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domingo, 25 de agosto de 2013

El Presidente del Jurado - Charles Dickens


Charles Dickens





Han pasado ya algunos años desde que se cometió en Inglaterra un asesinato que atrajo poderosamente la atención pública.  En nuestro país se oye hablar con bastante frecuencia de asesinos que adquieren una triste celebridad.  Pero yo hubiese enterrado con gusto el recuerdo de aquel hombre feroz de haber podido sepultarlo tan fácilmente como su cuerpo lo está en la prisión de Newgate.  Advierto, desde luego, que omito deliberadamente hacer aquí alusión alguna a la personalidad de aquel hombre.
Cuando el asesinato fue descubierto, nadie sospechó -o, mejor dicho, nadie insinuó públicamente sospecha alguna-  del hombre que después fue procesado.  Por la circunstancia antes expresada, los periódicos no pudieron, naturalmente, publicar en aquellos días descripciones del criminal.  Es esencial que se recuerde este hecho.
Al abrir, durante el desayuno, mi periódico matutino, que contenía el relato del descubrimiento del crimen, lo encontré muy interesante y lo leí con atención.  Volví, incluso, a leerlo otra vez, o quizá dos.  El descubrimiento había tenido lugar en un dormitorio.  Cuando dejé el diario tuve la impresión, fugaz, como un relámpago, de que veía pasar ante mis ojos aquella alcoba.  Semejante visión, aunque instantánea, fue clarísima, tanto que hasta pude observar, con alivio, la ausencia del cuerpo de la víctima en el lecho mortuorio.
Esta curiosa sensación no se produjo en ningún lugar misterioso, sino en una de las vulgares habitaciones de Piccadilly en que me alojaba, próxima a la esquina de St. James Street.  Y fue una experiencia nueva en mi vida.
En aquel instante me hallaba sentado en mi butaca, y la visión fue acompañada de un estremecimiento tan fuerte, que la desplazó del lugar en que se encontraba; si bien procede advertir que las patas de la butaca terminaban en sendas ruedecillas.  A continuación me acerqué a una ventana (la habitación, situada en un segundo piso, tenía dos) a fin de tranquilizarme con la visión del animado tráfago de Piccadilly.
Era una luminosa mañana de otoño y la calle se extendía ante mí resplandeciente y animada.  Soplaba un fuerte viento.  Al asomarme, el viento acababa de levantar numerosas hojas caídas en el parque, elevándolas y formando con ellas una columna en espiral.  Cuando la columna se derrumbó y las hojas se dispersaron, vi a dos hombres en el lado opuesto de la calle, caminando de oeste a este.  Iban uno tras otro.  El primero miraba con frecuencia hacia atrás, por encima del hombro.  El segundo le seguía a una distancia de unos treinta pasos, con la mano derecha levantada amenazadoramente.  Al principio, la singularidad de tal actitud en una avenida tan frecuentada atrajo mi atención; pero en seguida se desvió hacia otra y más notable particularidad: nadie reparaba en ellos.  Ambos hombres se movían entre los demás peatones con una suavidad increíble, aun sobre aquel pavimento tan liso, y nadie, según pude observar, les rozaba, les miraba o les abría paso.  Al llegar ante mi ventana los dos dirigieron su mirada hacia mí.  Entonces distinguí sus rostros con toda claridad y me di cuenta de que podría reconocerlos en cualquier parte: no se crea por esto que yo aprecié conscientemente nada de extraordinario en sus rostros, excepto el detalle de que el hombre que iba en primer lugar tenía un aspecto muy abatido y que la faz de su perseguidor era del mismo tono de la cera sin refinar.
Soy soltero y toda mi servidumbre se limita a un criado y su mujer.  Trabajo en la filial de un banco, como jefe de un negociado, y debo agregar que desearía sinceramente que mis deberes fuesen tan leves como generalmente se supone.  Lo digo porque esos deberes me retenían en la ciudad aquel otoño, a pesar de hallarme muy necesitado de reposo y de un cambio de ambiente.  No es que estuviese enfermo, pero no me encontraba bien.  El lector se hará cargo de mi estado si le digo que me sentía cansado, deprimido por la sensación de llevar una vida monótona y "ligeramente dispépsico".  Mi médico, hombre de mucho prestigio profesional, me aseguró, a requerimiento mío, que éste era mi verdadero estado de salud en aquella época; que no padecía ninguna enfermedad, ni grave depresión, y yo cito sus palabras al pie de la letra.
A medida que las circunstancias del asesinato iban intrigando gradualmente al público, yo procuraba alejarlas de mi cerebro tanto como era posible alejar un objeto del interés y comentarios generales.  Supe que se había dictado un veredicto previo de asesinato con premeditación y alevosía contra el presunto criminal, y que éste había sido conducido a Newgate para que estuviese presente cuando se dictara sentencia definitiva.  Me enteré, igualmente, de que el proceso quedaba aplazado para una de las próximas audiencias de la Sala Central de lo Criminal, fundándose en algún precepto de la Ley y en la necesidad de dejar tiempo al abogado para preparar la defensa.  Es posible también que yo me enterase, aunque creo que no, de la fecha exacta o aproximada en que debía celebrarse la vista de la causa.
Mi salón, dormitorio y tocador se encuentran en el mismo piso.  La última de dichas habitaciones sólo tiene entrada por el dormitorio.  Cierto que tiene también una puerta que da a la escalera, pero, en el tiempo que nos ocupa, hacía años ya que mi baño la obstruía, por tanto la habíamos inutilizado, cubriéndola de arpillera claveteada.
Una noche, a hora bastante avanzada, estaba yo en mi alcoba, dando instrucciones al criado antes de acostarme; la puerta que comunicaba con el cuarto de baño que daba frente a mí, en aquel momento estaba cerrada.  Mi criado daba la espalda a la puerta.  Y he aquí que, de repente, vi abrirse aquella puerta y aparecer a un hombre que reconocí en el acto y que me hizo una misteriosa señal.  Era el segundo de los dos que caminaba aquel día en Piccadilly, el que tenía la cara del color de la cera sin refinar.
Hecho aquel signo, la figura retrocedió y cerró la puerta de nuevo.  Rápidamente, me acerqué a la puerta del tocador, la abrí y miré.  Yo tenía en la mano una vela encendida.  No esperaba encontrar a nadie allí, y, en efecto, no encontré a nadie.
Comprendiendo que mi criado estaba sorprendido, me volví hacia él y le dije:
- ¿Creería usted, Derrick, que a pesar de encontrarme en la plenitud de mis facultades he imaginado ver... ?
Al hablar, apoyé mi mano en su hombro.  Con un repentino sobresalto, él exclamó:
- ¡Oh, Dios mío, sí!  Ha visto usted a un muerto que le hacía señales.
No creo que Juan Derrick, devoto y honrado servidor mío durante más de veinte años, hubiese captado la situación antes de que yo le tocase.  Su reacción, cuando apoyé mi mano sobre él, fue tan súbita, que albergo la firme certeza de que la provocó aquel contacto.
Pedí a Derrick que me trajese coñac, le ofrecí una copa y yo tomé otra.  No le dije ni una palabra sobre lo que me había sucedido anteriormente.  Me sentía seguro de no haber visto nunca aquel rostro fantasma, salvo la mañana de Piccadilly.
Pasé la noche muy inquieto, aunque sintiendo cierta certidumbre, difícil de explicar, de que la aparición no volvería.  Al apuntar el día caí en un pesado sueño, del que me despertó Derrick cuando entró en mi habitación con un papel en la mano.
Aquel papel había motivado una ligera discusión entre su portador y mi sirviente.  Era una citación para concurrir como jurado a una próxima sesión de la Audiencia.  Yo nunca había sido requerido como jurado, y Juan Derrick lo sabía.  Él opinaba -aun hoy no sé a punto fijo si con razón o no- que era costumbre nombrar jurados a personas de menor categoría que yo y no quise, en consecuencia, aceptar la citación.  El hombre que la llevaba tomó la negativa de mi criado con mucha frialdad.  Dijo que mi asistencia o no-asistencia al tribunal le tenía sin cuidado, y que su cometido se limitaba a entregar la citación.
Durante un par de días estuve indeciso entre asistir o no.  No sentí, en verdad, la menor influencia misteriosa en ningún sentido.  Estoy tan absolutamente seguro de esto como de todo lo que estoy narrando.  Por último, resolví asistir, ya que de este modo rompería la monotonía de mi vida.
La mañana de la cita resultó ser una muy cruda del mes de noviembre.  En Piccadilly había una densa niebla que se oscurecía por momentos hasta adquirir una negrura opresiva.
Cuando llegué al Palacio de Justicia, encontré los pasillos y escaleras que conducían a la sala del tribunal iluminados por luces de gas.  La sala estaba alumbrada de igual modo.  Creo sinceramente que hasta que los ujieres no me condujeron a ella y vi la concurrencia que se apiñaba allí, no recordé que la vista del proceso por el mencionado asesinato se celebraba aquel día.  Incluso me parece que hasta que, no sin considerables dificultades por el mucho gentío, fui introducido en la sala de lo criminal, ignoré si se me citaba a ésta o a otra.  Pero lo que ahora señalo no debe considerarse como un aserto positivo, porque este extremo no está suficientemente aclarado en mi mente.
Me senté en el lugar de los jurados y, mientras esperaba, contemplé la sala a través del espeso vapor de niebla y vaho de respiraciones que constituía su atmósfera.  Observé la negra bruma que se cernía, como sombrío cortinón, más allá de las ventanas y escuché el rumor de las ruedas de los vehículos sobre la paja o el serrín que alfombraba el pavimento de la calle.  Oí también el murmullo de la concurrencia, sobre el que a veces se elevaba alguna palabra más fuerte, alguna exclamación en voz alta, algún agudo silbido.  Poco después entraron los magistrados, que era dos, y ocuparon sus asientos.  Se acalló el rumor en la sala, y se dio la orden de hacer comparecer al acusado.  En el mismo instante en que se presentó, le reconocí como el primero de los dos hombres que yo viera caminando por Piccadilly.
Si mi nombre hubiese sido pronunciado en aquel instante, creo que no hubiese tenido ánimos para responder.  Pero como lo mencionaron en sexto u octavo lugar, me encontré con fuerzas para contestar: "¡Presente!".
Y, ahora, lector, fíjese en lo que sigue.  Apenas hube ocupado mi lugar, el preso, que nos estaba mirando a todos con fijeza, pero sin dar muestras de interés particular, experimentó una agitación violenta e hizo una señal a su abogado.  Tan manifiesto era el deseo del acusado de que me sustituyesen, que ello provocó una pausa, en el curso de la cual el defensor, apoyando la mano en la barra, cuchicheó con su defendido, moviendo la cabeza.  Supe luego -por el propio abogado- que las primeras y presurosas palabras del acusado habían sido éstas:  "Haga sustituir a ese hombre como sea".  Pero, al no alegar razón alguna para ellos, y habiendo de reconocer que no me conocía ni había oído mi nombre hasta que lo pronunciaron en la sala, no fue atendido su deseo.
Como no deseo avivar la memoria de la gente respecto a aquel asesino, y también porque no es indispensable para mi relato narrar al detalle los incidentes del largo proceso, me limitaré a citar las particularidades que nos acontecieron a los jurados y a mí durante los diez días, con sus noches, en que estuvimos juntos.  Mencionaré, sobre todo, las curiosas experiencias personales que atravesé.  Es en este aspecto, y no acerca del asesino, sobre lo que quiero despertar el interés del lector.

Me designaron presidente del jurado.  En la segunda mañana del proceso, después de invertir más de dos horas en examinar las piezas de convicción -yo podía saber el transcurso del tiempo porque oía la campana del reloj de una iglesia -, habiéndoseme ocurrido dirigir la mirada a mis compañeros de jurado, encontré una inexplicable dificultad en contarlos.  Los enumeré varias veces y siempre con la misma dificultad.  En resumen, contaba uno de más.
Toqué suavemente al más próximo a mí y le cuchicheé:
- Hágame el favor de contarnos.
Él, aunque pareció sorprendido por la petición, volvió la cabeza y nos contó a todos.
- ¡Pero si somos trece! -exclamó -.  No, no es posible.  Uno, dos... Somos doce.
A través de mis cálculos de aquel día saqué en limpio que éramos siempre doce si se nos enumeraba individualmente, pero que siempre salía uno de más si nos considerábamos en conjunto.  Éramos doce, pero alguien se nos agregaba con persistencia, y yo, en mi fuero interno, sabía de quién se trataba.
Nos alojaron en la London Tavern.  Dormíamos todos en un amplio aposento, en lechos individuales, y estábamos constantemente atendidos y vigilados por un funcionario.  No veo razón alguna para omitir el verdadero nombre de aquel funcionario.  Era un hombre inteligente, amabilísimo, cortés y muy respetado.  Tenía una agradable apariencia, bellos ojos, patillas envidiablemente negras y voz agradable y bien timbrada.  Se llamaba Harker.
Nos acostamos en nuestros lechos respectivos.  El de Harker estaba colocado transversalmente ante la puerta.  La segunda noche, como no sentía deseos de dormir y vi que Harker permanecía sentado en su cama, me acerqué a él, me senté a su lado y le ofrecí un poco de rapé.  Su mano rozó la mía al tocar la tabaquera y en el acto le agitó un estremecimiento y exclamó:
- ¿Qué es eso?
Siguiendo la dirección de su mirada divisé a quien esperaba ver: el segundo de los hombres de Piccadilly.  Me incorporé, anduve unos cuantos pasos, me paré y miré a Harker.  Éste ya no sentía la menor turbación, me dijo con toda naturalidad, riendo:
- Me había parecido por un momento que había un jurado de más, aunque sin cama.  Pero es un efecto de la luz de la luna.
Sin hacer revelación alguna al señor Harker, me limité a proponerle que diéramos un paseíto de un extremo a otro de la habitación.  Mientras andábamos procuré vigilar los movimientos de la misteriosa figura.  Ésta se detenía por unos instantes a la cabecera de cada uno de mis once compañeros de jurado, acercándose mucho a la almohada.  Seguía siempre el lado derecho de cada cama, y cruzaba ante los pies para dirigirse a la siguiente.  Por los movimientos de su cabeza parecía que se limitaba a mirar, pensativo, a cada uno de los que descansaban.  No reparó en mí ni en mi lecho, que era el más próximo al rayo de luz lunar que penetraba por una ventana alta.  Aquella figura desapareció como por una escalera aérea.  Por la mañana, al desayunar, resultó que todos habían soñado con la víctima del crimen, excepto Harker y yo.
Acabé por quedar convencido de que el segundo de los hombres que yo viera en Piccadilly -si podía aplicársele la expresión "hombre"- era el asesinado, persuasión que tuve mediante su testimonio directo.  Pero esto sucedió de una manera para la cual yo no estaba preparado.
El quinto día de la vista, cuando iba a cerrarse el capítulo de cargos, fue mostrada una miniatura del asesinado que se había echado de menos en el lugar del crimen, encontrándose después en un lugar recóndito donde el asesino había estado practicando una fosa.  Una vez identificada por los testigos, fue pasada al tribunal y examinada por el jurado.  Mientras un funcionario vestido con una toga negra nos la iba entregando a todos, la figura del hombre que yo viera en segundo lugar en Piccadilly surgió impetuosamente de entre la multitud, asió la miniatura de manos del funcionario, la puso en las mías y, antes de que yo viera la miniatura, que iba en un dije, me dijo, en tono bajo y profundo:
- Yo era entonces más joven y la sangre no había desaparecido de mi rostro como ahora.
Luego la aparición se situó entre mi persona y la del siguiente jurado a quien yo había de entregar la miniatura, y a continuación entre éste y el otro jurado, y así sucesivamente hasta que el objeto volvió a mi poder.  Ninguno, salvo yo, reparó en la aparición.
Cuando nos sentábamos a la mesa y, en general, siempre que nos encerrábamos juntos bajo la custodio del señor Harker, los componentes del jurado discutíamos mucho acerca del asunto que nos ocupaba.  El quinto día, terminado el capítulo de cargos y teniendo, por lo tanto, este lado de la cuestión completamente claro ante nosotros, nuestra discusión se hizo más reflexiva y seria.
Figuraba entre nosotros cierto sacristán -el hombre más obtuso que he visto en mi vida- que oponía a las más claras evidencias las más absurdas objeciones, apoyado por dos hombres de poco carácter que le conocían por frecuentar su misma parroquia.  Por cierto que aquellas gentes pertenecían a un distrito tan castigado por las fiebres epidémicas, que más bien debían haber solicitado un proceso contra ellas como causantes de quinientos asesinatos, por lo menos.  Cuando aquellos testarudos se hallaban en la cúspide de su elocuencia, que fue hacia medianoche, y todos nos disponíamos a abandonarlos e irnos a la cama, volví a ver al hombre asesinado.  Se detuvo detrás de ellos y me hizo una señal.  Al acercarme a aquellos hombres e intervenir en su conversación, le perdí de vista.  Éste fue el principio de una serie interminable de apariciones, limitadas por entonces al vasto aposento en que el jurado se hallaba reunido.  En cuanto varios se agrupaban para hablar, yo veía surgir entre ellos la cabeza del asesinado.  Siempre que los comentarios le desfavorecían, hacían imperiosos e irresistibles signos para que le defendiera.
Téngase en cuenta que desde el quinto día, cuando se exhibió la miniatura, yo no había vuelto a ver la aparición en la sala del juicio.  Tres novedades se produjeron en esta situación tan pronto como entramos en el tribunal para oír el alegato de la defensa.  En primer lugar mencionaré juntos dos de ellos.  La figura permanecía continuamente en la sala y no me miraba nunca; dedicaba su atención a la persona que estaba hablando en el momento.  El asesinato se había cometido mediante el degüello de la víctima, y en el curso de la defensa se insinuó la posibilidad de que se tratase no de un crimen, sino de suicidio.  En aquel instante, la aparición, colocándose ante los mismos ojos del defensor, y situando la garganta en la horrible postura en que fuera descubierta, comenzó a accionar la tráquea, ora con la mano derecha, ora con la izquierda, como para sugerir al abogado la imposibilidad de que semejante herida pudiese ser causada por la víctima.  La segunda novedad consistió en que, habiendo comparecido como testigo de descargo una mujer respetable, que afirmó que el asesino era el mejor de los hombres, la aparición se plantó ante ella, mirándola al rostro y señaló con el brazo extendido la mala catadura del asesino. 
Pero fue la tercera de las aludidas novedades la que consiguió emocionarme con más intensidad.  No trato de teorizar sobre ello: me limito a someterlo a la consideración del lector.  Aunque la aparición no era vista por la persona a quien se dirigía, no es menos cierto que tal persona sufría invariablemente algún estremecimiento o desasosiego súbito.  Parecíame que a aquel ser le estuviera vedado, por leyes desconocidas, hacerse visible, pero por el contrario podía influir sobre sus mentes.  Así, por ejemplo, cuando el defensor expuso la hipótesis de una muerte voluntaria y la aparición se situó ante él realizando aquel lúgubre simulacro de degüello, es innegable que el defensor se alteró, perdió por unos instantes el hilo de su hábil discurso, se puso extremadamente pálido y hasta hubo de secarse la frente con un pañuelo.  Y cuando la aparición se colocó ante la respetable testigo de descargo, los ojos de ésta siguieron, sin duda alguna, la dirección indicada por el fantasma y se fijaron con evidente duda y titubeo, en el rostro del acusado.  Bastarán, para que el lector se haga cargo completo de todo, dos detalles más.  El octavo día de las sesiones, tras una pausa que hacía diariamente a primera hora de la tarde para descansar y tomar algún alimento, yo regresé a la sala con los demás jurados poco antes que los jueces.  Al instalarme en mi asiento y mirar en torno, no distinguí la aparición, hasta que, alzando los ojos hacia la tribuna, vi al espectro inclinarse por encima de una mujer de atractivo aspecto, como para asegurarse de sí los magistrados estaban ya en sus sitiales o no.  Inmediatamente, la mujer lanzó un grito, se desmayó y hubo que sacarla de la sala.  Algo análogo sucedió con el respetable y prudente juez instructor que había incoado el proceso.  Cuando la causa estuvo concluida y él comenzaba a ordenar los autos correspondientes, el hombre asesinado, entrando por la puerta de los jueces, se acercó al pupitre y por encima de su hombro miró los papeles que hojeaba el magistrado.  En el rostro del magistrado se produjo un cambio, su mano se detuvo, su cuerpo se estremeció con el peculiar temblor que yo conocía tan bien, y al fin hubo de murmurar:
- Perdónenme unos momentos, señores.  Este aire tan viciado me ha producido cierta opresión...
No se repuso hasta después de beber un vaso de agua.
A través de la monotonía de seis de aquellos interminables días, siempre los mismos jurados y jueces en el estrado, el mismo asesino en el banquillo, los mismos letrados en la barra, las mismas preguntas y respuestas elevándose hacia el techo de la sala, el mismo raspar de la pluma del juez, los mismos ujieres entrando y saliendo, las mismas luces encendidas a la misma hora cuando el día había sido relativamente claro, la misma cortina de niebla fuera de la ventana cuando había bruma, la misma lluvia batiente y goteante cuando llovía, las mismas huellas de los pies de los celadores y del acusado sobre el serrín, las mismas llaves abriendo y cerrando las mismas pesadas puertas; a través, repito, de aquella fatigosa monotonía que me llevaba a sentirme presidente de jurado desde una época remotísima, y me recordaba el episodio de Piccadilly como si se hubiera producido en tiempos contemporáneos a los de Babilonia, la figura del hombre asesinado no perdió ni un ápice de nitidez ante mis ojos.  No debo omitir tampoco el hecho de que la aparición que designo con la expresión "el hombre asesinado" no fijó ni una vez la vista en el criminal.  Yo me preguntaba repetidamente:  "¿Por qué no le mira?"  Pero no lo miró.
Tampoco me miró a mí, desde el día en que se mostró la miniatura, hasta los últimos minutos de la vista, ya conclusa del todo la causa.  Nos retiramos a estudiarla a las diez menos siete minutos de la noche.  El estúpido sacristán y sus dos amigos nos originaron tantas complicaciones, que hubimos de volver dos veces a la sala para pedir que se nos releyesen los extractos de las notas del juez instructor.  Ninguno de nosotros, y creo que nadie en la sala, tenía la menor duda sobre aquellos pasajes, pero el testarudo triunvirato, que no se proponía más que obstruir, discutía sobre ellos sólo por esta razón.  Al fin prevaleció el criterio de los demás y el jurado volvió a la sala a las doce y diez.
Esta vez el muerto permanecía de cara al jurado en el extremo opuesto de la sala.  Cuando me senté, sus ojos se fijaron en mí con gran detenimiento.  El examen pareció dejarle satisfecho, porque a continuación extendió lentamente, primero sobre su cabeza y luego sobre toda su figura, un amplio velo gris que llevaba al brazo por primera vez.
Cuando yo emití nuestro veredicto de culpabilidad, el velo se desdibujó, todo desapareció ante mis ojos, y el lugar que ocupaba el hombre asesinado quedó vacío.
El asesino, interrogado por el juez, como de costumbre, acerca de si tenía algo que alegar antes de que se pronunciase la sentencia, murmuró algunas confusas palabras que los periódicos del día siguiente calificaron de "breves frases titubeantes, incoherentes y casi ininteligibles, en las que pareció entenderse que se lamentaba de no haber sido condenado con justicia, ya que el presidente del jurado estaba predispuesto contra él".  Pero la extraordinaria declaración que el acusado hizo en realidad fue ésta:
- Señoría; me constaba que yo era hombre perdido desde que vi sentarse en su puesto al presidente del jurado.  Me constaba Señoría, que no permitiría que saliese libre, porque, antes de que me detuviesen, él, no sé cómo, penetró una noche en mi habitación, se acercó a mi cama, me despertó y me pasó una cuerda alrededor del cuello


El manuscrito de un loco


Charles Dickens







¡Sí...! ¡Un loco! ¡Cómo sobrecogía mi corazón esa palabra hace años! ¡Cómo abría despertado el terror que solía sobrevenirme a veces, enviando la sangre silbante y hormigueante por mis venas, hasta que el rocío frío del miedo aparecía en gruesas gotas sobre mi piel y las rodillas se entrechocaban por el espanto! Y, sin embargo, ahora me agrada. Es un hermoso nombre. Mostradme al monarca cuyo ceño colérico haya sido temido alguna vez más que el brillo de la  mirada de un loco... cuyas cuerdas y hachas fueran la mitad de seguras que el  apretón de un loco. ¡Ja, ja! ¡Es algo grande estar loco! Ser contemplado como un  león salvaje a través de los barrotes de hierro... rechinar los dientes y  aullar, durante la noche larga y tranquila, con el sonido alegre de una cadena,  pesada... y rodar y retorcerse entre la paja extasiado por tan valerosa música. 
¡Un hurra por el manicomio! ¡Ay, es un lugar excelente!
Me acuerdo del tiempo en el que tenía miedo de estar loco; cuando solía  despertarme sobresaltado, caía de rodillas y rezaba para que se me perdonara la  maldición de mi raza; cuando huía precipitadamente ante la vista de la alegría o
la felicidad, para ocultarme en algún lugar solitario y pasar fatigosas horas observando el progreso de la fiebre que consumiría mi cerebro. Sabía que la  locura estaba mezclada con mi misma sangre y con la médula de mis huesos. Que había pasado una generación sin que apareciera la pestilencia y que era yo el  primero en quien reviviría. Sabía que tenía que ser así: que así había sido siempre, y así sería; y cuando me acobardaba en cualquier rincón oscuro de una habitación atestada, y veía a los hombres susurrar, señalarme y volver los ojos hacia mí, sabía que estaban hablando entre ellos del loco predestinado; y yo huía para embrutecerme en la soledad.
Así lo hice durante años; fueron unos años largos, muy largos. Aquí las noches son largas a veces... larguísimas; pero no son nada comparadas con las noches inquietas y los sueños aterradores que sufría en aquel tiempo. Sólo recordarlo me da frío. En las esquinas de la habitación permanecían acuclilladas formas grandes y oscuras de rostros insidiosos y burlones, que luego se inclinaban sobre mi cama por la noche, tentándome a la locura. Con bajos murmullos me contaban que el suelo de la vieja casa en la que murió el padre de mi padre estaba manchado por su propia sangre, que él mismo se había provocado en su furiosa locura. Me tapaba los oídos con los dedos, pero gritaban dentro de mi cabeza hasta que la habitación resonaba con los gritos que decían que una generación antes de él la locura se había dormido, pero que su abuelo había vivido durante años con las manos unidas al suelo por grilletes para impedir que se despedazara a sí mismo con ellas. Sabía que contaban la verdad... bien que lo sabía. Lo había descubierto años antes, aunque habían intentado ocultármelo.
¡Ja, ja! Era demasiado astuto para ellos, aunque me consideraran como un loco.
Finalmente llegó la locura y me maravillé de que alguna vez hubiera podido tenerle miedo. Ahora podía entrar en el mundo y reír y gritar con los mejores de entre ellos. Yo sabía que estaba loco, pero ellos ni siquiera lo sospechaban.
¡Solía palmearme a mí mismo de placer al pensar en lo bien que les estaba  engañando después de todo lo que me habían señalado y de cómo me habían mirado de soslayo, cuando yo no estaba loco y sólo tenía miedo de que pudiera enloquecer algún día! Y cómo solía reírme de puro placer, cuando estaba a solas, pensando lo bien que guardaba mi secreto y lo rápidamente que mis amables amigos se habrían apartado de mí de haber conocido la verdad. Habría gritado de éxtasis cuando cenaba a solas con algún estruendoso buen amigo pensando en lo pálido que  se pondría, y lo rápido que escaparía, al saber que el querido amigo que se sentaba cerca de él, afilando un cuchillo brillante y reluciente, era un loco
con toda la capacidad, y la mitad de la voluntad, de hundirlo en su corazón.
¡Ay, era una vida alegre!
Las riquezas fueron mías, la abundancia se derramó sobre mí y alborotaba entre placeres que multiplicaban por mil la conciencia de mi secreto bien guardado.
Heredé un patrimonio. La ley, la propia ley de ojos de águila, había sido engañada, y había entregado en las manos de un loco miles de discutidas libras.
¿Dónde estaba el ingenio de los hombres listos de mente sana? ¿Dónde la habilidad de los abogados, ansiosos por descubrir un fallo? La astucia del loco les había superado a todos.
Tenía dinero. ¡Cómo me cortejaban! Lo gastaba profusamente. ¡Cómo me alababan!
¡Cómo se humillaban ante mí aquellos tres hermanos orgullosos y despóticos! ¡Y
el anciano padre de cabellos blancos, qué deferencia, qué respeto, qué dedicada amistad, cómo me veneraba! El anciano tenía una hija y los hombres una hermana; y los cinco eran pobres. Yo era rico, y cuando me casé con la joven vi una sonrisa de triunfo en los rostros de sus necesitados parientes, pues pensaban
que su plan había funcionado bien y habían ganado el premio. A mí me tocaba
sonreír. ¡Sonreír! Reírme a carcajada limpia, arrancarme los cabellos y dar
vueltas por el suelo con gritos de gozo. Bien poco se daban cuenta de que la
habían casado con un loco.
Pero un momento. De haberlo sabido, ¿la habrían salvado? La felicidad de la hermana contra el oro de su marido. ¡La más ligera pluma lanzada al aire contra la alegre cadena que adornaba mi cuerpo! Pero en una cosa, pese a toda mi astucia, fui engañado. Si no hubiera estado loco, pues aunque los locos tenemos bastante buen ingenio a veces nos confundimos, habría sabido que la joven antes habría preferido que la colocaran rígida y fría en una pesado ataúd de plomo que llegar vestida de novia a mi rica y deslumbrante casa. Habría sabido que su corazón pertenecía a un muchacho de ojos oscuros cuyo nombre le oí pronunciar una vez entre suspiros en uno de sus sueños turbulentos, y que me había sido sacrificada para aliviar la pobreza del hombre anciano de cabellos blancos y de sus soberbios hermanos.
Ahora no recuerdo ni las formas ni los rostros, pero sé que ella era hermosa. Sé que lo era, pues en las noches iluminadas por la luna, cuando me despierto sobresaltado de mi sueno y todo está tranquilo a mi alrededor, veo, de pie e inmóvil en una esquina de esta celda, una figura ligera y desgastada de largos cabellos negros que le caen por el rostro, agitados por un viento que no es de esta tierra, y unos ojos que fijan su mirada en los míos y jamás parpadean o se cierran. ¡Silencio! La sangre se me congela en el corazón cuando escribo esto...
ese cuerpo es el de ella; el rostro está muy pálido y los ojos tienen un brillo
vidrioso, pero los conozco bien. La figura nunca se mueve; jamás gesticula o habla como las otras que llenan a veces este lugar, pero para mí es mucho más terrible, peor incluso que los espíritus que me tentaban hace muchos años... Ha salido fresca de la tumba, y por eso resulta realmente mortal.
Durante casi un año vi cómo ese rostro se iba volviendo cada vez más pálido; durante casi un año vi las lágrimas que caían rodando por sus dolientes mejillas, y nunca conocí la causa. Sin embargo, finalmente lo descubrí. No podía evitar durante mucho tiempo que me enterara. Ella nunca me había querido; por mi parte, yo nunca pensé que lo hiciera; ella despreciaba mi riqueza y odiaba el esplendor en el que vivía; pero yo no había esperado eso. Ella amaba a otro y a mí jamás se me había ocurrido pensar en tal cosa. Me sobrecogieron unos sentimientos extraños y giraron y giraron en mi cerebro pensamientos que parecían impuestos por algún poder extraño y secreto. No la odiaba, aunque odiaba al muchacho por el que lloraba. Sentía piedad, sí, piedad, por la vida desgraciada a la que la habían condenado sus parientes fríos y egoístas. Sabía que ella no podía vivir mucho tiempo, pero el pensamiento de que antes de su muerte pudiera engendrar algún hijo de destino funesto, que transmitiría la locura a sus descendientes, me decidió. Resolví matarla.
Durante varias semanas pensé en el veneno, y luego en ahogarla, y en el fuego.
Era una visión hermosa la de la gran mansión en llamas, y la esposa del loco convirtiéndose en cenizas. Pensé también en la burla de una gran recompensa, y algún hombre cuerdo colgando y mecido por el viento por un acto que no había cometido... ¡y todo por la astucia de un loco! Pensé a menudo en ello, pero finalmente lo abandoné. ¡Ay! ¡El placer de afilar la navaja un día tras otro, sintiendo su borde afilado y pensando en la abertura que podía causar un golpe de su borde delgado y brillante!
Finalmente, los viejos espíritus que antes habían estado conmigo tan a menudo me susurraron al oído que había llegado el momento y pusieron la navaja abierta en mi mano. La sujeté con firmeza, la elevé suavemente desde el lecho y me incliné sobre mi esposa, que yacía dormida. Tenía el rostro enterrado en las manos. Las aparté suavemente y cayeron descuidadamente sobre su pecho. Había estado llorando, pues los rastros de las lágrimas seguían húmedos sobre las mejillas.
Su rostro estaba tranquilo y plácido, y mientras lo miraba, una sonrisa tranquila iluminó sus rasgos pálidos. Le puse la mano suavemente en el hombro.
Se sobresaltó... había sido tan sólo un sueño pasajero. Me incliné de nuevo hacia delante y ella gritó y despertó.
Un solo movimiento de mi mano y nunca habría vuelto a emitir un grito o sonido.
Pero me asusté y retrocedí. Sus ojos estaban fijos en los míos. No sé por qué, pero me acobardaban y asustaban; y gemí ante ellos. Se levantó, sin dejar de mirarme con fijeza. Yo temblaba; tenía la navaja en la mano, pero no podía moverme. Ella se dirigió hacia la puerta. Cuando estaba cerca, se dio la vuelta y apartó los ojos de mi rostro. El encantamiento se deshizo. Di un salto hacia delante y la sujeté por el brazo. Lanzando un grito tras otro, se dejó caer al suelo.
Podría haberla matado sin lucha, pero se había provocado la alarma en la casa.
Oí pasos en los escalones. Dejé la cuchilla en el cajón habitual, abrí la puerta y grité en voz alta pidiendo ayuda.
Vinieron, la cogieron y la colocaron en la cama. Permaneció con el conocimiento perdido durante varias horas; y cuando recuperó la vida, la mirada y el habla, había perdido el sentido y desvariaba furiosamente.
Llamamos a varios médicos, hombres importantes que llegaron hasta mi casa en finos carruajes, con hermosos caballos y criados llamativos. Estuvieron junto a su lecho durante semanas. Celebraron una importante reunión y consultaron unos con otros, en voz baja y solemne, en otra habitación. Uno de ellos, el más inteligente y famoso, me llevó con él a un lado y me rogó que me preparara para lo peor. Me dijo que mi esposa estaba loca... ¡a mí, al loco! Permaneció cerca de mí junto a una ventana abierta, mirándome directamente al rostro y dejando una mano sobre mi hombro. Con un pequeño esfuerzo habría podido lanzarlo abajo, a la calle. Habría sido divertido hacerlo, pero mi secreto estaba en juego y dejé que se marchara. Unos días más tarde me dijeron que debía someterla a algunas limitaciones: debía proporcionarle alguien que la cuidara. ¡Me lo pedían a mí!¡Salí al campo abierto, donde nadie pudiera escucharme, y reí hasta que el aire resonó con mis gritos!
Murió al día siguiente. El anciano de cabello blanco la siguió hasta la tumba y los orgullosos hermanos dejaron caer una lágrima sobre el cadáver insensible de aquella cuyos sufrimientos habían considerado con músculos de hierro mientras vivió. Todo aquello alimentaba mi alegría secreta, y reía oculto por el pañuelo blanco que tenía sobre el rostro mientras regresamos cabalgando a casa, hasta que las lágrimas brotaron de mis ojos.
Pero aunque había cumplido mi objetivo, y la había asesinado, me sentí inquieto y perturbado, y pensé que no tardarían mucho en conocer mi secreto. No podía ocultar la alegría y el regocijo salvaje: que hervían en mi interior y que cuando estaba a solas, en casa, me hacía dar saltos y batir palmas, dan do vueltas y más vueltas en un baile frenético, y gritar en voz muy alta. Cuando salía y veía a las masas atareadas que se apresuraban por la calle, o acudía a teatro y escuchaba el sonido de la música y contemplaba la danza de los demás, sentía tal gozo que m, habría precipitado entre ellos y les habría despedazado miembro a miembro, aullando en el éxtasi que me produciría. Pero apretaba los dientes, afirmaba los pies en el suelo y me clavaba las afilada uñas en las manos. Mantenía el secreto y nadie sabía aún que yo era un loco.
Recuerdo, aunque es una de las últimas cosa que puedo recordar, pues ahora la realidad se mezcla con mis sueños, y teniendo tanto que hacer, habiéndome raído
siempre aquí tan presurosa mente, no me queda tiempo para separar entre lo dos, por la extraña confusión en la que se halla] mezclados... Recuerdo de qué manera finalmente se supo. ¡Ja, ja! Me parece ver ahora sus mirada asustadas, y sentir cómo se apartaban de mí, mientras yo hundía mi puño cerrado en sus rostros blancos y luego escapaba como el viento, y les dejaba gritando atrás. Cuando pienso en ello me vuelve la fuerza de un gigante. Mirad cómo se curva esta barra de hierro con mis furiosos tirones. Podría romperla como si fuera una ramita, pero sé que detrás hay largas galerías con muchas puertas; no creo que pudiera encontrar el camino entre ellas; y aunque pudiera, sé que allá abajo hay puertas de hierro que están bien cerradas con barras. Saben que he sido un loco astuto, y están orgullosos de tenerme aquí para poder mostrarme.
Veamos, sí, había sido descubierto. Era ya muy tarde y de noche cuando llegué a casa y encontré allí al más orgulloso de los tres orgullosos hermanos, esperando para verme... dijo que por un asunto urgente. Lo recuerdo bien. Odiaba a ese hombre con todo el odio de un loco. Muchas veces mis dedos desearon despedazarle. Me dijeron que estaba allí y subí presurosamente las escaleras.
Tenía que decirme unas palabras. Despedí a los criados. Era tarde y estábamos juntos y a solas... por primera vez.
Al principio aparté cuidadosamente mis ojos de él, pues era consciente de lo que él no podía ni siquiera pensar, y me glorificaba en ese conocimiento: que la luz de la locura brillaba en mis ojos como el fuego. Permanecimos unos minutos sentados en silencio. Finalmente, habló. Mi reciente disipación, y algunos comentarios extraños hechos poco después de la muerte de su hermana, eran un insulto para la memoria de ésta. Uniendo a ello otras muchas circunstancias que al principio habían escapado a su observación, había terminado por pensar que yo no la había tratado bien. Deseaba saber si tenía razón al decir que yo pensaba
hacer algún reproche a la memoria de su hermana, faltando con ello al respeto a
la familia. Exigía esa explicación por el uniforme que llevaba puesto.
Aquel hombre tenía un nombramiento en ejército... ¡un nombramiento comprado con mi dinero y con la desgracia de su hermana! Él fue el que: más había tramado para insidiar y quedarse con n riqueza. Él había sido el principal instrumento para obligar a su hermana a casarse conmigo, y bien sabia que el corazón de aquélla pertenecía al piadoso muchacho. ¡Por causa de su uniforme! ¡El uniforme e su degradación! Volví mis ojos hacia él... no pude evitarlo; pero no dije una sola palabra.
Vi que bajo mi mirada se produjo en él un cambio repentino. Era un hombre valiente, pero el color desapareció de su rostro y retrocedió en su silla. Acerqué la mía a la suya; y mientras reía, pues entonces estaba muy alegre, vi cómo se estremecía. Sen que la locura brotaba de mi interior. Sentí miedo de mí mismo.
-Quería usted mucho a su hermana cuando el vivía-le dije-. Mucho.
Miró con inquietud a su alrededor, y le vi sujeta con la mano el respaldo de la silla; pero no dije nada.
-Es usted un villano -le dije-. Le he descubierto. Descubrí sus infernales trampas contra mí; que el corazón de ella estaba puesto en otro cuando usted la
obligó a casarse conmigo. Lo sé... lo sé.
De pronto, se levantó de un salto de la silla y blandió en alto, obligándome a
retroceder, pus mientras iba hablando procuraba acercarme más a él.
Más que hablar grité, pues sentí que pasiones tumultuosas corrían por mis venas, y los viejos espíritus me susurraban y tentaban para que le sacara el corazón.
-Condenado sea-dije poniéndome en pie y lanzándome sobre él-. Yo la maté. Estoy loco. Acabaré con usted. ¡Sangre, sangre! ¡Tengo que tenerla! Me hice a un lado para evitar un golpe que, en su terror, me lanzó con la silla, y me enzarcé con él. Produciendo un fuerte estrépito, caímos juntos al suelo y rodamos sobre él.
Fue una buena pelea, pues era un hombre alto y fuerte que luchaba por su vida, y yo un loco poderoso sediento de su destrucción. No había ninguna fuerza igual a la mía, y yo tenía la razón. ¡Sí, la razón, aunque fuera un loco! Cada vez fue debatiéndose menos. Me arrodillé sobre su pecho y le sujeté firmemente la garganta oscura con ambas manos. El rostro se le fue poniendo morado; los ojos
se le salían de la cabeza y con la lengua fuera parecía burlarse de mí. Apreté todavía más.
De pronto se abrió la puerta con un fuerte estrépito y entró un grupo de gente, gritándose unos a otros que cogieran al loco.
Mi secreto había sido descubierto y ahora sólo luchaba por mi libertad. Me puse en pie antes de que me tocara una mano, me lancé entre los asaltantes y me abrí camino con mi fuerte brazo, como si llevara un hacha en la mano y les atacara con ella. Llegué a la puerta, me lancé por el pasamanos y en un instante estaba en la calle.
Corrí veloz y en línea recta, sin que nadie se atreviera a detenerme. Por detrás oía el ruido de uno; pies, y redoblé la velocidad. Se fue haciendo más débil en la distancia, hasta que por fin desapareció totalmente; pero yo seguía dando saltos entre los pantanos y riachuelos, por encima de cercas y d, muros, con gritos salvajes que escuchaban seres extraños que venían hacia mí por todas partes y aumentaban el sonido hasta que éste horadaba el aire Iba llevado en los brazos de demonios que corrían sobre el viento, que traspasaban las orillas y los se tos, y giraban y giraban a mi alrededor con un ruido y una velocidad que me hacía perder la cabeza, hasta que finalmente me apartaron de ellos con un golpe violento y caí pesadamente sobre el suelo. Al despertar, me encontré aquí, en esta celda gris a la que raras veces llega la luz del sol, y por la que pasa la luna con unos rayos que sólo sirven para mostrar mi alrededor sombras oscuras, y para que pueda ve esa figura silenciosa en su esquina. Cuando esto despierto, a veces puedo oír extraños gritos procedentes de partes distantes de este enorme lugar. N sé lo que son; pero no proceden de ese cuerpo pálido, y tampoco ella les presta atención. Pues desde las primeras sombras del ocaso hasta la primera luz de la mañana, esa figura sigue en pie e inmóvil en c mismo lugar, escuchando la música de mi cadena d hierro, y viéndome saltar sobre mi lecho de paja.

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