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AUTOR DE TIEMPOS PASADOS

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martes, 22 de julio de 2008

Robert E. Howard -- CABEZA DE LOBO

Robert E. Howard
CABEZA DE LOBO


_
Segundo relato de De Montour

_
¿Miedo? Perdón, Messieurs, pero ustedes no conocen lo que significa la palabra
"miedo". No, yo sé lo que me digo. Ustedes son soldados, aventureros. Han conocido
las cargas de los regimientos de dragones, el frenesí de los mares azotados por los
vientos. Pero el miedo, ese miedo que pone los pelos de punta, ese que os estremece
de horror, ése no lo han conocido. Yo sí he conocido semejante miedo... Pero no será
hasta que las legiones de las tinieblas salgan en torbellino por las puertas del infierno y
el mundo se consuma entre llamas que ese miedo vuelva a ser conocido por los
hombres.

__
Miren, se lo voy a contar a ustedes. Ocurrió por esos mundos hace ya muchos
años, y ninguno de ustedes verá jamás al hombre de quien les hablo. Y aunque lo
viesen, no lo reconocerían.
Retrocedan conmigo, pues, a través de los años, al día en que yo, joven
caballero, salté atolondrado del botecito que me desembarcaba del buque anclado en
el puerto. Maldije el barro que ensuciaba el muelle abierto a la intemperie, crucé con
dos zancadas el desembarcadero, y me dirigí hacia el castillo a fin decorresponder a la
invitación de un antiguo amigo, Don Vicente da Lusto.
Don Vicente era un hombre extraño y perspicaz... un hombre fuerte, que veía
más allá de los horizontes de su época. Es posible que por sus venas corriera la sangre
de aquellos antiguos fenicios que, según cuentan los sacerdotes, sobornaban los mares
y construían ciudades en lejanas tierras y en oscuros tiempos. Aunque su plan de
negocios fue singular, resultó eficaz; pocos hombres hubieran pensado en aquello, y
todavía menos hubieran prosperado como él. En la costa occidental de aquel oscuro y
místico continente burlador de exploradores que era África, era donde Don Vicente
tenía su hacienda.
Era allí, junto a una pequeña bahía, donde él había destrozado la maleza y
construido su castillo y sus almacenes, y con firmeza había arrancado las riquezas de
la tierra. Tenía cuatro embarcaciones: un gran galeón y tres barquitos, que iban y
venían entre sus dominios y las ciudades de España, Portugal, Francia y hasta de
Inglaterra cargados de raros maderos, marfil, esclavos; las mil extrañas riquezas que
Don Vicente habrá ganado mediante el comercio y la conquista, aventura loca y
comercio más loco todavía. Y con todo, él hubierapodido levantar un imperio sobre
aquella negra tierra a no ser por su sobrino Carlos, el cara de rata; pero no quiero
contarles nada por adelantado.
Vean ustedes, Messieurs. Sobre la mesa les dibujo un mapa con mi dedo
mojado en vino. Ahí está el pequeñito y rudimentario puerto, y aquí los vastos talleres.
El muelle sube así por la ligera pendiente con almacenes a modo de grandes barracas
a uno y otro lado, y aquí me detuve yo ante un vasto paso poco profundo. Por encima
de él pasaba un estrecho puente levadizo, y más allá de éste se levantaba una alta
empalizada de troncos clavados en el suelo, la cual se extendía alrededor del castillo.
El castillo estaba construido siguiendo el modelo de épocas muy anteriores; valía más
por su aspecto poderoso que por su belleza. Había sido construido con piedra traída de
muy lejos; tras años de trabajo y mil negros penando bajo el látigo, se habían
levantado sus paredes, y ahora, ya acabado, tenía un aspecto inexpugnable.
Precisamente esa había sido la intención de sus constructores, ya que los piratas de
Berbería recorrían sus costas y sentían muy próximo el horror de una rebelión de
indígenas.
A cada lado del castillo se dejó un espacio aproximado de media milla,
construyéndose carreteras queenlazaban el terreno pantanoso. La cantidad de trabajo
requerido había sido inmensa; pero el rendimiento fue fructífero. Fue un verdadero
regalo para su dueño ya que era cuanto podía pedirse. ¡Y los portugueses sabían cómo
hacer trabajar a los hombres!
Un ancho río, poco profundo, que se vaciaba en el puerto, corría a menos de
cien yardas al este del castillo. Su nombre se ha borrado completamente de mi
recuerdo; era un nombre algo así como pagano, pero no se me viene nunca a la punta
de la lengua.
Pude comprobar que yo no era el único amigo invitado al castillo. Según
parecía, por lo menos una vez al año, Don Vicente reunía en su solitaria propiedad una
hueste de alegres camaradas, donde se divertían y regocijaban durante varias
semanas, para así compensarse él mismo del trabajo y la soledad en que estaba
sumido el resto del año.
Cercana ya la noche yo entré y pude ver que ya había comenzado un gran
banquete. Fui aclamado con júbilo por todos, acogido con grandes muestras de afecto
por los amigos, y presentado a los desconocidos que allí encontré.
Estaba demasiado fatigado como para tomar yo mucha parte en aquella orgía.
Así, pues, comí, bebíserena y moderadamente, escuché los brindis y canciones, y fui
examinando a los alegres convidados.
Desde luego, a Don Vicente lo conocía yo bien, porque había intimado con él
hacía varios años; también tenía buena amistad con su bonita sobrina Isabel; y había
sido esta amistad uno de los motivos por los que yo había aceptado la invitación de ir a
aquel pestilente marjal. A Carlos, su primo segundo, también lo conocía; pero no me
agradaba: era un individuo socarrón, afectado, con cara de rata. Además, estaban allí
un antiguo amigo, Luigi Verenza, italiano; y su coqueta hermana Marcita que, como de
costumbre, repartía miradas provocativas entre los hombres; un estúpido alemán corto
de estatura que se daba el título de barón Von Schiller; Jean Desmarte campechano
noble de Gascuña; y don Florencio de Sevilla, delgado, moreno, taciturno que se
llamaba a sí mismo el Español y llevaba un espadón tan largo como él.
Aunque había más hombres y mujeres; ha pasado ya tanto tiempo de todo
aquello que no puedo recordar ni sus rostros ni sus nombres. Pero había un hombre
cuyo rostro atraía de una manera extraña mi mirada como el imán de alquimista atrae
al hierro. Era flaco, de pocaestatura, vestía de modo muy sencillo, casi austero, y
llevaba una espada casi tan larga como la del español.
Pero ni sus vestidos ni su espada era lo que atraía más mi atención; era su
rostro. Un rostro distinguido, aristocrático, surcado por profundas arrugas que le daban
abatida y sombría expresión. Pequeñas cicatrices abigarraban sus mejillas y su frente
como si fueran el resultado de unas salvajes garras; hubiera jurado que sus ojos
grises, medio entornados, tenían en ciertos momentos una expresión fugitiva.
Dirigiéndome a la coqueta Marcita, le pregunté cuál era el nombre de aquel
caballero, como si no lo hubiese entendido bien cuando me lo habían presentado.
-De Montour, de Normandía -me contestó ella-. Hombre raro. Personalmente
no me es nada simpático.
-¿Se resiste a sus burlas, amiguita encantadora? -murmuré con la inmunidad
para sus iras y sus tretas que me había ganado mi larga amistad con ella.
Ella optó por no enfadarse, contestándome con fingido recato, y sólo
mirándome por debajo de las largas pestañas de sus caídos párpados.
Mientras observaba con detenimiento a De Montour, sentía una extraña
fascinación. Comía poco, bebía mucho, apenas hablaba, y si lo hacía sólo era para
contestara las preguntas a que era sometido.
Al empezar los brindis, pude observar que sus compañeros le instaban a
levantarse y brindar primero, a lo que él se negaba; luego se levantó, tras persistentes
instancias, y se quedó callado un momento sosteniendo el vaso en la mano. Parecía
dominar, subyugar todo el grupo de convidados. Después, soltando una carcajada
bárbara y burlona, alzó el vaso por encima de su cabeza.
-¡Por Salomón que sujetaba a todos los demonios! -exclamó-. ¡Y tres veces
sea maldito por los que se dejó escapar!
¡Un brindis y una maldición al mismo tiempo! Bebió luego en silencio, con
miradas de soslayo, algo vacilantes.
Fatigado de mi largo viaje por mar, y dándome vueltas la cabeza por la fuerza
de aquel vino que almacenaba Don Vicente en grandes cantidades, me vi obligado a
retirarme temprano.
Mi habitación estaba cerca del remate del castillo, y a través de sus ventanas podía ver
los bosques del sur y el río. Estaba amueblada con rudo y barbárico esplendor, en
consonancia con el resto del castillo.
Me acerqué a la ventana y miré al arcabucero quehacía la guardia pasando
arriba y abajo junto a la parte exterior de la empalizada; después, deslicé la mirada
por el espacio desmontado, cuya desnudez confusamente se atisbaba a la luz de la
luna; después hacia el bosque que se extendía más allá, y por último hacia el
silencioso río.
De los barrios indígenas, junto a la ribera, llegó a mis oídos el mágico son de
un torco laúd, que tocaba una bárbara melodía.
De entre las densas sombras del bosque un extraño pájaro nocturno alzó una
voz burlona, sobrenatural. Acto seguido sonaron millares de cantos menores de
pájaros, cuadrúpedos y ¡qué sé yo de cuántas clases de animales! Una especie de gato
salvaje emitió un maullido que ponía los pelos de punta. Pero yo me encogí de
hombros y me puse de espaldas a la ventana. No cabía duda de que los demonios
atisbaban desde aquellas sombrías profundidades.
Fue entonces cuando oí llamar a mi puerta; abrí para dejar entrar a De
Montour.
Corrió a la ventana para observar la luna, que se elevaba resplandeciente y
gloriosa.
-La luna está casi en su lleno, ¿no es cierto, Monsieur? -observó, volviéndose
hacia mí.
Yo asentí con la cabeza, y hubiera jurado que él se estremecía.
-Usted me dispensará, Monsieur. No quiero molestarle más. Se volvió para
marcharse, pero al llegar a la puerta vaciló y volvió a mi lado.
-Monsieur -dijo casi cuchicheando, pero con viva intensidad-, ¡procure esta
noche cerrar bien su puerta con llave y cerrojo!
Y se fue, mis asombrados ojos clavados en él mientras se retiraba.
Me fui adormilando mientras oía las distantes voces de los convidados; aunque
estaba cansado, o tal vez por estarlo, me quedé sólo traspuesto. Sin despertarme del
todo hasta la mañana, a través del velo de mi ligero sueño parecieron llegar a mis
oídos sones y ruidos; y por un momento me pareció que alguien empujaba mi puerta y
acechaba por su cerradura.
Como es fácil suponer, al día siguiente la mayoría de los huéspedes estaban
embrutecidos, permaneciendo en sus habitaciones casi toda la mañana, ya que
bajaron muy tarde para desayunar.
Además de Don Vicente, realmente sólo había allí tres convidados masculinos
con la cabeza serena: De Montour, el Español de Sevilla (como él se nombraba),y yo.
El español no probó nunca el vino, y aunque De Montour consumía increíbles
cantidades de él, no pudo comunicarle el menor deseo de beber.
Los demás nos saludaron con extremada amabilidad.
-La verdad, señor -observó la desenvuelta Marcita, alargándome la mano con
tan gracioso gesto que estuvo a punto de embobarme-, me alegro mucho de verle tan
caballero entre nosotros que cuida más de nuestra compañía que del vaso de vino;
porque la mayoría de los demás están singularmente embrutecidos esta mañana.
Después, lanzándome una arrebatadora mirada con sus maravillosos ojos,
prosiguió:
-Apostaría a que alguien la pasada noche ha estado más bebido que discreto...
o tal vez no lo bastante bebido, ¿quién sabe? Pues, a menos que mis pobres sentidos
me engañen mucho, diría que alguien ha venido a rondar mi puerta a altas horas de la
noche.
-¡Ahí! -exclamé yo de pronto, furioso-. ¡Alguien...!
-No. Silencio. -Miró en derredor como para ver si estábamos solos, y después
dijo:
-¿No le parece extraño que el señor De Montour, antes de retirarse esta noche pasada,
me aconsejara quecerrase bien la puerta de mi cuarto?
-¡Extraño, ciertamente! -murmuré; sin decirle que aquel señor me había hecho
a mí la misma advertencia.
-¿Y no es extraño, Fierre, que a pesar de haber salido de la sala del banquete
el señor De Montour, antes que usted, tenga el aspecto de un hombre que se ha
pasado la noche sin dormir?
Me estremecí. Las fantasías de una mujer resultan, a veces, extrañas.
-Esta noche -dijo con travesura- voy a dejar mi puerta sin cerrar con llave, y
voy a ver a quién pesco.
-Usted no hará eso.
Mostró sus dientes en desdeñosa sonrisa, y sacó un agudo puñalito.
-Óigame bien, diablillo travieso -le dije-. La pasada noche De Montour me ha
hecho la misma advertencia que a usted. Yo no sé lo que sabrá él; pero quien ha
rondado por las salas esta noche, me parece haber andado más buscando la ocasión
de cometer un asesinato que de cualquier aventura de amor. Tenga usted cuidado de
mantener bien cerradas sus puertas con llave y cerrojo. ¿La señora Isabel comparte su
habitación, no es eso?
-No, yo mando a mi sirvienta a dormir con lasesclavas -murmuró, lanzándome
una traviesa mirada por entre sus entornados párpados.
-Cualquiera que la oyese la tomaría por una niña ligera de cascos -le dije con
la franqueza de la juventud y mi largo trato con ella.
-Ande con cuidado, señorita, o voy a decirle a su hermano que le dé una
azotaina.
Tras esto, me fui a ofrecerle mis respetos a Isabel. La joven portuguesa era todo lo
contrario de Marcita: una muchacha tímida, modesta, no tan bella como la italiana,
pero exquisitamente bonita, con cierto atractivo, si es o no infantil. Una vez me dieron
pensamientos... en fin dejemos esto. ¡Cosas de juventud; tontería en fin!
Ustedes perdonen, Messieurs. A veces el espíritu de un viejo se complace en
divagar. Y yo me he propuesto hablarles de De Montour..., de De Montour y del primo
de Don Vicente, de aquel joven cara de rata.
Aquella mañana, una banda de indígenas armados se habían presentado en
tropel a las puertas del castillo, pero los soldados portugueses los habían rechazado y
los mantenían a distancia. Entre aquellos indígenas podían verse a algunos jóvenes y
muchachas completamente desnudos y encadenados unos con otros por el cuello. Eran
esclavos, capturados por alguna tribu guerrera, y llevados a vender. Don Vicente en
persona los iba examinando.
Siguió un barullo de tranqueo y trapicheo interminable, del que al fin me
cansé; y me fui extrañado de que un hombre de la clase de Don Vicente se tomase el
trabajo de rebajarse a una tarea que otros podrían hacer por él.
Empezaba a retirarme de allí cuando uno de los indígenas de la aldea cercana
se adelantó e interrumpió la compra con un prolijo discurso dirigido a Don Vicente.
Mientras conferenciaban, vino De Montour, y entonces Don Vicente se volvió
hacia nosotros y nos dijo:
-La pasada noche, uno de los leñadores de la aldea ha sido destrozado por un
leopardo o fiera semejante. Era un joven soltero, fuerte y corpulento.
-¿Un leopardo? ¿Lo han visto? -preguntó súbitamente De Montour.
Cuando Don Vicente contestó que no, porque la fiera vino y se fue de noche, De
Montour levantó una mano temblorosa y se la pasó por la frente, como para enjugarse
el frío sudor que la recorría.
-Mire usted, Fierre -me dijo Don Vicente-, yo tengo ahí un esclavo que,
maravilla de maravilla, seempeña en ser su criado, aunque sólo el diablo sabe con qué
propósito.
Y presentó a un joven lakri delgado, insignificante, cuyo rasgo principal de su
carácter parecía ser una azorada sonrisa.
-Es suyo, pues -dijo Don Vicente-. Está muy bien enseñado y será un criado
excelente. Y tenga presente que un esclavo aventaja a un criado blanco, porque lo
único que pide por su trabajo es comida y taparrabos, y basta azotarle con el látigo
para que cumpla con su obligación.
No tardé mucho en saber por qué Gola deseaba ser mi criado, y que me había
preferido a mí por mi cabello. Como muchos petimetres de la época, los llevaba largos
y rizados, con las guedejas cayendo sobre mis hombros. Ahora bien, daba la
casualidad de que yo era el único de los invitados con el cabello de aquella manera, y
Gola solía quedarse contemplándolo con silenciosa admiración; y así hubieran pasado
las horas, a no ser porque yo me ponía nervioso ante aquellos ojos que me escrutaban
sin parpadear, y lo echaba de mi presencia.
Fue aquella noche cuando una latente animosidad, apenas perceptible por
fuera, entre el barón Von Schiller y Jean Desmarte estalló en llamas.
Como siempre, la causa de ello fue una mujer. Y esa mujer había sido Marcita,
que había coqueteado desaprobadoramente con los dos.
Había sido una conducta ciertamente imprudente, porque Desmarte era un
joven muy alocado y Von Schiller era un bruto libidino. Pero Messieurs, ¿cuándo en
semejantes casos ha mostrado juicio una mujer?
El odio que se tenían aquellos hombres se encendió en homicida furia al haber
intentado el alemán besar a Marcita.
Al momento se entrechocaron las espadas. Pero antes que Don Vicente
pudiera lanzar su tonante voz de alto, Luigi se había interpuesto, había desarmado a
los rivales, separándolos violentamente.
-Signori -dijo, con voz moderada, pero con acento de ardiente intensidad-. ¿Es
propio de señores de alta alcurnia pelearse por mi hermana? ¡Ah!, por las uñas de
Satán os desafío a los dos. ¡Tú, Marcita, ahora mismo a tu habitación! ¡Y no salgas de
allí hasta que yo te dé mi permiso!
A pesar de ser tan independiente, se retiró, sin que nadie se atreviese a
encararse con el delgado y, al parecer, afeminado joven al ver la fiera sonrisa
desdeñosaque torcía sus labios y el homicida relámpago que brilló en sus negros ojos.
Se intercambiaron disculpas, pero en las miradas que se dirigieron los dos
rivales conocimos que su disputa no quedaría en olvido, y tornaría a encenderse con el
menor pretexto.
Era bien entrada la noche cuando súbitamente, me desperté con extraña o
sobrenatural sensación de horror. ¿Por qué? No lograba comprenderlo. Me levanté,
comprobé que la puerta estuviera bien cerrada, y al ver a Gola dormido en el suelo, de
un puntapié lo desperté furioso.
Justo en el instante en que se incorporaba, a toda prisa, el silencio se vio
interrumpido por un grito salvaje; un grito que resonó por todo el castillo, y arrancó un
alarmado grito al arcabucero que hacía su centinela en la empalizada; un grito que
salía de la boca de una doncella, de una doncella enloquecida por el terror.
Gola exhaló un ronco gemido, y corrió a esconderse debajo del diván.
Inmediatamente, abrí la puerta de par en par y salí corriendo por el largo pasillo. Me
precipité por una escalera de caracol, tropecé en medio de la oscuridad con una
persona, y caímos los dos rodando hasta el piso inferior.
Me quedé jadeando y reconocí la voz de Jean Desmarte. Le ayudé a
levantarse, y seguí corriendo, mientras él me seguía; aunque los gritos habían cesado,
por todo el castillo se oía tumulto, voces que gritaban, ruido de armas entrechocadas y
luces que relampagueaban; la voz de Don Vicente que llamaba a gritos a los soldados;
el rumor de los hombres armados que corrían por las salas y al topar unos con otros
rodaban por los suelos. En medio de aquella confusión Desmarte, el Español y yo
llegamos a la habitación de Marcita al mismo tiempo que Luigi se precipitaba en ella, y
tomaba a la joven en sus brazos.
Portando luces y armas, acudieron otras personas, gritando y preguntando
qué sucedía.
La joven yacía silenciosa en brazos de su hermano, con su negro cabello suelto
cayéndole por los hombros, y sus elegantes ropas de noche hechas jirones y
mostrando su delicado cuerpo. En sus brazos, pecho y espalda había largos rasguños.
Pasaron unos instantes antes de que abriera los ojos, se estremeció, lanzó un
grito desesperado y se aferró frenéticamente a Luigi, rogándole que no permitiera que
nadie la arrebatase de sus brazos.
-¡La puerta! -chilló-. No he corrido el cerrojo yuna cosa ha entrado
arrastrándose, en medio de la oscuridad. Le he clavado mi puñal, y entonces se me ha
echado encima y me ha derribado arañándome una y otra vez, hasta que me he
desmayado.
-¿Dónde está Von Schiller? -preguntó el Español con un ardiente brillo en sus
ojos negros.
Con desconfianza, cada cual miraba al que tenía a su lado. Allí estaban todos
los huéspedes, excepto el alemán. Observé a De Montour que, con el rostro más
sombrío que nunca, estaba mirando a la aterrorizada joven. Y me pareció extraño que
no llevase armas.
-¡A buscar a Von Schiller! -exclamó enérgicamente Desmarte.
La mitad de nosotros siguió a Don Vicente fuera del corredor. Sedientos de
venganza, comenzamos a buscarlo por todo el castillo, hasta que lo hallamos en un
estrecho pasillo. Estaba tendido boca abajo, encima de un charco de sangre que se iba
extendiendo por el suelo.
-¡Esto es obra de algún indígena! -exclamó Desmarte.
-¡Es absurdo! -bramó Don Vicente-. Ningún indígena puede traspasar desde
fuera la línea de los soldados. Todos los esclavos, entre ellos el de Von Schiller, fueron
encerrados con barras y llaves en sus habitaciones, con excepción de Gola, que
duerme en la habitación de Fierre, y la sirvienta de Isabel.
-¿Entonces quién puede haber cometido esta fechoría? -exclamó Desmarte
furioso.
-¡Usted! -dije yo agresivamente-. ¿Por qué ha salido usted corriendo
precipitadamente de la habitación de Marcita?
-¡Maldito embustero! -gritó.
Y su espada desenvainada instantáneamente, saltó en el aire buscando mi
pecho; pero por rápido que yo fui, más lo fue el español: el espadón de Desmarte fue
a dar con estrépito contra la pared mientras Desmarte se había quedado inmóvil como
una estatua, con la punta de la quieta espada del español a dos dedos de su garganta.
-¡Atadlo! -dijo el español sin cólera.
-Baje su espada, don Florencio -ordenó Don Vicente, dando unos pasos
adelante y dominando la situación-. Señor Desmarte, es usted uno de mis mejores
amigos; pero yo soy aquí la única autoridad, y debo cumplir con mi deber. Denos su
palabra de que no intentará escapar.
-Doy mi palabra -replicó serenamente el gascón-. Me he precipitado. Lo reconozco.
Pero no escapaba por ningún motivo; lo que ocurre es que las salas y corredores de
este maldito castillo me llenan de confusión y aturdimiento.
De entre todos los que estábamos allí tal vez sólo uno creyó lo que él decía.
-¡Messieurs! -dijo De Montour dando un paso adelante-, este joven no es culpable.
Vuelvan boca arriba al alemán.
Dos soldados hicieron lo que había pedido. De Montour se estremeció,
mientras señalaba al suelo. Todos bajamos la vista al unísono, y en el acto
retrocedimos horrorizados.
-¿Puede un hombre haber hecho esto?
-¿Con un puñal...? -comenzó a decir uno.
-No hay puñales que causen heridas como esas -dijo el español.
Las garras de algún espantoso animal habían destrozado el cuerpo del alemán.
Con el terror de que tan horrible monstruo surgiese de las sombras y nos
saltase encima, miramos en derredor.
Registramos el castillo palmo a palmo, y por ninguna parte hallamos rastro de
animal.
Cuando volví a mi habitación, apuntaba la aurora, y encontré que Gola se
había encerrado por dentro; tardé una media hora en convencerlo de que me dejase
entrar. Tras castigarlo debidamente con el látigo y echarle en cara su cobardía, le
conté lo sucedido; porque él entendía el francés y podía hablar una extraña jerigonza
que él llamaba enfáticamente francés.
Jadeaba, y a medida que mi relato llegaba a su punto culminante, sólo se le veía el
blanco de los ojos.
-¡Ju!, ¡ju! -cuchicheaba muerto de miedo-. ¡Hombre Petish! De pronto se me
ocurrió una idea. Yo había oído confusos relatos, poco más que indicios de leyendas,
del diabólico culto al leopardo que existía en la costa occidental. Ningún hombre blanco
había visto jamás alguno de sus adeptos; pero Don Vicente nos había contado
leyendas de hombres-fieras, con pieles de leopardos, que se introducían cruzando la
selva a media noche, y mataban y devoraban. Un horrible escalofrío recorrió de arriba
abajo mi espina dorsal, y agarré con tanta fuerza a Gola, que no pudo reprimir un
chillido.
-¿Ha sido, pues, un hombre-leopardo? -dije y rechiné los dientes, sacudiendo
violentamente su cuerpo.
-¡Mussiú, mussiú! -dijo con voz ahogada-; ¡yo buen muchacho!, ¡yo tener
miedo! ¡Mucho mejor no decir nada!
-Vas a decírmelo en seguida -dije fuera de mí, renovando mis castigos, hasta
que, con las manos suplicantes y pidiendo perdón, prometió contarme lo que sabía.
-¡No hombre-leopardo! -cuchicheó y sus ojos se agrandaban con aquel terror
sobrenatural-. Luna llena, encontrado leñador destrozado garras. Luego hallado otro
leñador. El señor grande (Don Vicente) dice "leopardo". No leopardo, sino hombre
leopardo viene matar. ¡Ha matado a alguien leopardo-hombre! ¡Destrozado con las
garras! ¡Ay, ay! Ahora otra vez luna llena. Una cosa entró en la cabaña solitaria;
destrozó a una mujer, a un niño. El señor grande dice "leopardo". Ahora otra vez luna
llena y hallar otro leñador destrozado garras. Y luego ha venido al castillo. No
leopardo. Porque siempre, señales de pisadas de un hombre.
No pude contenerme y lancé una exclamación de asombro, de incredulidad.
Pues bien, lo que había dicho Gola resultó ser cierto. Allí siempre quedaban huellas de
pisadas humanas quesalían del lugar del asesinato. Entonces, ¿por qué los indígenas
no se lo decían al señor grande para que éste cazase al mortal enemigo?
Al preguntarle esto adoptó una expresión circunspecta, y cuchicheó a mi oído:
-Las huellas eran de un hombre que llevaba zapatos. Incluso suponiendo que
Gola estuviera mintiendo, yo sentía el escalofrío de mi inexplicable terror.
-¿Quién, pues, entre los indígenas estaba cometiendo aquellos terroríficos
asesinatos? Y él me contestó:
-¡Don Vicente!
Esta vez, Messieurs, mi cabeza se convirtió en un torbellino.
¿Qué significaba todo aquello? ¿Quién había asesinado al alemán y había
tratado de violar a Marcita? Recordando los pormenores del crimen, me parecía que el
asesinato, y no la violación, había sido el objeto de aquel crimen.
¿Por qué nos había avisado De Montour y, por lo tanto, demostrado conocer lo
que había sucedido al decirme que Desmarte era inocente y dar pruebas de su
inocencia?
Me sentía incapaz de comprender todo aquelloA pesar de todas nuestras
precauciones, la noticia del asesinato circuló entre los indígenas y se pusieron
inquietos y nerviosos, y aquel día por tres veces fueron castigados tres negros
distintos cada vez, por su insolencia. Una atmósfera de amenaza se cernía por todo el
castillo.
Reflexioné si convenía explicar a Don Vicente lo que me había contado el
negro; pero decidí esperar un poco.
Las mujeres no salieron aquella noche de sus habitaciones; los hombres
estaban inquietos, irritables. Don Vicente anunció que se doblaría el número de los
centinelas y que algunos se encargarían de la vigilancia de los corredores del castillo. Y
no pude menos de pensar groseramente que si las sospechas de Gola eran fundadas,
de poco servirían los centinelas.
Yo no soy hombre, Messieurs, para considerar con paciencia semejantes
situaciones. Y, además, entonces era joven. De manera que cuando aquella noche
bebimos antes de retirarnos, arrojé mi vaso sobre la mesa y anuncié lleno de cólera
que a pesar de aquel hombre, fiera, diablo, o lo que fuese, yo dormiría aquella noche
con la puerta de mi habitación abierta de par en par. Y me fui muy furioso a mi
habitación.
Nuevamente, como la noche pasada, vino a mi cuartoDe Montour. Su rostro
era el de un hombre que hubiese visto abiertas las puertas del infierno.
-He venido -dijo- a pedirle, es más, Monsieur, a implorarle que reflexione bien
acerca de su temeraria determinación. -Sacudí la cabeza impaciente y entonces él dijo-
: ¿Está usted resuelto? ¿Sí? Entonces le ruego que haga por mí lo siguiente: en cuanto
yo entre en mi habitación usted cerrará mi puerta por fuera, con llave y cerrojo.
Tal como me lo había pedido lo hice, y me volví a mi habitación, lleno de
asombro. Había enviado a Gola a dormir con los esclavos, y dejé mi espada y mi puñal
al alcance de mi mano. No me fui a la cama, sino que, tras apagar la luz, me dejé caer
en un gran sillón.
Tuve que hacer un gran esfuerzo por no dormirme. Para conseguir
mantenerme despierto, me puse a reflexionar acerca de las extrañas palabras del
señor De Montour. Me pareció que se hallaba en estado de gran excitación; sus ojos
hacían presentir siniestros misterios que sólo él conocía. Y con todo, su rostro no era el
de un hombre perverso.
De pronto, tuve una idea: ir a su habitación y hablar con él.
Andar por aquellos corredores era una empresa queno resultaba nada agradable; pero
el caso fue que me encontré delante de la habitación de De Montour. Llamé. Silencio.
Alargué la mano, palpé la puerta y toqué fragmentos de su madera hechos astillas.
Saqué a toda prisa pedernal y eslabón que llevaba conmigo y a la llama de la yesca
pude ver que la gran puerta de roble colgaba de sus poderosos goznes; había sido
destrozada, hecha astillas, desde dentro. Y en la habitación del señor De Montour no
había nadie.
Instintivamente volví corriendo a mi habitación, tan rápidamente como pude,
intentando hacer el menor ruido posible, con los pies descalzos. Cuando me
encontraba cerca de la puerta, noté en medio de la oscuridad la presencia de algo que
estaba delante de mí. Algo que se arrastraba saliendo de un corredor lateral y se
deslizaba furtivo por el suelo.
Presa de frenético terror di un salto y ataqué a puñetazos, locamente, sin
saber a quién, en medio de la oscuridad; y, de pronto, mi apretado puño dio contra
una cabeza humana, y acto seguido un cuerpo cayó al suelo con estrépito. De nuevo
prendí la yesca, y vi a un hombre tendido; aquel hombre era De Montour.
Al tiempo que encendía una bujía y la colocaba en unnicho de la pared, los
ojos de De Montour se abrieron y él se levantó con dificultad.
-¡Usted! -exclamé sin saber casi lo que yo me decía-. ¡Precisamente usted!
No dijo nada, se limitó a afirmar con la cabeza.
-¿Fue usted, pues, quien mató a Von Schiller?
-Sí.
Retrocedí jadeando de horror.
-Óigame. -Levantó la mano-. Traiga su espada y atraviéseme el cuerpo. Nadie
le echará en cara el haberlo hecho.
-No -exclamé-; no puedo.
-¡Entonces, pronto! -dijo precipitadamente-. Váyase a su habitación y cierre la
puerta con llave y cerrojo. ¡Aprisa! ¡Mire usted que vuelve!
-¿Qué es lo que vuelve? -pregunté sintiendo como un escalofrío recorría mi
cuerpo-. Si eso ha de causarme daño, yo me vengaré en usted. Véngase a la
habitación conmigo.
-¡No, no! -chilló dolorido, apartándose con un salto de mi mano tendida-.
¡Pronto! ¡Pronto! Me ha dejado por unos momentos, pero volverá. -Entonces, con voz
ahogada, de horror indecible-: ¡Ya vuelve! ¡Ya está aquí!
Y yo sentí un algo, una presencia sin forma ni figura, muy cerca de mí. Una
cosa que aterrorizaba.
De Montour estaba de pie delante de mí, con las piernas como si las tuviese
atadas, los brazos hacia atrás, los puños apretados. Los músculos abultaban debajo de
su piel; sus ojos se abrían mucho y luego se cerraban; y las venas se hinchaban en su
frente, como si estuviese realizando un gran esfuerzo físico.
Al tiempo que lo miraba también pude ver que aquella cosa, sin forma, salida
de la nada, adquiría una confusa figura y, como una sombra, fue descendiendo hacia
De Montour.
¡Se cernió unos momentos a su alrededor! ¡Dios mío, se estaba fundiendo, formando
una sola cosa con el cuerpo de aquel hombre!
De Montour se tambaleó; exhaló un profundo suspiro. Aquella vaga sombra se
desvaneció. Los pies de De Montour vacilaron. Después se volvió hacia mí. ¡Dios de los
cielos! Él sabe que jamás he visto rostro como aquél.
Un rostro monstruoso, bestial. Los ojos le brillaban de escalofriante ferocidad;
los labios regañosos se arremangaban mostrando unos dientes que chispeaban; yéstos
se parecían más a colmillos bestiales que a dientes humanos.
En silencio, aquel ser que no me atrevo a llamar humano se lanzó contra mí.
Horrorizado, retrocedí y corrí hacia mi habitación, justo en el momento en que aquel
ser saltaba por el aire con un movimiento sinuoso que me hizo pensar en el salto de un
lobo. Cerré de un porrazo la puerta y, con todas mis fuerzas, apoyé en ella mi cuerpo
para impedir la entrada a aquel monstruo que se arrojaba una y otra vez contra la
dura madera que nos separaba.
Al fin desistió de su propósito y pude oír cómo se deslizaba sigilosamente por
el corredor. Agotado y desmayado casi, me senté, atendiendo, escuchando. Por la
abierta ventana soplaba suavemente una brisa portadora de todos los olores de África,
aromosos o hediondos. De la aldea indígena llegó el son de un pandero. Otros
panderos contestaron más lejos, por la orilla, y detrás, en la maleza. Y entonces, en un
lugar indeterminado del bosque, hórridamente inoportuno, sonó el largo y agudo
aullido de un lobo que me produjo repugnancia y horror.
Al despuntar el nuevo día, llegaron noticias de aldeanos aterrorizados; de una
mujer negra que la nocheanterior había sido casi destrozada por algún demonio. Con
premura, fui a buscar a De Montour. Por el camino encontré a Don Vicente. Yo estaba
perplejo e irritado.
-Algún ser diabólico está haciendo de las suyas en el castillo -me dijo-. La
noche pasada, y esto no se lo he dicho a nadie todavía, un extraño ser ha saltado a la
espalda de un arcabucero, le ha rasgado el jubón de cuero y se lo ha arrancado de los
hombros; y luego lo ha perseguido hasta la barbacana. Es más, alguien encerró a De
Montour en su habitación y nuestro amigo se ha visto obligado a destrozar la puerta
para poder salir.
Cuando me hubo dicho esto se marchó, murmurando para sí, y yo bajé la
escalera más perplejo que nunca.
De Montour estaba sentado en un taburete, mirando por la ventana. Parecía
estar sumido en una fatiga inexplicable.
Sus largos cabellos estaban despeinados y revueltos; sus vestidos hechos
jirones. Al notar borrosas manchas coloradas en sus manos y observar que tenía las
uñas rotas y arrancadas, me estremecí. Alzó la vista cuando yo entré, y con la mano
me indicó que tomara asiento. Su rostro estaba fatigado y sombrío, pero era el rostro
de un hombre.
Tras un breve silencio habló:
-Voy a contarle una extraña historia que nunca hasta ahora había brotado de
mis labios; y no sé decirme por qué se la cuento, pues sé que usted no me va a creer.
Fue entonces cuando escuché el más bárbaro, fantástico y sobrenatural relato
que oí jamás de labios de hombre.
-Hace años -dijo De Montour-, estaba en una misión militar, al norte de
Francia. Iba solo, y me vi obligado a cruzar las endiabladas regiones boscosas de
Villefere. En aquellos temerosos bosques, me asedió un ser inhumano, fantasmal: un
hombre lobo. A la luz de una luna de medianoche, luchamos y yo lo maté. Ahora bien,
en tal caso la verdad es esta: si se mata a un hombre lobo, su fantasma perseguirá a
su matador por toda una eternidad. Esto si el monstruo se halla en figura de medio
hombre, medio lobo. Pero si se le mata en figura total de lobo, el infierno se abre para
recibirle. El verdadero hombre-lobo no es, como muchos piensan, un hombre que
puede tomar la figura de lobo, sino ¡un lobo que toma la figura de hombre!
-Y ahora escúcheme bien, amigo mío; quiero hablarle de la sabiduría, del saber
diabólico que yo poseo, ganado a costa de una hazaña horrenda que yorealicé entre
las sombras misteriosas de los bosques, a media noche, por donde vagan demonios y
semi-animales.
-A1 principio, el mundo era extraño, deforme. Animales grotescos habitaban los
bosques vírgenes. Traídos de otro mundo, antiguos espíritus malignos y demonios,
acudieron en gran número a instalarse en este mundo nuevo y joven. Combatieron
largo tiempo las fuerzas del bien y del mal.
-Un extraño animal, llamado hombre, anduvo errabundo entre los demás animales y,
como para cumplir sus deseos todo ser bueno o malo ha de tener una forma concreta,
los espíritus del bien entraron en el hombre. Los demonios entraron en los demás
animales, cuadrúpedos, reptiles, pájaros; y la guerra de los primeros tiempos fue larga
y encarnizada. Pero fue el hombre quien la ganó. Los grandes dragones y serpientes
fueron muertos, y con ellos los demonios. Finalmente, Salomón, sabio hasta más allá
de la sabiduría del hombre, guerreó contra ellos; y por la virtud de su sabiduría, mató,
aprisionó y aherrojó. Pero había entre aquellos animales algunos tan fieros y osados
que, aunque Salomón los arrojó de sus reinos, no pudo aprisionarlos. Estos habían
tomado la figura de lobos. A medidaque transcurrían los siglos, lobo y demonio se
mezclaron finalmente. Y ya pudo el demonio salir a su voluntad del cuerpo del lobo. En
ciertas circunstancias, la fiereza del lobo venció a la sutileza del demonio y lo
esclavizó; de manera que el lobo volvió a convertirse en un animal feroz, astuto; pero
sin dejar de ser un mero animal. A pesar de todo ello, quedaron y aún quedan algunos
hombres-lobo.
-Y durante los días de la luna llena, el lobo puede tomar la forma o la semiforma de un
hombre. Sin embargo, cuando la luna se halla en su cenit, el lobo-espíritu predomina y
el lobo-hombre se convierte una vez más en verdadero lobo. Pero si es muerto en
forma de hombre, entonces el espíritu queda libre de perseguir a su asesino para
siempre.
-Atienda bien ahora. Yo pensé haber matado a aquel ser después que se había
cambiado en su verdadera forma. Pero lo había matado un instante antes del momento
preciso; porque la luna, aunque muy cerca ya de su cenit, no lo había alcanzado
todavía; ni aquel ser había adquirido plenamente su forma de lobo.
-Yo no sabía nada de todo esto, así que seguí mi camino. Pero cuando se aproximaba
el momento de la siguiente luna llena, comencé a notar un extraño ymaligno influjo.
Una atmósfera de horror se cernía en el aire, y yo advertí que en mí se producían
inexplicables y sobrenaturales impulsos.
-Una noche, en una pequeña aldea situada en el centro de un extenso bosque, aquel
influjo se apoderó de mí con toda su fuerza. Era de noche y la luna, casi ya en su lleno,
se alzaba sobre el bosque. Y entre la luna y yo, vi flotando en el aire, claramente
discernible, en aspecto fantasmal ¡el perfil de la cabeza de un lobo!
-Apenas si recuerdo lo que sucedió después. Con cierta vaguedad recuerdo que anduve
a cuatro patas por la silenciosa calle; recuerdo haber luchado, resistido unos
momentos, vanamente; y lo demás lo veo como una mancha roja; recuerdo también
que oí las horrorizadas charlas de los aldeanos que hablaban de una pareja de
amantes clandestinos que habían sido asesinados de modo sobrenatural casi a la salida
del pueblo, y despedazados como si hubieran sido atacados por lobos.
-Huí de aquella aldea, aunque no huí solo. Durante el día no pude notar la presencia de
mi espantoso dominador: pero cuando vino la noche y se levantó la luna, mientras
vagaba por el silencioso bosque, sentí en mí un ser horrendo, un matador de seres
humanos; un demonio en el cuerpo de un hombre.
-¡Oh, Dios, cuántos combates los míos! Pero siempre me ha vencido el enemigo, y me
arrastra a encarnizarme con alguna nueva víctima. Pero en cuanto la luna ha pasado
su lleno, el poder que aquel ser tiene sobre mí cesa de pronto, y no vuelve hasta que
faltan tres noches para que la luna vuelva a ser llena.
-A partir de entonces he andado errabundo por la tierra; huyendo, huyendo,
intentando escapar. Pero aquel ser siempre me persigue; apoderándose de mi cuerpo
cuando la luna es llena. ¡Dios santo, qué espantosos delitos he cometido!
-Si tuviera el valor suficiente, me hubiera suicidado hace ya mucho tiempo. Porque el
alma del suicida se condena, y mi alma se vería para siempre perseguida entre las
llamas del infierno. Y pienso que lo más espantoso es que mi cuerpo asesinado vagaría
para siempre por la tierra, movido y habitado por el alma del hombre-lobo. ¿Puede
haber cosa más fantástica?
-Lo más curioso es que creo ser inmune para las armas de los hombres. Me han
traspasado espadas, me han herido puñales, estoy cubierto de cicatrices. Y, aun así,
jamás me han matado. En Alemania me encarcelaron, y luego me llevaron atado al
patíbulo para cortarme la cabeza. Yo hubiera ofrecido de buena gana micabeza; pero
repentinamente se presentó aquel ser, rompió mis ataduras y me impulsó a huir. He
andado errabundo por toda la tierra, dejando tras de mí un rastro de crimen y horror.
Ni cadenas, ni calabozos pueden sujetarme. Aquel ser está ligado a mi persona para
toda la eternidad.
-En medio de mi desesperación acepté la invitación de Don Vicente, porque ha de
saber usted que nadie conoce mi espantosa y doble vida, como nadie me ve en las
garras del demonio; y pocos de los que me ven, sobreviven para contarlo.
-Mis manos están rojas de sangre; mi alma está condenada a las llamas eternas; mi
espíritu padece la tortura de los remordimientos. Y, sin embargo, nada puedo hacer
para socorrerme. ¡Ah, Fierre! No hay duda de que ningún hombre ha vivido en el
mundo que haya pasado por el infierno que estoy pasando yo.
-Sí, yo maté a Von Schiller, y me propuse despedazar a la joven Marcita. Por qué no lo
hice, no lo sé, puesto que he asesinado a hombres y a mujeres sin distinción.
-Y ahora, si usted quiere, tome su espada y máteme; y con mi último suspiro yo le
desearé que Dios le bendiga. ¿No quiere usted hacerlo?
-Ya conoce usted mi historia, y sabe que tiene delante a un hombre perseguido por un
demonio para toda la eternidad.
Tras abandonar el cuarto del señor De Montour, mi espíritu sentía un vértigo
de asombro. No sabía qué hacer. Aunque temía que aquel hombre acabase por
matarnos a todos, no estaba decidido a contárselo a Don Vicente. En lo más profundo
de mi alma compadecía a De Montour.
Así pues, no hice nada. Durante los siguientes días busqué ocasión de verlo y
conversar con él. Entre nosotros se trabó una sincera amistad.
Por entonces, Gola, mi criado, ofrecía un aspecto de excitación reprimida,
como si supiese algo que deseara desesperadamente contar, pero no pudiera o no se
atreviera a hacerlo.
Entre festines, bebidas y cazas los días se fueron pasando hasta una noche en que De
Montour entró en mi habitación, y señaló silenciosamente a la luna que comenzaba a
salir.
-Óigame -dijo-, tengo un plan. Voy a fingir que me voy al bosque a cazar y así
pasaré allí varios días. Pero cuando caiga la noche regresaré al castillo y ustedme
encerrará con llave en la mazmorra que sirve de almacén.
Hicimos lo convenido, y yo me las arreglé para escaparme dos veces al día y
así poder llevar a mi amigo comida y bebida. Él insistió en permanecer allí durante el
día, pues aunque su maligno enemigo jamás había ejercido en él su influjo a la luz
diurna, y él lo tenía por impotente a tales horas, con todo, no quería exponerse a una
situación imprevista.
Fue precisamente durante aquellos días cuando pude observar que aquel joven
cara de ratón, primo de Don Vicente, menudeaba sus atenciones para con Isabel, que
era prima segunda suya; aunque ella parecía más bien molesta por tales agasajos.
Por un quítame allá esas pajas, yo hubiera desafiado a Carlos, porque lo
despreciaba; pero aquello no era de mi incumbencia. Con todo, parecía que Isabel le
tenía miedo.
Dicho sea de paso, mi amigo Luigi se había enamorado de la gentil muchacha
portuguesa, y la estaba cortejando asiduamente y a todas horas.
Mientras tanto, De Montour siguió encerrado en su celda, repasando sus
hazañas sobrenaturales; hasta que un día pudo quitar las barras de la puerta con sus
propiasmanos y cerrarse por dentro. Don Florencio vagaba alrededor del castillo como
un sigiloso Mefistófeles.
Mientras, los demás huéspedes paseaban a caballo, disputaban y bebían.
Entre tanto, Gola haraganeaba por allí como si estuviese a punto de comunicar
alguna información importante. ¿Cómo disimular que mis nervios estuviesen tensos
hasta el punto de contener mis deseos de gritar?
En cuanto a los indígenas, cada día se ponían más cargantes, sombríos e
intratables.
Una noche, poco antes de la luna llena, entré en la mazmorra donde estaba De
Montour.
Este alzó rápidamente la mirada.
-Se arriesga usted demasiado viniendo a verme de noche -dijo.
Me encogí de hombros y tomé asiento junto a él. A través de una ventanita
con reja, podían entrar los olores y los sonidos de la noche africana.
-Atención a los panderos de los nativos -le dije-. Porque la pasada semana han
estado haciendo ruido sin cesar. De Montour asintió.
-Los indígenas están inquietos. Tal vez estén preparando alguna diablura. ¿No
ha observado usted que Carlos pasa muchos ratos con ellos?
-No -contesté-, pero lo más probable es que haya una ruptura entre él y Luigi,
ya que éste está cortejando a Isabel.
Así conversábamos cuando De Montour se quedó callado y quieto súbitamente,
y sólo me contestaba con monosílabos.
Salió la luna, y atisbo por los hierros de la reja. El rostro de De Montour se
iluminó con sus rayos.
Fue entonces cuando la garra del terror se apoderó de mí. En la pared, detrás
de De Montour, apareció una sombra claramente definida, era una cabeza de lobo.
En el mismo instante, De Montour experimentó su influjo. Dio un chillido, y
saltó de su asiento.
Con vehemencia, me señaló la puerta, y cuando con manos temblorosas yo
cerraba con llave y barras su puerta, oí que él se arrojaba contra ella con toda su
fuerza. Al bajar por la escalera, oí un violento y frenético golpear en aquella puerta
sujeta con barras de hierro. Pero aquella puerta podría resistir el embate de todos los
hombres-lobo juntos.
Nada más entrar en mi habitación, Gola estalló y desembuchó la historia que
había estado guardándose unos días.
Lo escuché incrédulo, y acto seguido corrí a ver a Don Vicente.
Me dijeron que Carlos le había pedido que lo acompañase a la aldea para
ajustar una compra de esclavos.
El que me lo dijo fue don Florencio de Sevilla, y cuando le resumí lo que me
acababa de contar Gola, quiso acompañarme.
Precipitadamente, salimos por la puerta principal del castillo; lanzamos el
santo y seña a los guardias, y bajamos por el muelle hasta la aldea.
¡Don Vicente, Don Vicente, ande precavido, tenga suelta la espada en su
vaina! ¡Qué locura salir de noche con Carlos el traidor!
Ya nos acercábamos a la aldea cuando topamos con ellos.
-¡Don Vicente! -exclamé-, regrese inmediatamente al castillo. ¡Carlos lo está
vendiendo a usted para entregarlo a manos de los indígenas! ¡Gola me ha dicho que
Carlos desea apoderarse de su riqueza y de Isabel! Un indígena lleno de pavor le ha
contado que había huellas de unos pies con botas cerca de los lugares donde los
leñadores fueron asesinados, y Carlos ha hecho creer a los negros que el asesino había
sido usted. ¡Esta noche habían de sublevarse los negros, ymatar a todos los hombres
del castillo, menos a Carlos! ¿Acaso no me cree, Don Vicente?
-¿Es cierto eso, Carlos? -preguntó asombrado Don Vicente. Carlos soltó una
carcajada burlona.
-Ese estúpido ha dicho la verdad -dijo-, pero ya no le servirá de nada. ¡Ea!
¡Ea! -dijo gritando estas palabras, y se arrojó sobre Don Vicente.
Brilló el acero a la luz de la luna, pero la espada del Español cerró el paso a
Carlos antes que pudiera lograr su propósito.
A nuestro alrededor se alzaron las sombras de la noche. Entonces los tres
hombres nos agrupamos espalda contra espalda, empuñando espadas y puñales;
éramos tres contra cientos. Las lanzas brillaron a la luz de la luna y un grito diabólico
brotó de las salvajes gargantas. De tres estocadas atravesé a tres indígenas, cayendo
luego abatido por el golpe de una maza guerrera; un instante después Don Vicente
cayó encima de mí, con una lanza arrojadiza clavada en un brazo y otra en una pierna.
Don Florencio quedó de pie junto a nosotros, mientras su espada saltaba como un ser
vivo, cuando una carga de los arcabuceros barrió a los indígenas de la orilla del río.
Algunos de aquellos soldados nos llevaron al castillo.
Pero entonces aquellas negras hordas vinieron como una avalancha con sus
lanzas brillando como una ola de acero, mientras un rugido atronador se levantó hasta
el cielo. Otros venían subiendo por las laderas, saltando los fosos, y bullendo como un
enjambre por encima de las empalizadas. Y una y otra vez el fuego de los cien
defensores los hacía retroceder.
Los saqueados almacenes estaban quemándose, y el resplandor de las llamas
competía con el de la luna. Cerca, al otro lado del río, había un almacén mayor, y a su
alrededor se agruparon en tropel las hordas de los indígenas, y comenzaron a
destruirlo para saquearlo.
-Quiera Dios que arrojen antorchas en ese almacén -dijo Don Vicente-, pues
no hay en él otra cosa sino unas mil libras de pólvora. Yo no me hubiera atrevido
jamás a almacenar esa traidora materia a este lado del río. Todas las tribus del río y
de la costa se han agrupado para asesinarnos, y todos mis barcos están en alta mar.
Tal vez podremos resistir un poco, pero lo más probable será que salten en masa la
empalizada y nos maten a todos.
Entonces corrí a la mazmorra donde estaba De Montour. Llamé a la puerta y él
me dijo que podía entrar, y por su voz reconocí que el demonio lo había dejado por
unos momentos.
-Los negros se han sublevado -le dije.
-Ya lo sospechaba. ¿Cómo va la batalla?
Le expliqué los pormenores de la traición y del combate, y le hablé del
depósito de pólvora al otro lado del río. De un salto se puso en pie.
-¡Por mi alma embrujada! -exclamó-. ¡Le doy mi palabra de que voy a jugar
una partida con el infierno una vez más! ¡Pronto! ¡Déjeme salir del castillo! ¡Intentaré
cruzar el río a nado y hacer estallar aquella pólvora!
-¡Eso es una locura! -exclamé-. Un millar de negros acechan entre las
empalizadas y el río y más allá el número se triplica. ¡Además, el río está lleno de
cocodrilos!
-¡Quiero probarlo! -contestó, con el rostro iluminado por el entusiasmo-; si
puedo llegar al polvorín, unos millares de indígenas aligerarán el asedio; si me matan,
mi alma quedará libre y tal vez podrá lograr algún perdón por haber ofrecido yo mi
vida para la redención de mis crímenes.
Tras un breve silencio añadió:
-¡Pronto! -exclamó-. ¡Ya vuelve el demonio! ¡Yaestoy sintiendo su influjo!
¡Dese prisa!
A toda prisa me dirigí a la puerta del castillo, mientras De Montour corría y
jadeaba como un hombre que se halla en medio de una terrorífica batalla. Cruzó el
dintel denodadamente, de un salto. Los indígenas le acogieron con gritos salvajes.
Los arcabuceros nos increparon. Atisbando por encima de la empalizada, lo vi
correr de una parte a otra, con indecisión. Un grupo de indígenas avanzaba furioso,
desordenadamente, con las lanzas levantadas.
Entonces se alzó hasta el cielo el aullido sobrenatural del lobo, y De Montour
salió adelante. Los indígenas se detuvieron al instante, y antes de que un solo hombre
se moviese, ya estaba en medio de ellos. Se oyeron salvajes chillidos, no de rabia, sino
de terror.
Inundados de asombro, los arcabuceros interrumpieron su fuego.
De Montour cargó por entre el grupo de negros y cuando se dispersaron y
echaron a correr, tres de ellos ya no pudieron huir.
Él los persiguió unos pasos; luego se quedó parado, rígido. Así permaneció un
instante, mientras las lanzas volaban a su alrededor; después dio media vuelta y corrió
precipitadamente hacia el río.
Otro grupo de negros le cerró el camino cuando estaba a pocos pasos del río.
A la luz llameante de las casas que ardían, la escena se podía ver con claridad. Una
lanza que le arrojaron le atravesó un hombro; él se la arrancó, se la clavó a un
indígena y saltó por encima de su cuerpo para lanzarse en medio de los demás.
No podían hacer nada contra aquel hombre blanco impelido por el demonio.
Echaron a correr dando chillidos, mientras De Montour saltando sobre la espalda de
uno de ellos, lo derribaba. Después irguió el cuerpo, se tambaleó un momento, y saltó
a la orilla del río. Se quedó allí parado, un instante, y luego desapareció entre las
sombras.
-¡Voto al diablo! -dijo Don Vicente jadeando detrás de mí-. ¿Qué especie de
hombre es ése? ¿Es De Montour?
Afirmé con la cabeza. Los gritos salvajes de los indígenas eran tales que se
alzaron por encima del estrépito de los arcabuzazos. Al otro lado del río, los negros se
agolpaban alrededor del vasto almacén.
-Están preparando un ataque en masa -dijo Don Vicente-. Van a saltar por
encima de la empalizada y después... ¡Ah!
¡Un estruendo que pareció rasgar los cielos! ¡Unestallido de llamas que subió
hasta las estrellas! El castillo se tambaleó con la explosión. Después, silencio, mientras
el humo, al desvanecerse, dejó ver sólo un gran cráter donde había estado el almacén.
Podría contarles, Messieurs, cómo Don Vicente capitaneó una carga herido y
derrengado como estaba a las puertas del castillo, y luego bajó por la ladera, para caer
sobre los aterrorizados negros que habían escapado de la explosión. Podría contarles la
matanza, la victoria, la persecución de los indígenas fugitivos.
También podría contarles, Messieurs, cómo me encontré separado del pelotón
y anduve errabundo por el bosque, sin poder hallar el camino de regreso a la costa.
Podría contarles cómo fui capturado por una errabunda partida de indígenas
saqueadores, y cómo conseguí escapar. Pero no es ése mi propósito, aunque tal
aventura podría formar por sí misma una larga narración. De quien estoy hablando
ahora es del señor De Montour.
Parecía imposible que un hombre pudiera cruzar a nado aquel río pululante de
reptiles, incluso estando poseído por un demonio. Y si había sido él quien había volado
el polvorín, seguramente habría volado con él.
Fatigosamente, una noche me abrí camino por entre la maleza y cuando
vislumbré la costa descubrí, junto a la playa, una pequeña cabaña de paja medio en
ruinas. Me fui allá pensando dormir en ella si insectos y reptiles me lo permitían.
Al entrar me detuve asombrado. En una banqueta improvisada con unas tablas
había un hombre sentado. Cuando entré, alzó la mirada y los rayos de la luna cayeron
sobre su rostro.
Un escalofrío de horror me hizo retroceder. ¡Era De Montour, y había luna
llena!
Después, mientras yo seguía allí parado, incapaz de moverme o huir, se
levantó y vino hacia mí. Y su rostro, aunque sombrío como el de un hombre que ha
visto el infierno, era el de un hombre cuerdo.
-Entre, amigo mío -dijo con una profunda paz en su voz-. Entre y no me tenga
miedo. El enemigo me ha dejado para siempre.
-Pero, dígame, ¿cómo pudo usted triunfar? -exclamé, estrechándole la mano.
-Disputé una horrenda batalla al cruzar el río -me contestó-, ya que el
enemigo me tenía entre sus garras y me empujaba a caer sobre los indígenas. Pero
por vez primera y por un instante mi alma y mi mente ganarondominio; un solo
instante que bastó para sostenerme firme en mi propósito. Y pienso que los santos
benditos vinieron en mi ayuda, ya que estaba dando mi vida por salvar vidas.
Salté al río y nadé, y al instante pulularon los cocodrilos a mi alrededor. De
nuevo en las garras del enemigo, combatí con ellos, allí en pleno río. Después,
súbitamente, aquel ser me abandonó. Trepé por la otra orilla e incendié el almacén. La
explosión me arrojó a una altura de centenares de metros, y durante muchos días
anduve aturdido y errante por la maleza. Pero vino la luna llena, y luego volvió otra
vez, y ya no sentí el influjo del enemigo...
-¡Soy libre, libre! -Y un maravilloso acento de exultación, mejor dicho, de
exaltación, vibró en sus palabras-. Mi alma es libre. Por increíble que parezca, mi
demonio yace ahogado en el lecho del río, o puede que habite en el cuerpo de alguno
de los fieros reptiles que nadan por las corrientes del Níger.

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