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domingo, 25 de agosto de 2013

El Barón de Grogzwig - Charles Dickens




Charles Dickens






El barón Von Koéldwethout, de Grogzwig, Alemania, era probablemente un joven barón como cualquiera le gustaría ver uno. No es necesario q diga que vivía en un castillo, porque es evidente; tampoco es necesario que diga que vivía en un castillo antiguo, pues ¿qué barón alemán viviría en u: nuevo? Había muchas circunstancias extrañas relacionadas con este venerable edificio, entre las cuales no era la menos sorprendente y misteriosa el hecho de que cuando soplaba el viento, éste rugía en el interior de las chimeneas, o incluso aullaba entre los árboles del bosque circundante, o que cuando brillaba la luna ésta se abría camino por entre determinadas pequeñas aberturas de los muros y llegaba a iluminar plenamente algunas zonas de los amplios salones y galerías, dejando otras en una sombra tenebrosa. Tengo entendido que uno de los antepasados del
barón, que andaba escaso de dinero, le han clavado una daga a un caballero que
llegó una noche pidiendo servidumbre de paso, y se supone que tos hechos milagrosos tuvieron lugar como consecuencia de aquello. Y, sin embargo, difícilmente puedo saber cómo sucedió, pues el antepasado del barón, que era un
hombre amable, se sintió después tan apenado por haber sido tan irreflexivo, y haber puesto sus manos violentas sobre una cantidad de piedras y maderos pertenecientes a un barón más débil, que construyó como excusa una capilla obteniendo un recibo del cielo como saldo a cuenta.
El hecho de haber hablado del antepasado del barón me trae a la mente los vehementes deseos de éste de que se respete su linaje. Temo no poder decir con seguridad cuántos antepasados haya tenido el barón, pero sé que había tenido muchísimos más que cualquier otro hombre de su época, y sólo deseo que haya vivido hasta fechas recientes para haber podido dejar más en la tierra. Para los grandes hombres de los siglos pasados debió ser muy duro haber llegado al mundo tan pronto, pues lógicamente un hombre que nació hace trescientos o cuatrocientos años no puede esperarse que tuviera antes que él tantos parientes
como un hombre que haya nacido ahora. Éste último, quienquiera que sea -y por lo que nosotros sabemos lo mismo podría ser un zapatero remendón que un tipo bajo y vulgar-, tendrá un linaje más largo que el mayor de los nobles vivo actualmente; y afirmo que esto no es justo.
¡Bueno, pero el barón Von Koëldwethout de Grogzwig! Era un hombre guapo y atezado, de cabello oscuro y grandes mostachos que salía a cazar a caballo vestido con paño verde de Lincoln, con botas rojas en los pies, con un cuerno de
caza colgado del hombro como el guarda de un campo muy amplio. Cuando soplaba su
cuerno, otros veinticuatro caballeros de rango inferior, vestidos con paño verde
de Lincoln un poco más basto, y botas de cuero bermejo de suelas un poco más
gruesas, se presentaban directamente; y galopaban todos juntos con lanzas en las manos como barandillas de un área lacada, cazando jabalíes, o encontrándose quizá con un oso en cuyo último caso el barón era el primero en matarlo, y después engrasaba con él sus bigots.
Fue una vida alegre la del barón de Grogzwig, y más alegre todavía la de sus partidarios, quienes bebían vino del Rin todas las noches hasta que caían bajo la mesa, y entonces encontraban las botellas en el suelo y pedían pipas. Jamás hubo calaveras tan festivos, fanfarrones, joviales y alegres como los que formaban la animada banda de Grogzwig.
Pero los placeres de la mesa, o los placeres de debajo de la mesa, exigen un poco de variedad; sobre todo si las mismas veinticinco personas se sientan diariamente ante la misma mesa para hablar de lo mismos temas y contar las mismas historias. El barón se sintió aburrido y deseó excitación. Empezó disputar con sus caballeros, y todos los días, después de la cena, intentaba patear a dos o tres de ellos. A principio aquello resultó un cambio agradable, pero al cabo de una semana se volvió monótono, el barón se sintió totalmente indispuesto y buscó, con desesperación, alguna diversión nueva.
Una noche, tras los entretenimientos del día e los que había ido más allá de Nimrod o Gillingwiter, y matado «otro hermoso oso», llevándolo después a casa en triunfo, el barón Von KoéldwethOL se sentó desanimado a la cabeza de su esa
contemplando con aspecto descontento el techo ahumado del salón. Trasegó enormes copas llenas de vino, pero cuanto más bebía más fruncía el ceño. Los caballeros que habían sido honrados con la peligrosa distinción de sentarse a su derecha y a su izquierda le imitaron de manera milagrosa en el beber y se miraron ceñudamente el uno al otro.
-¡Lo haré! -gritó de pronto el barón golpeando la mesa con la mano derecha y retorciéndose el mostacho con la izquierda-. ¡Preñaré a la dama de Grogzwig!
Los veinticuatro verdes de Lincoln se pusieron pálidos, a excepción de sus veinticuatro narices, cuyo color permaneció inalterable.
-Me refiero a la dama de Grogzwig -repitió el barón mirando la mesa a su alrededor.
-¡Por la dama de Grogzwig! -gritaron los verdes de Lincoln, y por sus veinticuatro gargantas bajaron veinticuatro pintas imperiales de un vino del Rin tan viejo y extraordinario que se lamieron sus cuarenta y ocho labios, y luego pestañearon.
-La hermosa hija del barón Von Swillenhausen -añadió KoMwethout, condescendiendo a explicarse-. La pediremos en matrimonio a su padre en cuanto el sol baje mañana. Si se niega a nuestra petición, le cortaremos la nariz.
Un murmullo ronco se elevó entre el grupo; todos los hombres tocaron primero la
empuñadura de su espada, y después la punta de su nariz, con espantoso significado.
¡Qué agradable resulta contemplar la piedad filial!
Si la hija del barón hubiera suplicado a un corazón preocupado, o hubiera caído a los pies de su padre cubriéndolos de lágrimas saladas, o simplemente si se hubiera desmayado y hubiera cumplimentado luego al anciano caballero con frenéticas jaculatorias, la: posibilidades son cien contra una a que el castillo de Swillenhausen habría sido echado por la ventana, c habrían echado por la ventana al barón y el castillo habría sido demolido. Sin embargo, la damisela mantuvo su paz cuando un mensajero madrugador llevó o la mañana siguiente la
petición de Von Kodldwethout, y se retiró modestamente a su cámara, desde cuya ventana observó la llegada del pretendiente y su séquito. En cuanto estuvo segura de que el jinete de los grandes mostachos era el que se le proponía como esposo, se precipitó a presencia de su padre y expresó estar dispuesta a sacrificarse para asegurar la paz del anciano. El venerable barón cogió a su hija entre sus brazos e hizo un guiño de alegría.
Aquel día hubo grandes fiestas en el castillo. Los veinticuatro verdes de Lincoln de Von Koéldwethout intercambiaron votos de amistad eterna con los doce verdes de Lincoln de Von Swillenhausen, y prometieron al viejo barón que beberían su vino «hasta que todo se volviera azul», con lo que probablemente querían significar que hasta que todos sus semblantes hubieran adquirido el mismo tono que sus narices. Cuando llegó el momento de la despedida todos palmeaban las espaldas de todos los demás, y el barón Von Koéldwethout y sus seguidores cabalgaron alegremente de regreso a casa.
Durante seis semanas mortales jabalíes y osos tuvieron vacaciones. Las casas de Kodldwethout y Swillenhausen estaban unidas; las lanzas se aherrumbra ron, y el cuerno de caza del barón contrajo ronquera por falta de soplidos.
Aquellos fueron momentos importantes para los veinticuatro, pero ¡ay!, sus días elevados y triunfales estaban ya calzándose para disponerse a irse. -Querido mío
-dijo la baronesa. -Mi amor -le respondió el barón. -Esos hombres toscos y ruidosos...
-¿Cuáles, señora? -preguntó el barón sorprendido.
Desde la ventana junto a la que estaban, la baronesa señaló el patio inferior en donde, inconscientes de todo, los verdes de Lincoln estaban realizando copiosas libaciones estimulantes como preparativo para salir a cazar uno o dos verracos.
-Son mi grupo de caza, señora -le informó el barón.
-Licéncialos, amor-murmuró la baronesa.
-¡Licenciarlos! -gritó el barón con asombro.
-Para complacerme, amor -contestó la baronesa.
-Para complacer al diablo, señora -respondió el barón.
Entonces la baronesa lanzó un gran grito y se desmayó a los pies del barón.
¿Qué podía hacer el barón? Llamó a la doncella de la señora y rugió pidiendo un doctor; y luego, saliendo a la carrera al patio, pateó a los dos verdes de Lincoln que más habituados estaban a ello, y maldiciendo a todos los demás, les pidió que se marcharan... aunque no le importaba adónde. No sé la expresión alemana para ello, pues si la conociera lo habría podido describir
delicadamente.
No me corresponde a mí decir mediante qué medios, o qué grados, algunas esposas consiguen someter a sus esposos de la manera que lo hacen, aunque sí puedo tener mi opinión personal sobre el tema, y pensar que ningún Miembro del Parlamento debería estar casado, por cuanto que tres miembros casados de cada cuatro votarán de acuerdo con la conciencia de su esposa (si la tienen), y no de acuerdo con la suya propia. Lo único que necesito decir ahora es que la baronesa
von Koéldwethout adquirió de una u otra manera un gran control sobre el barón von KoUldwethout, y que poco a poco, trocito a trocito, día a día y año a año el barón obtenía la peor parte de cualquier cuestión disputada, o era astutamente descabalgado de cualquier antigua afición; y así, cuando se convirtió en un hombre grueso y robusto de unos cuarenta y ocho años, no tenía ya fiestas, ni jolgorios, ni grupo de caza ni tampoco caza: en resumen, no le quedaba nada que
le gustara o que hubiera sólido tener; y así, aunque fue tan valiente como un león, y tan audaz como descarado, fue claramente despreciado y reprimido por su propia dama en su propio castillo de Grogzwig.
Y no acaban aquí todos los infortunios del barón. Aproximadamente un año después de sus nupcias vino al mundo un barón robusto y joven en cuyo honor se dispararon muchos fuegos artificiales y se bebieron muchas docenas de barriles de vicio; pero al año siguiente llegó una joven baronesa y cada año otro joven barón, y así un año tras otro, o un barón o una baronesa (y un año los dos al mismo tiempo), hasta que el barón se encontró siendo padre de una pequeña familia de doce. En cada uno de esos aniversarios la venerable baronesa Von Swillenhausen se ponía muy nerviosa y sensible por el bienestar de su hija la baronesa Von Koéldwethout, y aunque no se sabe que la buena dama hiciera nunca nada real que contribuyera a la recuperación de su hija, seguía considerando un deber ponerse tan nerviosa como fuera posible en el castillo de Grogzwig, y dividir su tiempo entre observaciones morales sobre la forma en que se llevaba la casa del barón y quejarse por el duro destino de su infeliz hija. Y si el barón de Grogzwig, algo herido e irritado por esa conducta, cobraba valor y se aventuraba a sugerir que su esposa al menos no estaba peor que las esposas de otros barones, la baronesa Von Swillenhausen suplicaba a todas las personas que se dieran cuenta de que nadie salvo ella simpatizaba con los sufrimientos de su hija; y con aquello, sus parientes y amigos comentaban que con toda seguridad ella sufría mucho más que su yerno, y que si existía algún animal vivo de corazón duro, ése era el barón de Grogzwig.
El pobre barón lo soportó todo mientras pudo, y cuando no pudo soportarlo ya más perdió el apetito y el ánimo, y se quedó sentado lleno de tristeza y aflicción.
Pero todavía le aguardaban problemas peores, y cuando le llegaron aumentó su
melancolía y su tristeza. Cambiaron los tiempos; se endeudó. Las arcas de Grogzwig, que la familia Swillenhausen había considerado inagotables, se vaciaron; y precisamente cuando la baronesa estaba a punto de sumar la decimotercera adición al linaje de la familia, Von Koéldwethout descubrió que carecía de medios para reponerlas.
-No veo qué se puede hacer -dijo el barón-. Creo que me suicidaré.
Fue una idea brillante. El barón cogió un viejo cuchillo de caza de un armario
que tenía al lado, y tras afilarlo sobre la bota, le hizo a su garganta lo que los muchachos llaman «una oferta».
-¡Bueno! -exclamó el barón al tiempo que detenía la mano-. Quizá no esté lo
bastante afilado.
El barón lo afiló de nuevo e hizo otro intento, pero detuvo su mano un fuerte griterío que se produjo entre los jóvenes barones y baronesas, reunidos todos en
un salón infantil situado arriba de la torre con barras de hierro por el exterior de las ventanas para impedir que se lanzaran al foso.
-Si hubiera sido soltero -dijo el barón suspirando-, podría haberlo hecho más de cincuenta veces sin que me interrumpieran. ¡Vamos! Lleva una botella de vino y la pipa más grande a la pequeña habitación abovedada que hay tras el salón.
Una de las criadas ejecutó de la manera más amable posible la orden del barón en el curso de una media hora, y Von Koéldwethout, tras apreciar que así había sido hecho, se dirigió a grandes zancadas hacia la habitación abovedada cuyas paredes, que eran de una madera oscura y brillante, relucían al fuego de los leños ardientes apilados en el hogar. La botella y la pipa estaban dispuestas y el lugar parecía en general muy cómodo.
-Deja la lámpara-ordenó el barón.
-¿Alguna otra cosa, mi señor? -preguntó la criada. -Soledad -contestó el barón.
La criada obedeció y el barón cerró la puerta.
Fumaré una última pipa y luego pondré fin a todo -dijo el barón.
El señor de Grogzwig dejó el cuchillo sobre la mesa, hasta que lo necesitara, se sirvió una buena medida de vino, se echó hacia atrás en la silla, estiró las piernas delante del fuego y se desinfló.
Pensó en muchísimas cosas, en sus problemas de hoy y en los días pasados, cuando era soltero, en los verdes de Lincoln, que desde hacía tiempo habían sido
dispersados por el país, sin que nadie supiera dónde estaban con la excepción de
dos, que desgraciadamente habían sido decapitados, y cuatro que se habían matado de tanto beber. Su mente pensó en osos y verracos, cuando en el momento de beberse la copa hasta el fondo alzó la mirada y vio por primera vez, con asombro ilimitado, que no estaba solo.
No, no lo estaba; pues al otro lado del fuego se hallaba sentada con los brazos cruzados una horrible y arrugada figura, de ojos profundamente hundidos e inyectados en sangre, rostro cadavérico de inmensa longitud ensombrecido por unas grejas enmarañadas y mal cortadas de cabellos negros recios. Vestía una especie de túnica de color azulado desvaído que, como observó el barón contemplándola atentamente, estaba ornamentada llevando por delante, a modo de cierres, asideros de ataúd. También llevaba las piernas cubiertas por planchas
de ataúd, a modo de armadura; y sobre el hombro izquierdo llevaba un corto manto oscuro que parecía hecho con los restos de un paño mortuorio. No prestaba
atención al barón, pues miraba fijamente el fuego.
-¡Hola! -exclamó el barón al tiempo que golpeaba el suelo con los pies para llamar su atención. -¡Hola! -replicó el otro dirigiendo la mirada hacia el barón, pero sólo los ojos, no el rostro-. ¿Qué pasa?
-¿Que qué pasa? -contestó el barón sin acobardarse en lo más mínimo por la voz
hueca y la mirada carente de brillo del otro-. Soy yo el que debería hacer esa pregunta. ¿Cómo llegó hasta aquí?
-Por la puerta -contestó la figura. -¿Quién es? -preguntó el barón. -Un hombre
-contestó la figura. -No le creo -dijo el barón.
-Pues no lo crea-contestó la figura. -Eso es lo que haré -replicó el barón.
La figura se quedó mirando un tiempo al osado barón de Grogzwig, y luego, en tono familiar dijo: -Ya veo que nadie le puede persuadir. ¡No soy un hombre!
-Entonces ¿qué es? -preguntó el barón. -Un genio -contestó la figura.
-Pues no se parece mucho a ninguno -contestó burlonamente el barón.
-Soy el genio de la desesperación y el suicidio. Ahora ya me conoce.
Tras decir esas palabras, la aparición se puso de cara al barón, como si se preparara para una conversación; y lo más notable de todo fue que apartó el manto hacia un lado, mostrando así una estaca que le recorría el centro del cuerpo. Se la sacó con un movimiento brusco y la dejó sobre la mesa con el mismo cuidado que si se tratara de un bastón de paseo.
-¿Está dispuesto ya para mí? -preguntó la figura fijando la mirada en el cuchillo de caza.
-No del todo. Primero he de terminar esta pipa. -Entonces aligere -exclamó la figura.
-Parece tener prisa-contestó el barón.
-Pues bien, sí, la tengo. Hay ahora muchos asuntos de los míos en Inglaterra y Francia, y mi tiempo está ocupadísimo.
-¿Bebe? -preguntó el barón tocando la botella con la cazoleta de la pipa.
-Nueve veces de cada diez, y siempre con exageración -replicó secamente la figura.
-¿Nunca con moderación?
-Jamás -contestó la figura con un estremecimiento-. Eso produce alegría.
El barón echó otra ojeada a su nuevo amigo, a quien consideró como un parroquiano verdaderamente extraño, y finalmente le preguntó si tomaba parte activa en acontecimientos como los que había, estado contemplando.
-No -contestó la figura en tono evasivo-. Pero estoy siempre presente.
-Para contemplar imparcialmente, supongo -dijo el barón.
-Exactamente -contestó la figura jugueteando con la estaca y examinando la punta-. Dese toda la prisa que pueda, ¿quiere? Pues hay un joven caballero que ahora me necesita porque le aflige el tener demasiado dinero y tiempo libre, o eso me parece.
-¿Va a suicidarse porque tiene demasiado dinero? -exclamó el barón, realmente
divertido-. ¡Ja, ja! Ésa sí que es buena.
(Aquella fue la primera vez que el barón se rió desde hacia mucho tiempo.
-Le ruego que no vuelva a hacer eso -le reconvino la figura, que parecía muy asustada.
-¿Y por qué no? -preguntó el barón.
-Porque me produce un gran dolor. Suspire todo lo que quiera: eso me hace sentir bien.
Al escuchar la mención de la palabra, el barón suspiró mecánicamente; la figura,
animándose de nuevo, le entregó el cuchillo de caza con la cortesía más encantadora.
-Y, sin embargo, no es mala idea, un hombre que se suicida porque tiene demasiado dinero -comentó el barón al tiempo que sentía el borde del arma.
-¡Bah! No mejor que la de un hombre que se suicida porque no tiene nada, o tiene demasiado poco -contestó la aparición con petulancia.
No tengo manera de saber si el genio se comprometió sin intención alguna al decir eso o si es que pensó que la mente del barón estaba ya tan decidida que no importaba lo que dijera. Lo único que sé es que el barón detuvo al instante la mano, abrió bien los ojos y miró como si en ellos hubiera entrado por primera vez una luz nueva.
-Bueno, la verdad es que no hay nada que sea lo bastante malo como para quitarse de en medio por ello -dijo Von Koéldwethout.
-Salvo las arcas vacías -gritó el genio.
-Bien, pero un día pueden llenarse de nuevo -añadió el barón.
-Las esposas regañonas -le reconvino el genio. -¡Ah! Se las puede hacer
callar-contestó el barón. -Trece hijos -gritó el genio.
-Seguramente no todos saldrán malos -replicó el barón.
Evidentemente el genio se estaba enfadando bastante por el hecho de que de pronto el barón sostuviera esas opiniones, pero intentó tomárselo a broma y dijo que se sentiría muy agradecido hacia él si le permitía saber cuándo iba a dejar de tomárselo a risa.
-Pero si no estoy bromeando, nunca estuve tan lejos de eso -protestó el barón.
-Bueno, me alegra oír eso -respondió el genio con aspecto ceñudo-. Porque una broma que no sea un juego de palabras es la muerte para mí. ¡Vamos! ¡Abandone
enseguida este mundo terrible!
-No sé -dijo el barón jugueteando con el cuchillo-. Ciertamente que es terrible, pero no cree que el suyo sea mucho mejor, pues no tiene aspecto de encontrarse
especialmente cómodo. Eso me recuerda que me sentía muy seguro de obtener alga mejor si abandonaba este mundo... -de pronto lanzó un grito y se incorporó-: nunca había pensado en esto.
-¡Concluya! -gritó la figura castañeteando los dientes.
-¡Fuera! -le contestó el barón-. Dejaré de meditar sobre las desgracias, pondré buena cara y probaré de nuevo con el aire libre y los osos; y si eso no funciona, hablaré sensatamente con la baronesa y acabaré con los Von Swillenhausen.
Tras decir aquello, el barón volvió a sentarse en la silla y rió con tanta
fuerza y alboroto que la habitación resonó.
La figura retrocedió uno o dos pasos mirando entretanto al barón con terror intenso, y después recogió la estaca, se la metió violentamente en el cuerpo, lanzó un aullido atemorizador y desapareció.
Von Koéldwethout no volvió a verla nunca. Una vez que había decidido actuar, inmediatamente obligó a razonar a la baronesa y a los Von Swillenhausen, y murió muchos años después; no como un hombre rico que yo sepa, pero como un hombre feliz: dejó tras él una familia numerosa que fue cuidadosamente educada en la caza del oso y el verraco bajo su propia vigilancia personal. Y mi consejo a todos los hombres es que si alguna vez se sienten tristes y melancólicos por causas similares (como les sucede a muchos hombres), contemplen los dos lados del asunto, y pongan un cristal de aumento sobre el mejor; y si todavía se sienten tentados a irse sin permiso, que primero se fumen una gran pipa y se beban una botella entera, y aprovechen el laudable ejemplo del barón de Grogzwig.


El Relato Del Pariente Pobre - Charles Dickens



Charles Dickens






No deseaba en absoluto tener la prioridad entre tantos miembros respetables de la fa­milia, y comenzar la serie de historias, que cada uno aportaría a su turno, mientras esta­ban sentados cerca del hogar de Navidad. Modestamente sugirió:
-Sería más correcto que John, nuestro es­timado anfitrión (a cuya salud brindara) tu­viese la amabilidad de iniciar la serie. Por­que en lo que a él se refiere, estaba tan po­co acostumbrado a tomar la iniciativa que, realmente...
Pero, como todos exclamaran a un tiempo que él debía comenzar y estuvieran comple­tamente de acuerdo en que él podía y debía iniciar la serie, dejó de frotarse las manos, acomodóse en el asiento y dijo así:
-No dudo de que sorprenderé a todos los miembros de nuestra familia aquí reunidos, y en particular a John, nuestro estimado an­fitrión, a quien debemos la noble hospitali­dad que nos brinda en este día, con la con­fesión que voy a hacer. Pero si ustedes me honran, al sorprenderme ante cualquier de­talle que se refiere a una persona de tan po­ca importancia en la familia como yo lo soy, sólo puedo asegurarles que seré escrupulo­samente sincero en mi relato.
Yo no soy tal como se supone debe ser. Soy completamente distinto. Tal vez, antes de ir más lejos, debiera echar un vistazo ha­cia lo que sospecho que todos opinan de mí.
Se supone, a menos que esté equivocado, cosa muy probable, y los miembros de la fa­milia aquí reunidos me corregirán (llegado ahí, el pariente pobre miró con indulgencia a su alrededor) que no soy más enemigo que de mí mismo; que nunca tuve éxito en nada; que fracasé en los negocios porque era inep­to e ingenuo y no estaba prevenido contra los planes interesados de mi socio; que fra­casé en el amor porque era ridículamente
confiado al considerar imposible que Chris­tiana pudiese engañarme; que fracasé en mis esperanzas con respecto a tío Chill, debido a mi falta de sagacidad en asuntos mundanos; que a través de mi existencia fui, por lo co­mún, defraudado y engañado. Que sea en la actualidad un solterón entre los cincuenta y nueve y sesenta años de edad, viviendo con una renta limitada, en forma de pensión tri­mestral, respecto de lo cual observo que John, nuestro estimado anfitrión, desearía que no hiciera ninguna otra alusión.
La suposición acerca de mis presentes ocupaciones y costumbres es para el efecto subsiguiente:
Vivo en Claphan Road, en una muy limpia habitación interior de una casa respetable, donde no se me espera durante el día, a no ser cuando estoy enfermo, y a la que co­múnmente abandono a las nueve de la ma­ñana, con el pretexto de mis ocupaciones comerciales. Me desayuno con panecillos, manteca y café, en un antiguo establecimiento cerca del puente de Westminster, y luego entro en la ciudad, sin saber la razón exacta; visito el café Garraway y después el Change; sigo mi camino y frecuento algunas oficinas y escritorios donde varios de mis pa­rientes y amigos son muy buenos al tolerar­me y permanezco cerca de la chimenea, si la temperatura es desapacible. El día trans­curre así, hasta las cinco de la tarde; enton­ces ceno por un desembolso que, por lo co­mún, alcanza a un chelín y tres peniques. Disponiendo de varias monedas aún para gastar en algún pasatiempo vespertino, entro en el antiguo café, al volver a casa, donde pido mi habitual taza de té y tostadas, tam­bién a veces. Luego, cuando la manecilla larga del reloj recorre su camino y señala una hora avanzada, emprendo el camino de regreso y me acuesto en mi dormitorio frío, pues encender la chimenea ocasiona gastos y la familia se opone por ser motivo de su­ciedad y molestias.
En ocasiones, alguien entre mis parientes o amigos es tan cortés como para invitarme a cenar. Estos son días de fiesta, y entonces suelo pasear por el parque. Soy un hombre solitario y raras veces paseo con alguien. No es que se me evite por vestir ropas raídas, pues siempre dispongo de un traje negro de buena apariencia; pero hablo en voz baja, y a causa de ser más bien taciturno y de hu­mor melancólico, comprendo que no soy un compañero atrayente.
La única excepción a la regla, la constitu­ye el hijo de mi prima, el pequeño Frank. Siento un afecto especial por ese niño y él me corresponde en igual forma. Es una cria­tura tímida por naturaleza; en un grupo pa­saría inadvertido y sería prontamente olvida­do. El y yo, en cualquier forma, marchamos de perfecto acuerdo. Imagino que el pobre niño me sucederá en la singular situación que ocupo en la familia. Hablamos muy po­co, pero aun así nos entendemos mutua­mente. Paseamos tomados de la mano, y sin muchas palabras, adivina mis pensamientos y yo sé lo que él discurre. Cuando era muy pequeño solía llevarle a contemplar vidrie­ras de jugueterías; es sorprendente la rapi­dez con que comprendió que yo le hubiera obsequiado largamente si estuviera en con­diciones de hacerlo.
El pequeño Frank y yo solemos visitar los monumentos; le gustan mucho, así como también los puentes y todos los paseos al ai­re libre. Con motivo de mi cumpleaños ce­namos un bistec[1] y luego, con entradas de favor, vamos a alguna función de teatro, que nos interesa mucho. En una ocasión, mien­tras paseaba con él por Lombard Street, lu­gar que solemos visitar con frecuencia (le gusta mucho esa calle, tal vez debido al he­cho de haberle mencionado la existencia de grandes riquezas allí), un caballero me inter­peló al pasar: "Señor, su hijito ha perdido el guante". Yo les aseguro, si es que excusan esta observación en tan trivial circunstancia,  que la accidental alusión al niño, conside­rándole como mío, me emocionó en tal for­ma, que hizo brotar lágrimas tontas en mis ojos.
Cuando sea enviado a un colegio, estaré perplejo, sin saber qué hacer conmigo mis­mo, pero tengo la intención de llegarme has­ta allí una vez al mes y visitarle durante la tarde de algún feriado. Me comunicarán que estará jugando en los brezales, y si mis visi­tas fueran objetadas por perturbar al niño, podría verle desde lejos, sin que él note mi presencia. Su madre, descendiente de una familia muy noble, no aprueba, lo sé, que pasemos tanto tiempo juntos. También sé que no tengo probabilidades de mejorar su retraimiento; pero pienso que me echaría de menos más allá de la emoción del momen­to, si nos separan por completo.
Cuando muera en Claphan Road, no deja­ré en el mundo mucho más que lo que he obtenido de él, pero el caso es que poseo la miniatura de un niño sonriente, con la cabellera rizada y chorrera de encaje ondeando sobre el pecho (fue mi madre quien la orde­nó hacer, aun cuando yo no puedo creer que fuera parecido alguna vez) y que care­cerá de valor si se vende, pero que podré so­licitar se le entregue a Frank. Le he escrito una carta breve, en la que le digo que me siento muy triste por separarme de él, aun­que estoy moralmente obligado a confesar que no conozco el motivo por el cual debo permanecer en este mundo. Le he dado al­gunos consejos, los que encontré, para ad­vertirle acerca de las consecuencias de no ser enemigo de nadie más que de sí mismo; y me he esforzado por consolarle de lo que temo considere una pérdida muy sensible, señalándole que soy un ser superfluo para todos menos para él, y que habiendo fraca­sado por distintos medios en encontrar un lugar en esta gran asamblea, estaré mejor le­jos de ella.
Esta (continuó el pariente pobre aclarando su garganta y comenzando a elevar la voz) es la impresión general acerca de mi perso­na. Ahora, la circunstancia notable que constituye el blanco y el objeto de mi histo­ria, es que todo resulta completamente falso. Esta no es mi vida y estos no son mis hábi­tos. Jamás viví en Claphan Road y estoy rara vez allí.
Vivo la mayor parte del tiempo en un (es­toy casi avergonzado de pronunciar la pala­bra, pues suena muy llena de afectación) en un castillo. No quiero decir que sea la mansión de un barón, pero es una construcción conocida por todos como el castillo. En él guardo los detalles de mi historia, que se deslizan así:
-Fue cuando tomé como socio a John Spatter (quien fue mi escribiente) y cuando era todavía un joven de unos veinticinco años, mientras vivía en la casa de mi tío Chill, respecto a quien tenía grandes espe­ranzas, cuando me atreví a solicitar a Chris­tiana en matrimonio. Amé a Christiana du­rante mucho tiempo. Era muy hermosa y encantadora por todos conceptos. Yo sentía cierta desconfianza por su madre viuda, a quien suponía de una mentalidad interesa­da, pero trataba de mejorar esta opinión en homenaje a Christiana. Nunca amé a nadie más que a ella y ella constituía todo mi mundo, y mucho más aún, desde mi tierna infancia.
Christiana me aceptó con el consenti­miento de su madre, y fui entonces verda­deramente feliz. Mi vida, en casa de tío Chill, era mezquina e insulsa, y mi bohar­dilla, tan oscura, desnuda y fría como la celda más alta de alguna austera fortaleza en el Norte. Pero, dueño del amor de Christiana, no deseaba nada más sobre la tierra. No hubiera cambiado mi suerte por la de ningún ser humano.
Desgraciadamente, la avaricia era el defecto principal de tío Chill. A pesar de su riqueza, ahorraba, acumulaba y vivía miserablemente. Como Christiana carecía de fortuna, tuve miedo de confesarle nues­tro compromiso, mas, al fin, le escribí una carta, narrándole la pura verdad. La puse en sus manos una noche, al irme a acos­tar.
Al bajar a la mañana siguiente -temblando a causa del aire frío de diciembre, que en la casa de mi tío, sin ninguna clase de cale­facción resultaba mayor que en la calle, donde el sol de invierno solía brillar a veces, y que, en cualquier forma era animada por rostros alegres y voces que pasaban de lar­go- llevaba un peso en el corazón al atra­vesar el comedor largo y de escasa altura donde estaba mi tío sentado. Era una habita­ción enorme con un fuego escaso en la chi­menea, y donde había una ventana saliente en la que la lluvia había dejado por la noche marcas semejantes a lágrimas de desampa­rados. Miraba sobre un patio desnudo con pavimento de rajadas baldosas y con algu­nas rejas oxidadas y resquebrajadas, hacia donde daba una horrible dependencia acce­soria, que antes fuera cuarto de operaciones (en la época del gran cirujano que hipotecó la casa a mi tío).
Nos levantábamos siempre tan temprano que, en esa época del año, tomábamos el desayuno iluminados por la luz de una vela. Cuando penetré en la habitación, mi tío es­taba tan contraído por el frío y tan acurruca­do en su silla, que no lo divisé hasta haber­me acercado a la mesa.
En el momento en que le alargaba la ma­no, tomó su bastón (sintiendo ya los sínto­mas de la vejez lo usaba como apoyo) y me dijo sin contemplaciones:
-¡Eres un imbécil!
-¡Tío! -contesté-. No esperaba verte tan enojado como ahora. Ni lo hubiera su­puesto, a pesar de ser un anciano de mal co­razón y peor genio.
-¿No lo esperabas? -dijo-. ¿Cuándo has esperado algo en tu vida? ¿Has hecho cálculos alguna vez o miraste al futuro si­quiera, perro despreciable?
-¡Esas son palabras muy duras, tío!
-¿Palabras duras? ¡Plumas con que ape­drear a semejante idiota! ¡Ven aquí, Betsy Snap, y examínalo!
Betsy Snap, nuestra única criada, era una anciana seca y amarilla y de áspero rostro, siempre ocupada a esa hora del día en frotar las piernas de mi tío. Al ordenarle que me mirase, apoyó su puño magro sobre la cabe­za de ella, que estaba arrodillada a su lado, y la volvió hacia mí. Un pensamiento invo­luntario, que relacionaba a ambos con el cuarto de disecciones, cruzó mi mente en medio de mi ansiedad.
-¡Mira a ese marica llorón! -dijo mi tío-. ¡Mira al chiquillo! ¡Este es el caballero de quien la gente comenta que no es enemigo más que de sí mismo! ¡Este es el caballero que no sabe decir no! Este es el caballero que obtuvo tan inmensas ganancias en sus nego­cios que necesitó un socio para el futuro. ¡Es­te es el caballero que tomará por esposa a una mujer sin un penique y que cae en manos de Jezabeles que especulan con mi muerte!
Ahora comprendo cuán grande era el furor de mi tío; porque nada menos que ese esta­do, casi fuera de sí mismo, le hubiera indu­cido a revelar esa palabra concluyente, que tanto le repugnaba y que nunca expresaba, ni aun era insinuada, de ningún modo, en su presencia.
-Sobre mi muerte -repitió como si me desafiara, al desafiar la aversión que él mis­mo sentía hacia este nombre-. ¡Sobre mi muerte, mi muerte! Pero yo arruinaré la es­peculación. ¡Come por última vez bajo este techo y ojalá te ahogues!
Ya pueden suponer que no sentía mucho apetito por un desayuno al que era convida­do en tales términos, si bien ocupé el lugar de costumbre. Comprendí que sería repu­diado en adelante por mi tío, mas aun así podría sufrirle perfectamente, siendo dueño del corazón de Christiana.
El vació su tazón de pan y leche como de costumbre, con la diferencia de que lo colo­có sobre sus rodillas, y alejó la silla de la me­sa donde estaba sentado. Cuando concluyó, apagó con cuidado la vela, y la mañana fría, triste y gris cayó sobre nosotros.
-Ahora, señor Michael -dijo-, antes de separarnos desearía conversar con esas da­mas en su presencia.
-Como guste, señor -contesté-, pero se engaña y es cruelmente injusto para con nosotros si supone que existe algún senti­miento comprometido en este matrimonio, distinto del más puro, fiel y desinteresado amor.
A estas palabras sólo replicó:
-¡Mientes!
Y no agregó ni una sílaba más.
Nos dirigimos hasta la casa donde Chris­tiana y su madre vivían, en medio de la llu­via helada y de la nieve a medio derretir. Mi tío conocía muy bien a mi novia y a su ma­dre, quienes se disponían a tomar su desa­yuno y se quedaron muy sorprendidas al vernos llegar a esa hora.
-A sus órdenes, señora -se dirigió a la madre-. Espero que adivinarán el propósito de esta visita. Entiendo que existe un mundo de amor puro, fiel y desinteresado encerrado aquí. Soy feliz al aportarle todo lo que necesita, al completarlo del todo. Le traigo a su yerno, señora, y a usted, a su ma­rido, señorita. Este caballero es para mí, des­de ahora, un perfecto desconocido, a quien felicito por un negocio tan sabio.
Gruñó algunas palabras al salir y nunca más volví a verle.
-Es un completo error -continuó el pa­riente pobre- el suponer que mi amada Christiana, persuadida o influida en exceso por su madre, se casó con un hombre rico y que el polvo que levantan las ruedas de su carruaje me es arrojado al pasar. No, no. Ella se casó conmigo.
La causa por la cual llegamos a contraer matrimonio antes del plazo fijado fue la si­guiente: alquilé un cuarto pobre mientras ahorraba y hacía planes para el futuro, cuan­do un día me habló muy seriamente en estos términos:
-Mi querido Michael, yo te he dado mi corazón. He dicho que te amo y me he com­prometido a ser tu esposa. Me siento tan tu­ya en medio de nuestra buena o mala fortu­na como si nos hubiéramos casado el día en que esas circunstancias se interpusieron en­tre nosotros. Yo te conozco muy bien y sé que si nos separásemos y fuese rota nuestra unión, tu vida quedaría ensombrecida, y to­do lo que aún pudiera fortalecer tu carácter en la lucha contra el mundo sería debilitado hasta ser la sombra de lo que es el presente.
-¡Dios me ampare, Christiana! -dije en­tonces-. Has dicho la pura verdad.
-Michael -contestó ella colocando su mano sobre la mía con toda su pura fideli­dad-, no prolonguemos esta situación. De­bo decirte que puedo vivir feliz con los me­dios que posees. Lo digo desde el fondo de mi corazón. No luches solo por más tiempo; luchemos juntos. Mi querido Michael, no tengo derecho a ocultarte lo que tú no sos­pechas, pero que amarga mi-existencia. Mi madre, sin considerar que lo que tú has per­dido lo has perdido por mi causa y en salva­guardia de mi fe, anhela riquezas y me urge a contraer matrimonio con otro hombre, pa­ra mi desgracia. Yo no puedo soportarlo más, porque si así lo hiciera no sería leal contigo. Prefiero compartir tus luchas antes que ceder. No deseo mejor hogar que el que tú puedes brindarme. Sé que trabajarás con renovadas fuerzas si soy tuya por completo, y será así cuando tú lo desees.
Fui feliz ese día, ciertamente, y un mundo nuevo se abrió ante mis ojos. Nos casamos al poco tiempo y llevé a mi esposa a nuestro hogar dichoso, que fue el origen de la resi­dencia, sobre la que ya os he hablado. El castillo que desde entonces y para siempre habitamos juntos arranca desde esa época. Todos nuestros hijos nacieron allí. Nuestro primogénito fue una niña, ya casada ahora, y a quien llamamos Christiana. Su hijo se pa­rece tanto al pequeño Frank que apenas si puedo distinguirlo.
La impresión corriente acerca de la con­ducta de mi socio para conmigo es comple­tamente errónea. No empezó a tratarme con frialdad, como a un pobre imbécil, cuando mi tío y yo discutimos tan funestamente ni tampoco se posesionó después, gradual­mente, del negocio, y me dejó a un lado. Por el contrario, se comportó con la mejor bue­na fe para conmigo.
Las cosas entre nosotros sucedieron así: el mismo día de la separación entre mi tío y yo, y aun antes de la llegada de mi equipaje (que me envió al instante sin pagar el trans­porte), fui al local de nuestro negocio, sobre el pequeño muelle que mira al río, y allí conté a John Spatter lo ocurrido. John no me replicó diciendo que los parientes ricos y an­cianos eran un hecho evidente y que el amor y el sentimentalismo eran disparates y fábulas. Se dirigió a mí en estos términos:
-Michael, fuimos juntos a la escuela y tu­ve la destreza de sobrepasarte y obtener me­jor concepto.
-Lo has dicho, John -le contesté.
-Aun así -continuó él-, te pedí los li­bros prestados y te los perdí; te pedí dinero prestado y nunca te lo devolví; obtuve de ti un precio mayor por mis cortaplumas mella­dos que lo que pagué por ellos cuando los compré nuevos, y conseguí que té recono­cieran culpable de las ventanas y vidrios que yo rompía.
-No vale la pena mencionar nada de eso, John Spatter -dije-, pero es la pura ver­dad.
-Cuando iniciaste este negocio, que pro­metía prosperar tanto -prosiguió John-, acudí a ti en busca de un empleo cualquie­ra y me convertiste en tu dependiente.
-Aun así, carece de importancia, querido John -le dije-, pero es igualmente cierto. -Y al descubrir que tenía buena cabeza para los negocios y que era realmente útil en el comercio, no quisiste que continuara en esas condiciones, y pensaste que era un ac­to de justicia el convertirme en tu socio.
-Tampoco vale la pena mencionar ese detalle, John -contesté-, porque siempre tuve y tengo clara noción de tus méritos y de mis propios defectos.
-Ahora, mi querido amigo-dijo John to­mándome del brazo como solía hacerlo en el colegio, mientras dos embarcaciones vis­tas a través de las ventanas de nuestro des­pacho se deslizaban por el río tan plácida­mente como John y yo hubiéramos navega­do en mutua compañía, con fe y confianza plenas-, convengamos que en estas cir­cunstancias exista un completo acuerdo en­tre nosotros. Tú eres muy confiado, Michael. No eres enemigo de nadie más que de ti mismo. Si yo debiera atribuirte esa perjudi­cial reputación en nuestras relaciones con un encogimiento de hombros, un movi­miento de cabeza y un suspiro, y si más ade­lante yo hubiera de abusar de la confianza que pusiste en mí...
-Pero nunca abusarás de ella en absolu­to, John -observé yo.
-¡Nunca! -dijo él-. Pero yo supongo el caso; si más tarde hubiera de abusar de esa confianza, ocultando parte de nuestros ne­gocios, yo aumentaría mi poder a la vez que aumentaría tu debilidad día a día hasta que, al fin, me encontraría en inminente camino de la fortuna, dejándote atrás a muchas mi­llas de distancia.
-Es exacto -dije entonces.
-Para prevenir eso, Michael, o la más re­mota posibilidad de que así suceda, debe haber un perfecto entendimiento entre noso­tros. Nada será ocultado y sólo debemos te­ner intereses comunes.
-Mi querido John Spatter -le aseguré-, eso es precisamente lo que yo creo.
-Y cuando seas demasiado confiado -prosiguió John, con el rostro radiante de amistad- debes permitirme detener esa na­tural imperfección tuya de ser engañado por todos; no debes esperar mi aprobación.
-Querido John Spatter -interrumpí-, no espero que lo apruebes. Deseo corre­girme.
-Yo también lo deseo -dijo John.
-Muy bien entonces -exclamé-. Am­bos tenemos iguales puntos de vista, y, pro­siguiendo honorablemente, confiando el uno en el otro, sin tener más que un solo in­terés común, nuestra sociedad será feliz y próspera.
-Estoy seguro de ello -contestó John Spatter. Y ambos nos estrechamos cordial­mente las manos.
Invité a John a mi casa y pasamos un día feliz. Nuestra sociedad prosperó. Mi socio y amigo se desenvolvió tal como yo lo espera­ba; y mejorando a ambos, el negocio y yo, justificó ampliamente cualquier adelanto que yo introdujera en su vida.
-Yo no soy muy rico -continuó el pa­riente pobre, mirando el fuego mientras se frotaba lentamente las manos-porque nun­ca me empeñé en llegar a serlo, pero poseo lo suficiente para no sufrir privaciones. Mi castillo no es un lugar espléndido, pero es muy cómodo, tiene el aire alegre y tibio y es la exacta pintura de un hogar.
Nuestra hija mayor, que es muy parecida a su madre, es la esposa del hijo mayor de John Spatter. Ambas familias están estrecha­mente unidas por nuevos lazos de cariño. Por las tardes, cuando estamos todos reuni­dos, cosa que sucede con frecuencia, y cuando John y yo conversamos sobre tiem­pos pasados, resulta muy agradable com­probar cómo existió un solo interés entre ambos.
Realmente no sé lo que significa soledad en mi castillo. Varios de nuestros hijos o nie­tos están siempre allí, y las voces jóvenes de mis descendientes son encantadoras, o al menos a mí me entusiasma el escucharlas. Mi adorada esposa, siempre fiel, siempre amante, siempre servicial, animosa, serena, es la bendición inapreciable de mi casa y manantial de todas las demás bendiciones. Cuando Christiana me nota alguna vez can­sado o deprimido se desliza hasta el piano y canta un aire dulce que solía entonar en los primeros días de nuestro matrimonio. Soy un hombre tan débil que no puedo soportar el escucharlo de ninguna otra fuente. Una vez lo oí en el teatro adonde había ido con el pe­queño Frank, y el niño preguntó extrañado: "Primo Michael, ¿a quién pertenecen estas lágrimas tibias que acaban de caer sobre mi mano?"
-Así es mi castillo y así son los detalles re­ales de mi vida, allí guardados, adonde sue­lo llevar a menudo a mi pequeño Frank. Es muy bien recibido por mis nietos y juntos planean toda clase de juegos. En esta época del año, Navidad y Año Nuevo, raras veces estoy fuera de mi casa. Porque los recuerdos de la estación parecen sujetarme allí, y los preceptos de la misma época me dicen que obro bien al no apartarme de mi hogar.
-¿Y el castillo está...? -observa una voz grave y afectuosa entre el grupo.
-Sí. Mi castillo -contesta el pariente pobre sacudiendo la cabeza y mirando siempre al fuego-, mi castillo está en el aire. John, nuestro estimado anfitrión, indica exacta­mente su situación: "¡Mi castillo está en el aire!" He concluido ya. ¿Serán ustedes tan amables que querrán contar otra historia?

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