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AUTOR DE TIEMPOS PASADOS

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jueves, 31 de octubre de 2013

SPECIAL - PHILIP K. DICK - IMPOSTOR

IMPOSTOR
PHILIP K. DICK
—Un día de estos voy a tomarme unas vacaciones —dijo Spence Olham mientras desayunaba.
Miró a su esposa—. Creo que me merezco un descanso. Diez años es mucho tiempo.
—¿Y el proyecto?
—Ganarán la guerra sin mí. Nuestra querida bola de arcilla no corre tanto peligro. —Olham se
sentó a la mesa y encendió un cigarrillo—. Las máquinas de noticias alteran los reportajes para
hacernos creer que los alienígenas nos llevan la delantera. ¿Sabes lo que me gustaría hacer durante
las vacaciones? Me gustaría ir de campamento a las montañas que hay en las afueras de la ciudad,
donde fuimos aquella vez. ¿Te acuerdas? Me topé con un zumaque venenoso y tú casi pisas una
culebra.
—¿El bosque de Sutton? —Mary empezó a transportar los platos al fregadero—. El bosque se
quemó hace unas semanas. Pensé que lo sabías. Un incendio repentino.
Olham se entristeció.
—¿Ni siquiera intentaron averiguar la causa? —Frunció los labios—. Ya nadie se preocupa. Sólo
piensan en la guerra. —Tensó la  mandíbula, recordando todos los elementos de la situación: los
alienígenas, la guerra, las naves-aguja.
—¿Cómo se puede pensar en otra cosa?
Olham cabeceó. Su mujer tenía razón, por supuesto. Las pequeñas naves oscuras de Alfa Centauri
habían burlado a los cruceros terrícolas con suma facilidad; los habían dejado atrás como a tortugas
indefensas. Había sido un desfile triunfal, hasta llegar a la Tierra.
Un desfile triunfal, hasta que los laboratorios Westinghouse hicieron una demostración de la
burbuja protectora. La burbuja, que envolvió al principio las principales ciudades de la Tierra y
después todo el planeta, era la primera defensa real, la primera respuesta válida a los alienígenas...,
como las máquinas de noticias les habían bautizado.
Pero ganar la guerra era otra historia. Cada laboratorio, cada proyecto, trabajaban día y noche, sin
tregua, para encontrar algo más: un arma de ataque. Su propio proyecto, por ejemplo. Todo el día,
año tras año.
Olham se levantó y apagó el cigarrillo.
—Como la espada de Damocles. Siempre pendiente sobre nuestras cabezas. Me estoy cansando.
Lo único que quiero es tomarme un largo descanso, aunque imagino que todo el mundo piensa igual.
Sacó la chaqueta del armario y salió al porche delantero. El proyectil, el veloz y pequeño vehículo
que le llevaba al proyecto, pasaría en cualquier momento.
—Espero que Nelson no se retrase. —Consultó su reloj—. Son casi las siete.
—Aquí viene el coche —dijo Mary, señalando entre dos filas de casas.
El sol brillaba detrás de los tejados, reflejándose contra las pesadas planchas de plomo. El pueblo
estaba silencioso; muy poca gente se había levantado.
—Hasta luego. Procura no seguir trabajando después que haya terminado tu turno, Spence.
Olham abrió la puerta del coche y se deslizó en el interior; luego se reclinó con un suspiro contra
el asiento. Un hombre de edad avanzada acompañaba a Nelson.
—¿Y bien? —dijo Olham mientras el vehículo aceleraba—. ¿Te has enterado de alguna noticia
interesante?
—Lo de costumbre —respondió Nelson—. Algunas naves alienígenas alcanzadas, otro asteroide
abandonado por motivos estratégicos.
—Me alegraré cuando alcancemos la última fase del proyecto. No sé si atribuirlo a la propaganda
de las máquinas de noticias, pero desde hace un mes estoy muy cansado de todo esto. Todo es tan
sombrío y serio, tan carente de vida.
—¿Piensa que la guerra es inútil? —preguntó el anciano de repente—. Usted es una parte
importante de ella.
—Te presento al mayor Peters —dijo Nelson.
Olham y Peters se estrecharon las manos. Olham examinó al hombre.
—¿Qué le trae por aquí tan temprano? —preguntó—. No recuerdo haberle visto antes por el
proyecto.
—No, no trabajo en el proyecto, pero sé algo de lo que están haciendo. Mi tarea es muy diferente.
Nelson y él intercambiaron una mirada. Olham la observó y frunció el ceño. El vehículo aumentó
la velocidad y atravesó el terreno yermo y sin vida, en dirección a la silueta lejana del edificio que
albergaba el proyecto.
—¿En qué trabaja? —preguntó Olham—. ¿O no tiene permiso para hablar de ello?
—Trabajo para el gobierno —respondió Peters—. En la ASF, el órgano de seguridad.
—¿Sí? —Olham arqueó una ceja—. ¿Se han producido infiltraciones enemigas en esta región?
—En realidad, he venido a verle a usted, señor Olham.
Olham se quedó asombrado. Reflexionó sobre las palabras de Peters, pero no llegó a ninguna
conclusión.
—¿A verme a mí? ¿Por qué?
—He venido a detener a un espía alienígena. Por eso me he levantado tan temprano esta mañana.
Atrápele, Nelson...
La pistola se hundió en las costillas de Olham. Las manos de Nelson temblaban a causa de la
tensión liberada. Estaba pálido. Respiró profundamente y exhaló el aire.
—¿Le matamos ahora? —susurró a Peters—. Creo que deberíamos matarle ahora. No podemos
esperar.
Olham miró a su amigo. Abrió la boca para hablar, pero no consiguió articular ninguna palabra.
Los dos hombres le observaban fijamente, rígidos y aterrorizados. Olham se sintió mareado. La
cabeza le dolía y le daba vueltas.
—No entiendo —murmuró.
En aquel momento, el coche abandonó el suelo y voló hacia el espacio. El proyecto fue
empequeñeciendo hasta desaparecer. Olham cerró la boca.
—Esperemos un poco —dijo Peters—. Antes quiero hacerle algunas preguntas.
Olham mantenía la vista clavada en el frente, mientras el vehículo proseguía su viaje.
—La detención se llevó a cabo sin el menor problema —dijo Peters a la videopantalla.
Aparecieron las facciones del jefe de seguridad—. Todos nos hemos quitado un peso de encima.
—¿Alguna complicación?
—Ninguna. Entró en el coche sin sospechar. Mi presencia no le resultó excesivamente extraña.
—¿Dónde se encuentran ahora?
—En camino, dentro de la burbuja protectora. Nos desplazamos a la velocidad máxima. Dé por
hecho que el período crítico ya ha pasado. Me alegro que los motores de despegue del vehículo
hayan funcionado a la perfección. Si se hubiera producido algún fallo...
—Déjeme verle —dijo el jefe de seguridad. Contempló a Olham durante un rato. Éste se mantuvo
en silencio. Por fin, el jefe hizo una señal con la cabeza a Peters—. Muy bien. Es suficiente. —
Cierto desagrado se reflejó en sus facciones—. He visto todo cuanto quería. Han hecho algo que será
recordado durante mucho tiempo. Es posible que se les conceda una mención honorífica.
—No es necesario —dijo Peters.
—¿Hay algún peligro? ¿Existe alguna posibilidad que...?
—Alguna, pero no demasiadas. Según tengo entendido, basta con pronunciar una frase clave. En
cualquier caso, correremos el riesgo.
—Notificaré a la base lunar que están en camino.
—No. —Peters negó con la cabeza—. Aterrizaré fuera de la base. No quiero someterla a ningún
peligro.
—Como quiera.
Los ojos del jefe centellearon cuando miró de nuevo a Olham. Después, su imagen se desvaneció.
La pantalla se apagó.
Olham desvió la vista hacia la ventana. La nave ya estaba atravesando la burbuja protectora, sin
cesar de acelerar. Peters tenía prisa; bajo el suelo, los chorros de los motores estaban abiertos por
completo. Le tenían miedo, y por eso corrían a tal velocidad.
Nelson se removió a su lado, inquieto.
—Creo que deberíamos hacerlo ya —dijo—. Daría cualquier cosa con tal de terminar ahora
mismo.
—Tranquilo —dijo Peters—. Quiero que conduzca la nave durante un rato para que pueda hablar
con él.
Se sentó junto a Olham y le miró a la cara. Extendió la mano con cautela y le tocó el brazo, y
después la mejilla.
Olham calló. «Si pudiera informar a Mary —pensó—. Si encontrara una forma de decírselo...»
Miró a su alrededor. ¿Cómo? ¿Por la videopantalla? Nelson estaba sentado junto al tablero,
sujetando la pistola. No podía hacer nada. Estaba atrapado.
Pero, ¿por qué?
—Escuche —dijo Peters—, quiero hacerle algunas preguntas. Ya sabe adonde vamos. A la Luna.
Dentro de una hora aterrizaremos en su cara oculta. Después, le entregaremos de inmediato a un
equipo de hombres que le está esperando. Su cuerpo será destruido al instante. ¿Lo entiende? —
Consultó su reloj—. Dentro de dos horas, sus miembros yacerán esparcidos por el paisaje. No
quedará nada de usted.
Olham salió de su letargo.
—¿No puede decirme...?
—Claro que se lo diré —asintió Peters—. Hace dos días recibimos el informe que una nave
alienígena había penetrado la burbuja protectora. De la nave saltó un espía con forma de robot
humanoide. La misión del robot era destruir a un ser humano en particular y suplantarle.
Peters observó con calma a Olham.
—Dentro del robot había una bomba U. Nuestro agente no sabía cómo iba a detonar la bomba,
pero creía que sería mediante una frase, un grupo determinado de palabras. El robot viviría igual que
la persona a la que había asesinado, realizaría sus actividades habituales, su trabajo, su vida social.
Fue construido para parecerse a esa persona. Nadie notaría la diferencia.
Un enfermizo color yeso tiñó la cara de Olham.
—La persona que el robot debía suplantar era Spence Olham, un funcionario de alto nivel que
trabajaba en un proyecto de investigación. Dado que este proyecto en particular se acercaba a su fase
crucial, la presencia de una bomba viviente en el corazón del proyecto...
Olham se miró las manos.
—¡Pero si yo soy Olham!
—Una vez localizado y asesinado Olham, al robot no le costaría nada asumir su vida. Creemos
que el robot fue lanzado desde la nave hace unos ocho días. La sustitución debió llevarse a cabo el
pasado fin de semana, cuando Olham fue a pasear por las colinas.
—Pero yo soy Olham. —Se volvió hacia Nelson, que estaba sentado a los controles—. ¿No me
reconoces? Hace veinte años que somos amigos. ¿Ya no recuerdas que fuimos a la escuela juntos?
—Se levantó—. Y también fuimos juntos a la universidad. Compartimos la misma habitación.
—¡Aléjate de mí! —chilló Nelson.
—Escucha. ¿Te acuerdas del segundo curso? ¿Te acuerdas de aquella chica? ¿Cómo se
llamaba...? —Se frotó la frente—. La del cabello oscuro, la que conocimos en casa de Ted.
—¡Basta! —Nelson movió la pistola frenéticamente—. No quiero escuchar nada más. ¡Tú le
mataste! Tú..., máquina.
—Estás equivocado —dijo Olham a Nelson—. No sé lo que ha pasado, pero el robot no me atacó.
Algo debió salir mal. Quizá la nave se estrelló. —Se volvió hacia Peters—. Yo soy Olham. Lo sé.
No se ha producido ninguna sustitución. Soy el mismo de siempre.
Se tocó y recorrió su cuerpo con las manos.
—Tiene que haber alguna forma de demostrarlo. Llévenme de nuevo a la Tierra. Un examen de
rayos X o un estudio neurológico serán suficientes. Tal vez encontremos la nave estrellada.
Ni Peters ni Nelson hablaron.
—Soy Olham —repitió—. Sé que lo soy, pero no puedo demostrarlo.
—El robot ignoraría que no era el auténtico Spence Olham. Se transformaría en Olham en mente
y cuerpo. Se le proporcionó un sistema de memoria artificial, falsos recuerdos. Tendría su mismo
aspecto, sus recuerdos, sus pensamientos e intereses, realizaría su trabajo.
»Pero con una diferencia: dentro del robot hay una bomba U, lista para estallar en cuanto suene la
frase clave. —Peters se apartó un poco—. Ésa es la diferencia. Por eso le llevamos a la Luna. Le
desmembrarán y desactivarán la bomba. Tal vez estalle, pero no importa, siempre que lo haga allí.
Olham se sentó lentamente.
—Llegaremos en seguida —dijo Nelson.
Olham se reclinó en su asiento, devanándose los sesos, mientras la nave descendía poco a poco.
Bajo ellos se extendía la torturada superficie de la Luna, la interminable llanura sembrada de
cráteres. ¿Qué podía hacer? ¿Qué podía hacer para salvarse?
—Prepárese —dijo Peters.
Dentro de unos minutos estaría muerto. Divisó un punto diminuto, algún edificio. Había hombres
en el edificio, el equipo de demolición, aguardando el momento de cortarle en pedazos. Le abrirían
en canal, le arrancarían los brazos y las piernas, le destriparían. Se quedarían sorprendidos al no
encontrar la bomba; sabrían la verdad, pero demasiado tarde.
Olham examinó la pequeña cabina. Nelson seguía empuñando la pistola. No le concedería la
menor oportunidad. Si conseguía que un médico le examinara... Era la única solución. Mary podría
ayudarle. Su mente funcionaba a toda máquina. Le quedaban muy pocos minutos. Si pudiera
comunicarse con ella, informarla de alguna forma.
—Despacio —dijo Peters.
La nave descendió con lentitud, rebotando en el escabroso terreno. Se hizo el silencio.
—Escuche —dijo Olham, con voz ronca—, puedo demostrar que soy Spence Olham. Traiga a un
médico...
—Allí está el equipo —señaló Nelson—. Ya vienen. —Miró a Olham con nerviosismo—. Espero
que no ocurra nada.
—Nos iremos antes que empiecen a trabajar —dijo Peters—. Nos largaremos dentro de un
momento. —Se puso el traje presurizado. Cuando hubo terminado, le quitó la pistola a Nelson—.
Yo le vigilaré.
Nelson se puso a toda prisa el traje, maniobrando torpemente.
—¿Y él? —indicó a Olham—. ¿Necesita uno?
—No. —Peters negó con la cabeza—. Los robots no necesitan oxígeno.
El grupo de hombres había llegado casi a la nave. Se detuvo y esperó. Peters les hizo una señal.
—¡Adelante!
Agitó la mano y los hombres avanzaron. Figuras rígidas y grotescas, embutidas en sus trajes
inflados.
—Si abre esa puerta —dijo Olham—, significará mi muerte. Será un asesinato.
—Abra la puerta —dijo Nelson, extendiendo la mano hacia el pomo.
Olham le miró fijamente. Vio que la mano del hombre se cerraba alrededor de la vara metálica.
La puerta se abriría dentro de un segundo y el aire de la nave se escaparía. Moriría, y entonces
comprenderían su error. Quizá en otra época, cuando no hubiera guerra, los hombres no actuarían de
esta forma, arrojando a un individuo a la muerte porque estaban asustados. Todo el mundo estaba
asustado, todo el mundo deseaba sacrificar al individuo en aras del temor del grupo.
Le estaban asesinando porque no podían esperar a estar seguros de su culpabilidad. No tenían
tiempo.
Olham miró a Nelson, su amigo de tantos años. Habían ido juntos al colegio. Había sido su
padrino de boda. Ahora, Nelson se aprestaba a matarle. Pero Nelson no era malo; no era culpa suya.
Eran los tiempos. Quizá había sucedido lo mismo durante las plagas. Si a un hombre le salía una
mancha significaba la muerte inmediata, sin un momento de vacilación, sin prueba, basándose en
meras sospechas. En tiempos de peligro, era el único método.
No les culpaba, pero tenía que vivir. Su vida era demasiado preciosa para sacrificarla. Olham
pensó con rapidez. ¿Qué podía hacer? ¿Había alguna posibilidad? Miró a su alrededor.
—Voy a abrir —dijo Nelson.
—Tiene razón —dijo Olham. El sonido de su voz le sorprendió. Era la fuerza de la
desesperación—. No necesito aire. Abra la puerta.
Los dos hombres se inmovilizaron y le miraron, alarmados e intrigados al mismo tiempo.
—Adelante. Ábranla. Da igual. —La mano de Olham desapareció en el interior de su chaqueta—.
Me pregunto si corren con rapidez.
—¿Correr?
—Les quedan quince segundos de vida. —Sus dedos se crisparon dentro de su chaqueta y su
brazo se puso rígido de repente. Se relajó y sonrió—. Estaban equivocados en lo referente a la frase
clave. Quedan catorce segundos.
Dos rostros sobresaltados le miraron desde los trajes presurizados. Ambos se precipitaron hacia la
puerta y la abrieron. El aire huyó con un silbido hacia el vacío. Peters y Nelson salieron de la nave
como una flecha. Olham les siguió. Empujó la puerta y la cerró. El sistema de presurización
automático resopló con furia y renovó el aire. Olham dejó escapar un suspiro y se estremeció.
Un segundo más...
Vio por la ventana que los dos hombres se habían reunido con el grupo. Éste se dispersó en todas
direcciones. Uno a uno los hombres se fueron arrojando al suelo. Olham se sentó ante el cuadro de
mandos. Movió los cuadrantes. Cuando la nave despegó, los hombres se pusieron en pie y
levantaron la vista, boquiabiertos.
—Lo siento —murmuró Olham—, pero debo regresar a la Tierra.
Enfiló la nave por el camino de ida.
Era de noche. Los grillos cantaban alrededor de la nave, turbando las frías tinieblas. Olham se
inclinó sobre la pantalla. La imagen se formó poco a poco; había podido efectuar la llamada sin
problemas. Dejó escapar un suspiro de alivio.
—Mary —dijo.
La mujer le miró y tragó saliva.
—¡Spence! ¿Dónde estás? ¿Qué ha pasado?
—No puedo decírtelo. Escucha, debo hablar de prisa. Pueden interferir la llamada en cualquier
momento. Ve a las dependencias del proyecto y ponte en contacto con el doctor Chamberlain. Si no
está, habla con cualquier médico. Llévale a casa y dile que se espere. Dile que traiga aparatos, rayos
X, fluoroscopio, todo.
—Pero...
—Haz lo que te digo. Date prisa. Dile que esté preparado dentro de una hora. —Olham se inclinó
hacia la pantalla—. ¿Va todo bien? ¿Estás sola?
—¿Sola?
—¿Hay alguien contigo? ¿Te ha llamado Nelson..., o cualquier otra persona?
—No, Spence. No entiendo nada.
—Muy bien. Nos veremos en casa dentro de una hora. Y no se lo digas a nadie. Ve a ver a
Chamberlain con cualquier pretexto. Dile que estás muy enferma.
Cortó la comunicación y consultó su reloj. Un momento después abandonó la nave y se internó en
la oscuridad. Tenía que recorrer casi un kilómetro.
Empezó a caminar.
Se veía una luz en la ventana, la luz del estudio. La observó, arrodillado junto a la verja. Ni
ruidos ni movimientos. Alzó el reloj a la luz de las estrellas. Había pasado casi una hora.
Un vehículo apareció en la calle y pasó de largo.
Olham miró en dirección a la casa. El médico ya debería haber llegado. Seguramente, estaría
dentro, esperando con Mary. Se le ocurrió un pensamiento. ¿Habría podido Mary salir de casa? Tal
vez la habían interceptado. Tal vez se estaba metiendo en una trampa.
Pero, ¿qué otra cosa podía hacer?
Los informes, exámenes y placas radiográficas de un médico le darían una oportunidad de
demostrar su identidad. Si podía ser sometido a examen, si vivía lo suficiente para que le revisaran...
Lo demostraría de esa forma. Probablemente, era la única solución. Su única esperanza se hallaba
en su casa. El doctor Chamberlain era un hombre respetado. Era el médico del equipo que trabajaba
en el proyecto. Su palabra bastaría. Su dictamen daría al traste con la histeria y la locura.
Locura... Eso era. Si accedieran a esperar, a actuar con parsimonia, a tomarse su tiempo... Pero no
podían esperar. Él tenía que morir, morir cuanto antes, sin pruebas, sin juicios ni exámenes. La
prueba más simple lo demostraría, pero ni siquiera tenían tiempo que perder en la prueba más
simple. Sólo pensaban en el peligro. En el peligro, y en nada más.
Se irguió y avanzó hacia la casa. Llegó al porche. Se detuvo ante la puerta y escuchó. Ningún
ruido. La casa estaba en completo silencio.
Demasiado silencio.
Olham permaneció inmóvil en el porche. Los que se encontraban en el interior se esforzaban por
guardar el máximo silencio. ¿Por qué? Era una casa pequeña; a escasos metros de distancia, detrás
de la puerta, Mary y el doctor Chamberlain estarían esperando. Sin embargo, no oía nada, ni el
susurro de voces, nada en absoluto. Miró la puerta. Era la puerta que había abierto y cerrado miles de
veces, cada mañana y cada noche.
Apoyó la mano en el pomo, pero desistió y tocó el timbre. El timbre sonó en algún lugar de la
casa. Olham sonrió. Había captado movimientos.
Mary abrió la puerta. En cuanto Olham vio su cara lo comprendió.
Se lanzó corriendo hacia los arbustos. Un oficial de seguridad apartó a Mary de un empellón y
disparó. Los arbustos saltaron en pedazos. Olham se escurrió detrás de la casa. Se irguió de un salto
y huyó frenéticamente, hundiéndose en las tinieblas. Un foco alumbró de repente la zona.
Olham cruzó la carretera y saltó una valla. Atravesó un patio trasero. Oficiales de seguridad le
perseguían, intercambiando gritos. Olham jadeó, falto de aliento. Su respiración era muy agitada.
El rostro de Mary... Lo había adivinado al instante. Los labios apretados, los ojos afligidos y
aterrorizados. ¡Si llega a entrar...! Habían intervenido la llamada y salido hacia la casa en cuanto
colgó. Ella debió creer su historia. También pensaba que él era el robot, sin duda.
Olham continuó corriendo. Estaba dejando atrás a los oficiales. Por lo visto, su entrenamiento era
deficiente. Trepó a una colina y bajó por la otra ladera. En un instante llegaría a la nave, pero, ¿adón-
de iría esta vez? Aminoró el paso y se detuvo. Ya veía la nave, recortada contra el cielo, en el lugar
donde la había estacionado. El pueblo se hallaba a su espalda; él estaba en el yermo que separaba los
lugares habitados, donde empezaban los bosques y los eriales. Cruzó un campo estéril y se internó
entre los árboles.
La puerta de la nave se abrió mientras caminaba hacia ella.
Peters salió. Su silueta se recortó contra la luz. Portaba un pesado fusil Boris. Olham se quedó
inmóvil. Peters escudriñó la oscuridad.
—Sé que anda por ahí —dijo—. Acérquese, Olham. Los agentes de seguridad le tienen rodeado.
Olham no se movió.
—Escúcheme. No tardaremos mucho en capturarle. Por lo visto, todavía no cree que es un robot.
Su llamada a la mujer indica que aún se halla bajo el efecto de la ilusión creada por sus recuerdos ar-
tificiales.
»Pero es un robot. Usted es el robot, y en su interior se oculta la bomba. Alguien, usted mismo,
puede pronunciar en cualquier momento la frase que la haga detonar. Cuando eso ocurra, la bomba
sembrará la destrucción en un radio de varios kilómetros. El proyecto, la mujer, todos nosotros
moriremos. ¿Lo comprende?
Olham no dijo nada; se limitó a escuchar. Los hombres se deslizaban por el bosque, avanzando en
su dirección.
—Si no sale, le daremos caza. Es cuestión de tiempo. Hemos desechado la idea de trasladarle a la
base lunar. Será destruido en cuanto le veamos, y tendremos que correr el riesgo que la bomba
estalle. He ordenado que todos los oficiales de seguridad disponibles peinen la zona, centímetro a
centímetro. No puede escapar. Un cordón de hombres armados rodea el bosque. Le quedan unas seis
horas antes que el último centímetro sea registrado.
Olham se alejó. Peters siguió hablando; no le había visto. Estaba demasiado oscuro para ver a
nadie. No obstante, Peters tenía razón. No podía escapar. Había salido del pueblo y se encontraba en
las afueras, donde empezaban los bosques. Podía ocultarse un tiempo, pero terminarían por cazarle.
Era cuestión de tiempo.
Olham caminó en silencio por el bosque. Estaban examinando, estudiando, registrando y
peinando cada parte del condado, kilómetro tras kilómetro. El cordón se iba estrechando cada vez
más.
¿Qué podía hacer? Había perdido la nave, su única esperanza de escapar. Ocupaban su casa; su
mujer les apoyaba, creyendo, sin duda, que el auténtico Olham había sido asesinado. Apretó los pu-
ños. En algún lugar estaba la nave alienígena estrellada, y los restos del robot. En algún lugar
próximo, la nave se había destrozado. Y el robot yacía en su interior, destruido. Una débil esperanza
se agitó en su interior. ¿Y si encontraba los restos? Si pudiera enseñarles el lugar del siniestro, los
fragmentos carbonizados, el robot...
Pero, ¿dónde? ¿Dónde los iba a encontrar? Continuó andando, sumido en sus pensamientos. No
muy lejos, probablemente. La nave habría aterrizado cerca del proyecto; el robot habría recorrido el
resto del camino a pie. Ascendió la ladera de la colina y miró a su alrededor. Destrozada y quemada.
¿Alguna pista, algún indicio? ¿Había leído u oído algo? En algún lugar cercano, al que se podía
acceder a pie. Un lugar agreste, un punto distante, en el que no habría gente.
De pronto, Olham sonrió. Destrozada y quemada... El bosque de Sutton. Aceleró el paso.
Había amanecido. El sol se filtraba entre los árboles rotos e iluminaba al hombre agachado en el
límite del claro. Olham alzaba la vista de vez en cuando y escuchaba. No estaban lejos, sólo a unos
minutos de camino. Sonrió.
Ante él se extendía una masa retorcida de restos metálicos, diseminados por el claro y los tocones
carbonizados que habían sido el bosque de Sutton. Lo que quedaba de la nave brillaba tenuemente a
la luz del sol. No le costó mucho encontrarla. Conocía bien el bosque de Sutton; lo había recorrido
muchas veces, cuando era más joven. Había sabido dónde encontrar los restos. Había un pico que
sobresalía con brusquedad, sin previo aviso.
Una nave poco familiarizada con los bosques que pretendiera aterrizar chocaría con él casi con
toda seguridad. En aquel momento estaba contemplando los restos de la nave.
Olham se puso en pie. Ya les oía, a escasa distancia, avanzando en grupo y hablando en voz baja.
Una gran tensión se apoderó de él. Todo dependía de quién le viera primero. Si era Nelson, estaba
acabado. Nelson dispararía. Moriría antes que vieran la nave. Pero si tenía tiempo de dar la noticia,
retenerles unos segundos... Era todo lo que necesitaba. En cuanto vieran la nave, estaría salvado.
Pero si disparaban antes...
Una rama chamuscada crujió. Apareció una figura que avanzaba con cautela. Olham respiró
profundamente. Quedaban muy escasos segundos, tal vez los últimos de su vida. Levantó los brazos
y clavó la vista en el frente.
Era Peters.
—¡Peters! —Olham agitó los brazos. Peters alzó el fusil y apuntó—. ¡No dispare! —Su voz
temblaba—. Espere un momento. Observe el claro que hay detrás de mí.
—Le he encontrado —gritó Peters.
Los hombres de seguridad surgieron del bosque calcinado y le rodearon.
—No dispare. Mire detrás de mí. La nave, la nave-aguja. La nave alienígena. ¡Mire!
Peters vaciló. El fusil osciló.
—Está ahí —se apresuró a continuar Olham—. Sabía que la encontraría en este lugar. El bosque
quemado. Créame. Encontrará los restos del robot en la nave. ¿Quiere hacer el favor de mirar?
—Hay algo ahí abajo —dijo uno de los hombres, nervioso.
—¡Mátele! —gritó una voz. Era Nelson.
—Espere. —Peters se volvió con brusquedad—. Yo estoy al mando. Que nadie dispare. Tal vez
esté diciendo la verdad.
—Mátele —repitió Nelson—. Él liquidó a Olham. Puede matarnos en cualquier momento. Si la
bomba estalla...
—Cállese. —Peters avanzó hacia la pendiente y miró abajo—. Fíjese en eso. —Indicó a dos
hombres que se acercaran—. Bajen a ver qué es.
Los dos hombres bajaron la pendiente a toda prisa y atravesaron el claro. Se agacharon y
examinaron los restos de la nave.
—¿Y bien? —gritó Peters.
Olham contuvo el aliento. Sonrió levemente. Tenía que estar allí; no había tenido tiempo de
mirar, pero tenía que estar allí. Una duda le asaltó de repente. ¿Y si el robot hubiera sobrevivido y
escapado? ¿Y si su cuerpo se hubiera destruido por completo?
Se humedeció los labios. El sudor inundó su frente. Nelson le estaba mirando, lívido. Su
respiración se agitaba.
—Mátele —dijo Nelson—. Mátele, antes que él nos mate a nosotros.
Los dos hombres se irguieron.
—¿Qué han encontrado? —preguntó Peters. Sostenía el fusil sin vacilar—. ¿Hay algo ahí?
—Eso parece. Es una nave-aguja, desde luego. Hay algo al lado.
—Echaré un vistazo.
Peters pasó junto a Olham. Éste le vio bajar la colina y reunirse con los hombres. Los demás le
siguieron.
—Parece un cuerpo —dijo Peters—. ¡Fíjense!
Olham fue con ellos. Formaron un círculo de miradas ansiosas.
En el suelo, doblada y retorcida de una forma extraña, había una figura grotesca. Habría parecido
humana, de no ser por la manera en que estaba doblada, con los brazos y las piernas extendidos en
todas direcciones. Tenía la boca abierta y los ojos vidriosos.
—Como una máquina estropeada —murmuró Peters.
Olham sonrió débilmente.
—¿Y bien? —preguntó.
—No puedo creerlo —musitó Peters—. Nos dijo la verdad desde el primer momento.
—Nunca me encontré con el robot —dijo Olham. Sacó un cigarrillo y lo encendió—. Fue
destruido cuando la nave se estrelló. Ustedes estaban demasiado ocupados con la guerra para
preguntarse por qué un bosque se había quemado tan repentinamente. Ahora, ya saben la verdad.
Se quedó fumando y contemplando a los hombres. Estaban sacando la forma grotesca de la nave.
El cuerpo tenía los brazos y las piernas rígidos.
—Ahora encontrarán la bomba —dijo Olham.
Los hombres tendieron el cuerpo en el suelo. Peters se agachó.
—Creo que ya la veo.
Extendió la mano y tocó el cuerpo.
El torso del cadáver estaba abierto. En el interior, brillaba algo metálico. Los hombres
contemplaron el metal sin hablar.
—De haber vivido, esa caja de metal nos habría destruido —dijo Peters.
Todo el mundo guardaba silencio.
—Creo que le debemos algo —dijo Peters a Olham—. Ha vivido una auténtica pesadilla. Si no
hubiera escapado, le habríamos... —Se interrumpió.
Olham tiró el cigarrillo.
—Sabía que el robot no me había atacado, por supuesto, pero no podía demostrarlo. A veces, es
imposible demostrar algo en el acto. Ésa es la verdad. No podía demostrar de ningún modo que yo
era yo.
—¿Qué le parecen unas vacaciones? —preguntó Peters—. Creo que podremos conseguirle un
mes de vacaciones para que descanse y se relaje.
—De momento, quiero irme a casa —dijo Olham.
—De acuerdo, pues. Lo que usted diga.
Nelson se había acuclillado junto al cadáver. Extendió la mano hacia el objeto metálico que se
veía en el interior del pecho.
—No lo toques —le advirtió Olham—. Aún podría estallar. Será mejor que el equipo de
demolición se encargue de eso más tarde.
Nelson no dijo nada. De pronto, introdujo la mano en la caja torácica, agarró el objeto metálico y
tiró de él.
—¿Qué estás haciendo? —gritó Olham.
Nelson se puso en pie, sujetando el objeto. Estaba blanco de terror. Era un cuchillo de metal, un
cuchillo-aguja alienígena, cubierto de sangre.
—Le mataron con esto —susurró Nelson—. Mi amigo fue asesinado con esto. —Miró a Olham—
. Tú le mataste con esto y le abandonaste junto a la nave.
Olham estaba temblando. Sus dientes castañeteaban. Su mirada se desvió del cuchillo al cadáver.
—No puede ser Olham —dijo. Su mente giraba, todo daba vueltas en derredor suyo—. ¿Estaba
equivocado? Tragó saliva.
—Pero si ése es Olham, yo debo de ser...
No terminó la frase. El resplandor de la explosión pudo verse hasta en Alfa Centauri.
F I N


martes, 29 de octubre de 2013

SPECIAL - PHILIP K. DICK - MINORITY REPORT

MINORITY REPORT
I
El primer pensamiento que Anderton tuvo cuando vio al joven fue: Me estoy volviendo calvo. Calvo y gordo y viejo. Pero no lo dijo en voz alta. En cambio, empujó su silla hacia atrás, se levantó, caminó resueltamente alrededor de su escritorio con su mano derecha rígidamente extendida, y sonriendo con forzada amabilidad estrechó la del joven.
“¿Witwer?” preguntó, intentando que esta duda sonara divertida.
“Así es”, dijo el joven. “Pero para usted mi nombre es Ed, por supuesto. Esto es, si comparte mi disgusto por las formalidades.” La mirada de su rubio, excesivamente confiado rostro mostraba que consideraba el asunto resuelto. Serían Ed y John: Todo sería una agradable cooperación desde el principio.
“¿Ha tenido algún problema para encontrar el edificio?”, preguntó Anderton cautelosamente, ignorando el inicio demasiado amistoso. Buen dios, tenía que agarrarse a algo. Sintió miedo y comenzó a sudar. Witwer se estaba moviendo por la oficina como si ya fuera suya, como si estuviera tomando medidas. No podía esperar siquiera un par de días.
“Ningún problema,” respondió Witwer alegremente, las manos en los bolsillos. Con entusiasmo examinaba los voluminosos archivos que se alineaban en la pared. “No he venido ciego a su agencia, comprende. Tengo unas cuantas ideas acerca de cómo funciona Precrime”.
Precavido, Anderton encendió su pipa. “¿Cómo funciona?. Me gustaría saberlo.”
“No muy mal,” dijo Witwer. “De hecho, bastante bien.”
Anderton lo miró con firmeza. “¿Es esa su opinión personal, o es sólo lo que dice la gente?.”
Witwer enfrentó su mirada fija con tranquilidad. “Privada y pública. El Senado está contento con su trabajo. De hecho, están entusiasmados.” Y añadió, “Tan entusiasmados como los viejos pueden estarlo.”
Anderton se estremeció, pero por fuera permaneció impasible. Se esforzó para conseguirlo. Se preguntaba lo que Witwer pensaba verdaderamente. ¿Que ocurría en ese momento dentro de su cabeza?. Los ojos del joven eran azules, brillantes y perturbadoramente inteligentes. Witwer no era ningún loco, y obviamente tenía una gran ambición.
“Tal como yo lo entiendo,” dijo Anderton cautelosamente, “usted va a ser mi asistente hasta que me retire.”
“Así lo entiendo yo también,” replicó el otro sin un titubeo.
“Lo cual puede suceder este año, el próximo o dentro de diez.” La pipa tembló en la mano de Anderton. “No estoy obligado a retirarme. Yo fundé Precrime y puedo continuar aquí tanto tiempo como quiera. Es puramente mi decisión.”
Witwer asintió, su expresión todavía tranquila. “Por supuesto”
Con esfuerzo Anderton se tranquilizó un poco. “Simplemente quiero que las cosas queden claras.”
“Desde el principio;” añadió Witwer. “Usted es el jefe. Será como usted diga.” Tras esta muestra de sinceridad preguntó: “¿Le importaría enseñarme la organización?. Me gustaría familiarizarme con la rutina general tan pronto como sea posible.”
Cuando caminaban por los abarrotados, iluminados pisos de oficinas, Anderton dijo: “Usted esta al corriente de cómo funciona Precrime, por supuesto. Presumo que podemos dar eso por sentado.”
“Tengo la información públicamente disponible;” replicó Witwer. “Con la ayuda de mutantes precogs, usted ha suprimido audaz y exitosamente el sistema de castigo post-crimen de cárceles y penas. Como todos sabemos, el castigo nunca fue una forma de disuasión satisfactoria, y difícilmente podía proporcionar ayuda a una víctima ya muerta.”
Tomaron el ascensor y cuando descendían rápidamente, Anderton dijo: “Usted probablemente es consciente del inconveniente básico legal de la metodología del pre-crimen. Nosotros estamos deteniendo a individuos que no han quebrantado ninguna ley.”
“Pero ellos seguramente lo harán,” afirmó Witwer con convicción.
“Felizmente no, porque nosotros llegamos primero que ellos, antes de que puedan cometer un acto de violencia. De esta forma la perpetración del crimen mismo es absoluta metafísica. Nosotros pretendemos que son culpables. Ellos, por otro lado, proclaman su inocencia. Y, en un sentido, ellos son inocentes.”
Salieron del ascensor y caminaron de nuevo por un corredor iluminado. “En nuestra sociedad no tenemos crímenes mayores,” continuó Anderton, “pero tenemos un campo de detención lleno de posibles criminales.”
Las puertas se abrieron y cerraron y llegaron al ala de análisis. Delante de ellos bloques de equipo se elevaban impresionantes: el receptor de datos y la computadora que estudiaba y reestructuraba el material que entraba a cada momento. Y más allá de la maquinaria se sentaban los tres precogs, casi imposibles de ver entre el laberinto de cables.
“Allí están,” dijo Anderton secamente. “¿Qué piensa de ellos?.”
En la triste penumbra los tres idiotas sentados farfullaban. Cada palabra incoherente, cada sílaba sin sentido era analizada, comparada, reconvertida en forma de símbolos visuales, transcrita en tradicionales tarjetas perforadas y despedida a través de varias ranuras clave. A lo largo de todo el día los idiotas farfullaban, aprisionados en sus sillas especiales de respaldo alto, sostenidos en una rígida posición por bandas de metal, manojos de cables y abrazaderas. Sus necesidades físicas estaban cubiertas automáticamente. Ellos no tenían necesidades espirituales. Como vegetales murmuraban, dormitaban y existían. Sus mentes estaban apagadas, confundidas, perdidas en sombras.
Pero no en las sombras del presente. Las tres confusas, torpes criaturas con sus cabezas alargadas y cuerpos consumidos estaban contemplando el futuro. La maquinaria de análisis estaba grabando profecías. Mientras los tres precogs idiotas hablaban el mecanismo atentamente escuchaba.
Por primera vez la cara de Witwer perdió su exceso de confianza. Una turbada, desmayada expresión apareció en su mirada, una mezcla de vergüenza y shock moral. “No es....agradable,” murmuró. “No sabía que ellos eran tan....”. Buscaba en su mente la palabra adecuada, gesticulando. “Tan....deformes.”
“Deformes y retrasados,” convino Anderton instantáneamente. “Especialmente la chica, allí. Donna tiene cuarenta y cinco años, pero ella aparenta diez. El talento lo absorbe todo; el lóbulo especial consume el equilibrio del área frontal. Pero, qué nos importa eso. Nosotros conseguimos sus profecías, acceden a lo que necesitamos. Ellos no comprenden nada de lo que ven, pero nosotros sí.
Precavido, Witwer cruzó la habitación hasta la maquinaria. De una ranura recogió una pila de tarjetas.”¿Estos son nombres a estudiar que...?” , preguntó.
“Obviamente.”. Frunciendo el ceño, Anderton tomó el manojo de tarjetas. “Aún no he tenido oportunidad de examinarlas,” explicó, disimulando su disgusto con impaciencia.
Fascinado, Witwer vio como la maquina depositaba una nueva tarjeta en la ahora ranura vacía. A la que siguió una segunda....y una tercera. De los zumbantes discos salía una tarjeta tras otra. “Los pregogs deben ver bastante lejos en el futuro,” exclamó Witwer.
“Ellos ven un lapso muy limitado,” le informó Anderton. “Una semana o dos como máximo. Muchos de sus datos son inútiles para nosotros....simplemente no están relacionados con nuestra línea de trabajo. Nosotros los pasamos a las agencias apropiadas y ellas intercambian datos con nosotros. Cada agencia importante tiene su sótano con sus valiosos monos.”
“¿Monos?,” Witwer lo miró preocupadamente. “Oh, sí, comprendo. Ver, oír, etcetera. Muy divertido.”
“Muy acertado.” Automáticamente, Anderton recogió el nuevo manojo de tarjetas que había salido de la computadora. “Algunos de estos nombres serán totalmente descartados. Y muchos de los restantes registran delitos menores: robos, evasión de impuestos, asalto, extorsión. Estoy seguro de que usted lo sabe, Precrime ha hecho descender los delitos en un noventa y nueve coma ocho por ciento. Rara vez se comete un asesinato. Después de todo, el criminal sabe que lo confinaremos en un campo de detención una semana antes de que tenga una oportunidad de cometer su crimen.”
“¿Cuándo fue la última vez que se cometió un asesinato?” preguntó Witwer.
“Hace cinco años,” dijo Anderton, con orgullo en su voz.
“¿Cómo ocurrió?”
“El criminal escapó a nuestros equipos. Teníamos su nombre....de hecho, teníamos todos los detalles del crimen, incluyendo el nombre de la víctima. Sabíamos el momento exacto, la localización del planeado acto criminal. Pero a pesar de nosotros él fue capaz de llevarlo a cabo.” Anderton se encogió de hombros. “Después de todo, no podemos conseguir la efectividad absoluta.” Recogió más tarjetas. “Pero lo hacemos lo mejor posible.”
“Un asesinato en cinco años.” La confianza de Witwer había regresado. “Realmente un record impresionante....algo de lo que estar orgulloso.”
Con tranquilidad, Anderton dijo: “Estoy orgulloso. Hace treinta años yo elaboré la teoría....en el pasado, en los días en que los investigadores privados estaban pensando en términos de hacer rápidas visitas a los supermercados, yo vi algo que legitimaba el futuro....algo de tremendo valor social.”
Entregó el paquete de cartas a Wally Page, su subordinado a cargo del bloque de monos. “Mira cuales nos interesan,” le dijo. “Usa tu propio juicio.”
Cuando Page desapareció con las tarjetas, Witwer dijo pensativamente:”Esa es una gran responsabilidad.”
“Sí, lo es,” convino Anderton. “Si dejamos un criminal escapar, como hicimos hace cinco años, tenemos una vida humana sobre nuestra conciencia. Somos los únicos responsables. Si fallamos, alguien muere.” Amargamente, extrajo tres nuevas tarjetas de la ranura. “Esa es una creencia pública.”
“¿Ha estado tentado alguna vez de.....” Witwer titubeó. “Quiero decir, alguno de los hombres que usted detiene deben intentar sobornarle.”
“Eso no sería muy inteligente. Un duplicado de las tarjetas es enviado al Ejército GHQ. Allí son comprobadas y estudiadas. Ellos pueden tenernos bajo vigilancia tan continuamente como deseen.” Anderton echó una ojeada brevemente a la carta superior. “Así que incluso si queremos aceptar un....”
Anderton se detuvo bruscamente apretando sus labios.
“¿Qué ocurre?” preguntó Witwer con curiosidad.
Cuidadosamente, Anderton cogió la carta superior y la metió en su bolsillo. “Nada,” murmuró. “Nada de nada.”
El malhumor en su voz hizo que la cara de Witwer enrojeciera. “Me parece que usted no está bien,” observó.
“Verdad,” admitió Anderton. “No lo estoy, pero...”
No podía creer que sintiera tanta aversión hacia el joven. Eso no parecía posible: no era posible. Algo estaba equivocado. Aturdido, trató de calmar sus confusos pensamientos.
Sobre la tarjeta estaba su nombre. Línea uno: acusado de un futuro asesinato. De acuerdo a la perforación codificada, el Comisario de Precrime John A. Anderton iba a matar a un hombre la semana siguiente.
Con absoluta, aplastante convicción, él no creía eso.
II
En la oficina exterior, hablando con Page, se encontraba la delgada y atractiva joven esposa de Anderton, Lisa. Ella estaba envuelta en una aguda, animada discusión de policía, y echó un escueto vistazo cuando Witwer y su marido entraron.
“Hola, cariño,” dijo Anderton.
Witwer permaneció en silencio, pero sus ojos claros estudiaron descaradamente cuanto quisieron a la mujer de cabello castaño en su ajustado uniforme de policía. Lisa era ahora un oficial ejecutiva de Precrime pero una vez, como Witwer sabía, había sido la secretaria de Anderton.
Percibiendo el interés en la cara de Witwer, Anderton se detuvo y reflexionó. Colocar una tarjeta en las maquinas requeriría un cómplice en el interior, alguien muy cercano conectado con Precrime y que tuviera acceso al equipo de análisis. Lisa era un elemento improbable, pero la posibilidad existía.
Por supuesto, la conspiración podría ser elaborada y a gran escala, significando bastante más que una simple carta “trucada” insertada en alguna parte de la línea. El dato original mismo podía haber sido alterado. En ese momento, era incapaz de deducir hasta donde había llegado la manipulación. Sintió un miedo frío y comenzó a ver las posibilidades. Su impulso original, hacer pedazos las maquinas y borrar todos los datos, era inútilmente primitivo. Probablemente las cintas coincidirían con las tarjetas: sólo conseguiría incriminarse aún más.
Tenía aproximadamente veinticuatro horas. Entonces, la gente del Ejercito comprobaría sus propias tarjetas y descubriría la discrepancia. Ellos encontrarían en sus expedientes un duplicado de la tarjeta que él se había apropiado. El tenía solamente una de las dos copias, lo cual quería decir que una tarjeta como la guardada en su bolsillo podía estar ahora sobre el escritorio de Page a la vista de todo el mundo.
Desde el exterior del edificio le llegó el zumbido de los coches de policía comenzando su rutina de rondas. ¿Cuántas horas pasarían ante de que uno de ellos se detuviera frente a su casa?.
“¿Qué pasa, cariño?” preguntó Lisa inquieta. “Miras como si acabaras de ver un fantasma. ¿Estás bien?”.
“Estoy bien,” le aseguró él.
De repente, Lisa pareció darse cuenta del admirativo escrutinio de Ed Witwer. “¿Es este caballero tu nuevo ayudante, cariño?” preguntó.
Con cautela, Anderton presentó a su nuevo asociado. Lisa sonrió amistosamente a modo de saludo. ¿Había alguna información secreta compartida entre ellos?. El no podía decirlo. Dios, estaba comenzando a sospechar de todo el mundo, no solamente de su esposa y Witwer, sino también de una docena de miembros de su equipo.
“¿Eres de New York,? preguntó Lisa.
“No,” replicó Witwer. “He pasado la mayor parte de mi vida en Chicago. Me hospedo en un hotel, uno de los grandes hoteles del centro. Espera, tengo la dirección escrita en una tarjeta en alguna parte.”
Mientras buscaba exhaustivamente en sus bolsillos, Lisa sugirió: “Quizás te gustaría cenar con nosotros. Trabajaremos en estrecha colaboración y pienso realmente que deberíamos conocernos mejor.”
Alarmado, Anderton retrocedió. ¿Cuántas eran las posibilidades de que la simpatía de su esposa no fuera premeditada, accidental?. Witwer estaría presente en el balance de la tarde, y tendría ahora una excusa para husmear en la residencia privada de Anderton.
Profundamente preocupado, se giró impulsivamente y fue hacia la puerta.
“¿Dónde vas,?” preguntó Lisa asombrada.
“Regreso al bloque de los monos,” le dijo. “Quiero comprobar algunas cintas de datos confusos antes de que el Ejercito las vea.” Y antes de que ella pudiera pensar una razón plausible para detenerlo él ya estaba en el corredor.
Rápidamente recorrió la rampa hasta el final. Bajaba a zancadas las escaleras que llevaban al exterior, hacia la vía pública cuando Lisa apareció sin resuello detrás de él.
“¿Qué te ha ocurrido?” Sujetando su brazo ella se puso rápidamente frente a él. “Sabía que te marchabas,” exclamó, bloqueando su camino. “¿Qué pasa contigo? Todo el mundo piensa que eres...” Ella buscó la palabra. “Quiero decir, estás actuando tan erráticamente.”
La gente pasaba al lado de ellos, la habitual muchedumbre de la tarde. Ignorándolos, Anderton desprendió los dedos de su esposa de su brazo. “Me voy,” le dijo. “Mientras todavía hay tiempo.”
“Pero...¿por qué?.”
“Estoy siendo incriminado....deliberada y maliciosamente. Esta criatura ha venido para conseguir mi puesto. El Senado va a conseguirlo a través de él.”
Lisa lo miró fijamente, perpleja. “Pero él parece un joven agradable.”
“Agradable como un mocasín para el agua.”
La consternación de Lisa se volvió incredulidad. “No lo creo. Cariño, toda esta tensión que has soportado...” Sonrió inciertamente, vaciló. “No es de verdad creíble que Ed Witwer esté tratando de sustituirte. ¿Cómo podría hacerlo, incluso si quisiera?. Seguramente Ed no...”
“¿Ed?”
“¿Ese es su nombre, no?
Sus ojos marrones brillaron asustados en una violenta, incrédula protesta. “Buen Dios, estás sospechando de todo el mundo. Ahora mismo crees que yo estoy mezclada de alguna forma, ¿no es cierto?.”
El consideró la respuesta: “No estoy seguro”
Ella se acercó más a él, con ojos acusadores. “Eso no es verdad. Tú realmente lo crees. Quizás deberías dejarlo unas pocas semanas. Necesitas con urgencia un descanso. Toda esta tensión y trauma por un joven que acaba de llegar. Estás actuando como un paranoico, ¿no puedes verlo?. La gente conspirando contra ti. Dime, ¿tienes alguna prueba de eso?.”
Anderton sacó su cartera y cogió la tarjeta guardada. “Examina esto cuidadosamente,”dijo, tendiéndosela.
El color desapareció de su cara y dio un pequeño grito sofocado.
“El juego es bastante obvio,” le dijo Anderton tan calmadamente como pudo. “Esto dará a Witwer un pretexto legal para destituirme ahora mismo. No quiere tener que
esperar hasta que yo me jubile.” Sombríamente añadió:”Ellos saben que soy eficiente todavía durante unos cuantos años.”
“Pero...”
“Será el fin del sistema de comprobación y balance. Precrime no será durante mucho tiempo una agencia independiente. El Senado controlará la policía, y después de eso...” Sus labios se tensaron. “Ellos absorberán también el Ejercito. Bien, es bastante lógico desde fuera. Por supuesto siento hostilidad y resentimiento hacia Witwer.....por supuesto tengo un motivo. A nadie le gusta ser reemplazado por un hombre más joven, y encontrarse de pronto sin nada. Todo es bastante plausible....excepto que no tengo la más remota intención de asesinar a Witwer. Pero no puedo probarlo así que, ¿qué puedo hacer?.”
En silencio, con la cara muy blanca, Lisa movió la cabeza consternada. “Yo....yo no sé. Cariño, si solamente.....”
“Ahora mismo,” dijo Anderton abruptamente, “me voy a casa a empaquetar mis cosas. Y desde allí a tan lejos como pueda llegar.”
“¿De verdad vas a.....tratar de esconderte en el exterior?”
“Así es. Si es necesario, tan lejos como en los planetas colonia de Centauro. Lo he hecho con éxito antes y tengo veinticuatro horas de margen.” Se giró resueltamente. “Regresa dentro. No tiene sentido que vengas conmigo.”
“¿Imaginas que querría?” preguntó Lisa roncamente.
Sobrecogido, Anderton la miró fijamente. “¿No querrías?” Entonces con asombro, murmuró: “No, puedo ver que no me crees. Todavía piensas que estoy imaginando todo esto.” Clavó los dedos con fuerza en la tarjeta. “Incluso con esta evidencia todavía no estás convencida.”
“No,” convino Lisa rápidamente, “no lo estoy. Tú no has mirado suficiente atentamente, cariño. El nombre de Ed Witwer no aparece ahí.”
Incrédulo, Anderton tomó la tarjeta de su mano.
“Nadie dice que vas a matar a Ed Witwer,” continuó Lisa rápidamente en voz baja, quebradiza. “La tarjeta debe ser auténtica, ¿comprendes?. Y no tiene nada que ver con Ed. El no está conspirando contra ti, y tampoco nadie lo hace.”
Demasiado confundido para replicar Anderton se quedó de pie estudiando la tarjeta. Ella estaba en lo cierto. Ed Witwer no estaba listado como su víctima. En la línea cinco, la máquina había claramente escrito otro nombre.
LEOPOLD KAPLAN
Aturdido, guardó la tarjeta en su bolsillo. No había oído hablar de ese hombre en su vida.
III
La casa estaba tranquila y desierta, y casi inmediatamente Anderton comenzó a hacer los preparativos para su viaje. Mientras empaquetaba, frenéticos pensamientos cruzaban por su mente.
Posiblemente estaba equivocado acerca de Witwer, pero, ¿cómo podía él estar seguro?. En cualquier caso, la conspiración contra él era bastante más compleja de lo que había imaginado. Witwer, en el conjunto de la trama, podía ser meramente un insignificante muñeco animado por alguien más....por alguna distante, indistinta figura sólo vagamente visible en las sombras.
Había sido un error mostrar la tarjeta a Lisa. Indudablemente ella se lo contaría con todo detalle a Witwer. El nunca conseguiría abandonar la Tierra, nunca tendría una oportunidad
Mientras estaba de este modo preocupado, una tabla crujió detrás de él. Se giró desde la cama, cogiendo una chaqueta deportiva de invierno, para enfrentar el cañón azulgrisaceo de una pistola-A.
“No ha tardado mucho,” dijo mirando fijamente con amargura en los labios apretados al hombre de abrigo marrón que estaba de pie sujetando la pistola en su mano enguantada. “¿Ella ni siquiera dudó?”
La cara del intruso no dio ninguna respuesta. “No sé de qué está hablando,” dijo. “Venga conmigo.”
Tomado por sorpresa, Anderton dejó caer la chaqueta deportiva. “¿No es de mi agencia?. ¿No es oficial de policía?”
Protestando y asombrado fue empujado fuera de la casa donde esperaba una limusina. Instantáneamente tres corpulentos hombres armados lo rodearon. La puerta se cerró de golpe y el coche enfiló hacia la autopista, lejos de la ciudad. Impasibles y distantes, las caras a su alrededor se sacudían con el movimiento de la velocidad del vehículo por los campos abiertos, oscuros y sombríos por donde circulaba majestuosamente.
Anderton estaba tratando futilmente de comprender las implicaciones de lo que estaba ocurriendo, cuando el coche se situó a un lado de la carretera, se desvió y descendió hacia un oscuro garaje subterráneo. Alguien gritó una orden. La pesada puerta de metal chirrió al cerrarse y sobre sus cabezas parpadearon las luces. El conductor apagó el motor del coche.
“Tendréis razones para lamentar esto,” advirtió Anderton roncamente cuando lo arrastraron fuera del coche. “¿Sabéis quién soy yo?”
“Lo sabemos,” dijo el hombre del abrigo marrón.
A punta de pistola Anderton subió las escaleras, desde el frío y húmedo silencio del garaje hasta un bien alfombrado vestíbulo. Se encontraba, aparentemente, en una lujosa residencia privada fuera del área rural devorada por la guerra. Al final del vestíbulo podía distinguir una habitación, un estudio simple pero amueblado con buen gusto. En un círculo de luz, su rostro parcialmente en sombras, un hombre que él nunca había visto estaba sentado esperándole.
Mientras Anderton se aproximaba, el hombre se colocó un par de gafas, cerró el cajón de golpe y humedeció sus labios secos. Era mayor, quizás setenta años o mas viejo, y bajo su brazo tenía un delgado bastón de plata. Su cuerpo era flaco, enjuto, su postura curiosamente rígida. Los pocos cabellos que le quedaban eran de un polvoriento marrón, color neutral encima de su pálido, huesudo cráneo. Solamente sus ojos parecían realmente alertas.
“¿Es éste Anderton?” inquirió quejumbrosamente dirigiéndose al hombre del abrigo marrón. “¿Dónde lo encontrasteis?”
“En su casa,” replicó el otro. “Estaba haciendo el equipaje, como esperábamos”
El hombre del escritorio se estremeció visiblemente. “Haciendo el equipaje”. Se quitó sus gafas y espasmódicamente las devolvió a su caja. “Míreme,” dijo bruscamente a Anderton. “¿Qué ocurre con usted? ¿Es un demente desesperado?¿Cómo podría matar a un hombre que nunca ha conocido?”
El viejo, comprendió Anderton de repente, era Leopold Kaplan.
“Primero le haré una pregunta,” contraatacó Anderton rápidamente. “¿Sabe lo que ha hecho?. Soy Comisario de Policía. Puedo hacer que lo condenen a veinte años.”
Iba a decir algo más, pero una comprensión repentina lo detuvo en seco.
“¿Cómo lo ha sabido?” preguntó. Involuntariamente, su mano fue a su bolsillo donde la tarjeta estaba oculta. “Eso no puede ser de otro modo que......”
“No he sido informado a través de su agencia,” le interrumpió Kaplan con enfado creciente. “El hecho de que usted nunca haya oído hablar de mí no me sorprende demasiado. Leopold Kaplan, General del Army Federated Westbloc Alliance.” Con tono dolido, añadió. “Retirado, desde el final de la guerra Anglo-china, y la abolición del AFWA.”
Eso tenía sentido. Anderton había sospechado que el Ejercito procesaba duplicados de las tarjetas inmediatamente, para su propia protección. Algo relajado, preguntó: “¿Y bien?. Ya me tiene aquí. ¿Qué es lo siguiente?.”
“Evidentemente,” dijo Kaplan, “no voy a tener que destruirle, o eso habría aparecido en una de esas miserables pequeñas tarjetas. Siento curiosidad acerca de usted. Me parece increíble que un hombre de su posición pudiera contemplar el asesinato a sangre fría de un total extraño. Debe de haber algo más aquí. Francamente, estoy confundido. Si eso representa algún tipo de estrategia de la Policía...” Encogió sus delgados hombros. “Seguramente usted no hubiera permitido que la tarjeta duplicada llegara a nosotros.”
“A menos que,” sugirió uno de los hombres, “sea un plan deliberado.”
Kaplan levantó sus ojos claros, como los de un pájaro, y escrutó a Anderton. “¿Qué tiene usted que decir?”
“Eso es exactamente lo que es,” dijo Anderton, viendo con rapidez la ventaja de afirmar lo que el creía era la simple verdad. “La predicción de la tarjeta ha sido fabricada deliberadamente por un cómplice dentro de la agencia de policía. La tarjeta es preparada y yo soy atrapado. Soy relevado de mi autoridad automáticamente. Mi asistente da un paso adelante y reivindica que él ha prevenido el crimen con la habitual eficiencia de los métodos de Precrime. Es innecesario decir que no hay ningún asesinato o intención de cometerlo.”
“Estoy de acuerdo con usted en que no habrá ningún asesinato,” afirmó Kaplan sombríamente. “Usted pasará a custodia de la policía. Tengo intención de asegurarme de eso.”
Horrorizado, Anderton protestó. “¿Me va a llevar de vuelta allí? Si estoy detenido nunca seré capaz de probar...”
“Me da igual lo que usted pruebe o no pruebe,” le interrumpió Kaplan. “Todo lo que me interesa es tenerle fuera de circulación.” Fríamente añadió: “Para mi propia protección.”
“Se estaba preparando para marcharse,” afirmó uno de los hombres.
“Eso es verdad,” dijo Anderton sudando. “Tan pronto como ellos me atrapen seré confinado en el campo de detención. Witwer se quedará con todo.” Su cara se oscureció. “Y mi esposa. Ellos están actuando de acuerdo, aparentemente.”
Por un momento Kaplan pareció flaquear. “Es posible,” concedió, mirando fijamente a Anderton. Entonces negó con la cabeza. “No puedo tentar la suerte. Si esto es una conspiración contra usted, lo siento. Pero simplemente no es asunto mío.” Sonrió ligeramente. “Sin embargo, le deseo suerte.” A sus hombres les ordenó: “Llevadlo al edificio de la policía y devolvedlo a las más altas autoridades.” Mencionó el nombre del actual comisario y esperó la reacción de Anderton.
“Witwer,” repitió Anderton incrédulo.
Todavía sonriendo ligeramente, Kaplan se giró y encendió la radio de su estudio. “Witwer ha asumido ya la autoridad. Obviamente, él va a sacar bastante de un asunto como éste.”
Hubo un breve zumbido de estática y, entonces, abruptamente la radio resonó en la habitación, una voz profesional leyendo un comunicado.
“.....todos los ciudadanos están advertidos de no dar refugio o cualquier clase de ayuda o asistencia a este peligroso individuo marginal. La extraordinaria circunstancia de un criminal huido en libertad y en disposición de cometer un acto de violencia es única en los tiempos modernos. Por la presente, todos los ciudadanos son notificados de que los estatutos legales todavía en vigor obligan a todas las personas a cooperar completamente con la policía en su tarea de detener a John Allison Anderton. Repetimos: La Agencia Precrime del Gobierno Federal del Bloque Oeste está en proceso de localizar y neutralizar al antiguo Comisario, John Allison Anderton quien, gracias al sistema de prevención del crimen, es por la presente declarado un asesino potencial y como tal pierde sus derechos a la libertad y a todos sus privilegios.”
“No ha tardado mucho,” murmuró Anderton espantado. Kaplan apagó la radio y la voz se desvaneció.
“Lisa debe haber ido directamente a Witwer,” especuló Anderton amargamente.
“¿Por qué debería esperar él?” preguntó Kaplan. “Sus intenciones son claras”.
Despidió con la cabeza a sus hombres. “Llevadlo a la ciudad. Me siento intranquilo teniéndolo tan cerca. A ese respecto estoy de acuerdo con el Comisario Witwer. Lo quiero neutralizado tan pronto como sea posible.”
IV
Fría, fina lluvia golpeaba contra el pavimento mientras el coche se desplazaba por las oscuras calles de New York City hacia el edificio de la policía.
“Mírelo desde su posición,” dijo uno de los hombres a Anderton. “Si estuviera en su lugar habría actuado también con decisión.”
Hosco y resentido, Anderton miraba fijamente hacia delante.
“De cualquier modo,” continuó el hombre, “es sólo uno de muchos. Miles de personas han ido al campo de detención.”
“Este Witwer parece saber como aprovechar una oportunidad,” observó uno de los hombres en tono casual. “¿Llegó a conocerle?”.
“Brevemente,” respondió Anderton.
“El buscaba su puesto, y se la ha jugado. ¿Está seguro de ello?.”
Anderton hizo una mueca. “¿Importa eso?”.
“Era sólo curiosidad.” El hombre lo miró lánguidamente. “Así que usted es el ex Comisario de Policía. La gente del campo estará contenta de verle llegar. Ellos le recordarán.”
“Sin duda,” estuvo de acuerdo Anderton.
“Witwer no ha perdido el tiempo. Kaplan es afortunado con un oficial como ese al cargo.” El hombre miró a Anderton casi compadeciéndole. “Está realmente convencido de que es un complot, ¿eh?”.
“Por supuesto”
“¿Así que no tocaría ni un pelo de la cabeza de Kaplan? ¿Por primera vez en la historia Precrime se equivoca?. Un hombre inocente es incriminado por una de esas tarjetas. Tal vez lo haya sido otra gente inocente, ¿verdad?.”
“Es bastante posible,” admitió Anderton indiferente.
“Quizás el sistema entero se venga abajo. Seguro, usted no va a cometer ningún asesinato, y probablemente ninguno de ellos iba a hacerlo. ¿Es eso por lo que le dijo a Kaplan que quería mantenerse alejado? ¿Esperaba probar que el sistema está equivocado? Yo tengo una mente abierta, si quiere podemos hablar de ello.”
Otro hombre se inclinó hacia él y preguntó, “Sólo entre nosotros dos, ¿hay realmente algo en que fundamentar este complot? ¿Está de verdad siendo incriminado?.”
Anderton suspiró. En este punto él mismo no estaba seguro. Quizás estaba atrapado en un bucle temporal sin sentido, sin principio ni fin. De hecho, ya casi estaba a punto de convencerse de que era la víctima de una agotadora, neurótica fantasía engendrada por su inseguridad creciente. Un enorme cansancio se apoderaba de él. Estaba luchando contra lo imposible, y todas los indicios le señalaban a él.
El agudo chirrido de los neumáticos le sacó de sus cavilaciones. Frenéticamente, el conductor luchaba por controlar el coche tirando del volante y pisando los frenos, cuando un gigantesco camión de pan surgió de la niebla rodando directamente hacia ellos. Si en lugar de eso hubiera acelerado, podría haber salvado la situación. Pero comprendió su error demasiado tarde. El coche patinó, dio varias sacudidas, vaciló y entonces se estrelló de cabeza contra el camión del pan.
Bajo Anderton el asiento se elevó y lo arrojó de cara contra la puerta. Dolor, repentino, intolerable pareció estallar en su cerebro mientras yacía jadeando y tratando débilmente arrastrarse de rodillas. En alguna parte el crepitar del fuego resonaba lúgubremente, una mancha de sibilante brillo parpadeando entre los remolinos de humo que salían de la retorcida masa del coche.
Unas manos desde fuera del coche llegaron hasta él. Lentamente se dio cuenta de que estaba siendo arrastrado a través del hueco donde había estado la puerta. Un pesado asiento fue empujado bruscamente a un lado y de pronto se encontró sobre sus pies, apoyándose pesadamente contra una forma oscura y siendo guiado a las sombras de una callejuela a corta distancia del coche.
En la distancia, las sirenas de la policía aullaban.
“Vivirá,” murmuró una voz en sus oídos, baja y urgente. Era una voz que nunca había oído antes, tan desconocida y dura como la lluvia golpeando en su cara. “¿Puede oír lo que estoy diciendo?”
“Sí,” asintió Anderton. Recompuso como pudo la manga rasgada de su camisa. Un corte sobre su mejilla estaba comenzando a latir. Confundido, trató de orientarse. “Usted no es...”
“Deje de hablar y escuche.” El hombre era grande, casi gordo. Ahora sus grandes manos ayudaron a Anderton a apoyarse contra el mojado muro de ladrillos del edificio, lejos de la lluvia y la parpadeante luz del coche ardiendo. “Tuvimos que hacerlo de este modo,” dijo. “Era la única alternativa. No teníamos mucho tiempo. Pensábamos que Kaplan lo retendría en su casa algo más.”
“¿Quién es usted?” preguntó Anderton.
El rostro mojado por la lluvia se deformó con una sonrisa falta de humor. “Mi nombre es Flemming. Me volverá a ver. Tenemos alrededor de cinco segundos antes de que la policía llegue aquí. Entonces estaremos de vuelta donde empezamos.” Un paquete liso pasó a las manos de Anderton. “Esta es ayuda suficiente para mantenerle oculto. Ahí dentro hay un juego completo de identificación. Contactaremos con usted de vez en cuando.” Su sonrisa creció y se convirtió en una risa nerviosa. “Hasta que haya probado su inocencia.”
Anderton parpadeó. “¿Se trata de una conspiración, entonces?”
“Por supuesto,” aseguró bruscamente el hombre.
“Yo pensaba....” Anderton tenía dificultades para hablar, uno de sus dientes frontales parecía estar suelto. “Hostilidad hacia Witwer....sustituido, mi esposa y un joven, natural resentimiento...”
“No bromee consigo mismo,” dijo el otro. “Usted sabe más que eso. El asunto entero ha sido cuidadosamente preparado. Tenían cada fase de él bajo control. La tarjeta estaba
preparada para salir el día que Witwer apareció. Ya han conseguido la primera parte de sus objetivos. Witwer es Comisario y usted un criminal buscado.”
“¿Quién está detrás de esto?”
“Su esposa.”
Anderton movió la cabeza. “¿Está seguro?”
El hombre rió. “Puede apostar su vida.” Echó una ojeada rápida a su alrededor. “Aquí viene la policía. Baje por esta calle, coja un autobús, diríjase a la zona de chabolas, alquile una habitación y compre un montón de revistas para mantenerse ocupado. Consiga otras ropas.....es suficiente inteligente para cuidar de sí mismo. No trate de abandonar la Tierra. Ellos tienen todos los transportes intersistema bajo vigilancia. Si puede mantenerse escondido los próximos siete días, lo conseguirá.”
“¿Quién es usted?” preguntó Anderton,
Flemming se alejó de él y, cautelosamente, se acercó a la entrada de la callejuela y escudriñó fuera. El primer coche de policía había aparecido sobre el pavimento mojado. Con el motor ronroneando suavemente, se deslizaba con recelo hacia la ruina en llamas que había sido el coche de Kaplan. Dentro de los restos, los hombres se movían débilmente comenzando a arrastrarse dolorosamente a través de la maraña de acero y plástico hacia la lluvia fría.
“Considérenos una sociedad protectora,” dijo Flemming suavemente, su rechoncha cara inexpresiva brillando con la humedad. “Una especie de fuerza de policía que vigila a la policía. Para asegurarse de,” añadió, “que todo queda en equilibrio.”
Su gruesa mano salió disparada. Trastabillando, Anderton fue empujado lejos de él, medio cayendo en las sombras y escombros mojados esparcidos por la callejuela.
“Márchese,” le dijo Fleming bruscamente. “Y no tire ese paquete.” Cuando Anderton caminaba titubeante hacia el final de la callejuela, las últimas palabras del hombre llegaron hasta él. “Estúdielo atentamente y puede que sobreviva.”
V
Las tarjetas de identificación lo describían como Ernest Temple, un electricista desempleado que percibía un subsidio semanal del Estado de New York, con una esposa y cuatro niños en Búfalo y menos de cien dólares en su cuenta. Una tarjeta verde manchada de sudor le daba permiso para viajar y no mantener una dirección fija. Un hombre que buscaba trabajo necesitaba viajar. Y podía tener que recorrer un largo camino.
Mientras cruzaba la ciudad en un autobús casi vacío, Anderton estudió la descripción de Ernest Temple. Por el trabajo que se habían tomado, obviamente, las tarjetas habían sido preparadas teniéndolo a él en mente. Después se preguntó por las huellas dactilares y el patrón de onda cerebral. Posiblemente no podrían soportar una comparación. El paquete de tarjetas le permitía pasar solamente los más superficiales exámenes.
Pero ya era algo. Y con las tarjetas de identidad venían diez mil dólares en billetes. Guardó el dinero y las tarjetas, y entonces volvió su atención al mensaje nítidamente escrito a maquina que ellos habían adjuntado.
En un principio no podía encontrarle sentido. Durante un largo rato lo estudió, perplejo.
La existencia de una mayoría lógicamente implica
una correspondiente minoría
El autobús había entrado en la enorme zona de chabolas, millas desoladas de hoteles baratos y casas desvencijadas que surgieron después de la masiva destrucción de la
guerra. El vehículo disminuyó su velocidad para detenerse y Anderton se puso en pie. Unos cuantos pasajeros observaban ociosamente el corte de su mejilla y las ropas estropeadas. Ignorándolos, descendió sobre la acera barrida por la lluvia.
Más allá del dinero que debían pagarle, el recepcionista del hotel no estaba interesado en otra cosa. Anderton subió las escaleras hasta la segunda planta y entró en la angosta habitación oliendo a humedad que ahora le pertenecía a él. Con agradecimiento, cerró la puerta y bajó las persianas. La habitación era pequeña pero limpia. Cama, aparador, silla, lámpara, una radio con una ranura para insertar cuartos de dólar.
Introdujo un cuarto en la radio y se echó pesadamente en la cama. Todas las emisoras transmitían el boletín de la policía. Era algo nuevo, excitante, desconocido para la presente generación. ¡Un criminal fugado!. El público estaba ávidamente interesado.
“......este hombre se ha servido de su alta posición para llevar a cabo su huida,” estaba diciendo el locutor con profesional indignación. “Porque desde su oficina tuvo acceso a la información, y la confianza depositada en él le ha permitido evadir el proceso normal de identificación y detención. Durante el periodo de su ejercicio ha ejercido su autoridad para enviar incontables individuos potencialmente culpables a su adecuado confinamiento, salvando de este modo las vidas de víctimas inocentes. Este hombre, John Allison Anderton, fue el artífice de la creación original del sistema Precrime, la profiláctica pre-detección de criminales a través del ingenioso empleo de mutantes precogs, capaces de prever acontecimientos futuros y transferir oralmente esa información a maquinaria analítica. Estos tres precogs, en su vital función....”
La voz casi se desvaneció cuando dejó la habitación y entró en el minúsculo cuarto de baño. Allí, se quitó la chaqueta y la camisa, y dejó correr el agua caliente en el lavabo. Comenzó limpiando el corte de su mejilla. En la farmacia de la esquina había comprado yodo y vendas, una maquina de afeitar, un peine, un cepillo de dientes y otras pequeñas cosas que necesitaría. A la mañana siguiente tenía intención de encontrar una tienda de ropa de segunda mano y comprarse ropas más adecuadas. Después de todo, él era ahora un electricista desempleado no un Comisario de Policía bajo sospecha.
En la otra habitación la radio sonaba. Sólo subconscientemente pendiente de ella, estaba de pie frente al espejo agrietado, examinando un diente roto.
“.....el sistema de los tres precogs encuentra su génesis en las ordenadores de mediados de este siglo. ¿Cómo son comprobados los resultados de un ordenador electrónico?. Introduciendo la información en un segundo ordenador de idéntico diseño. Pero dos ordenadores no son suficientes. Si cada ordenador llega a una respuesta diferente es imposible deducir a priori cual es la correcta. La solución, basada en un cuidadoso estudio de método estadístico, es utilizar un tercer ordenador para comprobar los resultados de los dos primeros. De esta manera, un así llamado informe de la mayoría es obtenido. Puede ser asumido con considerable probabilidad que el acuerdo de dos de los tres ordenadores indica cual de las alternativas es la acertada. No sería probable que dos ordenadores llegaran a soluciones idénticamente incorrectas....”
Anderton dejó caer la toalla que estaba usando y corrió a la otra habitación. Temblando, se puso a escuchar las palabras que transmitía la radio.
“....la unanimidad de los tres precogs es un fenómeno que raras veces ocurre, como explica el, ahora en funciones, Comisario Witwer. Es mucho más común obtener un informe de la mayoría en colaboración de dos precogs, más un informe de la minoría de alguna leve variación, usualmente con referencia al tiempo y lugar, del tercer mutante. Esto se explica a través de la teoría de los múltiples futuros. Si sólo existiera una línea temporal, la información precognitiva carecería de importancia, desde el momento en que, en posesión de esta información, no habría ninguna posibilidad de alterar el futuro. En la Agencia Precrime, ante todo debemos asumir....”
Frenéticamente, Anderton caminó alrededor de la pequeña habitación. Informe de la mayoría....sólo dos de los precogs estaban de acuerdo sobre el material subyacente en la tarjeta. Ese era el significado del mensaje adjuntado con el paquete. El informe del tercer precog, el informe de la minoría era, por alguna razón, de importancia.
¿Por qué?.
Su reloj le informó de que era medianoche pasada. Page estaría fuera de servicio. No regresaría al boque de los monos hasta la tarde siguiente. Era una ligera posibilidad, pero merecía la pena intentarlo. Quizás Page le cubriría, o quizás no. Tendría que arriesgarse.
Tenía que ver el informe de la minoría.
VI
Entre mediodía y la una, las calles llenas de basura bullían con la gente. Eligió ese momento del día, el de más ajetreo, para hacer su llamada. Eligiendo una cabina telefónica en un supermercado abarrotado de clientes, marcó el familiar número de la policía y esperó pegando el frío auricular a su oído. Deliberadamente, había seleccionado el audio, no la línea de vídeo: a pesar de su ropa de segunda mano, estar desaseado y sin afeitar podía ser reconocido.
El recepcionista era nuevo para él. Cautelosamente, le dio la extensión de Page. Si Witwer estaba destituyendo al staff habitual y colocando a sus satélites podía encontrarse hablándole a un total extraño.
“Hola,” le llegó la ronca voz de Page.
Aliviado, Anderton echó una ojeada a su alrededor. Nadie estaba prestándole ninguna atención. Los clientes merodeaban entre la mercancía cumpliendo sus rutinas diarias. “¿Puedes hablar?” preguntó. “¿O estás atado de pies y manos?”
Hubo un momento de silencio. Podía ver la imagen de la apacible cara de Page descomponerse con la incertidumbre mientras violentado trataba de decidir qué hacer. Finalmente, pronunció unas palabras. “¿Por qué....estás llamando aquí?”
Ignorando la pregunta, Anderton dijo, “No he reconocido al recepcionista. ¿Personal nuevo?”
“Completamente nuevo,” convino Page, con una delgada, estrangulada voz. “Mucho movimiento, estos días.”
“Eso veo.” Tensamente, Anderton preguntó, “¿Cómo va tu trabajo? ¿Todavía a salvo?”
“Espera un minuto.” El auricular fue depositado en el suelo y el amortiguado sonido de pasos llegó a los oídos de Anderton. Seguido del rápido portazo de una puerta siendo cerrada de prisa. Page regresó. “Podemos hablar mejor ahora,” dijo roncamente.
“¿Cómo de mucho?”
“No demasiado. ¿Dónde estás?”
“Dando un paseo por Central Park,” dijo Anderton. “Disfrutando de la luz del sol.” Por lo que sabía, Page había ido a hacer segura la línea intervenida que estaba funcionando. Ahora mismo, un equipo de policía aerotransportado estaba probablemente en camino. Pero él tenía que arriesgarse. “Estoy en un nuevo campo,” dijo secamente. “Estos días soy un electricista.”
“Oh!,” dijo Page desconcertado.
“Pensaba que tal vez tuvieras algún trabajo para mí. Si eso puede arreglarse, me gustaría dejarme caer por allí y examinar tu equipo básico de computaras. Especialmente los informes y bancos de análisis en el bloque de los monos.”
Después de una pausa, Page dijo: “Eso....puede ser arreglado. Si realmente es importante.”
“Lo es,” le aseguró Anderton. “¿Cuándo sería mejor para ti?”
“Bien,” dijo Page, luchando consigo mismo. “Tengo un grupo de reparaciones que viene a mirar el equipo intercom. El actual Comisario lo quiere mejorar, de modo que pueda operar más rápido. Tú puedes venir después.”
“Lo haré. ¿A qué hora?”
“A las cuatro en punto. Entrada B, nivel 6. Me...reuniré contigo.”
“Bien,” convino Anderton, ya comenzando a colgar. Espero que estés todavía en tu puesto, cuando yo llegue.”
Colgó y rápidamente dejó la cabina. Un momento después estaba empujando a través del denso montón de gente que atestaba una cafetería cercana. Nadie lo localizaría allí.
Tenía que esperar tres horas y media. Y se iban a hacer muy largas. La más larga espera de su vida antes de que finalmente se reuniera con Page tal como se había arreglado.
Lo primero que Page le dijo fue: “Tú has perdido la cabeza. ¿Por qué infiernos has regresado?”
“No me quedaré mucho tiempo.” Tensamente, Anderton iba de un lado a otro del bloque de los monos, sistemáticamente cerrando una puerta tras otra. “No dejes entrar a nadie. No puedo correr riesgos.”
“Deberías abandonar cuando todavía estás a tiempo.” En una agonía de aprehensión Page siguió tras él. “Witwer está removiendo cielo y tierra. Tiene al país entero pidiendo tu sangre.”
Ignorándolo, Anderton abrió el banco de control principal de maquinaria analítica. “¿Cuál de los tres monos dio el informe de la minoría?”
“No me hagas preguntas. Me voy fuera.” En su camino a la puerta Page se detuvo brevemente, señaló a la figura del centro y entonces desapareció. La puerta se cerró; Anderton estaba solo.
La del centro. La conocía bien. La empequeñecida, jorobada figura que estaba sentada sepultada entre cables y relés desde hacía quince años. Cuando Anderton se acercó, no miró hacia arriba. Con ojos vidriosos y en blanco, contemplaba un mundo que no existía todavía, ciega a la realidad física que la rodeaba.
“Jerry” tenía veinticuatro años. Originalmente, había sido clasificado como un idiota hidrocefálico pero cuando alcanzó la edad de seis años los test psíquicos habían revelado el talento precog sepultado bajo capas de tejidos enfermos. Fue llevado a una escuela de entrenamiento del gobierno donde el talento había sido cultivado. Cuando tenía nueve años el talento se había desarrollado lo suficiente para poder ser usado. “Jerry”, sin embargo, permaneció en el sin propósito caos de idiotez; la facultad había adsorbido la totalidad de su personalidad.
Agachándose, Anderton comenzó a desensamblar los escudos protectores que guardaban las bobinas de cinta almacenadas en la máquina de análisis. Consultando el código de la gráfica, seleccionó la sección de la cinta que se refería a su tarjeta particular.
Tenía al lado un scanner de lectura. Conteniendo la respiración insertó la cinta, lo puso en marcha y escuchó. Le llevó sólo un segundo. Desde la primera frase del informe estaba claro lo que había ocurrido. Tenía lo que quería, no era necesario seguir buscando.
La visión de “Jerry” estaba desfasada. Porque de la errática naturaleza de la precognición, él estaba examinando un tiempo-área levemente diferente al de sus otros compañeros. Para él, la noticia de que Anderton cometería un asesinato, era un acontecimiento para ser integrado a lo largo de un todo. Este conocimiento, y la reacción de Anderton, eran ambas piezas del proceso.
Obviamente, el informe de “Jerry” invalidaba el informe de la mayoría. Habiendo sido informado de que cometería un asesinato, Anderton cambiaría de opinión y no lo haría. La denuncia del asesinato había cancelado el asesinato; la profilaxis había ocurrido simplemente siendo informado. Ya, una nueva línea temporal había sido creada. Pero “Jerry” no tenía derecho a voto.
Temblando, Anderton rebobinó la cinta y apretó el botón de grabación. A alta velocidad hizo una copia del informe, devolvió el original a su lugar y recogió el duplicado del scanner. Aquí tenía la prueba de que la tarjeta era nula: obsoleta. Todo lo que tenía que hacer era mostrársela a Witwer.....
Su propia estupidez lo asombró. Indudablemente, Witwer había visto el informe; y a pesar de eso había asumido el cargo de Comisario, y había puesto a los equipos de policía en su búsqueda. Witwer no tenía intención de echarse atrás. A él no le importaba la inocencia de Anderton.
Entonces, ¿qué podía hacer?. ¿Quién más estaría implicado?.
“Tú, condenado loco,” gritó una voz detrás de él, con salvaje ansiedad.
Rápidamente, se volvió. Su esposa estaba en una de las puertas, en su uniforme de policía, mirándole fuera de sí. “No te preocupes,” le dijo brevemente, mostrando la bobina de cinta. “Ya me voy.”
Con expresión desfigurada, Lisa corrió frenéticamente hacia él. “Page me dijo que estabas aquí, pero no podía creerlo. No tendría que dejarte ir. No comprendo lo que estás haciendo.”
“¿Lo que estoy haciendo?” inquirió Anderton cáusticamente. “Antes de responderte sería mejor que escucharas esta cinta.”
“¡No quiero escucharla!. Lo único que quiero es que salgas de aquí. Ed Wiwer sabe que hay alguien aquí abajo. Page está intentando mantenerlo ocupado, pero....”. Se interrumpió girando su cabeza rígidamente hacia un lado. “¡Está aquí ahora!. Viene hacia aquí.”
“¿No tienes ninguna influencia?. Se graciosa y encantadora. Probablemente se olvidará de mí.”
Lisa lo miró con amargo reproche. “Hay una nave aparcada en el tejado. Si quieres huir...” Su voz se ahogó y por un instante ella se quedó en silencio. Entonces dijo, “Despegaré en un minuto. Si quieres venir....”
“Iré,” dijo Anderton. No tenía otra elección. Había conseguido su cinta, su prueba, pero no había previsto ningún método para salir de allí. Satisfecho, se apresuró a seguir la delgada figura de su esposa cuando ella salió del bloque a través de una puerta lateral y entró en un pasillo alternativo, sus talones taconeando ruidosamente en la vacía oscuridad.
“Es una nave muy rápida,” le dijo ella sobre su hombro. “Para casos de emergencia....preparada para despegar. Iba a supervisar algunos de los equipos de búsqueda.”
VII
Tras el volante del crucero de la policía de alta velocidad, Anderton esbozaba a grandes rasgos lo que la cinta del informe de la minoría contenía. Lisa escuchaba en silencio, su cara descompuesta, sus manos apretando tensamente sus rodillas. Bajo la nave, la parte rural del país arrasada por la guerra aparecía como un mapa en relieve, vacías regiones entre ciudades, marcadas por los cráteres y salpicadas de las ruinas de granjas y pequeñas plantas industriales.
“Me pregunto,” dijo Lisa cuando él terminó, “cuántas veces ha ocurrido esto antes.”
“¿Un informe de la minoría? Un gran número de veces.”
“Quiero decir, un precog desfasado. Usando el informe de los otros como un dato más, superponiéndose a ellos.” Con ojos oscuros y serios, añadió, “Quizás un montón de gente en el campo está como tú.”
“No,” insistió Anderton. Pero él comenzaba a sentirse intranquilo al respecto de eso también. “Yo estaba en posición de ver la tarjeta, de acceder al informe. Eso es lo que yo hice.”
“Pero...” Lisa gesticuló significativamente. “Tal vez todos ellos habrían tomado ese camino. Podíamos haberles contado la verdad.”
“Eso hubiera sido correr un riesgo muy grande,” respondió él tercamente.
Lisa rió agudamente. “¿Riesgo?, ¿suerte?, ¿incertidumbre?, ¿con precogs cerca?”
Anderton se concentraba en conducir la veloz nave. “Este es un caso único,” repitió. “Y tenemos un problema inmediato. Podemos discutir los aspectos teóricos más tarde. Tengo que llevar esta cinta a la gente adecuada, antes de que tu inteligente joven amigo lo impida.”
“¿Se la vas a llevar a Kaplan?”
“Desde luego.” Palmeó la bovina de cinta que yacía en el asiento entre ellos. “El estará interesado. La prueba de que su vida no está en peligro debe ser de vital importancia para él.”
De su bolso, Lisa sacó su paquete de cigarrillos. “Y tú piensas que él te ayudará.”
“Puede....o puede que no. Es un riesgo que tengo que asumir.”
“¿Cómo te las arreglaste para ocultarte tan rápidamente?” preguntó Lisa. “Un disfraz completamente efectivo es difícil de obtener.”
“Todo se consigue con dinero,” respondió evasivamente.
Mientras fumaba, Lisa reflexionó. “Probablemente Kaplan te protegerá,” dijo. “El es bastante poderoso.”
“Pensaba que era sólo un general retirado.”
“Técnicamente....eso es lo que es. Pero Witwer sacó su dossier. Kaplan lidera una especie de organización exclusiva de veteranos poco común. Es actualmente una especie de club con unos pocos miembros restringidos. Oficiales de alto rango solamente....un grupo internacional de ambos bandos de la guerra. Aquí en Nueva York ellos mantienen una gran mansión como sede, tres flamantes periódicos, y ocasionales programas en TV que les cuestan una pequeña fortuna.”
“¿Qué estás tratando de decir?”
“Sólo esto. Tú me has convencido de que eres inocente. Quiero decir, es obvio que tú no quieres cometer un asesinato. Pero debes comprender ahora que el informe original, el informe de la mayoría, no era una falsificación. Nadie lo falsificó. Ed Witwer no lo planeó. No hay complot contra ti y nunca lo hubo. Si vas a aceptar el informe de la minoría como genuino tendrás que aceptar el de la mayoría también.”
Con cierto rechazo, él estuvo de acuerdo. “Supongo que sí.”
“Ed Witwer está actuando de completa buena fe. El realmente cree que tú eres un criminal potencial......¿y por qué no?. El tiene el informe de la mayoría sobre su escritorio, pero tu tienes la tarjeta guardada en tu bolsillo.”
“La destruí,” dijo Anderton tranquilamente.
Lisa se volvió seriamente hacia él. “Ed Witwer no está motivado por ningún deseo de obtener tu puesto,” dijo. “Está motivado por el mismo deseo que siempre te ha dominado a ti. El cree en Precrime. Quiere que el sistema continúe. He hablado con él y estoy convencida de que dice la verdad.”
Anderton preguntó, “¿Me estás pidiendo que le lleve esta cinta a Witwer?. Si lo hago...él la destruirá.”
“Tonterías,” replicó Lisa. “Los originales han estado en sus manos desde el principio. Podía haberlos destruido en el momento que hubiera querido.”
“Eso es verdad,” concedió Anderton. “Es bastante posible que él no tuviera conocimiento.”
“Por supuesto que no. Míralo de este modo. Si Kaplan consigue esa cinta la policía será desacreditada. ¿No puedes verlo?. Eso probaría que el informe de la mayoría era un error. Ed Witwer está haciendo lo correcto. Tienes que ser detenido....si Precrime debe sobrevivir. Tú estás pensando en tu propia seguridad. Pero piensa, por un momento, en el sistema.” Inclinándose, apagó el cigarrillo y buscó otro en su bolso. “¿Qué significa más para ti, tu propia seguridad personal o la existencia del sistema?”
“Mi seguridad,” respondió Anderton sin dudarlo.
“¿Estás seguro?”
“Si el sistema debe sobrevivir sólo encarcelando gente inocente, entonces merece ser destruido. Mi seguridad personal es importante porque soy un ser humano. Y además....”
De su bolso, Lisa sacó una pistola increíblemente pequeña. “Creo,” le dijo ella ásperamente, “que tengo mi dedo sobre el gatillo. Nunca he usado un arma como esta antes. Pero estoy dispuesta a intentarlo.”
Después de una pausa, Anderton preguntó: “¿Quieres que dé la vuelta a la nave, verdad?”
“Sí, de regreso al edificio de policía. Lo siento. Si pudieras poner la importancia del sistema por encima de tu propio interés....”
“Guárdate tu sermón,” le dijo Anderton. “Daré la vuelta a la nave. Pero no estoy dispuesto a escuchar tu defensa de un código de comportamiento que ningún hombre inteligente aceptaría.”
Lisa apretó los labios en una delgada, blanca línea. Cogiendo la pistola con fuerza, se sentó encarándole, sus ojos fijos atentamente sobre él cuando viró la nave en un arco amplio. Unos cuantos objetos sueltos sonaron en la guantera cuando la pequeña nave dio la vuelta inclinada totalmente, un ala elevándose majestuosamente hasta que apuntó recta hacia arriba.
Ambos, Anderton y su esposa fueron sujetados por los fuertes brazos de metal de sus asientos. Pero no así el tercer miembro de la fiesta.
Por el rincón de su ojo, Anderton vio un movimiento fugaz. Un sonido le llegó simultáneamente, la lucha desesperada de un hombre grande que abruptamente ha perdido pie y es arrojado contra la pared reforzada de la nave. Lo que siguió ocurrió rápidamente. Flemming luchaba por ponerse de pie de inmediato con uno de sus brazos en dirección a la pistola de la mujer. Anderton estaba demasiado sorprendido para gritar. Lisa se volvió, vio al hombre....y gritó. Flemming golpeó la pistola de su mano enviándola ruidosamente al suelo.
Gruñendo, Flemming la empujó a un lado y recuperó la pistola. “Lo siento,” jadeó, enderezándose lo mejor que pudo. “Pensaba que ella podía hablar más. Por eso estaba esperando.”
“Usted estaba aquí cuando....” comenzó Anderton.....y se detuvo. Era obvio que Flemming y sus hombres lo mantenían bajo vigilancia. La existencia de la nave de Lisa había sido debidamente anotada y comprobada, y mientras Lisa había discutido si era juicioso ponerlo a salvo, Flemming se había deslizado hasta la bodega de carga de la nave.
“Tal vez,” dijo Flemming, “sea mejor que me dé la bobina de cinta.” Sus húmedos, torpes dedos la buscaron a tientas. “Está en lo cierto.....Witwer está metido en el ajo.”
“¿Kaplan también?” preguntó Anderton torpemente, todavía aturdido por la aparición del hombre.
“Kaplan está trabajando directamente con Witwer. Esa es la razón por la que su nombre aparece en la línea cinco de la tarjeta. Cuál de ellos es ahora el jefe, no lo sabemos. Posiblemente ninguno.” Flemming tiró la pequeña pistola lejos y sacó su pesada arma militar reglamentaria. “Corrió un gran riesgo despegando con esta mujer. Le dije que ella estaba al tanto de todo.”
“No puedo creer eso,” protestó Anderton. “Si ella....”
“Usted ha perdido el juicio. Esta nave estaba preparada por orden de Witwer. Ellos buscaban sacarle del edificio de modo que nosotros no pudiéramos ayudarle. Usted solo, separado de nosotros, no tendría ninguna oportunidad.”
Una extraña expresión cruzó el rostro afligido de Lisa. “Eso no es verdad,” susurró. “Witwer nunca vio esta nave. Yo iba a supervisar....”
“Casi lo consigue,” la interrumpió Flemming inexorablemente. “Seremos afortunados si una nave patrulla de la policía no cae sobre nosotros. No era el momento de supervisar....” Mientras hablaba se agachó directamente detrás de la silla de la mujer. “La primera cosa es poner a esta mujer fuera de circulación. Tendremos que llevarle lo más lejos posible de esta zona. Page advirtió a Witwer sobre su nuevo disfraz y puede estar seguro de que ha sido difundido en todas partes.”
Todavía agachado, Flemming agarró a Lisa. Pasando su pesada pistola a Anderton, expertamente ladeó la barbilla de ella hasta que su sien estuvo presionando contra el asiento. Lisa lo arañaba frenéticamente; un delgado, terrible gemido salió de su garganta. Ignorándola, Flemming cerró sus grandes manos alrededor de su cuello y comenzó implacablemente a apretar.
“Ninguna herida de bala,” explicó, jadeado. “Ella va a morir por accidente natural. Eso ocurre todo el tiempo. Pero en este caso, su cuello estará roto primero.”
Parecía extraño que Anderton esperara tanto tiempo. Mientras lo hacía, los gruesos dedos de Fleming estuvieron cruelmente clavados en la pálida carne de la mujer hasta que él levantó la culata de la pesada pistola y golpeó a Flemming en la nuca. Las monstruosas manos se relajaron. Tambaleándose, la cabeza de Flemming cayó hacia delante y chocó contra la pared de la nave. Tratando débilmente de recuperarse comenzó a ponerse en pie. Anderton lo golpeó de nuevo, esta vez por encima del ojo izquierdo. Cayó de espaldas y quedó quieto.
Luchando por respirar, Lisa permaneció un momento sobre ella misma, balanceando su cuerpo atrás y adelante. Entonces, el color volvió a aparecer en su cara.
“¿Puedes tomar los controles?” preguntó Anderton, sacudiéndola, con urgencia en la voz.
“Sí, creo que sí.” Casi mecánicamente ella tomó el volante. “Estaré bien. No te preocupes por mí.”
“Esta pistola,” dijo Anderton, “es un arma que pertenece al Ejercito. Pero no es de la guerra. Es uno de esos nuevos modelos avanzados que ellos han desarrollado. Puede que sea difícil pero todavía hay una oportunidad...”
Retrocedió a donde Flemming yacía derribado sobre la cubierta. Tratando de no tocar la cabeza del hombre, abrió su chaqueta y revolvió en sus bolsillos. Un momento después la cartera empapada de sudor de Flemming estaba en sus manos.
Tod Flemming, de acuerdo a su identificación, era un Comandante del Ejercito adjunto a la Inteligencia Interna del Departamento de Información Militar. Entre los varios papeles había un documento firmado por el General Leopold Kaplan, afirmando que Flemming estaba bajo la protección especial de su propio grupo, la Liga Internacional de Veteranos.
Flemming y sus hombres operaban bajo las órdenes de Kaplan. El camión del pan, el accidente, había sido planeado deliberadamente.
Eso quería decir que Kaplan lo había mantenido alejado de las manos de la policía intencionadamente. El plan se desarrollaba desde el contacto original en su casa, cuando los hombres de Kaplan lo hallaron haciendo el equipaje. Incrédulo, comprendió lo que realmente había ocurrido. Incluso entonces, ellos daban por seguro que lo encontrarían antes que la policía. Desde el principio, todo había sido una elaborada estrategia para asegurarse de que Witwer fracasaría en su arresto.
“Estabas diciendo la verdad,” le dijo Anderton a su esposa cuando tomó asiento de nuevo. “¿Podemos contactar con Witwer?”
Mudamente, ella asintió con la cabeza. Indicando el circuito de comunicación del tablero de instrumentos, ella preguntó: “¿Qué encontraste?”
“Ponme con Witwer. Quiero hablar con él tan pronto como sea posible. Es muy urgente.”
Temblorosamente, marcó el número, abrió el canal de circuito cerrado, y accedió a los cuarteles de la policía en New York. Una panorámica visual de minúsculos oficiales de policía se vio fugazmente antes de que una diminuta réplica de los rasgos de Ed Witwer apareciera en pantalla
“¿Me recuerda?” le preguntó Anderton.
Witwer palideció. “Buen Dios. ¿Qué ha ocurrido?. Lisa, ¿lo traes detenido?”. Abruptamente sus ojos repararon en la pistola en las manos de Anderton. “Oiga,” dijo violentamente, “no le haga nada. Cualquier cosa que usted pueda pensar, ella no es responsable.”
“Eso ya lo he averiguado,” respondió Anderton. “¿Puede conseguirnos ayuda?. Podemos necesitar protección para volver.”
“¿Volver?” Witwer lo miraba con incredulidad. “¿Viene hacia aquí? ¿Se está rindiendo?”
“Eso hago, sí.” Hablando rápidamente, con urgencia, Anderton añadió, “Hay algo que debe hacer inmediatamente. Cierre el bloque de los monos. Asegúrese de que nadie entre, Page o cualquier otro . Especialmente gente del Ejercito.”
“Kaplan,” dijo la imagen en miniatura.
“¿Qué pasa con él?”
“Estuvo aquí. El...acaba de irse.”
El corazón de Anderton dejó de latir. “¿Qué estuvo haciendo?”
“Recoger datos. Transcribir duplicados de los informes de nuestros precogs sobre usted. Insistió que los quería únicamente para su protección.”
“Entonces él ya se fue,” dijo Anderton. “Es demasiado tarde.”
Alarmado, Witwer casi gritó: “¿Qué es lo que quiere decir? ¿Qué esta ocurriendo?”
“Se lo contaré,” dijo Anderton cansadamente, “cuando regrese a mi oficina.”
VIII
Witwer le esperaba en el tejado del edificio de la policía. Mientras la pequeña nave se posaba, una nube de naves escolta inclinaba sus alas y desaceleraban. Anderton se acercó inmediatamente al joven de pelo rubio.
“Ya tiene lo que buscaba,” le dijo. “Puede arrestarme y enviarme al campo de detención. Pero eso no sería suficiente.”
Los ojos azules de Witwer estaban pálidos de incertidumbre. “Me temo que no comprendo...”
“No es culpa mía. Nunca tendría que haber abandonado el edificio de la policía. ¿Dónde está Wally Page?”
“Ya hemos tomado medidas contra él,” replicó Witwer. “Ya no nos dará más problemas.”
La cara de Anderton se ensombreció.
“Lo ha detenido por la razón equivocada,” dijo. “Permitirme entrar en el bloque de los monos no fue un crimen. Pero pasar información al Ejército sí lo es. Ha tenido a un espía del Ejercito trabajando aquí.” Con poca convicción, se autocorrigió, “quiero decir, he tenido.”
“He revocado la orden sobre usted. Ahora los equipos están buscando a Kaplan.”
“¿Alguna suerte?”
“Abandonó el edificio en un camión del Ejercito. Le seguimos, pero el camión entró en una zona de Cuarteles militarizada. Ahora ellos han colocado un gran tanque R-3 de los tiempos de la guerra bloqueando la calle. Sería la guerra civil moverlo de allí.”
Lentamente, titubeante, Lisa salió de la nave. Todavía estaba pálida y temblorosa, y sobre su garganta un feo moratón se estaba formando.
“¿Qué te ha ocurrido?” preguntó Witwer. Entonces descubrió la forma inerte de Flemming yaciendo sobre el suelo dentro de la nave. Encarándose con Anderton abiertamente, le dijo: “Entonces finalmente ha dejado de sospechar que esto es una conspiración mía.”
“No del todo.”
“Usted no puede pensar que estoy....” hizo un gesto de disgusto, “conspirando para conseguir su puesto.”
“Seguro que lo está. Todo el mundo es culpable de algo. Yo estoy conspirando para mantenerlo. Pero esa es otra cuestión....y usted no es responsable.”
“¿Por qué asegura,” inquirió Witwer, “que es demasiado tarde para arrestarle?. Dios mío, le meteremos a usted en el campo. Esta semana pasará y Kaplan estará todavía vivo.”
“Estará vivo, sí,” concedió Anderton. “Pero él puede probar también que seguiría vivo si yo estuviera libre en la calle. El tiene la información que prueba que el informe de la mayoría es obsoleto. El puede acabar con el sistema de Precrime.” Finalizó, “De un modo u otro, él gana...y nosotros perdemos. El Ejercito nos desacredita, su estrategia da resultado.”
“Pero, ¿por qué están arriesgando tanto?. ¿Qué es lo que quieren exactamente?”
“Después de la guerra Anglo-china, el Ejército perdió poder. Ya no son lo que eran en los buenos tiempos del AFWA. Ellos corrían con el show completo. Ambos, militar y civil. Y hacían su propio trabajo de policía.”
“Como Fleming,” dijo Lisa débilmente.
“Después de la guerra, el Bloque Oeste fue desmilitarizado. Oficiales como Kaplan fueron retirados y despedidos. A nadie le gusta eso.” Anderton hizo una meca. “Puedo simpatizar con él. No es el único. Pero no podíamos mantener este estado de cosas. Teníamos que repartir los poderes de gobierno.”
“Dice que Kaplan ha ganado,” dijo Witwer. ¿No hay nada que podamos hacer?.”
“Yo no voy a matarle. Nosotros lo sabemos y él lo sabe. Probablemente volverá y nos ofrecerá alguna clase de arreglo. Continuaremos funcionando pero el Senado suprimirá nuestra influencia. ¿No le gustaría eso, verdad?”
“Claro que no,” respondió Witwer enfáticamente. “Uno de estos días yo dirigiré esta agencia.” Se ruborizó. “No inmediatamente, por supuesto.”
La expresión de Anderton era sombría. “Ya es bastante malo que haya hecho público el informe de la mayoría. Si no hubiera actuado tan precipitadamente podríamos haber salvado ese inconveniente. Pero todo el mundo lo ha oído. Ahora no podemos retirarlo.”
“Supongo que no,” admitió Witwer incómodo. “Tal vez yo....no tengo este trabajo tan claro como imaginaba.”
“Lo tendrá, con el tiempo. Será un buen oficial de policía. Cree en el status quo, pero debe aprender a actuar con tranquilidad.” Anderton se alejó de ellos. “Voy a estudiar las cintas de datos del informe de la mayoría. Quiero conocer exactamente cómo se suponía que yo iba a matar a Kaplan.” Reflexivamente, concluyó: “Eso puede darme algunas ideas.”
Las cintas de datos de los precogs “Donna” y “Mike” estaban almacenadas por separado. Eligiendo la máquina responsable de los análisis de “Donna” abrió el escudo protector y dispuso el índice de contenidos. Como anteriormente, el código le informó qué bobinas estaban relacionadas y en un momento tuvo el mecanismo de transporte de la cinta operando.
Era aproximadamente lo que había sospechado. Este era el material utilizado por “Jerry”....la línea temporal invalidada. En él, los agentes de la Inteligencia Militar de Kaplan lo secuestraban mientras conducía hacia su casa desde el trabajo, y era llevado a la villa de Kaplan, la organización GHQ de la Liga Internacional de Veteranos. Allí Anderton recibía un ultimátum: Voluntaria disolución del sistema de Precrime o enfrentar abiertas hostilidades con el Ejercito.
En esta línea temporal, Anderton, como Comisario de Policía, había recurrido al Senado en busca de apoyo. Ningún apoyo fue recibido. Para evitar la guerra civil, el Senado había ratificado el desmembramiento del sistema policial y decretado la vuelta de la ley militar para hacer frente a la emergencia. Llevando un cuerpo de policías fanáticos, Anderton había localizado a Kaplan y le había disparado, junto con otros oficiales de la Liga de Veteranos. Sólo Kaplan había muerto. Los otros se habían recuperado. El golpe de estado había sido un completo éxito.
Eso era “Donna”. Rebobinó la cinta y cambió al material pre-visto por “Mike”. Sería idéntico; ambos precogs habían coincidido para presentar un cuadro unificado. “Mike” comenzó como lo había hecho “Donna”: Anderton llegaba a descubrir la conjura de Kaplan contra la policía. Pero algo estaba mal. Confundido, corrió la cinta hasta el principio. Incomprensiblemente, no se trataba de una broma. De nuevo rebobinó la cinta, escuchando atentamente.
El informe de “Mike” era bastante diferente del informe de “Donna”.
Una hora más tarde terminó su investigación, guardó las cintas y abandonó el bloque de los monos. Tan pronto como apareció, Witwer preguntó. “¿Qué ocurre?. Puedo ver que algo va mal.”
“No,” respondió Anderton lentamente, todavía sumido en sus pensamientos. “No exactamente mal.” Un sonido llegó a sus oídos. Caminó distraídamente hasta la ventana y escudriñó fuera.
Las calles estaban atestadas de gente. Por el centro de la calle bajaba una línea de cuatro columnas de tropas uniformadas. Rifles, cascos.....soldados marchando con sus oscuros uniformes de los tiempos de guerra, portando los añorados gallardetes del AFWA ondeando al frío viento de la tarde.
“Un miting del Ejercito,” explicó Witwer palideciendo. “Yo estaba equivocado. Ellos no van a llegar a un acuerdo con nosotros. ¿Para qué?. Kaplan va a hacerlo público.”
Anderton no se sintió sorprendido. “¿Va a leer el informe de la minoría?”
“Aparentemente. Ellos van a pedirle al Senado que nos disuelva, y van a ocupar nuestro lugar. Van a denunciar que hemos estado arrestando hombres inocentes....redadas nocturnas de la policía, esa clase de cosas. La ley del terror.”
“¿Supone que el Senado cederá?”
Witwer titubeó. “No quiero adivinarlo.”
“Yo lo haré,” dijo Anderton. “Ellos cederán. Esa respuesta coincide con lo que he descubierto ahí abajo. Nos hemos metido nosotros mismos en un callejón sin salida y sólo hay una dirección en la que podemos ir. Tanto si nos gusta como si no, tenemos que tomarla.” Sus ojos tenían un brillo acerado.
Aprensivamente, Witwer preguntó. “¿Cuál es?”
“Una vez que lo diga, se preguntará por qué no se le ocurrió a usted. Muy obviamente, voy a tener que llevar a cabo el informe hecho público. Voy a tener que matar a Kaplan. Es la única manera de impedirles que nos desacrediten.”
“Pero,” dijo Witwer asombrado, “el informe de la mayoría ha sido invalidado.”
“Puedo hacerlo,” le informó Anderton, “pero va a costar. ¿Está familiarizado con los estatutos vigentes acerca de los asesinatos en primer grado?”
“Prisión de por vida.”
“Por lo menos. Probablemente, usted podría mover unos cuantos hilos y conseguir la conmutación de esa pena por el exilio. Yo podría ser enviado a uno de los planetas colonia, la buena vieja frontera”
“¿Preferiría... eso?”
“Infiernos, no,” dijo Anderton sinceramente. “Pero sería el menor de los dos males. Y esto tiene que hacerse.”
“No veo cómo puede matar a Kaplan.”
Anderton sacó el arma militar reglamentaria con la que había sacudido a Flemming. “Usaré esto.”
“¿Ellos no le detendrán?”
“¿Por qué lo harían?. Tienen el informe de la minoría que dice que yo he cambiado de opinión.”
“Entonces, ¿el informe de la minoría es incorrecto?”
“No,” dijo Anderton, “es absolutamente correcto. Pero voy a asesinar a Kaplan de todos modos.”
IX
El nunca había matado un hombre. Ni siquiera había visto un hombre asesinado. Y había sido Comisario de Policía durante treinta años. Para esta generación, el asesinato deliberado había desaparecido. Eso simplemente no ocurría.
Un coche de la policía lo trasladó a la manzana donde se reunía el Ejercito. Allí, en las sombras del asiento trasero examinó concienzudamente la pistola que Flemming le había proporcionado. En ese momento, no tenía ninguna duda del resultado. Estaba absolutamente seguro de lo que ocurriría en la siguiente media hora. Colocando la pistola junto a su espalda, abrió la puerta del coche aparcado y salió afuera con cautela.
Nadie le prestó la más mínima atención. Avanzando en tropel masas de personas empujaban entusiasmadas hacia delante, tratando de conseguir la mejor situación para el mitin.
Los uniformes del Ejercito predominaban y en el perímetro del área despejada, una línea de tanques y armas pesadas estaba desplegada.....formidable armamento todavía en producción.
El Ejercito había montado un altavoz de metal en la tribuna y escaleras arriba. Detrás de la tribuna colgaba la enorme bandera del AFWA, emblema de los poderes
combinados que habían luchado en la guerra. Debido a un curioso devenir de lo acontecimientos, la Liga de Veteranos del AFWA incluía oficiales de los enemigos de los tiempos de guerra. Un general era un general y las diferencias se habían desvanecido con el paso de los años.
Ocupando las primeras filas de asientos se sentaba la alta cúpula de mando del AFWA. Detrás de ellos venían en formación los oficiales más jóvenes. Banderas de regimiento se arremolinaban en una variedad de colores y símbolos. De hecho, el acontecimiento había tomado el aspecto de un desfile. Sobre la tribuna erigida se sentaban con rostro severo los dignatarios del AFWA, todos ellos nerviosos y expectantes. En los extremos de las filas, casi desapercibidos, esperaban unas pocas unidades de policía, aparentemente para mantener el orden. Si el orden había de mantenerse, el Ejercito lo haría.
El viento de la tarde llevaba el amortiguado sonido de mucha gente apelotonada junta. Mientras Anderton cruzaba a través de la muchedumbre fue absorbido por la sólida presencia de humanidad. Un impaciente sentido de anticipación tenía a todo el mundo en ascuas. La multitud parecía sentir que algo espectacular iba a ocurrir. Con dificultad, Anderton forzó su camino más allá de las hileras de asientos hasta el apretado cordón de oficiales del Ejercito al borde de la plataforma.
Kaplan estaba entre ellos. Pero él era ahora el General Kaplan.
El chaleco, el reloj de bolsillo de oro, el bastón, el conservador traje de negocios: todo eso había desaparecido. Para este evento, Kaplan había sacado su viejo uniforme de entre las bolas de naftalina. Recto e impresionante, estaba de pie rodeado por lo que había sido su staff de general. Llevaba sus barras de servicio, sus metales, sus botas, su decorativa espada corta y su gorra con visera. Era asombroso como podía transformarse un hombre calvo bajo la severa presencia de la visera de una gorra de oficial.
Reparando en Anderton, el General Kaplan se alejó del grupo y andó a zancadas hasta donde el hombre más joven estaba de pie. La expresión sobre su delgado, móvil rostro mostraba lo incrédulamente contento que estaba de ver al Comisario de Policía.
“Esto es una sorpresa,” informó a Anderton, quitándose su pequeño guante gris de la mano. “Tenía la impresión de que había sido detenido por el actual Comisario.”
“Todavía soy libre,” respondió Anderton brevemente, estrechando la mano. “Después de todo, Witwer tenía la misma bobina de cinta.” Señaló el paquete que Kaplan agarraba con dedos de acero y encontró la mirada confiada del hombre.
A pesar de su nerviosismo, el General Kaplan estaba de buen humor. “Es una gran ocasión para el Ejercito,” reveló. “Estará contento de saber que voy a hacer público un informe completo de las falsas acusaciones lanzadas contra usted.”
“Bien,” respondió Anderton evasivamente.
“Dejaré claro que fue injustamente acusado.” El General Kaplan estaba tratando de descubrir lo que Anderton sabía. “¿Tuvo oportunidad Flemming de ponerle al corriente de la situación?”
“Hasta cierto punto,” replicó Anderton. “¿Va a leer sólo el informe de la minoría? ¿Eso es todo lo que ha conseguido?”
“Voy a compararlo con el informe de la mayoría.” El General Kaplan hizo señas a un ayudante y una cartera de cuero le fue mostrada. “Todo está aquí...todas las evidencias que necesitamos,” dijo. “No le molesta ser un ejemplo, ¿verdad?. Su caso simboliza el injusto arresto de incontables individuos.” Rígidamente, el General Kaplan consultó su reloj de pulsera. “Debo comenzar. ¿Vendrá conmigo a la plataforma?”
“¿Por qué?”
Fríamente, pero con una especie de vehemencia reprimida, el General Kaplan dijo: “Así ellos podrán ver la prueba viviente. A usted y a mí juntos, el asesino y su víctima.
Uno junto a otro, desenmascarando el completo y siniestro fraude sobre el que la policía ha estado operando.”
“Con mucho gusto,” convino Anderton. “¿A qué estamos esperando?”
Desconcertado, el General Kaplan avanzaba hacia la plataforma. De nuevo, echó una ojeada intranquila a Anderton, como si estuviera claramente preguntándose por qué había aparecido y qué es lo que realmente sabía. Su incertidumbre creció cuando Anderton complaciente subió a la plataforma y encontró un asiento directamente al lado del podium del orador.
“¿Comprende completamente lo que voy a hacer?” preguntó el General Kaplan. “La exposición tendrá considerables repercusiones. Provocará que el Senado reconsidere la validez básica del sistema de Precrime.”
“Comprendo,” respondió Anderton, los brazos cruzados. “Vamos.”
Un silencio descendió sobre la muchedumbre. Hubo una inquieta, agitada excitación cuando el General Kaplan tomó la cartera y comenzó a ordenar su material frente a ellos.
“El hombre sentado a mi lado,” comenzó con una limpia, modulada voz, “es familiar para todos vosotros. Podéis estar sorprendidos de verlo, por cuanto hasta recientemente era descrito por la policía como un peligroso asesino.”
Los ojos de la muchedumbre enfocaron a Anderton. Avidamente, escudriñaban al único potencial asesino que habían tenido el privilegio de ver desde tan cerca.
“En las últimas horas, sin embargo,” continuó el General Kaplan, “la orden policial para su arresto ha sido cancelada. ¿Fue así porque el anterior Comisario Anderton se rindió voluntariamente?. No, eso no es estrictamente exacto. El está sentado aquí. El no se ha rendido, sino que es la policía la que ya no está interesada en él. John Allison Anderton es inocente de cualquier crimen pasado, presente y futuro. Las alegaciones contra él fueron patentes fraudes, diabólicas distorsiones de un contaminado sistema penal basado en una falsa premisa....un vasto, impersonal mecanismo de destrucción oprimiendo hombres y mujeres hasta su muerte.”
Fascinada, la multitud miraba de Kaplan a Anderton. Todos estaban familiarizados con la situación básica.
“Muchos hombres han sido atrapados y encarcelados bajo la así llamada profiláctica estructura de Precrime,” continuó el General Kaplan, su voz ganando en sentimiento y fuerza. “Acusados no de crímenes que ellos han cometido, sino de crímenes que ellos cometerán. Se afirma que estos hombres, si se les permite permanecer libres, cometerán crímenes en algún momento del futuro.”
“Pero eso puede ser un conocimiento no válido del futuro. Tan pronto como la información precognitiva es obtenida, se cancela a sí misma. La afirmación de que este hombre cometerá un crimen es paradójica. El mismo acto de poseer este dato lo vuelve falso. En cada caso, sin excepción, el informe de los tres policías precogs ha invalidado su propia información. Si ningún arresto hubiera sido hecho, tampoco ningún crimen hubiera sido cometido.”
Anderton escuchaba vagamente, medio oyendo las palabras. La muchedumbre, sin embargo, escuchaba con gran interés. El General Kaplan estaba ahora exponiendo un sumario del informe de la minoría. Explicaba lo que era y cómo había sido concebido.
Del bolsillo de su chaqueta, Anderton sacó su pistola y la apoyó en su rodilla. Ya Kaplan había dejado a un lado el informe de la minoría, el material precognitivo obtenido de “Jerry”. Sus flacos, huesudos dedos buscaban a tientas el sumario de “Donna” en primer lugar y después el de “Mike”.
“Este era el informe de la mayoría original,” explicó. “La afirmación hecha por los dos primeros precogs de que Anderton cometería un asesinato. Ahora y aquí es material
automáticamente invalidado. Lo leeré para vosotros.” Se ajustó las gafas a su nariz y comenzó lentamente a leer.
Una extraña expresión apareció en su cara. Se interrumpió, tartamudeó y abruptamente se detuvo. Los papeles volaron de sus manos. Como un animal arrinconado, se revolvió, se agachó y se precipitó desde la tribuna del orador.
Por un instante, miró con la cara desfigurada más allá de Anderton. De pie ahora, Anderton levantó la pistola, caminó rápidamente hacia delante y disparó. Tropezando con las hileras de pies que sobresalían de las sillas que llenaban la plataforma, Kaplan dio un único y agudo grito de agonía y espanto. Cayó como un pájaro herido, revoloteando, desde la plataforma al suelo de abajo. Anderton caminó hasta la barandilla, pero ya todo había acabado.
Kaplan, como el informe de la mayoría había asegurado, estaba muerto. Su delgado pecho era una cavidad humeante de oscuridad, de cenizas desmenuzadas, mientras el cuerpo daba los últimos estertores.
Asqueado, Anderton se alejó y se movió rápidamente entre el creciente asombro de los oficiales del Ejército. La pistola, que todavía llevaba, le garantizaba que nadie se interpondría en su camino. Saltó de la plataforma y se guarneció en la caótica masa de gente que había en su base. Impactados, horrorizados todos luchaban por ver lo que había sucedido. El incidente, ocurrido ante sus ojos, era incomprensible. Les llevaría tiempo aceptar y recuperarse de ese terror ciego.
En la periferia de la multitud, Anderton se reunió con los policías que le esperaban. “Es afortunado de escapar,” le susurró uno de ellos cuando el coche inició cautelosamente la marcha.
“Supongo que sí,” replicó Anderton levemente. Se echó hacia atrás y trató de recuperarse. Estaba temblando y mareado. Abruptamente se inclinó hacia delante y se sintió violentamente enfermo.
“Pobre diablo,” murmuró uno de los policías simpáticamente.
A través de las olas de miseria y nausea, Anderton fue incapaz de decir si el policía se estaba refiriendo a Kaplan o a él mismo.
X
Cuatro fornidos policías ayudaron a Lisa y John Anderton con el equipaje cargando sus posesiones. En cincuenta años, el ex Comisario de Policía había acumulado una vasta colección de objetos de valor. Sombrío y pensativo, permanecía de pie vigilando la procesión de cajas en su traslado a los camiones que esperaban.
En camión irían directamente al espacio-puerto y desde allí a Centauro X por transporte intersistema. Un largo viaje para un viejo. Pero él no tendría que regresar.
“Esta es la última caja,” declaró Lisa, absorta y preocupada por la tarea. En suéter y pantalones, vagaba por las habitaciones vacías comprobando los detalles de última hora. “Supongo que no podremos usar estos nuevos aparatos atrónicos. Todavía están empleando electricidad en Centauro.”
“Espero que no te importe demasiado,” dijo Anderton.
“Nos acostumbraremos,” replicó Lisa, y le dedicó una sonrisa fugaz. “¿No te parece?”
“Eso espero. ¿Estás segura de que no te arrepentirás?. Si yo...”
“Ningún arrepentimiento,” le aseguró Lisa. “Ahora supongo que me ayudarás con esta caja.”
Cuando subían al camión delantero, Witwer llegó en un coche patrulla. Saltó fuera y se dio prisa en llegar hasta ellos, su cara con aspecto extrañamente ojeroso. “Antes de que se marche,” le dijo a Anderton, “debería darme una explicación sobre la situación con
los tres precogs. Me están haciendo preguntas desde el Senado. Ellos quieren averiguar si el informe del precog del centro, la retractación, era un error....o qué.” Confusamente, concluyó: “Todavía no puedo explicarlo. El informe de la minoría estaba equivocado, ¿no es eso?”
“¿Cuál informe de la minoría?” pregunto Anderton divertido.
Witwer parpadeó. “Entonces de modo que es eso. Desearía que me lo contara.”
Sentado en la cabina del camión, Anderton sacó su pipa y echó tabaco en ella. Con el encendedor de Lisa prendió el tabaco y comenzó a fumar. Lisa había regresado a la casa para asegurarse de que nada vital había sido pasado por alto.
“Había tres informes de la minoría,” dijo a Witwer, disfrutando la confusión del joven. Algún día Witwer aprendería a no conducirse por situaciones que no comprendiera completamente. La satisfacción era la emoción final de Anderton. Viejo y cansado como estaba, había sido el único en comprender la naturaleza real del problema.
“Los tres informes eran consecutivos,” explicó. “El primero era el de “Donna”. En esa línea temporal Kaplan me habló del complot y yo lo asesiné de inmediato. Esto dio lugar al segundo informe. Pero enfrentado con este informe, cambié de opinión. Informe dos, situación dos, era la situación que Kaplan buscaba crear. Era conveniente para la policía trabajar sobre la posición uno. Y en ese momento yo esta pensando como policía. Había comprendido lo que Kaplan estaba haciendo. El tercer informe invalidaba el segundo del mismo modo que el segundo invalidaba el primero. Eso nos llevaba de vuelta a donde comenzamos.”
Lisa regresó sin aliento y jadeando. “Vámonos, hemos acabado aquí.” Flexible y ágil, ascendió los escalones de metal del camión y se apretó junto a su marido y el conductor. El último, obedientemente, arrancó su camión y los otros le siguieron.
“Cada informe era diferente,” concluyó Anderton. “Cada uno era único. Pero dos de ellos coincidían en un punto. Si yo estaba libre, mataría a Kaplan. Eso creo la ilusión de un informe de la mayoría. En ese momento eso era todo lo que era, una ilusión. “Donna” y “Mike” previeron el mismo suceso, pero en dos líneas temporales totalmente diferentes, ocurriendo bajo situaciones totalmente diferentes. “Donna” y “Jerry”, el llamado informe de la minoría y la mitad del informe de la mayoría, eran incorrectos. De los tres, “Mike” era el correcto desde el momento en que ningún informe apareció después de ese para invalidarlo. Eso lo resume todo.”
Ansiosamente, Witwer trotaba al lado del camión, con su tranquila, rubia cara arrugada por la preocupación. “¿Ocurrirá de nuevo? ¿Deberíamos revisar la organización?”
“Puede ocurrir en sólo una circunstancia,” dijo Anderton. “Mi caso era único, desde el momento que tuve acceso a los datos. Podría ocurrir de nuevo, pero sólo al próximo Comisario de Policía, así que vigile sus pasos.” Brevemente, se echó a reír, no demasiado confortado por la tensa expresión de Witwer. A su lado, los rojos labios de Lisa se movieron nerviosamente, extendió su mano y la posó sobre la suya.
“Mejor mantenga los ojos abiertos,” aconsejó al joven Witwer. “Puede ocurrirle en cualquier momento.”


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