad.
Ahora que nos encontrábamos seguros dentro de la casa, bajo la alegre luz y el cal
de la habitación, aquella sugerencia me resultó simplemente grotesca. Fuera, en la
oscuridad de ese incómodo bosque, algo en mi interior había temblado y estaba dispuesto
a creer en cualquier horror; pero ahora el sentido común se rebelaba.
—¿No querrás decirme que crees en esa basura? Lo mismo podrías decir que era un
unicornio. Y además, ¿qué es un elemental? ¿Quién ha visto nunca a uno, salvo esas
personas que escuchan golpes en la oscuridad y dicen que los ha producido su tía
fallecida?
—Entonces, ¿qué es?
—Pensaría que sobre todo son nuestros nervios —contesté—. Sinceramente
reconozco que tuve escalofríos cuando crucé el bosque la primera vez, y fue mucho peor
cuando lo hice acompañado por ti. Pero eran sólo nervios; nos asustábamos de nosotros
mismos, y nos dábamos miedo el uno al otro.
—¿Y también los perros se asustan de sí mismos, y los unos a los otros? ¿Y los
pájaros?
Era bastante difícil darle una respuesta; y lo cierto es que abandoné. Hugh, siguió
hablando:
—Bueno, sólo por el momento supongamos que alguna cosa, no nosotros mismos,
nos asustó a nosotros, a los perros y los pájaros; y que vimos algo semejante a una babosa
enorme y fosforescente. No le daré el nombre de elemental, si pones objeciones a eso; lo
llamaré Eso. Además hay otra cosa que explicaría la existencia de Eso.
—¿A qué te refieres?
—Bueno, se supone que Eso es alguna encarnación del mal; es una forma corpórea
del diablo. No sólo es espiritual, es material en la medida en que puede ser visto, en forma
corporal, y oído, y también, tal como observaste, olido, y... que Dios no lo permita, tocado.
Entonces se mantendrá vivo alimentándose. Y eso explica quizás la razón de que todos los
días, desde que estoy aquí, he encontrado en el montículo hasta media docena de conejos
muertos.
—Armiños y comadrejas —dije.
—No, no son armiños ni comadrejas. Los armiños matan su presa y se la comen. A
esos conejos no los habían comido: los habían bebido.
—¿Qué demonios quieres decir? —pregunté.
—Examiné a varios. Sólo tenían un pequeño agujero en la garganta, y les habían
chupado la sangre. Quedaba sólo la piel y los huesos, y una especie de amasijo gris de
fibra, como... como la fibra de una naranja que haya sido succionada. Además había sobre
ellos un olor horrible. ¿Y aquello que vislumbraste se parecía a un armiño o una
comadreja?
Se detuvo cuando oímos el tirador de la puerta.
—Ni una palabra a Daisy —dijo Hugh cuando ésta entró.
—Os oí llegar —dijo ella—. ¿Dónde estuvisteis?
—Por la finca —contesté yo—, y regresamos por el bosque. Es extraño; no vimos ni
un solo pájaro; aunque en parte puede explicarse porque estaba oscuro.
Vi que sus ojos buscaban los de Hugh, pero no encontró allí ninguna comunicación.
Imagino que estaba planeando algún ataque a Eso al día siguiente, y no deseaba que ella
se enterara de lo que estaba tramando.
—El bosque no es muy popular—dijo él—. Ahí no van ni los pájaros, ni los perros ni
Daisy. Debo añadir que también yo comparto esa sensación, pero tras vencer el terror de
su oscuridad, he roto el hechizo.
—Estaba todo tranquilo, ¿no? —preguntó ella.
—Tranquilo no sería la palabra exacta. Podríamos haber oído a un kilómetro de
distancia la caída de la aguja más pequeña.
Esa noche, después de que ella se acostara, hablamos de nuestros planes. La historia
de Hugh sobre los conejos succionados era bastante horrible, y aunque no existiera una
conexión cierta entre esos cuerpos vacíos de animales y lo que habíamos visto, parecía
razonable que existiera dicha relación. Pero en cualquier caso, tal como señaló Hugh, lo
que podía alimentarse de ese modo no carecía, evidentemente, de un aspecto material...
los fantasmas no cenaban, y si aquello era material, era vulnerable.
Por tanto nuestros planes eran muy simples: íbamos a recorrer el bosque de la misma
manera que se acerca uno a las perdices en un campo de nabos, cada uno con una escopeta
y cartuchos. No puedo decir que disfrutara anticipando la expedición, pues odiaba el
pensamiento de aproximarme a ese misterioso habitante de los bosques; pero sí producía
una cierta excitación suficiente para mantenerme despierto mucho tiempo, y para
producirme, cuando me dormí, sueños vívidos y terribles.
No se cumplió en la mañana la promesa del claro atardecer; el cielo estaba bajo y
nuboso y caía una lluvia fina. Daisy tenía que hacer unas compras que la obligaban a ir a
la ciudad, y en cuanto partió iniciamos nuestro asunto. El perdiguero amarillo, loco de
alegría al ver las escopetas, vino dando saltos con nosotros a través del jardín, pero en
cuanto entramos en el bosque regresó cabizbajo a la casa.
El bosque tenía una forma aproximadamente circular, con un diámetro de un
kilómetro. Tal como dije, en el centro había un claro de unos quinientos metros de
diámetro, rodeado por el anillo de árboles gruesos, y después por un bosquecillo de unos
doscientos metros de anchura. Nuestro plan era recorrer primero juntos el camino que
conducía a través del bosque, con todo el sigilo posible, esperando escuchar algún
movimiento de aquello que habíamos ido a buscar. Si no lo lográbamos, penetraríamos en
el bosque en una dirección circular y separados el uno del otro por unos cincuenta metros;
con dos o tres de esos circuitos cubriríamos bastante bien todo el terreno. No teníamos
ninguna idea de la naturaleza de nuestra presa, si trataría de escapar de nosotros o podría
atacar; sin embargo parecía que el día anterior nos había evitado.
La lluvia llevaba una hora cayendo uniformemente cuando entramos en el bosque;
siseaba un poco en las copas de los árboles; pero era tan espesa la cobertura que el suelo
apenas estaba húmedo. Fuera hacía una mañana oscura; dentro podría decirse que el sol
ya se había puesto y había caído la noche. Con gran silencio recorrimos el camino de
hierba, donde nuestros pasos no hacían ruido, y en una ocasión captamos una vaharada
de ese olor a corrupción viva; pero aunque nos detuvimos y prestamos atención no se oyó
sonido alguno, salvo la lluvia sibilante sobre nuestras cabezas. Cruzamos el claro y
llegamos a la puerta del otro extremo sin encontrar señal alguna.
—Nos tendremos que meter entre los árboles —dijo Hugh—. Será mejor empezar por
donde antes lo olimos.
Regresamos allí, una zona situada hacia la mitad del círculo de árboles. El olor seguía
suspendido en el aire sin viento.
—Adelántate unos cincuenta metros —dijo él—. Luego partiremos. Si cualquiera de
nosotros da con una pista, lanzará un grito.
Avancé por el camino hasta tener la distancia adecuada, le hice una señal y nos
metimos entre los árboles.
Jamás había conocido esa sensación de soledad profunda. Sabía que Hugh avanzaba
en paralelo conmigo, a sólo cincuenta metros, y si detenía mi avance podía oír débilmente
sus pasos sobre las hojas de haya. Pero al mismo tiempo, en ese lugar oscuro me sentía
como si estuviera completamente apartado de toda compañía humana; el único ser vivo
que acechaba allí era esa monstruosa y misteriosa criatura maligna. Tan juntos estaban los
árboles unos de otros que no podía ver más allá de diez metros en ninguna dirección;
todos los lugares exteriores al bosque parecían infinitamente remotos, e infinitamente
remoto me resultaba también todo lo que me había sucedido en la vida humana normal.
En ese lugar antiguo y maligno me sentía desprovisto de todas las experiencias sanas. La
lluvia había cesado, ya no susurraba en las copas de los árboles, ya no era un testigo de
que existía un mundo y un cielo exteriores, y sólo algunas gotas caían desde los árboles
sobre las hojas de haya.
De repente oí la señal de la escopeta de Hugh, seguida por un grito.
—He fallado —gritó—. Va en tu dirección.
Le oí correr hacia mí, sobre las crujientes hojas de haya, y sin duda sus pasos
ahogaron un ruido más sigiloso que estaba cercano a mí. Supongo ahora que hasta que
volví a oír otro tiro de Hugh todo sucedió en menos de un minuto. De haber tardado más
creo que no podría estar contándolo ahora.
Me preparé entonces, tras oír las voces de Hugh, con la escopeta amartillada,
dispuesta a llevármela al hombro, y escuché sus pasos a la carrera. Pero seguía sin ver
nada ni oír nada a lo que disparar. De pronto, entre dos hayas, muy cerca de mí, vi lo que
sólo soy capaz de describir como una esfera de oscuridad. Rodaba velozmente hacia mí,
sobre los escasos metros que nos separaban, y ya demasiado tarde escuché debajo el
crujido de las hojas de haya. Antes de que me alcanzara, mi cerebro comprendió qué era, o
qué podía ser, pero antes de que pudiera levantar la escopeta para disparar esa nada
estaba sobre mí. Me arrebataron la escopeta de la mano y me vi envuelto en la negrura,
que era la esencia misma de la corrupción. Me derribó, caí boca arriba y mientras estaba
allí tumbado sentí sobre mí el peso de ese asaltante invisible.
Al mover desesperadamente las manos, éstas tocaron algo frío, barroso y peludo. Mis
manos resbalaron en aquello y un momento después sentí sobre mi hombro y cuello algo
parecido a un tubo de goma. El extremo se sujetó a mi cuello como una serpiente, y sentí
que la piel se levantaba debajo. Intenté de nuevo desgarrar y apartar de mí aquella fuerza
obscena, y mientras forcejeaba oí los pasos de Hugh muy cerca de mí a través de aquella
capa de oscuridad que lo ocultaba todo.
Como tenía la boca libre, grité:
Sentí sus manos sobre las mías y que esa fuerza añadida separaba de mi cuello lo que
lo estaba succionando. Lo que tenía enrollado con fuerza sobre las piernas y el pecho se
sacudió, forcejeó y se relajó. Fuera lo que fuera lo que nuestras cuatro manos sujetaban, se
escabulló y vi a Hugh de pie junto a mí. A uno o dos metros, desapareciendo entre los
troncos de hayas, estaba esa negrura que había caído sobre mí. Hugh levantó la escopeta y
le disparó su segundo cartucho.
La negrura se dispersó, y allí estaba lo que habíamos buscado, sacudiéndose y
retorciéndose como un enorme gusano. Todavía estaba vivo, así que cogí la escopeta, que
tenía a mi lado, y le disparé dos cartuchos más. Las sacudidas fueron convirtiéndose en
simples estremecimientos hasta que finalmente se quedó inmóvil.
Con la ayuda de Hugh me puse en pie y los dos volvimos a cargar antes de
acercarnos. Sobre el suelo había algo monstruoso, mitad babosa mitad gusano. No tenía
cabeza; terminaba en una punta roma con un orificio. Era de color gris, cubierto de unos
pelos negros dispersos; creo que su longitud era de algo más de un metro, su grosor en la
zona más ancha era como el del muslo de un hombre, reduciéndose hacia cada extremo.
Los perdigones le habían dado por todas partes, y de los agujeros que habían hecho no
rezumaba sangre, sino una materia gris y viscosa.
Mientras estábamos allí en pie se inició un rápido proceso de desintegración y
decadencia. Fue perdiendo el perfil, se fundió, se licuó y un minuto después estábamos
observando una masa de hojas de haya manchadas y coaguladas. Rápidamente el licor de
la corrupción desapareció, y no quedó a nuestros pies rastro alguno de lo que allí había
habido. Desapareció el poderoso hedor y brotó entonces el dulce aroma de la tierra
húmeda de primavera, y desde arriba entró el fulgor de un rayo de sol que traspasaba las
nubes. Entonces unos ruidos repentinos entre las hojas muertas hicieron que el corazón se
me sobresaltara de nuevo y amartillé la escopeta. Pero sólo era el perdiguero amarillo de
Hugh, que se había unido a nosotros.
Nos miramos el uno al otro.
—¿No estás herido? —preguntó él.
—Ni una pizca —contesté manteniendo alta la barbilla—. No tengo la piel abierta,
¿verdad?
—No; sólo una marca redonda y rojiza. Dios mío, ¿qué era eso? ¿Qué sucedió?
—Primero habla tú —respondí—. Y empieza por el principio.
—Di con él de pronto. Yacía enroscado como un perro durmiendo detrás de una gran
haya. Antes de que pudiera disparar partió en la dirección en la que sabía que estabas tú,
le disparé un cartucho entre los árboles, pero debí fallar, pues oí los crujidos que se
alejaban. Te grité y corrí tras él. Había un círculo de oscuridad absoluta en el suelo, y tu
voz salía del centro. No podía verte en absoluto, pero al meter mis manos en esa negrura
me encontré con las tuyas. También toqué algo más.
Regresamos a casa y ya habíamos guardado las escopetas antes de que Daisy
regresara de sus compras. También nos habíamos frotado, cepillado y lavado. Ella entró en
la sala de fumadores.
—Qué perezosos sois —dijo ella—. El tiempo ha aclarado y todavía estáis en casa.
Salgamos enseguida.
—Hugh me ha contado que te desagrada el bosque —dije yo poniéndome en pie—. Y
la verdad es que es un bosque encantador. Ven y lo verás; él y yo caminaremos a tu lado,
cogiéndote de la mano. Y los perros nos protegerán.
—Ni uno de ellos penetrará un metro en ese bosque —dijo ella.
—Oh sí, lo harán. Al menos trataremos de que lo hagan. Prométenos que entrarás si
ellos lo hacen.
Hugh les silbó y emprendimos el camino hacia la puerta. Se sentaron jadeando hasta
que la abrimos, y se metieron en la espesura persiguiendo olores interesantes.
—¿Y quién decía que no hay pájaros aquí? —preguntó Daisy—. ¡Fijaros en ese
petirrojo! Vaya, si son dos. Y parece que están buscando una casa.
_
ALFRED WADHAM EL AHORCADO
Le estuve hablando al padre Denys Hanbuky sobre una extraordinaria sesión de
espiritismo a la que había asistido unos días antes. La médium, en trance, había dicho una
serie de cosas desconocidas para todos salvo para mí y un amigo mío que había muerto
recientemente, y que según la médium, estaba presente y me hablaba por medio de ella.
Naturalmente, desde el punto de vista estrictamente científico, el único desde el que
deberíamos abordar esos fenómenos, esa información no era una prueba auténtica de que
el espíritu de mi amigo estuviera en contacto con ella, pues aquello ya lo conocía yo, y
mediante algún proceso telepático pudo ser comunicado a la médium a través de mi
cerebro, y no mediante la intervención del fallecido. Además ella no hablaba con su voz
ordinaria, sino con una que, ciertamente, se asemejaba a la de mi amigo. Pero yo también
conocía su voz; estaba en mi memoria lo mismo que las cosas que ella decía. Por tanto, tal
cómo le comenté al padre Denys, había que descartar aquello como una prueba positiva de
que la comunicación procedía del otro lado de la muerte.
—La explicación telepática es posible —le dije—, y tenemos que aceptar cualquier
explicación conocida que dé cuenta de los hechos antes de concluir que los muertos han
regresado y contactado con el mundo material.
Aunque la habitación estaba cálida vi que él se estremeció ligeramente, y acercando
un poco más la silla al fuego extendió las manos ante las llamas. Qué manos eran aquéllas:
hermosas y expresivas, muy semejantes a las manos en oración de Alberto Durero: las
llamas brillaban a través de ellas como si lo hicieran a través de un alabastro rojo-rosado.
Sacudió la cabeza.
—Es algo terriblemente peligroso tratar de entrar en comunicación con los muertos
—me dijo—. Si parece que entra en contacto con ellos corre el riesgo de establecerla
conexión no con ellos, sino con inteligencias terribles y peligrosas. Estudie la telepatía,
pues es una de las maravillas de la mente que deberíamos investigar, como cualquier otro
maravilloso secreto de la naturaleza. Pero le he interrumpido: dijo que sucedió algo más.
Hábleme de ello.
Yo conocía el credo del padre Denys acerca de esas cosas, y lo deploraba. Tal como
su iglesia le exige, sostiene que la relación con los espíritus de los muertos es imposible, y
que cuando parece producirse, tal como indudablemente sucede, el investigador está en
realidad en contacto con una especie de demonio dramático que está tomando la
personalidad del espíritu del muerto. Tal cosa me pareció siempre monstruosa y carente
de fundamento, y no he podido descubrir nada en las fuentes reconocidas de la doctrina
cristiana que justifique dicho punto de vista.
—Sí, ahora viene lo extraño —proseguí—. Pues hablando todavía con la voz de mi
amigo, la médium me dijo algo que al instante creí que era falso. Por tanto no pudo ser
transmitido telepáticamente por mí. Cuando la sesión hubo terminado, y para
convencerme de que aquello no podía proceder de él, examiné el diario de mi amigo, que
me había legado a su muerte y me acababan de enviar los albaceas, de manera que seguía
todavía empaquetado. Encontré allí una entrada que demostraba que lo que había dicho la
médium era absolutamente cierto. Algo —y no necesito entrar en ello— había sucedido
exactamente tal como ella lo había dicho, aunque hubiera deseado poder jurar lo contrario.
Aquello no podía haber llegado a la mente de la médium desde mi propia mente, y no
existe ninguna fuente en la que yo pueda pensar desde la que ella pudiera obtener ese
dato, salvo de mi amigo. ¿Qué dice usted a eso?
—No cambio en absoluto mi posición —me contestó sacudiendo la cabeza—. Esa
información, aceptando que no procediera de su mente, lo que ciertamente parece
imposible, procedería de algún ser desencarnado. Pero no del espíritu de su amigo: venía
de alguna inteligencia maligna y horrible.
—¿Y no es eso pura suposición? —pregunté—. Seguramente es mucho más simple
decir que, bajo ciertas condiciones, los muertos pueden comunicarse con nosotros. ¿Por
qué meter aquí al diablo?
—No es demasiado tarde —contestó mirando el reloj—. A no ser que quiera irse a la
cama, concédame su atención durante media hora y trataré de demostrárselo.
El resto de la historia es lo que me contó el padre Denys, y lo que sucedió
inmediatamente después.
—Aunque usted no es católico, pienso que estará de acuerdo conmigo acerca de una
institución que juega un importante papel en nuestro ministerio, me refiero a la confesión,
por lo sagrado de ésta y su inviolabilidad. Una alma cargada por el pecado llega a su
confesor sabiendo que éste está hablando con aquél que tiene el poder de darnos o
retirarnos el perdón, pero que nunca, por razón alguna, repetirá o sugerirá lo que se le ha
contado. Si existiera la más ligera posibilidad de que la confesión del penitente se diera a
conocer a algún otro, salvo al propio penitente, con propósitos de expiación o de deshacer
algún error, nadie se confesaría nunca. La iglesia perdería el más importante baluarte que
posee sobre las almas de los hombres, y las almas de los hombres perderían ese consuelo
inestimable de saber (no simplemente de esperar, sino saber) que sus pecados les han sido
perdonados. Evidentemente el sacerdote puede no dar la absolución si no está convencido
de hallarse frente a un penitente auténtico, y antes de darla insistirá en que el penitente
repare, en la medida en la que le sea posible, el mal que ha hecho. Si se ha beneficiado de
su deshonestidad, deberá hacer el bien: cualquiera que sea el crimen que haya cometido
deberá garantizar que su arrepentimiento es sincero. Pero imagino que aceptará que en
ningún caso puede el sacerdote repetir lo que se le ha dicho con independencia de cuáles
puedan ser las consecuencias de su silencio. Aunque repitiéndolas pudiera corregir o
evitar un mal horrible, le sería imposible. Lo que ha oído lo ha oído bajo el sello de la
confesión, y con respecto a lo sagrado de éste no hay argumentación concebible.
—Es posible imaginar qué terribles consecuencias resultan de ello —intervine—.
Pero lo acepto.
—Ya antes de ahora se han producido consecuencias terribles —prosiguió él—. Pero
no afectan al principio. Y ahora voy a hablarle de una confesión que me hicieron en una
ocasión.
—Pero ¿cómo va a hacerlo? Eso es imposible.
—Por una determinada razón a la que llegaremos más adelante, comprobará que ese
secreto ya no me incumbe a mí. Pero no es ésa la clave de mi historia: sino la de advertirle
sobre los intentos de establecer comunicación con los muertos. Parecen llegar a nosotros, a
través de ellos, signos y muestras, voces y apariciones: pero ¿quién los envía? Se dará
cuenta de a qué me refiero.
Me puse cómodo para disponerme a escucharle.
—Probablemente no recordará con claridad, o no recordará en absoluto, un asesinato
cometido hace un año, en el que encontró la muerte un hombre llamado Gerald Selfe. No
había allí ningún atractivo misterio, ni accesorios románticos, y no despertó el interés del
público. Selfe era un hombre de vida licenciosa, pero mantenía una posición respetable y
habría sido desastroso para él que llegaran a ser conocidas sus irregularidades privadas.
Antes de su muerte, durante algún tiempo, estaba recibiendo cartas de chantaje referidas a
sus relaciones con una determinada mujer casada, y correctamente había puesto el asunto
en manos de la policía. La policía había seguido determinadas pistas, y la tarde anterior a
la muerte de Selfe uno de los oficiales del Departamento de Investigación Criminal le
había escrito que todo indicaba que el culpable era su criado personal, quien desde luego
conocía la intriga. Era un hombre joven llamado Alfred Wadham: hacía relativamente
poco que había entrado al servicio de Selfe, y su historia pasada era de lo más indeseable.
Le habían preparado una trampa, de la que se incluían los detalles, y sugerían que Selfe se
la mostrará, y consiguió hacerlo en una o dos horas. Esa información y esas instrucciones
se transmitieron en una carta que tras la muerte de Selfe se encontró en un cajón de su
mesa de escritorio, cuya cerradura había intentado ser forzada. Sólo Wadham y su amo
dormían en el piso; todas las mañanas venía una mujer para preparar el desayuno y hacer
la limpieza de la casa, pues Selfe almorzaba y cenaba en su Club o en el restaurante que
había en la planta baja de ese edificio de apartamentos, y allí es donde cenó aquella noche.
Cuando la mujer llegó a la mañana siguiente, encontró abierta la puerta exterior del piso, y
a Selfe muerto sobre el suelo de la sala de estar, con la garganta cortada. Wadham había
desaparecido, pero en el cubo del agua de su dormitorio había agua teñida de sangre
humana. Fue apresado dos días después y prestó testimonio en el juicio. Según su historia
sospechaba haber caído en una trampa, y mientras el señor Selfe cenaba buscó en sus
cajones y encontró la carta enviada por la policía, que demostraba que así era. Decidió por
ello fugarse y abandonó el piso aquella noche antes de que su amo regresara de cenar.
Como estaba en el banquillo de los acusados, fue sometido desde luego a un interrogatorio
inquisitivo y se contradijo en varios particulares. Además estaban las pruebas
incriminadoras de su habitación, y el motivo del crimen resultaba bastante claro. Tras una
deliberación muy larga el jurado le encontró culpable y fue sentenciado a muerte. La
apelación posterior fue rechazada.
»Wadham era católico, y como mi puesto me lleva a ser ministro de los prisioneros
católicos que hay en la cárcel en la que se encontraba él bajo sentencia de muerte,
sostuvimos varias conversaciones y le rogué, por el bien de su alma inmortal, que
confesara su culpa. Pero aunque deseaba confesar otras malas acciones, algunas de las
cuales eran difíciles de transmitir, mantuvo su inocencia con respecto a esa acusación de
asesinato. Nada le conmovía, y aunque por lo que pude juzgar se arrepentía sinceramente
de otros malos actos, me juró que la historia que contó en el tribunal era esencialmente
cierta, a pesar de las contradicciones en las que se había visto envuelto, y que si le
ahorcaban moriría injustamente. Hasta la última tarde de su vida, en la que me senté con
él durante dos horas, rogándole y suplicándole, se aferró a eso. Resultaba curioso que lo
hiciera así, a menos de que realmente fuera inocente, si pensamos que de buena voluntad
rebuscaba en su corazón para confesar otras graves perversidades; cuanto más pensaba en
ello, más inexplicable me resultaba, y durante aquella tarde las dudas con respecto a su
culpa empezaron a crecer en mí.
Era un pensamiento terrible, pues él había vivido en el pecado y el error, y al día
siguiente su vida se rompería como un bastón quebrado. Tenía que acudir de nuevo a la
prisión antes de las seis de la mañana, y debía decidir si le daría los sacramentos. Si acudía
a su muerte culpable de asesinato, pero negándose a confesar, no tenía yo derecho a
dárselo, pero si era inocente, el negarle ese derecho era tan terrible como cualquier
violación de la justicia. Al salir sostuve unas palabras con uno de los celadores, lo que me
hizo dudar todavía más.
»—¿Qué opina de Wadham? —pregunté.
»Se apartó para dejar pasar a un hombre que le hizo una señal de reconocimiento. De
alguna manera supe que era el verdugo.
»—No me gusta pensar en ello, señor—me respondió—. Sé que fue considerado
culpable, y que su apelación fue rechazada. Pero si me pregunta si creo que es un asesino,
pues no, no lo creo.
»Pasé a solas toda la noche: hacia las diez estaba a punto de irme a la cama cuando
me dijeron que abajo estaba un hombre llamado Horace Kennion que quería verme. Era
católico, y aunque había tenido amistad con él en otro tiempo, habían llegado a mi
conocimiento determinadas cosas que me imposibilitaban tener más relación con él, y tuve
que decírselo así. Era perverso... oh, no me mal interprete; todos cometemos perversiones
constantemente; la vida de cada uno de nosotros es un tejido de malos actos, pero de todos
los hombres que he conocido sólo él me pareció que amaba la perversidad por sí misma.
Dije que no podía verle, pero volvieron con el mensaje de que su necesidad era urgente, y
entonces subió. Me dijo que quería confesar no al día siguiente, sino en ese momento, y
que su confesor estaba fuera. Como sacerdote no podía resistirme a esa petición. Y confesó
que había asesinado a Gerald Selfe.
»Pensé por un momento que se trataba de alguna broma impía, pero juró que estaba
diciendo la verdad, y todavía bajo el secreto de confesión me hizo un relato detallado.
Aquella noche había cenado con Selfe, y después había subido al piso de éste para jugar
una partida de piquet. Con una sonrisa, Selfe le dijo que al día siguiente iba a atrapar a su
criado por chantaje. Le dijo las siguientes palabras: «Hoy es un hombre joven, guapo y
activo, quizás mañana a esta hora haya perdido un poco de color». Tocó la campanilla
para que viniera el criado a poner la mesa de juego, pero luego vio que ya estaba
preparada y se olvidó de que no habían respondido a la llamada. Jugaron puntos altos y
los dos bebieron mucho. Selfe perdió una partida tras otra y acabó acusando a Kennion de
hacer trampas. palabras subieron de tono y acabaron en golpes, y Kennion, tras varios
golpes y caídas, cogió un cuchillo de la mesa y le cortó a Selfe la yugular y la arteria
carótida de la garganta. A los pocos minutos había muerto desangrado... Kennion recordó
entonces que nadie había contestado a la llamada, y sigilosamente fue hasta la habitación
de Wadham. La encontró vacía; también estaban vacías las otras habitaciones del piso. De
haber habido alguien allí, su idea era la de decir que acababa de subir por invitación de
Selfe y le había encontrado muerto. Pero aquello era mejor todavía: sólo tenía unas
manchas de sangre y las lavó en la habitación de Wadham, vaciando el agua en el cubo.
Después, dejando abierta la puerta del piso, bajó las escaleras y se marchó.
»Me contó eso con pocas frases, tal como se lo he contado a usted, y me miró con
rostro sonriente.
»—¿Qué hay que hacer ahora, venerable padre? —preguntó alegremente.
»—¡Ah, gracias a Dios que ha confesado! —dije—. Todavía estamos a tiempo de
salvar a un inocente. Debe entregarse a la policía enseguida.
»Incluso mientras le decía eso, sentí la duda en mi corazón. El se levantó limpiándose
las rodillas de los pantalones.
»—Qué idea tan pintoresca. No hay nada tan lejos de mi pensamiento —dijo.
»Me puse en pie de un salto y añadí:
»—Entonces iré yo mismo.
»Ante eso él se echó a reír:
»—Oh no, no lo hará. ¿Qué me dice del secreto de confesión? Ciertamente creo que es
un pecado mortal incluso que un sacerdote piense en violar ese secreto. Realmente me
avergüenzo de usted, mi querido Denys. ¡Es usted un malvado! Aunque quizás fuera sólo
una broma, y no pensara hacerlo.
»—Claro que pensaba hacerlo. Ya verá si lo pensaba o no. —Pero incluso mientras
estaba hablando sabía que no iba a hacerlo—. Todo está permitido para salvar de la
muerte a un hombre inocente.
»Él se echó a reír de nuevo.
»—Perdóneme: sabe perfectamente bien que no es así. En nuestra creencia hay una
cosa que es peor que la muerte, y es la condenación del alma. Usted no tiene ninguna
intención de condenar la suya. Yo no corría ningún riesgo cuando me confesé.
»—Pero si no salva a ese hombre será un asesinato —dije.
»—Oh, ciertamente, pero ya tengo un asesinato en mi conciencia. Uno se acostumbra
a eso rápidamente. Y habiéndome acostumbrado, otro asesinato no parece importar
mucho. Pobre Wadham: mañana, ¿no es así? No estoy seguro de que no sea una especie de
justicia por aproximación. El chantaje es un delito repelente.
»Fui al teléfono y lo sostuve en la mano.
»—Realmente esto es de lo más interesante —dijo él—. Walton Street es la comisaría
de policía más cercana. Ni siquiera necesita decir el número; simplemente diga comisaría
de Walton Street. Pero no puede hacerlo. No puede decir que ahora está acompañado de
un hombre, Horace Kennion, que ha confesado que asesinó a Selfe. Entonces, ¿a qué viene
ese farol? Además, aunque usted pudiera hacerlo, a mí me bastaría con decir que no he
hecho nada semejante. Su palabra, la palabra de un sacerdote que ha roto el voto más
sagrado, contra la mía. ¡Absurdo!
»—Kennion, por el amor de Dios y por el miedo al infierno: ¡entregúese! ¿Qué
importancia tiene que usted o yo vivamos algunos años menos, si al final pasamos al vasto
infinito con nuestros pecados confesos y perdonados? Día y noche rezaré por usted.
»—Qué amable por su parte. Pero ahora no tengo duda de que dará a Wadham la
plena absolución. Así que... ¿qué importa si es él el que entra en el... en el vasto infinito a
las ocho en punto de mañana por la mañana?
»—Entonces, ¿por qué me lo confesó, si no tenía intención de salvarle y expiar su
pecado?
»—Bueno, no hace mucho tiempo usted fue muy desagradable conmigo. Usted me
dijo que ningún hombre decente podría asociarse conmigo. Así que de repente, hoy, se me
ocurrió que sería agradable verle en el agujero más horrible. Me atrevo a decir que tengo
tendencias sádicas, y que me están permitiendo disfrutar maravillosamente. Como ve, está
en una situación atormentadora: preferiría sufrir cualquier agonía física antes de hallarse
en esta cámara de tortura del alma. Es maravilloso, mcencanta. Se lo agradezco mucho,
Denys.
»Se levantó.
»—Mi taxi está esperando. Sin duda esta noche estará atareado. ¿Puedo dejarle en
algún sitio? ¿En Pentonville?
»No hay palabras para describir determinadas oscuridades y éxtasis que llegan al
alma, y sólo puedo decirle que no puedo imaginar un infierno del remordimiento que
pueda igualar al infierno en el que yo me encontraba. Pues en la amargura del
remordimiento podemos ver que nuestro sufrimiento es una experiencia necesaria y
saludable: sólo mediante él puede limpiarse nuestro pecado. Pero yo me enfrentaba a una
tortura vacía y carente de significado... y entonces mi cerebro se conmocionó y empecé a
preguntarme si no podría hacer algo sin romper el secreto de confesión. Desde mi ventana
vi que estaba encendida la luz en la torre del reloj de Westminster: por tanto había allí
alguien y me pareció posible que, sin violar el secreto, podría decirle al Secretario de
Interior que me habían hecho una confesión por la cual sabía que Wadham era inocente.
Me preguntaría detalles que pudiera darle, y podría decirle... y entonces me di cuenta de
que no podía decirle nada: no podía decir que el asesino había subido con Selfe a su
habitación, pues mediante esa información podría descubrirse que Kennion había cenado
con él. Antes de hacer nada necesitaba consejo y fui a la casa del cardenal, junto a nuestra
catedral. Él se había acostado, pues pasaba ya de la media noche, pero respondiendo a la
urgencia de mi petición, bajó a verme. Le conté lo que había sucedido sin darle pista
alguna, y su veredicto fue el que en mi corazón había anticipado. Ciertamente podía ver al
Secretario de Interior y decirle que me habían hecho esa confesión, pero no podía dejar
escapar ninguna palabra o indicación que pudiera conducir a la identificación del confeso.
Personalmente no veía que con la información que yo podía dar fuera posible posponer la
ejecución.
»—Y sea cual sea su sufrimiento, hijo mío —me dijo—, esté seguro de que sufre no
por haber hecho el mal, sino por haber hecho lo correcto. En la posición en la que se
encuentra, su tentación de salvar a un hombre inocente procede del diablo, y también
tendrá ese origen toda fuerza a la que invoque para que le ayude a soportarlo.
»Vi al Secretario de Interior en sus habitaciones una hora después. Pero a menos que
le dijera algo más, y él comprendía que yo no podía hacerlo, no podría hacer nada.
»— En el juicio le declararon culpable —me dijo—. Y su apelación fue rechazada. Sin
nuevas pruebas, nada puedo hacer.
»Se quedó sentado un momento, pensativo, y después se puso en pie de un salto.
»—Buen Dios, es fantasmal. Creo verdaderamente, no es necesario que se lo diga,
que ha oído usted esa confesión, pero eso no demuestra que sea cierto. ¿No puede ver de
nuevo a ese hombre? ¿No puede meter en él el miedo a Dios? Si hasta el momento de caer
el telón puede usted hacer algo que me dé una justificación para actuar, ordenaré
inmediatamente una suspensión de la pena. Éste es mi número de teléfono: llámeme aquí
o a mi casa a cualquier hora.
»Estaba de vuelta en la prisión antes de las seis de la mañana. Le dije a Wadham que
creía en su inocencia y le di la absolución por todo lo demás. Recibió de mis manos el
sagrado sacramento y se dirigió a su muerte sin pestañear.
El padre Denys se detuvo.
—He tardado mucho en llegar al punto de mi historia que concierne a la sesión de
espiritismo de la que me habló, pero era necesario que conociera todo esto para poder
entender lo que voy a contarle ahora —me dijo—. Afirmé que los mensajes y
comunicaciones de los muertos no proceden de ellos, sino de algún poder maligno y
horrible que los encarna. Usted me respondió, me acuerdo bien, que no entendía la razón
de que hubiera que meter al diablo en esto. Le explicaré el motivo.
»Cuando todo terminó, cuando la compuerta sobre la que estaba en pie aquel
hombre se abrió, y la cuerda crujió, regresé a casa. Era una mañana invernal oscura,
apenas iluminada todavía, y a pesar de la escena trágica que acababa de presenciar me
sentía sereno y en paz. No pensaba en Kennion en absoluto, sólo en el muchacho —por su
edad, apenas sí era más que eso— que había sufrido injustamente, y aquello me pareció un
error lamentable, pero no más. Aquello no le había conmovido, a su alma viva y esencial,
era como si hubiera sufrido la expiación sagrada del martirio. Y yo agradecía
humildemente haber sido capaz de actuar correctamente, pues si por algún acto mío
Kennion estuviera entonces en manos de la policía, y Wadham viviera, yo habría cometido
el crimen más terrible que puede cometer un sacerdote.
»Había estado en pie toda la noche, y tras decir mis oficios me acosté en el sofá para
dormir un poco. Soñé que me encontraba en la celda con Wadham, y que él sabía que tenía
yo prueba de su inocencia. Faltaban unos minutos para la hora de su muerte, y en el
corredor de losetas de piedra del exterior se oían los pasos de los que venían a por él. Él
también los oyó y se puso en pie señalándome.
»—Va a permitir que muera un hombre inocente, cuando podría salvarle —me dijo—
. No puede consentirlo, padre Denys. ¡Padre Denys! —gritó, y el grito se convirtió en una
boqueada, falto de respiración, mientras la puerta se abría.
»Desperté sabiendo que lo que me había despertado era mi propio nombre gritado
desde algún lugar cercano, y supe de quién era esa voz. Pero estaba solo en mi habitación
tranquila y vacía, en la que penetraba el día poco luminoso. Vi que sólo había dormido
unos minutos, pero ahora había huido todo deseo o capacidad de dormir, pues en algún
lugar junto a mí, invisible pero horriblemente presente, estaba el espíritu del hombre a
quien había permitido perecer. Y me llamaba.
»Acabé por convencerme de que la voz que me llamó mientras dormía no era más
que un sueño, lógico dadas las circunstancias, y pasaron varios días con suficiente
tranquilidad. Pero un día en el que caminaba por una calle soleada y repleta de gente sentí
un cambio claro y terrible en lo que podría denominar la atmósfera psíquica que nos rodea
a todos, y mi alma se ennegreció por el miedo y por imágenes malvadas. Y allí estaba
Wadham, que venía hacia mí por la acera, elegante y alegre. Me miró y su rostro se
convirtió en una máscara de odio. «Espero que nos encontremos a menudo, padre Denys»,
me dijo al pasar. Al día siguiente regresaba a casa a la hora del crepúsculo y de pronto, al
entrar en la habitación, oí el crujido de una cuerda que se tensaba, y su cuerpo, con la
cabeza cubierta por la capucha de la muerte, colgaba en la ventana contra el sol poniente.
Y a veces, cuando estaba leyendo mis libros, la puerta se abría y cerraba calladamente, y
yo sabía que él estaba allí. Ni la aparición ni sus signos eran frecuentes quizás porque mi
resistencia se había fortalecido al saber que tenía un origen diabólico. Pero sucedía con
largos intervalos cuando había bajado la guardia, pensando que lo había vencido, y
entonces sentía a veces que mi fe se tambaleaba. Siempre era precedida por esa sensación
de poder maligno que bajaba sobre mí, y rápidamente buscaba el abrigo de la elevada casa
de defensa. Pero este último domingo...
Se detuvo y se tapó los ojos con las manos, como si quisiera evitar un espectáculo
horrible.
—Llevaba predicando en favor de una de nuestras misiones. La iglesia estaba llena, y
no creo que existiera otro pensamiento o deseo en mi alma si no el de potenciar la sagrada
causa acerca de la cual estaba hablando. Era el servicio de la mañana y el sol penetraba por
las vidrieras brillando con luces de colores. Pero en medio del sermón se elevó un banco
de nubes, y con él la advertencia horrible de que se aproximaba una tempestad del mal. Se
puso tan oscuro que cuando llegaba al final del sermón tuvieron que encender las luces de
la iglesia, que así se llenó de brillo. Había una lámpara en la mesa del pulpito sobre la que
había colocado mis notas, y al encenderse iluminó plenamente el banco que tenía justo
debajo. Y allí estaba Wadham sentado, con la cabeza alzada hacia mí, el rostro morado, los
ojos saltones y el nudo corredizo alrededor del cuello.
»Mi voz me falló un segundo y me aferré a la barandilla del pulpito mientras él me
miraba fijamente, y yo a él. Me rodeó un horror del espíritu, negro como la noche eterna
de los perdidos, pues le había permitido que, inocente, fuera hacia su muerte, y mi castigo
era justo... y entonces, como una estrella que brillara a través de una piadosa hendidura en
aquella tormenta anímica, brotó otra vez el rayo de la convicción de que yo, como
sacerdote, no podía haber actuado de otra manera, y se acompañó del conocimiento
seguro de que esa aparición no podía venir de Dios, sino del diablo, y había de resistirme a
ella y desafiarla lo mismo que desafiamos con desprecio las tentaciones dulces e
insidiosas. No podía ser el espíritu del hombre lo que estaba mirando, sino alguna
falsificación diabólica.
»Volví a posar mi mirada en las notas y seguí con el sermón, pues sólo eso me
interesaba. Aquella pausa me había parecido eterna: tenía la cualidad de lo intemporal,
pero después me enteré de que apenas había resultado perceptible. Y en mi propio
corazón supe que no era un castigo lo que estaba sufriendo, sino el fortalecimiento de una
fe que había vacilado.
Interrumpió de pronto su historia. Fijó los ojos en la puerta y no fue una mirada de
miedo lo que brotó en ellos, sino de salvaje e implacable antagonismo.
—Se acerca —me dijo—. Y si ahora escucha o ve algo, desprécielo, pues es maligno.
La puerta se abrió y se cerró, y aunque no entró nada que fuera visible, supe que
había ahora en la habitación una inteligencia viva distinta de mí y del padre Denys; y
afectó a mi propio ser de la misma manera que un olor horrible a putrefacción nos afecta
físicamente: mi alma sintió náuseas. Después, todavía sin ver nada, percibí que la
habitación, hasta entonces cálida y confortable, con un fuego vivo de carbón en la rejilla, se
estaba quedando fría, y que algún eclipse extraño estaba velando la luz. Cerca de mí, sobre
la mesa, había una lámpara eléctrica: la sombra de ésta se agitó en la corriente helada que
se movió en el aire, y el alambre luminoso dejó de ser incandescente, tornándose rojizo y
oscuro como las ascuas sobre la rejilla. Escruté la semioscuridad, pero ninguna forma
material se manifestó en ella.
El padre Denys estaba sentado muy erguido en su silla, con los ojos fijos y
concentrados en algo que para m iera invisible. Sus labios se movían y murmuraban y con
las manos aferraba el crucifijo que colgaba sobre su pecho. Entonces vi lo que sabía que él
estaba viendo también: un rostro que se perfilaba en el aire delante de él, un rostro
hinchado y morado, con la lengua colgando desde la boca, ahorcado allí y agitándose a un
lado y a otro. Fue haciéndose más y más claro, suspendido por la cuerda que ahora se me
hizo visible, y aunque era la aparición de un hombre colgado por el cuello, éste no estaba
muerto, sino vivo y activo, y el espíritu que horriblemente lo animaba no era humano, sino
algo diabólico.
De pronto el padre Denys se puso en pie y acercó el rostro a cuatro o cinco
centímetros del horror suspendido.
Alzó las manos llevando en ellas el sagrado emblema.
—Regresa a tu tormento hasta que los tiempos de éste hayan terminado y la piedad
de Dios te conceda la muerte eterna —gritó.
Brotó en el aire una lamentación, mientras una corriente sacudía la habitación
estremeciendo sus esquinas, y entonces regresaron la luz y el calor y allí no estábamos más
que nosotros dos. El rostro del padre Denys estaba ojeroso y sudoroso por la lucha que
había experimentado, pero brillaba en él una radiación como no había visto nunca en un
semblante humano.
—Ha terminado —dijo—. Le he visto marchitarse y secarse ante el poder de Su
presencia... y sus ojos me dicen que también usted lo vio, y que sabe ahora que lo que se
presentaba con el semblante de la humanidad era puramente maligno.
Apenas sí hablamos un poco más, y se levantó para irse.
—Ah, me olvidaba —dijo—. Querrá saber por qué he podido revelarle lo que se me
contó en confesión. Horace Kennion se suicidó aquella misma mañana. Había dejado a su
abogado un paquete que había que abrir a su muerte, con instrucciones de que se
publicara en la prensa diaria. Lo leí en un periódico de la tarde y era un relato detallado de
cómo había matado a Gerald Selfe. Deseaba que se le diera toda la publicidad posible.
—Pero ¿por qué? —pregunté.
—Imagino que se glorificaba en su perversidad —contestó el padre Denys tras una
pausa—. La amaba por sí misma, tal como le había dicho, y quería que todo el mundo la
conociera en cuanto él se hubiera ido y estuviera a salvo.
_
EN EL METRO
Es una convención, y no muy convincente —dijo alegremente Anthony Carling—. ¡el
tiempo! En realidad el Tiempo no existe; no tiene una existencia real. El Tiempo no es más
que un punto infinitesimal de la eternidad, de la misma manera que el Espacio es un
punto infinitesimal del infinito. Como máximo el Tiempo es una especie de túnel a través
del cual acostumbramos a creer que estamos viajando. Hay un estruendo en nuestros
oídos y una oscuridad en nuestros ojos que hace que nos parezca real. Pero antes de que
entráramos en el túnel existíamos eternamente en una luz del sol infinita, y cuando
hayamos pasado por él volveremos a existir en una luz solar infinita. Entonces, ¿por qué
vamos a molestarnos por la confusión, el ruido y la oscuridad que sólo nos acompañan
durante un momento?
Para ser alguien que creía tan firmemente en ideas inconmensurables como ésas, que
iba marcando con enérgicas aplicaciones del atizador a las magníficas chispas e
incandescencias del fuego, Anthony tenía una manera muy agradable de apreciar lo finito
y mensurable, y no he conocido a nadie que tuviera tanto entusiasmo por la vida y sus
placeres. Aquella noche nos había dado una cena admirable, nos había ofrecido un oporto
que estaba más allá de toda posible alabanza, y había iluminado aquellas alegres horas con
la luz de su contagioso optimismo. Después el pequeño grupo se había ido deshaciendo y
me había quedado a solas con él junto a la chimenea de su estudio. En el exterior se oía
sobre los cristales de las ventanas el repiqueteo del aguanieve impulsado por el viento,
que se elevaba de vez en cuando por encima del aleteo de las llamas del hogar, y el pensar
en las ráfagas heladas y el pavimento cubierto de nieve de Brompton Square, sobre el que
se habían ido a toda prisa todos los demás invitados montándose en taxis deslizantes,
hacía que mi posición, al permanecer allí hasta la mañana siguiente, resultara más
delicadamente deliciosa. Por encima de todo estaba aquel compañero estimulante y
sugerente, quien tanto si hablaba de importantes abstracciones, que para él eran tan
intensamente reales y prácticas, como si lo hacía de las notables experiencias que había
tenido entre aquellas convenciones del Tiempo y el Espacio, resultaba igualmente
fascinante para quien le oía.
—Adoro la vida —me dijo—. Me resulta el juego más encantador. Es un deporte
delicioso; y bien sabe usted que la única manera concebible de practicar un deporte es
tomárselo con seriedad extremada. Si se dice a sí mismo que sólo es un deporte, deja de
tener el más ligero interés por él. Tiene que saber que sólo es un juego, y comportarse
como si fuera el único objetivo de la existencia. Me gustaría seguir en él durante muchos
años. Pero además uno tiene que estar todo el tiempo viviendo en el plano auténtico, que
es la eternidad y el infinito. Si piensa en ello, lo único que la mente humana no es capaz de
captar es lo finito, no lo infinito; lo temporal, no lo eterno.
—Eso parece bastante paradójico —intervine yo.
—Pero sólo porque se ha habituado a pensar en las cosas que parecen limitadas.
Examine la cuestión directamente durante un minuto. Intente imaginar el Tiempo y el
Espacio finitos y se dará cuenta de que le es imposible. Retroceda un millón de años, y
multiplique ese millón por otro millón, y se dará cuenta de que no le es posible concebir
un principio. ¿Qué sucedió antes de ese principio? ¿Otro principio, y otro más? ¿Y antes de
eso? Examínelo así y comprenderá que la única solución que puede comprender es la
existencia de una eternidad, algo que nunca comenzó y nunca terminará. Lo mismo
sucede con el Espacio. Proyéctese a la estrella más lejana: ¿qué hay más allá de ella? ¿El
vacío? Avance a través del vacío y no podrá imaginar que es finito y que tiene un final.
Tiene que seguir avanzando eternamente: eso es lo único que puede usted entender. ¡No
existe nada semejante al antes o el después, o al principio o el final, y que cómodo resulta
tal cosa! Sentiría una inquietud mortal si no existiera el enorme y mullido cojín de la
eternidad sobre el que reclinar la cabeza. Algunas personas dicen —y creo habérselo oído
decir a usted mismo— que la idea de la eternidad resulta fatigosa; siente que desea que se
detenga. Ello se debe a que piensa en la eternidad en los términos de Tiempo; y a que en
su cerebro musita: «¿Y después de eso, y después?» No capta la idea de que en la
eternidad no existe ningún «después», como tampoco hay ningún «antes». Todo es uno.
La eternidad no es una cantidad: es una cualidad.
A veces, cuando Anthony habla de esa manera, me parece captar una intuición de
eso que para su mente es tan transparentemente claro y tan sólidamente real; pero en otras
ocasiones (por no tener un cerebro que se represente con facilidad las abstracciones) me
siento como si me estuviera empujando a un precipicio, y mis facultades intelectuales se
aferran salvajemente a cualquier cosa tangible o comprensible. Eso era lo que sucedía en
ese momento y le interrumpí precipitadamente.
—Pero sí hay un «antes» y un «después» —dije—. Hace unas horas nos ofreció usted
una cena admirable, y después —sí, después—jugamos al bridge. Y ahora me va explicar
las cosas con un poco más de claridad, y después nos iremos a la cama...
Anthony se echó a reír.
—Hará usted exactamente lo que le plazca, pero no será un esclavo del Tiempo ni
esta noche ni mañana por la mañana. Ni siquiera mencionaremos una hora para el
desayuno, pero lo tomará durante la eternidad siempre que despierte. Y como veo que
todavía no es medianoche, nos saltaremos los límites del Tiempo y hablaremos
infinitamente. Pararé el reloj, si eso le ayuda a liberarse de su ilusión, y le contaré una
historia que personalmente me parece que demuestra lo irreales que son las llamadas
realidades; o al menos lo falaces que son nuestros sentidos en cuanto que jueces de lo que
es real y de lo que no lo es.
—¿Algo oculto, escalofriante? —le pregunté abriendo bien los oídos, pues Anthony
tenía las más extrañas clarividencias y visiones de cosas que el ojo normal no percibía.
—Supongo que podrá decir que es oculto en parte, aunque está mezclado con una
determinada cantidad de realidad bastante sombría.
—Excelente combinación; prosiga —le dije.
Añadió un nuevo leño al fuego.
—Es una larguísima historia, y puede usted detenerme cuando considere que ya es
suficiente. Pero habrá un momento en el que le exigiré su consideración. Usted, tan
aferrado a sus «antes» y «después», ¿se le ha ocurrido pensar lo difícil que es decir cuándo
se produce un incidente? Supongamos que un hombre comete un delito violento, ¿no
podemos decir, con una gran dosis de verdad, que realmente comete ese crimen cuando lo
planea y decide, pensando en él con entusiasmo? El momento real de la comisión del
delito, podríamos afirmar razonablemente, es una simple consecuencia material de su
resolución: es culpable cuando toma esa determinación. Por tanto, ¿cuándo tiene lugar
realmente el crimen en los términos del «antes» y el «después»? Hay también en mi
historia otro punto que deberá considerar. Parece cierto que tras la muerte del cuerpo el
espíritu de un hombre es obligado a representar dicho crimen, supongo que podríamos
conjeturar que con la idea de sentir remordimientos y llegar finalmente a la redención. Los
que tienen una segunda visión han visto esas representaciones. Quizás en esta vida
cometiera su acto ciegamente; pero luego su espíritu vuelve a cometerlo con los ojos
espirituales abiertos, siendo capaz de entender su enormidad. ¿Podemos considerar
entonces la determinación original del hombre y la comisión material del crimen tan sólo
como preludio de su comisión real, cuando lo hace con los ojos del espíritu abiertos
arrepintiéndose de ello...? Todo eso parece muy oscuro cuando hablamos de ello en
abstracto, pero creo que entenderá lo que quiero decir si sigue usted mi relato. ¿Está
cómodo? ¿Tiene todo lo que necesita? Pues entonces vamos a ello.
Se arrellanó en el asiento, concentró la mente y empezó a hablar:
—La historia que voy a contarle se inició hace un mes, cuando se encontraba usted en
Suiza. Llegó a su conclusión, o así lo imagino, anoche mismo. En cualquier caso no espero
volver a experimentarla más. Pues bien, hace un mes regresé tarde a casa, habiendo
cenado fuera, una noche muy húmeda. No encontraba ningún taxi y me apresuré bajo una
lluvia muy fuerte hasta la estación de metro de Piccadilly Circus, considerándome muy
afortunado de poder coger el último tren en esta dirección. En el vagón al que subí sólo
había otro pasajero sentado junto a la puerta inmediatamente opuesta a mí. Que yo sepa
nunca le había visto antes, pero mi atención se fijó vivamente en él, como si de alguna
manera me interesara. Era un hombre de mediana edad, vestido de etiqueta, y su rostro
mantenía una expresión de pensamiento intenso, como si mentalmente estuviera
considerando algún asunto muy significativo, mientras su mano, que reposaba sobre las
rodillas, se cerraba y abría. De pronto alzó la vista y me miró fijamente, y pude ver que
había en él sospecha y miedo, como si yo le hubiera sorprendido en algún acto secreto.
»En ese momento nos detuvimos en Dover Street, el revisor abrió las puertas,
anunció la estación y añadió: «Cambio para Hyde Park Comer y Gloucester Road». Eso
estaba bien para mí, por cuanto que significaba que el tren se detendría en Brompton
Road, que era mi destino. Aparentemente también era lo correcto para mi compañero,
pues no salió del vagón, y tras la parada, en la que no subió nadie en el vagón, nos
pusimos en marcha. Debo insistir en que le vi después de que las puertas se hubieran
cerrado y el tren hubiera arrancado. Pero cuando volví a mirar vi que no había nadie allí.
Me encontraba absolutamente solo en el vagón.
»Quizás esté pensando que había tenido uno de esos sueños rápidos y momentáneos
que entran y salen como una centella de la mente en el espacio de un segundo, pero no
creo que fuera así, pues sentí que había experimentado una especie de premonición o
visión clarividente. Un hombre, cuya apariencia, cuerpo astral o como quiera denominarlo
acababa de ver, se sentaría alguna vez frente a mí meditando y planeando.
—Pero ¿por qué? —pregunté—. ¿Por qué pensó que había visto el cuerpo astral de
un hombre vivo? ¿Por qué no el fantasma de un muerto?
—Por la sensación que tuve. La visión del espíritu de un muerto, que he tenido en
dos o tres ocasiones en mi vida, se acompaña siempre de un miedo y encogimiento físico,
y por una sensación de frío y de soledad. En cualquier caso creí haber visto el fantasma de
un ser vivo, impresión que se confirmó, podría decir que se demostró, al día siguiente.
Pues me encontré con ese hombre. Y a la noche siguiente, tal como le contaré después,
volví a encontrarme con el fantasma. Pero prosigamos con orden.
»Al día siguiente estaba almorzando con mi vecina, la señora Stanley: éramos un
pequeño grupo y cuando llegué sólo esperábamos al último invitado. Entró mientras
hablaba yo con un amigo y en ese momento oí la voz de la señora Stanley: «Permítame que
le presente a Sír Henry Payle», me dijo.
»Me di la vuelta y vi a mi vis-á-vis de la noche anterior. Era él inequívocamente, y
cuando nos estrechamos la mano creo que me miró con un reconocimiento vago y
sorprendido.
»—¿No nos conocemos ya, señor Carling? —dijo—. Creo recordar.,.
»En ese momento me olvidé de la extraña forma en la que había desaparecido del
vagón y creí que era el hombre mismo a quien había visto la noche anterior.
»—Claro que sí, y no hace mucho. Pues ayer mismo por la noche estuvimos sentados
uno frente a otro en el último metro de Piccadilly Circus —dije.
»Se quedó mirándome, con el ceño fruncido, asombrado, y sacudió la cabeza.
»—Difícilmente podría ser así. Esta misma mañana he llegado desde el campo —dijo.
»Eso me interesó profundamente, pues se nos ha dicho que el cuerpo astral habita en
una región semiconsciente de la mente o del espíritu, y tiene recuerdos de lo que le ha
sucedido, que sólo muy vaga y oscuramente puede transmitir a la mente consciente.
Durante el almuerzo pude ver de nuevo sus ojos y de nuevo me miraba con la misma
actitud sorprendida y perpleja, y en el momento en el que yo me despedía se acercó a mí.
»—Algún día me acordaré de dónde nos conocimos, y espero que volvamos a
encontrarnos. ¿No fue... ? —y se detuvo—. No, se me ha ido de la cabeza —añadió.
El leño que había arrojado Anthony al fuego ardía intensamente ahora, y sus altas
llamas le iluminaron el rostro.
—No sé si cree usted en las coincidencias como algo debido al azar, pero si es así,
libérese de esa idea. Ahora bien, si no puede lograrlo enseguida, considere una
coincidencia el hecho de que esa misma noche volviera a tomar el último metro dirección
oeste. Pero en esa ocasión, lejos de ser un pasajero solitario había una considerable
multitud aguardando en Dover Street, donde subí, y cuando el ruido del tren que se
aproximaba comenzó a reverberar en el túnel, vi a Sir Henry Payle cerca de la boca de
túnel por la que aparecería el tren, separado del resto de la gente. Y pensé para mí mismo
lo extraño que era que hubiera visto su fantasma a esa misma hora la noche anterior y al
hombre mismo ahora, por lo que me dirigí hacia él con la idea de decirle: «En cualquier
caso, fue en el metro donde nos encontramos anoche»... pero entonces sucedió algo
horrible. En el momento en el que el tren salía del túnel saltó a la vía, y el tren pasó por
encima de él hasta detenerse junto al andén.
»Quedé un momento sobrecogido de horror, y me acuerdo de que me tapé los ojos
frente a la horrible tragedia. Me di cuenta entonces de que aunque todo había sucedido a
la vista de los que aguardaban, nadie parecía haberlo visto, salvo yo mismo. El conductor,
que miraba hacia fuera desde su ventana, no había puesto el freno, no hubo ninguna
sacudida en el avance del tren, ningún grito ni chillido, y los demás pasajeros empezaron a
subir a los vagones con absoluta calma. Aquella visión hizo que me sintiera débil y
mareado y debí tambalearme, pues algún alma amable me sujetó con el brazo y me ayudó
a entrar en el vagón. Me dijo que era médico y me preguntó si tenía algún dolor o me
aquejaba algo. Le dije lo que creía haber visto y me aseguró que no se había producido tal
accidente.
»En ese momento me resultó evidente que, por así decirlo, había contemplado el
segundo acto de aquel drama psíquico, y a la mañana siguiente medité el problema de qué
era lo que debía hacer. Ya había echado una ojeada al periódico de la mañana, que tal
como yo sabía no incluía ninguna mención de lo que había visto. Aquello, ciertamente, no
había sucedido, pero en mi interior sabía que sucedería. Se había apartado de mis ojos el
débil velo del Tiempo y había visto lo que usted llamaría futuro. Evidentemente en los
términos de Tiempo era el futuro, pero desde mi punto de vista aquello pertenecía tanto al
pasado como al futuro. Había existido, y sólo aguardaba a su realización material. Cuanto
más pensaba en ello, más me daba cuenta de que no podía hacer nada.
Interrumpí en ese momento su narración.
—¿Y no hizo usted nada? —exclamé—. Posiblemente habría podido dar algún paso
con el fin de tratar de evitar la tragedia.
Negó la pregunta con un movimiento de la cabeza.
—Y exactamente, ¿qué pasó? ¿Debía dirigirme a Sir Henry y decirle que había vuelto
a verle en el metro en el momento en que se suicidaba? Examine atentamente la cuestión.
O bien lo que había visto era pura ilusión e imaginación, en cuyo caso no tenía la menor
existencia o significado, o era algo real auténtico y esencialmente ya había sucedido. O
piense, aunque no es muy lógico, en algo intermedio entre ambas cosas. Supongamos que
la idea del suicidio, por alguna causa de la que yo nada sabía, se le había ocurrido, o se le
ocurriría. Si ése era el caso ¿no estaría haciendo algo muy peligroso al sugerirle tal cosa? El
hecho de decirle lo que había visto, ¿no podría introducir esa idea en su mente, o
confirmarla y fortalecerla si ya estaba allí? Tal como dice Browning: «Jugar con las almas
es un asunto delicado».
—Pero no interferiren modo alguno parece tan inhumano—intervine yo—. No hacer
ningún intento...
—¿Qué interferencia? —preguntó él—. ¿Qué intento?
El instinto humano que había en mí parecía gritar en voz alta y rebelarse ante el
pensamiento de no hacer nada para evitar esa tragedia, aunque daba la impresión de
golpear contra algo austero e inexorable. Y aunque aporreaba mi cerebro no podía
combatir la sensación de lo que él había dicho. No podía darle ninguna respuesta, y
prosiguió con su historia.
—Debe recordar también que creía entonces, y creo ahora, que aquello había
sucedido —me dijo—. La causa de aquello, fuera la que fuera, había empezado a actuar, y
el efecto en esta esfera material era inevitable. A eso aludía cuando al principio de la
historia le pedí que considerara qué difícil es precisar cuándo tiene lugar una acción.
Podría sostener usted que ese acto particular, el suicidio de Sir Henry, no había sucedido
todavía porque aún no se había arrojado bajo un tren en marcha. Pero a mí eso me parece
una visión materialista. Sostengo que en todos los aspectos, salvo por así decirlo en su
confirmación, ya había tenido lugar.
Imagino que Sir Henry, por ejemplo, liberado ya de las oscuridades materiales, sabe
ya eso por sí mismo.
Precisamente cuando estaba hablando así barrió la estancia, iluminada y cálida, una
corriente de aire helado que agitó mis cabellos e hizo que las llamas de los leños
menguaran y luego resplandecieran. Miré a mi alrededor para ver si se había abierto la
puerta que tenía a mi espalda, pero nada se agitaba allí, y las cortinas estaban bien
corridas delante de la ventana cerrada. Cuando el aire llegó a Anthony, se irguió
rápidamente en su sillón y miró en esa dirección, y luego recorrió con la vista la
habitación.
—¿Sintió eso? —me preguntó.
—Sí, una corriente repentina. De aire helado.
—¿Y algo más? ¿Alguna otra sensación?
Me detuve antes de responder, pues en ese momento pensé en la diferenciación que
había hecho Anthony sobre los efectos producidos en el testigo por un fantasma de un ser
vivo y por la aparición de un muerto. Las sensaciones que tenía ahora se referían con
precisión a este último caso, un vago encogimiento físico, miedo, un sentimiento de
desolación. Pero todavía no había visto nada.
—Siento escalofríos —contesté.
Mientras hablaba acerqué mi sillón al fuego y he de confesar que rápidamente vigilé,
con cierta aprensión, las paredes de la iluminada habitación. Al mismo tiempo me di
cuenta de que Anthony miraba hacia la repisa de la chimenea, en la que bajo un
candelabro con dos bombillas estaba el reloj que al principio de nuestra conversación se
había ofrecido a detener. Observé que las manecillas señalaban la una menos veinticinco.
—¿Pero no vio nada? —preguntó.
—Absolutamente nada —contesté—. ¿Por qué iba a hacerlo? ¿Qué había ahí que ver?
¿O es que usted... ?
—No lo creo —dijo él.
No sé por qué razón esa respuesta me crispó los nervios, pues todavía no me había
abandonado la extraña sensación que acompañó a la corriente de aire frío. En todo caso se
había vuelto más aguda.
—Seguramente sabrá si vio o no algo —insistí.
—Nunca se puede estar seguro. Afirmo que no creo haber visto nada. Pero tampoco
estoy seguro de si la historia que le estoy contando terminó la noche pasada. Creo que
puede haber un nuevo incidente. Si lo prefiere, dejaré sin terminar hasta mañana por la
mañana el resto de ella, en la medida en que la conozco, y así podrá acostarse ahora.
Su calma y tranquilidad absolutas me tranquilizaron.
—¿Cómo iba a hacer tal cosa? —pregunté.
De nuevo miró a su alrededor.
—Bueno, creo que algo ha entrado ahora en la habitación —dijo—, y puede
desarrollarse. Si esa idea no le gusta, sería mejor que se fuera. Desde luego no hay nada de
lo que alarmarse; sea lo que sea, no puede hacernos daño. Pero se acerca la hora en la que,
en dos noches sucesivas, vi lo que le acabo de contar, y una aparición suele presentarse a
la misma hora. No sé la razón de que sea de ese modo, pero parece como si un espíritu
unido a la tierra sigue sometido a determinadas convenciones; por ejemplo las
convenciones del Tiempo. Creo que voy a ver algo en breve, pero probablemente usted no.
Usted no se halla sometido, como yo, a estos... estos engaños...
Me sentía asustado, y era consciente de ello, pero también sentía un intenso interés, y
un orgullo perverso se agitó en mi interior con sus últimas palabras. Me preguntaba que
por qué razón no iba a poder ver yo cualquier cosa que pudiera verse...
—No tengo el menor deseo de irme —dije—. Deseo escuchar el resto de la historia.
—En ese caso, ¿por dónde iba? Ah, sí: se preguntaba usted por la razón de que no
hubiera hecho nada después de ver el tren avanzar hasta el andén, y yo le decía que no
había nada que pudiera hacerse. Si piensa bien en ello, creo que estará de acuerdo
conmigo... Pasaron dos días, y en la mañana del tercero leí en el periódico que mi visión se
había realizado. Sir Henry Payle, que estaba esperando en el andén de la estación de
Dover Street el último tren para South Kensington, se había arrojado a la vía cuando el
tren entraba en la estación. El tren se había detenido dos metros más allá, pero una rueda
le había pasado por encima del pecho, aplastándolo y matándole al instante.
»Se realizó una investigación y salió de ella una de esas historias oscuras que, en
ocasiones como ésta, caen a veces como una sombra de medianoche sobre una vida que
quizás el mundo hubiera considerado próspera. Hacía mucho tiempo que se llevaba mal
con su esposa, de la que vivía apartado, y parece ser que no mucho tiempo antes se había
enamorado desesperadamente de otra mujer. La noche anterior al suicidio llegó a hora
muy tardía a la casa de su esposa y sostuvo con ella una escena prolongada y colérica, en
la que trató de persuadirla para que se divorciara de él, amenazándola en caso contrario
con convertir la vida de ella en un infierno. Ella se negó, y en un ataque pasional
ingobernable él intentó estrangularla. Se produjo un forcejeo y con el ruido se presentó el
criado de ella, quien consiguió dominarle. Lady Payle le amenazó con acusarle legalmente
de ataque con intención de homicidio. Teniendo eso en mente se suicidó a la siguiente
noche, tal como le he contado.
Volvió a mirar el reloj y vio que las manecillas señalaban ahora la una menos diez. El
fuego empezaba a bajar y la habitación se estaba quedando extrañamente fría.
—Pero eso no es todo —siguió diciendo Anthony al tiempo que echaba una mirada a
su alrededor—. ¿Está seguro de que no preferiría oírlo mañana?
Volvió a prevalecer la combinación de vergüenza, orgullo y curiosidad.
—No. Cuénteme el resto ahora mismo —contesté.
De pronto, antes de hablar miró fijamente un punto situado detrás de mi silla,
entornando los ojos. Seguí su mirada y comprendí a qué se refería al decir que a veces uno
no puede estar seguro de si ha visto o no algo. ¿Se había perfilado una sombra entre la
pared y donde yo estaba? Me resultaba difícil enfocarla; no sabía si estaba cerca de la
pared o de mi silla. Pero de todas maneras pareció disiparse cuando miré con mayor
atención.
—¿No ve nada? —preguntó Anthony. —No. Creo que no. ¿Y usted?
— Creo que yo sí —contestó mientras seguía con la mirada algo que para mí era
invisible. Reposó la vista en un punto situado entre la repisa de la chimenea y yo. Sin dejar
de mirar fijamente hacia allí, siguió hablando—. Todo sucedió hace unas semanas, cuando
estaba usted en Suiza, y desde entonces hasta la noche pasada no vi nada más. Pero estaba
todo el tiempo esperando algo. Tenía la sensación de que por lo que a mí me concernía el
asunto no había terminado todavía, y la noche pasada, con la intención de ayudar a que
llegara hasta mí alguna comunicación de... del más allá, acudí a la estación de metro de
Dover Street unos minutos antes de la una, la hora a la que se había producido tanto el
ataque a su esposa como el suicidio. Cuando llegué el andén estaba absolutamente vacío, o
parecía estarlo, pues entonces, cuando empecé a escuchar el tren que se aproximaba vi allí
la figura de un hombre de pie, a unos veinte metros de mí, mirando hacia el túnel. No
había bajado conmigo en el ascensor, y un momento antes no había estado allí. Comenzó a
moverse hacia mí y fue entonces cuando vi quién era, y sentí una agitación de viento
helado que se acercaba a mí al tiempo que la figura se aproximaba. No era esa corriente
que anuncia la proximidad de un tren, pues venía en la dirección opuesta. Él llegó junto a
mí y vi un reconocimiento en su mirada. Levantó el rostro hacia mí y vi moverse sus
labios, aunque no oí que nada saliera de ellos, quizás por el ruido cada vez más fuerte que
procedía del túnel.
»Extendió una mano, como invitándome a hacer algo, y con una cobardía de la que
no podré perdonarme me aparté de él, pues sabía, por los signos de los qué ya le he
hablado, que era la mano del muerto, y mi carne se estremeció ante él, sofocando por el
momento toda piedad y todo deseo de ayudarle, si es que tal cosa era posible. Ciertamente
había algo que él quería de mí, pero yo retrocedí. Entonces el tren apareció en el túnel y un
momento después, con un temible gesto de desesperación, se arrojó delante de él.
Cuando terminó de hablar se levantó rápidamente de la silla, mirando todavía un
punto situado delante de él. Vi dilatarse sus pupilas, y moverse su boca.
—Ya viene —dijo—. Se me da una oportunidad de expiar mi cobardía. No tengo
nada que temer: debo recordar que yo mismo...
Mientras hablaba se produjo en las tablas que había sobre la repisa de la chimenea un
fuerte crujido, y el viento frío volvió a dar vueltas por mi cabeza. Me di cuenta de que me
estaba encogiendo en mi silla, con las manos delante, como en un intento instintivo de
defenderme contra algo que sabía que estaba allí, aunque no pudiera verlo. Todos los
sentidos me indicaban que en la habitación había una presencia distinta a la de Anthony y
la mía, y lo horroroso de la situación era que no podía verla. Sentía que cualquier visión,
por terrible que resultara, sería más tolerable que ese conocimiento claro y cierto de que
cerca de mí estaba ese ser invisible. Y sin embargo... ¿qué horror no se revelaría en el
rostro del muerto, y el pecho aplastado...? Pero lo único que podía ver mientras me
estremecía bajo el frío viento eran las paredes de la habitación, y a Anthony de pie delante
de mí, rígido y firme, procurando, sabía yo, reunir valor. Tenía los ojos enfocados en algo
muy cercano a él, y algo parecido a una sonrisa se estremecía en su boca. En ese momento
volvió a hablar.
—Sí, te conozco. Y quieres algo de mí. Dime entonces qué es.
Siguió a aquello un silencio absoluto, pero lo que para mis oídos era silencio no debió
serlo para los suyos, pues en una o dos ocasiones asintió, y en una de ellas dijo: «Sí,
entiendo. Lo haré». Y sabiendo que había allí alguien a quien no podía ver, hablando algo
que no podía oír, se produjo en mí ese terror a la muerte y lo desconocido acompañado de
esa sensación de incapacidad de movimiento que acompaña a las pesadillas. No podía
moverme, no podía hablar, sólo podía forzar mis oídos buscando lo inaudible, y mis ojos
para captar lo invisible, mientras notaba sobre mí el viento frío del valle mismo de las
sombras de la muerte. No era que la presencia de la muerte en sí resultara terrible; era que
desde su tranquilidad y serena armonía había surgido algún alma inquieta incapaz de
descansar en paz, pues su último despertar estimula a incontables generaciones de
aquellos que han muerto, impulsados por sus actividades a regresar a un mundo material
del que deberían haber sido liberados. Nunca, hasta que se trazó así un puente en el vacío
entre los vivos y los muertos, me había parecido aquello tan inmenso y poco natural. Es
posible que los muertos puedan tener comunicación con los vivos, y no era exactamente
eso lo que así me aterraba, pues por lo que sabemos esa comunicación procede
voluntariamente de ellos. Pero allí había habido algo helado y cargado de crímenes,
expulsado de una paz que no le servía.
Lo más horrible de todo fue que después se produjo un cambio en esas condiciones
invisibles. Anthony guardaba silencio entonces, y después de mirar directa y fijamente
delante de él, empezó a hacerlo hacia donde yo me encontraba sentado, y eso me hizo
sentir que la presencia invisible había dejado de atenderle a él para prestarme atención a
mí. Fue entonces cuando muy poco a poco empecé a ver...
Entre la repisa de la chimenea y las tablas superiores surgió el perfil de una sombra.
Tomó forma convirtiéndose en el perfil de un hombre. Dentro de la forma de la sombra
empezaron a precisarse los detalles y vi oscilar en el aire, como algo oculto por la neblina,
el semblante de un rostro sobrecogido y trágico, cargado con el peso de una aflicción tan
grande que jamás la había visto en rostro humano. Después tomaron forma los hombros y
debajo de éstos se extendió una mancha lívida y roja, y de pronto la visión se hizo clara.
Allí estaba él con el pecho machacado y ahogado en la mancha roja, de la que sobresalían
las costillas rotas como la estructura de un barco naufragado. Los ojos terribles y dolientes
estaban fijos en mí, y entonces supe que de ellos surgía aquel viento terrible...
Después el espectro desapareció con la velocidad con la que se apaga una bombilla,
pero seguía allí el viento cortante, y frente a mí estaba en pie Anthony en una habitación
tranquila y bien iluminada. Ya no había ninguna sensación de una presencia invisible; él y
yo estábamos a solas, con una conversación interrumpida en suspenso todavía entre
nosotros, en el aire cálido. Volví a ella lo mismo que uno regresa después de un anestésico.
Todo volvía a ser captado por la vista, irrealmente al principio, hasta que poco a poco fue
asumiendo la textura de la realidad.
—Estaba hablando con alguien, no conmigo —le dije—. ¿Quién era? ¿Qué decía?
Se pasó el dorso de la mano por la frente, brillante bajo la luz.
—Un alma del infierno —contestó.
Siempre es difícil recordar las sensaciones físicas cuando han pasado. Si ha tenido
frío pero se ha calentado, es difícil recordar cómo era el frío; si ha tenido calor y se ha
refrescado, es difícil entender lo que significaba realmente la opresión del calor.
Igualmente, al haberse ido esa presencia me sentía incapaz de volver a captar el
sentimiento de terror que sólo unos momentos antes me había invadido e inspirado.
—¿Un alma del infierno? —pregunté—. ¿De qué me está hablando?
Estuvo aproximadamente un minuto paseando por la habitación hasta que se acercó
a mí sentándose en el brazo de mi sillón.
—No sé qué es lo que usted vio, o qué sintió, pero en toda mi vida me había
sucedido nada tan real como lo que ha ocurrido en estos últimos minutos. He hablado con
un alma que habita el infierno del remordimiento, el único infierno posible. Por lo que
pasó la última noche sabía que quizás podía establecer por medio de mí comunicación con
el mundo que había abandonado, y por eso me buscó y me encontró. Me ha encargado
una misión ante una mujer que he visto, un mensaje del arrepentido... se imaginará de
quién estoy hablando...
Con repentina energía se puso en pie.
—Verifiquémoslo —dijo—. Me dio la calle y el número. ¡Aquí está el listín telefónico!
¿Sería una simple coincidencia si descubriera que en el número veinte de Chasemore
Street, South Kensington, vive Lady Payle?
Pasó las páginas del voluminoso libro.
—Sí, ahí vive —dijo.
_
ORUGAS
Hace uno o dos meses leí en un periódico italiano que Villa Cascana, en donde residí
en una ocasión, había sido derribada e iban a construir allí mismo algún tipo de fábrica.
No existe ya por tanto razón alguna para que evite escribir acerca de aquellas cosas que vi
personalmente (o imaginé ver) en una determinada habitación y en un cierto rellano de
esa villa, ni mencionar las circunstancias que siguieron y que, de acuerdo con la opinión
del lector, pueden o no arrojar alguna luz o relacionarse de alguna manera con esta
experiencia.
Villa Cascana era en todos los aspectos, salvo en uno, una casa absolutamente
deliciosa; pero si estuviera hoy en pie no hay nada en el mundo, y utilizo la frase en su
sentido literal, que pudiera inducirme a volver a poner un pie en ella, pues creo que estaba
embrujada de una manera terrible y práctica. Los fantasmas, una vez que todo ha sido
dicho y hecho, en su mayoría no causan gran daño; pueden quizás aterrar, pero la persona
a la que visitan usualmente se sobrepone a su aparición. También pueden ser totalmente
amistosos y beneficiosos. No lo eran las apariciones de Villa Cascana, y si hubieran hecho
su «visita» de una forma ligeramente distinta no creo que hubiera conseguido
sobreponerme a ella más de lo que lo hizo Arthur Inglis.
La casa se encontraba en la Riviera italiana, no lejos del Sestri di Levante, en una
colina recubierta de encinas desde la que se dominaban los azules iridiscentes de ese mar
encantador, mientras que por detrás se levantaban bosques de castaños color verde claro
que ascendían por las laderas de las colinas hasta que daban paso a los pinos, que
formando con los anteriores un contraste oscuro coronaban las cimas. A su alrededor, con
la abundancia de mediados de primavera, el jardín florecía y se llenaba de aromas, como
el de las magnolias y las rosas, por encima del frescor salado que traían los vientos del
mar, que fluía como una corriente por entre las habitaciones frescas y abovedadas.
Tres lados de la planta baja estaban rodeados por una loggia de anchas columnas, por
encima de las cuales se formaba una terraza a la que tenían acceso algunas habitaciones
del primer piso. La escalera principal, amplia y de escalones de mármol gris, subía desde
el vestíbulo hasta el rellano exterior a esas habitaciones, que eran tres, dos amplias salas de
estar con un dormitorio dispuesto en suite. Este último se hallaba desocupado, pero sí se
utilizaban las salas de estar. Desde éstas proseguía la escalera principal hasta el segundo
piso, en el que se encontraban otras habitaciones, una de las cuales ocupaba yo, mientras
que en el otro lado del rellano del primer piso media docena de escalones daban a otra
serie de habitaciones en las que, en el momento del que estoy hablando, tenía su
dormitorio y estudio Arthur Inglis, el artista. Así, el rellano exterior a mi habitación, en el
piso superior de la casa, daba al rellano del primer piso y también a los escalones que
conducían a las habitaciones de Inglis. Finalmente, Jim Stanley y su esposa (que eran mis
anfitriones) ocupaban las habitaciones de otra ala de la casa en la que se encontraban,
asimismo, los cuartos de los criados.
Llegué a la hora de la comida de un brillante día de mediados de mayo. El jardín
estallaba de colores y fragancias; y no podría haber resultado más deliciosa, tras el
sofocante paseo desde la marina, la llegada desde el calor reverberante y el resplandor del
día a la frescura marmórea de la villa. Pero en el momento en que puse el pie en la casa
sentí que algo iba mal (y con respecto a esto el lector no tiene otro remedio que aceptar mi
palabra). Diría que ese sentimiento era bastante vago, aunque muy potente, y recuerdo
que cuando vi las cartas que me aguardaban en la mesa del vestíbulo estuve seguro de que
allí estaba la explicación: comprendí que había en ellas malas noticias para mí. Y sin
embargo, cuando las abrí no encontré esa explicación de mi premonición: todos mis
corresponsales transmitían prosperidad. Pero, a pesar de ese presentimiento claramente
erróneo, no se disipó mi inquietud. En esa casa fresca y fragante había algo malo.
Pongo gran cuidado al mencionar esto porque he de explicar que, aunque por norma
general duermo tan maravillosamente que el momento de apagar la luz al meterme en la
cama suele parecerme contemporáneo de la llamada que me hacen a la mañana siguiente,
dormí muy mal la primera noche que pasé en Villa Cascana. Puede explicarlo también el
hecho de que cuando me quedé dormido (si realmente fue mientras dormía cuando vi lo
que creí ver) soñé de una forma muy viva y original; “original” en el sentido de que algo
que, por lo que sabía, no había entrado nunca antes en mi conciencia, de pronto la usurpó.
Pero desde entonces, además de esta premonición maligna, algunas palabras y
acontecimientos que se produjeron durante el resto del día pudieron sugerir algo de lo que
pensé que sucedió aquella noche, y que será conveniente relatar.
Tras el almuerzo di una vuelta alrededor de la casa con la señora Stanley, y durante
el paseo ella se refirió al dormitorio desocupado del primer piso, que daba a la habitación
en la que habíamos comido.
—Lo hemos dejado sin ocupar porque Jim y yo tenemos un vestidor y un dormitorio
encantadores en el ala, tal como vio, y si la utilizáramos para nosotros tendríamos que
convertir el comedor en un vestidor, y tomar las comidas abajo. Sin embargo, de esta
manera tenemos nuestro pequeño apartamento allí, Arthur Inglis tiene el suyo en el otro
pasillo; y recordé (¿no le parece extraordinario?) que usted dijo en una ocasión que cuanto
más arriba estuviera en una casa más a gusto se encontraba. Por eso le he colocado en el
piso superior, en lugar de darle esa habitación.
Es un hecho que en ese momento una duda, tan vaga e incierta como mi
premonición, cruzó por mi mente. No entendía el motivo de que la señora Stanley me
hubiera explicado todo aquello, si es que no había otra cosa que explicar. Por eso dejé que
en aquellos momentos ocupara mi mente el pensamiento de que había algo que debía ser
explicado con respecto a la habitación libre.
Pero hubo otra cosa que debí transmitir al sueño: en la cena la conversación giró un
momento acerca de los fantasmas. Inglis, con la certeza del convencido, expresó su
creencia de que no podía considerarse imbécil a cualquiera que creyera en la existencia de
los fenómenos sobrenaturales. El interés por el tema decayó al instante y, por lo que soy
capaz de recordar, no se dijo ni sucedió nada más que pudiera tener relación con los
acontecimientos posteriores.
Todos nos retiramos bastante pronto y particularmente yo subí las escaleras
bostezando porque me sentía terriblemente somnoliento. Mi habitación estaba bastante
caldeada y abrí todas las ventanas, por las que entró la luz blanca de la luna y las
canciones amorosas de muchos ruiseñores. Me desvestí rápidamente y me metí en la
cama, pero aunque antes había sentido tanto sueño ahora estaba muy despierto. Sin
embargo eso no me inquietaba ni molestaba: no empecé a dar vueltas y a girar en la cama,
pues me sentía muy feliz de escuchar el canto de los pájaros y ver la luz. Es posible que
entonces me quedara dormido, y en tal caso lo que voy a relatar puede que fuera un
sueño. De cualquier modo, pensé que al cabo de un tiempo los ruiseñores dejaron de
cantar y la luna descendió. Pensé también que, por alguna razón inexplicable, iba a estar
despierto toda la noche, por lo que podía dedicarme a leer, y recordé que había dejado un
libro que me resultaba interesante en el comedor del primer piso. Salí pues de la cama,
encendí una vela y bajé. Entré en el comedor, vi en una mesa auxiliar el libro que había ido
a buscar y en ese momento, simultáneamente, vi que se abría la puerta que daba al
dormitorio libre. Salía de él una curiosa luz grisácea, que no era ni del amanecer ni de la
luna, y miré en su interior. La cama, una cama grande con cuatro columnas en sus
esquinas, estaba frente a la puerta, y sobre el cabezal colgaban tapices. Vi entonces que la
luz grisácea del dormitorio procedía de la cama, o más bien de lo que había sobre ella.
Pues estaba cubierta de grandes orugas, de aproximadamente treinta centímetros de
longitud, que se arrastraban sobre ella. Eran débilmente luminosas y la luz que emitían era
la que me permitía ver la habitación. En lugar de las ventosas de las patas de las orugas
ordinarias tenían pinzas como los cangrejos, y se movían agarrándose con ellas y
deslizando luego el cuerpo hacia delante. El color de esos insectos espantosos era gris
amarillento, aunque estaban cubiertos de bultos irregulares. Debía haber cientos de ellos,
pues formaban sobre la cama una especie de pirámide que se arrastraba y agitaba. De vez
en cuando una oruga caía al suelo con un ruido apagado, carnoso y suave, y aunque el
suelo fuera duro cedía ante las ventosas de las patas como si fuera de masilla, por lo que la
oruga retrocedía y volvía a subirse a la cama uniéndose a sus temibles compañeras. Por así
decirlo, no daba la impresión de que tuvieran rostro, sino que un extremo de ellas era una
boca que se abría lateralmente para respirar.
Mientras las estaba mirando me pareció como si de pronto todas ellas fueran
conscientes de mi presencia. Al menos todas las bocas se volvieron en mi dirección, y un
instante después empezaban a tirarse de la cama produciendo en el suelo esos golpes
sordos, suaves y carnosos, y a arrastrase hacia mí. Durante un segundo me quedé
paralizado, como sucede a veces en los sueños, pero inmediatamente después eché a
correr escaleras arriba hasta mi habitación; me acuerdo muy bien de la sensación de
frialdad de los escalones de mármol bajo mis pies descalzos. Entré corriendo en la
habitación, cerré con un portazo la puerta a mis espaldas y entonces, ciertamente, estaba
ya bien despierto, me encontré de pie junto a mi cama cubierto por el sudor del terror.
Resonaba todavía en mis oídos el golpetazo de la puerta. No cesó entonces, como habría
sido normal de haberse tratado de una simple pesadilla, el terror que se había apoderado
de mí al ver esos horrendos animales arrastrándose por la cama o dejándose caer
blandamente sobre el suelo. Despierto ahora, lo mismo que antes estaba soñando, no pude
recuperarme plenamente del horror del sueño: no me parecía que hubiera soñado. Y hasta
el amanecer, sentado o en pie, no me atreví a acostarme pensando que cada ruido o
movimiento que escuchaba significaba que las orugas se estaban aproximando. Ante ellas,
y ante las garras que se clavaban en el cemento del suelo, la madera de la puerta no era
sino un juego de niños: ni el acero podría mantenerlas a raya.
Pero con el dulce y noble retorno del día desapareció el horror: el susurro del viento
volvió a ser benigno; el miedo innombrable, fuese lo que fuese, se suavizó, y dejó de
aterrarme. Despuntó el alba, al principio sin tonos de color; después adoptó el color de las
palomas; y finalmente se extendió por el cielo el espectáculo brillante y flamígero de la luz.
Una norma admirable de aquella casa era que todo el mundo desayunara donde y
cuando quisiera, por lo que hasta la hora del almuerzo no me encontré con ningún otro
miembro del grupo, pues había desayunado en mi terraza y hasta la comida me dediqué a
escribir cartas y a otras actividades personales. Bajé a comer bastante tarde, cuando ya los
otros tres habían empezado a hacerlo. Entre el cuchillo y el tenedor me habían dejado una
pequeña cajita de pildoras hecha de cartón y en el momento en que me sentaba me habló
Inglis:
—Fíjese en eso —dijo—. Ya que le interesa la historia natural. Anoche lo encontré
arrastrándose por encima de mi colcha, pero no sé qué es.
Creo que antes incluso de abrir la cajita esperaba ver ya lo que encontré en ella. En su
interior había una pequeña oruga de color amarillo grisáceo con curiosos bultos y
excrecencias en sus aros. Era extremadamente activa y se movía a toda prisa por la caja,
dando vueltas en una y otra dirección. Sus patas no se parecían a las de ninguna oruga
que yo hubiera visto: eran como las pinzas de un cangrejo. La contemplé y cerré la
tapadera.
—No, no la había visto nunca —dije—. Pero parece bastante poco saludable. ¿Qué va
a hacer con ella?
—Ah, la guardaré —contestó Inglis—. Ha empezado a girar y quisiera ver en qué
tipo de polilla se convierte.
Volví a abrir la caja y me di cuenta de que esos movimientos presurosos eran
realmente el inicio del giro para formar la tela de su capullo. Entonces Inglis volvió a
hablar.
—Tiene unas patas curiosas —dijo—. Son como pinzas de cangrejos. ¿Cuál es el
término latino de cangrejo? Ah, sí, cáncer. Pues como parece que es única, vamos a
bautizarla: «cáncer inglisensis».
Entonces pasó algo en mi cerebro, como si en un momento se unieran las piezas de
todo lo que había visto o soñado. En sus palabras me pareció que había algo que
iluminaba el conjunto, y el horror intenso que había experimentado yo aquella noche se
unió con lo que el pintor acababa decir. Cogí la caja y la arrojé, con la oruga dentro, por la
ventana. El camino exterior estaba cubierto de gravilla y más allá había una fuente cuya
agua caía en un cuenco. La caja cayó en medio.
Inglis se echó a reír.
—Así que a los estudiosos de lo oculto no les gustan los hechos sólidos. ¡Pobre oruga
mía!
La conversación recayó enseguida sobre otros temas, y sólo he detallado estas
trivialidades, tal como sucedieron, para estar seguro de haber registrado todo lo que
pudiera tener relación con temas ocultos o con el de las orugas. En el momento en el que
lancé la cajita de pildoras a la fuente perdí la cabeza: mi única excusa es que el animal que
la ocupaba, como probablemente habrá resultado evidente, era exactamente igual, en
miniatura, que los que había visto amontonados sobre el lecho del dormitorio libre. Y
aunque la traducción de esos fantasmas en carne y hueso —o en aquel material del que
estén hechos las orugas— debió servir quizás de alivio al horror de la noche, en realidad
no lo hizo. Sólo sirvió para volver más espantosamente real la pirámide que se arrastraba
sobre la cama del dormitorio libre. Tras el almuerzo pasamos una o dos horas paseando
perezosamente por el jardín o sentados en la loggia, y debían ser ya las cuatro cuando
Stanley y yo fuimos a bañarnos recorriendo el camino que llevaba a la fuente en la que
había caído la cajita. El agua, poco profunda, estaba clara, y en el fondo vi sus restos
blancos. El agua había desintegrado el cartón, del que no quedaba más que algunas tiras y
hebras de papel empapado. El centro de la fuente lo ocupaba un cupido italiano de
mármol que lanzaba el agua desde un odre que sostenía bajo el brazo. Y la oruga estaba
subiendo por su pierna. Por extraño e increíble que pueda parecer, debió sobrevivir a la
caída y rotura de su prisión, y se había abierto camino hasta el borde, y allí estaba, fuera
de nuestro alcance, moviéndose circularmente para formar su capullo.
Mientras la miraba volvió a parecerme que, como las orugas que había visto la noche
anterior, ella me vio, rompió las hebras que la rodeaban, descendió por la pierna de
mármol del cupido y empezó a nadar hacia mí, como una serpiente, por la superficie del
agua de la fuente. Se acercó a una velocidad extraordinaria (el hecho de que una oruga
supiera nadar era ya nuevo para mí) y un momento después estaba subiendo por el borde
de mármol de la fuente. Fue en ese momento cuando Inglis se unió a nosotros.
—Vaya, ¿no es otra vez nuestra vieja «cáncer inglisensis»? —preguntó al ver el
animal—. ¡Tiene una prisa tremenda!
Estábamos de pie en el camino, uno al lado del otro, y cuando la oruga se acercó a
menos de un metro de nosotros, se detuvo y empezó a agitarse como si dudara con
respecto a la dirección que debía tomar. Luego pareció decidirse y se arrastró hacia el
zapato de Inglis.
—Yo le gusto más —dijo él—. Aunque me parece que ella no me gusta a mí. Y ya que
no se ha ahogado, creo que quizás...
Agitó el zapato por encima de la gravilla y la pisó.
Toda la tarde el aire fue poniéndose más y más pesado por causa del siroco que subía
sin duda desde el sur, y por la noche volví a sentirme muy somnoliento cuando subí a
acostarme; pero por así decirlo, por debajo de mi somnolencia estaba la conciencia, mucho
más poderosa que la noche anterior, de que algo iba mal en la casa... de que se aproximaba
algo peligroso. Pero me quedé dormido enseguida, y más tarde, aunque no sé cuánto
tiempo había pasado, desperté o soñé que despertaba con la sensación de que debía
levantarme enseguida o sería demasiado tarde. En ese momento (soñando o despierto) luché
contra ese miedo diciéndome a mí mismo que sólo era víctima de mis nervios,
exacerbados por el siroco, aunque al mismo tiempo supiera con claridad absoluta en otra
parte de mi mente, por así decirlo, que con cada momento de retraso aumentaba el peligro.
Esa segunda sensación acabó por ser irresistible, por lo que me puse la chaqueta y los
pantalones y salí al descansillo. Comprendí entonces que ya me había retrasado bastante y
que era ya demasiado tarde.
Todo el descansillo del primer piso inferior resultaba invisible bajo el enjambre de
orugas que allí se arrastraban. Las puertas plegables de la sala de estar que daba al
dormitorio donde las había visto la noche anterior estaban cerradas, pero cruzaban por
entre las grietas y se dejaban caer de una en una por el agujero de la cerradura,
alargándose hasta convertirse en cuerdecillas al pasar, y volviendo a recuperar su tamaño
al salir. Algunas, como si estuvieran explorando, rozaban los escalones que daban al
pasillo en cuyo extremo estaban las habitaciones de Inglis, y otras se arrastraban por los
escalones inferiores que llevaban hasta donde yo me encontraba. Pero el descansillo estaba
totalmente cubierto por ellas: tenía cortadas las salidas. No puedo expresar con palabras el
horror helado que se apoderó de mí cuando vi aquello.
Finalmente se inició un movimiento general y fueron espesándose en los escalones
que llevaban al dormitorio de Inglis. Gradualmente, como una especie de horrenda marea
de carne, avanzaron por el pasillo y vi que llegaban a su puerta las primeras, visibles
gracias a la luminosidad gris clara que ellas mismas emitían. Una y otra vez traté de gritar
y advertirle, aterrado siempre por la posibilidad de que pudieran darse la vuelta al oír mi
voz y subir por mi escalera, pero pese a mis esfuerzos comprendí que ningún sonido salía
de mi garganta. Se arrastraron por entre las aberturas de los goznes de su puerta, pasaron
como lo habían hecho antes y yo me quedé clavado allí, haciendo esfuerzos impotentes
por gritarle, por decirle que se escapara mientras tuviera tiempo.
El pasillo acabó por quedarse totalmente vacío: habían desaparecido todas y en ese
momento tuve conciencia por primera vez del frío del piso de mármol sobre el que me
hallaba descalzo. Por el este empezaba a despuntar el alba.
Seis meses después me encontré con la señora Stanley en una casa de campo de
Inglaterra. Hablamos de muchos temas y finalmente dijo:
—Creo que no le he visto desde que tuve las malas noticias sobre Arthur Inglis, hace
ya un mes.
—No sé nada de ellas —respondí yo.
—¿No? Tiene cáncer. Ni siquiera aconsejan una operación, pues no hay esperanza de
curación: dicen los doctores que está invadido.
Durante esos seis meses no creo que hubiera pasado un solo día en el que no hubiera
recordado los sueños (o como prefiera llamarlos el lector) que tuve en Villa Cascana.
—Es horrible, ¿no le parece? —prosiguió ella—. Y siento que no puedo evitar la idea
de que él pudo...
—¿Enfermar en la villa? —pregunté yo.
Ella me miró con cara de sorpresa.
—¿Por qué ha dicho eso? —preguntó—. ¿Cómo sabía usted...?
Entonces me lo contó. Un año antes, en el dormitorio libre había habido un caso fatal
de cáncer. Evidentemente, ella había buscado los mejores consejos, y le habían dicho que
debía seguir los dictados de la máxima prudencia y que nadie debía dormir en la
habitación, que ésta había sido totalmente desinfectada y recientemente encalada y
pintada. Pero...
_
CÓMO DESAPARECIÓ EL MIEDO
DE LA GALERÍA ALARGADA

Church-Peveril es una casa tan acosada y frecuentada por espectros, tanto visibles
como audibles, que ningún miembro de la familia que vive bajo su acre y medio de tejados
de color verde cobrizo se toma mínimamente en serio los fenómenos psíquicos. Para los
Peveril la aparición de un fantasma es un hecho que apenas tiene mayor significado que la
del correo para aquellos que viven en casas más ordinarias. Es decir, llega prácticamente
todos los días, llama (o provoca algún otro ruido), se le ve subir por la calzada (o por
cualquier otro lugar). Yo mismo, encontrándome allí, he visto a la actual señora Peveril,
que es bastante corta de vista, escudriñar en la oscuridad mientras tomábamos el café en la
terraza, después de la cena, y decirle a su hija:
—Querida, ¿no es la Dama Azul la que acaba de meterse entre los arbustos? Espero
que no asuste a Fio. Silba a Fio para que venga, querida.
(Debe saberse que Fio es el más joven y hermoso de los numerosos perros tejoneras
que allí viven.)
Blanche Peveril lanzó un silbido rápido y masticó entre sus blanquísimos dientes el
azúcar que no se había disuelto y se encontraba en el fondo de su taza de café.
—Bueno, querida, Fio no es tan tonta corno para preocuparnos —dijo—. ¡La pobre tía
Bárbara azul es tan aburrida! Siempre que me la encuentro parece como si quisiera
hablarme, pero cuando le pregunto: «¿Qué sucede, tía Bárbara?», no responde nunca, sólo
señala hacia algún lugar de la casa, en un movimiento vago. Creo que quiere confesar algo
que sucedió hace unos doscientos años, pero que ha olvidado de qué se trata.
En ese momento Fio dio dos o tres ladridos breves y complacidos, salió de entre los
arbustos moviendo la cola y empezó a corretear alrededor de lo que a mí me parecía un
trozo de prado absolutamente vacío.
—¡Mira! Fio ha hecho amistad con ella —comentó la señora Peveril—. Me preguntó
por qué se vestirá con ese estúpido tono azul.
De lo anterior puede deducirse que incluso con respecto a los fenómenos psíquicos
hay cierta verdad en el proverbio que habla de la familiaridad. Pero no es exacto que los
Peveril traten a sus fantasmas con desprecio, pues la mayor parte de los miembros de esa
deliciosa familia jamás ha despreciado a nadie salvo a aquellas personas que reconocen no
interesarse por la caza, el tiro, el golf o el patinaje. Y dado que todos sus fantasmas
pertenecen a la familia, parece razonable suponer que todos ellos, incluso la pobre Dama
Azul, destacaron alguna vez en los deportes de campo. Por tanto, y hasta ahora, no han
albergado sentimientos de desprecio o falta de amabilidad, sino sólo de piedad. Por
ejemplo, le tienen mucho cariño a un Peveril que se rompió el cuello en un vano intento de
subir la escalera principal montado en una yegua de pura sangre después de algún acto
monstruoso y violento que se había producido en el jardín de atrás, y Blanche baja las
escaleras por la mañana con una mirada inusualmente brillante cuando puede anunciar
que el amo Anthony «armó mucho alboroto» anoche. Dejando a un lado el hecho de que el amo Anthony hubiera sido un rufián tan vil, también fue un tipo tremendo en el campo, y
a los Peveril les gustan estos signos de la continuidad de su soberbia vitalidad. De hecho,
cuando uno permanecía en Church-Peveril se suponía que era un cumplido que se le
asignara un dormitorio frecuentado por miembros difuntos de la familia. Eso significa que
a uno le consideran digno de ver al augusto y villanesco difunto, y que se encontrará en
alguna cámara abovedada o cubierta de tapices, sin el beneficio de la luz eléctrica, y le
contarán que la tatarabuela Bridget se dedica ocasionalmente a ciertos e imprecisos
asuntos junto a la chimenea, pero que es mejor no hablarle, y que uno oirá
«tremendamente bien» al amo Anthony si éste utiliza la escalera principal en algún
momento anterior al amanecer. Después te abandonan para el reposo nocturno y, tras
haberte desvestido entre temblores, empiezas a apagar, desganadamente, las velas. En
esas grandes estancias hay corrientes, por lo que los solemnes tapices se mueven, rugen y
amainan, y las llamas de la chimenea bailan adoptando las formas de cazadores,
guerreros, y recuerdan severas persecuciones. Entonces te metes en la cama, una cama tan
enorme que sientes como si se extendiera ante ti el desierto del Sahara, y, lo mismo que los
marineros que zarparon con San Pablo, rezas para que llegue el día. En todo momento te
das cuenta de que Freddy, Harry, Blanche y posiblemente hasta la señora Peveril son
totalmente capaces de disfrazarse y provocar inquietantes ruidos fuera de tu puerta, para
que cuando la abras te encuentres frente a un horror que ni siquiera puedes sospechar. Por
mi parte, me aferré a la afirmación de que tengo una desconocida enfermedad en las
válvulas cardíacas, y así pude dormir sin ser molestado en el ala nueva de la casa, en la
que nunca penetran tía Bárbara, la tatarabuela Bridget o el amo Anthony. He olvidado los
detalles de la tatarabuela Bridget, pero parece ser que le cortó la garganta a un pariente
distante antes de haber sido destripada ella misma con el hacha que se utilizó en
Agincourt. Antes de eso había llevado una vida muy apasionada y repleta de incidentes
sorprendentes.
Pero hay en Church-Peveril un fantasma del que la familia nunca se ríe, y por el que
no sienten ningún interés amigable o divertido, y del que sólo hablan lo necesario para la
seguridad de sus invitados. Sería más adecuado describirlo como dos fantasmas, pues la
«aparición» en cuestión es la de dos niños muy jóvenes, gemelos. Sin razón alguna, la
familia se los toma muy en serio. La historia de éstos, tal como me la contó la señora
Peveril, es la siguiente:
En el año de 1602, el que fue el último de la Reina Isabel, recibía en la Corte grandes
favores un tal Dick Peveril. Era hermano del amo Joseph Peveril, propietario de las tierras
y la casa familiar, quien dos años antes, a la respetable edad de setenta y cuatro años, fue
padre de dos muchachos gemelos, primogénitos de su progenie. Se sabe que la regia y
anciana virgen le había dicho al bello Dick, casi cuarenta años más joven que su hermano
Joseph, «es una pena que no seas el amo de Church-Peveril», y fueron probablemente esas
palabras las que le sugirieron un plan siniestro. Pero sea como sea, el guapo Dick, que
mantenía adecuadamente la reputación familiar de perversidad, cabalgó hasta Yorkshire y
descubrió el conveniente hecho de que a su hermano Joseph le acababa de dar una
apoplejía, la cual parecía consecuencia de una racha continuada de tiempo caluroso
combinada con la necesidad de apagar la sed con una dosis cada vez mayor de Jerez, y
llegó a morir mientras el guapo Dick, que Dios sabrá qué pensamientos tenía en su mente,
se dirigía hacia el norte. Llegó así a Church-Peveril a tiempo para el funeral de su
hermano. Asistió con gran decoro a las exequias y regresó para pasar uno o dos días de
luto con su cuñada viuda, dama de corazón débil poco apta para acoplarse a halcones
como aquél. En la segunda noche de su estancia, hizo lo que los Peveril han lamentado
hasta hoy. Entró en el dormitorio en el que dormían los gemelos con su ama y estranguló
tranquilamente a ésta mientras dormía. Cogió después a los gemelos y los arrojó al fuego
que calienta la galería alargada. El tiempo, que hasta el día mismo de la muerte de Joseph
había sido tan caluroso, se había vuelto de pronto muy frío, por lo que en la chimenea se
amontonaban los leños ardientes y estaba llena de llamas. En medio de esta conflagración
abrió una cámara de cremación y arrojó en ella a los dos niños, pateándolos con sus botas
de montar. Éstos, que apenas sabían andar, no pudieron salir de aquel lugar ardiente. Se
cuenta que él se reía mientras echaba más leños. Se convirtió así en amo de Church-
Peveril.
El crimen no le sirvió de mucho, pues no vivió más de un año disfrutando de su
herencia teñida de sangre. Cuando yacía como moribundo se confesó al sacerdote que le
atendía, pero su espíritu salió de su envoltura carnal antes de que pudieran darle la
absolución. Aquella misma noche comenzó en Church-Peveril la aparición de la que hasta
hoy raramente habla la familia, y en caso de hacerlo sólo en voz baja y con semblante
serio. Una hora o dos después de la muerte del guapo Dick uno de los criados, al pasar por
la puerta de la larga galería, escuchó dentro risotadas tan joviales y al mismo tiempo tan
siniestras como las que no creía que iba a volver a escuchar en la casa. En uno de esos
momentos de valor frío tan cercanos al terror mortal, abrió la puerta y entró, esperando
ver alguna manifestación del que yacía muerto en la habitación inferior. Pero lo que vio
fue a dos pequeñas figuras vestidas de blanco que avanzaban hacia él con poca seguridad
cogidas de la mano sobre el suelo iluminado por la luna.
Los que se encontraban en la habitación de abajo subieron rápidamente
sobresaltados por el ruido que produjo el cuerpo del criado al caer, y le encontraron
atacado por una convulsión terrible. Poco antes de amanecer recuperó la conciencia y
contó su historia. Luego, señalando la puerta con un dedo tembloroso y ceniciento, lanzó
un grito y cayó muerto hacia atrás.
En los cincuenta años siguientes se fijó y consolidó esta leyenda extraña y terrible de
los gemelos. Por fortuna para los habitantes de la casa, su aparición era muy rara, y
durante aquellos años parece ser que sólo fueron vistos en cuatro o cinco ocasiones.
Siempre se presentaban por la noche, entre el crepúsculo y el amanecer, siempre en la
misma galería alargada, y siempre como dos niños que avanzan sin seguridad, apenas
sabiendo andar. Y en todas las ocasiones el desafortunado individuo que les vio murió de
manera rápida o terrible, o rápida y terrible al mismo tiempo, después de que se le hubiera
presentado la visión maldita. A veces conseguía vivir algunos meses: pero tenía suerte si
moría, tal como le sucedió al criado que les vio la primera vez, en pocas horas. Mucho más
terrible fue el destino de una tal señora Canning, que tuvo la mala fortuna de verles en
mitad del siguiente siglo, o para ser más precisos en el año de 1760. Para entonces las
horas y el lugar de la aparición eran bien conocidos, y hasta hace un año se advertía a los
visitantes que no entraran en la galería alargada entre el crepúsculo y el amanecer.
Pero la señora Canning, mujer hermosa y de gran inteligencia, además de
admiradora y amiga del notorio escéptico señor Voltaire, acudía a propósito al lugar de la
aparición y se sentaba allí noche tras noche a pesar de las protestas de todos los demás.
Durante cuatro noches no vio nada, pero en la quinta se cumplió su deseo, pues se abrió la
puerta situada en mitad de la galería y caminó con paso inseguro hacia ella la pareja de
pequeños inocentes de mal augurio. Parece ser que ni siquiera entonces se asustó, pues a
la pobre infeliz le pareció adecuado burlarse de ellos y decirles que era hora de que
regresaran al fuego. Estos no le respondieron, sino que se dieron la vuelta y se alejaron de
ella llorando y sollozando. Inmediatamente después de que desaparecieran de su vista,
descendió con movimientos ligeros hasta donde le aguardaban los familiares y huéspedes
de la casa, y anunció con aire triunfal que había visto a ambos y tenía necesidad de escribir
al señor Voltaire para contarle que había hablado con los espíritus manifestados. Eso le
haría reír. Pero cuando meses más tarde le llegaron todas las noticias, no pudo reír en
absoluto.
La señora Canning era una de las bellezas de su época, y en el año de 1760 estaba en
la cumbre y el cénit de su florecimiento. Su principal atractivo, si es posible destacar un
punto donde todo era tan exquisito, radicaba en el color deslumbrante y el brillo
incomparable de su tez. Tenía entonces treinta años, pero a pesar de los excesos de su vida
conservaba la nieve y las rosas de su juventud, y cortejaba la luz brillante del día que otras
mujeres evitaban, pues con ella se mostraba con gran ventaja el esplendor de su piel. Por
eso se sintió considerablemente abrumada una mañana, unos quince días después de la
extraña experiencia de la galería, al observar en la mejilla izquierda, tres o cuatro
centímetros por debajo de sus ojos color turquesa, una manchita grisácea en el cutis, del
tamaño de una moneda de tres peniques. En vano se aplicó sus habituales enjuagues y
ungüentos: vanas fueron también las artes de su fárdense y de su consejero médico. Se
mantuvo apartada durante una semana martirizándose con la soledad y médicos
desconocidos, y como consecuencia al final de esa semana no había mejorado para
consolarse: lo que sucedió en cambio fue que el tamaño de aquella lamentable mancha gris
se había doblado. Después de eso, la desconocida enfermedad, fuera la que fuese, se
desarrolló de maneras nuevas y terribles. Desde el centro de la mancha brotaron pequeños
zarcillos parecidos a líquenes de color gris verdoso, y apareció otra mancha sobre su labio
inferior. También ésta tuvo un crecimiento vegetal y una mañana, al abrir los ojos al horror
de un nuevo día, descubrió que su vista se había vuelto extrañamente borrosa. De un salto
se acercó a su espejo y lo que vio le hizo gritar horrorizada. Pues del párpado superior
había brotado por la noche un nuevo crecimiento, semejante a un champiñón, y sus
filamentos se extendían hacia abajo cubriendo la pupila del ojo. Poco después fueron
atacadas la lengua y la garganta: se obstruyeron los conductos del aire y, tras tantos
sufrimientos, la muerte por sofocación resultó piadosa.
Más aterrador fue todavía el caso de un tal coronel Blantyre, que disparó a los niños
con su revolver. Pero lo que sucedió no lo registraremos aquí.
Era por tanto esa aparición la que los Peveril se tomaban muy en serio, y a todo
invitado que llegara a la casa se le advertía que no entrara bajo ningún pretexto en la
galería alargada desde la caída de la noche. Sin embargo durante el día es una habitación
deliciosa que merece ser descrita por sí misma, aparte del hecho de que para lo que voy a
relatar ahora se necesita una clara comprensión de su geografía. Tiene sus buenos
veinticinco metros de longitud, y está iluminada por una fila de seis ventanas altas que
dan a los jardines traseros. Una puerta comunica con el rellano superior de la escalera
principal, y a mitad de la galería, en la pared que da a las ventanas, hay otra puerta que
comunica con la escalera posterior y los alojamientos del servicio, de manera que la galería
es un lugar de paso constante para ellos cuando acuden a las habitaciones del primer
rellano. Por esa puerta entraron los pequeños niños cuando se le aparecieron a la señora
Canning, y se sabe que también en otras ocasiones entraron por ella, pues la habitación de
la que les sacó el guapo Dick está exactamente más allá de la parte superior de la escalera
posterior. También está en la galería la chimenea a la que los arrojó, y en el extremo hay
un gran mirador que da directamente a la avenida. Encima de la chimenea está colgado,
con un significado tenebroso, un retrato del guapo Dick con la belleza insolente de su
juventud, atribuido a Holbein, y hay frente a las ventanas otra docena de retratos de gran
mérito. Durante el día es la sala de estar más frecuentada de la casa, pues sus otros
visitantes nunca se presentan allí en esos momentos, ni resuena jamás la risa jovial y dura
del guapo Dick, que a veces es escuchada, cuando ha anochecido, por los que pasan por el
rellano exterior. Pero a Blanche no se le pone la mirada brillante cuando la oye: se tapa los
oídos y se apresura a alejarse lo más posible del sonido de esa alegría atroz.
Durante el día, numerosos ocupantes frecuentan la galería alargada, y resuenan allí
muchas risas que en modo alguno son siniestras o saturnianas. Cuando el verano es
caluroso, los ocupantes reposan en los asientos de las ventanas, y cuando el invierno
extiende sus dedos helados y sopla con estridencia entre sus palmas congeladas, se
congregan alrededor de la chimenea del extremo y, en compañía de alegres conversadores,
se sientan en el sofá, las sillas, los sillones y el suelo. A menudo he estado sentado allí en
las largas tardes de agosto hasta la hora de la cena, pero nunca, al oír que alguien
pareciera dispuesto a quedarse hasta más tarde, he dejado de oír la advertencia: «Se cierra
al anochecer: ¿nos vamos?» Posteriormente, en los días más cortos del otoño suelen tomar
allí el té, y ha sucedido a veces que incluso cuando la alegría era mayor la señora Peveril
miraba de pronto por la ventana y decía:
—Queridos, se está haciendo demasiado tarde: prosigamos nuestras absurdas
historias abajo, en el salón.
Y entonces, por un momento, un curioso silencio cae siempre sobre los locuaces
invitados y familiares, y como si acabáramos de enterarnos de alguna mala noticia todos
salimos en silencio del lugar. Hay que decir, sin embargo, que el espíritu de los Peveril
(me refiero claro está al de los vivos) es de lo más mercuriano que pueda imaginarse, por
lo que el infortunio que cae sobre ellos al pensar en el guapo Dick y sus hechos desaparece
de nuevo con sorprendente rapidez.
Poco después de las Navidades del último año se encontraba en Church-Peveril un
grupo típico, amplio, juvenil y particularmente alegre, y como de costumbre, el treinta y
uno de diciembre la señora Peveril celebraba su baile anual de Nochevieja. La casa estaba
atestada y habían acudido la mayor parte de las familias Peveril para que proporcionaran
dormitorio a aquellos invitados que no lo tenían. Durante los días anteriores, una helada
negra y sin viento había impedido toda actividad de caza, pero mala es la falta de viento
que golpea sin producir bien (si se me permite mezclar así las metáforas), y el lago que
había bajo la casa se había cubierto durante los últimos dos días con una capa de hielo
adecuada y admirable. Todos los que habitaban la casa ocuparon la mañana entera de
aquel día realizando veloces y violentas maniobras sobre la esquiva superficie, y en cuanto
terminamos el almuerzo todos, con una sola excepción, volvimos a salir precipitadamente.
La excepción fue Madge Dalrymple, quien había tenido la mala fortuna de sufrir una caída
bastante seria a primera hora, aunque esperaba que si dejaba reposar su rodilla herida, en
lugar de unirse de nuevo a los patinadores, podría bailar aquella noche. Es cierto que
aquella esperanza era de lo más optimista, pues sólo pudo regresar a la casa cojeando de
manera innoble, pero con esa alegría jovial que caracteriza a los Peveril (es prima hermana
de Blanche), comentó que en su estado presente sólo podría obtener un placer tibio con el
patinaje, y por ello estaba dispuesta a sacrificar un poco para poder luego ganar mucho.
En consecuencia, tras una rápida taza de café que fue servida en la galería alargada,
dejamos a Madge cómodamente reclinada en el sofá grande situado en ángulo recto con la
chimenea, con un libro atractivo que le permitiera entretener el tedio hasta la hora del té.
Como era de la familia, lo sabía todo sobre el guapo Dick y los niños, y conocía el destino
de la señora Canning y el coronel Blantyre, pero cuando nos íbamos oí que Blanche le
decía:
—No te quedes hasta el último minuto, querida.
—No —le contestó Madge—. Saldré bastante antes del crepúsculo.
Y así nos fuimos, dejándola a solas en la galería.
Madge pasó algunos minutos leyendo su atractivo libro, pero como no conseguía
sumergirse en él, lo dejó y se acercó cojeando a la ventana. Aunque apenas eran poco más
de las dos, entraba por ella una luz sombría e incierta, ya que el brillo cristalino de la
mañana había dado paso a una oscuridad velada que producían las espesas nubes que se
acercaban perezosamente desde el nordeste. El cielo entero estaba ya cubierto por ellas, y
ocasionalmente algunos copos de nieve se agitaban ondulantes frente a las largas
ventanas. Por la oscuridad y el frío de la tarde, le pareció que iba a caer una fuerte nevada
en breve, y aquellos signos exteriores tenían un paralelismo interior en esa somnolencia
apagada del cerebro que provoca la tormenta en los seres sensibles a las presiones y
veleidades del clima. Madge era presa peculiar de esas influencias externas: una mañana
alegre producía un brillo y una energía inefables en su espíritu, y en consecuencia la
proximidad del mal tiempo le producía una sensación somnolienta que al mismo tiempo
la deprimía y adormecía.
En ese estado de ánimo regresó cojeando al sofá situado junto a la chimenea. Toda la
casa estaba cómodamente calentada por calefacción de agua, y aunque el fuego de leños y
turba, que formaban una combinación adorable, ardía muy bajo, la habitación se
encontraba caliente. Contempló ociosamente las llamas menguantes y no volvió a abrir el
libro, sino que se quedó tumbada en el sofá de cara a la chimenea, intentando escribir
adormecida una o dos cartas en cuya escritura iba retrasada en lugar de irse
inmediatamente a su habitación a pasar el tiempo hasta que el regreso de los patinadores volviera a traer la alegría a la casa. Adormecida, empezó a pensar en lo que debía
comunicar: una carta a su madre, muy interesada por los asuntos psíquicos de la familia.
Le contaría que el amo Anthony había estado prodigiosamente activo en la escalera una o
dos noches antes, y que la Dama Azul, con independencia de la severidad del clima, había
sido vista paseando aquella misma mañana por la señora Peveril. Resultaba bastante
interesante que la Dama Azul hubiera bajado por el paseo de los laureles y se la hubiera
visto entrar en los establos, en los que en aquel momento Freddy Peveril estaba
inspeccionando los caballos de caza. En ese instante se extendió por los establos un pánico
repentino y los caballos empezaron a relinchar, cocear, espantarse y sudar. De los gemelos
fatales no se había visto nada en muchos años, pero tal como su madre sabía, los Peveril
no utilizaban nunca la galería larga después de la caída del sol.
En ese momento se irguió, al recordar que se encontraba en la galería. Pero apenas sí
pasaba un poco de las dos y media, y si se iba a su habitación en media hora tendría
tiempo suficiente para escribir esa carta y la otra antes del té. Hasta entonces leería el libro.
Se dio cuenta entonces de que lo había dejado en el alféizar de la ventana y no le pareció
oportuno ir a recogerlo. Se sentía muy adormilada.
El sofá había sido tapizado recientemente en un terciopelo de tono verde grisáceo,
parecido al color del liquen. Era de una textura suave y gruesa, y estiró perezosamente los
brazos, uno a cada lado del cuerpo, apretando la lanilla con los dedos. Qué horrible había
sido la historia de la señora Canning: lo que le creció en el rostro tenía el color del liquen.
Y entonces, sin más transición o desdibujamiento del pensamiento, Madge se quedó
dormida.
Soñó. Soñó que despertaba y se encontraba exactamente donde se había dormido, y
exactamente en la misma actitud. Las llamas de los leños habían vuelto a avivarse y
saltaban sobre las paredes, iluminando adecuadamente el cuadro del guapo Dick colgado
sobre la chimenea. En el sueño sabía exactamente lo que había hecho aquel día, y por qué
razón se encontraba recostada allí en lugar de estar fuera con los demás patinadores.
Recordaba también (todavía en sueños) que iba a escribir una o dos cartas antes del té, y se
dispuso a levantarse para regresar a su habitación. Cuando lo había hecho a medias, vio
sus brazos recostados a ambos lados sobre el sofá de terciopelo gris. Pero no podía ver
dónde estaban sus manos y dónde empezaba el terciopelo: parecía que los dedos se le
hubieran fusionado con la lana. Veía con toda claridad las muñecas, una vena azul en el
dorso de las manos y algún nudillo aquí y allá. Luego, en el sueño, recordaba el último
pensamiento que había cruzado por su mente antes de dormirse, el crecimiento de una
vegetación de color liquen en el rostro, ojos y garganta de la señora Canning. Con ese
pensamiento comenzó el terror paralizante de la pesadilla real: sabía que se estaba
transformando en ese material gris, pero era absolutamente incapaz de moverse. Muy
pronto, el gris se extendería por sus brazos y pies; cuando llegaran de patinar no
encontrarían más que un enorme cojín informe de terciopelo color liquen, y sería ella. El
horror se hizo más agudo, y entonces, con un esfuerzo violento, se liberó de las garras de
ese sueño maligno y despertó.
Permaneció allí tumbada uno o dos minutos, consciente sólo del alivio tremendo que
le producía estar despierta. Volvió a tocar con los dedos el agradable terciopelo, y los
movió hacia atrás y adelante para asegurarse de que no estaba fusionada con el material
gris y suave, tal como había sugerido el sueño. Pero se mantuvo quieta, a pesar de la
violencia del despertar, muy somnolienta, y se quedó allí, mirando hacia abajo, hasta darse
cuenta de que no podía ver sus manos. Había oscurecido mucho.
En ese momento, un parpadeo repentino de la llama brotó del fuego moribundo y
una llamarada de gas ardiente desprendida de la turba inundó la habitación. El retrato del
guapo Dick la miraba con malignidad, y volvió a ver sus manos. Se apoderó de ella
entonces un pánico peor que el de su sueño. La luz del día había desaparecido totalmente
y sabía que estaba a solas en la oscuridad de la terrible galería. Aquel pánico tenía la
naturaleza de la pesadilla, pero se sentía incapaz de moverse por causa del terror. Era peor
que una pesadilla porque sabía que estaba despierta. Y entonces comprendió plenamente
qué era lo que causaba aquel miedo paralizante; supo con absoluta certeza y convicción
que iba a ver a los gemelos.
Sintió que de pronto le brotaba una humedad en el rostro al mismo tiempo que
dentro de la boca la lengua y la garganta se le quedaban secas, y sintió que la lengua le
raspaba en la superficie interior de los dientes. Había desaparecido de sus miembros toda
capacidad de movimiento, y estaban muertos e inertes mientras contemplaba con los ojos
bien abiertos la negrura. La bola de fuego que había salido de la turba había vuelto a
desaparecer y la oscuridad la envolvía.
Entonces, en la pared opuesta, frente a las ventanas, apareció una luz débil de color
carmesí oscuro. Pensó por un momento que anunciaba la proximidad de la visión terrible,
pero la esperanza se reanimó en su corazón y recordó que espesas nubes habían cubierto
el cielo antes de quedarse dormida, y conjeturó que aquella luz procedía del sol, que
todavía no se había puesto del todo. Esa repentina recuperación de la esperanza le dio el
estímulo necesario para levantarse de un salto del sofá en el que estaba reclinada. Miró por
la ventana hacia el exterior y vio una luz apagada en el horizonte. Pero antes de que
pudiera dar un paso, había regresado la oscuridad. De la chimenea salía una débil chispa
de luz que apenas iluminaba los ladrillos con la que estaba hecha, y la nieve, que caía
pesadamente, golpeaba los cristales de las ventanas. No había más luz ni sonido que
aquéllos.
No la había abandonado del todo, sin embargo, el valor que le había dado la
capacidad de movimiento, por lo que empezó a abrirse paso por la galería. Descubrió
entonces que estaba perdida. Tropezó con una silla, y nada más recuperarse tropezó con
otra. Después era una mesa la que le impedía el paso, y girando rápidamente hacia un
lado se encontró atrapada por el respaldo de un sofá. De nuevo giró y vio la débil luz de la
chimenea en el lado contrario al que ella esperaba. Al avanzar a tientas y a ciegas debía
haber cambiado de dirección. ¿Pero qué dirección podía tomar? Parecía bloqueada por los
muebles, y en todo momento resultaba insistente e inminente el hecho de que dos
fantasmas terribles e inocentes se le iban a aparecer.
Comenzó entonces a rezar. «Oh Señor, ilumina nuestra oscuridad», dijo para sí
misma. Pero no se acordaba de cómo proseguía la oración, que tan desesperadamente
necesitaba. Era algo acerca de los peligros de la noche. Incesantemente tanteaba los
alrededores con manos nerviosas. El brillo del fuego que debía haber estado a su izquierda
se encontraba de nuevo a la derecha; por tanto debía girar otra vez. «Ilumina nuestra
oscuridad», susurraba, para después repetir en voz alta: «Ilumina nuestra oscuridad».
Chocó con una pantalla cuya existencia no recordaba. Precipitadamente tanteó a su
lado a ciegas y tocó algo suave y aterciopelado. ¿Se trataba del sofá sobre el que había
estado reclinada? En ese caso se encontraba en la cabecera. Tenía cabeza, espalda y pies...
era como una persona recubierta de liquen verde. Perdió totalmente la cabeza. Lo único
que podía hacer era rezar; estaba perdida, perdida en un lugar horrible en el que nadie
salía en la oscuridad salvo los niños que lloraban. Y escuchó su voz, que crecía desde el
susurro al habla, y del habla al grito. Gritó las palabras sagradas, las chilló como si
blasfemara mientras se movía a tientas entre mesas, sillas y objetos agradables de la vida
ordinaria, pero que se habían vuelto terribles.
Se produjo entonces una respuesta repentina y terrible a la oración vociferada. Una
vez más, una bolsa de gas inflamable de la turba de la chimenea se levantó entre las ascuas
que ardían lentamente e iluminó la estancia. Vio los ojos malignos del guapo Dick y vio los
pequeños y fantasmales copos de nieve cayendo con fuerza en el exterior. Y vio dónde
estaba: exactamente delante de la puerta por la que entraban los terribles gemelos. La
llama volvió a desaparecer y la dejó una vez más en la negrura. Pero había ganado algo,
pues ahora conocía su posición. La parte central de la estancia carecía de muebles, y un
movimiento rápido la llevaría hasta la puerta del rellano situado encima de la escalera
principal, y por tanto a la seguridad. Con aquel brillo había sido capaz de ver el asa de la
puerta, de bronce brillante, luminosa como una estrella. Iría directamente hacia ella, era
cuestión sólo de unos segundos.
Tomó una inspiración profunda en parte como alivio y en parte para satisfacer las
demandas de su corazón palpitante. Pero sólo había respirado a medias cuando la
sobrecogió de nuevo la inmovilidad de la pesadilla.
Escuchó entonces un pequeño susurro, nada más que eso, desde la puerta frente a la
que se encontraba, y por la que entraron los gemelos. En el exterior no había oscurecido
totalmente, pues pudo ver que la puerta se abría. Y allí, en ella, estaban una al lado de la
otra las dos pequeñas figuras blancas. Avanzaron hacia ella lentamente, arrastrando los
pies. No podía ver con claridad rostro o forma algunos, pero las dos pequeñas figuras
blancas avanzaban. Sabía que eran los fantasmas del terror, inocentes del destino terrible
que iban a producir, aunque también ella fuera inocente. Con una inconcebible rapidez de
pensamiento decidió qué iba a hacer. No les haría daño ni se reiría de ellos, y ellos... ellos
sólo eran unos bebés cuando aquel acto perverso y sangriento les había enviado a su
ardiente muerte. Seguramente los espíritus de aquellos niños no serían inaccesibles al
llanto de aquella que era de su misma sangre y que no había cometido falta alguna que la
hiciera merecedora del destino que ellos traían. Si les suplicaba podrían tener piedad,
podrían evitar transmitirle la maldición, podrían permitirle que saliera de aquel lugar sin
infortunio, sin la sentencia de muerte, o la sombra de cosas peores que la muerte.
Sólo vaciló durante un momento, y luego cayó de rodillas y extendió las manos hacia
ellos.
—Queridos míos —dijo—. Sólo me quedé dormida. No he cometido ningún otro mal
que ése...
Se detuvo un momento y su tierno corazón juvenil no pensó ya en sí misma, sino en
ellos, en aquellos pequeños e inocentes espíritus sobre los que había caído tan terrible
destino, que transmitían la muerte mientras otros niños transmitían la risa y un destino
placentero. Pero todos aquellos que les habían visto antes les habían temido o se habían
burlado de ellos.
Y entonces, cuando la luz de la piedad apareció en ella, su miedo desapareció como
la hoja arrugada que recubre los dulces y plegados capullos de la primavera.
—Queridos, siento tanta pena por vosotros. No es culpa vuestra que me hayáis traído
adonde estoy, pero ya no os tengo miedo. Sólo siento pena por vosotros. Que Dios os
bendiga, pobres niños.
Levantó la cabeza y les miró. Aunque estaba muy oscuro pudo verles el rostro, bajo
la oscuridad vacilante de las llamas pálidas sacudidas por una corriente. Los rostros no
eran desgraciados ni crueles: le sonreían con su sonrisa tímida de niños pequeños. Y
mientras ella les miraba fueron desapareciendo lentamente como espirales de vapor en un
aire helado.
Madge no se movió nada más desaparecer los niños, pues en lugar del miedo que la
había envuelto sentía ahora una maravillosa sensación de paz, tan feliz y serena que no
deseaba moverse, lo que podría turbarla. Pero al poco se levantó, y abriéndose camino a
tientas, aunque sin la sensación de pesadilla presionando en ella, y sin espolearla el frenesí
del miedo, salió de la galería y se encontró a Blanche que subía las escaleras silbando y
balanceando los patines que llevaba en una mano.
—¿Cómo tienes la pierna, querida? Veo que ya no cojeas.
Hasta ese momento Madge no había pensado en ello.
—Creo que la debo tener bien —contestó—. Pero en cualquier caso me había
olvidado de ella. Blanche, querida, no te asustes de lo que voy a decirte, ¿me lo
prometes?... He visto a los gemelos.
El rostro de Blanche palideció un momento por el terror.
—¿Cómo? —preguntó en un susurro.
—Sí, los acabo de ver ahora. Pero eran amables, me sonrieron; y yo sentí pena por
ellos. No sé por qué, pero estoy segura de que no tengo nada que temer.
Parece ser que Madge tenía razón, pues no le ha sucedido nada desagradable. Algo,
podemos suponer que su actitud hacia ellos, su piedad y simpatía, conmovió, disolvió y
aniquiló la maldición. La última semana llegué a Church-Peveril después de oscurecer.
Cuando pasé por la puerta de la galería, Blanche salió por ella.
—Ah, es usted —me dijo—. Acabo de ver a los gemelos. Parecen tan dulces, se
quedaron casi diez minutos. Vamos a tomar el té enseguida.
_
LA VIÑA DE NABOT
Durante los últimos veinte años Ralph Hatchard había obtenido muy buenos
ingresos como abogado en los tribunales; no había nadie capaz de presentar los hechos tan
eficazmente como él, ni de plantear un caso ante el jurado de manera tan persuasiva y
convincente, consiguiendo que vieran la situación que él representaba con una mirada de
simpatía. Desdeñaba despertar sentimientos con apelaciones conmovedoras a la
humanidad, pues nunca, ni en su vida pública ni en la privada, había utilizado la piedad,
sino que exigía simple justicia para su cliente. Fueron numerosos los casos en los que sin
distorsionar los hechos, sino simplemente enfocándolos para los doce hombres inteligentes
a quienes se dirigía, había logrado que éstos miraran por el telescopio de su mente, viendo
al final precisamente aquello que él deseaba que vieran. Pero si le hubieran preguntado
que cuál era, de todas sus defensas, aquella de la que se sentía intelectualmente más
orgulloso, probablemente habría mencionado una en la que fracasó. Fue el famoso caso
Wraxton, hace siete años, cuando tuvo que defender al agente Thomas Wraxton de la
acusación de malversación y utilización indebida en propio beneficio del dinero de un
cliente.
Tal como fue presentado el caso por el fiscal, parecía que cualquier defensa
significaría una simple pérdida de tiempo para el tribunal, pero cuando terminó el
discurso de la defensa casi todos los que lo oyeron, y no sólo el público, sino también los
que tenían una formación legal, probablemente habrían apostado (de haberse permitido
las apuestas en un tribunal de justicia) a que Thomas Wraxton sería absuelto. Pero los doce
hombres inteligentes se encontraban entre la minoría, y tras ausentarse del tribunal
durante tres horas emitieron un veredicto de culpabilidad. Condenaron a Thomas
Wraxton a una sentencia de siete años, y su abogado, que se sentía ya muy disgustado por
el hecho de que se hubiera desperdiciado tanto ingenio, poco después sintió una especie
de despreciativa irritación. Esa irritación se volvió más aguda en una entrevista que
sostuvo con Wraxton después de dictarse sentencia. Su cliente le atacó por la estupidez y
falta de habilidad que había mostrado en su defensa.
Hatchard era soltero; no tenía una buena opinión de las mujeres como compañeras, y
cuando estaba en la ciudad y había terminado su trabajo le bastaba con cenar en el Club,
jugar una o dos partidas de bridge, retirarse a su piso y, con frecuencia, trabajar hasta altas
horas en algún caso pendiente. Aparte de la mesa de la cena y la mesa de las cartas, el
único compañero que deseaba era un oponente para el golf los sábados y domingos,
cuando acudía a pasar el fin de semana al campo de golf de Scarling, situado junto al mar.
Había en el pueblo una agradable pensión en la que solía alojarse, y durante el verano
acostumbraba a pasar allí gran parte de sus largas vacaciones, alquilando una casa de la
vecindad. Su único pariente próximo era un hermano destinado como miembro del
Servicio Civil en Bareilly, en la provincia noroccidental de India, a quien no había visto en
varios años, pues solía pasar la estación calurosa en las colinas y rara vez regresaba a
Inglaterra.
De sus conocidos Hatchard obtenía toda la amistad que necesitaba, y aunque era un
hombre que vivía solo, en absoluto podía describírsele como un solitario. Pues la soledad
implica el conocimiento de que un hombre está solo y su deseo de no estarlo. Hatchard
sabía que estaba solo, pero lo prefería. El golf y el bridge por las noches le proporcionaban
toda la compañía que necesitaba; otra afición suya era la botánica. «Las plantas son
agradables de mirar; resultan interesantes para el estudio y no te aburren con una
conversación que no deseas» habría sido su forma de explicar una afición tan inesperada.
Cuando se jubilara pensaba comprar una casa con un buen jardín en alguna ciudad de
provincias, donde podría disfrutar en su ocio de esa trinidad de diversiones inocentes.
Hasta entonces no serviría de nada tener un jardín del que su trabajo le mantendría
apartado la mayor parte del año.
Cuando acudía a pasar las vacaciones en Scarling alquilaba siempre la misma casa.
Le resultaba muy conveniente, pues estaba a pocas puertas del club local, donde podría
jugar una partida por las noches, citarse para un partido al día siguiente, y junto a su
puerta pasaba el ómnibus que, por la carretera del mar, le llevaba hasta el campo de golf.
Hacía ya mucho tiempo que había decidido que Scarling sería el hogar de sus últimos años
de ocio, y de todas las casas que había en aquella compacta y pequeña ciudad medieval la
que más deseaba se encontraba cerca de la que acostumbraba a alquilar durante los meses
estivales. Frente a sus ventanas veía el largo muro de ladrillo rojo del jardín, y desde el
dormitorio, en el piso de arriba, podía ver por encima del muro sus atractivos, que con el
propietario actual parecían tristemente devaluados.
Había un acre de prado con un moral desmadejado y retorcido, una pérgola de
rosales trepadores separaba el prado del jardín de la cocina, y alrededor del abrigo de los
muros que lo defendían del frío del norte y las ráfagas de oriente había arriates profundos
de flores. Una terraza pavimentada daba al lado del jardín de Telford House, pero allí
habían brotado malas hierbas, y se había permitido que las del prado hubieran crecido
demasiado, convirtiendo en una selva descuidada los lechos de flores.
También la casa parecía convenirle exactamente: era de la época de la Reina Ana, y
podía imaginarse las estancias cuadradas y cubiertas de tablas del interior. Había acudido
al agente inmobiliario de Scarling para saber si tenía alguna oportunidad de obtenerla,
pidiéndole que investigara junto al propietario o arrendatario ocupante con respecto a si
tenían algún pensamiento de traspasarla a un comprador dispuesto a negociar
inmediatamente. Por lo visto había sido comprada unos seis años antes por su actual
propietaria, la señora Pringle, cuando ésta fue a vivir a Scarling, y no tenía la menor
intención de abandonarla.
Cuando se encontraba en Scarling, Ralph Hatchard no tomaba parte alguna en la
sociedad y vida local del lugar, salvo la que encontraba entre los hombres con los que
compartía la sala de juegos del Club y los hoyos del golf, y por lo visto la señora Pringle
estaba tan apartada como él. En una o dos ocasiones alguien había hecho mención, en una
conversación casual, de la casa o su propietaria, pero sin ninguna información sobre ella.
Se enteró de que cuando ella fue a vivir allí se le hicieron los cumplidos habituales en una
ciudad del campo, pero o bien ella no devolvió las visitas o permitió enseguida que la
familiaridad decayera, por lo que en esos momentos parecía no ver a nadie salvo,
ocasionalmente, al vicario de la iglesia o su esposa. Hatchard no tomó nota particular de
todo aquello, y no elaboró ninguna de esas hipótesis que cabría suponer divierten los
pensamientos errantes de una mente legal, representándola como una mujer que se oculta
de la justicia o del exhibicionismo al que la justicia la había sometido ya. Era consciente de
que nunca la había visto, ni tenía objeto alguno desear hacerlo por cuanto que ella no
deseaba separarse de la casa; a un hombre que no era nada inquisitivo (salvo cuando
realizaba un interrogatorio severo) le bastaba suponer que a ella le gustaba estar a solas lo
suficiente como para prescindir de la compañía de los demás. Muchas personas sensatas lo
hacían así, y no por ello pensaba mal de ellas.
Habían pasado ya más de seis años desde el juicio de Wraxton, y Hatchard pasaba
los últimos días de las largas vacaciones en la casa desde la que se dominaba ese jardín,
que era como la viña de Nabot. Hacía un día de fuerte viento y lluvia, e incluso él, que
solía desafiar a los elementos para completar sus dos rondas de golf, no acudió al campo.
Pero aclaró hacia la tarde, por lo que salió a tomar una bocanada de aire fresco y hacer un
poco de ejercicio, pasando al anochecer junto a la casa que deseaba. Al aproximarse vio
dos mujeres de pie en el umbral, una de ellas sin sombrero, y se le ocurrió que sin la
menor duda allí estaba la jubilada señora Pringle. Se encontraba de pie y en ese momento
situada de perfil con respecto a él, pero enseguida supo que la había visto antes; su rostro
y su porte le resultaban absolutamente familiares, aunque remotos. Entonces ella se dio la
vuelta y lo vio; sólo le lanzó una mirada, y sin la menor pausa entró en la casa y cerró la
puerta. La vista que él había tenido de ella fue instantánea, pero suficiente para
convencerle no sólo de que la había visto antes, sino que además ella no tenía el menor
deseo de verle de nuevo a él.
Quien había estado hablando con ella era la señora Grampound, la esposa del
vicario, y Hatchard se quitó el sombrero, pues se la habían presentado un día que había
estado jugando al golf con su marido. Él aludió a la perversidad del clima, que tras haber
sido húmedo todo el día estaba aclarando para convertirse en una noche inútilmente
buena.
—Supongo —añadió—, que esa dama con la que estaba usted hablando era la señora
Pringle. ¿Una viuda, quizás? No he conocido a su marido en el Club.
—No; no es viuda —contestó la señora Grampound—. Precisamente ahora me estaba
diciendo que esperaba que su marido llegara a casa en breve. Ha estado en India unos
años.
—¡Vaya! Precisamente hoy me he enterado de que mi hermano, que también está en
India, va a venir en primavera con un permiso de seis meses. Es posible que conozca al
señor Pringle.
Habían llegado a la casa de él y Hatchard entró. De alguna manera la señora Pringle
había dejado de ser simplemente la propietaria de la casa que tanto deseaba él. Era algo
más, y por muy buena que fuera su memoria no podía recordar dónde la había conocido.
Tampoco podía recordar lo más mínimo el sonido de su voz, quizás porque nunca la había
oído. Pero ese rostro lo conocía.
Durante el invierno regresó a menudo a Scarling a pasar fines de semana, y había
decidido ya retirarse de su profesión antes del verano. Había ganado dinero suficiente
para vivir con todas las comodidades posibles y empezaba a sentir la tensión de su trabajo.
Su memoria no era ya lo que había sido, y aunque toda su vida había sido tan fuerte como
el hierro se había visto ya varias veces en manos del médico. Evidentemente había llegado
el momento, si quería gozar del largo atardecer de la vida, de empezar a hacerlo mientras
la capacidad de placer no se viera todavía inquietada, evitando quedarse en el trabajo
hasta que su salud se viera afectada. Ya no era capaz de concentrarse como solía; incluso
cuando estaba más ocupado en sus argumentaciones su pensamiento se oscurecía, y a
través de él, como si lo hiciera atravesando una niebla, aparecían de forma pasajera
imágenes no plenamente tangibles para su mente, escapándosele antes de que pudiera
captarlas.
Ese cerebro lógico y constructivo se estaba fatigando, sin la menor duda, tras años de
trabajo incesante, y siendo consciente de eso deseó más que nunca dejar de trabajar, y con
mayor viveza que nunca se vio a sí mismo establecido en ese jardín y esa casa de Scarling.
Pensar en ello acabó por convertirse para él en una obsesión; empezó a considerar a
la señora Pringle como un enemigo que se interponía en el logro de sus sueños, al tiempo
que seguía presionando su cerebro para averiguar dónde, cuándo y cómo la había visto
antes. A veces parecía cercano a la solución de ese enigma, pero en cuanto meditaba sobre
ello se le escapaba de nuevo, como un objeto en el atardecer.
Un fin de semana de marzo que se encontraba allí, en lugar de jugar al golf pasó la
mañana del sábado examinando un par de casas puestas en venta. Su hermano, al que
esperaba en una o dos semanas, y que como él era también soltero, pasaría con él todo el
verano, y desesperando ya de obtener la casa que quería, tuvo que resignarse a lo
inevitable y conseguir algún otro hogar permanente.
Pensó que una de esas dos casas le
iría muy bien, y tras verla acudió al agente
inmobiliario y se aseguró la primera opción con una semana para decidirse.
—Es casi seguro que la compraré, pues supongo que sigue siendo imposible
conseguir Telford House.
—Me temo que no podrá, señor —contestó el agente sacudiendo la cabeza—.
Posiblemente se haya enterado de que el señor Pringle ha regresado a casa y vive allí
ahora.
Al salir del despacho se le ocurrió una idea. Aunque quizás la señora Pringle,
mientras vivía allí sola, no se sintió dispuesta a enfrentarse a las inconveniencias de una
mudanza, era posible que una oferta firme y adecuada pudieran convencer a su marido.
Lo único que tenía que hacer era ir allí; cabía suponer que el marido no estaría demasiado
unido a la casa, por lo que una oferta concreta de varios miles de libras podría inducirle a
abandonarla. Hatchard decidió, antes de comprar la otra casa, hacer un último esfuerzo
para conseguir aquella en la que había puesto su corazón.
Fue directamente a Telford House y llamó. Entregó su tarjeta a la doncella pidiendo
ver al señor Pringle, y en ese mismo momento por la puerta que daba al jardín entró un
hombre en el pequeño recibidor, y al ver allí a alguien se detuvo. Era un hombre alto, pero
encorvado; caminaba cojeando, con la ayuda de un bastón. Llevaba bigote y una barba gris
corta, sus ojos estaban hundidos bajo las cejas sobresalientes.
Hatchard le observó y sucedió algo curioso. Al instante surgió en su mente no el
conocimiento de quién era aquel hombre, sino aquel conocimiento que durante tanto
tiempo se le había escapado. Lo recordó todo: el rostro ojeroso y blanco de la señora
Pringle mientras miraba al jurado después de que éste hubiera realizado consultas, cuando
habían decidido la culpabilidad o inocencia de Thomas Wraxton. No era sorprendente que
ella transmitiera suspense y ansiedad, pues lo que se estaba decidiendo era el destino de
su esposo. Y entonces, un momento después, pudo rastrear en el rostro del hombre que se
hallaba junto a la puerta del jardín la identidad quebrantada de quien había ocupado el
banquillo de los acusados. Pensó que de no haber sido por la esposa no lo habría
reconocido, de lo terriblemente que lo había cambiado el sufrimiento. Parecía muy
enfermo, y el color subido de su rostro señalaba claramente a una debilidad del corazón
más que a una circulación vigorosa.
Hatchard se volvió hacia él. No pensaba utilizar su arma más mortal a menos que
fuera necesario. Pero en ese mismo instante se dijo a sí mismo que Telford House sería
suya.
—Señor Pringle, me excusará que acuda a usted con tan poca ceremonia. Mi nombre
es Hatchard, Ralph Hatchard, y le estaría muy agradecido si me permitiera conversar unos
minutos con usted.
Pringle avanzó un paso. Se dijo a sí mismo que no había sido reconocido; lo cual no
era sorprendente. Pero la sorpresa del encuentro le había dejado tembloroso.
—Por supuesto —contesté—. ¿Entramos en mi habitación?
Ambos entraron en una pequeña sala de estar situada junto a la puerta principal.
—Seré muy breve —dijo Hatchard—. Estoy buscando una casa aquí, y de todas las
de Scarling la suya es la que prefiero. Estoy dispuesto a pagarle seis mil libras por ella.
Debo añadir que hay una casa extremadamente agradable cuya opción de compra poseo, y
que podrá obtener por la mitad de esa suma.
—No estoy pensando en desprenderme de mi casa —dijo Pringle sacudiendo la
cabeza.
—Si es un problema de precio —contestó Hatchard—, estoy dispuesto a subirlo a seis
mil quinientas libras.
—No es cuestión de precio —contestó el otro—. La casa nos conviene a mi esposa y a
mí y no está en venta.
Hatchard se detuvo un momento. Aquel hombre había sido su cliente, pero culpable,
y muy desagradecido.
—Estoy absolutamente decidido a conseguir esta casa, señor Pringle. Estoy seguro de
que obtendrá buenos beneficios aceptando el precio que le ofrezco, y si se siente unido a
Scarling podrá comprar una residencia muy conveniente.
—La casa no está en venta —insistió Pringle.
Hatchard le examinó atentamente.
—Estarán más cómodos en la otra casa. Le aseguro que vivirán allí en paz y
seguridad, y espero que pasarán allí muchos años agradables como el señor Pringle
venido de India. Eso será mucho mejor que ser conocido como el señor Thomas Wraxton,
de la prisión de Su Majestad.
El pobre hombre se encogió en la silla convertido en un montón de carne floja, y se
limpió el sudor de la frente.
—Entonces, ¿me conoce?
—Íntimamente, me atrevería a decir—contestó Hatchard.
Cinco minutos más tarde, Hatchard salió de la casa. Llevaba en el bolsillo la
aceptación del señor Pringle de venderle Telford House por seis mil quinientas libras, con
derecho a poseerla en un mes. Aquella noche el doctor acudió precipitadamente a Telford
House, pero su habilidad no sirvió de nada contra el ataque de corazón que resultó fatal
para su paciente.
Una cálida tarde de mayo Ralph Hatchard estaba sentado en la terraza embaldosada
que daba al jardín de su casa recién adquirida. Había pasado la mañana en el campo de
golf con su hermano Francis, las primeras horas de la tarde en el jardín, quitando malas
hierbas y plantando, y ahora se sentía feliz arrellanado en su sillón bajo de mimbre
mirando el periódico, que todavía no había leído. Llevaba allí un mes, y recordando su
vida, feliz y atareada, no podía acordarse de ninguna época en la que hubiera estado más
ocupado y más feliz. Se decía, él sabía que falsamente, que el hombre que abandona su
trabajo suele reducir su capacidad mental y corporal, engorda, se vuelve perezoso y pierde
ese interés por la vida que mantiene alejada la vejez; pero su experiencia había sido la
contraria. Jugaba al golf y al bridge con tanto entusiasmo como cuando habían sido el
recreo de su trabajo, y ahora había encontrado tiempo para leer seriamente. Se dedicaba
también a la jardinería, podría decirse que con glotonería; al despertar por la mañana se
encontraba recuperado y deseoso de los ejercicios y tareas placenteras del día; y todas las
noches estaba dispuesto a irse a la cama para dormir mucho tiempo y sin sueños.
En esos momentos estaba sentado y solo contento de descansar y leer las noticias. Ni
siquiera entonces les concedía más que una atención superficial, pues su mirada vagaba
sobre el prado, y por los lechos de flores tanto tiempo descuidados, que el trabajo conjunto
del jardinero y de él mismo estaba devolviéndoles rápidamente a una situación de cultivo
ordenado. Había que segar el prado al día siguiente, y plantar algunas rosas de floración
tardía... después quizás dormitara un poco, pero aunque no había oído que se acercara
nadie, en algún lugar, cerca de él y a su espalda, sonaban unos pasos y el repiqueteo de un
bastón sobre las piedras que pavimentaban la terraza. No se dio la vuelta porque
evidentemente debía tratarse de Francis, que regresaba de sus compras; ocasionalmente
éste sentía punzadas de reumatismo que le hacían cojear un poco, pero hasta ese día Ralph
no se había dado cuenta de que cojeara así.
—¿Te está molestando el reumatismo, Francis? —preguntó sin darse la vuelta
todavía. Giró la cabeza cuando nadie respondió. La terraza se encontraba totalmente vacía:
allí no estaba ni su hermano ni nadie más.
De momento se sobresaltó: entonces se dio cuenta de que debía haber dormitado,
pues el periódico se le había caído de las rodillas sin que él lo advirtiera. Sin duda aquella
impresión había sido el final de algún sueño. La confirmación de esa idea se produjo
inmediatamente, pues fuera, en la calle, escuchó el ruido de unas pisadas; no cabía duda
de que éstas se habían mezclado con alguna impresión en el momento de despertar a
medias. Y ahora que pensaba en ello, también había soñado: había soñado algo referente al
pobre Wraxton. No podía recordar qué exactamente, aparte de que Wraxton estaba
enfadado con él y le maldecía, tal como había hecho después de que le condenaran a
aquella larga sentencia.
El sol se había puesto y había un frío ligero en el aire que por un momento le puso la
carne de gallina. Por ello, levantándose del sillón dio una larga vuelta por el sendero de
gravilla que bordeaba el prado, demorando la vista con satisfacción en los trabajos de
aquel día. El arriate se había limpiado de hierbas hacía una semana: ahora no podía verse
allí ninguna... ah, sólo una; aquella pequeña álsine le había pasado desapercibida la
semana anterior, y se inclinó ahora para desenraizarla. En ese momento volvió a escuchar
pasos que cojeaban, pero no en la calle, sino cerca de él, en la terraza; y el sillón de mimbre
crujió como si alguien se hubiera sentado en él. Pero de nuevo la terraza estaba
desprovista de ocupantes, y su sillón vacío.
Habría resultado ciertamente extraño que un hombre tan realista y práctico como
Hatchard se hubiera dejado inquietar por los ecos sobre la piedra y el crujido de un sillón;
y sin el menor esfuerzo los rechazó. Tenía otras muchas cosas de las que ocuparse, aunque
en la semana siguiente, en una o dos ocasiones, recibió impresiones que con decisión lanzó
al trastero de su mente entre las cosas que no le servían. Por ejemplo, una mañana,
después de que el jardinero se hubiera ido a comer, creyó verle de pie al otro extremo del
moral, medio oculto por el follaje. En esa ocasión se interesó lo suficiente como para ir
hasta el árbol y rodearlo, pero no encontró allí a nadie, ni a su jardinero ni a nadie más, y
al regresar al lugar desde el que había tenido aquella impresión vio (y en secreto se sintió
aliviado de verlo) que una mancha de luz en el muro podía haberle engañado haciéndole
elaborar una figura humana. Pero aunque sus momentos de vigilia seguían sin verse
turbados, empezó a dormir mal, a convertirse en presa de sueños vivos y terribles, de los
que despertaba con un pánico desordenado.
El recuerdo de esos sueños era vago, pero en ellos siempre era perseguido por algo
invisible y colérico que entraba desde el jardín y cojeando, pero rápidamente, le seguía por
las escaleras y a lo largo del pasillo en cuyo extremo estaba su habitación. También
invariablemente conseguía escapar metiéndose en la habitación antes de que el
perseguidor le alcanzara, y cerraba la puerta con fuerza despertándose con el ruido de ésta
(en su sueño). Entonces encendía la luz, y a pesar de sí mismo miraba hacia la puerta, y al
cristal oblongo que había encima de ésta y daba al extremo oscuro del pasillo, como para
asegurarse de que nadie estuviera mirando por él; en una ocasión, censurándose a sí
mismo por su cobardía, había ido hasta la puerta y la había abierto, encendiendo la luz del
pasillo. Pero estaba vacío.
Durante el día era dueño de sí mismo, aunque sabía que su autocontrol se estaba
convirtiendo en algo que exigía su esfuerzo. Cada vez con más frecuencia, aunque todavía
no podía ver nada, oía los pasos que cojeaban sobre la terraza y por el sendero de gravilla
y hierba; pero en lugar de acostumbrarse a una alucinación tan inofensiva, que no parecía
presagiar nada, cada vez le producía más miedo. Pero hasta cierto día sólo había
escuchado esos pasos en el jardín...
Era ya mediados de julio y una mañana de calor sofocante fue seguida por una
tormenta que se aproximó rápidamente desde el sur. Los truenos llevaban una o dos horas
murmurando en la lejanía, pero mientras trabajaba en los arriates del jardín las primeras
gotas de lluvia, grandes y tibias, le advirtieron de que el chaparrón era inminente, y
apenas había llegado a la puerta del salón cuando empezó a llover. Se habían abierto las
compuertas del cielo y la lluvia gruesa, como de una tempestad tropical, caía sobre la
terraza convirtiéndose en vapor. Mientras se encontraba en el umbral escuchó la cojera
que se acercaba lentamente, sin prisas, por entre el diluvio, y llegaba hasta la puerta en la
que estaba. Pero no se detuvo allí; sintió algo invisible que pasaba a su lado, oyó los pasos
a través del interior del salón, y la puerta de la sala de estar —donde él se había sentado
una mañana de marzo observando cómo Wraxton firmaba tembloroso el papel— se abrió
y se volvió a cerrar.
Ralph Hatchard se quedó tan inmóvil como una piedra, sujetándose firmemente con
la mano.
—Así que ha entrado en la casa —dijo en voz baja—. Así que ha entrado...
refugiándose de la lluvia —añadió.
Cuando esa presencia invisible pasó junto a él en la puerta supo que un terror real y
auténtico había tocado sus fibras más íntimas. Aquel contacto había desaparecido ahora;
podía reafirmar su dominio sobre sí mismo, y mantener la sensatez, pero lo mismo que esa
presencia invisible había entrado en la casa, temía que con la misma seguridad pudiera
encontrar la entrada a su alma.
La lluvia prosiguió toda la tarde; el golf y la jardinería estaban fuera de cuestión, por
lo que fue al Club para jugar una partida de bridge. Fue prudente al ocuparse en algo; la
ocupación siempre era buena, sobre todo para alguien que tenía ahora en su mente un
área prohibida que era mejor no rozar. Pues algo invisible y colérico había entrado en la
casa y debía obligarle a que la abandonara, pero no enfrentándose a ello y desafiándolo,
sino mediante el proceso más sutil y seguro de negarlo y no tenerlo en cuenta. El alma de
un hombre era su propio jardín cerrado, nada podía ser admitido en él sin su permiso e
invitación. Debía olvidarlo hasta que pudiera permitirse reír de lo fantástico de su
existencia... además, la percepción de eso había sido puramente subjetiva, se decía a sí
mismo: no tenía existencia real fuera de sí mismo; por ejemplo, su hermano y sus criados
no tenían la menor conciencia de esos pasos que él escuchaba constantemente. El fantasma
invisible era la consecuencia de algún trastorno de sus sentidos, de alguna disfunción de
los nervios. Para convencerse de ello, mientras cruzaba el salón para dirigirse al Club entró
en la habitación en la que se habían introducido los pasos. Nada, evidentemente, había
allí; sólo era la sala de estar pequeña, tranquila y desocupada que él conocía.
Jugó una estimulante partida de bridge de la que disfrutó con sus habituales maneras
ceñudas y magistrales, y el crepúsculo, apresurado por las gruesas nubes que seguían
cubriendo el cielo, estaba cayendo cuando regresó a casa. Entró en la sala de estar
entablada y desde allí miró por la ventana el jardín, viendo a Francis, alegre y fornido. Las
lámparas estaban encendidas, pero no habían cerrado todavía persianas y cortinas, por lo
que un rectángulo de luz iluminó la terraza exterior.
—¿Fue agradable la partida? —preguntó Francis.
—Decente —contestó Ralph—. ¿No has salido?
—No. Con esta lluvia, ¿para qué salir si en casa puedes estar seco? A propósito, ¿has
visto a tu visitante?
Ralph se dio cuenta de que el corazón le falló y perdió un latido. ¿Acaso el que era
invisible para él se había vuelto visible para otro...? Enseguida se sobrepuso; ¿por qué no
iba a acudir alguien a verle?
—No —contestó—. ¿Quién es?
Francis vació la pipa golpeándola contra los barrotes de la reja.
—No le conozco —contestó—. Pero hace diez minutos pasé por el recibidor y había
allí un hombre sentado en una silla. Le pregunté qué deseaba y me contestó que estaba
esperando para verte. Supuse que era alguien que estaba citado y le dije que sin duda
llegarías pronto, sugiriéndole que estaría más cómodo en la pequeña sala de estar que en
el recibidor. Así que le conduje hasta allí y cerré la puerta.
Ralph hizo sonar la campana.
—¿Quién ha venido a verme? —preguntó a la doncella.
—Nadie, señor, que yo sepa. ¡Yo no he abierto a nadie!
—Bueno, pues alguien ha venido y está en la sala de estar pequeña, junto a la puerta
principal —intervino Francis.
—Vaya a ver quién es y pregúntele su nombre y profesión —añadió Ralph, pero se
detuvo un momento y recobró el valor—. No, yo mismo iré.
Regresó unos segundos más tarde.
—Quienquiera que fuera, se ha ido. Imagino que se cansó de esperar. ¿Qué aspecto
tenía, Francis?
—No pude verle con mucha claridad, pues el recibidor estaba oscuro. Vi que tenía
una barba gris, y que caminaba cojeando.
Ralph se dirigió a la ventana para bajar la persiana. En ese momento escuchó pasos
en la terraza, y en el rectángulo iluminado apareció la figura de un hombre. Se inclinaba al
caminar apoyándose sobre un bastón, se acercó hasta la ventana y en sus ojos ardía una
furia diabólica, mientras su boca murmuraba y se movía en medio de la barba... entonces
bajó la persiana y escuchó el ruido de las anillas de la cortina sobre la barra.
La noche transcurrió con bastante tranquilidad: los dos hermanos cenaron juntos,
jugaron después algunas manos de piquet y antes de irse a la cama salieron al jardín para
ver cómo prometía ser el tiempo. Todavía caían gotas de lluvia y el aire era sofocante y
tormentoso. Por el oeste surgía de vez en cuando el relámpago, y en uno de esos destellos
Francis señaló de pronto hacia el moral.
—¿Quién es ése? —preguntó.
—No he visto a nadie —contestó Ralph.
Una vez más el rayo les permitió ver y Francis se echó a reír.
—Ah, ya veo. Sólo es el tronco del árbol, y el cielo grisáceo entre las hojas. Habría
jurado que allí había alguien. Un buen ejemplo de cómo surgen las historias de fantasmas.
Si no hubiera sido por ese segundo relámpago, habríamos buscado en el jardín, y al no
encontrar a nadie me habría convencido de haber visto un fantasma.
—Muy sensato —añadió Ralph.
Aquella noche permaneció mucho tiempo despierto, escuchando el siseo que
producía la lluvia sobre los matorrales fuera de la ventana, y unos pasos que se movían
por la casa...
Los siguientes días pasaron sin nuevas manifestaciones directas de la presencia que
había entrado en la casa. Pero el cese de las manifestaciones no alivió la presión de alguna
fuerza que parecía cruzar la mente del Ralph Hatchard. Cuando salía y acudía al campo
de golf o al Club esa fuerza relajaba su sujeción, pero en el momento en el que cruzaba la
puerta de su casa volvía a asirle. No importaba que ni viera ni escuchara nada que no
tuviera una explicación material y normal; el poder, fuera lo que fuera, estaba en su
camino y en su lecho, produciéndole terror. Los demás se dieron cuenta de su lasitud y
depresión, y finalmente llegó a solicitar consejo a su hermano y pidió una cita para el día
siguiente a su médico de la ciudad.
—Es la decisión más prudente —le dijo Francis—. Los médicos forman una
institución espléndida. Siempre que me siento bajo voy a ver a uno, y siempre me dice que
no hay nada de lo que preocuparse. En consecuencia, me siento mejor de inmediato. ¿Te
vas a la cama? Yo iré en media hora. Estoy a la mitad de un relato muy distraído.
—Apaga tú la luz, entonces —le contestó Ralph—. Les diré a los criados que pueden
acostarse.
La media hora se convirtió en una hora entera, y era ya casi media noche cuando
Francis terminó el relato. Tenía que apagar un conmutador del recibidor y otro que estaba
a mitad de la escalera. Cuando había puesto el dedo encima miró hacia arriba y vio que el
pasillo superior seguía encendido, y también vio la figura de un hombre apoyado en la
barandilla de la parte superior de la escalera. Él había apagado ya la luz de la escalera y la
figura se silueteó en negro sobre el fondo brillante del pasillo iluminado. Supuso por un
momento que era su hermano, pero entonces ese hombre se dio la vuelta y vio que era el
de barba gris que cojeaba al andar.
—¿Quién diablos es usted? —gritó Francis.
No obtuvo ninguna respuesta, pero la figura se fue por el pasillo en cuyo extremo
estaba la habitación de Ralph. Se lanzó en su persecución, pero antes de haber atravesado
la mitad del pasillo la figura ya estaba en su extremo y había entrado en la habitación de
su hermano. Extrañamente confuso y alarmado, le siguió, llamó a la puerta de Ralph, le
llamó en voz alta por su nombre y giró el asa para entrar. Pero la puerta no cedía a pesar
de su empuje, y volvió a gritar en voz alta el nombre del hermano, pero sin obtener
respuesta.
Encima de la puerta había un cristal que daba al pasillo, y al levantar la mirada
comprobó que el interior de la habitación estaba oscuro. En ese mismo instante la
habitación se encendió y simultáneamente salió del interior un grito de mortal agonía.
—¡Ay, Dios mío, Dios mío! —sonó la voz de su hermano, seguida por el mismo grito
agónico.
Después escuchó otra voz, que hablaba baja, aunque colérica...
—¡No, no! —volvió a gritar Ralph, y lanzó de nuevo un grito de pánico. Francis
empujó la puerta con el hombro y se esforzó en vano por abrirla, pues parecía como si
hubiera llegado a formar parte de la pared.
Volvió a escuchar el grito de terror, y después, fuese lo que fuese lo que estaba
sucediendo en su interior, se produjo un silencio mortal. La puerta que había resistido a
sus esfuerzos más frenéticos cedió ahora y pudo entrar.
Su hermano estaba en la cama, con las piernas encogidas y las manos sobre las
rodillas, en un intento aparente de rechazar a un intruso terrible. Tenía el cuerpo apretado
contra la pared del cabezal de la cama, y cubría su rostro una máscara de horror agónico y
súplica inútil. Pero en sus ojos estaba ya el vidriado de la muerte, y antes de que Francis
llegara hasta la cama el cuerpo se derrumbó y yació inerte y sin vida. Mientras Francis lo
miraba, escuchó unos pasos que recorrían cojeando el pasillo en dirección al exterior.
EL COBRADOR DEL AUTOBÚS
Mi amigo Hugh Grainger y yo acabábamos de regresar de una estancia de dos días
en el campo durante la que nos habíamos hospedado en una casa de siniestra fama, que se
suponía acosada por fantasmas de un tipo peculiarmente temible y truculento. Por sí sola
la casa tenía todo lo que debía tener una casa semejante, pues era jacobina y revestida de
tablas de roble, con pasillos largos y oscuros y altas estancias abovedadas. Además se
hallaba situada en un lugar muy remoto, rodeada por un bosque de sombríos pinos que
murmuraban y susurraban en la oscuridad; todo el tiempo que estuvimos allí había
predominado un ventarrón del sudoeste con torrentes de lluvia que era la causa de que
día y noche voces extrañas gimieran y cantaran en las chimeneas, de que un grupo de
espíritus inquietos celebraran coloquios entre los árboles, y de que golpes y señales
llamaran nuestra atención desde los cristales de las ventanas. Pero, a pesar de ese entorno
que casi podríamos decir que bastaba por sí solo para generar espontáneamente
fenómenos ocultos, no había sucedido nada de ese tipo. Me siento inclinado a añadir,
además, que mi estado mental se hallaba peculiarmente bien dispuesto a recibir, incluso a
inventar, los suspiros y sonidos que habíamos ido a buscar; pues confieso que durante
todo el tiempo que estuvimos allí me hallaba en un estado de abyecta aprensión, y
permanecí despierto las dos noches de largas horas de terrorífica inquietud, teniendo
miedo de la oscuridad; y más miedo todavía de lo que una vela encendida pudiera
mostrarme.
La tarde siguiente a nuestro regreso a la ciudad Hugh Grainger cenó conmigo, y
como es natural, tras la cena nuestra conversación recayó pronto en esos temas
cautivadores.
—No soy capaz de imaginar el motivo de que quieras buscar fantasmas —me dijo—,
pues de puro miedo los dientes te castañeteaban y los ojos se te salían de las órbitas todo el
tiempo que estuvimos allí. ¿Es que te gusta estar asustado?
Aunque en general inteligente, Hugh es duro de mollera en algunos aspectos; y uno
de ellos es éste.
—Vaya, desde luego que me gusta sentirme asustado —respondí—. Quiero que me
hagan arrastrarme, arrastrarme y arrastrarme. El miedo es la más absorbente y lujosa de
las emociones. Cuando uno tiene miedo se olvida de todo lo demás.
—Bien, pero el hecho de que ninguno de nosotros viera nada confirma lo que
siempre he creído —replicó él.
—¿Y qué es lo que siempre has creído?
—Que estos fenómenos son puramente objetivos, no subjetivos, y que el estado
mental no tiene nada que ver con la percepción que los percibe, ni está relacionado con las
circunstancias o los alrededores. Fíjate en Osburton. Durante años había tenido fama de
ser una casa encantada, y la verdad es que tiene todos los accesorios necesarios. Fíjate
también en ti mismo, con todos los nervios a flor de piel... ¡temeroso de mirar a tu
alrededor o encender una vela por miedo a ver algo! Seguramente, si los fantasmas fueran
subjetivos, ahí habríamos tenido al hombre adecuado en el lugar correcto.
Se levantó y encendió un cigarrillo, y mirándole —Hugh mide casi un metro ochenta
y es tan ancho como largo— sentí una réplica en mis labios, pero no pude evitar que mi
mente retrocediera a un período determinado de su vida, cuando por alguna causa que,
por lo que sé, no había contado a nadie, se había convertido en una simple masa
estremecida de nervios desordenados. Extrañamente, en ese mismo momento y por
primera vez empezó a hablar de ello.
—Podrás contestarme que tampoco merecía la pena que fuera yo, porque
evidentemente era el hombre equivocado en el lugar erróneo. Pero no es así. Tú, pese a
todas tus aprensiones y expectativas, nunca habías visto un fantasma. Pero yo sí, aunque
sea la última persona en el mundo que tú pensarías que lo ha visto; y aunque ahora mis
nervios están totalmente recuperados, aquello me deshizo en pedazos.
Se volvió a sentar en la silla.
—Sin duda te acordarás de que había quedado hecho polvo —siguió diciéndome—.
Y como creo que ahora vuelvo a estar bien, preferiría hablarte de ello. Pero antes no habría
podido hacerlo; no era capaz de hablar de ello con nadie. Y sin embargo en aquello no
debía haber nada amenazador; el fantasma que vi era ciertamente de lo más útil y
amigable. Aun así, procedía del lado oscuro de las cosas; surgió de pronto de la noche y el
misterio con el que está rodeado la vida.
»Primero quiero hablarte brevemente de mi teoría sobre la aparición de fantasmas —
siguió diciendo—. Y creo que se explica mejor con un símil, con una imagen. Piensa que tú
y yo, y todo el mundo, somos personas cuyo ojo está directamente al otro lado de un
pequeñísimo agujero hecho en una plancha de cartón que está continuamente moviéndose
y girando. Al otro lado de la hoja de cartón hay otro, que también por leyes propias se
encuentra en un movimiento perpetuo pero independiente. También en el otro cartón hay
un agujero, y cuando de una manera al parecer fortuita los dos agujeros, aquél por el que
estamos siempre mirando y el otro, del plano espiritual, quedan uno delante del otro,
vemos a través de ellos, y sólo entonces las visiones y sonidos del mundo espiritual se nos
vuelven visibles o audibles. En el caso de la mayoría de las personas esos agujeros nunca
llegan a estar uno delante del otro en toda su vida. Pero a la hora de la muerte lo hacen, y
entonces permanecen inmóviles. Sospecho que así es como «perdemos el conocimiento».
»Ahora bien, en algunas naturalezas esos agujeros son comparativamente grandes, y
están colocándose en posición constantemente. Es lo que pasa en el caso de clarividentes y
médiums. Pero por lo que yo sabía no tenía la menor facultad clarividente o
mediumnística. Por tanto soy de esas personas que hace mucho tiempo decidieron que
nunca verían un fantasma. Por así decirlo había una posibilidad diminuta de que mi
pequeño agujero entrara en posición con el otro. Pero lo hizo, y me dejó sin sentido.
Ya había oído antes una teoría semejante, y si bien Hugh la expresaba de manera
bastante pintoresca, no existía en ella nada que resultara mínimamente convincente o
práctico. Podía ser así, o podía no serlo.
—Espero que tu fantasma fuera más original que tu teoría —dije yo para que no se
desviara del tema.
—Sí, creo que lo fue. Tú mismo podrás juzgar.
Añadí más carbón y avivé el fuego. Siempre he considerado que Hugh tiene un gran
talento para contar historias, y ese sentido del drama que tan necesario es para el narrador.
Lo cierto es que ya antes le había sugerido que adoptara esa profesión, sentándose junto a
la fuente de Piccadilly Circus, cuando el tiempo es malo, como de costumbre, y contara
historias a los viandantes, a la manera de los árabes, a cambio de una gratificación. Sé que
a la mayor parte de la humanidad no le gustan las historias largas, pero para aquellas
pocas personas, entre las que me cuento a mí mismo, a quienes les gusta realmente
escuchar largos relatos de experiencias, Hugh es un narrador ideal. No me importan sus
teorías ni sus símiles, pero por lo que respecta a los hechos, a las cosas que han sucedido,
me gusta que se demoren.
—Sigue, por favor, y lentamente —le dije—. La brevedad puede ser el alma del
ingenio, pero es la perdición del contador de historias. Quiero saber cuándo, dónde y
cómo sucedió, y lo que habías comido en el almuerzo, y dónde habías cenado, y lo que...
Hugh me interrumpió y empezó su historia:
—Fue el veinticuatro de junio, hace exactamente dieciocho meses. Había abandonado
mi piso, como recordarás, para dirigirme al campo y pasar contigo una semana. Cenamos
a solas...
No pude evitar interrumpirle.
—¿Viste al fantasma aquí? —pregunté—. ¿En esta pequeña y cuadrada caja que es
esta casa y en una calle moderna?
—Lo vi en la casa.
Mentalmente, me felicité a mí mismo.
—Habíamos cenado solos aquí, en Graeme Street —dijo—. Y después de la cena yo
salí a una fiesta y tú te quedaste en casa. Tu criado no se quedó hasta la cena, y cuando te
pregunté que dónde estaba me contestaste que se encontraba enfermo, y me pareció que
cambiabas de tema abruptamente. Al salir me diste el llavín, y al regresar vi que te habías
acostado. Yo tenía varias cartas que era necesario responder, así que las escribí allí mismo,
metiéndolas en el buzón de enfrente, por lo que supongo que era bastante tarde cuando
subí a acostarme.
»Me habías asignado la habitación delantera del tercer piso, desde la que se veía la
calle; una habitación que creía yo que solías ocupar tú. Era una noche muy calurosa, y
aunque se veía la luna cuando me dirigí a la fiesta, de regreso todo el cielo estaba cubierto
por nubes; no sólo parecía que fuéramos a tener tormenta antes de amanecer, sino que
tenía además esa sensación. Tenía mucho sueño y me sentía pesado, y sólo cuando me
metí en la cama observé por las sombras de los marcos de las ventanas sobre la persiana
que sólo una de las ventanas estaba abierta. No me pareció que mereciera la pena
levantarme para abrirlas, aunque me sentía incómodo por la falta de aire, y me dormí.
»No sé qué hora era cuando desperté, pero con seguridad todavía no había
amanecido, y no recuerdo haber conocido jamás una quietud tan extraordinaria como la
que invadía el ambiente. No había ruido ni de peatones ni de tráfico rodado; la música de
la vida parecía haber enmudecido absolutamente. Y entonces, en lugar de somnoliento y
pesado, aunque debía haber dormido una o dos horas como máximo, pues todavía no
había amanecido, me sentí totalmente recuperado y despierto, y el esfuerzo que antes no
me había parecido necesario hacer, el de levantarme de la cama para abrir la otra ventana,
ahora me parecía muy sencillo, por lo que subí la persiana, abrí bien la ventana y me
asomé al exterior, pues tenía verdadera necesidad de aire fresco. Pero también en el
exterior la opresión resultaba notable, y, aunque como ya sabes, no me dejo afectar
fácilmente por los efectos mentales del clima, tuve conciencia de una sensación
escalofriante. Intenté rechazarla mediante el análisis, pero sin éxito; el día anterior había
resultado agradable, el día siguiente me esperaba otra jornada agradable, y sin embargo
me invadía una aprensión inexpresable. Además, en esa quietud anterior al amanecer me
sentía terriblemente solo.
»Escuché entonces de pronto, y no muy lejano, el sonido de un vehículo que se
aproximaba; podía distinguir el resonar de los cascos de dos caballos que avanzaban a
paso lento. Aunque todavía no podía verlos, subían por la calle, pero esa indicación de
vida no puso fin a la terrible sensación de soledad de la que te he hablado. Además, de
una manera oscura y carente de formulación, lo que se aproximaba me pareció que tenía
alguna relación con la causa de mi opresión.
»El vehículo apareció ante mi vista. No pude distinguir al principio de qué se trataba,
pero luego vi que los caballos eran negros y tenían la cola larga, y que lo que arrastraban
estaba hecho de cristal, aunque con un bastidor negro. Era un coche fúnebre. Vacío.
»Subía por este lado de la calle y se detuvo junto a tu puerta.
»Entonces me sobrecogió la solución evidente. Durante la cena habías dicho que tu
criado estaba enfermo, y me pareció que no deseabas hablar más del asunto. Imaginé
ahora que sin duda había muerto, y que por alguna razón, quizás porque no querías que
supiera nada sobre ello, habías pedido que se llevaran el cadáver por la noche. Debo
decirte que eso pasó por mí mente instantáneamente, y que no se me ocurrió lo
improbable que resultaba antes de que sucediera el acontecimiento siguiente.
»Estaba todavía asomado a la ventana y recuerdo que me sorprendió, aunque
momentáneamente, lo extraño que era que viera las cosas —o más bien la única cosa que
estaba mirando— de manera tan clara. Evidentemente la luna estaba tras las nubes, pero
resultaba curioso que fueran visibles todos los detalles del coche y los caballos. En el coche
sólo iba un hombre, el conductor, y aparte del vehículo la calle estaba absolutamente
desierta. Ahora le estaba mirando a él. Pude ver todos los detalles de su ropa, aunque
desde el lugar en el que me encontraba, muy por encima de él, no pudiera verle el rostro.
Vestía pantalones grises, botas marrones, una capa negra abotonada hasta arriba y un
sombrero de paja. Le cruzaba el hombro una cinta de la que parecía colgar una especie de
bolsita.
Parecía exactamente como... bueno, a partir de esa descripción, ¿qué crees tú que
parecía?
—Bueno... un cobrador de autobús —respondí yo de inmediato.
—Eso es lo que pensé yo, y cuando lo estaba pensando, él me miró. Tenía un rostro
delgado y alargado, y en la mejilla izquierda un lunar en el que crecían pelos oscuros.
Todo resultaba tan claro como si fuera mediodía, y como si me encontrara a un metro de
él. No tuve tiempo sin embargo —fue tan instantáneo lo que narrado exige tanto tiempo—
para pensar que era extraño que el conductor de un coche mortuorio fuera vestido de
manera tan poco funeraria.
»Se quitó el sombrero ante mí e hizo una señal con el pulgar por encima de su
hombro.
»—Dentro hay sitio para uno, señor—dijo.
»Había en ello algo tan odioso, tan tosco y desagradable, que al instante metí la
cabeza, volví a bajar la persiana y, por alguna razón que desconozco, encendí la luz
eléctrica para ver qué hora era. Las manecillas del reloj señalaban las once y media.
»Creo que fue entonces cuando por primera vez cruzó mi mente una duda relativa a
la naturaleza de lo que acababa de ver. Apagué la luz de nuevo, me metí en la cama y
empecé a pensar. Habíamos cenado; yo había ido a una fiesta, al regresar había escrito
cartas, me había acostado y me había dormido. Entonces, ¿cómo podían ser las once y
media...? O, ¿qué once y media eran?
»Entonces se me ocurrió otra solución sencilla; mi reloj se debía haber parado. Pero
no era así; podía oír su tic-tac.
»Volvió otra vez la quietud y el silencio. A cada momento esperaba escuchar pasos
ahogados en las escaleras, pasos que se movieran lenta y cuidadosamente bajo el peso de
una gran carga, pero en el interior de la casa no había sonido alguno. También fuera había
ese mismo silencio mortal mientras el coche funerario aguardaba en la puerta. Los
minutos pasaban y pasaban y finalmente empecé a ver una diferencia en la luz de la
habitación que me hizo saber que fuera empezaba a amanecer. ¿Cómo explicar entonces
que si el cadáver iba a ser sacado por la noche estuviera todavía allí, y que el coche
funerario aguardara aún, cuando la mañana ya había llegado?
»Volví a salir de la cama, y con una sensación poderosa de encogimiento físico fui a
la ventana y subí la persiana. El amanecer se acercaba rápidamente; la calle entera estaba
iluminada por esa luz plateada y sin tonalidad de la mañana. Pero allí no estaba el coche.
»Volví a mirar el reloj. Eran las cuatro y cuarto, y habría jurado que no había pasado
media hora desde que había visto las once y media.
»Tuve entonces una curiosa sensación doble, como si hubiera estado viviendo en el
presente y simultáneamente viviera en otro tiempo. Era el amanecer del veinticinco de
junio, y naturalmente la calle estaba vacía. Pero poco antes el conductor de un coche
funerario me había hablado y eran las once y media. ¿Qué era ese conductor, a qué plano
pertenecía? Y además, ¿qué once y media eran las que había visto en la esfera de mi reloj?
»Me dije entonces que todo había sido un sueño. Pero si me preguntas si creía lo que
me estaba diciendo, debo confesarte que no.
»Tu criado no se presentó esa mañana durante el desayuno, ni volví a verle antes de
irme por la tarde. Creo que de haberlo visto te habría contado todo esto, pero, como
comprenderás, seguía siendo posible que lo que yo hubiera visto fuera un coche funerario
auténtico conducido por un conductor auténtico, pese a la animación fantasmal del rostro
que me miró, y a la levedad de la mano con la que me hizo la señal. Debía haberme
quedado dormido poco después de verle, y permanecer así mientras el coche funerario se
llevaba el cadáver. Por eso no te dije nada.
En todo aquello había algo maravillosamente sencillo y prosaico; no había aquí casas
jacobinas con entablamientos de roble rodeadas por pinares, y de alguna manera la
ausencia de un entorno conveniente hacía que la historia resultara más impresionante.
Pero por un momento me asaltó la duda.
—No me digas que todo fue un sueño —comenté.
—No sé si lo fue o no. Lo único que puedo decir es que creía estar bien despierto. En
cualquier caso, el resto de la historia es... extraña.
»Aquella tarde volví a ir a la ciudad —siguió diciendo—, y debo decir que no creo
que ni siquiera por un momento me acosara la sensación de lo que había visto o soñado
aquella noche. Estaba siempre presente en mí como una visión incumplida. Era como si
algún reloj hubiera dado los cuatro cuartos y siguiera esperando a que tocara la hora
exacta.
»Exactamente un mes después volví a encontrarme en Londres, pero sólo para pasar
el día. Llegué a la estación Victoria hacia las once, y tomé el metro hasta Sloane Square
para ver si estabas en la ciudad y almorzabas conmigo. Era una mañana muy calurosa y
decidí tomar un autobús desde King's Road hasta Graeme Street. Nada más salir de la
estación vi una parada en la esquina, pero el piso superior del autobús estaba completo y
el interior también parecía estarlo. En el momento en que yo llegaba el cobrador, que
imagino había estado en el interior cobrando los billetes, salió a la plataforma, a escasos
metros de mí. Llevaba pantalones grises, botas marrones, una chaqueta negra abotonada,
sombrero de paja y sobre el hombro llevaba una cinta de la que colgaba su maquinilla para
perforar billetes. Vi también su rostro y era el del conductor del coche funerario, con un
lunar en la mejilla izquierda. Entonces me habló haciéndome una seña con el pulgar por
encima de su hombro.
»—Dentro hay sitio para uno, señor—dijo.
»Al oír eso se apoderó de mí una especie de pánico y terror, y me acuerdo que
gesticulé torpemente con los brazos mientras gritaba: «¡No, no!» Pero en ese momento no
vivía en la hora que era entonces, sino en aquella hora que había transcurrido hacía un
mes, cuando me asomé a la ventana de tu dormitorio poco antes de amanecer. También
supe en ese momento que el agujero de mi cartón se había colocado enfrente del agujero
del cartón del mundo espiritual. Lo que había visto allí había tenido algún significado que
ahora se estaba realizando, un significado que estaba más allá de los acontecimientos
triviales del hoy y el mañana. Las Potencias de las que tan pocas cosas sabemos
funcionaban de una manera visible delante de mí. Y yo me quedé allí en la acera, agitado y
tembloroso.
»Me encontraba enfrente de la oficina de correos de la esquina y exactamente cuando
se marchó el autobús mi mirada se fijó en el reloj del escaparate. No es necesario que te
diga qué hora marcaba.
»Quizás no sea necesario que te cuente el resto, pues probablemente lo imaginarás,
ya que no habrás olvidado lo que sucedió en la esquina de Sloane Square a finales de julio
durante el último verano. El autobús, al salir de la parada, rodeó un furgón de mudanzas
que tenía delante. Bajaba en ese momento por King's Road un gran vehículo de motor a
una peligrosísima velocidad. Se estrelló contra el autobús, metiéndose en él con la
facilidad con la que una barrena se mete en un tablero.
Se detuvo.
—Y ésa es mi historia —dijo.
_
EL JARDINERO
Durante las vacaciones de navidad dos amigos míos, Hugh Grainger y su esposa,
habían alquilado durante un mes la casa en la que íbamos a presenciar esas extrañas
manifestaciones, y cuando recibí la invitación para pasar con ellos quince días les devolví
una respuesta afirmativa y entusiasta. Conocía ya muy bien esa agradable zona rural
cubierta de brezales, y todavía era más íntimo mi conocimiento de los riesgos sutiles de su
atractivo campo de golf. Me habían dado a entender que el golf nos ocuparía el día entero
a Hugh y a mí, por lo que Margaret no se vería nunca obligada a tocar los instrumentos
con los que se practicaba ese juego que tanto detestaba...
Todavía había luz diurna cuando llegué allí, y como mis anfitriones estaban fuera di
un paseo por el lugar. La casa y el jardín se encontraban sobre una meseta que daba al sur;
abajo había un par de acres de pasto que descendían en pendiente hasta un torrente
errabundo que cruzaba una pasarela, a cuyo lado se levantaba una cabaña de techo de paja
rodeada por una parcela de huerta. Pegado al huerto corría un camino que cruzaba los
pastos desde una puerta del jardín, y te llevaba hasta la pasarela, por lo que según lo que
recordaba yo de la geografía del lugar debía constituir un atajo hasta el campo de golf,
situado a menos de un kilómetro de allí. La cabaña estaba en las tierras de la pequeña
finca, por lo que supuse enseguida que sería la casa del jardinero. Lo que se oponía a esa
teoría tan simple y evidente era que parecía no estar habitada. Aunque la tarde era fría, de
su chimenea no salían espirales de humo, y al acercarme más pensé que tenía ese aire de
«espera» que tan a menudo comunican las casas deshabitadas. Allí estaba, sin el menor
signo de vida, aunque dispuesta, como parecía garantizar su estado aparentemente
perfecto, a que nuevos inquilinos volvieran a introducir en ella el aliento de la vida. La
misma sensación provocaba el pequeño jardín, aunque las vallas estaban limpias y recién
pintadas; los arriates se hallaban desatendidos y cubiertos de hierbas, y en la zona floral,
junto a la puerta principal, había una fila de crisantemos que se habían marchitado en los
tallos. Pero todo aquello no era sino la impresión de un momento, y no me detuve al
pasar, sino que crucé la pasarela y subí por la pendiente de brezo que se extendía desde
ella. Mi sensación geográfica no había fallado, pues inmediatamente vi delante de mí la
sede del Club. Sin duda Hugh estaría a punto de llegar de su ronda vespertina, así que
podríamos regresar juntos dando un paseo. Pero al llegar a la sede del Club el camarero
me dijo que no hacía ni cinco minutos que la señora Grainger había venido en coche a
buscar a su marido, por lo que tuve que regresar a pie por el camino que me había llevado
hasta allí. Di un rodeo, como haría cualquier jugador de golf, para recorrer la calle de los
hoyos diecisiete y dieciocho sólo por el placer de reconocerlos, y miré con respeto el
enorme arenal que tan inexorablemente defiende el green, preguntándome en qué
circunstancias llegaría hasta allí en la siguiente ocasión, si con un paso complaciente y
superior, sabedor de que mi pelota reposaba con seguridad sobre el green, o el caminar
pesado de aquél que sabe que le aguardan laboriosos esfuerzos.
La luz de la tarde invernal había menguado rápidamente, y cuando al regresar crucé
la pasarela había caído el crepúsculo. A mi derecha, poco más allá del camino, estaba la
cabaña, cuyos muros encalados desprendían un brillo blanquecino al anochecer; y cuando
desde allí desvié la vista a la estrecha plancha que cruzaba el torrente creí ver con el rabillo
del ojo una luz en una de sus ventanas, lo que desautorizaba mi teoría de que estaba
deshabitada. Pero cuando volví a mirar hacia allí directamente comprobé que me había
equivocado: debió engañarme algún reflejo de las líneas rojizas crepusculares en el cristal,
pues en el inclemente anochecer parecía más desolada que nunca. Me entretuve sin
embargo junto a la puerta de la cerca baja, pues, aunque toda evidencia exterior afirmaba
que estaba vacía, una sensación inexplicable me aseguraba, aunque irracionalmente, que
no era así, que allí había alguien. Desde luego que no había nadie visible, pero aquella idea
absurda me sugería que podía encontrarse en la parte trasera de la cabaña, tapado por la
estructura intermedia, y aunque fuera extraño e irrazonable cobró importancia para mí el
averiguar si era o no así, tan claramente mis percepciones me habían informado de que el
lugar estaba vacío y tan firmemente una convicción me aseguraba de que la cabaña estaba
habitada. Para ocultar mi curiosidad, en caso de que hubiera alguien, podía preguntar si
aquel camino era un atajo hasta la casa en la que me albergaba, y aunque rebelándome
contra lo que estaba haciendo, crucé el pequeño jardín y llamé a la puerta. No hubo
respuesta, y tras aguardar después de llamar por segunda vez, y haber intentado abrir la
puerta, encontrándola cerrada, rodeé la casa. No había nadie allí, evidentemente, y me dije
a mí mismo que era como un hombre que mira bajo su cama en busca de un ladrón, pero
que se quedaría realmente sorprendido si lo encontrara.
Al llegar a la casa estaban ya allí mis anfitriones, y pasamos dos alegres horas, antes
de la cena, en esa conversación inconexa y vehemente adecuada entre amigos que hacía
tiempo que no se habían visto. Con Hugh Grainger y su esposa es imposible tocar un tema
que no interese vivamente a uno u otro de ellos, y el golf, la política, las necesidades de
Rusia, la cocina, los fantasmas, la posible victoria sobre el monte Everest y los impuestos
se encontraron entre los temas de los que discutimos apasionadamente. Con todas
aquellas posibilidades en juego era fácil estimular cualquiera de ellas, y en general se
abordó una y otra vez el tema de los espectros.
—Margaret ha cogido el camino directo a la locura —comentó Hugh en una de esas
ocasiones—, pues ha empezado a utilizar el tablero. Me han dicho que si utilizas el tablero
durante seis meses los doctores más cuidadosos estarán dispuestos a certificar tu locura.
Le quedan cinco meses antes de ir a Bedlam.
—¿Funciona? —pregunté.
—Sí, y te informa de cosas interesantísimas —contestó Margaret—. Dice cosas que
nunca habían pasado por mi cabeza. Esta noche podemos probar.
—Oh, esta noche no —intervino Hugh—. Tengamos una noche de descanso.
Margaret no le prestó atención.
—No hay que hacer preguntas al tablero —siguió diciendo —, porque en la mente
tienes entonces algún tipo de respuesta. Si yo pregunto si mañana hará buen tiempo, por
ejemplo, es probable que yo misma haga que el lápiz conteste afirmativamente, aunque no
esté tratando de empujarlo.
—Y entonces suele llover—comentó Hugh.
—No siempre, pero no interrumpas. Lo interesante es dejar que el lápiz escriba lo
que él quiera. Muy a menudo sólo da vueltas y traza curvas, aunque podrían significar
algo, pero de vez en cuando sale una palabra de cuyo significado no tengo la menor idea,
por lo que es evidente que no podría haberla sugerido. Por ejemplo, ayer por la noche
escribió «jardinero» una y otra vez. ¿Qué significará? El jardinero de aquí es un metodista
con perilla. ¿Puede referirse a él? Oh, es la hora de vestirnos. Por favor, no llegues tarde,
mi cocinera es muy sensible con respecto a la sopa.
Nos levantamos y en ese momento se produjo en mi mente una conexión de ideas
con la palabra «jardinero».
—A propósito, ¿de quién es esa cabaña que hay en el campo, junto a la pasarela? ¿Es
la casa del jardinero?
—Solía serlo —contestó Hugh—. Pero el de la perilla no vive allí: en realidad allí no
vive nadie. Está vacía. Si yo fuera el propietario de esto metería allí al de la perilla, y le
descontaría el alquiler de su salario. Hay personas que no tienen ni idea de economía. ¿Por
qué lo has preguntado?
Me di cuenta de que Margaret me contemplaba con bastante atención.
—Curiosidad —contesté—. Mera curiosidad.
—No creo que fuera eso —intervino ella.
—Pues lo era —contesté yo—. Simple curiosidad por saber si la casa estaba habitada.
Cuando pasé junto a ella al dirigirme al Club me sentía convencido de que estaba vacía,
pero al regresar tenía tanta seguridad de que había allí alguien que llamé a la puerta, y
hasta la rodeé.
Hugh nos había precedido en las escaleras, pero ella se demoró un poco.
—¿Y no había nadie allí? —preguntó—. Es extraño: yo tuve la misma sensación.
—Eso explica que el tablero escribiera «jardinero» una y otra vez —contesté yo—.
Tenías la cabaña del jardinero en la mente.
—¡Qué ingenioso! —exclamó Margaret—. Subamos rápidamente a vestirnos.
Cuando subí al dormitorio se introducía por entre las cortinas un potente rayo de
luna que me hizo mirar al exterior. Mi habitación daba al jardín y a los campos que había
atravesado aquella tarde, y todo estaba fuertemente iluminado por la luna llena. Veía con
toda claridad la cabaña de techo de paja con sus paredes blancas junto al torrente, y de
nuevo supuse que el reflejo de la luz en el cristal de una de sus ventanas daba la impresión
de que la habitación estuviera iluminada desde el interior. Me pareció raro que en ese
mismo día hubiera tenido dos veces la misma ilusión, pero entonces sucedió algo todavía
más raro. Mientras miraba con fijeza, la luz se apagó.
La mañana no trajo el buen tiempo que había prometido la noche clara, pues cuando
desperté el viento gemía y chocaban contra los cristales de mi ventana capas de lluvia del
sudoeste. El golf estaba fuera de cuestión, y aunque la violencia de la tormenta se redujo
un poco por la tarde, la lluvia caía con hosquedad uniforme. Me aburría en casa, y como
mis dos amigos se negaron en redondo a poner un pie en el exterior, cogí un impermeable
y salí a respirar un poco de aire. Para darle un objetivo al paseo tomé el camino que lleva
al campo de golf en lugar del atajo embarrado que cruza los campos, con la idea de
contratar un par de caddies para Hugh y para mí a la mañana siguiente, y me quedé unrato en la sala de fumadores ojeando las revistas ilustradas. Debí quedarme leyendo más
tiempo del que pensé, pues repentinamente un rayo de luz crepuscular iluminó la página,
y al levantar la vista vi que había cesado la lluvia y que la noche se aproximaba con
rapidez. Por eso, en lugar de dar otra vez el largo rodeo del camino principal, regresé a
casa por el sendero que cruza los campos. Aquel rayo crepuscular había sido el último del
día, y otra vez, como veinticuatro horas antes, crucé la pasarela al anochecer. Hasta ese
momento no había pensado conscientemente en la cabaña, pero ahora la luz que había
visto allí la última noche, y que se extinguió de repente, pasó en un destello por mi mente,
teniendo al mismo tiempo la convicción de que la cabaña estaba habitada.
Simultáneamente, con esos veloces procesos del pensamiento, miré hacia ella y vi de pie
junto a la puerta a un hombre. En la oscuridad no pude distinguir ningún rasgo del rostro,
aunque estaba vuelto hacía mí, y sólo obtuve la impresión de que era un hombre alto y de
constitución gruesa. Abrió la puerta, por la que salió una luz débil, como de una lámpara,
entró en la cabaña y cerró tras él.
Mi convicción, por tanto, era acertada. Aunque me habían dicho de manera
terminante que la cabaña estaba vacía: entonces, ¿quién había entrado en ella como si
regresara a casa? Una vez más, pero esta vez con cierta sensación de miedo, llamé a la
puerta con la intención de plantear alguna pregunta trivial; volví a llamar, con más fuerza,
para que no cupiera duda de que me habían oído. Seguí sin obtener respuesta y finalmente
traté de abrir la puerta yo mismo. Estaba cerrada; entonces, dominando con dificultad un
terror creciente, rodeé la cabaña mirando el interior por las ventanas que no estaban
cerradas. Dentro estaba todo oscuro, aunque dos minutos antes había visto el resplandor
de una luz que salía por la puerta abierta.
De regreso empezó a formarse en mí mente una cadena de conjeturas y preferí no
hacer alusión a aquella extraña aventura, pero tras la cena Margaret, entre las protestas de
Hugh, sacó el tablero, que había persistido en escribir la palabra «jardinero». Mi
suposición era desde luego absolutamente fantástica, y no quería sugerirle nada a
Margaret... Durante bastante tiempo el lápiz resbaló por el papel trazando lazos, curvas y
cumbres, como si fuera un diagrama de temperatura, y ella había empezado a bostezar y a
cansarse del experimento antes de que apareciera ninguna palabra coherente. Después, de
la manera más extraña dejó caer la cabeza hacia delante y pareció haberse quedado
dormida.
Hugh levantó la vista del libro que estaba leyendo y me habló en susurros.
—La otra noche también se quedó dormida encima —dijo.
Los ojos de Margaret estaban cerrados y tenía la respiración prolongada y tranquila
del sueño, hasta que su cabeza empezó a moverse con una curiosa firmeza. Sobre la hoja
grande de papel trazó una línea de escritura y al final su mano se detuvo con una
sacudida, momento en el que despertó.
Miró el papel.
—Vaya —exclamó—. Así que uno de vosotros está tratando de gastarme una broma.
Le aseguramos que no había sido así, y leyó lo que había escrito.
—Jardinero, jardinero. Soy el jardinero. Quiero entrar. No puedo encontrarla aquí.
—¡Dios mío, otra vez el jardinero! —exclamó Hugh.
Al levantar la vista del papel vi que Margaret tenía sus ojos fijos en los míos, y antes
incluso de que hablara supe lo que estaba pensando.
—¿Regresaste a casa pasando por la cabaña vacía? —preguntó.
—Así es. ¿Por qué?
—¿Estaba todavía vacía? —dijo en voz baja—. O... ¿O había algo más?
No quise contarle lo que había visto... o al menos lo que pensé haber visto. Si iba a
producirse algo extraño, algo digno de observación, sería mucho mejor que nuestras
respectivas impresiones no se fortalecieran la una a la otra.
—Volví a llamar y no obtuve respuesta —dije.
Se inició entonces nuestra retirada. Fue Margaret la que empezó, y después de que
ella hubiera subido las escaleras, Hugh y yo nos dirigimos a la puerta principal para ver
qué tiempo hacía. La luna brillaba otra vez en un cielo claro y dimos un paseo por el
camino cubierto de losetas que había delante de la casa. De pronto Hugh se dio la vuelta
con rapidez y señaló un ángulo de la casa.
—¿Qué demonios es eso? —preguntó—. ¡Mira! ¡Allí! Ha dado la vuelta a la esquina.
Tan sólo pude vislumbrar a un hombre alto de fuerte constitución.
—¿No le viste? —preguntó Hugh—. Voy a rodear la casa y encontrarle; no me gusta
que haya nadie merodeando por aquí de noche. Quédate aquí, y si da la vuelta por el otro
lado pregúntale qué está haciendo.
Hugh me dejó junto a la puerta principal, que estaba abierta, y allí esperé a que diera
la vuelta completa. Apenas había desaparecido de mi vista cuando escuché con toda
claridad unos pasos rápidos pero fuertes que venían hacia mí por el camino pavimentado
desde la dirección contraria. Pero no veía absolutamente a nadie que pudiera causar esos
sonidos de pasos rápidos. Se acercaron más y más a mí los pasos del ser invisible, y luego
tuve un estremecimiento de horror al sentir que alguien, a quien no veía, pasaba junto a
mí mientras me hallaba en el umbral. No fue un simple estremecimiento del espíritu, pues
el contacto de ese ser fue el del hielo sobre mi mano. Traté de coger al intruso impalpable,
pero se escapó, y un momento después escuché sus pasos en el parquet del suelo de la
casa. En el interior alguna puerta se abrió y se cerró y no volví a oír nada de él. Un
momento después apareció Hugh dando la vuelta a la esquina de la casa desde la que se
habían aproximado los pasos.
—¿Dónde está? —preguntó—. No iba ni veinte metros por delante de mí... era un
tipo grande y alto.
—No vi a nadie. Oí sus pasos por el camino, pero no vi nada.
—¿Cómo es eso? —preguntó Hugh.
—Quienquiera que fuese pareció rozarme al pasar y entró en la casa —contesté.
Como estaba absolutamente seguro de que no habían sonado pasos en las escaleras
de roble, buscamos en todas las habitaciones, una tras otra, de la planta baja. La puerta del
comedor y la del salón de fumadores estaban cerradas, la que daba a la sala de estar se
encontraba abierta, y la única otra puerta que podría haber dado la impresión de abrirse y
cerrarse era la que daba a la cocina y los alojamientos del servicio. También allí nuestra
búsqueda fue infructuosa; buscamos en el fregadero, la despensa, el armario del calzado y
la sala de los criados, pero todo estaba vacío y tranquilo. Llegamos finalmente a la cocina,
que estaba también vacía. Pero junto a la chimenea había una mecedora que se balanceaba
como si alguien hubiera estado sentado en ella y se acabara de ir. Estaba allí, delante de
nosotros, balanceándose suavemente, y parecía transmitir la sensación de una presencia,
invisible ahora, más incluso de lo que lo habría hecho la visión de aquél que con toda
seguridad había estado sentado allí. Recuerdo que quise sujetarla y detenerla, pero mi
mano se negó a acercarse.
Lo que habíamos visto, y especialmente lo que no habíamos visto, habría bastado
para proporcionar casi a cualquiera una noche accidentada, y seguramente yo no me
encontraba entre las excepciones de mente poderosa. Permanecí mucho tiempo acostado
con los ojos y los oídos bien abiertos, y cuando finalmente empecé a dormitar me sacó de
la tierra fronteriza del sueño el sonido, apagado pero inequívoco, de alguien que se movía
por la casa. Se me ocurrió que los pasos podían ser los de Hugh, que llevaba a cabo una
exploración solitaria, pero mientras me lo preguntaba llamaron a la puerta que
comunicaba nuestras habitaciones, y como respuesta a lo que le pregunté me dijo que
había acudido a ver si era yo quien paseaba con inquietud. Mientras hablábamos, los
pasos cruzaron junto a mi puerta y las escaleras que conducían al piso superior crujieron.
Un momento más tarde sonaron directamente encima de nuestras cabezas, en algún
desván.
—Ahí no están los dormitorios de los criados —me informó Hugh—. Nadie duerme
allí. Debe haber alguien, vamos a comprobarlo.
Iluminándonos con velas subimos las escaleras cautelosamente, y cuando estábamos
arriba del tramo, Hugh, que iba un escalón delante de mí, lanzó una exclamación.
—¡Algo ha pasado a mi lado! —dijo tratando de agarrar el aire vacío.
Mientras Hugh hablaba, yo tuve la misma sensación, y un momento después las
escaleras volvieron a crujir más abajo, mientras el ser invisible descendía. Durante toda la
noche escuchamos por los pasillos sonidos de pasos, como si caminara alguien por la casa,
y mientras me encontraba acostado escuchando recordé el mensaje transmitido a través de
los dedos de Margaret sobre el lápiz del tablero. «Quiero entrar. No puedo encontrarla
aquí...»
Evidentemente alguien había entrado y buscaba diligentemente. Parecía que fuera el
jardinero. Pero ¿qué jardinero era ese buscador invisible, y a quién buscaba?
Al igual que cuando cesa un dolor corporal resulta difícil recordar con una sensación
viva cómo era el dolor, a la mañana siguiente, mientras me vestía, intenté vanamente
recuperar ese horror del espíritu que había acompañado a la aventura nocturna. Me
acordé de que en mi interior algo me había repugnado cuando la noche anterior vi los
movimientos de la mecedora y cuando escuché los pasos por el camino pavimentado del
exterior, y también cuando por aquella presión invisible supe que alguien había entrado
en la casa. Pero ahora, en la mañana tranquila que producía sensatez, y durante todo el
día, bajo el sereno sol de invierno, no podía entender qué había sucedido. Como sucede
con el dolor corporal, la presencia tenía que estar allí para poder entenderla, y no estuvo
en todo el día. Hugh tenía la misma sensación; incluso se hallaba dispuesto a bromear
sobre el tema.
—Vaya si buscó bien, quienquiera que fuera y a quienquiera que estuviera buscando
—observó—. Y, a propósito, ni una palabra a Margaret, por favor. No oyó nada de esos
paseos, ni de la entrada de... lo que fuese. En cualquier caso no era un jardinero: ¿quién ha
oído hablar de un jardinero que se pase todo el tiempo caminando por la casa? Si
hubiéramos escuchado pasos por el bancal de patatas, estaría de acuerdo contigo.
Margaret había decidido salir aquella tarde a tomar el té con unos amigos, y en
consecuencia Hugh y yo tomamos un refresco en el Club después de la partida, y estaba
oscureciendo ya cuando por tercer día consecutivo regresé a casa pasando junto a la
cabaña encalada. Pero esa noche no tuve la sensación de que estuviera sutilmente
ocupada; tenía un aspecto desolado, como suele suceder con las casas deshabitadas, y
ninguna luz ni nada que se le pareciera brillaba a través de sus ventanas. Hugh, a quien le
había contado las impresiones extrañas que había experimentado allí, las consideró con la
poca seriedad que daba ya a los recuerdos de la noche, y seguía bromeando sobre ellas
cuando llegamos a la puerta de nuestra casa.
—Una perturbación psíquica, muchacho —me dijo—. Como un catarro de cabeza.
Vaya, la puerta está cerrada.
Llamó a la campana, golpeó la puerta y desde el interior sonó el ruido de una llave al
abrirse y de los pestillos al retirarse.
—¿Por qué estaba cerrada la puerta? —preguntó al criado que la abrió.
El criado empezó a cambiar de posición, apoyándose primero en un pie y luego en el
otro.
—La campana sonó hace media hora, señor —dijo—. Y cuando fui a abrir había ahí
fuera un hombre, y...
—¿Y bien? —preguntó Hugh.
—No me gustó su aspecto, señor, y le pregunté qué era lo que quería. No respondió
nada, y debió marcharse tan deprisa que ni le vi hacerlo.
—¿Y adonde pareció irse? —preguntó Hugh mirándome a mí.
—No podría decirlo con exactitud, señor. Es que ni siquiera pareció que se marchaba.
Noté algo que me rozó al pasar.
—Es suficiente, gracias —le dijo Hugh bruscamente.
Margaret no había regresado desde la visita, pero poco después, cuando escuchamos
el crujido de las ruedas del coche, Hugh reiteró su deseo de que no le dijéramos nada de la
impresión que ahora, por lo visto, compartía con nosotros una tercera persona. Llegó con
el rubor de la excitación en el rostro.
—No vuelvas a reírte de nuevo de mi tablero —dijo—. Me he enterado de la
extraordinaria historia de Maud Ashfield... algo horrible, pero terriblemente interesante.
—Suéltalo —le dijo Hugh.
—Bueno, había aquí un jardinero. Solía vivir en la cabaña que hay junto a la pasarela,
pero cuando la familia se iba a Londres su esposa y él se venían a vivir aquí como
vigilantes.
Las miradas de Hugh y la mía se encontraron; él apartó la vista.
Sabía yo, con la misma seguridad que si estuviera dentro de su mente, que sus
pensamientos eran idénticos a los míos.
—Se había casado con una mujer mucho más joven que él —siguió diciendo
Margaret—. Y gradualmente llegó a tener unos celos terribles de ella. Un día, en un ataque
de pasión, la estranguló con sus propias manos. Poco después llegó alguien a la cabaña y
le encontró sollozando encima de ella, tratando de devolverle la vida. Fueron a buscar a la
policía, pero antes de que llegara él se había abierto la garganta. ¿No os parece horrible?
Resulta bastante curioso que el tablero dijera: «El jardinero. Soy el jardinero. Quiero entrar.
No puedo encontrarla aquí». Y yo no sabía nada al respecto. Volveré a utilizar el tablero
esta noche. Ah, querido, el cartero viene dentro de media hora y tengo que redactar un
presupuesto para enviarlo. Pero en el futuro ten más respeto con mi tablero, Hughie.
Hablamos de la situación cuando se fue. Hugh, convencido de mala gana, pero que
no deseaba admitir que hubiera algo más que una coincidencia tras ese «absurdo del
tablero», insistió en que no le dijéramos nada a Margaret acerca de lo que habíamos oído y
visto en la casa la noche anterior, ni del visitante extraño que, llegamos a la conclusión,
entraría también esa misma noche.
—Se asustará y empezará a imaginar cosas —me dijo—. En cuanto al tablero, lo más
probable es que no haga otra cosa que garabatear y trazar curvas. ¿Quién es? ¡Entre!
En alguna parte de la habitación había sonado una llamada rápida y perentoria. A mí
no me pareció que sonara en la puerta, pero Hugh, cuando no obtuvo ninguna respuesta a
sus palabras, se puso en pie de un salto y la abrió. Dio algunos pasos por el salón exterior
y regresó.
—¿No oíste nada? —preguntó.
—Desde luego. ¿No había nadie?
—Ni un alma.
Hugh regresó junto a la chimenea y con bastante irritación arrojó al guardafuego un
cigarrillo que acababa de encender.
—Ha sido bastante desagradable —comentó—. Y si me preguntas si me siento
cómodo, te diré que nunca en la vida me había sentido más incómodo. Estoy asustado, si
es que quieres saberlo; y creo que tú también lo estás.
No tenía yo la menor intención de negar tal cosa, y siguió hablando.
—Tenemos que controlarnos. No hay nada que se contagie tanto como el miedo, y no
debemos contagiar a Margaret. Pero sabemos que hay algo más que el miedo. Algo ha
entrado en la casa y nos encontramos en una situación difícil. Nunca antes creí en esas
cosas. Pero analicémoslo un momento. ¿Qué puede ser?
—Si quieres saber lo que pienso—contesté—, creo que es el espíritu del hombre que
estranguló a su esposa y luego se cortó la garganta. Lo que no veo es qué daño puede
hacernos. En realidad a lo que tememos es a nuestro propio miedo.
—Nos encontramos en una situación difícil —dijo Hugh—. ¿Y qué podemos hacer?
Dios mío, si supiera qué podemos hacer no me preocuparía. Es el no saber... bueno, es
hora de vestirnos.
Margaret estuvo muy animada durante la cena. Como no sabía nada de las
manifestaciones de esa presencia que habían tenido lugar en las últimas veinticuatro
horas, le pareció interesantísimo que su tablero hubiera «sospechado» (esa fue su palabra
exacta) acerca del jardinero, y de ese tema pasó a un solitario para tres igualmente
interesante que su amiga le había enseñado, prometiendo iniciarnos en él después de la
cena. Así lo hizo, y como no sabía que los dos, por encima de todo, queríamos
mantenernos lejos del tablero, quedó complacida por el éxito de su solitario. Pero de
pronto se dio cuenta de que la noche pasaba rápidamente y apartó las cartas al terminar
una mano.
—Y ahora, media hora de tablero —anunció.
—Oh, ¿no podemos jugar otra mano? —preguntó Hugh—. Es el juego más divertido
que he conocido en años. El tablero nos parecerá lentísimo después de esto.
—Querido, si el jardinero vuelve a comunicarse, no te resultará tan lento—dijo ella.
—Pero eso son tonterías —contestó Hugh.
—¡Qué grosero eres! Pues entonces lee tu libro.
Margaret ya había sacado su máquina y una hoja de papel cuando Hugh se levantó.
—Por favor, Margaret, no lo hagas esta noche —dijo él.
—Pero ¿por qué? No tienes que atender.
—Bueno, en todo caso te pido que no lo hagas —insistió él.
Margaret le observó atentamente.
—Hughie, estás pensando algo —dijo ella—. Suéltalo. Me parece que estás nervioso.
Piensas que hay en eso algo extraño. ¿De qué se trata?
Me di cuenta de que Hugh dudaba si decírselo o no y que decidió que sería mejor
escoger la posibilidad de que el tablero escribiera insensateces.
—Pues hazlo entonces —dijo él.
Margaret vaciló. Evidentemente no quería enfadar a Hugh, pero la insistencia de éste
debió parecerle de lo más irrazonable.
—Bueno, sólo diez minutos. Y te prometo no pensar en jardineros.
Nada más poner la mano en el tablero su cabeza cayó hacia adelante y la máquina
empezó a moverse. Estaba sentado junto a ella, y lo que escribía sobre el papel me resultó
inmediatamente visible.
«He entrado», decía. «Pero sigo sin encontrarla. ¿
La estáis ocultando? Buscaré en la
habitación en la que os encontráis.»
Lo que hubiera escrito además, y estuviera oculto todavía bajo el tablero, no lo supe,
pues en ese momento recorrió la habitación una corriente de aire helado, y en la puerta
sonó una llamada, esta vez inequívocamente, fuerte y perentoria. Hugh se puso en pie de
un salto.
—Margaret, despierta. ¡Algo está entrando!
Se abrió la puerta y apareció la figura de un hombre. Entró, con la cabeza inclinada
hacia delante, y la giró de un lado a otro, aparentemente observando con unos ojos fijos e
infinitamente tristes todas las esquinas de la habitación.
—Margaret, Margaret —volvió a gritar Hugh.
Pero los ojos de Margaret también estaban abiertos; los tenía fijos en aquel temible
visitante.
—Cálmate, Hughie —dijo ella en voz baja levantándose mientras hablaba.
Ahora el fantasma la miraba directamente a ella. En una ocasión se movieron los
labios por encima de su barba espesa y rojiza, pero no salió de ellos sonido alguno; la boca
sólo se movía y babeaba. Levantó la cabeza y vi, horrorizado, que en uno de los lados del
cuello tenía abierta una herida roja y brillante...
No tengo ni idea de cuánto tiempo duró aquella pausa, mientras los tres
permanecíamos rígidos y paralizados, pues una inhibición mortal nos impedía movernos
o hablar; imagino que como máximo fueron diez o doce segundos. Después el espectro se
dio la vuelta y salió por donde había venido. Oímos sus pasos sobre el parquet del suelo;
escuchamos el sonido de descorrer los pestillos de la puerta principal y un portazo que
sacudió la casa.
—Todo ha terminado —dijo Margaret—. ¡Que Dios tenga piedad de él!
El lector puede dar a esta visita de los muertos aquella explicación que prefiera.
Puede pensar que no fue en absoluto una visita de los muertos, diciendo que en el
escenario en el que se produjo aquel asesinato y suicidio quedó alguna especie de registro
emocional que en determinadas circunstancias podía traducirse en imágenes visibles e
invisibles. Las ondas de éter, o de cualquier otra cosa, es concebible que pudieran retener
la impresión de esas escenas; por así decirlo, se encontraban en una solución, dispuestas a
precipitarse. O puede sostener que el espíritu del hombre muerto se manifestó realmente
volviendo a visitar, con una especie de penitencia y remordimiento, el lugar en el que se
cometió su crimen. Naturalmente ningún materialista sostendría un solo instante esa
explicación, pero no hay nadie tan obstinadamente irrazonable como un materialista,
indudablemente, sucedió allí un hecho terrible, y por eso no deja de tener sentido la última
frase de Margaret.
NEGOTIUM PERAMBULANS
Posiblemente, el turista accidental que pase por el oeste de Cornualles, al atravesar la
desolada llanura elevada que se extiende entre Penzance y el Finis Terrae, haya observado
un cartel indicador muy viejo señalando un terreno difícil y que en el desgastado dedo que
lo muestra lleva una inscripción medio borrada diciendo: «Polearn 2 millas», aunque es
probable que muy pocos hayan sentido la curiosidad de recorrer estas dos millas para ver
un lugar al que las guías turísticas dedican un comentario tan superficial. Es descrito en un
par de líneas muy poco sugestivas como un pequeño pueblo de pescadores con una iglesia
sin ningún interés particular, excepto por los paneles de madera grabada y pintada que
forman la baranda del altar y que originalmente pertenecían a otro edificio. Se recuerda al
turista que en la iglesia de St. Creed existe una decoración parecida, pero muy superior a
ésta en estado de conservación e interés, circunstancia que hace que incluso los más
dispuestos a visitar iglesias no se sientan incitados para ir a Polearn. El señuelo es
demasiado pobre para desear tragárselo, y una mirada a aquellas tierras difíciles, que
cuando no llueve ofrecen un alfombrado de piedras puntiagudas y cuando llueve presenta
un río de fango, seguro que le hará decidir no exponer el coche o la bicicleta a este tipo de
riesgos en una región tan poco poblada como ésta. Desde Penzance sus ojos casi no han
encontrado casa alguna y la posibilidad de un pinchazo al recorrer media docena de
accidentadas millas parece un precio demasiado alto para ver unos paneles pintados.
Polearn, por tanto, incluso en el momento álgido de la estación turística, es poco
propenso a la invasión y, durante el resto del año, no creo que haya más de un par de
personas diarias que atraviesen estas dos larguísimas millas de cuestas rampantes y
pedregosas. En este cálculo exiguo no olvido al cartero, siendo pocos los días que, dejando
caballo y carro en la cima de la colina, se llega hasta el pueblo, porque a pocos centenares
de metros cuesta abajo hay una gran caja blanca que parece un baúl de marinero, puesta al
lado del camino, con una hendidura para tirar las cartas y una puerta cerrada con
candado. Cuando lleva en la cartera una carta certificada o un paquete demasiado grande
para meterlo en las casillas cuadradas del baúl de marinero, debe bajar la cuesta y entregar
el enojoso envío personalmente a su propietario, recibiendo a cambio una moneda o algún
refrigerio por su amabilidad; pero estas ocasiones son raras y la rutina general es sacar de
la caja las cartas que se han depositado y dejar las que él trae. Estas serán recogidas, quizás
aquel mismo día o al día siguiente, por un emisario enviado por la administración de
correos de Polearn.
Respecto a los pescadores de la localidad, que con su comercio de exportación
establecen el vínculo principal entre Polearn y el mundo exterior, nunca les pasaría por la
cabeza el subir la pronunciada pendiente y recorrer las seis millas que los separan del
mercado de Penzance. La ruta del mar es más corta y adecuada y pueden dejar el pescado
en la punta de la escollera.
Así pues, aunque la única industria de Polearn es la pesca, no se puede disponer de
pescado si no se encarga previamente a algún pescador. Cuando vuelven las barcas vienen
más vacías que una casa encantada, ya que el pescado se ha cargado en los vagones que se
dirigen rápidamente hacia Londres.
Este aislamiento, durante siglos, de la pequeña comunidad produce igualmente el
aislamiento del individuo y explica que no haya nadie tan individualista como la gente de
Polearn. A pesar de todo, o así me lo ha parecido siempre, la gente está unida por una
misteriosa comprensión, como si todos hubieran sido iniciados en algún antiguo rito,
inspirado y compuesto por fuerzas visibles e invisibles. Las tempestades que atacan las
costas en invierno, el hechizo de la primavera, los veranos cálidos y tranquilos, la estación
de las lluvias y la putrefacción otoñal crean un sortilegio que, poco a poco, se transmite a
los habitantes e influye en las fuerzas del bien y del mal que gobiernan el mundo,
manifestándose de una manera que tanto puede ser benigna como terrible...
La primera vez que fui a Polearn contaba diez años y era un chiquillo débil y
enfermizo, amenazado por dolencias pulmonares. Los negocios de mi padre lo retenían en
Londres, pero se consideró que el abundante aire fresco y la benignidad del clima eran
para mi condiciones esenciales si debía llegar hasta la edad adulta. La hermana de mi
padre se había casado con el vicario de Polearn, Richard Bolitho, natural del lugar, hecho
que me permitió pasar tres años en casa de mis familiares a cambio de pagar una pensión.
Richard Bolitho poseía en el pueblo una casa muy bonita, donde vivía más a gusto que en
la vicaría, la cual tenía alquilada a un joven artista, John Evans, enamorado del lugar,
razón por la que no se separara de él en todo el año. La casa tenía un sólido cobertizo
provisto de tejado, abierto por uno de sus costados, que habían construido en el jardín
especialmente para mí y donde yo vivía y dormía. Esto hacía que de las veinticuatro horas
del día no pasara ni una tras paredes y ventanas. Siempre me hallaba en la bahía con la
gente del mar o rondando por los acantilados cubiertos por aulagas que se alzan a derecha
e izquierda de la profunda garganta donde se encuentra el pueblo o bien estaba ocupado
en futilidades en la punta de la escollera o buscando nidos de pájaro en el bosque con
chicos del pueblo. Salvo los domingos y durante las escasas horas del día que iba a la
escuela, estaba autorizado a hacer todo lo que me pasara por la cabeza siempre que lo
hiciera al aire libre. Las lecciones no eran pesadas, pues mi tío sabía acompañarme por los
floridos atajos que atraviesan los matorrales de la aritmética, me llevaba a agradables
excursiones a través de los elementos de la gramática latina y, por encima de todo, me
forzaba a presentarle diariamente un informe, expuesto con frases claras y
gramaticalmente correctas, de todo cuanto ocupaba mis pensamientos y movimientos. Si
debía decirle que había corrido por los acantilados, la manera de expresarme debía ser
ordenada, no difusa, y acompañada de notas exponiéndole mis observaciones. Esto me
ayudaba a entrenar mis dotes de observación, ya que me inducía a explicarle cuales eran
las flores que había encontrado y qué pájaros había visto planeando sobre el mar o
construyendo el nido en el bosque. De esto debo estarle permanentemente agradecido,
pues la observación y la descripción en un lenguaje expresivo de las cosas observadas se
convertiría en mi profesión.
De todos modos, más importante aún que las tareas reservadas para los días de cada
día era la rutina prescrita para el domingo. En el alma de mi tío incubaba el sombrío
rescoldo del calvinismo y el misticismo, que convertía el domingo en el día del terror. En
su sermón de la mañana nos chamuscaba con un avance de los fuegos eternos preparados
para los pecadores impenitentes y se puede afirmar que no era menos aterrador cuando
hablaba a los niños durante la ceremonia de la tarde. Recuerdo perfectamente su
exposición de la doctrina del ángel de la guarda. Según afirmaba, un niño podía sentirse
seguro amparado por aquella custodia angélica, pero que se guardara de cometer alguna
de las numerosas ofensas que podían obligar a su ángel custodio a apartar de él su rostro,
pues de la misma manera que había ángeles que nos protegían, también había presencias
malignas y ominosas dispuestas a atacarnos. Le gustaba de forma particular entretenerse
en éstas. También recuerdo su comentario en el sermón de la mañana sobre los paneles
llenos de relieves de la baranda del altar, a los que ya he aludido anteriormente. Se veía en
ellos al ángel de la Anunciación y al ángel de la Resurrección, pero también estaba
presente la bruja de Endor y, en el cuarto panel, una escena que me inquietaba de manera
particular. Aquel cuarto panel mi tío bajaba del púlpito para señalar los detalles trabajados
por el tiempo representaba la puerta del cementerio de la misma iglesia de Polearn y, de
hecho, el parecido era remarcable. En la entrada estaba la figura de un capellán vestido
con una túnica y sosteniendo una cruz en la mano. Con aquella cruz se enfrentaba a una
criatura terrible parecida a una babosa gigante y que retrocedía al encontrárselo delante.
Según la interpretación de mi tío, representaba algún ser de una maldad y de un poder
casi infinitos, que sólo podía ser combatido con una fe firme y un corazón puro. Debajo se
leía una leyenda que decía: «Negotium perambulans in tenebris», sacada del salmo noventa y
uno. Habíamos hallado también la traducción: «la pestilencia que camina por las tinieblas»,
que sólo reproducía débilmente el latín. De hecho, era más mortal para el alma que
cualquier pestilencia, que sólo puede matar el cuerpo: era la Cosa, la Criatura, el Asunto
que traficaba en medio de las Tinieblas, un ministro de la ira de Dios entre los perversos...
Mientras él hablaba, yo me daba cuenta de las miradas que intercambiaban los
feligreses y sabía que sus palabras evocaban algún supuesto, algún recuerdo. Movían la
cabeza y murmuraban en voz baja, entendían las alusiones. Con aquel espíritu inquisitivo
de los niños, no podía descansar hasta que arrancaba la historia a mis compañeros, hijos
de los pescadores, cuando a la mañana siguiente nos tostábamos desnudos al sol tras
haber tomado un baño. Uno sabía un fragmento, el segundo conocía otro más y, pegando
unos con otros terminábamos formando una leyenda verdaderamente alarmante. En pocas
líneas, se desarrollaba como sigue:
En otro tiempo hubo una iglesia mucho más antigua que aquella donde mi tío cada
domingo nos aterrorizaba con sus palabras. Se alzaba a menos de trescientos metros de
distancia, sobre la meseta de terreno llano que había bajo la cantera de la que se habían
extraído las piedras. El propietario del solar la derruyó y se hizo construir una casa en el
mismo lugar aprovechando los materiales de la ruina. Con un éxtasis de perversidad,
conservó el altar, sobre el cual comía y jugaba a los dados. Pero he aquí que, cuando
envejeció, se apoderó de él una especie de negra melancolía y quería tener velas
encendidas ardiendo toda la noche, pues la oscuridad le causaba gran espanto. Una noche
de invierno sobrevino una galerna tan intensa como nunca habíase visto otra, rompió las
ventanas de la sala donde cenaba el hombre y apagó las luces. Los criados se presentaron
profiriendo gritos de terror y lo encontraron tendido en el suelo en medio de un río de
sangre que le salía de la garganta. En el momento de entrar les pareció ver una inmensa
sombra negra que se apartaba de él y que, arrastrándose por el suelo y trepando por la
pared, se escurría por la ventana rota.
—Allí yacía bien muerto —explicó el último de mis informantes—, y él, un hombre
fornido, quedó reducido a un saco de piel y huesos, al que aquella bestia había chupado
toda la sangre. Su último suspiro fue un grito en el cual profirió las mismas palabras que
pueden leerse en el panel.
—Negotium perambulans in tenebris —me aventuré a decir con avidez.
—Poco más o menos. En todo caso, latín.
—¿Y después? —pregunté.
—No había nadie que quisiera acostarse en aquel lugar. Aquella casa vieja se fue
arruinando y hará cosa de tres años que se hundió. Pero, mira por dónde, entonces
apareció el Sr. Dooliss, de Penzance, y volvió a reconstruir la mitad de ella. No quiso hacer
caso de aquellos seres extraños, ni tampoco de latinajos. Un buen día cogió la botella de
whisky y al llegar la noche llevaba encima una buena cogorza. Bien, me voy a casa a cenar.
Prescindiendo de la autenticidad de la leyenda, me explicaron la verdad sobre el Sr.
Dooliss de Penzance, quien desde aquel día se convirtió en el objeto de mi ávida
curiosidad, especialmente porque la casa que se había construido en la cantera estaba
situada al lado del jardín de mi tío. La Cosa que caminaba en medio de la Oscuridad no
excitaba especialmente mi imaginación y yo ya estaba tan acostumbrado a dormir solo en
el cobertizo que la noche no me inspiraba terror alguno. Pero habría sido muy excitante
despertarme a cualquier hora y oír gritar al Sr. Dooliss, ya que esto indicaría que la Cosa lo
había atrapado.
Aquella historia se me fue borrando de la cabeza, ensombrecida por cosas más
interesantes que pasaban durante el día y, en el transcurso de los dos últimos años de vida
al aire libre en el jardín de la vicaría, rara vez pensé en el Sr. Dooliss y en el hado que
podía corresponderle por la osadía de vivir en un lugar donde se movía aquella Cosa
tenebrosa. Ocasionalmente lograba verlo por encima de la valla del jardín, un hombre que
era como una gavilla desmadejada y amarillenta, que caminaba lentamente y vacilando,
aunque nunca me lo encontré al otro lado de la reja de su casa, ni en calle alguna del
pueblo, ni abajo en la playa. Nadie se metía en su vida y él no se metía en la vida de nadie.
Si quería arriesgarse a ser la víctima del legendario monstruo nocturno o beber
tranquilamente en su casa hasta morir, era algo que a mí ni me iba ni me venía. Al parecer
mi tío había hecho diversos intentos de visitarle cuando vino a instalarse en Polearn; pero
se ve que al Sr. Dooliss no debían gustarle los vicarios, porque hacía decir que no estaba en
casa y nunca le devolvió la visita.
Tras tres años de sol, viento y lluvia, yo había vencido completamente aquellos
primeros síntomas y me había convertido en un chico de trece años fuerte y robusto. Me
enviaron a Eton y Cambridge y, habiendo finalizado la preparación necesaria, me convertí
en abogado. Ocho años más tarde ya ganaba un sueldo anual de cinco cifras y había
invertido en determinados valores una suma que me podía reportar dividendos, que
teniendo en cuenta mis gustos sencillos y mis costumbres frugales, me ofrecían todas las
comodidades necesarias a este lado del sepulcro. Tenía al alcance los premios que otorga
poseía ambición alguna que me espoleara ni deseaba tampoco esposa e
hijos, por lo que me figuro debo ser un soltero natural. De hecho, sólo tenía una ambición
que a lo largo de aquellos años de actividad me había estado tentando, como la visión de
unas montañas azules y lejanas, y era regresar a Polearn y vivir aislado del mundo en
compañía del mar y las colinas vestidas de aulagas, donde había jugado con los amigos, y
explorar los secretos que ocultaban. Tenía metido aquel sortilegio en mi corazón y puedo
decir sinceramente que casi no había pasado un solo día en todos aquellos años sin aquel
pensamiento y aquel deseo presentes en mi cabeza. Por mucho que me comunicara
frecuentemente con mi tío durante toda su vida y, tras su muerte, con su viuda —que aún
vivía—, desde que me embarcara en mi profesión no había regresado nunca más, porque
sabía que si volvía me costaría demasiado marcharme otra vez. Tenía decidido regresar
tan pronto hubiera logrado mi independencia, y nunca más me iría de allí. Pero me
marché y ahora no habría nada en el mundo que me hiciera desviar del camino que
conduce de Penzance al Finis Terrae y contemplar aquellas paredes que cierran el valle y
se alzan, abruptas, sobre los techos del pueblo y escuchar el chillido de las gaviotas que
pescan en la bahía. Y todo porque una de las cosas invisibles que forman parte de las
fuerzas oscuras salió a la luz y yo la vi con mis propios ojos.
La casa donde pasé aquellos tres años de mi infancia había sido cedida a mi tía con
carácter vitalicio y, cuando le comuniqué mi intención de regresar a Polearn, me sugirió
que, mientras no encontrara la casa adecuada, fuera a vivir con ella, siempre que yo no
encontrara inconveniente en aquella proposición.
«La casa es demasiado grande para una vieja que vive sola —me comentó por carta—
y con frecuencia pienso que no iría desencaminada si la dejase y me instalara en una casa
más pequeña, suficiente para mí y mis necesidades. Ven a compartirla conmigo, querido
sobrino y, si te molesto, que uno de los dos marche. Quizás te guste la soledad, como a la
mayoría de la gente de Polearn, y entonces marcharás tú. O bien seré yo quien te deje. Una
de las razones principales de haberme quedado todos estos años en esta casa ha sido el
deseo de no dejarla arruinar. Las casas se arruinan, tú ya lo sabes, si no se vive en ellas.
Poco a poco se mueren, el alma se les debilita y termina abandonándolas. ¿No te
explicaron estas simplezas en tus años de estudio en Londres?...»
Como era natural, acepté entusiasmado aquel arreglo momentáneo y un atardecer de
junio me encontré al inicio de aquella costa que bajaba hasta Polearn y nuevamente
descendí hasta el profundo valle encastrado entre montañas. Parecía que el tiempo se
hubiera detenido: aquel cartel indicador tan gastado —o su substituto— aún señalaba con
el dedo delgaducho aquella bajada y, unos cuantos centenares de metros más allá, había
aquella caja blanca donde se intercambiaban las cartas. Mis ojos topaban una a una con
cosas recordadas y lo que veían no había empequeñecido, como suele pasar con los
escenarios de la niñez al ser revisitados y meterlos en una escala más pequeña. Allá estaba
la administración de correos, también la iglesia y, muy cerca de ella, la vicaría, y más allá,
toda aquella vegetación que aislaba la casa a donde me dirigía desde el camino y, aún más
allá, los techos grises de la casa de la cantera, húmedos y brillantes, barridos por la brisa
mojada de la tarde que sopla desde el mar. Todo era exactamente como lo recordaba y, por
encima de todo, aquella sensación de reclusión y aislamiento. En algún lugar m
de las copas de los árboles se encaramaba aquel sendero que unía la carretera a Penzance...
pero todo estaba inconmensurablemente lejano. Los años transcurridos desde la última
vez que aparecí en la famosa puerta se disipaban como el vaho del aliento en aquel aire
caliente y suave. Había palacios de justicia en algún lugar del libro gris de la memoria y, si
me entretenía girando las hojas, me dirían que me había hecho un nombre y una buena
renta. Pero ahora el libro gris se había cerrado porque yo volvía a estar en Polearn y su
hechizo me envolvía.
Si Polearn no había cambiado, tampoco lo había hecho la tía Hester, que salió a la
puerta a recibirme. Siempre había sido delicada y blanca como la porcelana y el paso de
los años no la había envejecido sino sólo había servido para refinarla.
Mientras permanecíamos sentados hablando tras la cena, me informó de todas las
novedades acaecidas en Polearn durante aquellos años. Los cambios de los que me habló
solo sirvieron para confirmar la inmutabilidad de los hechos. Volviendo a recordar
nombres, le pregunté por la casa de la cantera y por el Sr. Dooliss, y me di cuenta de que
su rostro se oscureció un tanto, como si la sombra de una nube acabara de enturbiar un día
de primavera.
—Sí, el Sr. Dooliss —me dijo—, ¡pobre Sr. Dooliss! ¡Claro que lo recuerdo! Ya debe
hacer diez años o más que murió. Nunca te lo comuniqué por carta porque fue terrible y
no tenía ganas de entristecer tus recuerdos de Polearn. Tu tío siempre había pensado que
podía suceder una cosa como ésta si continuaba bebiendo tan lamentablemente... ¡y aún
peor! Aunque nadie supo exactamente qué sucedió, es lo que cabe suponer.
—Pero, ¿cómo fue todo, más o menos, tía Hester?
—Pues bien, como es natural no te lo puedo explicar con exactitud, y nadie podría
hacerlo. Pero era un gran pecador y el escándalo que provocó en Newlyn fue una
vergüenza. Además, vivía en la casa de la cantera... No sé si debes recordar un sermón que
dio una vez tu tío, cuando bajando del púlpito explicó aquel panel de la baranda del altar.
Quiero decir aquello de esa horrible criatura apostada en la puerta del cementerio.
—Sí, lo recuerdo perfectamente —le respondí.
—Supongo que debió impresionarte, como impresionó a todo el mundo que lo
escuchó, una impresión que quedó grabada en todos nosotros cuando pasó aquella
catástrofe. No sé cómo fue, pero el Sr. Dooliss se enteró del sermón de tu tío y, una vez que
debía estar bebido, irrumpió en la iglesia y dejó el panel reducido a trocitos. Parece que
pensaba que era mágico y que, si lo destruía, seguramente se libraría del hado terrible que
ya lo amenazaba. Es necesario que te diga que, antes de cometer aquel terrible sacrilegio,
había sido un hombre obsesionado: odiaba la oscuridad y la temía, pensando que aquella
criatura representada en el panel lo perseguía, creía que si tenía las velas encendidas, se
libraría. Pero estaba tan trastornado que le parecía que aquel panel era el causante de sus
terrores y, como te he dicho, irrumpió en la iglesia e intentó destruirlo.
Y ahora te explicaré por qué he dicho que lo intentó. Cierto que a la mañana
siguiente, cuando tu tío fue a la iglesia a decir maitines, lo encontró convertido en astillas
y, sabiendo el miedo que provocaba el panel al Sr. Dooliss, se dirigió inmediatamente a la
casa de la cantera y lo acusó de destructor. El hombre no lo negó; muy al contrario, se
vanaglorió de lo hecho. Y aunque era temprano, continuó allí sentado bebiendo su whisky.
»—¡Ya puedes ver que se ha hecho de la Cosa de que hablabas —le dijo— y también
de tu sermón! ¡Ya ves que caso hago de las supersticiones!
»Tu tío se fue sin responder a aquella blasfemia, con intención de dirigirse derecho a
Penzance e informar a la policía de aquel ultraje a la iglesia; sin embargo, al salir de la casa
de la cantera se metió de nuevo en la iglesia para poder dar detalles sobre los desperfectos,
y se encontró con el panel en su sitio, intacto e ileso. Él, no obstante, lo había visto
destrozado y el mismo Sr. Dooliss le había confesado que la destrucción era obra suya.
Pero era un hecho que estaba allí, ¿y quién habría podido decir si había sido el poder de
Dios o algún otro poder el que lo había recompuesto?»
Así era Polearn verdaderamente, y era el espíritu de Polearn el que me hacía aceptar
todo lo que me decía mi tía Hester como hecho comprobado. Había pasado de esa manera.
Y continuaba como si nada con aquella su voz tranquila:
—Tu tío reconocía que allí había intervenido algún poder que estaba por encima del
de la policía y ya no fue a informar del hecho a Penzance porque habían desaparecido
todas las pruebas.
Me cayó encima un súbito raudal de palabras.
—Debía haber algún error —dije— puesto que el panel no se había roto...
Ella sonrió.
—Has pasado mucho tiempo en Londres, querido sobrino...—me dijo—; déjame que
te explique el resto de la historia. Aquella noche, por alguna razón, no pude dormir. Hacía
mucho calor y parecía que me faltase aire. Supongo que debes pensar que el insomnio
queda explicado con ese bochorno. De tanto en tanto me levantaba de la cama y me
aproximaba a la ventana para intentar respirar un poco, y desde allí, la primera vez que
me levanté de la cama vi que la casa de la cantera resplandecía. Pero la segunda vez me di
cuenta de que estaba completamente a oscuras y, cuando me preguntaba cuál podría ser el
motivo, escuché un grito terrible y, al poco, los pasos de alguien que caminaba muy
deprisa por el camino que estaba al otro lado de la puerta. Mientras corría no paraba de
chillar: «¡Luz, luz! ¡Dadme luz o me atrapará!». Era horrible el escucharlo y fui corriendo a
despertar a mi marido, que dormía en el vestidor al otro lado del pasillo. No me demoré
nada, si bien los gritos habían despertado todo el pueblo y, al llegar a la escollera,
descubrió que todo había concluido. La marea se había retirado y, al pie de las rocas yacía
el cuerpo del Sr. Dooliss. Seguramente debía haberse seccionado alguna arteria al chocar
contra alguna de aquellas piedras tan angulosas. Se había desangrado hasta morir y,
aunque era un hombre corpulento, su cuerpo parecía un saco de huesos. A pesar de todo,
a su alrededor no había ningún charco de sangre, como sería de esperar. Solo la piel y los
huesos, como si hubieran chupado hasta la última gota de sangre.
Me incliné hacia delante.
—Tanto tú como yo sabemos qué pasó, querido sobrino —continuó ella— o, al
menos, nos lo imaginamos. Dios dispone de instrumentos para vengarse de quienes traen
la maldad a lugares que son sagrados. Sus caminos son oscuros y misteriosos.
Imagino fácilmente qué hubiera pensado de tal historia si me la hubieran relatado en
Londres.
Existía una justificación obvia: el hombre en cuestión había sido un bebedor y, por
tanto, no es extraño que los demonios del delirio lo persiguieran. Pero aquí, en Polearn, la
situación era diferente.
—¿Y quién vive ahora en la casa de la cantera? —pregunté—. Hace muchos años los
hijos de los pescadores me contaron la historia del hombre que la construyó y el espantoso
fin que tuvo. Ahora ha sucedido lo mismo. No debe haber nadie que ose vivir allí de
nuevo.
Le leí en la cara, incluso antes de formularle la pregunta, que sí existía tal persona.
—Sí, vuelven a habitarla —contestó ella—, dado que la ceguera no conoce freno... No
sé si te acuerdas de él. Hace muchos años ocupó la vicaría.
—John Evans —dije yo.
—Sí, un hombre agradable, por cierto. Tu tío estaba muy satisfecho por tener un
inquilino tan buena persona como él. Y ahora...
Se levantó.
—Tía Hester, no deberías dejar las frases a medio decir —le recriminé.
Ella negó con la cabeza.
—Es una frase que se acabará sola —replicó—. ¡Qué noche! Debo retirarme a dormir
y tú también deberías hacerlo o pensarán que queremos tener la luz encendida cuando
oscurece.
Antes de meterme en la cama, corrí las cortinas y abrí las ventanas de par en par para
que así el aire tibio procedente del mar entrara en el dormitorio. Al contemplar el jardín, la
luz de la luna iluminó el techo, brillante por el rocío, del cobertizo donde había vivido tres
años. Como todo lo demás, me transportó a los viejos tiempos que ahora revivía, como si
formaran una sola pieza con el presente y no existiera una laguna de más de veinte años
separándolos. Estos dos espacios de tiempo se ajustaban como gomitas de mercurio que se
reúnen para formar una luminosa esfera llena de misteriosas luces y reflejos.
Alzando un tanto los ojos, vi sobre la negra pared de la colina las ventanas de la casa
de la cantera aún iluminadas.
La mañana, como suele pasar tantas veces, no rompió la ilusión. Cuando comencé a
recobrar la consciencia, me imaginé que volvía a ser un niño y despertaba en el cobertizo
del jardín y aunque, al despertarme completamente, aquella ilusión me hizo reír, el hecho
en el que se basaba era real. Ahora como entonces, solo, era necesario hallarse aquí,
recorrer de nuevo los acantilados y escuchar el estallido de las vainas entre los arbustos;
pasearse por la costa hasta la cueva donde tomar el baño, flotar, dejarse llevar por el agua,
nadar en la marea caliente y tostarse sobre la arena, contemplar las gaviotas que van
pescando, vagar por la punta de la escollera con los pescadores, ver en sus ojos y escuchar
en sus tranquilas palabras que hay cosas secretas que, sin ellos saberlo, forman parte de
sus instintos y de su propia esencia. Había en mí poderes y presencias; los blancos chopos
erguidos junto al riachuelo que borboteaba por el valle lo sabían y de tanto en tanto
soltaban un centelleo, como la chispa de blancura que se observaba bajo las hojas, que lo
demostraba; incluso las piedras que pavimentaban la calle estaban impregnadas de ello...
Yo no quería otra cosa que tenderme allí e impregnarme. Ya lo había hecho, de niño, de
una manera inconsciente, pero ahora el proceso debía ser consciente. Debía saber qué
sacudida de fuerzas, fructíferas y misteriosas, hervían al mediodía en las laderas de lacolina y centelleaban de noche sobre el mar. Era factible conocerlas, incluso era posible
dominarlas por quienes eran maestros en sortilegios, pero nunca podía hablarse de ellas,
porque habitaban la parte más interior, estaban injertadas en la vida entera del mundo.
Existían oscuros secretos del mismo modo que hay poderes claros y amables, y sin duda
pertenecía a esos aquel «Negotium perambulans in tenebris» que, aunque poseedor de una
mortal malignidad, no podía ser considerado únicamente como un mal, sino como
vengador de hechos sacrílegos e impíos... Todo esto formaba parte del hechizo de Polearn,
y sus semillas hacía mucho tiempo que residían, aletargadas, en mí interior. Ahora,
empero, rebrotaban. ¿Quién podía pronosticar qué extraña flor se abriría en sus tallos?
No tardé mucho en encontrar a John Evans. Una mañana, mientras estaba tumbado
en la playa, se me acercó arrastrando los pies por la arena un robusto hombre de mediana
edad con rostro de Sileno. Al estar más cerca se paró, frunció las cejas y me miró fijamente.
—Vaya, ¿no eres aquel chico que vivía en el jardín del vicario? —me preguntó—.
¿No sabes quién soy?
Lo supe al escuchar su voz. Esta fue la que me informó y, al reconocerla, vi los rasgos
de aquel chico fuerte y despierto convertidos en grotesca caricatura.
—Sí, tú eres John Evans —le respondí—. Eras muy amable conmigo, solías hacerme
dibujos.
—Así es y ahora te los volveré a hacer. ¿Te has bañado? Es algo arriesgado. Nunca se
sabe qué anida en el mar, ni tampoco en tierra, la verdad sea dicha. No es que yo haga
caso de esto. Me dedico sólo al trabajo y al whisky. ¡Ay, Dios mío! Desde la última vez que
te vi he aprendido bastante a pintar, y también a beber, si te soy franco. Ya sabes que vivo
en la casa de la cantera y debo decir que es un lugar que te provoca sed. Vente y le echarás
un vistazo, si te parece bien. Te has instalado con tu tía, ¿no?. Podría pintarle un buen
retrato, posee una cara interesante, y sabe un montón de cosas. Quienes viven en Polearn
deben saber muchas cosas, aunque yo no haga demasiado caso de este tipo de asuntos.
No sabría decir si alguna vez había sentido repulsión y atracción al mismo tiempo
como en esa ocasión. Tras aquel grosero rostro se escondía algo que horrorizaba y
fascinaba a la vez. Con su hablar ceceante sucedía lo mismo. En cuanto a sus pinturas,
¿cómo debían ser éstas?
—Justamente pensaba en regresar a casa —le comenté—. Gustosamente me pasaría
por allí, si no te importa.
A través del jardín descuidado y rebosante de vegetación me hizo entrar en aquella
casa donde no había puesto los pies en toda mi vida. Un gato gris muy grande tomaba el
sol en la ventana y una vieja servía la comida en un rincón de la helada estancia situada
tras la puerta de entrada. Sus paredes eran de piedra, y unas molduras llenas de relieves
se engastaban en los muros, fragmentos de gárgolas e imágenes escultóricas que
testificaban su procedencia de la iglesia derruida. En un rincón se hallaba una tabla de
madera oblonga y decorada con relieves, cargada con toda la parafernalia del oficio de
pintor y, apoyadas en las paredes, un grupo de telas.
Acercó su dedo gordo a la cabeza de un ángel que formaba parte del anaquel de la
chimenea y, riéndose dijo:
—Un aire de santidad, por eso intentamos atenuarlo por lo que respecta a los
propósitos ordinarios de la vida con un arte de un tipo muy distinto. ¿Quieres beber algo?
¿No? Entonces puedes ir repasando mis pinturas mientras me acicalo un poco.
Tenía motivos para sentirse orgulloso de su talento: sabía pintar y, por lo que se veía,
pintaba cualquier tema, pero no había visto yo nunca pinturas tan inexplicablemente
malévolas. Había estudios exquisitos de árboles, pero te dabas cuenta que algo acechaba
desde sombras temblorosas. Había un dibujo del gato tomando el sol en la ventana, tal
como antes lo había visto y, a pesar de todo, no era un gato sino una bestia de espantosa
malignidad. Había un chico desnudo tumbado en la arena y no era un ser humano, sino
una ser maligno recién salido del mar. Había sobre todo pinturas del jardín rebosante de
plantas, aquel jardín que parecía una selva, y vislumbrabas entre los arbustos presencias
preparadas para arrojarse sobre ti...
—Bien, ¿te gusta mi estilo? —me preguntó levantándose con el vaso en la mano. No
había diluido el vaso de alcohol que se había servido—. Intento captar la esencia de lo que
veo, no simplemente la piel y la envoltura, sino la naturaleza, el centro de donde sale y
aquello que lo origina. Tienen mucho en común un gato y una fucsia, si los observas con
atención. Todo surgió del limo del pozo y todo retornará allí. Me gustaría pintar tu retrato
algún día. Como dijo el loco, nada más debes sonreír al espejo porque en él se refleja la
Naturaleza.
Tras aquel primer encuentro, lo vi de tanto en tanto durante los meses de aquel
maravilloso verano. A menudo se encerraba en su casa y pintaba durante días y días; otras
veces lo encontraba algún atardecer vagando por la escollera, siempre solo, y aquella
repulsión y aquel interés que me inspiraba crecían a cada encuentro. Parecía avanzar más
y más por aquel camino de conocimientos secretos que lo conducía al santuario del mal
donde lo esperaba la iniciación completa... Y de pronto llegó el final.
Me tropecé con él un atardecer de octubre en los acantilados, cuando el sol de la
tarde aún brillaba en el cielo, pero con sorprendente rapidez llegó desde el Oeste la
negrura de una nube tan espesa como nunca nadie había visto. El cielo absorbió la luz, y la
oscuridad cayó en capas cada vez más espesas. Súbitamente, él se dio cuenta.
—Debo volver tan rápido como pueda —me dijo—. Dentro de unos minutos será de
noche y la criada esta fuera. No encenderá las luces.
Y marchó con una extraordinaria agilidad tratándose de una persona que camina
arrastrando los pies y que a duras penas puede levantarlos. No tardó nada en ponerse a
correr atropelladamente. En medio de la creciente oscuridad pude observar que tenía la
cara húmeda por el sudor de un inexplicable terror.
—Debes acompañarme —me dijo jadeando—, porque cuanto antes encendamos las
luces, mejor. No puedo permanecer sin luz.
Me esforcé en seguirlo, pues parecía que el terror le diera alas. A pesar de todo, fui
tras él y, cuando llegué a la puerta del jardín, ya había recorrido la mitad del camino que
conducía a la casa. Lo vi entrar, dejar la puerta bien abierta y hurgar en las cerillas. Pero la
mano le temblaba de tal modo que era incapaz de trasladar la llama a la mecha de las
luces.
— Pero, ¿por qué tienes tanta prisa? —le pregunté.
De pronto observó la puerta abierta detrás mío y saltó de la silla que tenía al lado de
la mesa —aquella mesa que en otro tiempo fuera altar de Dios— dejando escapar un
bufido y un grito.
—¡No, no! —exclamó—. ¡Vete!...
Al girarme, vi lo que él estaba contemplando. La Cosa había entrado y ahora reptaba
por el suelo dirigiéndose hacia él, como una oruga gigante. Emanaba una luz fosforescente
y fría, y aunque la oscuridad exterior se había convertido en negrura, podía ver
claramente a aquel ser gracias a la luz terrible de su propia presencia. Salía también de ella
un olor de corrupción y putrefacción, de limo que ha permanecido largo tiempo bajo el
agua. Parecía no tener cabeza, si bien delante se le apreciaba un orificio de piel arrugada
que se abría y cerraba, todo lleno de babas en derredor. No tenía pelo y, respecto a la
forma y la textura, parecía una babosa.
Cuando avanzaba, la parte delantera se alzaba del suelo, como una serpiente que se
prepara a atacar, y se aprestaba a dirigirse hacia él...
Al ver aquello y al oír los alaridos agónicos que profería, el pánico que se había
apoderado de mí se transformó en una valentía sin esperanza y, con manos impotentes y
paralizadas, quise coger la Cosa. Pero no me fue posible: aunque allí había un elemento
material, resultaba imposible sujetarlo y las manos se me hundían en un fango espeso. Era
luchar contra una pesadilla.
Me parece que sólo transcurrieron escasos segundos antes de que todo terminara.
Los gritos de aquel desgraciado se volvieron gemidos y murmullos cuando la Cosa le cayó
encima. Todavía jadeó una o dos veces antes de quedar inmóvil.
Durante un momento más largo aún escuché ruidos de chapoteo y de sorber, hasta
que la Cosa se deslizó silenciosamente por el suelo de la misma manera que había entrado.
Encendí aquella luz donde había visto al hombre hurgando y allí en el suelo lo encontré:
tan sólo un arrugado saco de piel que contenía unos puntiagudos huesos.
_
EL ROSTRO
Sentada junto a la ventana abierta en aquella calurosa tarde de junio, Hester Ward
empezó a meditar seriamente acerca de los presagios y la nube depresiva que le habían
acompañado durante todo el día, y con gran sensatez enumeró para sí misma las múltiples
causas de felicidad que había en las circunstancias afortunadas de su vida. Era joven,
extremadamente atractiva, acomodada, gozaba de una salud excelente y por encima de
todo tenía un esposo y dos hijos pequeños adorables. Ciertamente no existía ruptura
alguna en el círculo de prosperidad que la rodeaba, y si en esos momentos un hada
madrina le hubiera entregado la gorra de los deseos habría dudado si ponérsela sobre la
cabeza, pues no podía pensar en nada que fuera digno de tal solemnidad. Tampoco podía
acusarse, además, de no apreciar esas bendiciones: las apreciaba y disfrutaba
enormemente, y deseaba de corazón que todos aquellos que con tanta munificencia habían
contribuido a su felicidad pudieran compartirla.
Hizo una revisión muy deliberada de todas esas cosas, pues se encontraba realmente
ansiosa, en realidad más de lo que se atrevía a admitir, por encontrar algo tangible que
pudiera justificar la sensación siniestra de que se acercaba el desastre. También había que
considerar el clima, pues durante la última semana había hecho en Londres un calor
sofocante, pero si era esa la causa, ¿por qué no lo había sentido antes? Quizás el efecto de
aquellos días sofocantes y sin aire hubiera sido acumulativo. Era un idea, aunque
sinceramente no parecía muy buena, pues lo cierto es que el calor le encantaba; Dick, que
lo odiaba, solía decir que era extraño que se hubiera enamorado él de una salamandra.
Cambió de postura y se irguió en el asiento bajo que ocupaba junto a la ventana,
tratando de recuperar su valor. Desde el momento mismo en que despertó esa mañana
supo que soportaba ese gran peso, y ahora, tras haber hecho todo lo posible para encontrar
cualquier motivo de su depresión, y haber fracasado totalmente, se disponía a mirar las
cosas cara a cara. Se avergonzaba de ello, pues la causa de ese estado de ánimo
amedrentado que la atenazaba era tan trivial, tan fantástica, tan excesivamente estúpida...
«Sí, nunca me sucedió nada tan tonto», pensó. «Debo considerarlo directamente y
convencerme de lo tonto que es». Permaneció un momento aferrándose las manos.
—Vamos a ello —dijo en voz alta.
La noche anterior había tenido un sueño que años atrás había sido habitual, pues de
niña lo había soñado una y otra vez. En sí mismo el sueño no era nada, pero en la época de
la infancia, siempre que la noche anterior había tenido ese sueño a la noche siguiente tenía
otro que contenía el origen y el núcleo del horror, y despertaba gritando y luchando bajo
la pesadilla abrumadora. Hacía ya unos diez años que no lo había experimentado, y por lo
que podía recordar habría dicho que se había vuelto oscuro y distante. Pero la noche
anterior había tenido el sueño de advertencia, que solía anunciar la visita de la pesadilla, y
ahora todo el almacén de la memoria, aunque estuviera lleno de cosas brillantes y
hermosas, no contenía nada tan vivo como el sueño.
El sueño de advertencia, el telón que se alzaba para la noche siguiente, revelando la
1 3 Cuentos De Fantasmas E . F. Benson
tan temida visión, era en sí mismo simple e inocuo. Le parecía estar caminando por un
acantilado alto y arenoso cubierto de hierba baja; a su izquierda, a veinte metros, estaba el
borde del acantilado, que caía entonces en una empinada cuesta hasta el mar, situado al
pie. El camino que ella seguía la conducía a través de campos rodeados de setos bajos y
resultaba suavemente ascendente. Cruzaba una media docena de esos campos, subiendo
las escaleras que por encima de las cercas comunicaban uno con otro; pastaban allí ovejas,
pero nunca vio un ser humano, y siempre era el crepúsculo, como si estuviera cayendo la
noche, y tenía que darse prisa porque alguien (ella no sabía quién) le estaba esperando, y
no sólo le aguardaba desde hacía unos minutos, sino desde hacía muchos años. En el
momento en que subía la cuesta veía delante de ella un grupo de árboles bajos que crecían
curvados por la continua presión del viento que soplaba desde el mar; y cuando los veía
sabía que su viaje casi había terminado, y que el innombrable que tanto tiempo llevaba
aguardando estaba en algún lugar cercano. El camino que seguía se interrumpía en ese
bosquecillo, y las inclinadas copas de los árboles por el lado del mar casi le servían de
techo; era como caminar a través de un túnel. Enseguida los árboles de la parte delantera
empezaban a disminuir, y a través de ellos veía la torre gris de una iglesia solitaria. Se
levantaba en un camposanto que parecía llevar mucho tiempo abandonado, y el cuerpo de
la iglesia, situada entre la torre y el borde del acantilado, estaba en ruinas, sin techo, y con
las ventanas abiertas rodeadas de espesos crecimientos de hiedra.
El sueño preliminar se detenía siempre en ese punto. Era un sueño que provocaba
preocupación e inquietud, pues se hallaba suspendido sobre él la sensación del crepúsculo
y la del hombre que la llevaba aguardando tanto tiempo; pero no podía considerarse como
una pesadilla. Lo había experimentado muchas veces en su infancia, y quizás era el
conocimiento subconsciente de la noche que con seguridad iba a producirse lo que le daba
esa inquietud. Y ahora la última noche se había vuelto a producir, idéntica en todos los
aspectos salvo en uno, pues la noche anterior le pareció que en los diez años que habían
pasado desde la última vez que lo tuvo se alteró la visión de la iglesia y el cementerio. El
borde del acantilado se había aproximado más a la torre, se encontraba ahora a uno o dos
metros de ella, y las ruinas de la iglesia, salvo un arco roto que había sobrevivido, habían
desaparecido. En su avance, el mar llevaba diez años tragándose el acantilado.
Hester sabía bien que sólo ese sueño le había oscurecido el día, por las pesadillas que
solían sucederle, y siendo una mujer sensata, tras haberlo reconocido se negó a admitir en
su mente nada que pudiera evocar conscientemente las consecuencias. Si se hubiera
permitido contemplar tal cosa probablemente el hecho mismo de pensar en ello bastaría
para asegurar su regreso, y una de las cosas que con seguridad sabía era que no quería en
absoluto que tal cosa sucediera. No era una de esas pesadillas ordinarias confusas y
revueltas; era muy simple, y sentía que concernía al ser innombrable que la aguardaba...
pero no debía pensar en ello; puso toda su voluntad e intención en el deseo de no pensar
en ello, y como ayuda a su resolución escuchó el sonido de la llave de Dick en la puerta
principal, y su voz que la llamaba.
Salió al pequeño y cuadrado recibidor principal y lo encontró allí, fuerte y grande, y
maravillosamente real.
—Este calor es un escándalo, un ultraje, una abominable desolación —gritó él
enjugándose el sudor vigorosamente—. ¿Qué hemos hecho para que la providencia nos
coloque en esta sartén? ¡Luchemos contra el calor, Hester! ¡Salgamos de este infierno y
vayamos a cenar a... —te lo diré susurrando para que la providencia no se entere— a
Hampton Court!
Ella se echó a reír: aquel plan le resultaba muy conveniente. Regresarían tarde, tras
haberse distraído; y cenar fuera resultaba al mismo tiempo delicioso y un motivo de
olvido.
—Estoy de acuerdo, y segura de que la providencia no nos ha oído. ¡Vayámonos
ahora!
—Perfecto. ¿He recibido alguna carta?
Se dirigió a la mesa sobre la que había algunos sobres con sellos de medio penique y
de aspecto muy poco interesante.
—Ah, recibos de facturas —dijo—. Sólo un recordatorio de lo tonto que es uno por
pagarlas. Una circular... un consejo que no he pedido acerca de invertir en marcos
alemanes... un suplicatorio en una circular que empieza: «Querido señor o señora». Es una
impertinencia pedirle a uno que se suscriba a algo sin saber de antemano si es hombre o
mujer... una visión privada de retratos en la Walton Gallery... no podré ir; reuniones de
negocios el día entero. Quizás a ti te gustaría ir a verlos, Hester. Me han dicho que hay
unos Van Dyck muy hermosos. Eso es todo: salgamos.
Hester pasó una velada realmente tranquila, y aunque pensó en hablarle a Dick
acerca del sueño que tanto había afectado todo el día su conciencia, para oír la gran
carcajada que soltaría él por su estupidez, no lo hizo, pues nada de lo que pudiera decir él
sería tan bueno para su miedo como la fuerza general que transmitía. Además, tendría que
explicarle el motivo de su efecto perturbador, decirle que en otro tiempo solía tener ese
sueño, y contarle la secuela de las pesadillas. Ni pensaría en ellas ni las mencionaría: era
mucho más prudente por su parte sumergirse en la extraordinaria cordura de Dick, y
sentirse envuelta por su afecto... Cenaron al aire libre en un restaurante situado a orillas
del río y después dieron un paseo; era ya casi medianoche cuando, calmada por el frescor
y el aire, y por el vigor de su fuerte compañero, se dejó conducir de regreso a la casa
mientras él llevaba el coche al garaje. Entonces se maravilló del estado de ánimo que la
había acosado todo el día, y que tan distante e irreal se había vuelto. Se sentía como si
hubiera soñado con un naufragio y al despertar se encontrara en un jardín seguro y
abrigado que la tempestad no podía atacar ni las olas batir. Pero ¿acaso no estaba allí,
aunque remoto y oscuro, el ruido de las olas distantes?
Dick dormía en el vestidor que comunicaba con el dormitorio de ella, cuya puerta
dejaban abierta para que entrara el aire y el frescor, y ella cayó dormida casi nada más
apagar la luz, cuando la del vestidor seguía todavía encendida. Hester empezó a soñar
inmediatamente.
Se hallaba de pie en la orilla del mar; había marea baja, pues las franjas de arena
recubiertas de objetos abandonados y varados brillaban en un crepúsculo que iba
profundizándose hasta convertirse en noche. Aunque nunca había visto aquel lugar, le
resultaba terriblemente familiar. En la cabeza de la playa había una empinada montaña de
arena, y sobre el borde de ésta una torre de iglesia de color gris. El mar debía haber invadido y socavado el edificio de la iglesia, pues abajo del montículo había bloques de
construcción desperdigados, lo mismo que algunas lápidas, mientras otras tumbas seguían
en su sitio marcando su silueta blanquecina sobre el telón de fondo del cielo. A la derecha
de la torre de la iglesia se encontraba un bosquecillo de árboles achaparrados que el viento
marino predominante había curvado hacia un lado, y ella sabía que en la parte superior
del montículo, varios metros hacia adentro, se encontraba un camino que cruzaba los
campos, con escaleras de madera para pasar por encima de las cercas de uno a otro, y que
atravesando un túnel formado por árboles iba a dar al cementerio. Todo aquello lo vio de
una sola mirada, y aguardó, contemplando el montículo de arena coronado por la torre de
la iglesia, el terror que iba a revelarse. Sabía ya lo que iba a suceder, e intentó escapar,
como lo había hecho muchas veces. Pero le había afectado ya la catalepsia de la pesadilla;
trató de moverse frenéticamente, pero ni siquiera esforzándose al máximo era capaz de
levantar un solo pie de la arena. Frenéticamente intentó apartar la mirada del montículo
de arena que tenía delante, en donde en un momento se manifestaría el horror...
Y se manifestó. Se formó allí una luz pálida y ovalada del tamaño del rostro de un
hombre, débilmente luminosa, delante de ella, varios centímetros por encima del nivel de
sus ojos. Fue cobrando precisión. En una zona baja de la frente creció un cabello corto y
rojizo; debajo, la contemplaban con fijeza dos ojos grises, muy juntos. A cada lado
aparecieron las orejas, notablemente alejadas de la cabeza, y las líneas de las mandíbulas
se encontraban en una barbilla corta y puntiaguda. La nariz era recta y bastante larga,
debajo había un labio, y finalmente cobró forma y color la boca, y en ella yacía el máximo
terror. Uno de sus lados, suavemente curvo y hermoso, temblaba convirtiéndose en una
sonrisa, mientras que el otro lado, grueso y como si estuviera tirante por causa de una
deformidad física, sonreía con sarcasmo y lujuria.
El rostro entero, desdibujado al principio, fue tomando gradualmente un perfil claro:
era pálido y bastante delgado, el rostro de un hombre joven. En ese momento el labio
inferior descendió un poco mostrando el destello de los dientes, y surgió el sonido del
lenguaje. «Pronto vendré por ti», dijo, y al hablar se acercó un poco más a ella y ensanchó
su sonrisa. En ese momento se derramó sobre ella toda la calurosa oleada de la pesadilla.
Intentó de nuevo correr, trató otra vez de gritar, ahora que podía sentir el aliento de esa
boca terrible sobre la suya. Entonces, con un estruendo y un desgarro, como si se hubieran
separado el cuerpo y el alma, ella rompió el encantamiento, escuchó el grito de su propia
voz y sintió sus dedos buscando el conmutador de la luz. Vio entonces que la habitación
no estaba a oscuras, pues la puerta de Dick se encontraba abierta, y un instante después,
vestido todavía, él se encontraba a su lado.
—¿Qué sucede, querida? ¿Qué pasa?
Ella se aferró a él con desesperación, enloquecida todavía por el terror.
—Ay, él ha estado aquí otra vez —gritó—. Dice que pronto vendrá por mí. No le
dejes que se acerque, Dick.
Por un momento se le contagió el miedo de ella y miró a su alrededor.
—Pero ¿qué dices? Aquí no ha estado nadie.
Ella levantó la cabeza, que tenía apoyada en el hombro de Dick.
—No, fue sólo un sueño —dijo Hester—. Fue el viejo sueño, y sentí terror. Pero
todavía no te has desvestido. ¿Qué hora es?
—No llevas ni diez minutos en la cama, querida —dijo Dick—. Apenas habías
apagado la luz cuando te oí gritar.
Hester se estremeció.
—Ay, es horrible. Y él vendrá otra vez...
—Habíame de ello —contestó él sentándose a su lado.
—No —contestó ella afirmando la negativa con un gesto de la cabeza—. No servirá
de nada hablar de ello. Sólo lo hará más real. Los niños están bien, ¿no?
—Por supuesto que sí. Al subir las escaleras lo comprobé.
—Eso me tranquiliza. Ahora estoy mejor, Dick. Un sueño no tiene nada de real,
¿verdad? No significa nada.
Él la tranquilizó mucho al respecto y al poco tiempo se había calmado. Dick volvió a
mirarla antes de irse a la cama y vio que estaba dormida.
Cuando a la mañana siguiente Dick se marchó a la oficina, Hester tuvo una dura
conversación consigo misma. Se dijo que de lo único que tenía miedo era de su propio
temor. ¿Cuántas veces había acudido a sus sueños ese rostro portador de malos presagios,
y qué significado había tenido luego? Absolutamente ninguno, salvo el de asustarla. Sentía
miedo y no había nada que temer: estaba defendida, protegida, era próspera... ¿qué
importaba que regresara una pesadilla de la infancia? Ahora no tenía más significado del
que había tenido entonces, y todas aquellas visitas de su infancia habían pasado sin
consecuencias... pero luego, a pesar de sí misma, volvió a pensar en esa visión. Era
absolutamente idéntica a todas las anteriores, excepto... y en ese momento, encogiéndosele
repentinamente el corazón, recordó que de niña aquellos terribles labios habían dicho:
«Vendré por ti cuando seas mayor», y que la frase de la noche anterior había sido:
«Vendré por ti ahora». Recordó también que en el sueño de advertencia el mar había
avanzado y había demolido ya el edificio de la iglesia. Había una terrible coherencia en
estos dos cambios dentro de unas visiones que en todos los demás aspectos eran idénticas.
Los años habían producido sus cambios, pues en una caso el mar, al crecer, había
derribado la iglesia, y en el otro el tiempo estaba ya cercano...
De nada servía reprenderse o regañarse, pues la única consecuencia de dejar que
entrara en su mente la contemplación de la visión era que se cerraba otra vez sobre ella el
dominio del terror; era mucho más prudente buscar una ocupación y hacer que el miedo
muriera tratando de no sostenerlo con el pensamiento. Por tanto decidió realizar sus
deberes domésticos, sacó a los niños para que tomaran el aire en el parque, y después,
decidida a no permitirse ningún momento libre, salió con la invitación para ver los
cuadros en una visita privada a la Walton Gallery. Después su día seguiría estando
ocupado; saldría a almorzar fuera, acudiría a una sesión de teatro y cuando regresara a
casa Dick ya estaría allí, y podrían irse a la casita que tenían en Rye para pasar el fin de
semana. Dedicarían el sábado y el domingo a jugar al golf, y ella sentiría que el aire fresco
y la fatiga física acabarían con el terror de esas fantasías de los sueños.
La galería estaba llena de gente cuando llegó allí; encontró algunos amigos, por lo
que la contemplación de los cuadros se acompañó de una alegre conversación. Había dos o
tres buenos Raeburn, un par de Sir Joshua, pero para ella las joyas eran tres Van Dyck que
estaban colgados en una pequeña sala. Entró en ella mirando el catálogo. El primero de
ellos era un retrato de Sir Roger Wyburn. Estaba todavía hablando con su amiga cuando
levantó la mirada y lo vio...
Su corazón latió tan rápido que se le subió a la garganta, y luego pareció quedarse
totalmente quieto. La invadió una especie de enfermedad mental del alma, pues allí, ante
ella, se encontraba el que pronto iba a ir a cogerla. Allí estaba el cabello rojizo, las orejas
proyectadas hacia fuera, los ojos codiciosos y juntos, y la boca que por un lado sonreía y
por el otro formaba la amenaza burlona que tan bien conocía ella. Podía haber sido su
pesadilla, en lugar de un modelo vivo, quien se hubiera sentado ante el pintor.
—¡Qué retrato, y qué hombre tan brutal! —exclamó su compañera—. Fíjate, Hester,
¿no te parece maravilloso?
Se recuperó haciendo un esfuerzo. Ceder ante ese temor que siempre la dominaba
habría significado permitir que las pesadillas invadieran su vida de vigilia, y estaba
convencida de que ahí estaba la locura. Se obligó a sí misma a mirarlo de nuevo, y
encontró los ojos fijos y ansiosos que la miraban a ella; casi imaginó que la boca empezaba
a moverse. A su alrededor, la multitud se movía y charlaba, pero ella sentía que se
encontraba a solas con Roger Wyburn.
Y sin embargo, razonó consigo misma, ese retrato de él —pues era él y no otro—
tendría que haber servido para tranquilizarla. Si a Roger Wyburn lo había pintado Van
Dyck, debía llevar muerto casi doscientos años. ¿Cómo iba a ser una amenaza para ella?
¿Acaso había visto por casualidad ese retrato de niña, y le había causado alguna impresión
terrible, pues aunque borrado por otros recuerdos siguió vivo en el subconsciente
misterioso que fluye eternamente, como un río oscuro y subterráneo bajo la superficie de
la vida humana? Los psicólogos enseñan que esas primeras impresiones ulceran o
envenenan la mente como un absceso oculto. Ello podría explicar ese terror a aquél, que
había dejado de no tener nombre, y la aguardaba.
Aquella noche, en Rye, volvió a tener el sueño de advertencia seguido por la
pesadilla, y aferrándose a su esposo cuando el terror comenzó a remitir, le contó lo que
había decidido. Sólo el hecho de contarlo le produjo cierto consuelo, pues era tan
monstruosamente fantástico que el robusto sentido común de él la sostuvo. Cuando al
regresar a Londres se repitieron las visiones, él no hizo caso de los reparos de Hester y la
llevó directamente al médico.
—Cuéntaselo todo, querida. Si no prometes hacerlo tú, lo haré yo. No puedo
consentir que estés tan preocupada. Sabes que todo es una tontería, y los médicos son
maravillosos para curar tonterías.
—Dick, estás asustado —le respondió tranquilamente volviéndose hacia él.
—Ni lo más mínimo —contestó él echándose a reír—. Pero no me gusta que me
despierten tus gritos. No es ésa mi idea de una noche pacífica. Ya hemos llegado.
El informe médico fue decisivo e imperioso. No había nada de lo que alarmarse; tenía
una salud perfecta en el cerebro y en el cuerpo, pero estaba agotada. Con toda
probabilidad esos sueños turbadores eran un efecto, un síntoma de su condición, y no la
causa; sin la menor vacilación, el doctor Baring recomendó un cambio completo que
incluía un viaje a algún lugar tonificante. Lo prudente sería enviarla fuera de aquel horno
caluroso, a algún lugar tranquilo en el que no hubiera estado nunca. Cambio completo;
totalmente. Por esa misma razón sería mejor que su marido no la acompañara; debía irse,
por ejemplo, a la costa este. Aire del mar, frescor y total ociosidad. Nada de largos paseos;
nada de baños prolongados; un chapuzón y una tumbona sobre la arena. Una vida
perezosa y soporífera. ¿Qué le parecería Rushton? No le cabía duda de que Rushton
serviría para recuperar el ánimo. Quizás en una semana su marido pudiera ir a verla.
Mucho dormir —sin preocuparse de las pesadillas—, y mucho aire fresco.
Hester, con gran sorpresa de su esposo, aceptó la sugerencia enseguida, y a la tarde
siguiente estaba ya instalada en soledad y tranquilidad. El pequeño hotel se hallaba casi
vacío, pues todavía no se había iniciado la oleada de turistas veraniegos, y pasó todo el día
sentada en la playa con la sensación de que había terminado la lucha. No necesitaba ya
combatir el terror; confusamente le parecía que su mal se había relajado. ¿Acaso se había
entregado a él, de alguna manera, cumpliendo su orden secreta? Al menos no volvieron a
repetirse las visitas nocturnas, durmió mucho, sin sueños, y despertó a un nuevo día de
tranquilidad. Todas las mañanas tenía unas letras de Dick, con buenas noticias de él y de
los niños, pero por alguna razón los niños y él parecían remotos, como si fueran recuerdos
de un tiempo muy distante. Algo se había introducido entre ellos y ella, y los veía como a
través de un cristal. Pero igualmente, el recuerdo del rostro de Roger Wyburn, tal como lo
había visto en el lienzo del maestro o suspendido delante de ella sobre el montículo de
arena, se volvió borroso y vago, y no la visitaron sus terrores nocturnos. Esa tregua de las
emociones no sólo actuó sobre su mente, calmándola y llenándola de una sensación de
tranquila seguridad, sino también sobre el cuerpo, por lo que empezó a fatigarse de esa
inactividad diaria.
El pueblo se encontraba sobre el borde de una extensión de tierra reclamada desde el
mar. Hacia el norte, el pantano, que empezaba a brillar ahora con las flores pálidas del mar
color de espliego, se extendía sin rasgo característico alguno hasta perderse en la distancia,
pero en el sur una estribación montañosa bajaba hasta la orilla terminando en un
promontorio arbolado. Poco a poco, conforme fue mejorando su salud, empezó a
preguntarse qué habría tras aquella cresta que le ocultaba la vista, y una tarde caminó por
el terreno intermedio dirigiéndose hacia las pendientes arboladas. El día era sofocante y
sin aire, pues había desaparecido la vigorizante brisa marina que hasta ahora había dado
frescura al calor, y esperaba encontrar alguna corriente de aire que se agitara sobre la
colina. Por el sur una masa de nubes oscuras recorría el horizonte, pero no había amenaza
inminente de tormenta. La pendiente se subía con facilidad, llegó arriba y se encontró al
borde de una meseta con pastos y árboles, y siguiendo el camino, que no se alejaba del
borde del promontorio, llegó a un campo más abierto. Allí las parcelas vacías, en las que
pastaban algunas ovejas, ascendían gradualmente. Escaleras de madera permitían
comunicar por encima de los setos que las delimitaban. Y luego, a menos de dos
kilómetros de ella, vio un bosque cuyos árboles crecían inclinados por el empuje de los
vientos marinos predominantes, coronando la parte superior de la pendiente, y por
encima divisó la torre gris de una iglesia.
En ese momento, cuando se identificó la escena tan terrible y familiar, a Hester se le
paralizó el corazón: pero inmediatamente la inundó una oleada de valor y resolución. Allí
estaba por fin el escenario de ese sueño precursor, y tenía la oportunidad de desentrañarlo
y romper el hechizo. En un instante se había decidido, y bajo la extraña luz crepuscular del
cielo encapotado caminó a paso vivo por entre los campos que con tanta frecuencia había
atravesado en sueños, y subió hasta el bosque más allá del cual se encontraba aquél que la
aguardaba. Cerró sus oídos a las campanadas de terror, que ahora podría silenciar para
siempre, y sin vacilaciones penetró en el túnel oscuro formado por los árboles. Enseguida
éstos comenzaron a ser menos numerosos, y a través de ellos, ahora ya muy cerca, vio la
torre de la iglesia. Unos metros más allá salió del cinturón de árboles y se vio rodeada por
los monumentos de un cementerio que hacia tiempo había sido abandonado. El
promontorio se interrumpía cerca de la torre de la iglesia: entre ésta y el acantilado no
quedaba de la iglesia más que un arco roto, recubierto espesamente por la hiedra. Pasó a
su lado y vio abajo las ruinas y los bloques de construcción caídos, y la arena recubierta de
lápidas y cascotes, y en el borde del acantilado había tumbas agrietadas y caídas. Pero allí
no había nadie; nadie la aguardaba, y el cementerio en el que tan a menudo lo había visto
se encontraba tan vacío como los campos que acababa de atravesar.
Una inmensa alegría la llenó; su valor se había visto recompensado y todos los
terrores del pasado se convirtieron en fantasmas carentes de significado. Pero no tenía
tiempo para quedarse allí, pues ahora amenazaba tormenta, y en el horizonte el destello de
un rayo fue seguido por el crujido de un trueno. Al darse la vuelta para irse su mirada se
fijó en una lápida que guardaba equilibrio sobre el borde mismo del acantilado, y leyó en
ella que yacía allí el cuerpo de Roger Wyburn.
El miedo, la catalepsia de la pesadilla, la enraizó de momento en aquel lugar;
sobrecogida y asombrada contempló las letras recubiertas de musgo; estaba casi
esperando que ese rostro aterrador se alzara y quedara suspendido sobre su lugar de
descanso. Después, el miedo que la había dejado congelada le dio alas, y con pies veloces
corrió por entre los arcos que formaban los árboles del bosque y salió a los campos. No
lanzó ninguna mirada hacia atrás hasta que llegó al borde de la cresta, sobre el pueblo, y
dándose la vuelta vio que los pastos que había atravesado estaban vacíos y no había en
ellos ninguna presencia viva. Nadie la había seguido; pero las ovejas, miedosas de la
tormenta inminente, habían dejado de comer y se apretujaban bajo el abrigo de los setos
bajos.
La primera idea de su mente aterrorizada fue la de abandonar el lugar enseguida,
pero el último tren para Londres había salido una hora antes, y además, ¿de qué servía
escapar si de lo que huía era del espíritu de un hombre muerto hacía mucho tiempo? La
distancia con respecto al lugar en el que yacían sus huesos no le daría seguridad; ésta
tendría que buscarla en su interior. Pero deseaba contar con la presencia confiada de Dick:
iba a llegar al día siguiente, aunque hasta el amanecer le aguardaban muchas horas largas
y oscuras, ¿y quién podía saber qué peligros le aguardarían esa noche? Si él partía esa
tarde en lugar de a la mañana siguiente, podría llegar allí en cuestión de horas, y estar con
ella a las diez o las once de la noche. Le escribió un telegrama urgente:
«Ven enseguida. No te retrases.»
La tormenta que había parpadeado en el sur ascendió ahora rápidamente, y poco
después rompía con terrible violencia. Como prefacio hubo algunas gotas gruesas que
cayeron salpicando sobre el camino mientras regresaba de la oficina de correos, y cuando
llegó al hotel volvió a sonar el estruendo de la lluvia que se aproximaba, y se abrieron las
compuertas de los cielos.
A través del diluvio centelleaba el fuego del rayo, el trueno resonaba y formaba ecos
por encima, y las calles del pueblo se convirtieron en un torrente de agua arenosa y
turbulenta. Se quedó sentada allí en la oscuridad, con una imagen flotando ante sus ojos:
la de la tumba de Roger Wyburn, tambaleándose ya y a punto de caer junto al borde del
acantilado de la torre de la iglesia. Con una lluvia como ésa se soltaban muchos metros de
acantilado; le pareció oír el susurro de la arena deslizante que precipitaría esos sepulcros
en ruinas, y lo que había en ellos, a la playa de abajo.
Hacia las ocho remitió la tormenta, y mientras cenaba le entregaron un telegrama de
Dick en el que le informaba que ya había partido y que se lo enviaba en route. Por tanto, a
las diez y media, si todo iba bien, estaría allí, y lograría interponerse entre ella y su miedo.
Era extraño que hacía unos días ese miedo y el pensar en él se hubieran vuelto algo
distante y oscuro para ella; ahora el uno estaba tan vivo como el otro, y contaba los
minutos que faltaban para que su marido llegara. Poco después la lluvia cesó totalmente, y
al mirar hacia afuera desde la ventana con las cortinas descorridas de su sala de estar,
donde se hallaba sentada viendo con qué lentitud giraban las manecillas del reloj,
contempló una luna de color ámbar oscuro alzándose sobre el mar. Antes de que hubiera
llegado al cenit, antes de que su reloj hubiera dado de nuevo dos veces la hora, Dick
estaría con ella.
Acababan de dar las diez cuando llamaron a su puerta, y el botones le transmitió el
mensaje de que un caballero había venido por ella. Con esa noticia se le sobresaltó el
corazón; no esperaba a Dick hasta media hora más tarde, pero su vigilia solitaria había
terminado. Bajó corriendo las escaleras y encontró a la figura de pie en el escalón exterior.
Su rostro estaba apartado del de ella, sin duda porque estaba dándole alguna orden al
chófer. Resaltó su perfil sobre la luz blanca de la luna, y en contraste con ella la llama de
gas de la entrada, situada por encima de su cabeza, daba a sus cabellos un tono cálido y
rojizo.
Ella cruzó corriendo el salón hacia él.
—Ay, querido, has llegado. Qué bueno eres. ¡Qué rápido has venido!
Él se dio la vuelta en el momento en que ella le puso una mano en el hombro. La
rodeó con un brazo y ella pudo contemplar un rostro con los ojos juntos, una boca que
sonreía por un lado y que por la otra se encogía como por una deformidad física, burlona
y lasciva.
La pesadilla había llegado; no era capaz ni de correr ni de gritar, y él, apoyándola en
sus pasos vacilantes, la condujo hacia la noche.
Dick llegó media hora más tarde. Se enteró asombrado de que un hombre había
venido por su esposa hacía poco tiempo, y que ella se había ido con él. Por lo visto no era
conocido allí, pues el muchacho que había transmitido el mensaje no lo había visto nunca
antes, y entonces la sorpresa de Dick comenzó a convertirse en alarma; investigaron fuera
del hotel y parece ser que uno o dos testigos habían visto a la dama que sabían que se
alojaba allí caminando sin sombrero por la parte de arriba de la playa con un hombre que
la llevaba cogida del brazo. Nadie lo conocía, aunque uno le había visto el rostro y podía
describirlo.
Se había estrechado por tanto la dirección de la búsqueda, y aunque llevaban un farol
para ayudar a la luz de la luna, encontraron unas huellas que podían haber sido las de ella,
pero sin señal alguna de que nadie caminara a su lado. Las siguieron hasta que
terminaron, a unos dos kilómetros, en un desprendimiento de arena que había caído desde
el viejo cementerio del acantilado, arrastrando la mitad de la torre y una tumba con el
cuerpo que contenía dentro.
La tumba era la de Roger Wyburn, y su cuerpo estaba al lado, sin signo alguno de
corrupción o decadencia, a pesar de que habían transcurrido doscientos años desde que
fue enterrado. Los trabajos de búsqueda en las arenas removidas duraron una semana,
ayudados por las mareas altas que poco a poco se la iban llevando. Pero no se realizó
ningún otro descubrimiento.
_
EL CUERNO DEL HORROR
Durante los últimos diez días Alhubel había estado cubierto de sol bajo el radiante
clima invernal propio de su altura, superior a los mil ochocientos metros. Desde el
amanecer hasta el crepúsculo, el sol (que tan sorprendente resultaba para quienes hasta
ahora lo habían asociado con un disco pálido y tibio que brillaba vagamente a través del
aire turbio de Inglaterra) había abierto su camino llameante a través de un azul de chispas,
y todas las noches la helada serena y quieta había hecho que las estrellas titilaran como
polvo de diamantes iluminado. Antes de la Navidad había caído nieve suficiente para
contentar a los esquiadores, y la pista grande, sobre la que nevaba todas las noches, había
dado a los patinadores por la mañana una nueva superficie sobre la que realizar sus
gracias resbaladizas. El bridge y el baile servían para distraer la mayor parte de la noche, y
a mí, que disfrutaba por primera vez de las alegrías de un invierno en Engadine , me
parecía que una tierra y un cielo nuevos habían sido iluminados, calentados y refrigerados
especialmente en beneficio de aquellos que, como yo mismo, habían sido lo bastante
inteligentes como para reservar sus días de vacaciones para el invierno.
Pero en esas condiciones ideales se produjo una ruptura: una tarde un velo vaporoso
fue cubriendo el sol, y valle arriba, desde el noroeste, un viento helado que había recorrido
millas de distancia sobre laderas cubiertas de hielo comenzó a batir los tranquilos salones
de los cielos. Muy pronto se fue cubriendo de nieve, primero en copos pequeños que se
movían casi horizontalmente ante el aliento congelado, y más tarde en copos tan gruesos
como de plumón de cisne. Durante los quince días anteriores el destino de las naciones y
la vida y la muerte me habían parecido de menos importancia que realizar determinados
trazados de las cuchillas de patinaje sobre el hielo con la forma y el tamaño adecuados,
pero ahora me parecía que la consideración primordial era la de regresar al hotel buscando
abrigo: era más prudente abandonar los giros entre las rocas antes de quedar congelado.
Había acudido allí con mi primo, el profesor Ingram, famoso fisiólogo y alpinista. En
la serenidad de la última quincena había hecho él un par de notables ascensiones
invernales, pero aquella mañana la sabiduría que tenía para el tiempo le había llevado a
desconfiar de los signos celestes, y en lugar de intentar el ascenso del Piz Passug, había
aguardado a comprobar si se justificaban sus recelos. Se había quedado sentado por ello
en el salón del admirable hotel, con los pies apoyados en las tuberías de la calefacción y la
última entrega de la correspondencia de Inglaterra en sus manos. Incluía un panfleto
concerniente al resultado de la expedición al monte Everest, que acababa de leer
atentamente cuando entré yo.
—Un informe muy interesante—dijo pasándomelo—. Y la verdad es que merecen
conseguirlo el próximo año. Pero quién sabe lo que pueden entrañar esos dos mil últimos
metros. Casi dos mil metros más cuando ya has subido cerca de siete mil no parece
mucho, pero por el momento nadie sabe si la estructura humana puede soportar el
esfuerzo a esa altura. Quizás no afecte sólo a los pulmones y el corazón, sino también al
cerebro. Pueden producirse alucinaciones delirantes. De hecho, diría que los escaladores
sufrieron ya una de esas alucinaciones, de no ser porque sé que no fue así.
—¿A qué te refieres? —pregunté.
—Ya sabrás que creyeron ver a gran altitud las huellas de un pie humano descalzo. A
primera vista eso parece una alucinación. ¿Qué hay más natural que un cerebro excitado y
estimulado por la altura extrema interpretara ciertas marcas en la nieve como las huellas
de un ser humano? A esa altitud todo órgano corporal está esforzándose al máximo para
realizar su trabajo, y el cerebro se fija en esas marcas de la nieve y dice: «Sí, tengo razón,
estoy haciendo mi trabajo y veo marcas en la nieve que afirmo son huellas humanas». Tú
sabes que incluso a la altitud a la que nos encontramos el cerebro se muestra inquieto y
ansioso, y me hablaste de la viveza de los sueños que tuviste anoche. Multiplica por tres
ese estímulo con su consiguiente ansiedad e inquietud, y verás lo natural que resulta que
el cerebro albergue ilusiones. Al fin y al cabo, ¿qué es el delirio que suele acompañar a la
fiebre alta sino el esfuerzo del cerebro para realizar su trabajo bajo la presión de la
condición febril? ¡Está tan ansioso por seguir percibiendo que percibe cosas que no
existen!
—Y sin embargo no crees que esas huellas humanas fueran ilusiones —dije yo—. Me
dijiste que así lo habrías creído de no ser por alguna otra cosa.
Se removió en su silla y se quedó un momento mirando por la ventana. El aire se
había vuelto espeso ahora por la densidad de los grandes copos de nieve que transportaba
el ventarrón del noroeste.
—Así es —añadió él—. Con toda probabilidad eran huellas humanas auténticas.
Espero que fueran las de un ser que se parezca más a un hombre que a cualquier otra cosa.
El motivo de que diga eso es que sé que esos seres existen. Incluso he tenido muy cerca a
la criatura, llamémosla así, que podría dejar esas huellas, y te aseguro que, a pesar de mi
curiosidad intensa, no deseé tenerla más cerca. Si la nevada no fuera tan densa podría
enseñarte el lugar en donde la vi.
Señaló por la ventana, más allá del valle, hacia donde se elevaba la enorme torre del
Ungeheuerhorn, con el pico de roca tallada arriba como una especie de gigantesco cuerno
de rinoceronte. Por lo que vi, la montaña sólo era practicable por un lado, y eso sólo para
los mejores escaladores; por los otros tres una sucesión de repisas y precipicios los volvían
imposibles de escalar. Seiscientos metros de roca perpendicular formaban la torre; abajo se
extendían ciento cincuenta metros de cantos rodados, y hasta el borde de éstos crecían
bosques densos de pino y alerces.
—¿En el Ungeheuerhorn? —pregunté.
—Sí. Hasta hace veinte años nadie lo había escalado, y yo mismo, como otros
muchos, empleé mucho tiempo tratando de encontrar una ruta en él. Mi guía y yo
pasamos a veces hasta tres noches en la choza que hay bajo el glaciar de Blumen,
merodeando por los alrededores, y sólo por un golpe de suerte encontramos la ruta, pues
la montaña parece todavía más impracticable desde el lado alejado que desde éste. Pero un
día encontramos en el costado una fisura larga y transversal que conducía a una
plataforma transitable; partía de allí un pasillo de hielo en pendiente que no se veía hasta
que lo estabas pisando. Pero no necesité meterme en él.
La sala grande en la que nos hallábamos sentados se estaba llenando de alegres
grupos empujados allí por la repentina tormenta y nevada, aumentando el cacareo de las
animadas lenguas. Además la orquesta, esa herencia invariable de la hora del té en los
establecimientos suizos, había comenzado a afinar los instrumentos para atacar el habitual
popurrí de las obras de Puccini. Un momento después empezaban las azucaradas y
sentimentales melodías.
—¡Qué contraste tan extraño! —observó Ingram—. Aquí estamos sentados, calientes
y cómodos, dejando que estas melodías infantiles acaricien agradablemente nuestros oídos
mientras en el exterior la gran tormenta se va haciendo más violenta a cada momento,
arremolinándose alrededor de los austeros riscos del Ungeheuerhorn: el Cuerno del
Horror, pues eso es lo que fue en realidad para mí.
—Quiero oír toda la historia —intervine yo—. Cada detalle: si la historia es breve,
alárgala. Quiero saber por qué es tu Cuerno del Horror.
—Pues bien, Chanton y yo (él era mi guía) solíamos pasar varios días merodeando
por los riscos, avanzando un poco por un lado para luego vernos detenidos, y ganando
quizás ciento cincuenta metros por otro lado para vernos enfrentados después a un
obstáculo insuperable, hasta el día en que, por suerte, encontramos la ruta. A Chanton no
le gustaba ese trabajo, por alguna razón que yo no podía ni sospechar. No era por la
dificultad o el peligro de la escalada, pues era el hombre con menos miedo que he
conocido nunca frente a las rocas y el hielo, pero siempre insistía en que abandonáramos
la montaña y regresáramos a la cabaña de Blumen antes del crepúsculo. No se sentía
tranquilo ni siquiera cuando habíamos regresado a nuestro abrigo y habíamos cerrado la
puerta con una barra, y me acuerdo bien de una noche en la que, mientras cenábamos,
escuchamos a un animal, probablemente un lobo, que aullaba en algún lugar del exterior.
Se apoderó de él un pánico auténtico, y creo que no pegó ojo hasta el amanecer. Se me
ocurrió entonces que pudiera existir alguna leyenda horripilante acerca de la montaña,
relacionada posiblemente con su nombre, por lo que al día siguiente le pregunté el motivo
de que se llamara el Cuerno del Horror. Al principio evadió la pregunta y dijo que, lo
mismo que el Schreckhorn, debía ese nombre a sus precipicios y a las rocas caídas; pero
cuando le presioné un poco reconoció que existía una leyenda que le había contado su
padre. Se suponía que había allí criaturas que vivían en sus cuevas, de forma humana y
cubiertas de un pelo negro y largo salvo en el rostro y las manos. Su estatura era baja,
aproximadamente un metro veinte, pero su agilidad y fuerza eran prodigiosas y debían
ser los restos de alguna raza salvaje y primitiva. Parecía que se hallaban todavía en una
fase ascendente de la evolución, o eso conjeturé yo, pues se contaba que algunas veces
habían raptado chicas jóvenes, pero no como presa, ni para someterlas al destino de los
cautivos de los caníbales, sino para tener descendencia. También habían raptado a
hombres jóvenes para emparejarlos con las mujeres de su tribu. Tal como te digo, daba la
impresión de que esas criaturas tendieran hacia la humanidad.
»Como es natural no me creí una palabra, sobre todo pensando en el día de hoy.
Quizás hace siglos pudieran haber existido esos seres, y por la tenacidad extraordinaria de
la tradición las noticias sobre ellos pudieron ser transmitidas de generación en generación
y escucharse todavía en los hogares de los campesinos. En cuanto a su número, Chanton
me contó que un hombre que gracias a su velocidad con los esquíes pudo escapar para
contar la historia vio en una ocasión a tres de ellos juntos. Afirmó que aquel hombre no era
otro que su abuelo, a quien una tarde de invierno se le hizo de noche mientras cruzaba los
densos bosques que hay bajo el Ungeheuerhorn, y Chanton suponía que aquellos seres
habían descendido a altitudes tan bajas buscando alimento por causa de la severidad del
clima invernal, pues en todas las otras ocasiones sólo se les había visto entre las rocas de la
propia cumbre. Habían perseguido a su abuelo, que entonces era un hombre joven, a un
paso extraordinariamente rápido, corriendo a veces erguidos como hombres, y otras veces
a cuatro patas, a la manera de los animales, y sus aullidos eran como el que habíamos
escuchado aquella misma noche en la cabaña de Blumen. Ésa fue, en todo caso, la historia
que me contó Chanton, y lo mismo que te pasa a ti la consideré como una absurda
superstición. Pero al día siguiente tuve motivos para reconsiderar mi opinión.
»Ese día, después de una semana de exploración, fue cuando dimos con la única ruta
actualmente conocida hasta nuestra cumbre. Partimos en cuanto hubo luz suficiente para
escalar, pues como podrás imaginarte es imposible escalar esas rocas dificilísimas con la
luz de la luna o de una linterna. Vimos la fisura alargada de la que te he hablado,
exploramos la plataforma que desde abajo parecía terminar en el vacío, y formando una
escalera con los picos ascendimos por el pasillo que sube desde allí. De ahí en adelante hay
una escalada en roca de considerable dificultad, pero sin descubrir nada angustioso, hacia
las nueve de la mañana estábamos arriba. No nos quedamos allí mucho tiempo, pues
cuando el sol calienta en ese lado de la montaña se corre el riesgo de que caigan piedras al
soltarse del hielo que las sujeta, y cruzamos presurosamente la plataforma en la que las
caídas son más frecuentes. Después teníamos que descender por la larga fisura, lo que no
era muy difícil, y habíamos terminado nuestro trabajo a mediodía, encontrándonos los
dos, como podrás imaginar, en un estado de euforia máxima.
»Se abría entonces ante nosotros una larga y fatigosa caminata por entre los enormes
cantos rodados que habían caído al pie del risco. Allí la ladera es muy porosa y se
extendían grandes cuevas hasta la montaña. Nos habíamos desatado en la base de la fisura
y estábamos deshaciendo el camino como mejor sabíamos entre aquellas rocas caídas,
muchas de ellas más grandes que una casa, cuando al rodear una de ellas vi algo que
evidenciaba que las historias que me había contado Chanton no eran ningún fragmento de
una superstición tradicional.
»A menos de veinte metros de mí estaba uno de esos seres de los que Chanton había
hablado. Estaba allí desnudo, calentándose boca arriba con el rostro vuelto hacia el sol,
que sus ojos estrechos contemplaban sin pestañear. En cuanto a la forma era totalmente
humano, aunque el crecimiento del pelo, que cubría por igual miembros y tronco, ocultaba
casi totalmente su piel bronceada. Pero el rostro carecía de pelo, salvo en las mejillas y la
barbilla, lo que me permitió contemplar un semblante de bestialidad sensual y malévola
que me dejó horrorizado. De haber sido un animal, apenas habría sentido un
estremecimiento ante su grosero animalismo; el horror estaba en el hecho de que era un
hombre. Estaba allí tumbado junto a un par de huesos roídos, y terminada la comida se
relamía perezosamente los labios protuberantes, de los que brotaba como un ronroneo de
alegría. Con una mano se rascaba el pelo grueso del vientre, con la otra sujetaba uno de los
huesos, que en ese momento se partió por la mitad bajo la presión de sus dedos. Pero mi
horror no se basó en la información acerca de lo que les ocurría a quienes eran apresados
por esos seres; se debía tan sólo a la proximidad de algo tan humano y tan infernal. La
cumbre, que tanta satisfacción y euforia nos había producido sólo unos momentos antes al
lograr coronarla, se convirtió verdaderamente para mí en un Ungeheuerhorn, pues era el
hogar de unos seres más horribles de los que habría podido producir el delirio de una
pesadilla.
»Chanton estaba unos doce pasos detrás de mí, y con un movimiento hacia atrás de
la mano le indiqué que se detuviera. Después, retrocediendo yo mismo con infinita
precaución, para no atraer la mirada de esa criatura, rodeé la roca por el otro lado,
susurrándole lo que había visto, y con el rostro demudado dimos un largo rodeo,
escudriñando desde cada esquina y agachados, pues no sabíamos si al siguiente paso
daríamos con otro de esos seres, o si por la boca de una de las cuevas de la ladera
aparecería otro de esos rostros temibles y sin pelo, llevando esa vez los pechos y la señal
de la mujer. Eso habría sido lo peor de todo.
»La suerte nos favoreció, pues nos abrimos camino entre los cantos rodados y las
piedras sueltas, que en cualquier momento habrían podido crujir y traicionarnos, sin que
se repitiera mi experiencia, y cuando nos encontramos entre los árboles corrimos como si
las propias Furias nos persiguieran. Ahora entendía, aunque creo que no soy capaz de
transmitirlo, los recelos de la mente de Chanton cuando me hablaba de aquellos seres. Era
su humanidad misma lo que los volvía tan terribles, el hecho de que fueran de nuestra
misma raza, pero de un tipo tan abismalmente degradado que el más brutal e inhumano
de los hombres habría parecido angélico en comparación.
La música de la pequeña banda había terminado antes que la narración, y los grupos
de conversadores sentados junto a la mesa de té se habían dispersado. Se detuvo un
momento.
—Lo que experimenté entonces fue un horror del espíritu, del que verdaderamente
creo no haberme recuperado totalmente —siguió diciéndome—. Entonces vi lo terrible que
puede ser un ser vivo, y en consecuencia lo terrible que era la vida misma. Supongo que
en todos nosotros habita algún germen heredado de esa bestialidad inefable, y quién sabe
si, aunque parece haberse vuelto estéril con el curso de los siglos, no podrá fructificar de
nuevo. Cuando vi tomar el sol a esa criatura contemplé el abismo del que hemos salido a
rastras. Y esas criaturas están tratando de salir ahora, si es que existen todavía, pues lo
cierto es que en los últimos veinte años no se sabe de nadie que los haya visto, hasta que
encontramos esta historia de las huellas vistas por los escaladores del Everest. Si la historia
es auténtica, si el grupo no las confundió con las huellas de algún oso, o por qué no de
unos pasos humanos, es como si todavía existiesen esos restos varados de la humanidad.
Ingram había contado bien su historia; pero sentados en esa habitación cálida y
civilizada no me había comunicado de una forma viva el horror que, claramente, había
sentido él. Acepto que intelectualmente podía apreciar su horror, pero la verdad es que mi
espíritu no se estremeció interiormente.
—Resulta extraño que tu gran interés por la fisiología no venciera tus vacilaciones.
Estabas contemplando una forma de hombre que probablemente es más remota que los
más antiguos restos humanos. ¿Acaso no había algo en tu interior que te decía que aquello
tenía un significado apasionante?
Lo negó con un gesto.
—No: lo único que quería era escapar. Tal como te he dicho, no era el terror hacia lo
que nos podía aguardar si nos capturaban, según la historia de Chanton; era un horror
absoluto ante la criatura. Me estremecí ante aquello.
Aquella noche aumentó la violencia de la nevada y la tormenta, y dormí inquieto,
saliendo una y otra vez del sueño por los fuertes golpes del viento al sacudir mis ventanas,
como si exigiera imperiosamente ser admitido. Venía en ráfagas hinchadas
entremezcladas con extraños ruidos cuando menguaba un momento, con aleteos y
quejidos que se convertían en gritos cuando retornaba su furia. Sin duda esos ruidos se
mezclaron en mi conciencia amodorrada y somnolienta, y en una ocasión salí de la
pesadilla imaginando que las criaturas del Cuerno del Horror estaban en mi balcón
golpeando los cerrojos de la ventana. La tormenta pasó antes de que amaneciera y al
despertar vi la nieve cayendo rápida y densa en el aire. La nevada prosiguió tres días sin
cesar, y cuando acabó la siguió una helada como nunca en mi vida había experimentado.
Una noche el termómetro marcó cuarenta y cinco grados bajo cero, y más la noche
siguiente, por lo que no era capaz de imaginar el frío que debía hacer en los riscos del
Ungeheuerhorn. Creí que sería suficiente para acabar por completo con sus habitantes
secretos: ese día, hacía veinte años, mi primo había perdido una oportunidad de estudio
que probablemente no volvería a tener ni él ni ningún otro.
Una mañana recibí la carta de un amigo que me decía que había llegado a la vecina
estación invernal de St. Luigi, y me proponía que fuera a patinar con él durante la mañana
para almorzar después juntos. El lugar se encontraba a unos cuatro kilómetros si se
tomaba el camino de las laderas bajas cubiertas de bosques de pinos, por encima de las
cuales se encontraban los bosques empinados bajo las primeras pendientes rocosas del
Ungeheuerhorn. Llevando a la espalda una mochila con los patines, me deslicé con los
esquíes sobre las pendientes arboladas y tomé una pendiente que en un suave descenso
que me conducía hasta St. Luigi. El día estaba encapotado, las nubes oscurecían totalmente
las cumbres más altas, aunque el sol resultaba visible, pálido y sin brillo, por entre la
niebla. Pero mejoró conforme pasaba la mañana y pude deslizarme hacia St. Luigi bajo un
firmamento centelleante. Patinamos, almorzamos y después, como parecía que retornaba
el mal tiempo, inicié el viaje de regreso hacia las tres.
Apenas había entrado en los bosques cuando por arriba se espesaron las nubes y
madejas e hilachas de éstas comenzaron a descender entre los pinares que cruzaba mi
camino. Diez minutos más tarde su opacidad había aumentado tanto que apenas sí podía
ver a un par de metros delante de mí. Enseguida me di cuenta de que debía haberme
salido del camino, pues me cerraban el paso matorrales con las puntas cubiertas de nieve,
y al retroceder para encontrarlo de nuevo confundí totalmente la dirección. Pero aunque el
avance era difícil sabía que bastaba con que siguiera ascendiendo, pues de ese modo
llegaría a la cresta de las colinas bajas y podría descender desde allí al valle abierto en
donde estaba Alhubel. De modo que seguí avanzando, dando traspiés y resbalando, e
incapaz por el espesor de la nieve de quitarme los esquíes, pues de haberlo hecho me
habría hundido hasta las rodillas a cada paso. El ascenso proseguía y al mirar el reloj vi
que hacía ya casi una hora que había salido de St. Luigi, período más que suficiente para
completar el viaje. Seguía todavía aferrado a la idea de que, aunque debía de haberme
alejado unos minutos de la ruta adecuada, con toda seguridad llegaría a la parte de arriba
y podría encontrar el camino descendente hasta el siguiente valle. Fue entonces cuando
observé que la niebla se iba llenando de un color rosado, y aunque deduje por ello que el
crepúsculo debía estar próximo, me consolé pensando que sin duda la niebla se levantaría
en cualquier momento descubriéndome mi posición. Pero el hecho de que pronto fuera a
anochecer me obligaba a defenderme mentalmente contra esa desesperación de la soledad
que roe el corazón de un hombre perdido en el bosque o en una ladera hasta el punto de
que, aunque tiene todavía mucho vigor en sus miembros, pierde la fuerza nerviosa y no
puede hacer otra cosa que tumbarse y abandonarse a lo que le reserva el destino... Lo que
escuché entonces me hizo pensar que la soledad era en realidad una bendición, pues había
un destino peor que el de estar solo. Lo que oí se asemejaba al aullido de un lobo y
procedía de un lugar no muy alejado de mí, donde la cresta —¿era una cresta?— seguía
elevándose recubierta de pinos.
Repentinamente el viento sopló a mi espalda agitando la nieve congelada de las
ramas de los pinos y barriendo la niebla lo mismo que una escoba barre el polvo del suelo.
Ante mí se extendía radiante el cielo sin nubes, cargado ya del color rojo del crepúsculo, y
delante vi que había llegado a la linde misma del bosque que durante tanto tiempo había
recorrido. Pero no encontré delante ningún valle en el que pudiera penetrar, sino la fuerte
pendiente de cantos rodados y rocas que se elevaban al pie del Ungeheuerhorn. ¿De
dónde procedía entonces el grito de lobo que me había paralizado el corazón? Pude verlo.
A menos de veinte metros había un tronco caído y se apoyaba en él uno de los
habitantes del Cuerno del Horror: era una mujer. Estaba envuelta por una espesa capa de
cabellos grises y en forma de mechones, desde la cabeza le caía el pelo sobre los hombros y
el pecho, del que colgaban unos pechos marchitos y oscilantes. Al mirarle el rostro entendí
lo que había sentido Ingram, pero no sólo con la mente, sino también con un
estremecimiento del espíritu. Jamás una pesadilla había dado forma a un semblante tan
terrible; la belleza del sol y las estrellas, y de los animales del campo y de la amigable raza
de los hombres no podía expiar una encarnación tan infernal del espíritu de la vida. Un
bestialismo insondable modelaba la boca babeante y los hombros estrechos; contemplé el
abismo mismo, y supe que desde ese abismo en cuyo borde yo me inclinaba habían
subido, escalándolo, generaciones de hombres. ¿Y si esa plataforma se deshacía delante de
mí y me enviaba directamente a sus profundidades inferiores...?
Ella sostenía con una mano los cuernos de una gamuza que luchaba y pateaba. Un
golpe de una pata trasera del animal dio en su muslo seco, y ella, con un gruñido de
cólera, cogió la pata con la otra mano, y con la facilidad con la que un hombre puede sacar
de su vaina un tallo de hierba de la pradera, se la arrancó del cuerpo dejando la piel
desgarrada colgando alrededor de la herida abierta. Entonces, llevándose a la boca el
miembro rojo y sangrante, lo chupó como haría un niño con un palo de caramelo. Sus
dientes oscuros penetraron en la carne y los cartílagos y después se relamió los labios con
un sonido de satisfacción. Dejó entonces la pata a un lado, volvió a contemplar el cuerpo
de la presa, que se estremecía ahora en sus convulsiones mortales, y con un dedo y el
pulgar le sacó un ojo. Le clavó los dientes y crujió como una nuez de cascara blanda.
Debí pasar algunos segundos observándola en pie, preso de una indescriptible
catalepsia de terror, mientras a través de mi cerebro repiqueteaba la orden que el pánico
enviaba a mis miembros encogidos: «Vete, vete mientras tengas tiempo». Recuperando la
capacidad de mis músculos y articulaciones, traté de colocarme tras un árbol para
ocultarme a esa aparición. Pero la mujer —¿debo llamarla así?— debió captar el
movimiento, pues levantó la vista que tenía fija en el festín vivo y me vio. Inclinó el cuello,
dejó caer su presa y, alzándose a medias, comenzó a moverse hacia mí. Al hacerlo abrió la
boca y lanzó un aullido como el que había oído un momento antes. Le respondió otro,
aunque débil y distante.
Deslizándome, con las puntas de los esquíes tropezando en los obstáculos que había
bajo la nieve, me lancé colina abajo entre los pinos. El sol descendente se hundía ya bajo
una elevación montañosa por el oeste, enrojeciendo con sus últimos rayos la nieve y los
pinos. La mochila, con los patines dentro, se sacudía de un lado para otro a mi espalda, y
una rama baja de un pino me había quitado de la mano un bastón de esquiar, pero no
podía permitirme ni un sólo segundo para recuperarlo. No miraba hacia atrás y no sabía a
qué velocidad iba mi perseguidora, o si todavía me perseguía, pues toda mi mente y mi
energía, que volvían a funcionar a pleno rendimiento por la tensa situación de pánico,
estaban dedicadas a alejarme colina abajo y salir del bosque tan rápidamente como me lo
pudieran permitir mis piernas. Durante unos momentos no oí otra cosa que la nieve que
siseaba a mi paso, y el crujido de los matorrales cubiertos de nieve bajo mis pies, hasta que
muy cerca y detrás de mí volvió a sonar el aullido de lobo y escuché unos pasos distintos a
los míos.
La cinta de la mochila se había movido, y como dentro los patines se agitaban de un
lado a otro, rozaba y presionaba mi garganta, impidiendo que entrara libremente el aire
que, bien lo sabía Dios, mis fatigados pulmones necesitaban desesperadamente, por lo que
sin detenerme la deslicé para dejar libre el cuello y la sostuve con la mano que había
quedado libre por la pérdida del bastón. Con ese cambio me moví con algo más de
facilidad, y no muy distante pude ver entonces, más abajo, el camino del que me había
apartado. Si podía llegar hasta él, el deslizamiento más suave me permitiría seguramente
distanciar a mi perseguidora, pues incluso en un terreno más accidentado sólo lentamente
se aproximaba a mí, y la visión de esa cinta que se extendía sin impedimentos colina abajo
permitió que un rayo de esperanza cruzara el pánico negro de mi alma. Con esa esperanza
llegó también el deseo insistente de ver quién o qué me perseguía, por lo que me permití
una mirada hacia atrás. Era ella, la bruja a la que había visto entregada a su horripilante
comida; sus largos pelos grises volaban hacia atrás con el movimiento, su boca parloteaba
y farfullaba, sus dedos se movían como asiendo algo, como si se hubieran cerrado ya sobre
mí.
Pero el camino ya estaba cerca y supongo que esa proximidad me hizo dejar de ser
precavido. Un grupo de arbustos cubiertos de nieve se hallaba en mi camino, y creyendo
que podría saltar por encima de él tropecé y caí ahogándome en la nieve. Muy cerca de mí
escuché un ruido maníaco, mitad grito y mitad risotada, y antes de que pudiera
recobrarme sus dedos estaban agarrándome el cuello, con una fuerza que me hacía pensar
que lo tenía metido en un torno de acero. Pero mi mano derecha, aquella con la que
sujetaba la mochila de los patines, estaba libre, y con un movimiento desde atrás hacia
adelante la lancé en toda la longitud de la correa, y supe que mi golpe desesperado había
dado en algún lugar del objetivo. Antes incluso de que pudiera mirar sentí que se relajaba
el apretón en mi cuello, al tiempo que algo caía encima del matorral mismo que me había
atrapado. Me puse en pie y me di la vuelta.
Allí estaba ella, agitándose y estremeciéndose. El talón de uno de los patines,
traspasando la piel delgada de la mochila, le había golpeado en una sien, de la que brotaba
sangre, pero a unos cien metros vi a otra de esas figuras que bajaba hacia allí, dando
grandes saltos. El pánico volvió a sobrecogerme y me apresuré a recorrer el camino liso y
blanco que llevaba hasta las luces del pueblo. Ni una sola vez me detuve en mi camino: no
volvería a tener seguridad hasta que hubiera regresado a las guaridas de los hombres. Me
precipité contra la puerta del hotel y grité pidiendo que me dejaran entrar, aunque sólo
hubiera tenido que girar el asa para hacerlo; y una vez más, como cuando Ingram me
contó su historia, encontré el sonido de la banda, las voces conversando y también estaba
allí él; levantó la vista y se puso rápidamente en pie ante mi ruidosa entrada.
—También yo los he visto —grité—. Mira mi mochila. ¿No hay sangre en ella? Es la
sangre de uno de ellos, una mujer, una bruja que mientras yo la miraba arrancó la pata de
una gamuza, y me persiguió por ese maldito bosque. Yo...
No sé si fui yo quien dio la vuelta, o si la habitación pareció girar a mi alrededor,
pero me oí caer sobre el suelo, y en el siguiente instante de conciencia me encontré en la
cama. Allí estaba Ingram, que me dijo que estaba totalmente a salvo, y otro hombre, un
desconocido, que pinchaba mi brazo con la aguja de una jeringa, y me tranquilizaba...
Uno o dos días más tarde pude dar una descripción coherente de mi aventura, y tres
o cuatro hombres armados con escopetas siguieron mi rastro. Encontraron el matorral con
el que había tropezado junto al cual un charco de sangre había empapado la nieve, y
siguiendo las huellas de mis esquíes dieron con el cuerpo de una gamuza a la que le
habían arrancado una de las patas traseras y le habían vaciado un ojo. Eso es lo único que
puedo aportar al lector para corroborar mi historia, y personalmente imagino que la
criatura que me persiguió no murió por causa de mi golpe, o que sus compañeros se
llevaron el cadáver... en cualquier caso, el incrédulo puede merodear por las cuevas del
Ungeheuerhorn para ver si sucede algo que pueda convencerle.
__
PIRATAS
Durante muchos años el proyecto de volver a comprar alguna vez la casa había
bullido en la mente de Peter Graham, pero siempre que consideraba la idea con una
intención práctica se presentaban razones que se lo impedían tenazmente. En primer lugar
estaba muy alejada de su trabajo, en el centro de Cornwall, y sería imposible pensar en ir
sólo los fines de semana; pero si se establecía allí durante períodos más largos, ¿qué
diablos haría en esa remota Tierra del Loto? Era un hombre atareado, que cuando estaba
trabajando le gustaba la diversión que le proporcionaban su Club y los teatros por la tarde,
que sólo se concedía pocos días de vacaciones lejos de la ciudad, y los empleaba en algún
río salmonero o en campos de golf con un pequeño grupo de amigos estables y de
mentalidad semejante. Considerado bajo esta perspectiva, el proyecto estaba erizado de
objeciones.
Sin embargo, a lo largo de todos aquellos años que habían ido pasando de manera
tan imperceptible, cuarenta de ellos ya, el deseo de volver a estar en casa, en Lescop, había
persistido siempre, y de vez en cuando, si su mente consciente no se ocupaba de ello, le
producía pequeños e inesperados tirones. Se daba cuenta perfectamente de que ese deseo
tenía una cualidad sentimental, y a menudo se extrañaba de que precisamente él, que tan
bien blindado estaba contra ese tipo de emoción en el ajetreo general de mundo, tuviera
precisamente eso en su carácter. No había vuelto al lugar desde que tenía dieciséis años,
pero su recuerdo era más vivo que el de cualquier otro escenario de su experiencia
posterior.
Desde entonces se había casado, había perdido a su esposa y muchos meses después
de aquello se había sentido terriblemente solitario, después había cesado el dolor de la
soledad y ahora, si alguna vez le hacían la pregunta directamente, confesaba que la vida
de soltero le resultaba más conveniente de lo que había sido la de casado. La vida de
casado no había sido un éxito notable y nunca sintió la menor tentación de repetir el
experimento. Pero había otra soledad que no había extinguido nunca ni la vida marital ni
su profundo interés por los negocios, y estaba relacionada directamente con su deseo de
esa casa en la pendiente verde de las colinas que hay encima de Truro. Tan sólo siete años
había vivido allí como el más joven de una familia de cinco hijos, y de toda aquella alegre
compañía sólo quedaba él. Uno a uno se habían ido apartando del tallo de la vida, pero
conforme cada uno de ellos penetraba en ese silencio, Peter no les había echado mucho de
menos: su propia vida era demasiado ajetreada como para que pudiera echar de menos
realmente a nadie, y tenía una constitución demasiado vital para permitirse otra cosa que
no fuera mirar hacia el futuro.
Ninguno de sus hermanos, salvo él, se había casado, y él no había tenido hijos, y
ahora que no tenía ningún vínculo íntimo de sangre con ningún ser vivo, una sensación de
soledad le rodeaba. No se trataba en absoluto de una soledad trágica o desesperada: no
tenía ningún deseo de seguirles si se diera la improbable y no verificada posibilidad de
encontrarles a todos de nuevo. Además, no servía para la existencia descarnada: para él la
carne y sangre, actividades e intereses materiales, y aparte de eso no
podía hacerse ninguna otra idea de la vida. Pero a veces sentía ese dolor sombrío de la
soledad, que es peor que todos los demás, cuando pensaba en la quietud que se había
congelado como el hielo sobre aquellos años juveniles y gozosos, cuando Lescop había
sido tan ruidoso, alerta y lleno de risas, y en sus jardines resonaban los juegos, y la casa
había estado llena de charadas, del juego del escondite y de planes multitudinarios. Desde
luego que había habido trifulcas, peleas y desgracias, bastante fuertes a veces, pero ahora
no había nadie con quien pelear. «No es posible pelearte con personas a las que no amas»,
pensaba Peter, «porque no te importan...» Y sin embargo era ridículo sentirse solo; era algo
todavía peor que ridículo, era una debilidad, y Peter tenía por ese tipo de debilidad el
desprecio habitual en un hombre de éxito, saludable y nada emotivo. Había tantas cosas
divertidas e interesantes en el mundo, por así decirlo había tantos hierros que golpear bajo
el fuego para convertirlos en oro cuando se dedicaba al trabajo, y tantas diversiones
agradables cuando no trabajaba (pues seguía manteniendo por el trabajo y por el juego un
entusiasmo infantil), que no había excusa para permitirse sentimentalismos estériles. Por
eso, a lo largo de muchos meses apenas sí algún pensamiento extraviado le conducía hacia
los años remotos que vivió en la casa de la ladera sobre Truro.
Últimamente se había convertido en el presidente de la junta de una empresa nueva
y muy prometedora, la British Tin Syndicate. Sus propiedades incluían algunas minas de
Cornish que previamente habían sido abandonadas por considerar que no podían dar
beneficios, pero recientemente un astuto químico mineralógico había inventado un
proceso por el que se podía extraer el metal de una manera mucho más económica de lo
que había sido posible hasta entonces. La British Tin Syndicate había adquirido la patente,
y tras comprar aquellas minas abandonadas de Cornish estaba obteniendo buenos
resultados con una mena que antes no había merecido la pena tratar. Peter tenía opiniones
muy asentadas acerca del deber de un presidente de familiarizarse con el aspecto práctico
de sus negocios, y viajaba en esos momentos a Cornwall para realizar una inspección
personal de las minas en las que se estaba utilizando dicho proceso. Llevaba con él unos
informes técnicos que le habían enviado y que pensaba leer durante las horas
ininterrumpidas de su viaje, y hasta que el tren no dejó atrás Exeter no terminó la lectura
atenta de los documentos, y volviendo a ponerlos en su cartera contempló el panorama
que pasaba rápidamente ante su ventanilla. Hacía ya muchos años que no estaba en el
condado del oeste, y ahora, con la emoción del reconocimiento, los acantilados rojos de
Dawlish, entre largas franjas de playas soleadas, le resultaban sorprendentemente
familiares. Pensó que debía haberlos visto recientemente, hasta que de pronto,
escudriñando minuciosamente su memoria, recordó que hacía cuarenta años desde la
última vez que los había contemplado, cuando regresaba a Eton de sus últimas vacaciones
en Lescop. ¡Qué intensas y precisas son las impresiones de la juventud!
Su destino para la noche era Penzance, y ahora, con una sensación extraña de
esperanza, recordó que poco antes de llegar a la estación de Truro podría ver la casa de la
colina desde el tren, pues a menudo en aquellos viajes a la escuela, y en los de regreso,
había estado muy atento para captar la primera y la última visión de la casa. Quizás
hubieran crecido árboles que se interpusieran, pero en cuanto pasaron la estación que
había antes de Trun) se cambió al otro lado del vagón y volvió a mirar buscando esa
vista... Allí estaba, a unos dos kilómetros al otro lado del valle, con la fachada de piedra
gris y la pantalla de enormes hayas en un extremo, y su corazón saltó de alegría al verla. Y
sin embargo, ¿de qué le servía la casa ahora? Lo que él quería no eran sus piedras y
ladrillos, ni los altos campos de heno que había abajo, ni el enmarañado jardín de la parte
de atrás, sino los días en los que vivió en ella. Sin embargo se asomó por la ventanilla
hasta que un corte del terreno le impidió seguir viéndola, con la sensación de que miraba
una fotografía que le recordaba una presencia viva. Todos los que habían hecho que
Lescop le resultara un lugar querido y vivo se habían muerto, pero aquel registro
permanecía, igual que una imagen sobre la placa... y entonces se sonrió a sí mismo con un
poco de desprecio por su sentimentalismo.
Los tres días siguientes fueron una vorágine de gozosas ocupaciones; las minas de
estaño, en concreto, le resultaban nuevas a Peter, y se dejó absorber por ellas como si se
tratara de un nuevo juego o un ingenioso acertijo. Bajó a los pozos de las minas que habían
vuelto a abrirse, inspeccionó el nuevo proceso químico, viéndolo en funcionamiento y
comprobando los resultados, examinó los gastos corrientes y los comparó con el valor del
metal recuperado. Además había rastros importantes de plata en algunas de aquellas
menas, y abordó seriamente la cuestión de si daría beneficios extraerla. Con este proceso
incluso las minas que previamente habían cerrado producirían dividendos decentes, y
aquellas cuyo filón era más rico incrementarían enormemente sus beneficios. Pero había
que pensar en la economía, la economía... seguramente, en lugar de emplear los camiones
al final se ahorraría dinero trazando un ferrocarril ligero desde los talleres hasta la cabeza
de línea, aunque exigiría al principio un considerable gasto de capital. Es cierto que había
una pendiente muy fuerte, pero se evitaría con un pequeño rodeo tendiendo un puente de
caballetes sobre el pequeño río.
Recorrió a pie con el ingeniero la ruta propuesta y marcharon por la orilla del río
buscando un buen punto de partida para el puente de caballetes. Pero todo el tiempo, en
la parte de atrás de su cabeza, en alguna región casi subconsciente del pensamiento,
pasaban imágenes interminables de la casa y la colina, con sus habitaciones y pasillos, los
campos y el jardín, y con ellas, como si fuera una melodía de acompañamiento, venía el
dolor de la soledad. Sintió que debía volver a merodear por el lugar: sin duda el
propietario, si él se presentaba, le dejaría dar un paseo a solas durante media hora. Así
vería que todo se había alterado por la vida de los desconocidos que allí vivían, y la
fotografía se convertiría en algo emborronado, hasta acabar ennegreciéndose. Eso sería lo
mejor.
Con esa idea, tras haber explorado todas las posibilidades de dividendos para su
empresa, abandonó Penzance en un tren de primera hora de la mañana para pasar algunas
horas en Truro y regresar a Londres a última hora del día. Apenas había salido de la
estación cuando una multitud de recuerdos de hacía cuarenta años, pero más vivos que
cualquiera de los que le habían sucedido en los últimos días se precipitaron a su alrededor
dándole la bienvenida por su regreso. Allí estaba el paso a nivel y la carretera que bajaba
hasta el río en el que su hermana Sybil y él habían pescado un gasterosteo para su acuario,
y al otro lado del puente estaba el prado hundido entre las altas orillas que conducía a un
sendero que llevaba, a través de los campos, a Lescop. Sabía exactamente dónde estaba ese
remanso sobre el que ondeaban largas tiras de hierbas acuáticas, donde habían pescado
aquel notable pez: sabía que al lado de la senda habrían florecido las coronarias rojas y
blancas, y las orquídeas de prado en los campos. Pero era más conveniente ir primero a la
ciudad, almorzar en el hotel e investigar en una agencia inmobiliaria quién era el
propietario actual de Lescop; quizás regresara a la estación, a tomar el tren de la tarde, por
aquel atajo.
Espesos como las flores en la estepa cuando llega la primavera, los recuerdos
brillantes y fragantes le rodeaban. Allí estaba la tienda a la que había llevado el canario
para disecarlo (¡qué hermoso parecía!); y allí el taller del «agente de pompas fúnebres y
ebanista», todavía con el mismo nombre sobre la puerta, al que en un cumpleaños
memorable en el que su familia le había regalado en dinero las prendas de su buena
voluntad, por petición de él, había encargado un mueble con cinco cajones y dos bandejas,
barnizado y oliendo a madera recién cortada, para su colección de conchas... Ahora miraba
el escaparate un muchacho joven vestido con jersey y pantalones de franela, y Peter se
sorprendió pensando para sí: «Dios mío, yo solía ser como ese muchacho: e iba vestido
igual». Tenía un parecido sorprendente y Peter, con curiosidad, empezó a cruzar la calle
para mirarle más de cerca. Pero era día de mercado, le retrasó un rebaño de ovejas y
cuando llegó allí el muchacho había desaparecido entre los viandantes. Más lejos había
una fachada adornada con un tramo de anchos escalones que llevaban hasta la puerta, en
otro tiempo la temida morada de Tuck el dentista. De pie en el exterior había ahora una
joven alta, y Peter volvió a pensar involuntariamente: «Vaya, ¡esa joven se parece
maravillosamente a Sybil!» Pero antes de que pudiera verla más de cerca, se abrió la
puerta y entró ella, y Peter se sintió bastante contrariado al ver que ya no había una placa
en la puerta que indicase que pertenecía todavía al señor Tuck... Al final de la calle estaba
el puente sobre el río Fal bajo el que a menudo solían tomar un bote para hacer una
excursión por el río. Había allí un alegre grupo familiar que partía ahora del muelle; vio
que lo formaban tres muchachos, dos chicas y una mujer de juvenil mediana edad.
Inmediatamente se lanzaron corriente abajo, y reprimiendo a medias un suspiro pensó: «El
mismo número que nosotros cuando nos acompañaba mamá».
Se dirigió al Red Lion para el almuerzo: era nuevo y poco interesante, pues no podía
recordar haber puesto antes un pie en esa hostería. Pero mientras masticaba su carne
asada y fría algo bullía en su cerebro: estaba tratando de relacionar (pensando que podría
hacerlo) al chico que estaba fuera del taller del ebanista, a la joven que se encontraba en el
umbral de la casa que en otro tiempo perteneció al señor Tuck y al grupo familiar que
partía de excursión por el río. En vano se decía a sí mismo que ni el muchacho, ni la chica
ni el grupo podían tener alguna relación con él: pero en cuanto se relajó su atención esa
caza subterránea de madriguera, como la de un ratón persiguiendo un conejo, empezó de
nuevo... y entonces Peter se quedó con la boca abierta de asombro, pues recordó con
absoluta claridad que la mañana de aquel cumpleaños memorable Sybil y él salieron antes
que los demás de Lescop, él con el maravilloso recado de encargar su mueble, y ella para
realizar una dolorosa visita al señor Tuck. Los demás salieron media hora más tarde para
hacer una excursión por el Fal celebrando el importante hecho de que su edad requería
ahora dos cifras (aunque una fuera un cero). Se acordó de que su madre le dijo: «Querido,
pasarán noventa años antes de que necesites una tercera cifra, así que cuídate».
Cuando ese recuerdo momentáneo se abrió en él, Peter se sintió casi tan excitado
como lo había estado aquel mismo día. Y no es que significara nada, se dijo a sí mismo,
pues nada podía significar. Pero resultaba extraño. Era como si algo de aquellos tiempos
siguiera suspendido todavía allí...
Después de eso terminó rápidamente la comida y fue a la agencia inmobiliaria para
investigar. Nada podía haber más fácil que merodear por Lescop, pues la casa llevaba sin
habitar desde hacía dos años. No era necesaria ninguna tarjeta de presentación, pero le
dieron las llaves porque allí no había vigilante.
—Pero la casa se va a caer en pedazos —exclamó Peter indignado—. Una casa tan
alegre. Es un falso ahorro el no dejar allí un vigilante. Aunque desde luego no es asunto
mío. Le devolveré las llaves esta tarde, y ahora subiré andando.
—Será mejor que tome un taxi, señor —le dijo el agente inmobiliario—. Hace un día
caluroso y son tres kilómetros cuesta arriba.
—Tonterías —replicó Peter—. Apenas dos kilómetros. Mi hermano y yo solíamos
hacerlo en diez minutos.
Se le ocurrió entonces que aquellas hazañas atléticas de hacía cuarenta años no
interesarían probablemente al mundo moderno...
Pyder Street estaba tan poblada de niños pequeños como siempre, aunque quizás
fuera un poco más larga y empinada de lo que solía. Girando hacia la derecha entre unas
villas residenciales desconocidas y recién construidas, entró en la senda que sí conocía y
en cinco minutos había llegado a la puerta que daba al atajo que llevaba hasta la casa.
Estaba inclinada sobre los goznes y tuvo que levantarla cogiéndola por el pestillo,
deslizarse cuidadosamente y volverla a dejar en su lugar. El camino estaba recubierto de
hierba, y en otro arranque de indignación vio que la escalera de madera que llevaba hasta
el sendero cruzando la cerca estaba rota, y en su caída había arrastrado los alambres de la
valla. Llegó entonces a la casa, cuyas ventanas estaban cubiertas de plantas trepadoras, y
tras abrir la puerta se quedó en el recibidor, con el techo descolorido y manchas de moho
en las paredes húmedas. La casa parecía desvencijada y avergonzada, con la pintura caída
de los marcos de las ventanas, los cristales sucios, y en el aire el olor agrio de las
habitaciones que llevaban mucho tiempo sin ventilar. Pero el espíritu de la casa seguía sin
embargo allí, aunque melancólico y lleno de reproches, y le siguió fatigosamente de una
habitación a otra: «Eres Peter, ¿no?», parecía decirle. «Veo que acabas de llegar para
verme, pero no te vas a quedar. Recuerdo los días alegres tan bien como tú...» Fue pasando
de una habitación a otra, el comedor, la sala de estar, el saloncito de su madre, el estudio
del padre. Luego subió al piso de arriba, donde había estado la habitación que hacía de
aula en los tiempos de la institutriz, convirtiéndose después en sala de juegos infantiles.
En el pasillo estaba la antigua habitación de los niños, y los dormitorios de los niños, y
más arriba las habitaciones del ático, una de las cuales se le había concedido como
dormitorio exclusivo desde que empezó a ir a la escuela. Había filtraciones en el tejado y
una mancha de bordes marrones cubría el techo combado precisamente encima de donde
había estado su coche.
—En bonito estado han dejado mi habitación —murmuró Peter—. ¿Cómo voy a
dormir bajo esa gotera? ¡Es horrible!
La fuerza de su indignación le resultó sorprendente. No se había sentido como una
personalidad doble, sino como el mismo Peter Graham en diferentes períodos de su
existencia. Uno de ellos, el presidente de British Tin Syndicate, había protestado por el
hecho de que al joven Peter Graham le hicieran dormir en una habitación tan húmeda y
con goteras, y el otro (¡oh, fue maravilloso volver a verle!) era el propio Peter de joven que
regresaba a su maravilloso ático, recién llegado a casa desde la escuela, y que miraba
ahora a su alrededor con ojos ansiosos para convencerse de aquella bendita realidad antes
de bajar a saltos las escaleras para tomar el té en la habitación de los niños. ¡Cuántas cosas
que preguntar! ¿Cómo estaban sus conejos, y las cobayas de Sybil, y había aprendido
Violeta aquella canción, la de «Oh, no es más que lluvia», y las palomas torcaces estaban
volviendo a anidar en el tilo? Todos aquellos temas eran de importancia primordial...
Peter Graham el viejo se sentó junto a la ventana. Veía desde allí el prado, y al otro
lado el tilo, un tilo inclinado que formaba una cueva verde en el interior de sus ramas
inferiores, aunque las ramas de arriba crecieran rectas, y oyó que procedían de él los
arrullos sofocados de las palomas torcaces. Así que estaban volviendo a anidar allí: esa
pregunta del joven Peter había encontrado respuesta.
—Es muy extraño que esté pensando en eso —se dijo a sí mismo: de alguna manera
no existía un vacío de años entre él y el joven Peter, pues aquel ático había servido de
puente a los decenios que en un recuento torpe y material del tiempo se interponían entre
ellos. Entonces Peter el viejo pareció hacerse cargo nuevamente de la situación.
Pensó que lo de la casa era un triste asunto: le producía una punzada de soledad ver
la decadencia del teatro de sus años gozosos, sin ninguna evidencia de una vida nueva, de
los niños de desconocidos, e incluso de los hijos de sus hijos que, creciendo allí podrían
haber borrado esa impresión. Salió de la habitación del joven Peter y se detuvo en el
rellano: las escaleras descendían en dos tramos cortos hasta el piso inferior, y volvió a ser
el joven Peter, pasando la mano por la barandilla mientras bajaba y disponiéndose a cubrir
el primer tramo de un salto. Pero entonces el viejo Peter se dio cuenta de que eso era una
hazaña imposible para sus poco flexibles articulaciones.
Bueno, había que explorar el jardín, y luego regresaría a la agencia inmobiliaria para
devolver las llaves. Ya no deseaba tomar el atajo que llevaba desde la empinada colina
hasta la estación, junto al remanso en el que Sybil y él habían cazado aquel pez, pues su
idea de regresar allí, tan urgente a veces, se había marchitado. Sólo pasearía por el jardín
unos diez minutos, y cuando bajó con pasos tranquilos empezaron a invadirle los
recuerdos del jardín y todo lo que habían hecho allí. Estaban los árboles para subirse a
ellos, y los matorrales —en particular una celinda donde anidaban los jilgueros— en los
que buscar nidos y orugas, pero sobre todo estaba el juego que jugaban allí, mucho más
excitante que el criquet o el tenis sobre hierba, sobre el campo lleno de baches (aunque
aquello era bastante excitante), y que se llamaba el juego de los piratas... En la parte de
arriba del jardín había un cenador con baldosas y tejas y paredes sólidas, y aquello era la
«casa» o el «Estrecho de Plymouth», de donde los barcos (es decir los niños) zarpaban bajo
las órdenes del almirante para conseguir un trofeo sin ser atrapados por los piratas. En
algún lugar del jardín se ocultaban dos piratas que surgían de un salto, y tres barcos
(contando al almirante, que tras dar sus órdenes se convertía en el buque insignia) tenían
que cruzar el huerto, o el jardín de flores o el campo y llevar hasta el refugio un trofeo
cogido del lugar previamente señalado. Peter recordó que una vez volaba por el camino
serpenteante hasta el cenador con un pirata a sus talones, y cayó al suelo, y el pirata
humano saltó sobre él por miedo a pisarle, pero también cayó. Peter se volvió a casa con
sangre en la nariz porque Dick le había caído encima de la cara...
—Dios mío, pudo haber sucedido ayer—musitó Peter—. Y Harry le llamó pirata
sangriento y papá lo escuchó, y pensó que estaba utilizando un lenguaje soez, hasta que se
lo explicaron todo.
El jardín estaba peor incluso que la casa, totalmente olvidado y cubierto de hierbas, y
para encontrar la senda serpenteante Peter tuvo que abrirse paso entre los brezos y los
matorrales. Pero perseveró y salió al rosal de arriba, y allí estaba el Estrecho de Plymouth,
con el techo caído y las paredes combadas, y el musgo creciendo entre las losetas del suelo.
—Habría que repararlo de inmediato... —dijo Peter en voz alta—. ¿Qué es eso? —se
dio rápidamente la vuelta hacia los arbustos a través de los cuales se había abierto paso, al
oír una voz que desde allí, débil y lejana, le resultaba familiar, aunque hacía ya treinta
años que había enmudecido.
Pues era la voz de Violet la que había hablado, y había dicho:
—¡Oh, Peter, estás aquí!
Sabía que era la voz de ella, pero sabía también la absoluta imposibilidad de que
fuera así. Le asustó, y sin embargo le pareció absurdo asustarse, pues era sólo su
imaginación espoleada por antiguas visiones y recuerdos la que le estaba engañando. Pero
qué alegría haber imaginado siquiera que había vuelto a oír la voz de Violet.
—¡Vi! —gritó, y desde luego nadie respondió. Las palomas torcaces arrullaban en el
tilo, había un zumbido de abejas y un susurro de viento en los árboles, y le rodeaba el aire
suave y encantador de Cornish, que cargaba con el material de los sueños.
Se sentó en los escalones del cenador y exigió la presencia de su sentido común.
Había sido una tarde incómoda, se sentía irritado por el olvido y la ruina en que había
caído el lugar, y no quería imaginar esas voces que le llamaban desde el pasado, o tener
extrañas y fugaces visiones que pertenecían a su infancia y adolescencia. Ya no pertenecía
a esa época que presidían las hierbas ondulantes y las lápidas, y debía apartarse de todo lo
que la evocaba, pues más que cualquier otra cosa era el director de prósperas empresas
con grandes intereses que dependían de él. Se sentó para calmarse durante cinco minutos,
desafiando a Violet, por así decirlo, a que le llamara de nuevo. Y entonces, tan inestable
era su estado de ánimo, se quedó allí escuchándola. Pero Violet siempre se daba cuenta
enseguida de cuándo no la querían, y debía haberse ido para unirse a los demás...
Rehízo el camino fijando su mente en lo que le rodeaba materialmente. El arce
dorado de la parte de arriba del camino, un arbolillo tan alto como él la última vez que lo
vio, se había convertido en un árbol de tronco robusto, el matorral de laurel en una
elevada columna de hojas fragantes, y al pasar junto a la celinda salió de ella un jilguero
con un vuelo en picado. Volvió otra vez a la casa, donde la fucsia trepadora extendía sus
ramas a través de la ventana de su madre, y un aroma fuerte y picante (¡qué bien lo
recordaba!) brotaba de los cálices del magnolio.
—Ha sido una tontería por mi parte volver a ver la casa —se dijo a sí mismo—. No
quiero pensar más en ello: se acabó. Pero es una maldad no haber cuidado de la casa.
Regresó a la ciudad para devolver las llaves.
—Le estoy muy agradecido —dijo—. Era una casa agradable hace muchos años,
cuando la conocí. ¿Por qué se ha permitido que se arruine de esa manera?
—No podría contestarle, señor. En los últimos diez años la han alquilado una o dos
veces, pero los arrendatarios nunca se quedaban mucho tiempo. Al propietario le
encantaría venderla.
En ese mismo momento Peter tuvo una idea caprichosa y absurda.
—¿Y por qué no vive él allí? —preguntó—. ¿O por qué los arrendatarios se iban
enseguida? ¿Había algo en la casa que no les gustara? ¿Estaba hechizada, o algo parecido?
No pienso alquilarla ni comprarla, así que no importará que me lo diga.
El agente vaciló un momento.
—Bueno, corrían historias, si puedo hablarle confidencialmente. Pero todo son
tonterías, desde luego.
—Por supuesto —contestó Peter—. Usted y yo no creemos en esas tonterías. Pero
quisiera preguntarle: ¿se contaba que en el jardín se oían voces infantiles?
La discreción volvió a adueñarse del agente inmobiliario.
—No podría decirle, señor, no estoy seguro —contestó—. Lo único que sé es que la
casa resultaría muy barata. Quizás quiera llevarse nuestra tarjeta.
Peter llegó a Londres a una hora tardía de la noche. Le estaba esperando una bandeja
con sandwiches y bebidas, y tras el refrigerio se sentó a fumar y a pensar en los tres días
de trabajo que había tenido en las minas de Cornwall: había que celebrar lo antes posible
una reunión de directores para que consideraran sus sugerencias... Entonces se descubrió a
sí mismo mirando la mesa redonda de palo de rosa sobre la que estaba la bandeja.
Pertenecía a la sala de estar de su madre en Lescop, y la silla en la que él se sentaba, una
hermosa pieza del período estuardo, había sido la silla de su padre en la mesa del
comedor, y la librería había estado en el salón, y la mesa para tarjetas de estilo
chippendale... no podía recordar exactamente de dónde procedía. La colección de poemas
de Browning había pertenecido a Sybil: el volumen lo había cogido de las repisas de la sala
infantil. Pero era el momento de acostarse y se alegraba de no dormir en el ático del joven
Peter.
Es dudoso que un hombre pueda extirpar una idea que haya enraizado bien en su
mente. Puede cortar los brotes, quitar los capullos, y si éstos maduran destruir la semilla:
pero las raíces son un desafío. Si tira de ellas, se rompen dejando en tierra alguna parte
vital, y no pasará mucho tiempo antes de que una nueva prueba de su vitalidad brote del
suelo allí donde menos lo esperaba. Eso era lo que le sucedía ahora a Peter: en mitad de
una reunión de negocios el rostro de uno de los codirectores le recordaba al cochero de
Lescop; si iba un fin de semana a jugar al golf a Rye, al Dormy House, el mirador de la sala
de billar tenía la misma forma y tamaño que los de la sala de estar de Lescop, y el banco de
aulagas situado junto al décimo green era como la hierba del campo de tenis: casi esperaba
encontrar allí una pelota de tenis. Hiciera lo que hiciera, íuera donde fuera, algo le hacía

acordarse de Lescop, y por la tarde, al regresar a casa, estaban allí los muebles, más de los
que se había dado cuenta, pidiéndole regresar a su lugar de origen: alfombras, cuadros,
libros, la cubertería de plata de la mesa, todo se unía en esa súplica muda. Pero Peter se
tapaba los oídos; aquello era un sentimentalismo materialista carente de sentido, y no
podía imaginar que pudiera volver a captar la vida sobre la que habían pasado tantos
años, y de la que no quedaba otro actor que él mismo, simplemente restaurando la casa y
sus antiguos muebles y volviendo a vivir allí. Aquello sólo serviría para poner de relieve
su soledad por el contraste de vida de aquel escenario, en otro tiempo tan poblado, con su
vacío actual. Y esa «irrupción» (así lo expresaba él) del sentimentalismo materialista sólo
servía para confirmar la determinación que había tomado en Lescop. Había sido una
visión amarga pero tonificante, y ahora la olvidaría.
Pero cuando ya había sellado su resolución, venía a él, como una brisa descuidada
del oeste, el recuerdo de ese chico y esa chica a quienes había visto en la ciudad, y de la
alegre familia que se iba de excursión por el río, de la bienvenida sutil que le habían hecho
desde los arbustos del jardín, y sobre todo la sospecha de que el lugar estaba
supuestamente hechizado. Y era precisamente porque estaba hechizado que lo deseaba, y
cuando con mayor fuerza y sensatez se aseguraba a sí mismo que poseer la casa era una
tontería, más la deseaba, y ahora constantemente daba color a sus sueños. Eran sueños
felices; había regresado allí con los demás, como en los viejos tiempos, otra vez como niños
en época de vacaciones, y a todos, como a él, les encantaba estar de nuevo en casa, y
felicitaba mucho a Peter porque era él quien lo había arreglado todo. A menudo, en esos
sueños, se decía a sí mismo: «Ya he soñado esto antes, y después despertaré y me volveré a
encontrar viejo y solo, pero entonces será real».
Pasaron las semanas, atareado y próspero, se convirtieron en meses, y un día de
otoño Peter se desmayó al regresar a casa tras haber pasado el día jugando al golf. No se
había sentido muy bien desde hacía tiempo, estaba lánguido y se fatigaba con facilidad,
pero con sus hábitos mentales robustos había considerado esos síntomas como simple
pereza, y se había fustigado a sí mismo. Quizás fuera conveniente ahora someterse a una
revisión médica para tener la satisfacción de que le dijeran que no había ningún problema.
Sin embargo, no fue ése el pronunciamiento médico...
—Pero es que realmente no puedo —contestó:—. ¡Un mes de cama y un invierno
holgazaneando en la Riviera! Tengo el tiempo ocupado casi hasta Navidad, y después
había decidido tomarme unas cortas vacaciones con unos amigos. Además, la Riviera es
un agujero pestilente. No es posible. Supongamos que sigo viviendo como de costumbre:
¿qué pasaría?
El doctor Dufflin se hizo un resumen mental de su terco paciente.
—Morirá, señor Graham —le contestó alegremente—. Su corazón no es ya lo que era,
y si quiere que siga funcionando, y que lo haga todavía muchos años, tendrá que ser
sensato y darle un descanso. Evidentemente no insisto en la Riviera, era sólo una
sugerencia porque pensé que probablemente tendría allí amigos que le ayudaran a pasar
el tiempo. Pero sí insisto en algún clima suave, en el que pueda haraganear al aire libre.
Londres, con sus heladas y nieblas, no es conveniente.
—¿Y qué le parece Cornwall? —preguntó tras haber guardado unos momentos de
silencio.
—Perfectamente, si le gusta. Pero desde luego no en la costa norte.
—Lo pensaré —dijo Peter—. Todavía me queda un mes.
Peter sabía que no tenía necesidad de pensarlo. Los acontecimientos conspiraban de
modo irresistible para impulsarle a lo que deseaba hacer, aunque en contra de todo por lo
que había estado luchando, así de fantástico e irracional era aquello. Ahora le resultaba
fácil ceder y abandonar su obstinación. Unos cuantos telegramas al agente inmobiliario
sirvieron para que Lescop fuera suya, otro telegrama le dio la dirección de un constructor
y decorador de confianza, y con los planos de la casa, aunque en realidad poco los
necesitaba, extendidos sobre la colcha, Peter dio órdenes urgentes. Había que abordar de
inmediato todas las reparaciones estructurales, como las filtraciones de los tejados y las
goteras en los techos, los maderajes podridos y la escayola que se desmenuzaba, y cuando
todo eso estuviera hecho vendría la pintura y el empapelado. En la sala de estar solía
haber un papel Morris; había sobre él flores de primavera, espinos, violetas y tableros de
damas, un papel odiosamente sinuoso, pensó, pero ningún otro serviría. El recibidor
estaba pintado de color huevo de pato verde, y la habitación de su madre en color rosa,
«dígales que un rosa terrible», ordenó Peter a su secretario, «con un toque de azul: deben
mandarme muestras a vuelta de correo, pero piezas grandes, no retales...» Luego estaba el
asunto de los muebles: todos los muebles de la casa en la que se encontraba ahora y que
hubieran pertenecido a Lescop tenían que regresar allí. Por lo demás, enviaría algunas
cosas de Londres, accesorios del dormitorio, ropa blanca y utensilios de cocina: ya se
encargaría de las alfombras cuando estuviera allí. Los dormitorios de invitados podían
esperar; había que amueblar habitaciones para cuatro criados, y también el ático que había
marcado en el plano, y que pensaba ocupar él. Nadie debía tocar el jardín hasta que él
llegara: vigilaría personalmente los trabajos, aunque a mediados del mes siguiente debía
disponer de un par de jardineros.
—Y eso es todo, por el momento —dijo Peter.
«¿Todo?», pensó mientras doblaba los planos, bastante aburrido con la dirección de
unos asuntos que marchaban por sí solos. «Esto es sólo el principio: un simple apoyo».
La cura de descanso de un mes fue un verdadero éxito, y con instrucciones escritas
de no agotar la mente ni el cuerpo, haraganear, salir al aire libre siempre que le fuera
posible con paseos tranquilos y abundantes descansos, Peter recibió permiso para ir a
Lescop y una tarde de diciembre le abrieron la puerta y por ella brotó la luz de la
bienvenida. En el momento en que puso un pie en el interior supo, como un sexto sentido,
que había hecho lo correcto, pues no sólo le saludaba la calidez y la comodidad ordenada
que había en la casa antes desierta, sino también el conocimiento firme de que le estaban
saludando aquéllos cuya pérdida le hacía sentirse solo... Esa sensación se produjo
fugazmente, de una manera fantástica pero también convincente; era algo fundamental,
todo se basaba en ella. La casa había recuperado su antiguo aspecto, y aunque se había
atrevido a convertir el pequeño ático que estaba en la puerta de al lado del dormitorio del
joven Peter en un baño, pensó: «Al fin y al cabo es mi casa, y debo estar cómodo. Ellos no
necesitan cuartos de baño, pero yo sí, y aquí está». Y allí estaba, ciertamente, e instaló luz
eléctrica, y cenó sentado en la silla de su padre, y después vagó de habitación en
habitación sin hacer nada, embebiéndose de la atmósfera antigua y amistosa que le
rodeaba dondequiera que fuese, pues Ellos estaban complacidos. Pero no se manifestó
ninguna voz ni visión, y quizás les atribuía a Ellos el placer que él mismo sentía por haber
regresado. Le habría encantado, sin embargo, escuchar un susurro o tener una visión
fugaz, y de vez en cuando, mientras estaba sentado examinando algún informe de la
British Tin Syndicate, escudriñaba las esquinas de la habitación, creyendo que algo se
había movido allí, y cuando la rama de una trepadora golpeaba la ventana se levantaba y
miraba hacia el exterior. Pero lo único que veía era la luz de las estrellas que caía como
rocío sobre el césped abandonado.
—Sin embargo, están aquí —se dijo a sí mismo mientras corría la cortina.
Los jardineros estaban dispuestos a empezar a trabajar a la mañana siguiente, y bajo
su supervisión empezaron a domesticar la jungla salvaje. Resultó agradable que uno de
ellos fuera el hijo del vaquero, Calloway, el que había estado allí hacía cuarenta años, y
seguía teniendo recuerdos de su infancia en el jardín, al que solía acudir con su padre
desde la lechería, llevando a la casa cubos llenos. Se acordaba de que Sybil tenía sus
cobayas en el secadero de la parte de atrás de la casa. Cuando Peter le oyó eso, se acordó
también, y decidió entonces que tenía que limpiar el secadero de zarzas y hierbas.
—Pues me pensaba yo entonces que eran unas alimañas pero que muy feas —dijo
Calloway el joven—. Aquí tenía la señorita Sybil las conejeras, rodeadas de tela de
alambre. Menudo lío cuando el terrier de mi padre entró y mató a la mitad, mientras la
joven señorita lloraba a los animalejos muertos.
Peter no recordaba aquella masacre de los inocentes; debió suceder un trimestre que
él estaba en la escuela, y seguro que en las vacaciones siguientes los hábitos prolíficos de
esos animales ya habrían alegrado la pena de Sybil.
Limpiaron el secadero y el sendero serpenteante que por entre los matorrales
conducía al cenador, refugio de los afligidos barcos perseguidos por piratas. El cenador
había sido reconstruido, cubriendo el techo de madera, las paredes rectificadas y
encaladas, y las escaleras que conducían hasta el suelo de losetas fueron limpiadas del
musgo que se había incrustado. El trabajo se terminó pronto y Peter solía sentarse allí a
descansar y leer documentos tras una mañana de pasear y supervisar el jardín, pues se
cansaba sólo de estar en pie una o dos horas, por lo que se quedaba dormitando en el
soleado refugio. Pero ya nunca soñaba con regresar a Lescop, ni con las presencias que le
daban la bienvenida. «Quizás sea porque he venido», pensó. «Y esos sueños sólo
significaban que tenía que hacerlo. Pero creo que deberían demostrar que están
complacidos: yo hago todo lo que puedo».
Sabía sin embargo que sí estaban complacidos, pues conforme avanzaba el trabajo en
el jardín la sensación de Ellos y de su placer se hallaba suspendida sobre los caminos
arreglados con la misma fuerza que el olor de la tierra húmeda y los helechos, ahora
desenraizados, que impedían el paso. Todas las tardes Calloway recogía lo que había
limpiado durante el día y lo apilaba sobre la hoguera del huerto. Los helechos llameaban,
y los tallos húmedos de avellano siseaban antes de que prendieran las llamas; la fragancia
del humo de madera llegaba hasta la casa. El trabajo se había terminado al cabo de tres
semanas y aquella tarde Peter no durmió la siesta en el cenador, pues no podía dejar de
caminar por entre el jardín de flores, el de hierbas de la cocina y el del huerto, que habían
recuperado ya absolutamente su antiguo orden. Empezó a llover y se refugió bajo el tilo en
el que anidaban las palomas, el sol volvió a salir y con su brillo de finales del invierno dio
un último paseo hasta el fondo del camino, donde la puerta se encontraba ahora firme
sobre sus goznes. De niño solía tardar mucho tiempo en cerrarla, dejándola que oscilara
como un péndulo hacía atrás y hacia delante mientras el pestillo hacía un ruidito cada vez
que cruzaba junto al pasador: ahora la abrió del todo y la soltó, dejándola que fuera hacia
adelante y hacia atrás en un movimiento que se fue haciendo cada vez menor hasta que al
final, con un ruidito metálico, se quedó inmóvil. Aquello le produjo un gran placer: le
gustaba la precisión en los detalles.
De lo que no cabía duda era de que estaba muy fatigado: tenía además una sensación
desagradable, como si tuviera un alambre tenso que atravesaba su corazón, y como si
estuvieran aporreando contra él. El alambre le producía un dolor sordo, y el aporreo
punzadas de dolor agudo. Todo el día había sido consciente de que le sucedía algo, pero
estaba demasiado contento por haber terminado el jardín como para prestar atención a
esos pequeños indicios físicos. Volvería a estar perfectamente con una buena noche de
descanso, y si no podría quedarse en la cama el día siguiente. Subió las escaleras pronto,
aunque no menos ansioso, y al instante se fue a dormir. El aire suave de la noche entraba
por la ventana abierta, y el último sonido que escuchó fue el de la borla de la persiana
contra la ventana.
Despertó de pronto, sabiendo que alguien le había llamado. La habitación estaba
curiosamente iluminada, pero no con la calidad de la luz de la luna: era como un valle que
estuviera en la sombra, mientras que en algún lugar, un poco por encima, brillaba el
mediodía con poderoso esplendor. Volvió a oír entonces que le llamaban por su nombre, y
supo que el sonido de la voz entraba por la ventana. Era indudable que le estaba llamando
Violet: ella y los demás estaban fuera, en el jardín.
—Sí, ya voy —gritó saliendo de un salto de la cama.
Le pareció que ya estaba vestido, lo que no le resultó extraño: llevaba puesto un
jersey y unos pantalones de franela, pero iba descalzo, por lo que se puso unos zapatos.
Bajó las escaleras cruzando de un salto el primer tramo, lo mismo que hacía el joven Peter.
La puerta de la habitación de su madre estaba abierta, y al mirar en el interior vio que ella
estaba allí, evidentemente, sentada en la mesa y escribiendo cartas.
—Peter, es maravilloso que hayas regresado a casa —dijo—. Están todos fuera en el
jardín, y te han estado llamando, querido. Ven a verme pronto y charlaremos.
Salió corriendo fuera por el camino que iba junto a las ventanas, y tomó luego el
sendero serpenteante que llevaba al cenador cruzando los matorrales, pues sabía que iban
a jugar a los piratas. Tenía que darse prisa si no quería que los piratas estuvieran fuera
antes de que él llegara allí, y mientras corría gritó:
—Esperad un segundo, ya voy.
Cruzó corriendo junto al arce dorado y el laurel, y allí estaban todos en el cenador
que era el refugio. De un solo salto subió los escalones y se encontró entre Ellos.
Allí lo encontró Calloway a la mañana siguiente. Debió subir corriendo por el
sendero serpenteante como un muchacho, pues la gravilla, recién puesta, mostraba con
largos intervalos las huellas de las puntas de sus zapatos.

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