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AUTOR DE TIEMPOS PASADOS

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jueves, 31 de octubre de 2013

SPECIAL - PHILIP K. DICK - VISITA A UN PLANETA EXTRAÑO

VISITA A UN PLANETA EXTRAÑO
Philip K. Dick

El sol de última hora de la tarde brillaba cegador y caliente, un gran orbe tembloroso en el cielo. Trent se detuvo un momento para recuperar la respiración. En el interior de su casco forrado de plomo, su rostro estaba goteando sudor, gota tras gota de pegajosa humedad que le empañaba el visor y le atragantaba. Se cambió de hombro la bolsa de emergencia y se subió el cinto de la pistola. Sacó un par de tubos agotados de su tanque de oxígeno y los descartó tirándolos entre las hierbas. Los tubos rodaron y desaparecieron, perdidos en los interminables montones de hojas y matorrales verde rojizos. Trent comprobó el contador, vio que la lectura era lo bastante baja, y se echó hacia atrás el casco durante un precioso momento. El aire fresco llenó su boca y nariz. Inspiró profundamente, llenándose los pulmones. El aire olía bien... denso y húmedo y repleto del aroma de las plantas. Exhaló e inspiró nuevamente. A su derecha se alzaba una gran columna de matorrales color naranja, envolviendo un inestable pilar de cemento. Por todo el llano paisaje se veía una gran extensión de hierba y árboles. En la distancia, una masa de vegetación se alzaba como una pared, una jungla de enredaderas, insectos, flores y matorrales que tendría que atomizar mientras avanzaba lentamente. Dos inmensas mariposas danzaron pasando junto a él. Grandes formas frágiles, multicolores, que volaron erráticamente a su alrededor, alejándose luego. Por todas partes había vida: bichos y plantas y los animalillos de la espesura, una zumbante jungla de vida por todas partes. Trent suspiró y volvió a colocarse el casco. A lo más que se atrevía era a un par de inspiraciones. Incrementó el flujo de oxígeno de su tanque y luego alzó el transmisor a sus labios. Lo tuvo un momento en emisión: - Trent. Probando con el monitor de la Mina. ¿Me oís? Un momento de estática y silencio. Luego, una débil y fantasmal voz: - Adelante, Trent. ¿Dónde infiernos estás? - Sigo yendo hacia el norte. Tengo ruinas delante. Quizá deba dar un rodeo. Parecen muy espesas. - ¿Ruinas? - Probablemente Nueva York. Comprobaré con el mapa. La voz sonaba ansiosa: - ¿Has encontrado algo? - Nada. Al menos por el momento. Daré una vuelta e informaré dentro de una hora -
Trent contempló su reloj -. Son las tres y media. Os llamaré antes del anochecer.
La voz dudó:
- Buena suerte. Espero que encuentres algo. ¿Qué tal su suministro de oxígeno?
- Bien.
- ¿Alimentos?
- Tengo bastantes. Quizá encuentre algunas plantas comestibles.
- ¡No corras ningún riesgo!
- No lo haré - Trent apagó el transmisor y lo volvió a colgar de su cinto -. No lo haré -
repitió. Sacó su atomizadora, se volvió a colgar la bolsa de emergencia e inició de
nuevo el camino, con sus pesadas botas forradas de plomo hundiéndose
profundamente en el lujuriante follaje y en el humus de debajo del mismo.
Era poco después de las cuatro cuando los vio. Salieron de la jungla que los rodeaba.
Eran dos, machos jóvenes: altos y delgados, y de un color azul grisáceo córneo
parecido a la ceniza. Uno de ellos alzó su mano en saludo. Seis o siete dedos, con
articulaciones extra.
- Tardes - trompeteó.
Trent se detuvo de inmediato. Su corazón retumbó.
- Buenas tardes.
Los dos jóvenes se le acercaron lentamente. Uno llevaba un hacha; un hacha para
cortar follaje. El otro llevaba únicamente sus pantalones y los restos de una camisa de
lona. Tenían casi dos metros y medio de altura, sin carne: huesos y ángulos duros y
grandes ojos curiosos, con gruesos párpados. También había cambios internos, un
metabolismo y una estructura celular radicalmente distintas, la habilidad para utilizar
sales radiactivas, un sistema digestivo alterado. Ambos contemplaban a Trent con
interés... con creciente interés.
- Oiga - dijo uno -. Usted es un ser humano.
- Así es - dijo Trent.
- Mi nombre es Jackson - el joven extendió su delgada mano azul córneo y Trent la
estrechó torpemente. La mano se notaba frágil bajo su guante forrado de plomo. Su
propietario añadió -: Mi amigo es Earl Potter.
Trent le estrechó la mano a Potter.
- Saludos - dijo Potter. Hizo una mueca con sus deformes labios -. ¿Podemos mirar su
equipo?
- ¿Mi equipo? - repitió Trent.
- Su arma y equipo. ¿Qué es lo que lleva en el cinturón? ¿Y ese tanque?
- Transmisor... oxígeno - Trent les mostró el transmisor -. A pilas. Con un radio de ciento
cincuenta kilómetros.
- ¿Es usted de un campo? - preguntó rápidamente Jackson.
- Sí. Allá en Pennsylvania.
- ¿Cuántos?
Trent, se alzó de hombros.
- Un par de docenas.
Los gigantes de piel azulada se mostraron fascinados.
- ¿Cómo han sobrevivido ustedes? A Penn le dieron duro, ¿no? Los estanques deben
ser profundos por allí.
- Minas - explicó Trent -. Nuestros antepasados se metieron muy abajo en las minas de
carbón cuando comenzó la Guerra. Así dicen los archivos. Estamos bastante bien
instalados. Hacemos crecer nuestra propia comida en tanques. Tenemos unas pocas
máquinas, bombas, compresores y generadores eléctricos. Algunos tornos manuales.
No mencionó que ahora los generadores tenían que ser puestos en marcha a mano, y
que solo la mitad de los tanques seguían operando. Tras trescientos años, el metal y el
plástico no servían de gran cosa; a pesar de los continuos arreglos y reparaciones.
Todo se estaba desgastando, rompiendo.
- Oiga - dijo Potter -, esto deja como un tonto a Dave Hunter.
- ¿Dave Hunter?
- Dave dice que ya no hay ningún verdadero humano - explicó Jackson. Palpó con
curiosidad el casco de Trent -. ¿Por qué no viene de vuelta con nosotros? Tenemos una
colonia cerca de aquí... solo a una hora, más o menos, en el tractor: nuestro tractor de
caza. Earl y yo estábamos cazando conejos flap-flap.
- ¿Conejos flap-flap?
- Conejos voladores. Buena carne, pero difíciles de cazar... pesan unos doce kilos.
- ¿Con qué los cazan? No será con el hacha.
Potter y Jackson se echaron a reír.
- Mire esto - Potter se sacó un largo tubo de latón de los pantalones. Lo llevaba en el
interior de la pernera, a lo largo de su delgadísima pierna.
Trent examinó el tubo. Estaba hecho a mano. Latón blando cuidadosamente trabajado y
enderezado. Un extremo tenía forma de boquilla. Miró su interior. Una pequeña aguja
metálica estaba alojada en una masa de material transparente.
- ¿Cómo funciona? - preguntó.
- Lo lanza uno, como si se tratase de una cerbatana. Pero una vez el dardo-b está en el
aire, sigue siempre a su objetivo. Tiene que suministrársele el impulso inicial. - Potter se
echó a reír -. Yo lo suministro. Un gran soplido.
- Interesante. - Trent le devolvió el tubo. Con elaborado descuido, estudiando los dos
rostros azul gris, preguntó -: ¿Soy el primer humano al que han visto?
- Así es - dijo Jackson -. Al Viejo le encantará recibirle. - Había ansiedad en su voz -.
¿Qué me dice? Nos ocuparemos de usted. Lo alimentaremos, le traeremos plantas y
animales no radiactivos. ¿Qué le parecería pasar aquí una semana?
- Lo lamento - dijo Trent -. Tengo otro trabajo que hacer. Si paso por aquí de regreso...
Los córneos rostros mostraron desencanto.
- ¿Ni siquiera menos tiempo? ¿Esta noche? Le daremos mucha comida sin
radiactividad. Tenemos un excelente desirradiador que el Viejo arregló.
Trent se golpeó el tanque.
- Voy corto de oxígeno. ¿No tendrán un compresor?
- No. No lo necesitamos para nada. Pero quizá el Viejo podría...
- Lo lamento - Trent se puso en marcha -. Tengo que seguir. ¿Están seguros de que no
hay humanos en esta región?
- Creíamos que ya no quedaba ninguno en parte alguna. Se oyen rumores de vez en
cuando. Pero usted es el primero que vemos - Potter señaló hacia el oeste -. Hay una
tribu de rodadores en esa dirección - luego señaló vagamente hacia el sur -. Un par de
tribus de insectos.
- Y algunos corredores.
- ¿Los ha visto?
- Vengo de esa dirección.
- Y hacia el norte hay algunos de los subterráneos... esos ciegos y perforadores - Potter
hizo una mueca -. No puedo soportarlos, con sus galerías y perforaciones. Pero qué
infiernos - sonrió -, cada uno tiene su forma de vida.
- Y hacia el este - añadió Jackson -, donde comienza el océano, hay una gran cantidad
de la especie tortuga: el tipo submarino. Nadan por allí, usan esos grandes domos con
aire y tanques... A veces salen de noche... Mucha gente sale de noche. Nosotros aún
seguimos viviendo de día - se acarició su córnea piel azul grisáceo -. Esto filtra muy
bien la radiación.
- Lo sé - dijo Trent -. Hasta la vista.
- Buena suerte - lo contemplaron irse, con sus ojos de gruesos párpados muy abiertos
aún por el asombro, mientras el ser humano se abría camino lentamente por la lujuriosa
vegetación verde, con su traje de metal y plástico brillando débilmente a la menguante
luz del sol.
 
La tierra estaba viva, repleta de movimiento. Plantas, animales e insectos en una
confusión desordenada. Seres diurnos, seres nocturnos, seres terrestres y acuáticos,
de formas y en número increíbles que nunca habían sido catalogados y que
probablemente jamás lo serían.
Al final de la Guerra, cada centímetro cuadrado de la superficie era radiactivo. Todo ser
vivo sometido a rayos beta y gamma. La mayor parte de la vida murió..., pero no toda.
Las radiaciones fuertes produjeron mutaciones: a todos los niveles, insectos, plantas y
animales. El proceso normal de mutación y selección fue acelerado millones de años en
segundos.
Esa descendencia alterada llenaba la Tierra. Una gigantesca horda brillante de seres
saturados de radiación. En este mundo, solo aquellas formas de vida que podían usar
un suelo radiactivado y respirar aire cargado de partículas podían sobrevivir. Insectos,
animales y hombres que podían vivir en un mundo cuya superficie brillaba de noche.  
Trent consideró esto hoscamente, mientras se abría paso por la calurosa jungla,
quemando con gran experiencia los matorrales y enredaderas con su atomizadora. La
mayor parte de los océanos se volatilizaron. Y el agua seguía cayendo aún, empapando
el suelo con torrentes de caliente humedad. Aquella jungla estaba mojada... mojada,
caliente y llena de vida. A su alrededor correteaban y producían ruidos muchos seres
vivos. Apretó con fuerza su atomizadora, y siguió adelante.
El sol se estaba poniendo. Estaba comenzando a ser de noche. Una hilera de
recortadas colinas se alzaba frente a él, a lo lejos, a la violácea luz. La puesta de sol iba
a ser muy hermosa: a causa de las partículas en suspensión, partículas que aún
flotaban desde las explosiones iniciales, hacía siglos.
Se detuvo un momento para mirar. Había recorrido un largo camino. Estaba cansado...
y descorazonado.
Los gigantes de piel azul córneo eran una típica tribu mutante. Sapos, se los llamaba. A
causa de su piel, ya que se parecía a la de los sapos córneos del desierto. Con sus
órganos internos alterados para utilizar las plantas y el aire radiactivos, vivían fácilmente
en un mundo en el que él solo podía sobrevivir con su traje forrado de plomo, visor
polarizado, tanque de oxígeno, y píldoras de alimentos especiales no irradiados hechos
crecer bajo tierra en la Mina.
 
La Mina... era hora de llamar de nuevo. Alzó su transmisor.
- Trent comprobando de nuevo - murmuró. Se lamió los resecos labios. Tenía hambre y
sed. Quizá pudiera encontrar un sitio relativamente «frío», libre de radiación. Quitarse el
traje durante un cuarto de hora y lavarse. Librarse del sudor y la suciedad.
Llevaba dos semanas caminando, encerrado en aquel caliente y pegajoso traje forrado
de plomo, parecido al de un buzo. Mientras, a su alrededor, incontables formas de vida
correteaban y saltaban, sin que les molestasen los mortíferos estanques de radiación.
- Mina - respondió la débil y lejana voz.
- Ya estoy harto por hoy. Me voy a parar a comer y descansar. Basta hasta mañana.
- ¿No hubo suerte? - fuerte desencanto.
- No.
Silencio. Luego:
- Bueno. Quizá mañana.
- Quizá. He encontrado una tribu de sapos. Unos machos jóvenes muy amables, de dos
metros y medio de alto - la voz de Trent sonaba amarga -. Caminando por ahí sin más
que camisas y pantalones. Con los pies descalzos.
El monitor de la Mina se mostraba desinteresado.
- Lo sé. Tienen suerte. Bueno, duerme algo y llámame mañana por la mañana. Ha
llegado un informe de Lawrence.
- ¿Dónde está?
- Hacia el oeste. Cerca de Ohio. Caminando a buen ritmo.  
- ¿Algún resultado?
- Tribus de rodadores, insectos y el tipo horadador que sale de noche... esas cosas
blancas y ciegas.
- Gusanos.
- Sí, gusanos. Nada más. ¿Cuando volverás a informar?
- Mañana - dijo Trent. Desconectó y se colgó el transmisor del cinto.
Mañana. Contempló la distante hilera de colinas a la luz del anochecer. Cinco años. Y
siempre... mañana. Era el último de una larga procesión de hombres enviados al
exterior. Llevando preciosos tanques de oxígeno, píldoras alimenticias y una pistola
atomizadora. Malgastando sus últimas reservas en una inútil exploración de las junglas.
¿Mañana? Algún mañana, no muy lejano, ya no quedarían más tanques de oxígeno ni
píldoras alimenticias. Los compresores y las bombas habrían dejado definitivamente de
funcionar. Estropeados para siempre. La Mina quedaría muerta y silenciosa. A menos
que establecieran contacto muy pronto.
Se puso en cuclillas, y comenzó a pasar su contador por la superficie, buscando un
lugar «frío» en el que desnudarse. Cayó dormido.
 
- Miradlo - dijo una lejana y débil voz. La conciencia le regresó en una oleada. Trent se
despertó sobresaltado, echando mano a su atomizador. Era por la mañana. La grisácea
luz solar se filtraba por entre los árboles. A su alrededor se movían unas figuras.
¡Su atomizador... había desaparecido!
Trent se sentó, completamente despierto. Las figuras eran vagamente humanas... pero
no mucho. Insectos.
- ¿Dónde está mi arma? - preguntó Trent.
- Tómeselo con calma - un insecto avanzó, con los otros detrás. Hacía frío. Trent se
estremeció. Se puso torpemente en pie, mientras los insectos formaban un círculo a su
alrededor -. Se lo devolveremos.
- Dénmelo ya - estaba envarado y frío. Se colocó bien el casco y se apretó el cinto.
Sentía escalofríos y se estremecía. Las hojas y enredaderas goteaban. Notaba el suelo
blando bajo sus pies.
Los insectos conferenciaron. Había diez o doce de ellos. Extraños seres, más parecidos
a insectos que a hombres. Tenían caparazones de gruesa y brillante quitina, ojos
multifacetados. Nerviosas y vibrátiles antenas mediante las cuales detectaban la
radiación.
Su protección no era perfecta. Una dosis fuerte, y estaban acabados. Sobrevivían
mediante la detección y una inmunidad parcial. Su comida era tomada indirectamente,
primero digerida por pequeños animales de sangre caliente y luego tomada como
materia fecal, que ya no tenía partículas radiactivas.
- Es usted un humano - dijo un insecto. Su voz era aguda y metálica. Los insectos eran
asexuados, al menos aquellos. Existían otros dos tipos, zánganos machos y una Madre.
Aquellos eran guerreros neutros, armados con pistolas y hachas para la vegetación.
- Así es - dijo Trent.
- ¿Qué está haciendo aquí? ¿Hay más como usted?
- Unos cuantos.
Los insectos conferenciaron de nuevo, con sus antenas agitándose locamente. Trent
esperó. La jungla estaba comenzando a agitarse con vida. Contempló una masa similar
a la gelatina fluyendo hacia arriba por el costado de un árbol hasta llegar a las ramas,
con un mamífero semidigerido visible en su interior. Algunas polillas diurnas pasaron
revoloteando. Las hojas se agitaron cuando algunos animalillos subterráneos perforaron
alejándose de la luz.
- Venga con nosotros - dijo un insecto. Hizo una seña a Trent para que fuera hacia
adelante -. Vamos.
Trent lo siguió de mala gana. Caminaron a lo largo de un estrecho sendero, cortado
recientemente por las hachas. Las primeras ramas y hojas de la jungla estaban ya
creciendo de nuevo.
- ¿Adónde vamos? - preguntó Trent.
- Al Montículo.
- ¿Por qué?
- No le importa.
Contemplando como los insectos caminaban, Trent casi no podía creer que habían sido
en algún tiempo seres humanos. O al menos sus antepasados. A pesar de su fisiología
increíblemente alterada, los insectos tenían una mentalidad similar a la suya. Su
estructura tribal era parecida a la de los estados orgánicos humanos: el comunismo y el
fascismo.
- ¿Puedo preguntarle una cosa? - dijo Trent.
- ¿El qué?
- ¿Soy el primer ser humano que han visto? ¿No hay otros por aquí?
- Ya no.
- ¿Hay informes de colonias humanas por algún lugar?
- ¿Por qué?
- Simple curiosidad - dijo ceñudo Trent.
- Es usted el único - el insecto parecía complacido -. Tendremos una bonificación por
esto. Por capturarle. Hay un premio permanente. Nadie lo había ganado antes.
También allí querían un humano. Un humano llevaba consigo una valiosa gnosis, una
carga de tradición que los mutantes necesitaban incorporar a sus tambaleantes
estructuras sociales. Necesitaban contacto con el pasado. Un ser humano era un brujo,
un sabio que podía instruir y enseñar. Enseñar a los mutantes como había sido la vida,
como habían actuado y vivido, y que aspecto habían tenido sus antepasados.
Una valiosa posesión para cualquier tribu... especialmente si no existía ningún otro ser
humano en la región.  
Trent maldijo profusamente. ¿Ninguno? ¿Nadie más? Tenía que haber otros seres
humanos... en algún lugar. Si no al norte, hacia el este. Europa, Asia, Australia. En
algún lugar, en algún punto del globo. Humanos, con herramientas y máquinas y
equipos. La Mina no podía ser la única colonia, el único resto del verdadero hombre.
Valiosas curiosidades... condenadas cuando se quemasen sus compresores y se
secasen sus tanques de alimento.
Si no tenía suerte pronto...
Los insectos se detuvieron, escuchando. Sus antenas se agitaban suspicaces.
- ¿Qué pasa? - preguntó Trent.
- Nada - volvieron a ponerse en marcha -. Por un momento...
Un destello. Los insectos que abrían la marcha desaparecieron. Un apagado trueno los
sacudió.
Trent cayó al suelo. Luchó, enredado en la pegajosa vegetación. A su alrededor los
insectos luchaban locamente. Se peleaban con pequeños seres peludos que
disparaban rápida y eficientemente sus armas, y que, a corta distancia, pateaban y
rasgaban con sus inmensas patas.
Corredores.
Los insectos estaban perdiendo. Se retiraron, retrocediendo por el sendero,
desperdigándose por la jungla. Los corredores saltaron tras ellos, impulsándose con sus
poderosas patas traseras, como canguros. El último insecto desapareció. Se apagaron
los ruidos.
- De acuerdo - dijo un corredor. Se detuvo para respirar, irguiéndose -. ¿Dónde está el
humano?
Trent se puso lentamente en pie.
- Aquí.
Los corredores le ayudaron. Eran pequeños, de no más de un metro veinte. Redondos y
gruesos, cubiertos por espesas pieles. Pequeños rostros bienhumorados lo
contemplaban con preocupación. Ojos como cuentas, narices temblorosas y grandes
patas de canguro.
- ¿Está bien? - preguntó uno. Le ofreció a Trent su cantimplora de agua.
- Estoy bien - Trent apartó la cantimplora -. Se llevaron mi atomizador.
Los corredores buscaron por los alrededores. No se veía por ninguna parte el
atomizador.
- Déjenlo correr - Trent agitó la cabeza, atontado, tratando de coordinar sus
pensamientos -. ¿Qué pasó? ¿Esa luz?
- Una granada - los corredores se hincharon de orgullo -. Tendimos un cable a lo ancho
del sendero, atado al seguro.
- Los insectos controlan la mayor parte de esta área - dijo otro -. Tenemos que abrirnos
camino luchando - de su cuello colgaban unos prismáticos. Los corredores iban
armados con pistolas de balas y cuchillos -. ¿Es usted realmente un ser humano? -
preguntó un corredor -. ¿De la especie original?
- Así es - murmuró Trent, con voz algo temblorosa.
Los corredores estaban asombrados. Sus ojos como cuentas se hicieron más grandes.
Tocaron su traje de metal, su visor. Su tanque de oxígeno y su bolsa. Uno se acurrucó y
con aire experto siguió el circuito de su aparato transmisor.
- ¿De dónde viene usted? - preguntó el líder con su voz parecida a un profundo
ronroneo -. Es usted el primer ser humano que vemos en meses.
Trent se atragantó.
- ¿En meses? Entonces...
- No hay ninguno por aquí. Venimos del Canadá. De alrededor de Montreal. Hay una
colonia humana allá.
Trent tenía la respiración alterada.
- ¿A una distancia que se pueda hacer caminando?
- Bueno, nosotros la hemos cubierto en un par de días. Pero vamos bastante deprisa -
el corredor contempló dubitativo las piernas, recubiertas de metal, de Trent -. No sé, a
usted tal vez le cueste más.
Humanos. Una colonia humana.
- ¿Cuántos? ¿Una colonia grande? ¿Avanzada?
- Es difícil recordar. Vi su colonia en una ocasión. En las profundidades de la tierra...
Niveles, células. Les cambiamos algunas plantas «frías» por sal. Pero eso fue hace
mucho.
- ¿Estaban muy desarrollados? ¿Tenían herramientas... maquinaria? ¿Compresores?
¿Tanques alimenticios que funcionasen?
El corredor se agitó inquieto.
- De hecho, quizá ya no estén allí.
Trent se quedó helado. El miedo lo atravesó como un cuchillo.
- ¿Quizá ya no estén allí? ¿Qué es lo que quiere decir?
- Quizá se hayan ido.
- Ido, ¿a dónde? - la voz de Trent sonaba apagada -. ¿Qué les pasó?
- No lo sé - dijo el corredor -. No sé lo que les pasó. Nadie lo sabe.
 
Siguió hacia adelante, apresurándose frenéticamente en dirección norte. La jungla dio
paso a un bosque terriblemente frío. Grandes árboles silenciosos por todos lados. El
aire era seco y tenue.
Estaba exhausto, y solo le quedaba un tubo de oxígeno en el tanque. Después de eso
tendría que sacarse el casco. ¿Cuánto tiempo duraría? La primera lluvia le llevaría
partículas letales a los pulmones. O el primer viento fuerte que llegase del océano.
Se detuvo, jadeando. Había llegado a lo alto de una larga ladera. Al fondo se extendía
una llanura, cubierta de árboles, una extensión de un verde oscuro casi marrón. Aquí y
allá brillaba un punto blanco. Algún tipo de ruinas. Una ciudad humana había estado allí
hacía tres siglos.
Nada se movía... ningún signo de vida. Ningún signo por parte alguna.
Trent bajó la ladera. A su alrededor, el bosque estaba en silencio. Una sensación
opresiva lo llenaba todo. Hasta faltaba el habitual ruido de los animalillos. Animales,
insectos, hombrees... todo había desaparecido. La mayor parte de los corredores
habían emigrado hacia el sur. Los animalillos probablemente habían muerto. ¿Y los
hombres?
Llegó a las ruinas. Aquella había sido una gran ciudad en otro tiempo. Probablemente
los hombres habían bajado a los refugios antiaéreos, las minas y los metros. Después
habían agrandado sus cámaras subterráneas. Durante trescientos años los hombres,
verdaderos hombres, habían sobrevivido, viviendo bajo la superficie, usando trajes
forrados de plomo cuando salían afuera, haciendo crecer comida en tanques, filtrando
su agua, comprimiendo aire libre de partículas. Protegiendo sus ojos contra la cegadora
luz del brillante sol.
Y ahora... nada.
Alzó el transmisor.
- Mina - dijo secamente -. Soy Trent.
El transmisor carraspeó débilmente. Pasó largo tiempo antes de que respondiesen. La
voz era débil y distante, casi perdida en la estática.
- ¿Y bien? ¿Los encontraste?
- Se han ido.
- Pero...
- Nada. Nadie. Completamente abandonado. - Trent se sentó en un muñón de cemento.
Su cuerpo estaba muerto. Se le había escapado toda la vida -. Estuvieron aquí
recientemente. Las ruinas no están cubiertas. Deben haberse ido en las últimas
semanas.
- No tiene sentido. Mason y Douglas están en camino. Douglas tiene el tractor. Debería
llegar ahí en un par de días. ¿Cuanto te durará el oxígeno?
- Veinticuatro horas.
- Le diremos que se apresure.
- Lamento no tener más que informar. Algo mejor - la amargura inundó su voz -.
Después de todos esos años... Estuvieron aquí todo el tiempo, y ahora que finalmente
llegamos hasta ellos...
- ¿Alguna pista? ¿Puedes saber lo que les pasó?
- Miraré - Trent se puso pesadamente en pie -. Si encuentro algo, informaré.
- Buena suerte - la débil voz se perdió en la estática -. Estaremos a la espera.
Trent devolvió el transmisor a su cinto. Alzó la vista al cielo gris. Era tarde, casi de
noche. El bosque era hosco y ominoso.
Un débil manto de nieve estaba cayendo silenciosamente sobre la vegetación color
marrón, ocultándola bajo una capa blanca. Nieve mezclada con partículas. Polvo
mortal... que aún caía, después de trescientos años.
Encendió la lámpara de su casco. El haz iluminó un pálido círculo frente a él, entre los
árboles, entre las derruidas columnas de cemento, los montones de vigas oxidadas.
Entró en las ruinas.
En su centro halló las torres e instalaciones. Grandes pilares entrelazados con
andamiajes de tubo, aún brillantes. Túneles que se abrían a las profundidades y
parecían estanques oscuros... túneles desiertos y silenciosos. Miró al interior de uno,
iluminándolo con la luz de su casco. El túnel bajaba recto, hundiéndose en el corazón
de la tierra. Pero estaba vacío.
¿Adónde habían ido? ¿Qué les había pasado? Trent caminó atontado. Allí habían
vivido seres humanos, allí habían trabajado, sobrevivido. Habían subido a la superficie.
Podía ver los vehículos con cabezas excavadoras aparcados entre las torres, ahora
grisáceos por la nieve nocturna. Habían subido y luego... se habían ido.
¿Adónde?
Se sentó bajo la protección de una columna derruida y encendió la calefacción. Su traje
se calentó, con un lento y rojizo calor que le hizo sentirse mejor. Examinó el contador: el
área estaba «caliente». Si quería comer y beber, tendría que irse a otro lugar.
 
Estaba cansado. Demasiado cansado para caminar. Se quedó sentado, descansando,
hecho un ovillo, con la luz de su casco iluminando un círculo de nieve gris frente a él. La
nieve caía silenciosamente encima suyo, y al final quedó cubierto, una masa gris
sentada junto al derruido cemento. Tan silencioso e inmóvil como las torres y los
andamiajes que lo rodeaban.
Se adormiló. Su calefacción zumbaba suavemente. A su alrededor se alzó un
vientecillo, levantando la nieve, lanzándola contra él. Se deslizó un poco hacia adelante,
hasta que su casco de metal y plástico quedó apoyado contra el cemento.
Hacia medianoche se despertó. Se irguió, repentinamente alerta. Había algo... un ruido.
Escuchó.
A lo lejos, un rugido apagado.
¿Douglas en el tractor? No, aún no... aún pasarían dos días. Se puso en pie,
desparramando la nieve. El rugido estaba creciendo, haciéndose más fuerte. Su
corazón comenzó a martillear locamente. Miró a su alrededor, con su haz de luz
brillando entre la noche.
El suelo se estremeció, vibrando a su través, haciendo tabletear su tanque de oxígeno
casi vacío. Alzó la vista al cielo... y se le quedó la boca abierta.
Una estela encendida rasgaba el cielo, incendiando la oscuridad de la madrugada. De
un color rojo oscuro, y haciéndose más grande a cada segundo. La contempló, sin
cerrar la boca.
Algo estaba bajando... aterrizando.
Un cohete.
El largo casco metálico resplandecía a la luz del sol de la mañana. Los hombres
estaban trabajando atareadamente, cargando equipo y suministros. Por los túneles
corrían vehículos, trayendo materiales desde los niveles subterráneos hasta la nave que
esperaba. Los hombres trabajaban cuidadosa y eficientemente, cada uno enfundado en
su traje de metal y plástico, en su escudo, cuidadosamente cerrado, de plomo.
 
- ¿Cuántos hay en su Mina? - preguntó suavemente Norris.
- Unos treinta - los ojos de Trent estaban clavados en la nave -. Treinta y tres,
incluyendo los que están fuera.
- ¿Fuera?
- Explorando. Como yo. Un par están de camino hacia aquí. Deberían llegar pronto. A
última hora de hoy, o mañana.
Norris tomó unas notas en su bloc.
- Podremos llevar unos quince con esta carga. Recogeremos al resto la próxima vez.
¿Pueden resistir una semana más?
- Sí.
Norris lo contempló con curiosidad.
- ¿Cómo nos encontró? Hay mucho trecho desde Pennsylvania. Estamos haciendo
nuestros últimos viajes. Si hubiera venido un par de días más tarde...
- Unos corredores me guiaron hasta aquí. Dijeron que ustedes se habían ido. Pero no
sabían donde.
Norris se echó a reír.
- Nosotros tampoco sabíamos donde.
- Pero deben estar llevando todo esto a algún lugar. Esta nave... Es vieja, ¿no?
¿Reparada?
- Originalmente era algún tipo de bomba. La localizamos y la reparamos... trabajábamos
en ella de tiempo en tiempo. No estábamos seguros de lo que queríamos hacer. Aún no
lo estamos. Pero sabemos que tenemos que irnos.
- ¿Irnos? ¿Irnos de la Tierra?
- Naturalmente - Norris le hizo una seña para que fuera hacia la nave. Subieron por la
rampa hasta una de las compuertas. Norris señaló hacia abajo -. Mire ahí... esos
hombres cargando.
Los hombres casi habían acabado. Los últimos vehículos estaban medio vacíos,
trayendo los últimos restos de los subterráneos, libros, discos, cuadros, artefactos... los
restos de una cultura. Una multitud de objetos representativos metidos en la bodega de
la nave para ser llevados lejos de la Tierra.
- ¿Adónde? - preguntó Trent.
- De momento a Marte. Pero no nos vamos a quedar allí. Probablemente seguiremos
más lejos, hacia las lunas de Júpiter y Saturno. Quizá Ganímedes nos convenga. Y si
no Ganímedes, alguna otra. En el peor de los casos nos podemos quedar en Marte. Es
bastante seco y árido, pero no es radiactivo.
- ¿No tenemos ninguna posibilidad aquí... no hay forma en que limpiar las áreas
radiactivas? Si pudiéramos enfriar la Tierra, neutralizar las nubes «calientes» y...
- Si hiciéramos eso - dijo Norris -, todos ellos morirían.
- ¿Ellos?
- Los rodadores, corredores, gusanos, sapos, insectos... todos los demás. Las
innumerables variedades de la vida. Las innumerables formas adaptadas a esta Tierra...
esta Tierra «caliente». Estas plantas y animales utilizan los metales radiactivos.
Esencialmente, la nueva base de la vida es una asimilación de las sales metálicas
«calientes», sales que son absolutamente mortíferas para nosotros.
- Pero, aún así...
- Aun así, realmente no es nuestro mundo.
- Somos los verdaderos humanos - replicó Trent.
- Ya no. La Tierra está viva, repleta de vida. Crece locamente... en todas direcciones.
Somos una forma, una forma vieja. Para vivir aquí tendríamos que restaurar las viejas
condiciones, los viejos factores, el equilibrio que había hace trescientos cincuenta años.
Un trabajo colosal. Y, si lo lográsemos, si consiguiésemos enfriar la Tierra, no quedaría
nada de todo esto.
Norris señaló al gran bosque marrón. Y, tras él, hacia el sur, al inicio de la húmeda
jungla que continuaba ininterrumpidamente hasta el estrecho de Magallanes.
- En cierta manera, es lo que nos merecemos. Nosotros hicimos la guerra. Nosotros
cambiamos la Tierra. No la destruimos... la cambiamos. La hicimos tan diferente que no
podemos seguir viviendo en ella.
Norris señaló las hileras de hombres con casco... hombres enfundados en plomo, en
gruesos trajes protectores, cubiertos por capas de metal y cables, contadores, tanques
de oxígeno, escudos, píldoras alimenticias, agua filtrada. Los hombres trabajaban,
sudando dentro de sus pesados trajes.
- ¿Los ve? ¿Qué le parecen?
Un trabajador subió, jadeando y resoplando. Por un breve instante alzó su visor e
inspiró rápidamente una bocanada de aire. Lo cerró de nuevo con un golpe y, nervioso,
lo atornilló en su lugar.
- Dispuestos a irnos, señor. Todo está cargado.
- Cambio de planes - dijo Norris -. Vamos a esperar hasta que los compañeros de este
hombre lleguen aquí. Su colonia se está hundiendo. Otro día de espera no nos causará
problemas.
- De acuerdo, señor - el trabajador bajó, descendiendo hacia la superficie, una extraña
figura en su pesado traje forrado de plomo, esférico casco e intrincado equipo.
- Somos visitantes - le dijo Norris.
Trent tuvo un violento estremecimiento.
- ¿Cómo?
- Visitantes en una planeta extraño. Mírenos. Trajes acorazados y cascos, trajes
espaciales... para explorar. Somos una nave que se detiene en un mundo extraño en el
que no podemos sobrevivir, deteniéndose un breve período para cargar y despegar de
nuevo.
- Cascos cerrados - dijo Trent con una extraña voz.
- Cascos cerrados. Escudos de plomo. Contadores y alimentos y agua especiales. Mire
allí.
Un pequeño grupo de corredores estaban apretujados, mirando anonadados a la gran
nave brillante. Hacia la derecha, visible entre los árboles, había un poblado de
corredores. Campos sembrados en cuadrículas, corrales, y casas de madera.
- Los nativos - dijo Norris -. Los habitantes del planeta. Ellos pueden respirar el aire,
beber el agua, comer las plantas. Nosotros no. Este es su planeta... no el nuestro. Ellos
pueden vivir aquí, edificar una sociedad.
- Espero que podamos regresar.
- ¿Regresar?
- De visita... algún día.
Norris sonrió tristemente.
- Yo también lo espero. Pero tendremos que conseguir el permiso de sus habitantes... el
permiso para aterrizar - sus ojos brillaban divertidos. Y, repentinamente, con dolor. Una
súbita agonía que ahogaba todo lo demás -. Tendremos que preguntarles si les parece
bien. Y quizá diga no. Quizá no nos acepten...
 
 
FIN

SPECIAL - PHILIP K. DICK - Y GIRA LA RUEDA

Y GIRA LA RUEDA
Philip K. Dick
—Sectas —murmuró el Bardo Chai en tono pensativo.
Examinó el informe grabado que rechinaba en el receptor. El aparato estaba oxidado y necesitaba un engrase; emitía un molesto plañido y desprendía volutas de humo. Chai lo cerró cuando su agrietada superficie amenazó con ponerse al rojo vivo. Luego, terminó de estudiar la cinta y la tiró junto con un montón de otros desperdicios por la boca de un eliminador de basuras.
—¿Qué dices de las sectas? —preguntó en voz apenas audible el Bardo Sung-wu. Volvió a la realidad con un esfuerzo y dibujó una sonrisa de interés en su regordeta cara olivácea—. ¿Qué decías?
—Cualquier sociedad estable sufre la amenaza de las sectas; la nuestra no es una excepción. —Chai juntó sus largos dedos—. Ciertos estratos inferiores se sienten claramente insatisfechos. Sus corazones rebosan de envidia hacia los que la rueda ha colocado sobre ellos. Forman en secreto bandas rebeldes, fanáticas. Se reúnen en la oscuridad de la noche; de forma insidiosa, manifiestan su hostilidad a las normas aceptadas; se complacen en hacer escarnio de los usos y costumbres básicos.
—Uj —contestó Sung-wu, y se apresuró a explicar su gruñido—. Parece increíble que haya gente capaz de practicar unos ritos tan desagradables y fanáticos. —Se levantó con movimientos nerviosos—. Debo irme, con tu permiso.
—Espera. ¿Conoces la zona de Detroit?
Sung-wu asintió, inquieto.
—Muy poco.
Chai, con su vigor característico, tomó una decisión.
—Voy a enviarte allí; investiga y redacta un informe. Si ese grupo es peligroso, el Brazo Sagrado debe saberlo. Está compuesto por los peores elementos: la clase Tecno. —Compuso una expresión irónica—. Tipos grandotes, peludos, caucásicos. A tu regreso, serás recompensado con seis meses en España; podrás explorar las ruinas de las ciudades abandonadas.
—¡Caucásicos! —exclamó Sung-wu, y su cara se tiñó de verde—. No gozo de buena salud. Si puede ir alguien en mi lugar...
—¿Acaso compartes la teoría de Pluma Rota? —Chai enarcó una ceja—. Un filólogo asombroso, Pluma Rota. Me dio algunas clases. Como sabes, afirmaba que la raza caucásica descendía del hombre de Neanderthal. Su enorme tamaño, el abundante vello, su aspecto brutal, revelan una incapacidad innata de comprender lo que trascienda su perspectiva animal. El proselitismo es una pérdida de tiempo.
Contempló a su interlocutor con mirada grave.
—No te enviaría si no depositara una fe extraordinaria en tu devoción.
Sung-wu manoseó sus cuentas con expresión abatida.
—Elron sea loado —murmuró—. Eres demasiado generoso.
Sung-wu entró en un ascensor y fue transportado, con gran aparato de crujidos, zumbidos y paradas falsas, al nivel superior del edificio de la Cámara Central. Recorrió a buen paso un pasillo iluminado tan sólo por algunas bombillas amarillas. Un momento después llegó ante las puertas de las oficinas de análisis y mostró su identificación al guardia robot.
¿Está el Bardo Fei-p’ang? —preguntó.
—Ciertamente —contestó el robot, y se hizo a un lado.
Sung-wu entró en las oficinas, rodeó las filas de máquinas oxidadas y averiadas, y entró
en el ala que todavía funcionaba. Localizó a su cuñado en un escritorio, inclinado sobre
unos gráficos, copiando algo a mano con gran meticulosidad.
—Que la lucidez sea contigo —murmuró.
Fei-p’ang levantó la vista, irritado.
—Te dije que no volvieras; si el Brazo descubre que te permito utilizar el analizador
para un asunto particular, me llevarán al potro.
—Tranquilo —murmuró Sung-wu, y apoyó una mano sobre el hombro de su pariente—.
Ésta es la última vez. Me voy lejos. Un vistazo más, el último. —Una expresión suplicante,
patética, apareció en su rostro oliváceo—. Mi giro no tardará en llegar; ésta será nuestra
última conversación.
La expresión patética de Sung-wu dio paso a una de astucia.
—No querrás llevar esa carga sobre tu alma; no habrá reparación posible a estas
alturas.
—Muy bien —bufó Fei-p’ang—, pero procede con celeridad, por el amor de Elron.
Sung-wu se dirigió al analizador-madre y se sentó en la desvencijada cesta. Conectó
los controles, fijó su frente al visor, introdujo su tarjeta de identidad y puso en movimiento
la manecilla espacio-temporal. Poco a poco, como a regañadientes, el antiguo mecanismo
tosió, cobró vida y comenzó a rastrear su tarjeta personal en la senda del futuro.
Las manos de Sung-wu temblaban, así como todo su cuerpo. Su cuerpo se perló de
sudor y vio corretear a su imagen en miniatura. Pobre Sung-wu, pensó afligido. La imagen
de un ser diminuto dedicado a sus tareas; de ella le separaban tan sólo ocho meses.
Realizaba sus tareas, hostilizado y acosado, y luego, en un continuo posterior, caía y
moría.
Sung-wu apartó sus ojos del visor y aguardó a que su pulso se calmara. Podía soportar
esa parte, contemplar el momento de la muerte; lo que veía a continuación era el motivo
de su crispación.
Rezó una oración en silencio. ¿Había ayunado bastante? Durante los cuatros días de
expiación y autoflagelación, había utilizado el látigo con puntas de metal, el más pesado
posible. Se había desprendido de todo su dinero; había roto un jarrón hermosísimo que su
madre le había dejado, una herencia muy querida; se había revolcado sobre barro y
excrementos en el centro de la ciudad. Cientos de personas le habían visto. Ahora, sin
duda, con esto bastaba, ¡pero el tiempo era tan escaso!
Se irguió, tras reunir fuerzas, y aplicó de nuevo los ojos al visor. Temblaba de terror. ¿Y
si no había cambiado? ¿Y si sus mortificaciones no habían bastado? Giró los controles y
la manecilla de su senda temporal exploró el período posterior a la muerte.
Sung-wu chilló y se derrumbó, horrorizado. Su futuro era el mismo, exactamente el
mismo; nada había cambiado. Su culpa era demasiado grande para ser purificada en un
tiempo tan corto. Necesitaría siglos..., y no tenía siglos.
Se alejó del analizador y pasó junto a su cuñado.
—Gracias —murmuró, tembloroso.
Por una vez, una sombra de compasión se reflejó en las eficientes facciones morenas
de Fei-p’ang.
—¿Malas noticias? ¿El próximo giro trae consigo una encarnación desafortunada?
—El calificativo «malas» es insuficiente para describirlas.
La compasión de Fei-p’ang se transformó en justa censura.
—¿Y quién es el culpable, sino tú? —preguntó con severidad—. Sabes que tu conducta
en esta encarnación determina la siguiente; si aspiras a una vida futura como animal
inferior, debes examinar tu comportamiento y arrepentirte de tus pecados. La ley cósmica
que nos gobierna es imparcial. Es una justicia equitativa: causa y efecto. Tus actos
determinan tu siguiente encarnación. No pueden existir ni culpa ni aflicción, tan sólo
comprensión y arrepentimiento. —Su curiosidad pudo más que él—. ¿Qué es? ¿Una
serpiente? ¿Una ardilla?
—No es asunto tuyo —dijo Sung-wu, y se encaminó con aspecto desdichado hacia la
salida.
—Lo miraré.
—Adelante.
Sung-wu salió al pasillo, entristecido. La desesperación le abrumaba. Nada había
cambiado; todo continuaba igual.
Moriría dentro de ocho meses, infectado por algunas de las numerosas epidemias que
azotaban las partes habitadas del mundo. La fiebre le devoraría, su cuerpo se cubriría de
manchas rojas, se retorcería en una agonía de delirios. Sus intestinos se paralizarían; su
carne se consumiría; perdería la vista, y al cabo de interminables sufrimientos, moriría. Su
cuerpo, un bulto informe, yacería entre cientos más, una calle llena de cadáveres, que
serían recogidos por los sepultureros robot, piadosamente inmunes. Sus restos mortales
serían quemados en un incinerador de basuras, en las afueras de la ciudad.
Entretanto, la chispa eterna, el alma divina de Sung-wu, se trasladaría de aquella
encarnación espacio-temporal a la siguiente. Pero no ascendería, sino que descendería.
Había contemplado muchas veces en el analizador su descenso. Siempre la misma
espantosa visión de su alma, una escena insoportable, cayendo como una piedra hacia
uno de los continuos inferiores, el sumidero de una encarnación situada en la parte más
baja de la escala.
Había pecado. Sung-wu, en su juventud, había mantenido relaciones con una
muchacha descarriada de ojos negros y largo cabello flotante, que se derramaba como
una cascada sobre su espalda. Labios rojos que invitaban, pechos redondos, caderas que
se cimbreaban de una manera inconfundible. Era la esposa de un amigo, de la clase
Guerrero, pero él la había tomado como amante. Estaba convencido que tenía tiempo
suficiente para rectificar su concupiscencia.
Pero estaba equivocado; su giro de rueda estaba próximo. La epidemia: no tuvo tiempo
suficiente para ayunar, rezar y hacer buenas obras. Se había resignado a descender a un
planeta purulento, de atmósfera contaminada, perteneciente al sistema de un sol
incandescente, un antiguo pozo de inmundicia, podredumbre y limo interminable, un
mundo selvático del peor tipo.
En él, sería una mosca de alas brillantes, un carroñero zumbador de vientre azulado
que volaba, se arrastraba y devoraba los cadáveres podridos de lagartos gigantescos,
muertos en la lucha por la supervivencia.
Desde este pantano, este planeta asolado por epidemias, en las entrañas de un sistema
enfermo y contaminado, tendría que ascender penosamente por los interminables
peldaños de la escala cósmica que ya había subido. Había tardado eones en llegar tan
lejos, hasta el nivel de ser humano en el planeta Tierra, en el Sistema Solar. Ahora,
debería empezar de nuevo.
 
—Elron sea contigo —dijo Chai, cuando la oxidada nave de observación recibió el
beneplácito de la tripulación robot para efectuar un vuelo limitado.
Sung-wu entró con paso lento en la nave y tomó asiento ante los restos de los
controles. Hizo un ademán indiferente, cerró la puerta y la aseguró manualmente.
Mientras la nave se elevaba hacia el cielo del atardecer, consultó de mala gana los
informes y registros que Chai le había proporcionado.
Los tinkeristas formaban una secta pequeña. Afirmaban contar con unos pocos
centenares de miembros, todos pertenecientes a la clase Tecno, la más despreciada de
las castas sociales. Los Bardos constituían la más apreciada, por supuesto. Eran los
profesores de la sociedad, los hombres sagrados que guiaban a la humanidad hacia la
lucidez. Después, los Poetas. Convertían en sagas las grandes leyendas de Elron Wu, que
vivió (según la leyenda) en los espantosos días de la Era de la Locura. Por debajo de los
Poetas se encontraban los Artistas; después, los Músicos; luego, los Obreros, que
supervisaban las cuadrillas de robots. A continuación, los Ejecutivos, los Guerreros, los
Granjeros y, por fin, en último lugar, los Tecnos.
La mayoría de los Tecnos eran caucásicos, seres inmensos de piel blanca,
increíblemente peludos, como monos. Su parecido con los grandes simios era
impresionante. Quizá Pluma Rota estaba en lo cierto; quizá corría por sus venas sangre
Neanderthal, y la lucidez estaba fuera de su alcance. Sung-wu siempre se había
considerado antirracista; discrepaba con los que afirmaban que los caucásicos eran una
raza aparte. Los extremistas creían que se producirían daños irreparables si se permitía a
los caucásicos casarse entre sí.
En cualquier caso, era un problema teórico. Ninguna mujer decente y digna de las
clases superiores (de raza india, mongola o bantú) permitiría que un cauco se le acercara.
Bajo la nave se extendía un paisaje desolado. Aún se veían grandes puntos rojos,
desprovistos de toda vegetación, y superficies de escoria. A estas alturas, no obstante,
casi todas las ruinas estaban cubiertas de tierra y garranchuelo. Vio hombres y robots que
trabajaban la tierra; pueblos, incontables puntos marrones diminutos en los campos
verdes; ruinas dispersas de ciudades antiquísimas, llagas bostezantes similares a bocas
ciegas, eternamente abiertas hacia el cielo. Nunca se cerrarían, ya no.
Más adelante se hallaba la zona de Detroit, llamada así, según se decía, en memoria de
algún líder espiritual olvidado. Se veían más pueblos. A su izquierda, la superficie plomiza
de una especie de lago. Más allá..., sólo Elron lo sabía. Nadie rebasaba ese límite; no
existía vida humana allí, sólo animales salvajes y cosas deformes, producto de la
poderosa radiación que todavía infestaba el norte.
Hizo descender la nave. Un campo despejado se extendía a su derecha. Un granjero
robot araba la tierra con una hoz sujeta a su cintura, una pieza obtenida de alguna
máquina averiada. Dejó de hundir la hoz y levantó la vista, asombrado, cuando la nave de
Sung-wu aterrizó.
—La lucidez sea contigo —chirrió obedientemente el robot, cuando Sung-wu salió.
Sung-wu tomó su fajo de informes y documentos y lo guardó en el maletín. Cerró la
puerta de la nave y se encaminó con paso apresurado hacia las ruinas de la ciudad. El
robot continuó arañando la dura tierra con la oxidada hoz de metal, su cuerpo abollado
doblado por la mitad. Trabajaba con lentitud, en silencio, sin quejarse.
—¿Algún problema, Bardo? —dijo con voz aflautada el niño, mientras Sung-wu se abría
paso trabajosamente entre la escoria y los escombros.
Era un pequeño bantú, que se cubría con harapos cosidos de cualquier manera. Corrió
junto a Sung-wu como un perrito, dando saltos y con una gran sonrisa en el rostro, que
dejaba al descubierto sus blancos dientes.
Sung-wu adoptó cautela de inmediato. Su relación con la muchacha del cabello negro le
había enseñado artimañas elementales.
—Mi nave se ha averiado —mintió, pero era una circunstancia muy común—. Era la
última nave de nuestro campo que aún funcionaba.
El muchacho brincó, rió y arrancó un puñado de las hierbas verdes que crecían junto a
la senda.
—Conozco a alguien que puede arreglarla —gritó.
El pulso de Sung-wu se aceleró.
—Ah, ¿sí? —murmuró, como indiferente—. ¿Aún hay personas por estos parajes que
practican el dudoso arte de la reparación?
El chico asintió con solemnidad.
—¿Tecnos? —prosiguió Sung-wu—. ¿Viven muchos entre estas ruinas?
Surgieron más chicos y chicas bantús desde las ruinas.
—¿Qué le pasa a tu nave? —gritó uno a Sung-wu—. ¿No funciona?
Como él caminaba con parsimonia, todos se pusieron a correr y gritar a su alrededor;
una pandilla salvaje, carente por completo de disciplina. Daban tumbos, luchaban y se
perseguían mutuamente, incansables.
—¿Cuántos de ustedes han recibido instrucción primaria? —preguntó Sung-wu.
Se hizo un silencio repentino. Los chicos intercambiaron miradas de culpabilidad;
ninguno contestó.
—¡Santo Elron! —exclamó Sung-wu, horrorizado—. ¿Son analfabetos?
Las cabezas se inclinaron.
—¿Y cómo esperan armonizarse con la voluntad divina? ¿Cómo llegarán a conocer el
plan divino? ¡Esto es demasiado!
Apuntó con un dedo regordete a uno de los muchachos.
—¿Se preparan con constancia para la vida futura? ¿Se purifican y mortifican
constantemente? ¿Se niegan la carne, el sexo, las diversiones, las ganancias económicas,
la educación, el ocio?
Era obvio; sus risas y juegos espontáneos demostraban que aún vivían libres de trabas,
lejos de la lucidez... Y la lucidez es el único camino que conduce a la comprensión del plan
eterno, de la rueda cósmica que gira sin cesar.
—¡Mariposas! —resopló Sung-wu, disgustado—. No son mejores que los animales y
aves del campo, que no se preocupan del mañana. Sólo se preocupan del presente, y
piensan que el mañana no llegará. Como insectos...
Pensar en los insectos le recordó a la mosca de alas brillantes que se arrastraba sobre
los cadáveres de lagartos podridos, y su estómago se revolvió. Lo controló con esfuerzo y
siguió caminando, hacia la hilera de aldeas que se alzaban un poco más adelante.
Los granjeros trabajaban los campos yermos por todas partes. Una delgada capa de
tierra sobre la escoria; unos pocos tallos de trigo se agitaban, fláccidos y frágiles. El suelo
era terrible, el peor que había visto. Notó el metal bajo sus pies; llegaba casi hasta la
superficie. Hombres y mujeres encorvados regaban sus pobres cosechas con latas,
antiguos recipientes de metal encontrados entre las ruinas. Un burro tiraba de una tosca
carreta.
En otro campo, las mujeres sembraban a mano. Todas se movían con lentitud, como
idiotizadas, víctimas de las lombrices intestinales. Todas iban descalzas. Los niños aún no
se habían contagiado, pero era cuestión de tiempo.
Sung-wu alzó la vista hacia el cielo y dio gracias a Elron. Aquí, los sufrimientos eran
cruelísimos. Se notaba a simple vista. Un crisol al rojo vivo moldeaba a estos hombres y
mujeres. Sus almas habrían alcanzado un nivel de purificación inaudito. Un niño estaba
tendido a la sombra, junto a su madre medio dormida. Las moscas volaban alrededor de
sus ojos; su respiración era ronca y pesada, y tenía la boca abierta. Un rubor enfermizo
desteñía sus mejillas morenas. Tenía el vientre abultado; volvía a estar embarazada. Otra
alma inmortal que debería ascender desde un nivel inferior. Sus grandes pechos se
bambolearon cuando se removió en su sueño y el sucio cobertor se apartó.
—Vengan aquí —llamó Sung-wu a la banda de niños negros que le seguían—. Quiero
hablar con ustedes.
Los niños se acercaron, la vista clavada en el suelo, y formaron un silencioso círculo a
su alrededor. Sung-wu se sentó, colocó el maletín a su lado y dobló las piernas bajo el
cuerpo, en la postura tradicional indicada por Elron en su séptimo libro de enseñanzas.
—Yo preguntaré y ustedes contestarán —dijo Sung-wu—. ¿Conocen el catecismo
básico? —Escrutó el círculo de caras negras—. ¿Quién sabe el catecismo básico?
Se levantaron una o dos manos. La mayoría de los niños desviaron la mirada.
—¡Primero! —dijo Sung-wu—. ¿Quién eres? Eres un fragmento ínfimo del plan
cósmico.
»¡Segundo! ¿Qué eres? Una mota en un sistema tan inmenso que está más allá de la
comprensión.
»¡Tercero! ¿Cuál es el sentido de la vida? Llevar a cabo lo exigido por las fuerzas
cósmicas.
»¡Cuarto! ¿Dónde estás? En un peldaño de la escala cósmica.
»¡Quinto! ¿Dónde has estado? En innumerables peldaños; cada giro de la rueda
avanzas o retrocedes.
»¡Sexto! ¿Qué determina tu dirección en el siguiente giro? Tu conducta en la actual
encarnación.
»¡Séptimo! ¿Cuál es la conducta correcta? Someterte a las fuerzas eternas, a los
elementos cósmicos que componen el plan divino.
»¡Octavo! ¿Cuál es el significado del sufrimiento? Purificar el alma.
»¡Noveno! ¿Cuál es el significado de la muerte? Liberar a la persona de la actual
encarnación, para que pueda subir otro peldaño de la escala.
»¡Décimo!
Sung-wu calló en aquel momento. Dos formas semihumanas se estaban acercando...
Inmensas figuras de piel blanca que caminaban por los campos calcinados, entre las
enfermizas cosechas de trigo.
Tecnos, que venían a su encuentro. Se le puso la piel de gallina. Caucos. Su piel emitía
un brillo pálido y enfermizo, como insectos nocturnos agazapados debajo de las rocas.
Se levantó, reprimió su desagrado y se preparó para recibirles.
—¡Lucidez! —dijo Sung-wu.
Percibió su olor, como a almizcle, cuando se detuvieron ante él. Dos bultos, dos
inmensos machos sudorosos, de piel húmeda y pegajosa, con barba y largo cabello
desordenado. Vestían pantalones y botas de lona. Sung-wu, horrorizado, observó el
espeso vello que cubría su pecho, como una mata de lana; pelo en las axilas, brazos,
muñecas, incluso en el dorso de las manos. Quizá Pluma Rota tenía razón, quizá la
arcaica raza de Neanderthal (los falsos hombres) aún sobrevivía en estas grandes bestias
amorfas de cabello rubio. Casi podía ver al simio agazapado tras los ojos azules.
—Hola —dijo el primer cauco. Al cabo de un momento, añadió—: Me llamo Jamison.
—Pete Ferris —gruñó el otro.
Ninguno de los dos observó las deferencias acostumbradas. Sung-wu se estremeció,
pero procuró disimularlo. ¿Era a propósito, un insulto velado, o simple ignorancia? Un
dilema difícil. Como Chai había dicho, existía una desagradable corriente subterránea de
resentimiento, envidia y hostilidad entre las clases inferiores.
—Estoy efectuando una inspección de rutina —explicó Sung-wu— sobre la tasa de
mortalidad y natalidad en las zonas rurales. Estaré unos cuantos días. ¿Puedo alojarme
en algún sitio? ¿Hay hostales o posadas?
Los dos caucos permanecieron en silencio.
—¿Por qué? —preguntó uno de repente.
Sung-wu parpadeó.
—¿Por qué? ¿A qué se refiere?
—¿Por qué está realizando una inspección? Si quiere alguna información, nosotros se
la proporcionaremos.
Sung-wu no daba crédito a sus oídos.
—¿Saben con quién están hablando? ¡Soy un Bardo! Ustedes están diez clases más
abajo ¿Cómo se atreven...?
Se estremeció de rabia. En estas zonas rurales, los Tecnos habían olvidado por
completo cuál era su sitio. ¿En qué pensaban los Bardos locales? ¿Por qué permitían el
hundimiento del sistema?
Se estremeció violentamente al pensar en lo que ocurriría si se permitía a los Tecnos,
Granjeros y Ejecutivos mezclarse, incluso casarse entre sí, comer y beber en los mismos
lugares. Toda la estructura de la sociedad se vendría abajo. Si todos iban a conducir los
mismos vehículos, utilizar los mismos retretes... Era increíble. Una repentina imagen de
pesadilla se formó en la mente de Sung-wu: los Tecnos viviendo y copulando con las
mujeres de las clases Bardo y Poeta. Imaginó con horror una sociedad de estructura
horizontal, todos sus habitantes en el mismo nivel. Era contrario a la esencia del cosmos,
al plan divino; era como volver a la Era de la Locura. Se estremeció.
—¿Dónde está el director de esta zona? —preguntó—. Llévenme a su presencia.
Trataré directamente con él.
Los dos caucos, sin decir palabra, dieron media vuelta y se alejaron por donde habían
venido. Tras un momento de parálisis, Sung-wu les siguió, enfurecido.
Le guiaron a través de campos agostados y colinas erosionadas en las que no crecía
nada. Cada vez se veían más ruinas. En la periferia de la ciudad se habían establecido
una serie de aldeas, compuestas por cabañas de madera desvencijada y calles de barro.
Las aldeas despedían un penetrante hedor, el olor a muerte y putrefacción.
Bajo las cabañas dormían perros; los niños jugaban entre las inmundicias y los
escombros. Las gallinas picoteaban a su alrededor. Vio cerdos, gatos esqueléticos y los
eternos montones de metal oxidado, que en ocasiones alcanzaban nueve metros de
altura. Grandes torres de escoria roja se alzaban por doquier.
Más allá de las aldeas empezaban las ruinas propiamente dichas: kilómetros y
kilómetros de restos abandonados, esqueletos de edificios, paredes de hormigón, bañeras
y tuberías, masas informes que habían sido coches. Así continuaban desde la Era de la
Locura, la década que había bajado el telón sobre el período más lamentable de la historia
del hombre. Los cinco siglos de locura y discordia se conocían ahora como la Edad de la
Herejía, cuando el hombre se alzó contra el plan divino y decidió tomar las riendas de su
destino.
Llegaron a una cabaña más grande, un edificio de madera de dos pisos. Los caucos
subieron un tramo de escalera destartalado. Las tablas crujieron y cedieron de forma
ominosa bajo el peso de sus botas. Sung-wu les siguió, nervioso. Desembocaron en un
porche, una especie de terraza abierta.
Un hombre estaba sentado en la terraza, un obeso funcionario de piel cobriza con los
pantalones desabrochados, el reluciente cabello negro recogido en un moño sobre la nuca
rojiza. Su nariz era larga y prominente, su rostro, grande y achatado, con muchas
papadas. Bebía zumo de lima de una copa de hojalata y contemplaba la calle embarrada.
Cuando los dos caucos aparecieron, se levantó un poco, un esfuerzo prodigioso.
—Este hombre quiere verte —dijo el cauco llamado Jamison, indicando a Sung-wu.
Sung-wu avanzó, hecho una furia.
—Soy un Bardo, de la Cámara Central. ¿Reconoce esto? —Se abrió la túnica y mostró
el símbolo del Brazo Sagrado, una guadaña de oro con pátina roja—. ¡Insisto en que me
concedan el tratamiento adecuado! No he venido para que me lleven de un sitio a otro
como un...
Había hablado demasiado. Sung-wu controló su ira y tomó el maletín. El indio gordo le
examinó con calma; los dos caucos se habían dirigido al extremo de la terraza y se habían
acuclillado a la sombra. Encendieron toscos cigarrillos y les dieron la espalda.
—¿Permite esto? —preguntó Sung-wu con incredulidad—. ¿Esta... mezcla?
El indio se encogió de hombros y se hundió todavía más en la silla.
—La lucidez sea contigo —murmuró—. ¿Quiere acompañarme? —Su expresión serena
no se había alterado, como si no hubiera observado nada anormal—. ¿Un poco de lima, o
café? El zumo de lima es bueno para éstas.
Señaló su boca. Tenía las encías llagadas.
—No, gracias —murmuró Sung-wu, mientras se sentaba frente al indio—. Me encuentro
aquí para realizar una inspección oficial.
El indio cabeceó apenas.
—Ah, ¿sí?
—Tasas de mortalidad y natalidad. —Sung-wu vaciló, y luego se inclinó hacia el indio—.
Insisto en que ordene marcharse a esos caucos; debo hablar con usted en privado.
La expresión del indio no cambió; mantuvo su ancho rostro impasible. Al cabo de unos
instantes, se volvió levemente.
—Bajen a la calle, por favor —ordenó.
Los dos caucos se levantaron, gruñeron y pasaron junto a la mesa, lanzando miradas
de rencor a Sung-wu. Uno de ellos tosió y escupió sobre la barandilla, un insulto evidente.
—¡Insolente! —cloqueó Sung-wu—. ¿Cómo es posible que lo permita? ¿Ha visto eso?
¡Es inaudito, por Elron!
El indio se encogió de hombros, indiferente..., y eructó.
—Todos los hombres son hermanos en la rueda. ¿Acaso no predicó eso Elron, cuando
estuvo en la Tierra?
—Por supuesto, pero...
—¿Acaso no son también esos hombres nuestros hermanos?
—Naturalmente —contestó Sung-wu con altivez—, pero deben saber cuál es su lugar;
pertenecen a una clase insignificante. Se les llama cuando se da la rara circunstancia que
sea preciso reparar un objeto, pero no recuerdo que en el último año se haya producido un
acontecimiento semejante. La necesidad de esa clase disminuye año tras año; a la larga,
esa clase y sus componentes...
—¿Aboga tal vez por la esterilización? —preguntó el indio con mirada astuta.
—Abogo por algo. Las clases inferiores se reproducen como conejos; no paran de dar a
luz... Mucho más de prisa que nosotros, los Bardos. Siempre veo caucas embarazadas,
pero ya apenas nacen Bardos. Las clases inferiores deben fornicar incesantemente.
—Es lo único que les queda —murmuró el indio. Bebió un poco de lima—. Debería
aprender a ser más tolerante.
—¿Tolerante? No tengo nada contra ellos, siempre que...
—Se dice —le interrumpió con voz plácida el indio— que el propio Elron Wu era un
cauco.
Sung-wu se removió, indignado, pero las palabras que pugnaban por salir murieron en
su boca; algo estaba pasando en la calle embarrada.
—¿Qué ocurre? —preguntó Sung-wu.
Se levantó de un brinco y se precipitó hacia la barandilla.
Una lenta procesión desfilaba con paso solemne. Como obedeciendo a una señal,
hombres y mujeres salieron de sus chozas destartaladas a la calle para mirar. A medida
que la procesión se acercaba, el asombro de Sung-wu aumentaba; la cabeza le daba
vueltas. Más mujeres y hombres surgían de las casas a cada momento. Daba la impresión
que había centenares de personas. Formaban una turba densa, ruidosa, apretada, que se
balanceaba de un lado a otro, los rostros ávidos. Un gemido histérico recorrió a la
muchedumbre, un viento poderoso que agitó a sus miembros como hojas de un árbol.
Constituían un todo, un inmenso organismo primitivo, extasiado e hipnotizado por la
columna que se aproximaba.
Los que desfilaban iban vestidos de una forma extraña: camisa blanca arremangada,
pantalones gris oscuro de un estilo increíblemente arcaico y zapatos negros. La
indumentaria era igual en todos los casos. Formaban una doble línea rutilante de camisas
blancas y pantalones grises, que desfilaban con calma y solemnidad, los rostros erguidos,
las fosas nasales dilatadas, los mentones salientes. Un vidrioso fanatismo se reflejaba en
cada uno de los hombres y mujeres, una expresión tan despiadada que Sung-wu se
encogió de terror. Una serpiente de figuras ceñudas, ataviadas con sus camisas blancas y
pantalones grises primitivos, un eco aterrador del pasado. El ritmo monótono de sus
pisadas retumbaba entre las chozas destartaladas. Los perros despertaron, los niños
empezaron a llorar. Las gallinas salieron huyendo, despavoridas.
—¡Elron! —exclamó Sung-wu—. ¿Qué ocurre?
Los miembros del desfile portaban extraños objetos simbólicos, imágenes rituales cuyo
esotérico significado escapaba a Sung-wu. Exhibían tubos y palos, así como telas de algo
parecido al metal. ¡Metal! Sin embargo, no estaba oxidado, sino que brillaba. Sung-wu se
quedó estupefacto; los instrumentos parecían nuevos.
El desfile pasó por debajo de ellos. Tras sus integrantes venía una enorme carreta,
sobre la cual se había montado un símbolo de la fertilidad, una especie de sacacorchos
largo como un árbol. Surgía de un tubo cuadrado hecho de acero reluciente. A medida que
el carro avanzaba, el instrumento subía y bajaba.
Detrás del carro desfilaban más personas, también sombrías, de ojos vidriosos,
cargadas con tubos y otros aparatos brillantes. A su paso, la calle se iba llenando de
hombres y mujeres que les seguían, completamente aturdidos, perseguidos por niños y
perros que ladraban.
La última integrante del desfile portaba un pendón que ondeaba sobre ella mientras
caminaba, un palo alto que apretaba contra su pecho. Sung-wu se fijó en él y, por un
momento, perdió el sentido de la realidad. Pasó ante sus propias narices, a plena luz del
sol, para que todo el mundo lo viera. El estandarte llevaba bordada una gran T.
—Son... —empezó, pero el obeso indio le interrumpió.
—Tinkeristas —gruñó, y bebió un poco más de lima.
Sung-wu tomó su maletín y se dirigió hacia la escalera. Al pie, los dos fornidos caucos
entraron en acción. El indio les hizo una rápida señal.
—¡A él!
Los dos hombres avanzaron a su encuentro, sus ojos azules entornados, inyectados en
sangre y fríos como el hielo. Sus músculos se destacaban bajo la piel.
Sung-wu introdujo la mano en su capa. Sacó la pistola neurónica. Apretó el disparador y
apuntó hacia los dos caucos, pero no ocurrió nada: el arma había dejado de funcionar. La
agitó con violencia; fragmentos herrumbrados se desprendieron de ella. Estaba averiada,
inutilizada. La tiró y, con la energía que proporciona la desesperación, saltó por encima del
pasamano.
Se precipitó a la calle, acompañado de una cascada de madera podrida. Se estrelló en
el suelo, rodó, se golpeó la cabeza contra la esquina de una cabaña y se puso en pie,
tembloroso.
Corrió. Los dos caucos le persiguieron, abriéndose paso entre la muchedumbre. De vez
en cuando, echaba un vistazo a sus rostros blancos y sudorosos. Dobló una esquina,
corrió entre cabañas destartaladas, saltó sobre una zanja de aguas negras, trepó por
montañas de escombros, rodó de nuevo y se tendió por fin tras un árbol, sin soltar el
maletín.
Los caucos no se veían por ninguna parte. Les había burlado; de momento, estaba a
salvo.
Miró a su alrededor. ¿En qué dirección estaba su nave? Se encontraba bastante lejos, a
su derecha, apenas visible en la claridad agonizante del cielo. Sung-wu se puso en pie,
vacilante, y se encaminó en aquella dirección.
Su situación era terrible. Toda la región era pro-tinkerista, incluido el director nombrado
por la Cámara. Y no era un problema de determinadas clases; la secta se había
encaramado hasta los círculos dirigentes. Ya no se circunscribía a los caucos; en esta
zona no se podía confiar en los bantús, los mongoles o los indios. Toda una región era
hostil, y le estaba esperando.
¡Elron, era peor de lo que el Brazo había supuesto! Era lógico que quisieran un informe.
Toda una zona se había rendido a una secta fanática, un grupo de herejes violentos y
extremistas, que predicaban una doctrina de lo más diabólico. Se estremeció y continuó
caminando, evitando el contacto con los granjeros, tanto humanos como robots. Aceleró el
paso, cada vez más alarmado y aterrorizado.
Si la doctrina se esparcía, si hacía mella en una parte importante de la Humanidad,
existía la posibilidad que la Era de la Locura se reprodujera.
 
Se habían apoderado de la nave. Tres o cuatro caucos gigantes haraganeaban
alrededor del vehículo, con cigarrillos colgando de sus bocas indolentes. Sung-wu,
desesperado y confuso, volvió sobre sus pasos. Había perdido la nave; se le habían
adelantado. ¿Qué iba a hacer ahora?
Estaba anocheciendo. Para llegar a la zona habitada más cercana tendría que recorrer
a pie unos setenta y cinco kilómetros, en la oscuridad, por un territorio desconocido y
hostil. El sol empezaba a hundirse tras el horizonte, el aire se notaba más frío y, para
colmo, estaba empapado de inmundicias y agua estancada. Había resbalado en la
oscuridad y caído en una zanja de aguas negras.
Retrocedió, la mente en blanco. ¿Qué podía hacer? Estaba indefenso; su pistola
neurónica no le había servido de nada. Estaba solo, sin posibilidad de ponerse en contacto
con el Brazo. Había tinkeristas por todos lados. Le destriparían y regarían las cosechas
con su sangre..., o algo peor.
Divisó una granja. A la débil luz del crepúsculo distinguió una figura que continuaba
trabajando, la silueta de una joven. La examinó con cautela, aprovechando que le daba la
espalda. Estaba inclinada entre dos filas de maíz. ¿Qué estaba haciendo? ¿Era...? ¡Por el
amor de Elron!
Atravesó el campo dando tumbos y corrió hacia ella, desechando cualquier precaución.
—¡Jovencita! ¡Alto! ¡En el nombre de Elron; deténte ahora mismo!
La muchacha se incorporó.
—¿Quién eres?
Sung-wu, sin aliento, se plantó frente a ella, jadeante, pero sin soltar el maletín.
—¡Son hermanos nuestros! ¿Cómo puedes destruirlos? Es posible que se trate de
parientes cercanos, fallecidos en fecha reciente.
Golpeó la mano que sujetaba el tarro; éste cayó al suelo y los escarabajos prisioneros
huyeron en todas direcciones.
La ira tiñó de púrpura las mejillas de la joven.
—¡He tardado una hora en atraparlos todos!
—¡Los estabas matando, aplastándolos! —Sung-wu apenas podía hablar, horrorizado—
. ¡Te vi!
—Pues claro. —La muchacha enarcó sus cejas negras—. Se comen el maíz.
—¡Son nuestros hermanos! —repitió Sung-wu—. Es lógico que se coman el maíz; por
culpa de algunos pecados cometidos, las fuerzas cósmicas deben... —Se interrumpió,
atónito—. ¿No lo sabes? ¿Nunca te lo han dicho?
La muchacha tendría unos dieciséis años. Bajo la escasa luz no era más que una
menuda y esbelta silueta, con el tarro vacío en una mano y una piedra en la otra. Una
cascada de cabello negro resbalaba sobre su cuello. Sus ojos eran grandes y luminosos;
sus labios, llenos y de un rojo profundo; su piel, de un tono pardocobrizo... Polinesia,
probablemente. Atisbó sus firmes pechos bronceados cuando se agachó para recoger un
escarabajo que había caído sobre el caparazón. Su pulso se aceleró; retrocedió tres años
en una fracción de segundo.
—¿Cómo te llamas? —preguntó, con más amabilidad.
—Frija.
—¿Cuántos años tienes?
—Diecisiete.
—Soy un Bardo. ¿Has hablado alguna vez con un Bardo?
—No —murmuró la muchacha—. Creo que no.
Era casi invisible en la oscuridad. Sung-wu apenas podía verla, pero lo que veía
provocaba paroxismos de dolor en su corazón; la misma nube de cabello negro, los
mismos labios rojo profundo. La chica era más joven, por supuesto, casi una niña, y de la
clase Granjero, encima. Sin embargo, tenía la figura de Liu, y no tardaría en madurar.
Cuestión de meses, lo más probable.
Un mecanismo antiquísimo puso en funcionamiento sus cuerdas vocales.
—He aterrizado en esta zona para llevar a cabo una inspección. Mi nave ha sufrido una
avería y debo pernoctar aquí, pero no conozco a nadie. Mi situación es...
—¿Por qué no pasas la noche con nosotros? —dijo Frija al instante—. Nos sobra una
habitación, ahora que mi hermano se ha marchado.
—Será un placer —se apresuró a responder Sung-wu—. ¿Quieres guiarme?
Recompensaré tu amabilidad.
La muchacha se encaminó hacia una forma vaga que se vislumbraba en la oscuridad.
Sung-wu corrió tras ella.
—Me parece increíble que no hayas recibido instrucción. Esta zona se ha deteriorado
hasta extremos inauditos. ¿En qué manos has caído? Ya veo que deberemos pasar
mucho tiempo juntos. Ninguno de ustedes se aproxima siquiera a la lucidez. Todos están
desfasados.
—¿Qué significa eso? —preguntó Frija, mientras subía al porche y abría la puerta.
—¿Desfasados? —Sung-wu parpadeó, asombrado—. Tendremos que estudiar mucho
juntos. —Su entusiasmo provocó que tropezara con un peldaño, pero logró mantener el
equilibrio—. Quizá necesites una instrucción completa; habrá que empezar desde el
principio. Tomaré medidas para que permanezcas un tiempo en el Brazo Sagrado..., bajo
mi protección, por supuesto. Desfasado significa en discordancia con los elementos
cósmicos. ¿Cómo puedes vivir así? Querida, será necesario reconciliarte con el plan
divino.
—¿Cuál es ese plan?
La muchacha le condujo a una confortable sala de estar; un buen fuego chisporroteaba
en la chimenea. Un anciano de largo pelo blanco y dos hombres más jóvenes estaban
sentados alrededor de una tosca mesa de madera. Una anciana menuda y arrugada
dormitaba en una mecedora. En la cocina, una joven rolliza preparaba la cena.
—¡El plan! —exclamó Sung-wu, patitieso. Paseó la mirada a su alrededor. De repente,
su maletín cayó al suelo—. Caucos —murmuró.
Todos eran caucásicos, incluida Frija. Estaba muy bronceada. Su piel era casi negra,
pero no dejaba de ser una cauca. Recordó que el sol ponía morenos a los caucos, y que a
veces adquirían un tono más oscuro que los mongoles. La chica había colgado su
indumentaria de trabajo de un gancho clavado en la puerta; los pantalones cortos
revelaban unos muslos blancos como la leche. Y los dos ancianos...
—Éste es mi abuelo —dijo Frija, indicando al hombre—. Benjamin Tinker.
 
Bajo la mirada vigilante de los dos Tinker más jóvenes, Sung-wu fue bañado y frotado.
Se le entregó ropa limpia, y después algo de comer. Comió muy poco; no se sentía muy
bien.
—No puedo entenderlo —murmuró, mientras apartaba su plato—. El analizador de la
Cámara Central dijo que me quedaban ocho meses. La epidemia... —Reflexionó—. Claro
que siempre puede cambiar. El analizador trabaja sobre pronósticos, no sobre datos
fidedignos. Múltiples posibilidades, libre albedrío... Cualquier acto de significado
suficiente...
Ben Tinker lanzó una carcajada.
—¿Quiere seguir con vida?
—¡Por supuesto! —murmuró Sung-wu, indignado.
Todos rieron, incluso Frija y la anciana de pelo blanco como la nieve y dulces ojos
azules. Eran las primeras caucas que veía. No eran grandes y desgarbadas como los
caucos; tampoco daban la impresión de poseer las mismas características bestiales. Al
contrario, los dos caucos jóvenes parecían bastante rudos. Su padre y ellos estaban
examinando una serie de papeles e informes extendidos sobre la mesa del comedor, entre
los platos vacíos.
—Esta zona —murmuró Ben Tinker—. Aquí tendría que haber tuberías, y aquí. Lo que
más se necesita es agua. Antes de la próxima cosecha, tiraremos unos cuantos kilos de
fertilizantes artificiales y araremos. Los arados eléctricos ya tendrían que estar a punto
para entonces.
—¿Y después? —preguntó uno de los hijos.
—Pulverizaremos. Si no tenemos los pulverizadores de nicotina, habrá que echar de
nuevo una capa de cobre. Prefiero el pulverizador, pero la producción anda algo retrasada.
De todos modos, gracias al taladro contamos con buenas cavernas de almacenamiento.
Habría que iniciar la recolección.
—Y aquí será necesario desecar —indicó el otro hijo—. Los mosquitos no paran de
reproducirse. Podemos probar con petróleo, como ya hicimos en la otra zona, pero yo me
inclino por rellenarlo todo. Podemos utilizar la draga y el cangilón, si no están ocupados.
Sung-wu no se había perdido detalle. Se levantó con movimientos inseguros,
tembloroso de ira. Apuntó con un dedo al mayor de los Tinker.
—¡Se están... entrometiendo! —jadeó.
Los tres levantaron la vista.
—¿Entrometiendo?
—¡En el plan! ¡En el plan cósmico! Santo Elron... Están interfiriendo en los procesos
divinos. —De pronto, comprendió algo que estremeció todo su ser—. Van a retrasar los
giros de la rueda.
—Eso es cierto —concedió Ben Tinker.
Sung-wu volvió a sentarse, estupefacto. Su mente se negaba a aceptar lo que oía.
—No entiendo. ¿Qué pasará? Si disminuyen la velocidad de la rueda, si entorpecen el
plan divino...
—Este hombre nos va a causar problemas —murmuró Ben Tinker, pensativo—. Si le
matamos, el Brazo se limitará a enviar otro; tienen cientos como él. Si no le matamos, si le
dejamos volver, armará tal escándalo que toda la Cámara caerá sobre nosotros. Aún es
demasiado pronto para permitir que eso suceda. Cada día ganamos más apoyos, pero
necesitamos unos cuantos meses más.
La frente de Sung-wu se perló de sudor. Lo secó con mano temblorosa.
—Si me matan —murmuró—, descenderán muchos peldaños en la escala cósmica.
Han llegado bastante lejos; ¿por qué van a estropear el trabajo logrado en incontables
siglos?
Ben Tinker clavó un enérgico ojo azul en él.
—Amigo mío —dijo—, ¿no es cierto que la siguiente encarnación viene determinada por
el comportamiento en la anterior?
Sung-wu asintió.
—Todo el mundo lo sabe.
—¿Y cuál es el comportamiento correcto?
—Cumplir el plan divino —respondió de inmediato Sung-wu.
—Quizá nuestro movimiento forme parte de ese plan —dijo Ben Tinker—. Quizá las
fuerzas cósmicas quieran que sequemos los pantanos, matemos a las langostas y
vacunemos a los niños. Al fin y al cabo, las fuerzas cósmicas nos pusieron aquí.
—Si me matan —gimoteó Sung-wu—, seré una mosca carroñera. Lo vi: una mosca de
alas brillantes y vientre azul que se arrastraba sobre el cadáver de un lagarto muerto, en
una selva putrefacta de un planeta repugnante. —Brotaron lágrimas de sus ojos. Intentó
reprimirlas, sin éxito—. ¡En un sistema apartado, en el peldaño más bajo de la escala!
Tinker se estaba divirtiendo.
—¿Por qué?
—He pecado. —Sung-wu sorbió por la nariz y se ruborizó—. Cometí adulterio.
—¿Y no puede alcanzar la expiación por sus propios medios?
—¡No tengo tiempo! —Su aflicción se convirtió en incontenible desesperación—. ¡Mi
mente continúa siendo impura! —Señaló a Frija, que estaba de pie en el umbral del
dormitorio, una forma flexible y bronceada en pantalones cortos—. Sigo teniendo
pensamientos carnales; no puedo evitarlo. Dentro de ocho meses, la epidemia hará girar
la rueda y moriré. Si llegara a viejo, arrugado y desdentado, sin apetitos... —Su cuerpo
rechoncho se agitó convulsivamente—. No hay tiempo para expiar mis culpas. ¡Según el
analizador, moriré joven!
Después de aquel torrente de palabras, Tinker permaneció en silencio, sumido en sus
pensamientos.
—La epidemia —dijo por fin—. ¿Cuáles son los síntomas exactos?
Sung-wu los describió. Su rostro oliváceo había adquirido un tono verdoso. Cuando
hubo terminado, los tres hombres intercambiaron una mirada significativa.
Ben Tinker se puso en pie.
—Venga conmigo —dijo en tono animado, y tomó al Bardo por el brazo—. Quiero
enseñarle algo. Es una reliquia de los viejos tiempos. Tarde o temprano, nuestros avances
permitirán que la fabriquemos, pero de momento debemos conformarnos con la que nos
queda. Debemos guardarla vigilada y bajo llave.
—Es por una buena causa —dijo uno de los hijos—. Vale la pena.
Miró a su hermano y sonrió.
 
El Bardo Chai terminó de leer el informe de Sung-wu. Lo dejó sobre la mesa con aire
suspicaz y contempló al joven Bardo.
—¿Estás seguro? ¿No es necesario realizar más investigaciones?
—La secta desaparecerá —murmuró Sung-wu, en tono indiferente—. Carece de
auténtico apoyo. Es una simple válvula de escape, sin valor intrínseco.
Chai no estaba convencido. Releyó algunos fragmentos del informe.
—Supongo que tienes razón, pero nos han llegado tantas...
—Mentiras —replicó Sung-wu—. Rumores, habladurías. ¿Puedo marchame?
Se encaminó hacia la puerta.
—¿Ansioso por empezar las vacaciones? —Chai sonrió—. Sé cómo te sientes. Este
informe te habrá resultado agotador. Zonas rurales, aguas estancadas. Debemos preparar
un mejor programa de educación rural. Estoy convencido que regiones enteras se hallan
en estado de entrometimiento. Debemos llevar la lucidez a esa gente. Es nuestra misión
histórica, el objetivo de nuestra clase.
—Muy cierto —murmuró Sung-wu, antes de salir de la oficina y alejarse por el pasillo.
Mientras caminaba, acariciaba sus cuentas con agradecimiento. Rezó una oración
silenciosa mientras sus dedos recorrían la superficie de las diminutas píldoras rojas,
esferas brillantes que resplandecían como nuevas en lugar de las viejas: el regalo de los
tinkeristas. Las cuentas le resultarían muy útiles; cerró la mano sobre ellas. Durante los
siguientes ocho meses tenían que estar bien protegidas. Tendría que vigilarlas con suma
precaución, mientras exploraba las ruinas de las ciudades españolas..., hasta enfermar de
la epidemia.
Era el primer Bardo que llevaba un rosario de cápsulas de penicilina.
 
 
FIN

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