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AUTOR DE TIEMPOS PASADOS

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lunes, 4 de noviembre de 2013

SPECIAL - PHILIP K. DICK - ORFEO CON PIES DE ARCILLA

ORFEO CON PIES DE ARCILLA
Philip K. Dick
 
 
 
En las oficinas de Asesores Concord para el Servicio Militar, Jesse Slade miraba por la
ventana hacia abajo en la calle, observando todo lo que negaba su camino hacia la
libertad, flores y hierba, la oportunidad de un camino largo y desconocido hacia nuevos
lugares. Suspiró.  
—Perdón, señor —murmuró disculpándose el cliente que estaba al otro lado de su
escritorio—. Creo que lo estoy aburriendo.
—En lo absoluto —dijo Slade, tomando conciencia una vez más de sus imperiosos
deberes—. Veamos...—. Examinó los papeles con los que su cliente, un tal Walter
Grossbein, se presentaba ante él. —Cree usted, señor Grossbein, que su oportunidad
más favorable para evitar el servicio militar tiene que ver con un problema crónico de
audición disminuida diagnosticada con anterioridad por médicos civiles como una
laberintitis aguda. Hmmm—. Slade estudió los documentos pertinentes.
Sus deberes, los cuales no disfrutaba, consistían en localizar formas de evitarle a sus
clientes presentarse ante el servicio militar. La guerra contra las Cosas no había sido
llevada a cabo de la manera más adecuada en los últimos tiempos; se habían reportado
demasiados accidentes desde la región de Próxima... y con estos reportes se habían
disparado los negocios para los Asesores Concord para el Servicio Militar.
—Señor Grossbein —dijo Slade, pensativamente—, he notado que cuando usted entró
en mi oficina tendía a desviarse hacia un lado al caminar.
—¿Lo hice? —preguntó el señor Grossbein, sorprendido.
—Sí, y me he dicho, este hombre tiene un severo daño en su sentido del equilibrio.
Pues sabrá, señor Grossbein, que eso se relaciona con el oído. La audición, desde una
perspectiva evolutiva, es un desarrollo del sentido del equilibrio. Algunas criaturas
acuáticas de orden inferior incorporan un grano de arena y lo emplean como punto de
referencia dentro de sus fluidos corporales, y gracias a este método pueden decir si suben
o bajan.
—Creo que entiendo —dijo el señor Grossbein.
—Dígalo, entonces —dijo Jesse Slade.
—Yo... frecuentemente me voy hacia un lado u otro mientras camino.
—¿Y por las noches?
El señor Grossbein frunció el ceño, y entonces dijo lleno de felicidad:
—Yo, eh, encuentro casi imposible orientarme en la noche, en la oscuridad, cuando no
puedo ver.
—Bien —dijo Jesé Slade, y comenzó a escribir sobre la forma B-30 del servicio militar
de su cliente—. Creo que esto hará que lo eximan —dijo.
Felizmente, el cliente dijo:
—No puedo agradecerle lo suficiente.
Oh, claro que puede, pensó Jesse Slade para sí mismo. Nos puede agradecer con la
cantidad de cincuenta dólares. Después de todo, sin nuestra ayuda sería un pálido cuerpo
sin vida en algún barrancón de algún distante planeta, no muy lejos de ahora.
Y, pensando en planetas distantes, Jesse Slade sintió una vez más el anhelo. La
necesidad de escapar de su pequeña oficina y del proceso de tratar con clientes
adinerados a los que tenía que enfrentar, día tras día.
Debe haber otra vida aparte de esta, se dijo Slade. ¿Acaso esto es todo lo que hay en
mi existencia?
A través de su ventana un anuncio de neón brillaba allá abajo en la calle día y noche.
Proyecto Musa, se leía en el anuncio, y Jesse Slade sabía lo que significaba. Voy a ir allí,
se dijo. Hoy. A la hora del café de las diez y media; ni siquiera voy a esperar la hora del
almuerzo.
Mientras se ponía su abrigo, el señor Hnatt, su supervisor, entró en la oficina y dijo:
—Slade, ¿qué hay de nuevo? ¿Por qué esa mirada de fiera atrapada?
—Verá, voy a salir, señor Hnatt —le dijo Slade—. A escapar. Le he dicho a quince mil
hombres cómo escapar del servicio militar; ahora es mi turno.
El señor Hnatt le palmeó su espalda.
—Buena idea, Slade; ha trabajado demasiado. Tómese unas vacaciones. Tome un
viaje por el tiempo y viva una aventura en alguna civilización distante... le hará bien.
—Gracias, señor Hnatt —dijo Slade—. Haré exactamente eso. —Y dejó su oficina tan
pronto como sus pies pudieron llevárselo fuera del edificio y abajo a la calle hacia el
brillante anuncio de neón de Proyecto Musa.
 
La chica atrás de la caja, de pelo rubio, con ojos grandes y verdes y una figura que lo
impresionó por su ingeniería, su suspensión, por así decirlo, le sonrió y dijo:
—El señor Manville lo verá en un momento, señor Slade. Por favor, permanezca
sentado. Encontrará auténticos Harper’s Weekly del siglo diecinueve sobre la mesa, ahí.
—Y agregó—: Y algunos Mad del siglo veinte, esos grandes clásicos satíricos de la
calidad de Hogarth.  
De manera tensa, el señor Slade se sentó y trató de leer; encontró un artículo en el
Harper’s Weekly diciendo que la construcción del Canal de Panamá era imposible y que
ya casi había sido abandonada por los diseñadores franceses... esto retuvo su atención
por un momento (el razonamiento era tan lógico, tan convincente) pero después de unos
breves momentos, su antiguo tedio y su inquietud, como una niebla crónica, retornaron.
Levantándose, una vez más se aproximó al escritorio.
—¿No ha llegado el señor Manville todavía? —preguntó con esperanza.
Atrás de él una voz masculina dijo:
—Usted, ahí en la caja.
Slade dio la vuelta. Y se encontró frente a un hombre alto y de cabello oscuro, con una
intensa expresión, los ojos ardiendo.
—Usted —dijo el hombre—, está en el siglo equivocado.
Slade tragó saliva.
Acercándose hacia él, el hombre de cabello oscuro dijo:
—Soy Manville, señor. —Extendió su mano y estrecharon ambas. —Debe irse —dijo
Manville—, ¿Lo entiende, señor? Tan pronto como sea posible.
—Pero yo quiero emplear sus servicios —murmuró Slade.
Los ojos de Manville brillaron.
—Quiero decir que debe irse al pasado. ¿Cuál es su nombre? —Hizo un gesto con
gran énfasis—. Espere, me está llegando. Jesse Slade, de Concord, calle arriba, allá.
—Correcto —dijo Slade impresionado.
—Muy bien, ahora a los negocios —dijo el señor Manville—. A mi oficina. —
Dirigiéndose a la chica excepcionalmente bien construida de la caja, dijo: —Que nadie
nos moleste, señorita Frib.
—Sí, señor Manville —dijo la señorita Frib—. Me encargaré de ello, no tema, señor.
—Lo sé, señorita Frib. —El señor Manville condujo a Slade al interior de una oficina
bien amueblada. Viejos mapas e impresiones decoraban las paredes; los muebles...
Slape miró atónito. De la etapa Americana Temprana, con clavijas de madera en lugar de
clavos. Arce de Nueva Inglaterra, toda una fortuna.
—Todo está bien... —comenzó a decir.
—Sí, puede sentarse en esa silla de Director —le dijo el señor Manville—. Pero tenga
cuidado; lo puede tumbar si se inclina hacia delante. Tratamos de mantenerla en buen
estado aplicándole aceite de castor o cosas por el estilo. —Ahora parecía irritado, al tener
que discutir semejantes nimiedades—. Señor Slade —dijo bruscamente—, le hablaré
directamente, obviamente es usted un hombre con un elevado intelecto, así que podemos
saltarnos los protocolos.
—Sí —dijo Slade—, por favor hágalo.
—Nuestros convenios de viajes en el tiempo son de una naturaleza específica; de ahí
el nombre «Musa» ¿Capta el significado?
—Eh —dijo Slade desconcertado pero intentándolo—. Veamos. Una musa es un
organismo cuya función es...
—Inspiración —cortó bruscamente el señor Manville—. Slade, usted no es...,
encarémoslo... precisamente un hombre creativo. Es por eso que se siente aburrido y sin
plenitud. ¿Pinta? ¿Compone? ¿Hace esculturas de hierro fundido con restos de naves
espaciales o con deshechas sillas de jardín? No. No hace nada de eso; es absolutamente
pasivo. ¿Correcto?
Slade asintió:
—Ha acertado, señor Manville.
—No he acertado a nada —dijo el señor Manville irritado—. No me sigue, Slade. Nada
lo hará creativo porque usted no posee la creatividad en su interior. Es demasiado
ordinario. No voy a hacer que comience a pintar con los dedos o a tejer canastas. No soy
un analista Jungiano de los que creen que el arte es la respuesta. —Estirándose hacia
atrás apuntó su dedo hacia Slade—. Mire, Slade. No podemos ayudarlo si no tiene la
voluntad de ayudarse a sí mismo primero. Ya que no es creativo, lo más que puede
esperar, y aquí sí podemos ayudarlo, es inspirar a otros que son creativos. ¿Lo ve?
Después de un momento Slade dijo:
—Lo entiendo, señor Manville. Sí.
—Correcto —dijo Manville asintiendo—. Así, puede usted inspirar a un músico famoso,
como Mozart o Beethoven, o a un científico como Albert Einstein, o a algún escultor como
Sir Jacop Epstein... cualquiera de un gran número, escritores, músicos, poetas. Puede,
por ejemplo, conocer a Sir Edward Gibbon durante sus viajes al Mediterráneo y conversar
con él casualmente para decirle algo así como... «Hmmm, vea todas estas ruinas antiguas
a nuestro alrededor. Me pregunto cómo un imperio tan poderoso como el de Roma vino a
caer en este estado de deterioro... ¿cómo cayó en la ruina?... semejante caída...»
—Buen Dios —dijo Slade fervientemente—, ya veo, Manville; lo he captado. Le repito a
Gibbon la palabra caída una y otra vez, y con esto tiene la idea de su gran historia de
Roma, «Declive y caída del Imperio Romano». Y... —Estaba temblando—. Yo habría
ayudado.
—¿Ayudó? —dijo Manville—. Slade, esa no es la palabra adecuada. Sin usted no
habría existido tal obra. Usted, Slade, podría ser la musa de Sir Edward. —Se inclinó
hacia delante y tomó un puro Upmann, de alrededor de 1915, y lo encendió.
—Creo —dijo Slade—, que me gustaría reflexionar sobre esto. Quiero estar seguro de
inspirar a la persona adecuada, quiero decir, todos ellos merecen ser inspirados, pero...
—Pero quiere encontrar a la persona en términos de sus propias necesidades
psíquicas —convino Manville, soplando una fragante nube azul—. Llévese nuestro
catálogo. —Le paso un gran folleto publicitario, brillante, a todo color y en tercera
dimensión—. Llévelo a casa, léalo y vuelva con nosotros cuando esté listo.
—Dios lo bendiga, señor Manville —dijo Slade.
—Y cálmese —dijo Manville—. El mundo no se va a terminar... lo sabemos aquí en
Proyecto Musa porque lo hemos visto. —Sonrió y Slade se las arregló para devolverle la
sonrisa.  
 
Dos días después Jesse Slade regresó a Proyecto Musa.
—Señor Manville —dijo—, sé a quien quiero inspirar. —Inspiró profundamente—. He
estado pensando y pensando, y lo más significativo para mí sería si pudiera viajar al
pasado a Viena e inspirar a Ludwing van Beethoven con la idea de su Sinfonía Coral,
sabe usted, ese tema del cuarto movimiento que canta el barítono, que va bum-bum de-
da de-da bum-bum, hijas de Elsysium; lo conoce. —Se sonrojó—. No soy músico, pero
toda mi vida he admirado la novena de Beethoven y especialmente...
—Ya está hecho —dijo Manville.
—¿Eh? —Slade no comprendió.
—Ya se ha llevado a cabo, señor Slade. —Manville se veía impaciente mientras se
sentaba en su gran escritorio con tapa corrediza de roble, de alrededor de 1910. Sacando
una gruesa carpeta negra forrada con duela de metal empezó a hojear las páginas—.
Hace dos años una señora Ruby Welch de Montpelier, Idaho, retornó a Viena para
inspirar a Beethoven con el tema para el movimiento coral de su Novena. —Manville cerró
de golpe la carpeta y se dirigió a Slade—: Bueno, ¿cuál es su segunda opción?
Tartamudeando, Slade dijo:
—Yo... tendría que pensar. Deme tiempo.
Examinando su reloj, Manville dijo de manera abrupta:
—Le doy dos horas. Hasta las tres de la tarde. Buen día, Slade. —Se levantó y Slade
automáticamente hizo lo mismo.
 
Una hora más tarde en su atestada oficina de Asesores Concord para el Servicio
Militar, Jesse Slade se dio cuenta en un luminoso y preciso instante, a quién quería
inspirar y con qué. Enseguida se puso su abrigo, se disculpó ante un comprensivo señor
Hnatt, y corrió de prisa calle abajo hacia el edificio de Proyecto Musa.  
—Bien, señor Slade —dijo Manville al verlo entrar—. Regresó muy pronto. Vamos a mi
oficina. —Avanzó a grandes zancadas, marcando el camino—. Correcto. Hagámoslo. —
Cerró la puerta una vez que ambos entraron.
Jesse Slade humedeció sus labios resecos y entonces dijo, tosiendo:
—Señor Manville, quiero ir al pasado e inspirar a... bien, permítame explicarle.
¿Conoce usted la edad de oro de la ciencia ficción, entre 1930 y 1970?
—Sí, sí —dijo Manville con impaciencia, frunciendo el ceño mientras escuchaba.
—Cuando estaba en la Universidad —dijo Slade—, haciendo mi maestría en literatura
Inglesa, tuve, desde luego, que leer una buena cantidad de obras de ciencia ficción del
siglo veinte. De todos los escritores notables de ciencia ficción había tres que se
destacaban por encima de los demás. El primero era Robert Heinlein con su Historia del
Futuro. El segundo, Isaac Asimov con sus épicas series sobre la Fundación. Y... —Inspiró
hondamente mientras se estremecía—. El hombre sobre el que hice mi tesis. Jack
Dowland. De los tres, Dowland era considerado el más grande. Sus historias sobre el
Mundo Futuro comenzaron a aparecer en 1957, tanto en revistas en forma de cuentos,
como en libros, como novelas completas. Para 1963, Dowland era considerado como...
—Hmmm —dijo el señor Manville, abriendo su carpeta negra y comenzando a
hojearla—. Escritores de ciencia ficción del siglo veinte, un tema más bien especializado...
afortunadamente para usted. Veamos.
—Espero —dijo Slade en voz baja—, que no lo hayan tomado.
—Aquí hay un cliente —dijo el señor Manville—, Leo Parks de Vacaville, California.
Regresó e inspiró a A.E. van Vogt para evitar que escribiera historias de amor y westerns
y lo intentara en cambio con la ciencia ficción. —Dando vueltas a más páginas, dijo el
señor Manville—: Y el año pasado, Julie Oxen, una señorita de la ciudad de Kansas, y
cliente nuestra, pidió que se le permitiera inspirar a Robert Heinlein para su Historia del
Futuro... ¿fue a Heinlein al que mencionó, señor Slade?
—No —dijo Slade—, fue Jack Dowland, el más grande de los tres. Heinlein fue notable,
pero investigué lo suficiente sobre esto, señor Manville, y Dowland fue el más grande.
—No, no se ha hecho —decidió Manville cerrando su carpeta negra. Del cajón de su
escritorio extrajo una forma—. Llene esto, señor Slade —dijo—, y este asunto comenzará
a moverse. ¿Conoce el año y el lugar en el cual Jack Dowland comenzó a trabajar en su
historia del Mundo Futuro?
—Sí, lo conozco —dijo Slade—. Estaba viviendo en un pequeño pueblo sobre la Ruta
40 en Nevada, un poblado llamado Purpleblossom, que apenas consistía en tres
gasolineras, un café, un bar y una almacén general. Dowland se había trasladado ahí
para conseguir la atmósfera; quería escribir historias del Viejo Oeste en forma de guiones
para televisión. Tenía la esperanza de hacer un buen negocio.
—Veo que conoce su tema —dijo Manville, impresionado.
Slade continuó:
—Mientras vivía en Purpleblossom escribió un buen número de guiones del oeste pero
de alguna manera los encontró insatisfactorios. De cualquier modo, permaneció ahí,
tratando de escribir tanto en otros géneros como libros para niños y artículos sobre sexo
premarital en adolescentes para las revistas de lujo de aquellos tiempos... y entonces,
repentinamente y en un solo momento, en el año de 1956, cambió a la ciencia ficción e
inmediatamente produjo la novela corta más notable vista hasta esa fecha en el género.
Ese fue el consenso de toda la gente en ese entonces, señor Manville, he leído la historia
y estoy de acuerdo. Se llamaba «El padre sobre la pared» y aún aparece en antologías de
vez en cuando; es la clase de cuento que nunca morirá. Y la revista en la que apareció,
Fantasy & Science Fiction, será recordada siempre por haber publicado el primer relato de
Dowland en su edición de agosto de 1957.  
Asintiendo, el señor Manville dijo:
—Y esta es la opus magna que quiere inspirar. Ésta, y todo lo que siguió.
—Tiene toda la razón, señor —dijo el señor Slade.
—Llene su forma —dijo Manville—, y nosotros haremos el resto. —Le sonrió a Slade y
Slade, confiado, le devolvió la sonrisa.
 
El operador de la nave temporal, un joven robusto y bajo, con corte de pelo al rape y
con fuertes rasgos, le dijo brevemente a Slade:
—Bien, compañero, ¿estás listo o no? Hazte la idea.
Slade inspeccionó por última vez su traje del siglo veinte que Proyecto Musa le había
dado... uno de los servicios por la cuota más bien alta que había tenido que pagar.
Corbata angosta, pantalones sin dobladillo, y una camisa a rayas Ivy League... sí, decidió
Slade, por lo que conocía de la época era auténtico, al igual que los zapatos Italianos
puntiagudos y los calcetines firmes y coloridos. Pasaría sin ninguna dificultad como un
ciudadano de los Estados Unidos de 1956, incluso en Purpleblossom, Nevada.
—Ahora escucha —dijo el operador, mientras aseguraba el cinturón de seguridad
alrededor de la cintura de Slade—, tienes que recordar un par de cosas. Primero, la única
manera de regresar al 2040 es conmigo; no puedes volver caminando. Y segundo, tienes
que ser muy cuidadoso para no cambiar el pasado... quiero decir, limítate a tu simple
tarea de inspirar a este individuo, este Jack Dowland, y déjalo así.
—Desde luego —dijo Slade perplejo por la amonestación.
—Muchos clientes —dijo el operador, —y te sorprendería saber cuántos, enloquecen
cuando llegan al pasado; desarrollan ilusiones de poder y quieren hacer toda clase de
cambios, eliminar las guerras, el hambre y la pobreza, sabes. Cambiar la historia.
—No haré eso —dijo Slade—. No tengo el menor interés en abstractas empresas
cósmicas de tal magnitud.
Para él, inspirar a Jack Dowland era lo suficientemente cósmico. Y podía sentir la
suficiente empatía hacia la idea para entender la tentación. En su propio trabajo había
visto toda clase de gente.
El operador cerró con un portazo el casco de la nave temporal, se aseguró que Slade
estuviera bien atado con las correas, y entonces tomó asiento frente a los controles.
Chasqueó un interruptor y un momento más tarde Slade estaba en camino rumbo a sus
vacaciones, lejos del monótono trabajo de la oficina... hacia 1956 y lo más cerca que iba a
estar jamás de un acto creativo en su vida.
 
El cálido sol del mediodía de Nevada caía a plomo, cegándolo; Slade echó un vistazo,
buscando nerviosamente con la vista dónde estaba el pueblo de Purpleblossom. Todo lo
que podía ver eran rocas y arena sin interés, el desierto interminable con un camino único
y angosto que transitaba entre secos arbustos.
—Hacia la derecha —dijo el operador, y volvió a introducirse en la nave temporal,
apuntado—. Camina por ahí, te llevará como diez minutos. Espero que entiendas tu
contrato. Será mejor que lo saques y lo leas.
Del bolsillo interior de su traje estilo 1950, Slade sacó el contrato grande y amarillo que
había hecho con Proyecto Musa.
—Dice que tengo treinta y seis horas. Que me recogerás aquí en este lugar y que es mi
responsabilidad estar aquí; si no lo hago, y no puede regresar a mi propio tiempo, la
compañía no se hace responsable.
—Correcto —dijo el operador y volvió a entrar en la nave temporal—. Buena suerte,
Slade. O, debería llamarte, musa de Jack Dowlands. —Sonrió abiertamente, un poco en
son de burla y otro poco con amigable simpatía, y entonces el casco se cerró tras de él.
Jesse Slade se hallaba solo en el desierto de Nevada, a un cuarto de milla del pequeño
pueblo de Purpleblossom.
Comenzó a caminar, sudando, secándose el cuello con su pañuelo.
 
No tuvo problema en localizar donde vivía Jack Dowland ya que sólo existían siete
casas en el poblado. Slade subió los peldaños sobre el desvencijado porche, viendo de
reojo el jardín lleno de latas vacías, ropas tendidas, accesorios de plomería
abandonados.... estacionado junto al camino vio un arcaico carro abandonado, arcaico
incluso para el año de 1956.  
Tocó el timbre, se ajusto la corbata con nerviosismo, y una vez más repaso en su
mente lo que pensaba decir. En este momento de su vida, Jack Dowland no había escrito
ciencia ficción; era importante recordar eso... de hecho era el punto clave. Esta era la
encrucijada crítica de su vida, de su historia, esta fatídica llamada a la puerta. Desde
luego que Dowland no sabía eso. ¿Qué estaba haciendo en su casa? ¿Escribiendo?
¿Leyendo los chistes de algún diario de Reno? ¿Durmiendo?
Ruidos de pasos. Con tirantez, Slade se preparó.
La puerta se abrió. Una joven mujer con ligeros pantalones de algodón, su cabello
atado hacia atrás con un listón, lo inspeccionó con calma. Slade se dio cuenta que tenía
unos pies pequeños y hermosos. Usaba zapatillas; su piel era suave y brillante, y él se
encontró mirándola fijamente, desacostumbrado a ver tanto en una mujer. Sus tobillos
estaban completamente desnudos.
 —¿Sí? —preguntó la mujer de manera agradable pero con un toque de fatiga. Slade
se dio cuenta en ese momento que estaba aspirando; ahí en la sala estaba una
aspiradora con tanque General Electric... su sola existencia probaba que los historiadores
estaban equivocados; la aspiradora con tanque no había desaparecido en 1950 como
pensaban.
Slade, minuciosamente preparado, dijo con suavidad:
—¿Señora Dowland? —La mujer asintió. En ese momento un niño pequeño pareció
asomarse atrás de su madre—. Soy un admirador de la monumental obra de su marido...
—Oh, pensó, eso no está bien—. Ahem —se corrigió, utilizando una expresión típica de
ese período del siglo veinte según los libros—: Tsk, Tsk —dijo—. Lo que quiero decir es
esto, señora. Conozco muy bien la obra de su marido, Jack. He cruzado los páramos del
desierto, viniendo desde muy lejos para llegar aquí y observarlo en su hábitat. —Sonrió
lleno de esperanza.
—¿Conoce la obra de Jack? —Parecía sorprendida, pero completamente complacida.
—En la televisión —dijo Slade—. Buenos guiones los suyos. —Y asintió.
—Usted es inglés, ¿verdad? —dijo la señora Dowland—. Bien, ¿quiere pasar? —
Mantuvo la puerta abierta—. Jack está trabajando ahora arriba en el ático... el ruido de los
niños lo molesta. Pero sé que le gustaría detenerse y hablar con usted, especialmente si
condujo desde tan lejos. Usted es el señor...
—Slade —dijo—. Muy agradable el domicilio que tienen.
—Gracias —Lo condujo hacia una cocina fresca y oscura en el centro de la cual se
veía una mesa de plástico con cartones encerados de leche, platos de plástico,
azucarero, tazas cafeteras y otros objetos sorprendentes.
—Jack —llamó ella desde el primer tramo de las escaleras—. Aquí está un admirador
tuyo. ¡Quiere verte!
Arriba a lo lejos una puerta se abrió. Se oyó el sonido de los pasos de una persona y,
mientras Slade permanecía rígido, Jack Dowland apareció, joven y con buen aspecto, con
su cabello castaño ligeramente delgado, con un suéter y unos pantalones flojos, su cara
delgada y con aspecto inteligente se veía sombría y con el ceño fruncido.
—Estoy trabajando —dijo de manera cortante—. Aunque lo hago en casa es como
cualquier otro empleo. —Miró de un vistazo a Slade—: ¿Qué desea? ¿Qué quiere decir
con eso de que es un «admirador» de mi obra? ¿Cuál obra? Dios mío, hace meses que
no vendo nada, estaba a punto de cambiar de idea sobre a qué dedicarme.
—Jack Dowland —dijo Slade—, eso es porque no ha encontrado todavía el género
adecuado. —Oyó su propia voz temblorosa, este era el momento.
—¿Desearía una cerveza, señor Slade? —preguntó la señora Dowland.
—Gracias —dijo—. Jack Dowland —dijo Slade—, estoy aquí para inspirarlo.
—¿De dónde viene usted? —preguntó Dowland con desconfianza—. ¿Y por qué trae
esa corbata tan rara?
—¿Rara en qué sentido? —preguntó Slade, sintiéndose nervioso.
—Con el nudo abajo y no alrededor de su nuez de Adán. —Dowland caminó alrededor
de él, ahora, estudiándolo críticamente—. ¿Y por qué trae la cabeza rapada? Es
demasiado joven para estar calvo.
—Es la moda de esta época —dijo Slade débilmente—. Es preciso traer la cabeza
rapada, al menos en Nueva York.
—¡La cabeza rapada y un cuerno! —dijo Dowland—. Sé qué es usted. Una especie de
maniático. ¿Qué quiere?
—Yo quería elogiarlo —dijo Slade.
Ahora se sentía enojado; una nueva emoción, la indignación, lo llenaba... no estaba
siendo tratado propiamente y lo sabía.
—Jack Dowland —dijo, tartamudeando un poco—, sé más sobre su obra que usted
mismo; sé que su género adecuado no son los guiones sobre el oeste sino la ciencia
ficción. Será mejor que me escuche, soy su musa. —Se quedó en silencio, entonces,
respirando ruidosamente y con dificultad.
Dowland se le quedó viendo fijamente, y luego levantó la cabeza y estalló en
carcajadas.
Sonriendo también, la señora Dowland dijo:
—Bien, yo sabía que Jack tenía una musa pero pensé que era mujer. ¿No son todas
las musas del sexo femenino?  
—No —dijo Slade colérico—, Leon Parks de Vacaville, California, inspiró a A.E. van
Vogt, y era de sexo masculino. —Se sentó junto a la mesa de plástico, sintiendo sus
piernas demasiado tambaleantes para sostenerlo—. Escúcheme, Jack Dowland…
—Por el amor de Dios —llámame Jack o Dowland—, pero no de ambos modos; no es
natural la forma en que hablas. Traes el «té cruzado», ¿o qué? —Hizo la seña como si
inspirará algo.
—¿Té? —repitió Slade, sin entender—. No, sólo una cerveza, por favor.
Dowland dijo:
—Pongamos esto en claro. Estoy ansioso por regresar a trabajar. Aunque lo haga en
casa, es trabajo.
No había tiempo ahora para que Slade enunciara todos sus elogios. Lo había
preparado cuidadosamente; aclarando su garganta, comenzó:
—Jack, si puedo llamarlo así, me pregunto por qué diablos no ha intentado escribir
ciencia ficción. Creo que...
—Te diré por qué —interrumpió Jack Dowland. Empezó a moverse hacia delante y
hacia atrás, con sus manos en los bolsillos de sus pantalones—. Porque va a haber una
guerra con bombas de hidrógeno. El futuro es sombrío. ¿Quién quiere escribir acerca de
eso? ¡Cristo! —Sacudió la cabeza—. Y de cualquier modo, ¿quién lee esa cosa?
Adolescentes con problemas en la piel. Inadaptados. Y es basura. Nómbrame una buena
historia de ciencia ficción, solo una. Compré una revista en un autobús una vez que fui a
Utah. ¡Basura! No voy a escribir esa basura aunque me paguen bien, y he visto que no
pagan bien... como un centavo por palabra. ¿Quién puede vivir con eso? —Indignado,
comenzó a subir las escaleras—. Voy a volver a trabajar.
—Espere —dijo Slade, sintiéndose desesperado. Todo estaba yendo mal—.
Escúcheme, Jack Dowland.
—Vaya insistencia en hablar de esa manera tan rara —dijo Dowland. Pero se detuvo a
esperar—. ¿Y bien? —demandó.
Slade dijo:
—Señor Dowland, vengo del futuro. —Se suponía que no debía decir eso, el señor
Manville se lo había advertido con severidad, pero en ese momento parecía la única
manera, lo único que detendría a Jack Dowland.
—¿Qué? —dijo Dowland alzando la voz—. ¿De dónde?
—Soy un viajero del tiempo —dijo Slade débilmente, y se quedó en silencio.
Dowland regresó hacia él.
 
Cuando llegó al punto dónde estaba la nave temporal, Slade encontró al robusto y bajo
operador en el suelo junto a ésta, leyendo el diario.  
—De vuelta sano y salvo, Slade. Vamos, marchémonos. —Abrió el casco y guió a
Slade a su interior.
—Lléveme de vuelta —dijo Slade—. Sólo lléveme de vuelta.
—¿Cuál es el problema? ¿No disfrutaste de tu labor inspiradora?
—Sólo quiero regresar a mi propio tiempo —dijo Slade.
—Muy bien —dijo el operador, levantando una ceja. Aseguró a Slade a su asiento y
tomaron el camino de regreso.
Cuando llegaron a Proyecto Musa, el señor Manville lo estaba aguardando.
—Slade —dijo—, venga conmigo. —Su expresión era oscura—. Tenemos que hablar.
Cuando estuvieron solos en la oficina de Manville, Slade comenzó:
—Estaba de mal humor, señor Manville. No me culpe. —Se sostenía la cabeza,
sintiéndose vacío e inútil.
—Usted... —Manville se quedó mirándolo fijamente lleno de incredulidad—. ¡Falló en
inspirarlo! ¡Esto nunca había sucedido antes!
—Quizá pueda regresar una vez más —dijo Slade.
—Dios mío —dijo Manville—, no sólo falló en inspirarlo... lo volvió en contra de la
ciencia ficción.
—¿Cómo lo supo? —preguntó Slade. Tenía la esperanza de mantener el asunto en
silencio, sería un secreto que se llevaría a la tumba con él.
Manville dijo, con mordacidad:
—Todo lo que tuve que hacer fue mantenerme viendo las referencias relacionadas con
la literatura del siglo veinte. Media hora después de su partida, todos los textos de Jack
Dowland, incluyendo la media página dedicada a él en la Enciclopedia Británica... se
desvanecieron.
Slade no dijo nada; se quedó mirando fijamente hacia el suelo.
—Así que me puse a investigar —dijo Manville—. Utilicé las computadoras de la
Universidad de California para buscar todas las citas existentes sobre Jack Dowland.
—¿Encontró alguna? —murmuró Slade.
—Sí —dijo Manville—, había un par. Minúsculas, en artículos técnicos especializados
que trataban de manera minuciosa y exhaustiva ese período. Porque, gracias a usted,
Jack Dowland es ahora completamente desconocido para la gente... y lo fue incluso
durante su propia época. —Levantó un dedo hacia Slade, señalándolo con ira—. Gracias
a usted, Jack Dowland jamás escribió su historia épica del Mundo Futuro. Gracias a su
«inspiración» continuó escribiendo guiones del oeste para la televisión, y murió a los
cuarenta y seis años como un escritorzuelo completamente desconocido.
—¿No escribió nada de ciencia ficción? —preguntó Slade, incrédulo. ¿Lo había hecho
tan mal? No podía creerlo; es cierto que Dowland había rechazado con amargura cada
sugerencia que Slade le había hecho... cierto que se había regresado a su ático con una
actitud mental bastante peculiar después de discutir con Slade. Pero...
—Bien —dijo Manville—, existe un relato de ciencia ficción de Jack Dowland. Muy
corto, mediocre y totalmente desconocido. —Abriendo el cajón de su escritorio extrajo una
revista amarillenta y antigua que le arrojó a Slade—. Una cuento corto llamado ORFEO
CON PIES DE ARCILLA, escrito con el seudónimo de Philip K. Dick. Nadie lo leyó, nadie
lo lee ahora... es la descripción de la visita a un tal Jack Dowland por... —Miró con furia a
Slade—, por un bienintencionado idiota del futuro con la idea trastornada de inspirarlo
para escribir la historia mitológica del mundo por venir. Y bien, Slade. ¿Qué tiene que
decir?
—Utilizó mi visita como base para el cuento. Obviamente —dijo Slade con dificultad.
—Y con eso consiguió el único dinero que habría de obtener escribiendo ciencia
ficción... muy poco, desgraciadamente, pero lo suficiente para justificar el intento y el
tiempo empleado. Usted está en el relato, yo estoy en el relato, Dios Santo, Slade, debe
haberle contado absolutamente todo.
—Lo hice —dijo Slade—. Para convencerlo.
—Pues bien, no quedó convencido. Pensó que era una clase de loco. Escribió la
historia con una perspectiva mental amarga. Permítame preguntarle: ¿Estaba trabajando
cuando usted llegó?
—Sí —dijo Slade—, pero la señora Dowland dijo...
—¡No hay, no hubo, ninguna señora Dowland! Dowland nunca se casó. Debió haber
sido la esposa de algún vecino con la que Dowland tenía alguna aventura. No hay duda
que estaba furioso; impidió la cita que tenía con esa chica quienquiera que haya sido. Ella
aparece en el relato, también; lo escribió todo y luego abandonó su casa de
Purpleblossom y se mudó a Dodge, City en Kansas.
Ambos permanecieron en silencio.
—Eh —dijo por fin Slade—, bien, ¿podría intentarlo de nuevo? ¿Con alguien más?
Estaba pensando en Paul Ehrlich y su bala mágica, su descubrimiento de la cura del...
—Escuche —dijo Manville—. También he estado pensando. Va a volver pero no para
inspirar al doctor Ehrlich ni a Beethoven ni a Dowland ni a nadie como ellos, a nadie útil a
la sociedad.
Con temor, Slade volteó a mirarlo.
—Va a volver —dijo Manville entre dientes— para cortar la inspiración de gente como
Adolf Hitler, Karl Marx y Sanrome Clinger...
—¿Cree usted que soy tan ineficaz que...? —murmuró Slade.
—Exactamente. Comenzaremos con Hitler en su periodo de encarcelamiento después
del primer fallido intento de hacerse del poder en Bavaria. La época en la que le dictó «Mi
Lucha» a Rudolf Hess. He discutido esto con mis superiores y todo está planeado; estará
usted ahí como compañero de celda, ¿lo entiende? Y le recomendará a Hitler, así como le
recomendó a Jack Dowland, que escriba. En este caso, una detallada autobiografía que
exponga en detalle su programa político para el mundo. Y si todo va bien...
—Entiendo —murmuró Slade, mirando fijamente el piso de nuevo—. Es una idea... iba
a decir que era una idea inspirada pero no sé si darle ya valor a esa palabra.
—No me dé el crédito de la idea —dijo Manville—. La obtuve de ese pobre cuento
olvidado, ORFEO CON PIES DE ARCILLA; así es cómo finaliza. —Le dio vuelta a las
páginas hasta que llegó a la parte que quería—. Lea esto, Slade. Encontrará que el relato
lo trae aquí hasta encontrarse conmigo, y luego se marcha a investigar todo lo posible
sobre el Partido Nazi para así poder instar a Adolf Hitler a no escribir su autobiografía y,
de ahí, posiblemente, prevenir la Segunda Guerra Mundial. Y si falla con Hitler, lo
intentaremos con Stalin, y si falla con Stalin, entonces...
—Correcto —farfulló Slade—, lo entiendo; no tiene que explicármelo con tantos
detalles.
—Y usted lo hará —dijo Manville—, porque en ORFEO CON PIES DE ARCILLA dice
estar de acuerdo.
Slade asintió.
—Cualquier cosa. Para tratar de compensar.
—Es un tonto. ¿Cómo pudo hacerlo tan mal? —le dijo Manville.
—Fue un mal día —replicó Slade—. Estoy seguro que podré hacerlo mejor la próxima
vez. —Quizá con Hitler, pensó. Quizá pueda hacer un trabajo excelente para cortarle la
inspiración, mejor que el que cualquiera haya hecho en la historia.
—Le llamaremos la antimusa —dijo Manville.
—Una buena idea —dijo Slade.
Con cansancio, dijo Manville:
—No me felicite; felicite a Jack Dowland. Está también en su relato. Ya al final.
—¿Y así es cómo termina? —preguntó Slade.
—No —dijo Manville—, finaliza conmigo presentándole una factura.... el costo de
mandarlo al pasado para acabar con la inspiración de Adolfo Hitler. Quinientos dólares,
por adelantado. —Dijo extendiéndole su mano—. Sólo por si no vuelve.
Resignadamente, sintiéndose miserable, Jesse Slade, de la manera más lenta posible,
sacó su cartera del bolsillo de su traje del siglo veinte.  
 
 
FIN  


SPECIAL - PHILIP K. DICK - PARTIDA DE REVANCHA

PARTIDA DE REVANCHA
Philip K. Dick
 
 
 
No era un casino como los demás, y de ahí el problema de tipo especial que se le
planteaba a la policía de Super-Los Angeles. Los extraterrestres que lo habían instalado
habían dejado su enorme nave flotando justo encima del establecimiento. Así, en caso de
llegada de la policía, los reactores de la nave lo destruirían. Una maniobra eficaz,
pensaba melancólicamente el comisario Joseph Tinbane; de un solo golpe, los
extraterrestres abandonarían la Tierra y aniquilarían todas las pruebas de sus actividades
ilegales.
Peor aún: todos los jugadores humanos que se hallaran en el casino, y que por lo tanto
podrían testificar, serían aniquilados.
Observando desde su aerocoche, bebía trago tras trago de aguardiente. El alcohol lo
tranquilizaba un poco, pero no hacía más. Entre las sombras, distinguía a su izquierda la
oscura y silenciosa masa de la astronave extraterrestre. Bajo su popa se adivinaba un
espacio cerrado, oscuro y silencioso también. Pero no era más que una apariencia.
—Podríamos intentar una entrada —dijo a su colega, más nuevo que él—. Pero sería
un suicidio. —Era mejor confiar en los androides, por torpes y susceptibles de
equivocarse que fueran. Una cosa era segura: no estaban vivos, lo cual era una clara
ventaja en aquel caso.
—Ahí va el tercero —murmuró el inspector Falkes.
Un ser delgado, vestido con ropas humanas, se detuvo ante la puerta del casino. Llamó
y esperó. La puerta se abrió. El androide dio la contraseña y le dejaron entrar.
—¿Cree que sobrevivirán a la deflagración subsiguiente al despegue? —preguntó
Tinbane a Falkes, que era experto en rebotica.
—Uno de los tres es posible, pero no todos. De todos modos, con uno solo tenemos
bastante. —Falkes se inclinó hacia adelante con una expresión excitada—. Vamos,
comuníquese con ellos. Anúncieles que quedan arrestados. ¿Para qué esperar más?
—En lo que a mí respecta —dijo Tinbane—, me sentiré mucho más tranquilo mientras
esa nave permanezca inmóvil. Esperemos un poco más.
—Pero todos los androides están en su sitio.
—Quizá sea mejor esperar a que transmitan en video —respondió Tinbane. Las
emisiones de los androides, en efecto, constituían una prueba que sería registrada por la
policía. Sin embargo, el joven inspector que formaba equipo con Tinbane tenía razón en
una cosa: ahora que los tres espías humanoides estaban dentro, ya no ocurriría nada
más. Hasta el momento en que los extraterrestres supieran que habían sido engañados y
efectuaran su plan de retirada.
—Está bien —decidió Tinbane, conectando el altavoz—. Vamos allá.  
Falkes acercó el micrófono a sus labios, y su voz amplificada resonó por todas partes:
—¡AQUÍ EL REPRESENTANTE DE LA POLICÍA DE SUPER-LOS ANGELES! ¡TODO
EL MUNDO EN EL INTERIOR DE ESTE ESTABLECIMIENTO DEBE ABANDONARLO
INMEDIATAMENTE...!
La voz de Falkes quedó ahogada por el rugir de los reactores de la astronave. El
inspector se alzó de hombros y esbozó una amarga sonrisa a Tinbane.
—No han necesitado mucho tiempo —dijo. Pero Tinbane no le oyó. Simplemente leyó
las palabras en los labios de su colega.
Como estaba previsto, nadie tuvo tiempo de salir. Ninguno de los jugadores del casino
pudo salir. El edificio se licuó. La astronave no dejó tras ella más que una masa informe
de materia vitrificada.
Están todos muertos, pensó Tinbane con un mudo estremecimiento.
—Ahora es el momento —dijo estoicamente Falkes. Se enfundó el traje de neoamianto
y, unos segundos más tarde, Tinbane hizo lo mismo.
Los dos policías se dirigieron hacia el viscoso magma que había sido el casino. En el
centro había como una especie de joroba: dos de los tres androides que, en el último
momento, habían protegido algo con una parte de su cuerpo. En cuanto al tercero, no
quedaba la menor huella de él. Se había fundido con todo lo demás. Como todo lo que
era orgánico.
Me pregunto qué han intentado salvaguardar, se dijo Tinbane mientras examinaba los
informes vestigios de los dos androides. ¿Un ser vivo? ¿Un extraterrestre con aspecto de
molusco? ¿Una mesa de juego?
—Han actuado aprisa... siendo androides —observó Falkes.
—Sea como sea, han conseguido salvar algo —declaró Tinbane. Torpemente, removió
la masa de metal que era todo lo que quedaba de los dos androides. Un elemento,
probablemente un tórax, se deslizó a un lado, revelando lo que había intentado preservar.
Era un flipper.
¿Por qué?, pensó Tinbane. ¿Qué importancia puede tener esa máquina? No tenía ni la
menor idea.
 
Un técnico del laboratorio de la policía de Sunset Avenue tendió a Tinbane un grueso
dossier.
—¿Y si me hiciera un resumen? —dijo el comisario con tono huraño. Leer aquellos
interminables informes lo ponía nervioso.
—De hecho, no se trata de un aparato de tipo clásico —dijo el técnico, tras echar una
ojeada a su texto, como si hubiera olvidado lo que contenía. Su voz era seca y
monocorde. Parecía como si para él fuera un asunto sin la menor importancia. Como
Tinbane, estimaba que el flipper preservado por los androides no tenía el menor interés...
o al menos esta era la impresión que daba—. Quiero decir que no se parece a los
modelos importados hasta ahora a la Tierra. Lo comprenderá mejor si lo prueba. Le
sugiero que eche una moneda de veinticinco centavos en la ranura y juegue una partida.
El laboratorio —añadió— le devolverá el dinero cuando lo recuperemos.
—No estoy tan mal de dinero como eso —respondió irritadamente Tinbane. Siguiendo
al técnico, atravesó el enorme laboratorio donde reinaba una actividad febril y penetró en
el taller del fondo.
Allá, bien limpio y reparado, se hallaba el flipper que los robots habían protegido.
Tinbane metió una moneda en la ranura, y cinco bolas metálicas brotaron y se situaron en
el almacén transparente, mientras el tablero se iluminaba con multitud de luces
destellantes.
El técnico se instaló cerca de Tinbane para observar la partida.
—Antes de empezar, le aconsejo que examine con atención los obstáculos por entre
los cuales debe circular la bola. La maqueta que hay debajo del cristal no deja de tener su
interés. Es una ciudad en miniatura, con sus casas, sus calles, sus edificios públicos, sus
canalizaciones. No es una ciudad terrestre, por supuesto, sino una ciudad ioniana normal.
La exactitud de los detalles es notable.
Tinbane se inclinó hacia adelante. El técnico no se equivocaba: la precisión de la
maqueta era extraordinaria.
El otro prosiguió:
—Los tests a los que hemos sometido el mecanismo demuestran que el aparato ha
sido muy utilizado. Pero la tolerancia es considerable. Según nuestras estimaciones, se
pueden jugar como mínimo otras mil partidas antes de que sea necesaria una revisión.
Una revisión que, por supuesto, no puede efectuarse más que en lo. Por lo que sabemos,
allí es donde se construye y se repara ese tipo de material.
—¿Cómo se desarrolla la partida? —preguntó Tinbane.
—Bueno, nos enfrentamos aquí con lo que podríamos llamar un conjunto polivariable.
En otras palabras, el terreno en el cual ruedan las bolas se halla en permanente
evolución. El número de combinaciones posibles es... —El técnico hojeó su informe sin
conseguir hallar la cifra—. Bueno, de todos modos, es extremadamente elevado. Del
orden del millón. Este juego es muy sofisticado. Lance la primera bola y lo verá.
Tinbane accionó el lanzador para enviar la bola número uno. Esta salió disparada por el
corredor y rebotó contra un tope que aceleró su velocidad.
Ahora se estaba deslizando por un plano inclinado.
—La línea de defensa que protege la ciudad —comentó el técnico— se halla
constituida por unos accidentes orográficos cuyo color, forma y superficies reproducen un
paisaje ioniano típico. Los constructores se tomaron mucho trabajo para establecer una
copia exacta. Debieron trabajar a partir de fotos tomadas desde satélites. De hecho, es
como si tuviéramos ante los ojos un fragmentó del planeta visto desde una altitud de
aproximadamente quince mil metros.
La bola entró en contacto con el accidentado talud que defendía la ciudad. El choque
modificó la trayectoria y la bola vaciló, como desorientada.
—Ha sido desviada —murmuró Tinbane. Observó con qué eficacia el trazado del
terreno se oponía a que la bola prosiguiera su camino—. Va a rodear la ciudad.
La bola, muy frenada, se metió por un tramo lateral y, en el momento en que era
absorbida por un agujero, encontró un nuevo tope que la puso bruscamente en juego.
En el tablero apareció una cifra: el jugador conseguía un punto, y la bola amenazaba
de nuevo la ciudad. Pero fue nuevamente detenida por la línea de defensa, y siguió
aproximadamente el mismo itinerario que antes.
—Observe —dijo el técnico—. Ahora va a pasar algo interesante. La golpeará el mismo
tope que antes. Observe atentamente el tope.
Tinbane vio que de este surgía un delgado hilillo de humo. Se volvió interrogando con
la mirada a su compañero.
—Observe ahora la bola —precisó este último.
La bola golpeó nuevamente el tope instalado no lejos del agujero. Pero, esta vez, el
tope no reaccionó al impacto.
Tinbane parpadeó viendo la bola deslizarse suavemente hacia el agujero, en cuyo
fondo desapareció.
—¿Y bien? No ha ocurrido nada —dijo.
—¿Ha visto usted el humo? Un cortocircuito en el cableado del tope. Si hubiera
rebotado, la bola hubiera constituidlo de nuevo un peligro para la ciudad.
—Dicho de otro modo —murmuró Tinbane—, el mecanismo ha comprendido el efecto
que el impacto le hubiera causado a la bola. El conjunto funciona como para protegerse
de la actividad de esta.
Conocía el principio por haberlo observado ya en otros flippers fabricados por los
extraterrestres: un circuito complejo modificando constantemente los datos del juego a fin
de que la máquina pareciese viva... todo ello para reducir las posibilidades del jugador. En
este caso particular, el jugador ganaba si conseguía llevar las bolas hasta el medio del
elemento central... la reproducción de la ciudad ioniana. Esta ciudad debía ser pues
defendida. En consecuencia, había sido necesario neutralizar aquel tope que ocupaba
una posición estratégica. Por un tiempo al menos: era necesario que estuviera fuera de
acción hasta que la topografía del terreno se modificara de una forma decisiva.
—Hasta aquí no hay nada nuevo —prosiguió el técnico—. Usted debe haber visto ya
una decena de máquinas de este tipo, y yo he visto centenares. Este aparato ha jugado
decenas de miles de partidas y, cada vez, el circuito previsto para neutralizar las bolas se
reajusta. Se puede decir que esos cambios son acumulativos. En este momento, un
jugador no puede marcar más que una fracción de los tantos obtenidos antes de que los
circuitos empezaran a reaccionar. Como en todos los aparatos de juego de los
extraterrestres, la modificación tiende hacia un punto límite que es el nivel cero. Intente
alcanzar la ciudad, Tinbane. Hemos construido un mecanismo de repetición que ha
jugado ciento cuarenta partidas, y jamás ninguna bola ha podido acercarse a la ciudad
hasta el punto de amenazarla seriamente. Hemos anotado los tanteos y, en cada ocasión,
hemos registrado una baja ligera pero significativa. —Sonrió.
—¿Y? —preguntó Tinbane.
—¿Y? Nada. He escrito en mi informe: nada. —El técnico calló un instante—. Con una
excepción. Observe.
Se inclinó hacia el flipper y apoyó el índice sobre la plancha de cristal, señalando una
estructura que ocupaba el centro de la ciudad en miniatura—. Las fotos muestran que a
cada partida este elemento se perfecciona. Según todas las evidencias, existe un sistema
eléctrico que lo realza. Lo mismo ocurre con todas las demás alteraciones. Pero su forma,
¿no le recuerda a usted nada?
—Parece como una catapulta de la antigüedad —respondió Tinbane—. Pero el eje de
propulsión es vertical, en vez de ser horizontal.
—Nosotros hemos hecho la misma observación. Aparte esto, examine el propulsor. No
está a la escala de la ciudad. De hecho, es totalmente desproporcionado.
—Casi parece como que haya sido diseñado para contener...
—«Casi» no es la palabra. Lo hemos medido. Su tamaño corresponde exactamente a
las dimensiones de una de las bolas.
Un estremecimiento recorrió la columna vertebral de Tinbane.
—¿Y cuál es su conclusión?
—Que esta catapulta podría proyectar una bola a la cara del jugador —respondió
fríamente el técnico—. Está orientada hacia adelante del flipper y hacia arriba. —Hizo una
pausa—. Y está preparada para funcionar.
La mejor defensa es el ataque, como dice el proverbio, pensó Tinbane, observando la
máquina llevada a la Tierra por los extraterrestres. El nivel cero, reflexionó, no puede ser
la finalidad última del circuito de defensa de esta máquina. En realidad, el mecanismo no
debía tender únicamente a disminuir las posibilidades del adversario, sino también a
elaborar la mejor contraofensiva.
—¿Cree que los extraterrestres han buscado crearnos complicaciones? —preguntó al
técnico.
—¿Y eso qué importancia tiene? Ninguna por el momento. Hay dos cosas que cuentan:
en primer lugar, este aparato ha sido introducido en la Tierra ilegalmente, y luego ha sido
utilizado por terrestres. Quizá sea —o lo será muy pronto— un arma asesina, lo hayan
premeditado o no sus fabricantes. Según nuestros cálculos, puede convertirse en algo
mortal en veinte partidas. Cada vez que se mete una moneda en la ranura, la catapulta se
eleva un poco más, se acerque o no la bola a la ciudad. Basta con el impulso lanzado por
la batería de helio del mecanismo central. Y el proceso es automático desde que se inicia
la partida. La catapulta se vuelve operacional ante nuestros ojos. Será mejor que juegue
las otras cuatro bolas restantes para que termine la partida. O que nos autorice a
desmontar este aparato. O al menos la batería.
—Los extraterrestres no respetan en absoluto la vida humana —murmuró Tinbane.
Pensaba en la carnicería que había ocasionado el despegue de la astronave. Para los
ocupantes de esta no había sido más que un suceso menor. En comparación con aquello,
el flipper parecía una tontería. ¿Qué consecuencias tenía en términos de destrucción?
—Nos enfrentamos con una máquina selectiva —dijo con voz pensativa—. No elimina
más que al jugador.
—Puede eliminar a todos los jugadores uno tras otro —hizo notar el técnico.
—¿Pero quién se animaría a jugar tras el primer accidente?
—Los habituales del casino sabían muy bien que en caso de intervención de la policía
los extraterrestres reducirían a todo el mundo a cenizas —hizo notar el técnico—. La
pasión por el juego es una impulsión enfermiza parecida a la de la droga. Algunos
apasionados están dispuestos a seguir jugando sean cuales sean los riesgos. ¿Ha oído
hablar usted alguna vez de la ruleta rusa?
Tinbane lanzó la segunda bola, que rebotó contra el tope y se dirigió hacia la ciudad en
miniatura. Consiguió franquear el talud y se acercó a la primera casa. Quizá consiga
ganar contra esta máquina, pensó salvajemente Tinbane. Antes de que sea ella la que
consiga ganarme. Se sentía presa de una extraña exaltación. La bola golpeó el minúsculo
edificio, lo aplastó, y prosiguió su camino. Pese a su pequeño tamaño, era mayor que
todos los edificios que formaban la ciudad.
Todos, excepto la catapulta central.
Ávidamente, el comisario siguió con la mirada la esfera de acero que se aproximaba
peligrosamente a la catapulta. Una construcción hizo desviar su trayectoria, y el agujero
se la tragó. Inmediatamente, Tinbane lanzó la tercera bola.
—La apuesta es enorme —murmuró suavemente el técnico—. Es su vida lo que se
está jugando, ¿no? Tiene que ser apasionante, si se tiene la mentalidad requerida.
—Creo que puedo alcanzar la catapulta antes de que entre en acción.
—Quizá, o quizá no.
—Cada vez, la bola se aproxima un poco más.
—Para funcionar, esta catapulta necesita las bolas. Representan los proyectiles.
Cuanto más juegue usted, más posibilidades le dará de utilizarlas. En realidad, usted la
está ayudando. —Sombríamente, el técnico añadió—: Ella no puede actuar sin la ayuda
de usted. El jugador no es solamente el enemigo: es también un colaborador de
importancia esencial. Será mejor que lo deje, Tinbane. Este instrumento va a ganarle.
—Lo dejaré cuando haya alcanzado la catapulta.
—La alcanzará, de acuerdo... pero corre el peligro de morir. —El técnico miró a
Tinbane con ojos entrecerrados—. Quizá sea por eso por lo que los extraterrestres han
fabricado esta máquina. Como una represalia por la intervención de la policía. Es una
eventualidad que hay que tener en cuenta.
—¿Tiene usted una moneda de veinticinco centavos que pueda prestarme? —preguntó
Tinbane.
En la décima partida, la estrategia de la máquina se modificó de modo tan
sorprendente como imprevisto. Bruscamente, el aparato renunció a desviar
sistemáticamente las bolas a derecha e izquierda para que evitaran la ciudad en
miniatura. Por primera vez, Tinbane vio que una se dirigía directamente hacia ella.
Directamente hacia la catapulta. Esta se hallaba a todas luces preparada y a punto,
ahora.
—Soy su superior jerárquico, Tinbane —dijo el técnico con voz tensa—. Le ordeno que
interrumpa la partida.
—Toda orden surgida de usted debe ser presentada por escrito, y ser aprobada con el
visto bueno de un inspector —dijo Tinbane. No obstante, dejó de jugar a regañadientes—.
Puedo ganar —dijo soñadoramente—, pero no aquí. Tendría que estar lo suficientemente
lejos como para estar fuera de alcance. —Y diciendo aquello, se dio cuenta de que daba
por sentado que la catapulta podía tomarle como blanco.
Se dio cuenta de que había girado ligeramente. Una especie de dispositivo óptico le
permitía localizar al jugador. A menos que el calor desprendido por su cuerpo tuviera un
efecto termotrópico.
En este caso, le sería relativamente fácil pasar a la ofensiva. Había también otra
posibilidad: que el dispositivo estuviera equipado con un registrador encefálico que
captara las ondas cerebrales emitidas en sus proximidades. Pero el laboratorio lo hubiera
detectado.
—¿A qué tropismo debe obedecer? —murmuró Tinbane.
—Este dispositivo no estaba en su lugar cuando examinamos la máquina —respondió
el técnico—. La realización de la catapulta debe representar un estadio superior.
—Espero que no tenga un registrador encefálico —murmuró Tinbane. Puesto que, en
este caso, el aparato recordaría a su adversario y podría reconocerlo con posterioridad.
Aquella idea le hizo estremecer. Evocaba un riesgo mucho mayor.
—Le hago una proposición —dijo el técnico—. Siga jugando hasta la primera respuesta
de la catapulta. Luego, abandone, y desmontaremos el aparato. Será realmente útil saber
cuál es su tropismo. Nada impide imaginar que algún día nos encontremos frente al
mismo principio, aún más perfeccionado. ¿Está de acuerdo? Correrá usted un riesgo
calculado, pero creo que cuando la máquina lance su primer golpe, será para proceder a
una última corrección con vistas al segundo... que jamás será efectuado.
¿Tenía que confesarle sus temores al técnico?
—Lo que me contraría —dijo Tinbane— es la posibilidad de que este aparato conserve
un recuerdo de mí. Para más adelante.
—¿Para más adelante? Pero si este flipper será convertido en piezas desde el
momento en que haya efectuado su primer disparo.
—Está bien, sigamos —dijo Tinbane, vacilante. Quizá me estoy preocupando por nada,
pensó. Es él quien debe tener razón.
La siguiente bola falló la catapulta por unos pocos milímetros. Pero no era debido a que
pasara tan cerca por lo que Tinbane se sentía inquieto; era porque la catapulta había
intentado capturar la bola a su paso. El movimiento había sido tan rápido y tan sutil que
apenas lo habían visto.
—Quiere esta bola —dijo el técnico—. Quiere tirársela. —Había observado la
maniobra.
Con un gesto vacilante, Tinbane se preparó a lanzar la siguiente bola... que tal vez
fuera la última, en lo que a él se refería.
—Apártese de aquí —murmuró el técnico con voz pálida—. Olvidemos mi proposición.
¡Interrumpamos la partida! Desmontaremos inmediatamente este aparato.
—Hay que saber cuál es el tropismo. —Tinbane accionó el impulsor.
La bola de acero, que de pronto parecía enorme y pesada, se dirigió directamente
hacia la catapulta al acecho. Cada uno de los accidentes del relieve parecía facilitar su
camino. El dispositivo atrapó la bola antes incluso de que Tinbane, que la contemplaba
con ojos enormemente abiertos, se diera cuenta de lo que ocurría.
—¡Apártese! —El técnico dio un salto y empujó al comisario. El golpe fue tan brutal que
Tinbane cayó al suelo.
Hubo un estruendo de vidrios rotos y la bola de acero rozó la sien de Tinbane. Rebotó
contra la pared, y acabó su trayectoria sobre una mesa.
Hubo un largo silencio, luego el técnico dijo con voz temblorosa:
—Tanto en velocidad como en masa, estaban todas las condiciones como para que...
Tinbane se levantó y se acercó a la máquina.
—No tire ninguna otra bola —exclamó el técnico.
—No vale la pena —respondió el comisario; dio media vuelta y se alejó corriendo.
El aparato había disparado espontáneamente.
 
Tinbane estaba sentado frente a Ted Donovan, el jefe del laboratorio, en la oficina de
este último. Habían cerrado la puerta que daba al laboratorio, y los empleados habían
recibido órdenes de ponerse a cubierto. Tras la puerta cerrada no se oía ningún ruido.
Solo aquella cosa al acecho, pensó Tinbane. ¿Qué era lo que esperaba la máquina?
¿Que algún humano, no importaba cuál, pasara dentro de su radio de alcance? ¿O bien...
o bien él?
Aquel pensamiento le ponía la carne de gallina. Una máquina construida en otro mundo
y enviada a la Tierra. Sin instrucciones particulares, únicamente capaz de efectuar una
selección entre todas sus posibilidades de defensa hasta decidir la mejor. Las leyes del
azar. Miles de partidas, miles de jugadores. Y finalmente se alcanzaba un umbral crítico, y
él último jugador, señalado también por el azar, se veía atado al aparato por una partida
cuya apuesta era la muerte. Y este jugador era él, Tinbane.
—Vamos a destruir a distancia su fuente de energía —dijo Donovan—. Tendríamos
que conseguirlo sin problemas. En cuanto a usted, vuelva a su casa y no se preocupe
más. Cuando hayamos identificado su tropismo, le informaremos. Excepto si es de noche.
En este caso...  
—Infórmeme a cualquier hora del día o de la noche —le interrumpió—. Lo prefiero.
Era inútil dar más explicaciones: el jefe del laboratorio comprendía perfectamente.
—Este aparato era evidentemente un arma defensiva contra nuestras operaciones de
policía en sus casinos —continuó Donovan. Lentamente, hojeó el enorme dossier—. De
una forma completamente independiente a la placa de identificación— gruñó. Leyó en voz
alta—: Se trata simplemente de un nuevo flipper de concepción extraterrestre. ¡Vaya
acierto! —Donovan arrojó disgustado el documento.
—Si esta era su intención —dijo Tinbane—, consiguieron engañarme completamente.
—Es decir, habían conseguido suscitar su interés. Obtener el que colaborara.
—Usted es en el fondo un jugador, Tinbane —dijo Donovan—. Si no, la cosa no
hubiera funcionado. De todos modos... es algo sorprendente. Un flipper que responde por
iniciativa propia. Con las bolas lanzadas por el jugador como municiones. ¡Espero que no
construyan ahora un dispositivo de tiro al pichón! Ya tengo bastante con los flippers.
—Parece como si fuera un sueño.
—¿En?
—Esto no puede ser real. —Y sin embargo, pensó Tinbane, es real. Se puso en pie—.
Voy a hacer como dice. Voy a irme a casa. Tiene usted mi número: llámeme. —Estaba
cansado, y tenía miedo.
Donovan lo miró.
—No tiene usted buen aspecto. No se deje impresionar. En el fondo, es un aparato
relativamente inofensivo. Hay que acercarse a él, ponerlo en marcha. Si uno no lo toca...
—No se trata de que vuelva a tocarlo; tengo la sensación de que me espera. Desea
que vuelva. —Sí, la máquina estaba al acecho. Era capaz de aprender, y él le había dado
suficiente información al respecto. Le había enseñado que él existía. Que había en la
Tierra un hombre llamado Joseph Tinbane.
Y eso era ya demasiado.
 
Sonaba el teléfono cuando abrió la puerta de su apartamento. Descolgó el auricular. Su
mano era como plomo.
—¿Sí?
—¿Tinbane? —Era la voz de Donovan—. Se trata efectivamente de un sistema
encefalotrópico. Hemos descubierto un registro de sus ondas cerebrales. Por supuesto, lo
hemos destruido. Pero... —Donovan vaciló—. Hemos encontrado también algo que no
existía en el primer análisis.
—Un emisor —murmuró Tinbane con voz ronca.
—En efecto. Tiene un radio de acción desconocido. Naturalmente, no sabemos nada
del receptor. Debe estar situado en una oficina o a bordo de un aerocoche del tipo de los
nuestros. Bien, ya está prevenido. No hay la menor duda de que nos enfrentamos a un
arma vengativa. Su instinto no le había engañado. Tras examinarla, nuestros especialistas
han llegado a la conclusión de que en un cierto sentido le estaba esperando. Este aparato
le vio llegar a usted. Quizá nunca haya funcionado como un auténtico juego de azar. Es
posible incluso que las indicaciones que mostraban que había funcionado durante largo
tiempo no fueran resultado del uso, sino un elemento incorporado deliberadamente al
mecanismo. Es todo lo que hemos hallado.
—¿Qué me aconseja que haga?
—¿Hacer? —Hubo un breve silencio, luego Donovan dijo—: No gran cosa. No se
mueva de su casa. No vaya a la oficina durante un cierto tiempo.
Así, pensó Tinbane, si me detectan, yo seré la única víctima. Esta es la solución más
ventajosa para todos vosotros. Pero yo...
—Creo que voy a irme de la ciudad —dijo en voz alta—. El radio de acción de este
aparato debe hallarse limitado a Super-Los Angeles o incluso a una sola zona de la
ciudad. Sí, prefiero irme, si está usted de acuerdo.
—Como usted quiera.
—De todos modos, ustedes no pueden ayudarme.
—Escuche, le daremos una indemnización que le permita mantenerse hasta que
hayamos encontrado ese receptor y sepamos en qué consiste. El problema, para
nosotros, es que el secreto empieza a filtrarse y que no va a ser fácil conseguir equipos
para proseguir las operaciones contra los casinos. Por supuesto, este era el objetivo de
los extraterrestres. Hay algo más que podemos hacer: pedirle al laboratorio que fabrique
para usted un protector cerebral que embrolle las ondas que usted emite. Claro que
tendrá que pagarlo de su bolsillo. Quizá mediante una financiación, descontándoselo
mensualmente de su suelo. Es usted quien tiene que decidir. Francamente, si quiere mi
opinión, yo le aconsejaría esta solución.
—Entiendo —respondió Tinbane. Se sentía como embotado por el cansancio, y
resignado—. ¿Tiene alguna otra cosa que sugerirme?
—Vaya armado. Incluso mientras duerme.
—¿Mientras duermo? ¿Cree usted que voy a dormir? ¡No hasta que esta máquina sea
destruida!
Pero se daba cuenta de que no había nada que tuviera más importancia. En este
momento, un objeto del que nadie sabía nada contenía un registro de sus ondas
cerebrales. ¿De qué era capaz este objeto? ¿Quién podía imaginarlo? Los extraterrestres
eran unos técnicos geniales.
Colgó y se dirigió a la cocina, donde se sirvió un vaso de bourbon.
¡Vaya historia! ¡Verse atrapado por un flipper venido de otro mundo! Casi como para
echarse a reír. Casi...
¿Cómo neutralizar a un flipper loco que posee tus datos y te persigue? O mejor, ¿cómo
conseguir que el misterioso dispositivo conectado a ese flipper deje de causarte
problemas? Algo golpeó la ventana de la cocina.
Tinbane se metió la mano en el bolsillo y la sacó armada con su pistola láser. Con la
espalda apoyada contra la pared, se acercó a la ventana y miró fuera. La noche era tan
densa que no se veía nada. ¿Dónde estaba su linterna? En la guantera del aerocoche
aparcado en la terraza. Tenía tiempo de ir a buscarla.
Unos minutos más tarde, con la linterna en la mano, bajaba las escaleras de cuatro en
cuatro y se precipitaba de nuevo en la cocina.
El haz de luz reveló una especie de criatura mecánica, provista de largos y delgados
seudópodos, pegada contra el cristal. Sus antenas exploradoras que tanteaban eran el
origen del ruido que había llamado la atención de Tinbane.
La criatura había escalado la fachada: Tinbane podía distinguir la huella dejada por sus
ventosas.
La curiosidad de Tinbane fue más fuerte que su miedo. Abrió suavemente la ventana y
blandió su láser. La criatura no se movió. Parecía inmovilizada en medio de un ciclo de
actividad. Sus reacciones eran probablemente muy lentas. A menos que fuera una
especie de bomba retardada, en cuyo caso Tinbane no tenía tiempo de pensar. Disparó.
La criatura se deslizó de la ventana mientras sus ventosas abandonaban su presa. En
el momento en que iba a caer, Tinbane la agarró y la echó en la habitación sin dejar de
apuntarla con el láser. Pero estaba funcionalmente muerta. Su inmovilidad era total.
Tinbane fue a buscar un destornillador, se sentó, y examinó el objeto. Tenía la
impresión de que su tensión había cedido algo; se había tranquilizado. Una tranquilidad al
menos pasajera.
Necesitó tres cuartos de hora para desmontar la criatura. Los tornillos que sujetaban el
caparazón no se correspondían a los destornilladores standard, y tuvo que utilizar
finalmente un cuchillo de cocina, pero lo consiguió. La carcasa estaba dividida ahora en
dos partes, una de ellas vacía, la otra llena de componentes. ¿Era una bomba?
Minuciosamente, inspeccionó cada accesorio.
No era una bomba. Aparentemente, al menos. ¿Entonces? ¿Un dispositivo asesino?
No encontró ni hoja cortante, ni toxina, ni microorganismo, ni tubo capaz de lanzar un
proyectil. ¿Para qué podía servir pues aquel objeto? Tinbane identificó el motor que había
permitido a la criatura mecánica escalar la fachada, la célula fotoeléctrica gracias a la cual
se orientaba. Pero eso era todo.
Desde un punto de vista objetivo, aquel dispositivo no servía estrictamente para nada.
¿Pero era esto la verdad?
Tinbane consultó su reloj. Hacía una hora que se ocupaba de aquel instrumento. Una
hora que sus pensamientos se habían desviado de todo lo demás. ¿Y qué podía ser este
todo lo demás?
Inquieto, se levantó pesadamente, tomó nuevamente su láser, y empezó a ir arriba y
abajo, el oído tendido, los sentidos despiertos, buscando descubrir un detalle, aunque
fuera insignificante, que tuviera un carácter insólito.
¡Había perdido una hora entera! Dándoles tiempo así a poner en ejecución sus
verdaderas intenciones.
Es el momento de irme, se dijo. Abandonar la ciudad y permanecer alejado hasta que
todo termine.
El timbre del videófono resonó.
Cuando Tinbane descolgó, el rostro de Donovan se formó en la grisácea superficie de
la pantalla.
—Un aerocoche vigila desde arriba su casa —anunció—. Ha observado algo. He
pensado que querría usted estar al corriente.
—Le escucho —dijo Tinbane con voz tensa.
—Un aparato se ha posado durante un breve instante sobre su terraza. No era un
vehículo ordinario, sino un aparato más grande, que no hemos podido identificar. Se ha
marchado casi inmediatamente, a gran velocidad.
—¿Después de haber depositado algo?
—Eso es lo que temo.
—¿Pueden ayudarme? —preguntó Tinbane, con la boca seca—. Se lo agradecería.
—¿Qué quiere que hagamos? No sabemos de lo que se trata más que usted. Nos
vemos obligados a esperar a que usted tenga una idea de la naturaleza de... de lo que le
amenaza.
Llegó un ruido procedente del vestíbulo. Algo había golpeado contra la puerta de
entrada.
—Donovan, no se retire. Creo que empieza. —Esta vez estaba aterrorizado.
Apretando fuertemente su pistola láser, se dirigió pesadamente hacia la puerta. Soltó el
cierre y la abrió. Justo a tiempo...
Una fuerza titánica empujó el batiente, cuya manilla se quedó en las manos de
Tinbane. Y, silenciosamente, la enorme bola de acero empezó a rodar. Tinbane retrocedió
de un salto. ¡Este era pues el auténtico adversario! La intervención de la criatura
mecánica había sido un simple movimiento de diversión.
No podía huir. La desmesurada esfera le bloqueaba el paso.
Tomó de nuevo el videófono.
—¿Donovan? No puedo salir. Estoy prisionero en mi casa. —Se dio cuenta de que los
accesos al apartamento representaban el equivalente de los taludes que protegían la
ciudad miniatura del flipper. La primera esfera se había inmovilizado en la puerta de
acceso. ¿Pero como se comportaría la segunda? ¿Y la tercera?
Cada una se acercaría un poco más.
—¿Puede hacer usted algo? —preguntó con voz sorda—. ¿Puede el laboratorio
fabricar un sistema de defensa con tan poco tiempo?
—Lo intentaremos. Todo depende de lo que necesite usted. ¿Qué es lo que necesita
para protegerse, según usted?
Tinbane tuvo problemas para conseguir que las palabras surgieran de sus labios, pero
era necesario hablar. Quizá la bola siguiente llegaba por la ventana, o cayera del techo
para aplastarle.
—Quiero una especie de catapulta. Bastante sólida y bastante grande como para
lanzar un proyectil esférico de un diámetro aproximado de metro y medio. ¿Cree poder
construírmela? —Alzó los ojos al cielo, deseando que la respuesta fuera afirmativa.
—¿Este es pues el peligro al que tiene que enfrentarse? —murmuró Donovan con una
voz irreconocible.
—A menos que se trate de una alucinación. De una proyección artificial destinada a
aterrorizarme.
—La patrulla vio algo que no era una alucinación. El objeto tenía una masa medible y...
—Vaciló—. El objeto no identificado depositó algo grande sobre su terraza. Cuando
despegó, su masa había disminuido considerablemente. Es algo completamente real,
Tinbane.
—Me lo temía.
—Le haremos llegar la catapulta lo antes posible. Esperemos que haya un lapso de
tiempo entre... cada ataque. Pero puede prever que habrá al menos cinco de ellos.
Tinbane inclinó la cabeza e intentó encender un cigarrillo, pero temblaba de tal modo
que no pudo mantener encendida la llama del mechero. Renunció a ello y fue a servirse
algo de beber, pero tampoco consiguió descorchar la botella, y esta se escapó de entre
sus manos.
—Cinco... cinco bolas por partida.  
—Sí —dijo Donovan a regañadientes—. Eso es.
La pared de la sala de estar retembló.
La segunda bola penetró por el panel divisorio con el apartamento de al lado.
 
 
FIN
  .

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